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“I have a dream…” Las torres de Simon Rodia en Watts

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Si la próspera isla de Manhattan tiene su Empire State, si en su skyline se dibuja (bueno, se dibujaba) la silueta de las torres gemelas del World Trade Center, en el horizonte del humilde y conflictivo suburbio del sur de Los Angeles llamado Watts, mayoritariamente negro, se recorta la increíble estampa de las  torres de Simon Rodia, conocidas hoy universalmente como las Torres Watts, un impresionante conjunto arquitectónico sin ninguna finalidad aparente.

Las recordamos hoy aquí a propósito de una película que es uno de los clásicos menores de ese subgénero conocido como blaxploitation (filmes de bajo presupuesto protagonizados por un elenco de actores negros, producidos en masa durante los años setenta) y cuyo apoteósico final tiene a las torres Watts como protagonistas de excepción.

Hablamos de El Dr. Black y Mr. Hyde (1976) dirigida por William Crane, que cuenta las andanzas del doctor Pride, un científico afroamericano que se dedica en su tiempo libre a atender a pacientes marginales (básicamente prostitutas) de un centro de salud comunitario de Watts. Una de ellas, Linda, está enferma de hepatitis, y el buen doctor desarrolla entonces un suero destinado a recomponer las células hepáticas dañadas por la enfermedad. Como buen científico de película, se decide a probar el suero en sus propias carnes. El resultado es que el afable y muy negro Dr. Pride se convierte en un bestial albino de ojos azules que se dedica a perseguir y masacrar a prostitutas negras por todo Watts. El suero claramente está lejos de curar la hepatitis, y es evidente que el Dr. Pride no será candidato al Nobel de medicina.

Así las cosas, nuestro monstruo blanco acaba encontrando a Linda y la secuestra, pero es perseguido por la temible policía de Los Angeles. La bestia albina, acorralada y cargando el cuerpo de la muchacha, se dirige entonces… a las torres Watts. Sí amigos, si hasta entonces la película era un trasunto con tintes de color (negro) de la clásica historia de Robert Louis Stevenson Dr. Jekyll y Mr. Hyde, este espectacular final apunta más bien a otro clásico: King Kong. En la admirable secuencia final (que sería más admirable si estuviera bien rodada) el monstruo trepa a la más alta de las torres, mientras un helicóptero lo rodea y lo acosa. La policía abre fuego y el albino cae a la acera. Asistimos entonces a la metamorfosis final: la bestia blanca, ya agonizante, se transforma lentamente en el moreno Dr. Pride, frustrado benefactor de la comunidad (…y sí, les acabo de contar el final de la película).

No es la primera vez que vemos en el cine a las torres Watts como símbolo del barrio: en 1972 se celebró el Wattstax, un macrofestival de música funk y soul conocido como “el Woodstock negro”, que reunió a lo más granado de la música negra del momento en un estadio de la localidad. La elección de Watts no era casual: allí habían tenido lugar años antes los tremendos disturbios raciales que sacudieron el país, una guerra callejera que duró varios días dejando decenas de muertos y que pondrían el nombre de Watts en el mapa. Pues bien, de aquel festival conmemorativo se rodó una película para el cine, y en las secuencias iniciales, mientras escuchamos la sinuosa música de the Dramatics, las imágenes nos muestran unas bonitas panorámicas de las torres, el indiscutible símbolo del lugar.

A lo largo de las décadas, las torres vieron pasar dos grandes levantamientos de la comunidad por motivos raciales: la rebelión, ya mencionada, de 1965, y luego otra, no menos virulenta, cuando en 1992 un incidente de brutalidad policial dejó lisiado al ciudadano afroamericano Rodney King. A pesar de los incendios masivos y los graves destrozos sufridos por toda la barriada a consecuencia de los levantamientos, las torres Watts nunca sufrieron daño alguno.

Hubiera sido bonito que las torres fueran obra de algún afroamericano genial, pero la realidad no suele ser tan redonda: su autor, Simon Rodia, fue un humilde inmigrante italiano.

“I have a dream…”, parece haber pensado Rodia, parafraseando a Luther King, antes de ponerse manos a la obra. Obrero de la construcción, levantó él solo y sin maquinaria ni ayuda de ningún tipo este complejo de torres que comprenden diecisiete estructuras interconectadas de metal y concreto, en un terreno de su propiedad. Dedicándole todo su tiempo libre, sin usar planos e improvisando sobre la marcha, demoró unos treinta y tres años, entre 1921 y 1954. 

Cada tarde, al volver de su trabajo, Rodia se dedicaba a recoger todo tipo de escombros por el camino: piedras, botellas, trozos de ladrillo o azulejo, o restos de metal de una cercana estación de ferrocarril. Con todo ello, y armado solo con un arnés y sus herramientas de albañil, fue levantando las torres, la más alta de las cuales sobrepasa los treinta metros. Las torres no estaban destinadas a ningún uso concreto. Eran más bien un monumento a sí mismas, como su pariente rica, la torre Eiffel. Según se mire, también recuerdan ligeramente a las torres de la Sagrada Familia de Gaudí (aunque Rodia no tardó tanto en levantarlas).

Durante los años que duró su construcción, hay que decir que los vecinos mostraron suspicacia, cuando no animadversión: la misteriosa estructura no parecía tener ninguna función aparente, y su autor solo se limitaba a decir que su única intención era “construir algo grande”. Durante mucho tiempo se llegó a pensar que Rodia era un espía de una potencia extranjera, y las torres antenas de radio que transmitían día y noche información al enemigo. Incluso se difundió el extremo de que a través de ellas Rodia estaba en contacto con civilizaciones extraterrestres a punto de invadir Los Angeles. Ya sabemos cómo suele tratar el vecindario al vecino extravagante…

Después de años de lucha contra la incomprensión y la franca oposición vecinal, Rodia, ya viejo y cansado, le acabó regalando el terreno con sus torres a un vecino del lugar. Se marchó de Watts sin mirar atrás y, aunque viviría aún otros diez años, nunca regresó.

Así las cosas, las torres parecían sentenciadas: el ayuntamiento se apresuró a dictar orden de demolición. Pero de nuevo Hollywood viene al encuentro de las torres: un actor y un productor de cine compran la propiedad, y comienzan una batalla legal contra las autoridades para preservar el monumento. Este deberá pasar una dura prueba para asegurar la solidez de su construcción: Con cables de acero atan la estructura a una grúa que tira de ella: las torres, hechas del material con que se fabrican los sueños, no se mueven ni un milímetro de sus cimientos. Años después aguantarán incluso un temblor de tierra y un huracán que sacudió toda la zona. Finalmente, en el año 1990 las torres Watts son declaradas monumento histórico nacional. Y hasta es probable que los vecinos de Watts se sientan ahora orgullosos de ellas.

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