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El doctor Bataille y el arte del Panfleto Pop

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Masones satánicos, sacerdotisas del diablo, sectas espiritistas, templarios dementes, rituales sangrientos, misteriosos cabalistas, misas negras, viajes astrales, la bisabuela del anticristo... y sexo, mucho sexo. Este era el cóctel irresistible que mantenía en vilo a la buena sociedad parisina de la segunda mitad del siglo diecinueve, un cóctel por entregas que un enloquecido y genial equipo de difamadores profesionales distribuía en fascículos. para disfrute y escándalo del público lector.

Detrás de este equipo se encontraba un hombre llamado Léo Taxil, de profesión charlatán, nacido en Marsella e iniciado en el mundo editorial escribiendo libros furiosamente anticlericales, que publicaba y distribuía él mismo. Pero hacia 1885 el filón parecía estar agotándose, los libelos contra la iglesia y el poder del Papa ya no resultaban novedosos, y Taxil, dándose cuenta de que la credulidad da más dividendos que el escepticismo, decidió dar un genial golpe de timón a su carrera: el antiguo azote de los curas anunciaba ahora a bombo y platillo su conversión al catolicismo, en una solemne ceremonia en la que declara que ahora se dedicará en cuerpo y alma a combatir a los enemigos de la fe. 

Esos enemigos eran por entonces las logias masónicas, a las que la iglesia veía como una peligrosa competencia que escapaba a su control. Si hay algo que caracterizaba a la masonería era el secretismo, por lo que Taxil anunció que en sus sucesivos libros se dedicaría a sacar a la luz sus más oscuros secretos. Pero el caso es que él no sabía mucho de masonería: había pertenecido fugazmente a una logia en grado de aprendiz, de la que había sido expulsado después de asistir a tres reuniones. Por lo tanto, pocos eran los “secretos” que podría revelar. Además, había por entonces en Francia un gran número de periodistas y escritores antimasones, que se dedicaban a combatir la actividad de las logias en el plano político. Taxil, por lo tanto, decidió explorar otro terreno, un terreno que, de hecho, se inventó él a la medida de su conveniencia: el de los Masones Adoradores del Diablo.

Así apareeió en 1893 El Diablo en el siglo XIX, un libelo por entregas (anunciado como “revista mensual religiosa, política y científica”) que llegó a sumar más de 2.000 páginas, firmado por el "Doctor Bataille", un seudónimo colectivo tras el que trabajaban a destajo al menos dos personas, el propio Léo Taxil, el escritor Charles Hacks, y probablemente más colaboradores ocasionales. La irresistible fórmula de la publicación estaba en juntar conspiración, satanismo y pornografía.

En el voluminoso libro del Dr. Bataille se iban sucediendo sangrientos rituales, orgías desenfrenadas con macizas masonas, fantásticas sesiones espiritistas, invocaciones a Baphomet (un ídolo con cabeza de cabra, alas de murciélago y pechos de mujer), misas negras, siniestros judíos cabalistas, caballeros templarios y hasta mormones satánicos.... todo mezclado como en un serial de aventuras que cada vez se enredaba más y más, y sazonado con jugosas descripciones de erotismo sadomasoquista de alto voltaje.

Para empezar, se inventó una logia femenina de masonas (por entonces la verdadera masonería sólo admitía a hombres en sus filas) dirigida por el Diablo en persona. Una especie de harén de Lucifer, que celebraba orgías blasfemas en oscuros salones de París. Esta logia satánica extendía sus tentáculos por las principales capitales, y planeaba dominar el mundo. Las sacerdotisas y los maestres de la logia reportaban cada viernes ante el mismísimo Satanás, que presidía las reuniones en un cuartel general secreto.

Los escenarios que describía Bataille también eran impresionantes: sirva como ejemplo el laberinto de túneles y cuevas que, según él, oradaba la roca del peñón de Gibraltar, y que constituía la factoría secreta en donde los masones fabricaban sin parar estatuas y figuras de su amo Satanás, así como toda clase de venenos para utilizar en sus planes de dominación mundial.

También abundaban los gadgets. Así, por ejemplo, los masones luciferinos se comunicaban entre sí a través del planeta por una “red telefónica satánica” inalámbrica (el teléfono era aún un invento reciente y poco difundido).

Al Dr. Bataille le llovieron las cartas de felicitaciones y las emocionadas adhesiones de obispos y cardenales, que lo animaban a continuar con sus importantes revelaciones. El propio Taxil llegó a ser recibido en audiencia personal por el Papa León XIII, y no se descarta que haya contado con generoso apoyo económico para continuar su lucha contra el mal.

Espoleada por la buena recepción de sus escritos en el Vaticano, la osadía de las descripciones del Dr. Bataille fue en aumento: masones que atravesaban paredes adoptando un estado fluido; cráneos de jesuitas decapitados quemados frente a la esfigie del diablo en oscuras ceremonias; las nupcias de una masona y un demonio, designados para ser los bisabuelos del anticristo; una sesión de espiritismo en la que la propia mesa cobra vida y se incorpora sobre dos de sus patas para atacar a los oficiantes; un cocodrilo que se materializa en un salón y se pone a tocar el piano... nada parecía demasiado inverosímil para los miles de fascinados seguidores de El Diablo en el Siglo XIX, y la imaginación de Taxil y Hacks no conocía límites. Y menos mal que en el siglo XIX no se había popularizado el kung fu, porque poco habrían tardado en agregar masones ninjas al conjunto...

Después de casi cinco años de desenfrenada actividad, sin embargo, habían llegado demasiado lejos. En 1897 anunciaron una conferencia sobre el tema en la Sociedad Geográfica de París, y ante una sala abarrotada se presentó Léo Taxil para decir que, en fin, todo había sido un invento. Afortunadamente había tenido la precaución de exigir que el público dejara a las puertas bastones y paraguas, porque la batahola que se montó a continuación fue fenomenal. Ante el peligro de linchamiento, Taxil escapó por la puerta trasera.

Pero los pilares de un nuevo género ya estaban sólidamente instalados en el imaginario popular. El collage sin complejos de sexo, violencia y misterio que inauguró el Dr. Bataille nos ha seguido acompañando desde entonces, desde la literatura pulp hasta el cine de serie B de explotación, con toques de gótico, giallo o gore; desde Jess Franco a Dan Brown o hasta Umberto Eco (que en su novela El Cementerio de Praga describe las peripecias de Taxil y compañía...), desde J.J. Benítez hasta Cuarto Milenio o la revista Más Allá, la cuestión nos sigue fascinando. 

Larga vida al Dr. Bataille y su fórmula maravillosa.       

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