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06/06/2005


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El diario 20 minutos ha organizado un concurso de blogs.
La Caja Negra, blog dedicado a la baja cultura de altos vuelos, está apuntado.
Hay en juego un premio en metálico.
A mí personalmente el dinero no me merece sino desprecio, como ya imaginaréis. Pero hay que decir que la dotación monetaria contribuiría de manera eficaz al mantenimiento del amplio equipo de investigadores, profesores, archiveros, redactores, asesores, expertos, consultores, secretarias y correveidiles que hacen posible este impresionante proyecto.
Así que os pido el voto (se puede votar cada día, una vez al día).
No es por mí, a mí sólo me anima la vocación de servicio. Es por el bienestar y el progreso del equipo de trabajadores de La Caja Negra y sus familias.
¡¡A votar!! (pincha en la imagen "premios 20 blogs")
06/06/2005 15:31 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

07/06/2005

El planeta redentor

hercolubus.jpgDías atrás iba yo por la calle cuando una chica se me acerca y me da un folleto con la imagen de un gran globo rojo y, en letras tamaño catástrofe: “PLANETA GIGANTE SE ACERCA A LA TIERRA”. En un recuadro destacaba “NO ES FICCIÓN”. Comprenderán que me sintiera alarmado. El panfleto promocionaba un libro, “Hercólubus, o Planeta Rojo”. Su autor, V. M. Rabolú. El texto me advertía de que un gran planeta, Hercólubus, se acerca a gran velocidad hacia la Tierra. Se decía, sin embargo, que en el libro uno encontraría la fórmula para salir con buen pie de la colisión interplanetaria.
Confieso que esa noche no pegué ojo. ¿Qué clase de sabiduría encerraba el dichoso librito? ¿Cómo sería posible salir bien parado de lo que a todas luces parecía una muerte segura, la aniquilación total de nuestro mundo? ¿Quién era V. M. Rabolú?
Al día siguiente corrí a echarle un vistazo al libro, y recorrí internet de cabo a rabo en busca de información.

V. M. Rabolú (la V. y la M. son las iniciales de Venerable Maestro) es originario de Colombia, de profesión gnóstico, y discípulo aventajado de Samael Aun Weor, fundador de la Gnosis Samaeliana. El Venerable Rabolú escribió su mundialmente famoso libro a partir del uso de “sus facultades cognoscitivas positivamente despiertas”. En él nos describe con inusual franqueza lo que ocurrirá con la Tierra a raíz de la llegada de Hercólubus (¡todo indicaría que ya se encuentra en las proximidades de Plutón!) y, lo más importante, cómo debemos proceder para salvarnos del cataclismo.

Hercólubus es un planeta seis o siete veces mayor que Júpiter. Está al parecer compuesto por un material que absorbe la luz y apenas la refleja, manteniéndolo fuera del espectro visible. Describe una órbita elíptica y pasa cada 6.666 años cerca de la Tierra. La vez anterior habría causado el hundimiento de la Atlántida y el Diluvio Universal. En su próxima e inminente visita provocará terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, epidemias y desequilibrios mentales masivos.
Esto al principio.
Al acercarse más, se producirá el vuelco de los ejes de rotación de la Tierra, haciendo que los polos se trasladen al ecuador y el ecuador a los polos. Por su descomunal tamaño, la órbita del planeta será imposible de detener o desviar.

Pero volvamos al libro del Venerable Maestro Rabolú: lejos de estar preocupados, debemos felicitarnos por nuestra buena suerte, puesto que Hercólubus es un planeta purificador, que viene hacia la Tierra para limpiarla del mal y la suciedad con que los seres humanos la hemos afeado.
Hercólubus vendría a ser como una gran bayeta apocalíptica que cada cierto tiempo limpia y adecenta nuestro planeta azul, nuestro hogar cósmico. De hecho, advierte Rabolú que si el paso del planeta y su cataclismo desinfectante demorara mucho, los hombres con su maldad intrínseca se destruirían entre sí de una forma horripilante. Incluso parece ser que ya estamos a un paso de presenciar “revoluciones sangrientas, ateísmo, materialismo, bolchevismo y anarquismo, intelectualismo, pérdida de la vergüenza orgánica, drogas, alcohol, prostitución total de la mujer, explotación, etc, etc”. Frente a este panorama, se comprende que Hercólubus sea nuestra única esperanza. La gran catástrofe que nos espera se convierte en “una necesidad impostergable”.

