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El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru

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Pocos supervillanos con vocación de dominar el mundo pueden comparársele a Sumuru, la Reina del Mal, que con su ejército de chicas sexys planea una y otra vez acabar con el dominio de la testosterona e implantar un mundo utópico regido por mujeres de buen ver.

El personaje nace en un serial radiofónico para la BBC en los años cuarenta. Su creador, Sax Rohmer, lo transformó luego en una serie de folletines de aventura e intriga. Pero es en el cine, donde Sumuru se transforma en carne, concretamente en la carne de la actriz británica Shirley Eaton, en donde alcanza su máxima dimensión. Hay dos películas sobre Sumuru y su ejército: Los mil ojos de Sumuru (Lindsay Shonteff) de 1967, y Los siete secretos de Sumuru, estrenada en 1969 y dirigida por Jess Franco (después de esta experiencia, Shirley Eaton, que había alcanzado la fama como la chica pintada de oro en Goldfinger, se retiró del cine...) Bueno, hay una tercera película, ya con otra protagonista, rodada en el 2003, pero de esta mejor ni hablar.

 La maquiavélica Sumuru cuenta con armas dignas de Fu Manchú: una pistola que convierte a los hombres en estatuas de piedra, por ejemplo, o un rimmel que quema a la pobre víctima que recibe un beso. También cuenta en cada caso con un cuartel general a la altura de un genio del mal: en Los mil ojos de Sumuru es una isla tecnológica frente a las costas de Hong Kong. En Los siete secretos, una ciudadela llamada Fémina en el corazón de la selva amazónica, que parece proyectada por Oscar Niemeyer después de un corte de digestión.

 El héroe y varón que se enfrenta a la Reina del Mal es un espía-detective, un caracter construido a imitación del célebre James Bond, una especie de 007 de Todo a 100 encarnado en la priméra película por George Nader (acompañado por Frankie Avalon) y en la segunda por Richard Wyler. Ninguno de los cuales le llega a la altura del tacón de aguja de la bota a nuestra diabólica y carismática Maestra del Mal.

Eso sí, Frankie Avalon tiene el acierto de lograr que los espectadores nos pongamos de parte de Sumuru, y que deseemos fervientemente su total aniquilación.

 Hay que decir que la línea argumental de las dos películas no da demasiado de sí: todos van y vienen en persecuciones sin ton ni son, hasta que al final vencen los buenos, derrotan al ejército de chicas y Sumuru consigue escapar hasta la siguiente guerra. Lo mejor, lo maravilloso, está en ese mundo de amazonas con trajes de plástico y cuero negro, con largas botas y cortas faldas, armadas hasta los dientes y listas para derrotar al Hombre, así en general, e instaurar su utopía feminista radical, un reino de chicas bajo el implacable látigo de Sumuru, que dirige las operaciones sin despeinarse desde su cama redonda y fumando un cigarrillo (mentolado, suponemos) con una larga boquilla de nácar.

El ejército de Sumuru, a su imagen y semejanza, es también un ejército hermoso, sofisticado y chic. Claro que eran los años sesenta, y el estereotipo de mujer fuerte aún no había hecho acto de presencia. Las chicas-soldado de Sumuru parecen reclutadas de un desfile de David Delfín en la Pasarela Cibeles: lucen atractivos modelitos, con mucho cuero, minifaldas y tacones; cuidan su maquillaje y son increíblemente torpes en el combate (van armadas con ametralladoras, pero da la impresión de que desconocen dónde está el gatillo, tal es la desconcertante facilidad con que acaban desarmadas y reducidas en cada encuentro con los hombres) y, sobre todo, pierden la cabeza a la velocidad de la luz ante el atractivo varonil de sus oponentes masculinos. En una palabra, parecen mejor preparadas para el amor que para la guerra. 

Y aquí está la clave: la kriptonita que desactiva una y otra vez los planes de dominación mundial de Sumuru y sus chicas guerrilleras es, justamente, la tentación de los hombres a los que tanto quieren combatir. Nunca falta la soldado que, rendida de amor o de deseo, se pasa a las filas del enemigo y traiciona a su reina y a la causa. Hasta la propia Sumuru parece a veces al borde de traicionarse a sí misma.

Al final, la utopía feminista de Sumuru se nos acaba antojando enternecedoramente quijotesca, pues descubrimos que la verdadera utopía está más bien en pretender construir una sociedad sin hombres con mujeres tan enamoradizas. Para su próximo ejército, Sumuru, Genia del Mal, debería plantearse seriamente el reclutar lesbianas.

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