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06/02/2006

Un breve texto sobre magia

20060206150142-oz.jpg“Oz está en cualquier parte y en todas partes, excepto en el sitio de donde partimos”.
Con esta inmejorable definición ilustra Salman Rushdie la naturaleza del mágico mundo reflejado en esta clásica película infantil de 1930, en un breve (78 páginas) y entretenido ensayo publicado por Gedisa.
El bueno de Salman ha confesado más de una vez, y lo repite aquí, que se hizo escritor gracias a El Mago de Oz. La película, no el libro. Rushdie la vió en un cine de Bombay con diez años, y aunque para él, acostumbrado a las delirantes y coloristas producciones de Bollywood, no le resultara tan extraña, sí le causó el suficiente impacto como para determinar su carrera y, de alguna manera, su vida (la película es, según Rushdie, un himno a la peripecia de los inmigrantes).

Lo bueno de este libro es que ni aburre con escrupulosos datos cinéfilos, ni se marca el previsible análisis freudiano sobre el simbolismo del Hombre de Hojalata o la búsqueda de la Figura Paterna por parte de Dorothy, o la interpretación en clave gay de la canción “más allá del arcoiris”. En vez de eso, abunda en anécdotas jugosas o lúcidas reflexiones sobre lo que verdaderamente importa. Un ejemplo: se pregunta Rushdie, y con razón, por qué se alegran tanto los habitantes del mundo de Oz cuando la casa de Dorothy aplasta a la Bruja del Este, la gobernanta de esta parte del mundo, si vemos que Oz es un sitio tan limpio y colorido, sin rastro de ejércitos ni policías. Es evidente que la Bruja del Este era, pues, una administradora liberal y eficaz. ¿Por qué, entonces, la odiaban sus conciudadanos y súbditos?

Recoge también las anécdotas sobre el ruidoso paso de los “munchkins” por Hollywood. Para interpretar a los pequeños habitantes del reino del Este, los estudios contrataron a un contingente de trescientos cincuenta enanos, que ni siquiera hablaban inglés. Hasta el día de hoy se recuerdan y se comentan las hazañas sexuales que estos entrañables hombrecitos protagonizaron en la capital del cine.

Describe también, por último, la subasta en la que un anónimo fetichista desembolsó la extraordinaria suma de 15.000 dólares por los zapatos de rubí de Dorothy. En la misma subasta se vendió la gabardina de Clark Gable por sólo 1.200...

Nosotros, en fin, compartimos con Rushdie el entusiasmo por esta conmovedora película, y como él también nos preguntamos cómo es posible que los estudios pretendieran hacernos creer, con aquella famosa frase final, “no hay lugar como el hogar”, que Dorothy pudiera preferir el monocromático y deprimente Kansas al lisérgico mundo psicodélico de Oz. Una decisión políticamente correcta que nunca se pudo llegar a tragar ningún espectador, por más niño que fuera.

Salman Rushdie, “El mago de Oz”, Ed. Gedisa, 2005.

20/02/2006

Un Meme de libros...

El amigo Nadie, de Futuro Perfecto, me invita a que transcriba un fragmento de libro que me haya impresionado especialmente. 

La verdad es que hay tantos libros fundamentales en la historia de la literatura, que no sé con cual quedarme...

Finalmente, he seleccionado éste de Yo soy el Diego, por Diego Armando Maradona: 


"Nunca me voy a olvidar de aquella tarde del 25 de junio de 1994. Nunca. Sentía que había jugado un partidazo, estaba feliz. Vino esa enfermera a buscarme hasta el costado de la cancha, porque yo estaba festejando con la tribuna, y no sospeché nada. ¿Qué iba a sospechar si yo estaba limpio, limpio? Lo único que hice, me acuerdo, fue mirarla a la Claudia, que estaba en la tribuna, y le hice un gesto como diciéndole: "¿Y ésta quién es?". Pero era más un gesto entre nosotros, porque era una mina, y no porque fuera algo raro. Yo estaba tranquilo porque me había hecho controles antidoping antes y durante el Mundial, y todos daban bien. ¡No tomé nada, nada de nada! ¡Abstinencia total hasta de lo otro, de lo que te tira para atrás! Por eso me fui con la gordita y festejando, ¿de qué me iba a reír, si no?

Cualquiera de los periodistas que me haya visto después del control puede decirlo: yo estaba feliz, feliz de la vida... Tan feliz como no podía estar alguien consciente de haberse mandado una macana. Me acuerdo, en serio, que un periodista me preguntó:

Diego, contra Grecia te calificaste con un 6,50. Hoy anduviste mejor, ¿cuánto te das?

—Y... Seis cincuenta... y cinco, fiera.

Tres días después, el martes 28 de junio, estaba tomando mate en el parking de la concentración, ahí en el Babson College, disfrutando de un par de esas horas libres que nos daba el Coco, cada tanto. Hacía calor, como todos los días. Pero a nosotros no nos importaba nada. Estábamos felices como chicos. Charlábamos de cualquier boludez con la Claudia, con Goycochea y con su mujer, Ana Laura. Estaba mi viejo, también. En eso apareció Marcos, con una cara terrible, desencajado. "¿Quién se murió?", pensé yo.

Diego, tengo que hablar un minuto con vos —me dijo y me apartó un poco del grupo. Me pasó la mano por el hombro y me largó la noticia, así nomás—: Mira, Diego, tu control antidoping contra Nigeria dió positivo. Pero no te preocupes, los dirigentes lo están manejando bi... —Lo último casi no lo escuché, ya había pegado media vuelta, buscándola a Clau... Casi no la distinguía, ya tenía los ojos nublados, llenos de lágrimas. Se me quebró la voz cuando le dije:

—Má, nos vamos del Mundial. —Y me largué a llorar como un chico.

Nos fuimos juntos, abrazados, hasta la habitación mía, la 127 y ahí sí estallé... Le pegaba piñas a las paredes y gritaba, gritaba, ¡gritaba! "¡Me rompí el culo, ¿me entendés?, me rompí el culo! ¡Me rompí el culo como nunca y ahora me viene a pasar esto!"

20/02/2006 15:42 Autor: wilbur mercer. Enlace permanente. Hay 9 comentarios.




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