Ahora bien, se preguntarán ustedes, como hice yo, cuál es el procedimiento por el cual los que hayan comprado el libro de Rabolú consigan escapar al cataclismo. En sus notas finales, nos explica el Venerable Maestro que debemos comenzar por desintegrar el Ego, y subsanar así nuestros defectos psicológicos. Evitar el desastre está en nosotros mismos, en abrir los ojos y generar un cambio de Amor y de Luz que modifique la mala forma en que hemos conducido nuestra vida en la Tierra. Una vez llegado el choque, los que hayan trabajado por la Luz y purificado su Ego habrán alcanzado los niveles energéticos vibratorios necesarios para ingresar a la cuarta dimensión a la que pasará la Tierra como consecuencia de los ajustes orbitales y los cambios físicos producidos, y en donde iniciarán “un nuevo período evolutivo” en el flamante paraíso, “vibrando a una frecuencia de 13 ciclos por segundo”, en consonancia con la luz del sol. Borrón y cuenta nueva.

En cuanto al resto, las “fuerzas involucionistas” (los que no hayan comprado el libro), desencarnarán y serán abducidos por la propia atmósfera de Hercólubus, que vibra en una frecuencia tan baja que es capaz de succionar a todos los espíritus acordes con esta sintonía.
Avisados estáis.

13/06/2005

El Mal, el Marketing y el Merchandising

antonlavey.jpgPara los que creen que la exitosa unión entre la fascinación por el mal y el consumo de souvenirs comenzó con Darth Vader, es que no conocen a su verdadero inspirador: Anton Szandor LaVey, el llamado “Papa negro”, fundador de la Iglesia de Satán, y su santísima trinidad: Mal, Marketing y Merchandising.

A quien quiera ahondar en la vida y obra de este simpático gurú recomiendo desde ya el imprescindible libro “Satán en Hollywood”, de Jesús Palacios (Valdemar). Aquí sólo se trata de evocar a través de su ejemplo una de las premisas fundamentales necesarias para comprender cabalmente nuestra época: el Mal y el Marketing son una y la misma cosa.
Su representante en la Tierra durante la segunda mitad del siglo XX fue Szandor LaVey. El Papa negro se formó profesionalmente en el circo, como organista y domador de leones en una feria itinerante. En 1966 abre sus puertas la Casa Negra, una vieja mansión y antiguo prostíbulo de San Francisco, que se convertiría en la primera sede de la Iglesia de Satán. Allí, LaVey empieza a atraer a un número creciente de personajes del mundo del arte, la política y la alta sociedad de la costa oeste, gracias a su talento para el efecto: cráneo rasurado y perilla a lo mefistófeles, capa de satén negra y carmesí y capucha con cuernitos, un altar con velas negras y un león como mascota (un superviviente de sus días en el circo).
La Iglesia de Satán va prosperando gracias a sus atractivas puestas en escena. LaVey celebra misas, bodas retransmitidas por TV y entierros (ofició incluso el funeral de un oficial de la marina de los Estados Unidos). Hizo correr el rumor de que su columna tenía una vértebra de más, a manera de cola, y pronto tuvo una nutrida agenda de conferencias por todo el país, sobre temas tales como ocultismo, magia negra o canibalismo. Participó como asesor en la película “La semilla del diablo”, de Polansky, y fue un invitado muy solicitado en las mejores fiestas de la alta burguesía californiana.

El secreto de su éxito radicó en abrir y popularizar el satanismo, haciéndolo más accesible. Fue, para que nos entendamos, el equivalente tenebroso de un Juan XXIII. A diferencia de otros ilustres satanistas como Crowley, la doctrina de LaVey no incidía tanto en la recuperación de rituales paganos precristianos, antiguas religiones mistéricas o complicados textos herméticos. Lo suyo consistía más bien en una parodia blasfema del rito católico. Una especie de cristianismo al revés, una caricatura de la religión oficial. Así, sus misas negras no incluían sangrías de cabras ni destripamientos de aves de corral, sino que eran liturgias vistosas con hermosas señoritas en pelota, cuyas fotografías vendía luego a revistas masculinas con considerable beneficio.
Publicó también una “Biblia Satánica”, hasta el día de hoy un éxito de ventas (y objeto imprescindible en el estante de la habitación de cualquier adolescente de ropajes negros y amante del black metal).
En los años ochenta el gobierno americano se dedicó a investigar sus actividades, sin resultados: la Iglesia de Satán pagaba religiosamente los impuestos.

