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El triunfo de la voluntad: Superhéroes en el mundo real

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Llegar del trabajo a casa, saludar al perro, dejar el maletín, ir a hacer pis, tomarse un yogur, entrar en la habitación, abrir el armario, ponerse las ajustadas mallas de colores, la capa, la máscara, calzarse las botas, salir por la ventana trasera a combatir el crimen y la injusticia en tu ciudad.

Aunque parezca un tanto inusual, esto es lo que hace mucha gente en su tiempo libre. Se trata de los llamados superhéroes de la vida real. En sus historias se han basado películas como Defendor (2009) protagonizada por un impagable Woody Harrelson, o Super (2010) en la que Rainn Wilson, después de tener una revelación divina, encarna al superhéroe Crimson Bolt. Demás está decir que estos superhéroes carecen por completo de verdaderos superpoderes. Es su sola voluntad, y el auxilio de algún arma de fabricación casera, lo que los lanza a cumplir su misión autoimpuesta por las calles de su ciudad. Una sutil e inestable mezcla de sentido de la justicia y atisbos de psicopatía que también podemos encontrar en Batman, el personaje que más cerca está de ser el modelo de estos justicieros solitarios. 

El fenómeno es casi exclusivamente americano, ya que allí la iniciativa personal se aplaude incluso en la administración de justicia. El modelo del “hombre-hecho-a-sí-mismo” forma parte de la idiosincracia nacional, incluso si esa hechura incluye unos calzones de lycra, una capa y un antifaz. En la burocratizada Europa, en cambio, en donde hasta para portar una pistolita de nada hay que tener un DNI y un permiso, los justicieros enmascarados no abundan. 

Los superhéroes de la vida real cuentan incluso con un foro público en internet, el Registro Mundial de Superhéroes (worldsuperheroregistry.com), en donde se detallan los requisitos que cualquier aspirante a justiciero enmascarado debe cumplir: 1) Un traje de superhéroe (prohibido hablar de “disfraz”...), que no solo cumplirá la función de protejer la identidad de la persona detrás de la máscara, sino que involucra a quien lo use con un “propósito”, una misión: la de luchar contra el crimen y la injusticia. 2) Hechos heroicos comprobables. O sea, no basta con disfrazarse... perdón, ponerse el traje. Además, hay que actuar. Y 3) Motivación estrictamente personal, es decir, el superhéroe debe serlo por su cuenta y riesgo. No debe pertenecer a ninguna institución, ni tener esponsores, ni retribución económica por su actividad superheroica.

En cuanto a la personalidad e indumentaria del superhéroe, hay que decir que los hay más y menos logrados. Así por ejemplo, Citizen Prime, de Arizona; el californiano Phoenix Jones; Master Legend, de Florida o Shadow Hare, de Cincinnati, se acercan un  poco al aspecto que imaginamos debe tener un superhéroe. Otros están algo más lejos. El justiciero hongkonés Red Arrow, por ejemplo, luce una máscara que parece impedirle casi por completo la visión, incluso para caminar sin tropezarse (no digamos ya hacer cosas superheroicas), máscara sobre la que luce una gran flecha roja volumétrica en equilibrio sobre su cabeza, que le da más bien un aspecto de señal de tráfico andante. Los gadgets con que cuentas estos hombres para su lucha contra el crimen (hay que destacar que no suelen recurrir a las convencionales armas de fuego) también son, a veces, discutibles: el canadiense Polar Man, por ejemplo, lleva una pala a manera de arma, como si fuera el martillo de Thor. Angle-Grinder Man patrulla las calles provisto de una amoladora, pues su misión autoimpuesta es liberar a los coches que han sido inmovilizados con un cepo por mal estacionamiento. Este enmascarado está especializado en combatir las arbitrariedades cometidas por la policía de tráfico. Eso sí, no te libra de las multas, por lo que el alcance de su accionar justiciero es limitado, por no decir inútil.

En otros casos, el aspecto del superhéroe tiene el efecto de intimidar más al ciudadano de a pie que al malhechor ocasional. Es el caso de personajes como Tothian, de New Jersey; Geist, de Minessota; Scavenger, de Connecticut o Motor Mouth, de San Francisco; cuyas pintas de paramilitares pasados de sobredosis de gas mostaza no ayudan a generar confianza.

Hace poco saltaba la noticia de la detención de Phoenix Jones. Este enmascarado californiano trató de intervenir en una discusión entre un grupo de jóvenes a la salida de un local nocturno rociándolos con un spray de pimienta. Una de las chicas del grupo acabó aporreando a nuestro héroe con un zapato de tacón, mientras el resto llamaba a la policía. Phoenix Jones fue detenido y, lo peor, le fue requisado el traje, un muy convincente uniforme negro y amarillo. No siempre la policía está dispuesta a aceptar el intrusismo profesional en la lucha contra el crimen.

Pero sin duda uno de los casos más impresionantes es el de los Batman y Robin de Whitley, un dúo de justicieros enmascarados de una apacible localidad inglesa que parece haber decidido que para qué crearse un personaje habiendo tantos tan buenos ya inventados. Así, como si de una franquicia de MacDonalds se tratara, comenzaron a utilizar los nombres y los trajes del popular dúo de Ciudad Gótica. Su modus operandi está inmejorablemente retratado en este relato de primera mano aparecido en el periódico inglés The Evening Post, en donde una mujer nos cuenta cómo recibió auxilio de los Batman y Robin de Whitley. Michelle Kirby, una vecina de esta pequeña y tranquila villa, quedó varada en medio de la vía cuando su peugeot 206 se quedó sin gasolina un domingo de Pascua. Entonces “aparecieron de repente. Venían corriendo por la carretera vestidos de Batman y Robin (...) me dijeron ‘–hola, somos Batman y Robin’... ‘–no, no lo son’, les contesté... Les pregunté si iban a una fiesta de disfraces, pero ellos se mantuvieron firmes en sus personajes.” Luego de empujar el coche de la señorita Kirby hasta la gasolinera más cercana, el Dúo Dudoso (el Batman tiene sobrepeso, el Robin es calvo, ambos parecen pasar los cuarenta...) desapareció corriendo por una calle lateral.

El mundo de los héroes enmascarados inaugura la idea del “psicópata amigo”. Incluso la idea del psicópata que todos quisiéramos ser alguna vez. Cómo no alegrarnos entonces de que existan en la vida real, de que se paseen por las calles de tu ciudad con sus trajes de colores. Hasta puede que tu propio vecino sea uno de ellos, quién sabe...

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