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Más fiable que el WhatsApp: la precipitación postal de los Mahatmas

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Vamos a hablar hoy aquí del sistema de mensajería más revolucionario de los últimos siglos. Más barato que el correo electrónico, más eficaz que el Messenger, más rápido que el WhatsApp. Vamos a hablar de los Mahatmas y su exclusivo método de precipitar cartas directamente, como quien dice, sobre la cabeza del destinatario. Nunca se ha visto nada igual.

Aclaremos que con lo de “cartas precipitadas” no nos estamos refiriendo a mensajes escritos con prisas, sino, literalmente, a misivas caídas desde el cielo, materializadas a partir de la nada: cartas que se solidifican como en el precipitado de un experimento de química, un procedimiento tan eficaz como sorprendente.

Empecemos por el principio: ¿quienes son estos Mahatmas? También conocidos como “maestros ascendidos”, los Mahatmas son unos misteriosos sabios que viven en lo más alto del Himalaya, en el Tíbet. Aunque a juzgar por los únicos retratos que existen de ellos, muy tibetanos no parecen.

¿Y a qué dedican el tiempo libre? Pues a mantener una lucha secreta sin cuartel por el destino del cosmos, contra las fuerzas oscuras, nada menos. Como unos caballeros jedi que en lugar de espadas láser utilizan la correspondencia como arma definitiva.

Estos señores de mirada intensa casi nunca se dejan ver por el común de los mortales. Casi. La excepción se llama Helena Petrovna Blavatsky, más conocida como Madame Blavatsky, quien tuvo el privilegio de ser discípula de dos Mahatmas: el maestro Morya y el maestro Kuthumi, y de haber intercambiado con ellos un montón de cartas precipitadas, directamente desde las alturas del Himalaya hasta la sede de la Sociedad Teosófica, una sociedad para el perfeccionamiento espiritual que Blavatsky fundó y dirigió con mano de hierro allá por finales del siglo XIX. El movimiento teosófico llegó a tener una enorme influencia entre las más variadas personalidades de occidente, entre las cuales había artistas, intelectuales y políticos. Las cartas precipitadas de los Mahatmas contribuyeron grandemente a definir el clima espiritual de la época, pero lo que nos interesa aquí no es el contenido, sino la forma en que las cartas se enviaban: la precipitación.

El procedimiento era el siguiente: durante las reuniones, a alguno de los ilustres miembros de la Sociedad Teosófica le caía sobre la cabeza un sobre dirigido a su nombre. El sobre contenía una carta, que podía ser un breve mensaje o una extensa misiva de varias páginas, y que acababa siempre con la firma de algún Mahatma. Los miembros de la sociedad las denominaban “cartas precipitadas” por la curiosa costumbre de caer, literalmente, sobre la teosófica cabeza del destinatario. Aunque no siempre se recibía el mensaje de forma tan directa: puesto que era posible que la persona a la que se le remitía no estuviera presente en ese momento en la sala, la carta se materializaba entonces dentro de un gabinete ubicado justo al lado de las estancias personales que Madame Blavatsky ocupaba en la amplia casona que servía de sede a la Sociedad.

Las cartas de los Mahatmas hablaban de todo un poco, sobre esto y aquello, de las cosas divinas y humanas. A veces daban profundos consejos espirituales, y otras hablaban del tiempo o de bueyes perdidos. Pero nunca faltaba una recomendación para que el remitente atendiera las necesidades materiales de Madame Blavatsky, la intermediaria. Lo más importante para los Mahatmas era el bienestar de Blavatsky. Esto dio pie a más de un malpensado a sugerir que las cartas las escribía la propia Madame Blavatsky, claro. Ya sabemos que la gente es mala y comenta.

El caso es que Blavatsky era muy austera: conque dispusiera de ropa, comida, una casa amplia situada en un buen barrio y dinero en efectivo para sus múltiples viajes, pues casi que no necesitaba más. Afortunadamente, los teósofos que recibían las cartas de los Mahatmas eran lo suficientemente asquerosamente ricos como para atender esas pequeñas necesidades sin demasiados problemas. Mientras vivió, y gracias a las cartas de los Mahatmas, Madame Blavatsky dispuso siempre de una muy sencilla mansión y una cuenta muy corriente en el banco.

Hay que decir que los suspicaces acusadores contaron con la inestimable confesión de los caseros de la sede de la Sociedad Teosófica, un matrimonio que se encargaba de las tareas de mantenimiento en la finca, y que acabaron declarando que había un sistema de pasadizos, paneles corredizos y trampillas entre las habitaciones de Blavatsky y los techos de los salones, a través de los cuales se dejaban caer las cartas. Pero tan absurda acusación pronto fue desactivada, al comprobarse que los calumniadores habían sido despedidos recientemente de sus puestos por la propia Blavatsky, y seguramente buscaban vengarse de la buena mujer desacreditando a los Mahatmas. Y sí, era cierto que los pasadizos existían, pero se comprobó que estaban sólidamente sellados. Caso cerrado.

Los Mahatmas, por otra parte, escribían de manera muy diferente: mientras el maestro Kuthumi utilizaba siempre tinta azul, y tenía una caligrafía aplicada, el maestro Morya, en cambio, escribía a lo loco, con tinta roja y letra ágil, garabateada en renglones torcidos.

Las perlas de sabiduría que destilaban los Mahatmas en sus comunicados fueron muy importantes para la difusión de la teosofía, aunque surgieron acusaciones de que párrafos enteros de estas cartas repetían palabra por palabra páginas del libro de un conocido oculista y espiritista americano. A primera vista pudiera parecer un claro caso de plagio, pero Madame Blavatsky explicó que, seguramente, los Mahatmas, allí en lo alto del Himalaya, pudieron haber leído una copia del mencionado libro en el plano astral, y ciertos párrafos pudieron luego surgir en las cartas de manera subconsciente.

Después de la muerte de Helena Blavatsky, en 1891, toda esta febril actividad mahatmática postal prácticamente se esfuma, lo que evidencia lo mucho que les debió haber afectado a los Mahatmas la desaparición de su principal discípula. Con el nuevo siglo, la influencia de la teosofía fue declinando hasta casi desaparecer. Y en cuanto a los Mahatmas, solo podemos suponer que seguirán precipitando cartas sobre quién sabe qué cabezas, sin obtener respuesta. 

En la British Library de Londres se conservan muchas de las cartas de los Mahatmas, un auténtico tesoro que, de hecho, se puede consultar, previa solicitud de un permiso especial.

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