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Cleve Backster, el hombre que le quita el sueño a los veganos

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¿Es posible que estemos cometiendo un brutal genocidio de brócolis, sin siquiera imaginarlo?

Es posible. Al menos así parece haberlo demostrado Cleve Backster, el hombre que ha descubierto que las plantas tienen sentimientos, pensamientos, emociones y, en definitiva, conciencia. Y además, son telépatas.

Cleve Backster no era un científico, en realidad. Era un agente de la CIA, un empleado de la inteligencia estadounidense cuyo trabajo era interrogar a espías y disidentes. ¿Cómo llegó, entonces, a sus sorprendentes conclusiones respecto a las intimidades del mundo vegetal? Para conocer esta historia nos debemos remontar a los primeros meses de 1966. Cleve Backster probaba entonces, en su lugar de trabajo, una de esas máquinas popularmente conocidas como “detector de mentiras” que se utilizan para interrogar sospechosos, un polígrafo. Acababa de regar las macetas de su oficina, y se le ocurrió conectar los sensores de su máquina a las hojas carnosas de una de sus plantas. Puesto que el polígrafo detecta los sutiles cambios de humedad en la piel (la sudoración, en el caso de los humanos) Backster pensó que podría medir el tiempo que tardaba el agua en llegar de las raíces a la hoja. Sin embargo, durante un buen rato nada sucedió. Pero entonces Backster encendió una cerilla, demasiado cerca de las hojas de la planta, y de pronto la aguja del detector se volvió loca. Cleve Backster reconoció inmediatamente como un claro marcador de excitación emocional la respuesta obtenida. La planta estaba asustada. Backster encendió otra cerilla, pero ya no obtuvo la misma respuesta. ¿Había adivinado la planta que ahora él no tenía intención de quemarla?

Era cuestión de averiguarlo. Cleve Backster era un hombre duro y metódico, acostumbrado a los interrogatorios, a sacar de cada sujeto todo lo que tenga en su interior hasta llegar a la verdad, y esta no iba a ser una excepción. Si había podido doblegar a los más duros agentes del espionaje ruso, un simple filodendro no se le iba a resistir. Iba a obtener de él una confesión completa, iba a llegar al fondo de sus pensamientos. Porque de una cosa estaba seguro: esa planta algo estaba pensando.

En los siguientes experimentos Backster aplicó toda su experiencia en interrogatorios con refinada crueldad: así, por ejemplo, sumergió en agua hirviendo un langostino en presencia de una anonadada buganvilla, que aunque mantuvo en todo momento una apariencia de neutral inmovilidad, se desmayaba por dentro, según los datos que arrojaba el polígrafo. Luego, hizo que uno de sus ayudantes pisoteara y destrozara sin piedad un arbusto arrancado de su maceta, todo en presencia de otra planta como mudo testigo de los hechos. Posteriormente, hizo entrar, uno a uno, a todos sus colaboradores a la sala en donde estaba la dicha planta, a manera de ronda de reconocimiento. Las líneas del polígrafo saltaron enloquecidas cuando el culpable del planticidio entró en la habitación…

Backster, que dejó por completo de perseguir comunistas para dedicarse en cuerpo y alma a investigar petunias, glicinas, tomateras y plataneros, publicó el resultado de sus sorprendentes experimentos en una revista científica, la National Wildlife, bajo el título de “Pruebas de percepción primaria en la vida vegetal”. Tuvo la precaución de llamar “percepción primaria” a lo que a todas luces llamaríamos “conciencia”, calculando que el siempre quisquilloso mundo científico se le echaría encima en cuanto insinuara que los vegetales eran seres inteligentes, empáticos y telépatas.

En su artículo Backster explica cómo sus plantas se alegran cuando son regadas, se preocupan cuando se acerca un perro, se asustan cuando hay unas tijeras cerca, y sienten lástima ante el sufrimiento ajeno, incluso si el que sufre es el perro que se acercaba. También detectan las intenciones de los humanos que están a su alrededor, saben lo que estos piensan, y lo transmites al resto de las plantas de la vecindad, a través de alguna forma de transmisión del pensamiento.

Pero, a pesar del considerable revuelo que las revelaciones de Cleve Backster levantó, la comunidad científica se mostró renuente a aceptar o continuar la fabulosa línea de investigación abierta por él. Investigación que podría derivar, qué duda cabe, en un Nuevo Orden Mundial… Un nuevo orden en el que los vegetales tengan los mismos derechos que el resto de los seres pensantes. ¿Hay, tal vez, la mano negra de un poderoso lobby vegano detrás de este silenciamiento? ¿Maniobra este lobby vegano para que los hallazgos de Cleve Backster no sean asumidos por la sociedad? ¿Para que se sigan asesinando lechugas impunemente mientras ellos mantienen intacta su afectada superioridad moral sobre el resto de los comensales?

Preguntas que, de momento, quedarán sin respuesta. Cleve Backster, por su parte, nunca dejó de insistir en sus hallazgos, hasta su muerte, en 2013. Incluso amplió sus experimentos para intentar demostrar la inteligencia de los huevos.

Así las cosas, puede que nuestras plantas de interior sean los seres que mejor nos conocen. Mejor que nuestras propias madres, de hecho. No solo porque nos observan en nuestro día a día (tal vez hasta nos hayan puesto algún apodo cariñoso), sino porque entran en nuestras mentes con sus poderes telepáticos, y conocen nuestros pensamientos y anhelos más profundos. ¡Ah… si ese ficus hablara!

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