LaVey creó, en definitiva, una próspera empresa familiar satánica, décadas antes que los Osbournes. A ella contribuyeron activamente sus dos últimas esposas, y, a la muerte del Papa negro, sus dos hijas asumieron la dirección de la iglesia.
Sus últimos años transcurrieron discretamente, escribiendo cada tanto algún artículo para Playboy, mientras su hija mayor se ocupaba de la coordinación de la fuerza de ventas: una amplia gama de productos con los colores corporativos negro y rojo y el logotipo de la Iglesia de Satán, dirigidos a todos aquellos que no quieren sentirse “parte del rebaño”.
Todo lo demás, las doctrinas de inspiración nieztcheana acerca de la supremacía del más fuerte sobre el débil y de la conquista del Poder Absoluto, han quedado ya en un segundo término. Después de todo, en ese aspecto el catolicismo ha demostrado mucha más eficacia, y hoy en día el Papa Ratzinger da más miedo que el luciferino LaVey y su capucha cornamentada.

El Papa negro murió en 1997, en un hospital regentado por monjas. En su lápida dice “solo me arrepiento de las veces en las que he sido demasiado amable”.

20/06/2005

Reedición de El Libro de los Condenados

condenados.jpgNo quería dejar de mencionar esta noticia: El Libro de los Condenados, de Charles Fort, ha vuelto a aparecer en español en las librerías, después de muchos años de ostracismo (la última edición de la que tengo noticias es de 1977).
El libro seguía vivo, sin embargo, porque todo este tiempo ha estado circulando en versión digital y se podía (y se puede aún, supongo) descargar gratuitamente de la red. Pero, para el bibliofetichista que aspire a acariciar el lomo de su ejemplar en papel cosido y tapa dura mientras se ajusta el batín de seda y se acomoda en la chaise-longue junto a la chimenea, ya está disponible esta edición de Círculo Latino, colección El Árbol Sagrado.

No creo que nadie que acostumbre a pasar por aquí desconozca el clásico de Fort, así que me limito a una breve reseña:
Charles Hoy Fort fue un señor que dedicó su vida al estudio de todas las ciencias y saberes humanos. Su primera profesión de periodista lo llevó a recopilar obsesivamente recortes de noticias sobre lo que él llamaba “hechos condenados”, sucesos sin aparente explicación que después de una breve reseña en los periódicos desaparecían de la visibilidad pública.
La razón, según Fort: éstos hechos contradecían el andamiaje lógico de la ciencia, no encajaban en la explicación razonable de la realidad. La ciencia, para él no era objetiva: era una conjura que favorecía unos hechos silenciando otros.

Hay un cuento de Borges, “Tigres azules”, que trata de unas misteriosas piedras del oriente. Cada vez que su poseedor abre la palma de la mano para contemplarlas, las piedras, los “tigres azules” del título, suman una cantidad diferente. Los aparentemente inofensivos guijarros pasan a convertirse así en la mayor amenaza para el mundo, porque contradicen el principio de realidad en el que se sustenta todo. Por eso deben desaparecer de la vista de los hombres.
Algo así ocurría para Fort con los hechos que recopilaba: lluvias de ranas y otros animales vivos, nieves negras como el azabache, piedras de meteorito esculpidas, guisantes que caen del cielo. Todo un catálogo de fenómenos silenciados. Pero la obra de Fort no se reduce a una colección de noticias extravagantes: lo que el autor busca es la conexión no evidente de todas estas cosas aparentemente sin relación. A partir de ahí, será posible que se desarrollen nuevos métodos de conocimiento. Porque Fort está convencido de que “todo está en todo”.
El Libro de los Condenados apareció por primera vez en 1919. Está claro que es hijo de los conocimientos de su tiempo, y muchos de los datos que contiene son hoy anacrónicos. Pero no lo es el espíritu y la actitud mental que lo anima.

