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Hacia la hibridación y más allá: el loco loco Dr. Moreau de las Galaxias

Hacia la hibridación y más allá: el loco loco Dr. Moreau de las Galaxias

Unos extraños señores calvos ataviados con chubasqueros negros y gafas de sol, que tienen cuatro brazos y duermen en una especie de armario-molde. Personas que son reducidas y transportadas en un pequeño neceser de viaje oculto en el maletero de un coche, como si fueran contrabando humano. Mujeres vestidas con vaporosos saltos de cama expertas en artes marciales, o un teatro con bailarines vestidos de mariposas... Estas son algunas de las maravillas que pueblan I Criminali della Galassia, película de ciencia ficción italiana de 1965. Poco se habla de ella, pero aquí estamos para remediarlo.

I Criminali della Galassia es un spaghetti sci-fi dirigido por el gran Antonio Margheriti, una de las glorias del cine de explotación italiano y director de películas de bajo presupuesto de géneros varios, pero centrado sobre todo en el terror y el fantástico.

En el caso que nos ocupa, se trata de una fantasía científica plagada de coloridas maquetas de ciudades futuristas y naves de juguete movidas por hilos, con diseños sacados directamente de la serie de animación Los Supersónicos. El bajo presupuesto llevado a su máxima expresión.

Buena parte de la acción de I Criminali della Galassia transcurre en una estación espacial con un gran parecido a una llanta de camión. Allí nos encontramos con el brillante profesor Nurmi (Massimo Serato), el infaltable científico loco entregado a extraños experimentos. Y también con el –no tan brillante, pero muy arrojado– comandante Mike Halstead (Tony Russel), autoridad al mando de la estación espacial, y que, naturalmente, no simpatiza con los experimentos del profesor. Ciencia versus Fuerzas del Orden: la batalla perenne...

El profesor Nurmi, personaje clave en esta historia, es una mezcla de doctor Moreau y doctor Menguele, un científico de vanguardia que lleva adelante unos extraños ensayos de biosíntesis y de hibridación humana, no en una isla, en este caso, sino en el mismísimo espacio exterior.

Hay también por el medio una extraña intriga policial: unas mujeres karatekas con vistosas pelucas y unos hombres de cuatro brazos con chubasqueros de plástico negro van por ahí secuestrando personas -a las que, por medio de una inyección, reducen al tamaño de muñequitos de pocos centímetros- para trasladarlas al laboratorio de Nurmi, en donde servirán como materia prima para sus experimentos de hibridación.

Estas desapariciones acaban poniendo al comandante Mike Halstead, policía de la galaxia, sobre la pista de los proyectos de nuestro inescrupuloso científico. Lo vemos en buena parte del metraje desplazándose en su pequeño cochecito de juguete detrás de las mujeres karatekas y sus esbirros de cuatro brazos, tratando de entender de qué va todo esto. Igual que nosotros.

Pero además hay un tercer personaje en discordia: La teniente Conny Gomez (Lisa Gastoni), una mujer con carácter, bella y caprichosa entrenadora física de la estación espacial y objeto de deseo del profesor Nurmi... aunque no en el sentido en que ustedes imaginan. 

Porque aquí viene la sorpresa definitiva: el máximo proyecto de hibridación del genial, y un poco loco, profesor Nurmi es -y perdonen ustedes el spoiler- el de... ¡hibridarse él mismo con la atractiva teniente Connie Gomez!

Y lo de "hibridarse" no lo decimos con doble sentido, sino de manera literal: Nuestro locuelo profesor pretende generar, a través de sus inspiradas recetas de biosíntesis, una especie de hermafrodita primordial, mitad Connie, mitad Nurmi. Una arriesgada propuesta de género neutro... ¡En una película de 1965! ahí es nada.

Pero, como era de esperar, cuando los cuerpos del brillante profesor Nurmi y la atractiva teniente Connie están ya en sendas camillas en el laboratorio, a punto de unirse para siempre en un superior engendro bisexual, aparece -cómo no- el aguafiestas comandante Halstead y su cuadriculado concepto de la heteronormalidad vigente para echar por tierra -a puñetazo limpio- los maravillosos planes del profesor.

La escena final, tan gratuita como necesaria, es un baño de sangre, pero literal: el laboratorio de Nurmi desaparece bajo toneladas de litros de sangre -o, más precisamente, plasma rojo- provenientes de sus tanques de hibridación, una larga y espectacular secuencia en donde el director se dejó la mayor parte del presupuesto. Y mientras tanto, Mike y Connie, nuestros héroes de la heteronormatividad, huyen por los pelos de la debacle, y lo festejan con un apasionado beso sobre el que se sobreimprime la palabra Fin.

Desde este tan modesto como criterioso blog afirmamos, sin temor a exagerar, que I Criminali della Galassia es el mejor filme con dilemas hermafrodíticos y hombres de cuatro brazos de toda la historia del cine. Ahí lo dejamos.

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