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La Familia de los niños psicodélicos de la Tía Anne

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Cualquiera que haya visto ese clasicazo del cine que es Village of the Damned (el pueblo de los malditos), conservará en la retina la imagen de aquel pequeño ejército de niños de cabellos platinados, vestidos de manera uniforme, caminando todos juntos, como un único individuo. Niños que no se comportaban como niños normales, que parecían estar unidos por una especie de conexión mental, y que iban generando una creciente aprensión entre las gentes del pueblo.

Algo parecido a aquel cuento de pesadilla existió en la realidad, solo que el batallón de inquietantes niñitos rubio platino no eran los villanos, sino las víctimas, involuntarios miembros de una extraña secta de Melbourne, Australia, conocida como La Familia.

A la cabeza de La Familia estaba la Tía Anne, es decir, Anne Hamilton-Byrne, una mujer rubia, elegante y sofisticada que, además, era la reencarnación de Jesucristo. Al menos, si creemos en sus propias palabras.

La glamourosa Tía Anne, un dios viviente, residía en una enorme y hermosa finca ubicada en el lago Eildon, en Victoria (Australia). Vivía allí rodeada de sus veintiocho hijos, unos conseguidos mediante adopciones fraudulentas (algunos acólitos de la Tía Anne trabajaban en el hospital de la localidad, y de vez en cuando “distraían” algún recién nacido, que acababa en La Familia), otros directamente donados por algunas de sus fervientes seguidoras.

Todo comenzó en los sesenta, unos años en los que, al parecer, comenzó casi todo. Tía Anne, madre y mesías, aseguraba que el mundo se iba a acabar pronto a causa de un holocausto nuclear masivo y que sus niños se acabarían convirtiendo en los salvadores del mundo. Esa era la razón de ser de aquellos niños, a los que se les blanqueaba el pelo y se les vestía con las mismas ropas para que parecieran y se sintieran hermanos, ignorantes todos ellos de sus distintas procedencias.

También se les sometía a una estricta disciplina, que no excluía los castigos corporales (Tía Anne gustaba de propinar contundentes lecciones de disciplina con el tacón de aguja de sus zapatos de marca) o prolongadas jornadas de ayuno. Para mantener aquella rigurosa disciplina, Tía Anne contaba además con la inestimable ayuda de las Tías, otras mujeres que, entregadas también ellas a la causa de salvar el mundo, vivían con los niños en la mansión del lago Elldon y fiscalizaban todas sus actividades. A veces los castigos no eran suficientes para mantener a raya a la tropa, y entonces Tía Anne recurría al LSD. Una buena dosis de ácido lisérgico por las mañanas contribuía inmejorablemente a reforzar la educación de los infantes en la idea de que su mamá, la querida Tía Anne, era Dios reencarnado y destinado a prepararlos para la misión definitiva: repoblar el mundo una vez que la Gran Hecatombe se hubiera producido. Y es que no hay nada como el LSD para que tu madre, tu perro o el carnicero de la esquina se presenten ante tus ojos como Dios en todo su esplendor.

Del suministro de la droga se encargaba el doctor Raynor Johnson, prominente psicólogo del Queens College de Melbourne. Por su parte Marion Villimek, dueña de la prestigiosa clínica psiquiátrica Newhaven, proveía generosamente a la Tía Anne de toda la logística necesaria. Es de destacar que La Familia estaba relacionada con la flor y nata de la sociedad australiana, en donde Tía Anne se movía como pez en el agua, y hay que decir que muchos de los miembros más destacados de la alta sociedad de Melbourne, entre los que había empresarios, médicos, políticos y abogados, estaban muy comprometidos con su noble causa, y aportaban fondos en forma de cuantiosas donaciones que permitían a Anne Hamilton-Byrne mantener a la mansión, a sus trabajadores y a sus veintiocho niños con holgura.

El aislamiento de los niños era casi total, recluidos como estaban en los límites de la finca. Pero en alguna ocasión las Tías les permitían dar un breve paseo. Así, escoltados y bajo su atenta mirada, los niños rubio platino deambulaban en rigurosa formación por las calles del pueblo más cercano, preguntándose cómo vivirían aquellas extrañas personas que no eran rubias, y que atisbaban con recelo el paso de la pintoresca comitiva. Acabado el paseo por el mundo exterior, la Familia volvía a su mansión a seguir esperando el Holocausto.

El problema es que el mundo, obstinadamente, seguía existiendo. Un problema este al que se suelen enfrentar, tarde o temprano, todas las sectas de corte apocalíptico. Los años fueron pasando, los niños se hicieron muchachos, y el deseado fin del mundo se resistía a llegar. Hasta que el 14 de agosto de 1987 y después de muchas denuncias de los vecinos del lugar, unos 100 agentes de la policía del estado irrumpieron en la finca de La Familia y acabaron liberando a los chicos de pelo platino.

Muchos de ellos, hoy adultos, han logrado recomponer sus vidas e integrarse, no sin ciertas secuelas, en el seno de la sociedad. Todo un logro, después de haberse criado en una casa en donde tu madre es Jesucristo con tacones, y con una buena ración de LSD para el desayuno. No cumplieron con su misión de salvar al mundo, pero al menos se salvaron ellos. En cuanto a la Tía Anne, consiguió zafarse de casi todos los cargos en su contra (las ventajas de ser un Dios viviente, y de tener muy buenas relaciones en las altas esferas). Acabó sus días en un hospicio, aquejada de demencia senil, y a punto de cumplir los 100 años.

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