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El revolucionario feminismo de ataduras de William Moulton Marston

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William Moulton Marston fue un hombre feminista (ya de por si una rara especie), pero de una rama particular del feminismo de la cual, probablemente, él haya sido el único miembro. Su sorprendente idea era que las mujeres podían ser fuertes y libres gracias a la sumisión. Y para propagar su buena nueva creó a la primera superheroína feminista-masoquista de la historia: Wonder Woman.

Moulton no era un artista de cómics ni mucho menos: era doctor en derecho, profesor universitario, investigador social y psicólogo de Harvard, apasionado por el pacifismo, el cambio social y, sobre todo, por la causa feminista, nada menos que en los años treinta, es decir, mucho antes que el movimiento alcanzara su apogeo.

Una de las primeras iniciativas de nuestro inquieto hombre fue inventar una “máquina de la verdad” que, aunque nunca llegó a funcionar del todo bien, sirvió de base para el posterior desarrollo del polígrafo o detector de mentiras (recordemos que el arma favorita de Wonder Woman es el “lazo de la verdad”, una cuerda mágica con la que obliga a confesar a sus enemigos…)

Y ya que hablamos de cuerdas, vamos al quid de la cuestión: Moulton era un entusiasta aficionado al bondage, una práctica de dominación-sumisión que consiste en inmovilizar el cuerpo con múltiples vueltas de cuerda muy apretada, con gran variedad de nudos, lazos y ataduras. Esta práctica le dio pie a elaborar una inquietante teoría feminista a partir de las ataduras: A través de los roles de dominación y sumisión la mujer podrá alcanzar un mayor grado de liberación de la mente. Moulton estaba radicalmente en contra del arquetipo de femineidad que se veía en su época. La mujer, decía, debía ser fuerte y poderosa. Como un varón. De hecho, Moulton vaticinaba que las mujeres acabarían dirigiendo el país.

Como psicólogo experimental, Moulton sostenía que los roles de sumisión física adoptados en la práctica del bondage hacían que la persona traspasara toda la responsabilidad sobre su cuerpo en el compañero, con el consiguiente efecto liberador. Esta cesión del control, junto a la aceptación de la propia vulnerabilidad, eran como un ritual de iniciación que acabaría convirtiendo a la mujer en un ser fuerte y libre.

En su vida personal, Moulton formó una amplia y poco convencional familia basada en el poliamor: convivía con su esposa legal, Elizabeth Sadie Holloway, una brillante intelectual comprometida con la causa feminista, y con Olive Byrne, ex-alumna suya de la universidad. Moulton tuvo hijos con ambas mujeres, quienes a su vez tenían relaciones entre sí (Moulton opinaba que las relaciones lésbicas fortalecían el carácter de la mujer y la hacía mejor madre y mejor persona). El triángulo poliamoroso, al parecer, funcionaba a la perfección: Sadie trabajaba fuera y ganaba el dinero necesario para mantener a toda la familia, mientras Olive se ocupaba de la casa y los niños, y Moulton, ya liberado de la enseñanza, se dedicaba a sus ideas (pues, según su teoría, las mujeres trabajaban mejor que los hombres). Olive vestía con ropas de hombre y usaba unos brazaletes metálicos que sirvieron de inspiración para el traje de Wonder Woman. El hogar de los Moulton debía de ser un lugar digno de visitarse.

Así las cosas, “en otra parte de la ciudad”, como se dice en los cómics, el editor M. C. Gaines necesitaba el respaldo de algún prestigioso psicólogo para certificar las bondades de las historias de superhéroes que publicaba, y le encargó un informe psicopedagógico a William Moulton. Éste le hizo notar la falta de una mujer superheroína, para que las niñas pudieran identificarse con un modelo de mujer fuerte, y le propuso crear una. Así nació, en 1941 y con intenciones didácticas y de propaganda feminista, la Mujer Maravilla.

Inspirada en Superman, la heroína de Moulton era una princesa de una isla de mujeres guerreras. Emigrada a los Estados Unidos, adopta una identidad secreta por el simple método de ponerse o quitarse unas gafas (si le funcionó a Clark Kent, ¿por qué no a ella?). Cuando se trasforma en Wonder Woman, ayuda a los americanos a combatir a los nazis.

La utopía feminista de Moulton tenía sus antecedentes: Herland, novela de Charlotte Perkins Gilman (1916), contaba la historia de una fantástica isla habitada exclusivamente por poderosas mujeres guerreras, que se reproducían, como las plantas, por partenogénesis, y se burlaban de los hombres por blandengues. Estas visiones se basaban en el mito clásico de las amazonas, del que también se inspiró Moulton.

Claro que, la Mujer Maravilla, era un modelo de mujer fuerte e independiente según la idea de mujer fuerte e independiente que tenía Moulton: la superheroína se pasaba atada como una salchicha buena parte de los episodios que protagonizaba. Pero no solo ella: en la isla de las amazonas de donde provenía, las ataduras formaban parte de la diversión de cada día. Las guerreras se ataban y se azotaban unas a otras todo el tiempo. Ni que decir que los jueguecitos con cuerdas también eran del gusto de las archienemigas de la Mujer Maravilla, unas supervillanas con mucha afición a los látigos, las cadenas y el cordaje en general. Hagamos un repaso de algunas de las más representativas:

Eviless, una carcelera de prisiones proveniente de Saturno, enfundada en un traje de cuero rojo con taconazos y armada con un látigo, al mando de un ejército de dominatrix vestidas con ceñidísimos trajes de cuero; Pepita, matadora de toros mexicana y espía nazi; Giganta, una gorila transformada en mujer forzuda gracias a la energía atómica; Cheetah, guerrera embutida en un traje de piel de leopardo… Como podemos ver, todas mujeres de pelo en pecho y de armas tomar.

Tal era el despliegue de cuerpos encordados que el pobre Gaines, el editor, se vio en la obligación de exigirle a Moulton, por carta, que disminuyera al menos en un 75% la presencia de escenas de sumisión con cadenas y cuerdas en los episodios de la Mujer Maravilla.

La superheroína de Moulton tuvo un éxito arrollador, desde el mismo momento en que se publicó su primer aventura. Aunque hay que decir que el éxito lo tuvo sobre todo entre los lectores varones.

Sin embargo, apenas cinco años después de su creación, William Moulton Marston murió, dejando a su superheroína en manos de una industria del cómic cada vez más pacata y conservadora, que la fue relegando al nivel de secundaria, de chica guapa acompañante de los superhéroes masculinos. La era de las mujeres libres y poderosas había acabado. De momento.

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