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08/09/2005

El E-Metro: la primera Máquina Religiosa.

emetro.jpg¿Acaso nadie imaginó alguna vez que en el futuro las iglesias podrían acabar instalando confesionarios automáticos computarizados? Nos acercaríamos, con gesto contrito, a una máquina con lucesitas de colores, depositaríamos una moneda y, después de contarle nuestros pecadillos el sonido eléctrico de una voz grabada, como la de las expendedoras de tabaco, nos penalizaría con dos padrenuestros y tres avemarías. ¿Por qué no? si ahora mismo en casi todas las catedrales de Europa podemos encender, previo pago, un seudo-cirio a un santo, una bombillita eléctrica con forma de vela, con la total garantía de que el santo en cuestión no notará la diferencia...

Resulta que el futuro ya está aquí, como dicen en los anuncios: la Iglesia de la Cienciología, siempre a la vanguardia y haciendo honor a su nombre, ha diseñado la que sin lugar a dudas es la primera máquina religiosa de la historia: el Electropsicómetro, “e-metro”, para los amigos, capaz de medir, con precisión científica, el estado espiritual de una persona.

Ya os preguntaréis como funciona esta maravilla, este sagrado electrodoméstico cienciológico. Empecemos por el principio: Ron Hubbard desarrolló allá por los años cincuenta una serie de técnicas de control mental a las que dio el nombre de Dianética, o “ciencia moderna de la salud mental”. Estas primeras publicaciones se convertirían en los Textos Sagrados de la iglesia que fundará, a partir de la aplicación de dichas técnicas.
Paralelamente desarrolla el Electropsicómetro, un artilugio con el que los modernos sacerdotes de Cienciología (llamados “auditores”) pueden “monitorizar” a sus feligreses. El fiel devoto toma asiento frente al Auditor apretando entre las manos un par de electrodos, conectados mediante un cable al cuerpo del aparato. Mientras va contestando a las preguntas que le hace el Auditor, un flujo de energía eléctrica de bajo voltaje pasa a través de su cuerpo y hace oscilar la aguja del panel de control del e-metro.

Y es que aquí llegamos al gran descubrimiento de Hubbard: partiendo de la base de que los pensamientos son impulsos eléctricos, el Padre de la Cienciología postula que hay un tipo de pensamientos, los pensamientos “turbios”, que tienen una masa asociada a la energía eléctrica. Es decir, por un lado tendríamos pensamientos “puros”, limpios, positivos, que estarían formados sólo por energía, y por otro pensamientos “enturbiados”, que formarían áreas de angustia o aflicción espiritual, constituídos por energía mas masa. ¿Qué sucede entonces cuando el flujo de electricidad descargado por el e-metro recorre el cuerpo del feligrés? Sucede que choca contra esa masa, encuentra una resistencia, una alteración en el voltaje, que se refleja en la oscilación de la aguja lectora del aparato.
Sorprendente ¿verdad?. Y es que la ciencia avanza que es una barbaridad.

Una sesión con el e-metro les recordará a muchos aquella escena de Blade Runner en la que Harrison Ford utilizaba un sistema, el “test de Voight-Kampf”, para determinar si la persona entrevistada era un ser humano o un replicante. No por casualidad Hubbard era escritor de ciencia ficción antes de fundar la iglesia más lucrativa que el mundo haya visto jamás.
Los más suspicaces dirán que el e-metro se parece sospechosamente a un detector de mentiras simplificado y ligeramente “tuneado”, que la máquina ya estaba inventada y se llama polígrafo. Bueno, ¿y qué? ¿acaso no es la Cienciología un curso de autoayuda ligeramente “tuneado” también? Todo ya estaba inventado, de acuerdo. La originalidad está en haberle dado un sentido religioso al asunto.
Porque el Cielo que promete la Cienciología es el cielo del Éxito: elimina la energía enturbiada de tu mente y desarrollarás una mayor capacidad para triunfar, para tener éxito, para ser un tomcruise y tocar el Cielo con las manos. No lo hagas y seguirás toda tu vida siendo un wilburmercer, un pringado, un infeliz en el Infierno de los perdedores, un triste, un looser.
Y en el centro de esta Operación Triunfo de proporciones bíblicas destaca, moderna y eficaz, una herramienta: el e-metro, la primera Máquina Religiosa de la historia.
¿A qué esperas? Dile a tu papá que te lo compre!!

15/09/2005

Dos pequeños grandes libros

2libros.jpgEn la prestigiosa sección de recomendaciones literarias de La Caja Negra tenemos hoy el placer de presentar dos pequeñas obras maestras: un par de novelitas cortas, distantes en el tiempo (una es de 1922, la otra de 1996), pero que podemos agrupar bajo el rótulo de “novela de género metafísico-festivo”, rótulo que me acabo de inventar, para mayor gloria de esta sección.

Empecemos por los mayores: Karel Capek escribió La Fábrica de Absoluto como un folletín por entregas para un periódico de Praga, a lo largo de 1922. En una factoría se pone en funcionamiento un motor atómico (sí, ¡en 1922!) capaz de generar energía ilimitada. Esta especie de carburador consume materia, pero en el proceso libera... Absoluto. Puesto que Dios está en todas las cosas, y su presencia se encuentra en cada átomo, al disgregar el motor la materia hasta suprimir los átomos que la componen, se libera una cantidad de Dios en estado puro, como un gas tóxico que pronto va invadiendo los alrededores de la fábrica y se va expandiendo por la ciudad entera. El resultado: una pandemia de misticismo, santidad, milagros, iluminaciones y levitaciones repentinas, una auténtica plaga de beatitud que acaba contagiando a toda la población y desencadenando el surgimiento de cientos y miles de nuevas religiones, credos, gurúes, santones, dogmas, conversiones y doctrinas, con el catastrófico desenlace que ya nos podemos imaginar.