Puede que su idea de la existencia de una especie de “super-mar de los sargazos” cósmico flotando más allá de la atmósfera de la tierra con toneladas de objetos y materia orgánica que, cada tanto, caerían sobre nuestro mundo en forma de extravagantes y monstruosas lluvias no sea hoy muy aceptable, pero el intento del autor por encontrar una “Explicación Total” resulta algo más que conmovedor.
Saludamos desde aquí, entonces, a esta nueva edición (un poco cara, todo hay que decirlo) y a Charles Hoy Fort, “apóstol de la excepción y sacerdote de lo improbable”.

27/06/2005


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27/06/2005 09:35 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

El golpe maestro de Richard Dadd

detalledadd.jpgRichard Dadd fue un pintor victoriano. Un pintor de género, de ese género tan específico de Gran Bretaña que es la llamada “pintura de hadas”. El cuadro que se convirtió en su obra maestra lo pintó en su celda acolchada del manicomio de Bedlam, porque Richard Dadd también cultivó ese otro género tan típicamente inglés: el de asesino victoriano.

Dadd era un joven pintor de cuadros de fantasía. No el más destacado de su generación, pero moderadamente dotado y de sólido oficio. En 1842 emprende con un amigo un viaje por Europa y el cercano oriente. Un día, en El Cairo, se une a un grupo de hombres que estaban fumando en narguile. Dadd se sentó a fumar y, según testimonios, continuó fumando ininterrumpidamente los siguientes cinco días con sus noches. A estas pipas de agua los ingleses las suelen llamar “hubble bubble” o “hubbly bubbly”, por el sonido característico que producen al bombear aire a través del agua. El caso es que Dadd creyó comprender que este gorgoteo era un lenguaje. Siguió fumando su pipa sin parar, intentanto descifrar el código. Escuchó y escuchó atentamente el burbujeo hasta que hacia el quinto día fue capaz de identificar un mensaje completo. Era según sus declaraciones posteriores, un mensaje de Osiris en persona. El dios egipcio, que según el mito murió desmembrado, le había hecho un encargo desde el más allá, a través del lenguaje de la pipa. Dadd tenía ahora una misión que cumplir.

Su compañero de viaje percibió un cambio en la conducta del amigo, y lo envió de regreso a Inglaterra. Allí se le diagnosticó un “golpe de calor”, y se le prescribió reposo. Dadd fue enviado a pasar una temporada al campo, con su padre viudo.
Ambos salieron una tarde a dar un paseo por el bosquecillo cercano a la casa, y allí, en medio de un claro, Richard le parte la cabeza a su padre con un golpe de machete, y a continuación desmembra su cuerpo. El pintor desaparece, pero las pruebas en su contra son concluyentes y es detenido pocos días después en Francia, cuando estaba a punto de degollar a otro hombre. Entre sus pertenencias la policía encontró una larga lista de personas que Richard debía eliminar, algunas de ellas grandes personalidades como el Papa de Roma. El primero de la lista era su propio padre.

Richard Dadd es confinado de por vida (tenía entonces 27 años) en el hospicio de Bedlam. Allí comienza la ejecución de “El golpe maestro del leñador-duende”, una pintura relativamente pequeña (54 x 39 cms.) en la que estuvo trabajando durante nueve años sin interrupción (no tenía muchas distracciones en su celda...). “El golpe maestro del leñador-duende” sorprendió porque su calidad supera con mucho a la de todas las obras que hasta el momento había realizado. Él era un pintor de cierto talento, pero en esta obra sale a relucir el genio. En la reducida superficie del lienzo se concentran tal cantidad de detalles superpuestos que llevaría horas apreciarlos en su totalidad. De hecho, la pintura es literalmente tridimensional, debido a la cantidad de capas que Dadd, obsesivamente, fue agregando a lo largo de los años.

La obra es hoy una de las piezas maestras de la colección de la Tate Gallery (si vais a londres, no dejéis de verla). Hasta el grupo Queen le llegó a dedicar un tema (The fairy feller’s master-stroke). Pero, ¿qué se ve, exactamente, en el cuadro? Vemos el claro de un bosque, de floración desbordante y alucinada. Desperdigada por toda la superficie, vemos a una multitud de “gente pequeña”: duendes, hadas, trasgos de expresión burlona o lasciva. Todos observan expectantes hacia el centro de la escena. El tiempo parece detenido en un instante. Allí, en el medio, un leñador-duende, de espaldas a nosotros, sostiene su hacha, a punto de dar el golpe. La tensión es absoluta, es el segundo antes de la descarga. Delante del leñador, en el sitio que será alcanzado por el golpe, hay... nada.




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