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El otro Vaticano: la Santa Sede de El Palmar de Troya

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Cuando Gregorio XVIII huyó de la Santa Sede en su Papamóvil para vivir la vida loca con una de sus monjas, parecía que la historia de la Iglesia Palmariana llegaba a su cénit. Esto ocurría en 2016, marcando un antes y un después en la historia de la venerable institución. Nos referimos, claro está, a la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, sita en El Palmar de Troya, una pedanía andaluza de la España rural.

La historia comienza hace ahora cincuenta años, de la manera en que siempre comienzan estas historias: cuatro niñas que habían ido a recoger florecillas al campo tienen un inesperado encuentro con la Virgen. Pronto miles de lugareños comienzan a congregarse en el lugar, y no tardan en florecer los videntes lanzando profecías apocalípticas. El más dotado para el espectáculo es un contable sevillano llamado Clemente Domínguez, que había concurrido al lugar como un curioso más junto a su “amigo especial”, un abogado llamado Manuel. Clemente sangra, se retuerce, muestra los estigmas en sus manos y su frente, y proclama a grito pelado que Jesucristo en persona le ha comunicado que el Vaticano ha caído en manos de los comunistas. Denuncia que al por entonces ocupante del trono de San Pedro, Pablo VI, lo mantienen drogado en los sótanos del Vaticano, y que su lugar es usurpado por un doble. Como es natural, Clemente se gana inmediatamente el favor de las multitudes allí congregadas.

Al tiempo, Clemente pierde los ojos en un accidente de tráfico, hecho que sorprendentemente lo reafirma en su misión apostólica.Y es así que, luego de la muerte de Pablo VI, nuestro vidente invidente se autoproclama Papa, por “intervención divina directa”, con el nombre de Gregorio XVII. Su primer actuación como sumo pontífice será excomulgar —con buen criterio, diría yo— a Juan Pablo II.

La Iglesia Palmariana, así constituida, va ganando miles de adeptos en la aldea y alrededores. No tardan en lloverle los generosos donativos llegados de la cuenta bancaria de ricas y arrugadas damas de todas partes del mundo. El nuevo Papa necesita entonces urgentemente una Santa Sede, que se erigirá allí mismo, en El Palmar de Troya. Así comienza la construcción de una gigantesca catedral que hará palidecer a la de San Pedro (para que después no digan que los masones son los únicos que saben hacer catedrales). Iniciada en 1976 y finalizada hace apenas unos años. La Basílica catedralicia de Nuestra Señora del Palmar Coronado, tal su nombre completo, ocupa una superficie de 3.500 metros cuadrados, y está protegida por un muro de setecientos metros de longitud y seis de altura. En su fachada se levantan orgullosas las estatuas de algunos de los particulares santos que el Papa Clemente beatificó, como San Cristóbal Colón, o los líderes del fascismo español San Francisco Franco y San Primo de Rivera. La ordenación de nuevos santos (miles, en pocos años) no fue la única innovación doctrinal de la iglesia Palmariana: también cuentan con la existencia del planeta de María, un cuerpo celeste de órbita incierta regentado por la mismísima virgen, y desde el que serán abducidas las almas de los palmarianos una vez completado su paso por esta vida. Allí gozarán de la eterna contemplación de la virgen, y de la inquietante compañía de San Francisco Franco y el resto del santoral del fascismo místico palmariano.

Anunciaron también la inminencia de una Tercera Guerra Mundial provocada por la masonería, que arrasará el mundo con bombas nucleares, pero a la que sobrevivirán los palmarianos, convertidos en la luz del nuevo mundo.

Por lo demás, hay que decir que los palmarianos fueron acusados repetidas veces de perpetrar terribles abusos sexuales tras los muros de su basílica. Podemos comprobar que no se diferencian tanto, después de todo, de la iglesia católica romana.

Sin embargo, los feligreses palmarianos, al dictado de Clemente, han debido llevar una vida de austeridad absoluta y riguroso decoro en hábitos y vestimenta. El Papa, en cambio, tenía sus prerrogativas: era habitual de las corridas de toros y de las alocadas fiestas de la noche sevillana, ambientes en donde era conocido como “la voltio”, en referencia a su anterior trabajo en la compañía eléctrica local. También era muy dado a utilizar el vino, y no precisamente para consagrar: llevó el “tomad y bebed…” hasta sus últimas consecuencias. Debido a ello, la iglesia Palmariana acabó adaptando la celebración de su misa —habitualmente de dos horas, y en latín— a una duración de solo cinco minutos, tiempo máximo que el santo padre podía mantenerse en pie en tales trances.

El Papa Clemente,  aka Gregorio XVII, murió en 2005, sucediéndole en el trono su antiguo amante Manuel Alonso, que tomó el nombre de Pedro II. A este le sucedió a su vez Ginés Jesús Hernández, el Gregorio XVIII con el que comenzamos esta historia, y tercer Papa de la Iglesia Palmariana. Gregorio XVIII endureció más, si cabe, las reglas de comportamiento de sus súbditos, agregando, por ejemplo, la prohibición de ver la tele o ir a la playa. Pero al parecer ni él mismo aguantó la severidad de sus propias normas, y acabó huyendo con una de sus monjas, la hermana Nieves. Meses después, la pareja compareció posando desnuda, al estilo de Adán y Eva, en la portada de la popular revista Interviú. Su sucesor en el trono Papal, Pedro III, se quejó amargamente del robo del Papamóvil perpetrado por Gregorio XVIII en su alocada huída.

Pero Gregorio XVIII, al parecer, no tuvo suficiente con el vehículo sustraído. La noche del 10 de junio de 2018 volvió al Palmar de Troya. Vestido como un ninja, un Papa ninja, escaló los muros de la basílica e intentó llegar al recinto en donde se encontraba la caja fuerte. La mala suerte (o la intervención divina) hizo que un joven sacerdote que en ese momento daba un paseo nocturno se topara con el exPapa. Gregorio, sorprendido in fraganti, esgrimió un cuchillo de proporciones bíblicas con el que atacó al cura. sus gritos alertaron al personal, que consiguió reducir al invasor. Hoy Gregorio XVIII cumple su penitencia en un módulo de la cárcel de Sevilla-I.
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