Pasemos a la otra, Las Curas Milagrosas del Doctor Aira, una novela de casi cien páginas de ritmo frenético, escrita por el argentino César Aira en 1996 y publicada dos años después por una pequeña editorial independiente. Su protagonista, el doctor Aira, ha desarrollado un método infalible para curar cualquier tipo de enfermedades: sus famosas “curas milagrosas” de las que ya se habla en toda la ciudad. Sólo hay un pero: en doctor Aira todavía no ha aplicado su método a ningún paciente. Un médico rival convertido en su archienemigo, el doctor Actyn, intentará acabar con su prestigio demostrando que las "curas milagrosas" son un fraude y, para ello, le pondrá al protagonista mil y una trampas (repentinos enfermos terminales que se cruzan en su camino...) para intentar desenmascararlo. En las últimas páginas, el doctor Aira accederá a realizar una “cura milagrosa” a un paciente. El desenlace, que no voy a desvelar, es uno de los finales más redondos que se pueden encontrar en la literatura reciente.

La Fábrica de Absoluto, de Karel Capek, está editado por Minotauro, en un volumen que también incluye la obra de teatro RUR.
Las Curaciones Milagrosas del Doctor Aira es de Ediciones Simurg.

27/09/2005

El bluesman que cayó del cielo

sunra.jpgSi la Caja Negra pudiera tener banda sonora, tan dudoso honor correspondería a Sun Ra, pianista y arreglista de jazz, nacido en Saturno y emigrado a Alabama.
Lo recordaremos, a él y a una película mítica: The Space is the Place, probablemente la primera, y única, blaxploitation de ciencia ficción de la historia del cine.

Sun Ra, que se consideraba a sí mismo un científico mas que un músico (componía en base a una mezcla de matemáticas, teorías cabalísticas y astrología, y se autodenominaba “sabio de los sonidos”), llegó a la Tierra con una misión clara y concreta: salvar a la humanidad a través de la música de jazz. Sus comienzos fueron relativamente convencionales, influído por la música tradicional de Nueva Orleans, pero poco a poco, como un Clark Kent del Mississipi va dejando fluir su inspirado talento extraterrestre (como dijimos, siempre declaró haber nacido en Saturno, y ser hijo de un dios egipcio). Como los anillos de su planeta natal, su música va evolucionando en círculos concéntricos hasta alcanzar su original sonido cósmico de estructuras disonantes e inusuales. La música de las esferas.
Para ello creó, en los años cincuenta, su “arkesta”, mezcla de orquesta y arca, que llegó a reunir a más de cien músicos en escena, con la que recorrió el mundo, dando conciertos que mezclaban música, teatro, mitología egipcia y letras que hablaban de viajes espaciales, otras dimensiones o ecuaciones solares. Creador también de su particular vestuario, que podríamos calificar de afroespacial, o quizás etnocósmico. Trajes de faraón marciano o de dios egipcio extraplanetario, más cercanos al Keops Hotel Casino de Las Vegas que a las pirámides del valle del Nilo.

En 1974 se estrenó una película, The Space is the Place, dirigida por John Conley, protagonizada por Sun Ra y basada en su sistema músico-cosmológico. Formalmente, es una película de ciencia ficción, pero atendiendo a su argumento, podemos considerarla prácticamente una cinta autobiográfica. Veamos:
Luego de atravesar el espacio en una nave amarilla propulsada por música de jazz, Sun Ra se aproxima a la Tierra. Busca un nuevo planeta en donde la raza negra pueda prosperar, y con esa misión aterriza en California. Allí se encuentra con un supervillano, Overseer, interpretado por Ray Johnson, que explota a la población negra, en alianza con la NASA y el FBI.
Luego de cruentas batallas por la liberación de sus hermanos raciales, Sun Ra consigue escapar con su nave justo antes de la destrucción del planeta.
Esta auténtica joya cinéfila, que cuenta por si fuera poco con una banda sonora de otro planeta a cargo de la mismísima Intergalactic Solar Arkestra de Sun Ra, inexplicablemente no se ha vuelto a proyectar en salas y es hoy prácticamente inencontrable.

Su big-big band, con el tiempo, va cambiando de integrantes y de nombre (Cosmic Arkestra, Sun Ra Myth Science Arkestra, Astroinfinite Arkestra...), siempre avanzando en el camino de las sonoridades supersónicas del futuro, aunque intercalándolas con otras grabaciones más convencionales, como un disco con los hits de las películas Disney o una banda sonora para la serie Batman. En total entre 150 y 200 discos.

Sun Ra regresó definitivamente a su planeta en 1993, y hoy puede parecer a muchos un simple músico rarito, pero su influencia es abrumadora: John Coltrane o Miles Davies lo señalan como un antecedente, fue de los primeros músicos en experimentar con la electrónica (además del piano, utilizaba la celesta, el minimoog, el clavioline, el sintetizador polifónico...), y fue uno de los padres del free-jazz.

Y sobre todo, fue sin lugar a dudas el músico más cool de todo Saturno y sus alrededores.




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