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Moldeadoras de grandeza: las Plaster Casters de Chicago

Moldeadoras de grandeza: las Plaster Casters de Chicago

Cuentan que Miguel Angel, al acabar el David, golpeó la escultura con un martillo y le gritó “¡parla!”, tan perfecta era la obra que, parecía, solo le faltaba hablar. Algo así deben haber sentido las Plaster Casters al ver finalizada la que sin duda es su escultórica obra maestra: el pene erecto de Jimi Hendrix.

La que probablemente sea la artista más relevante en el panorama de la escultura del siglo XX, Cynthia Albritton (que luego pasaría a la inmortalidad bajo el nombre artístico de Cynthia Plaster Caster), creció como una tímida chica en el seno de una familia católica de Chicago, Illinois. Al terminar el instituto, decidió apuntarse a la carrera de arte en la universidad de su estado. Corría el año 1968, y en su clase, un buen día, el profesor encargó a sus alumnos una tarea para el examen de modelado, una tarea sencilla: “Hagan un molde en yeso de algo duro”. Cynthia, que por entonces tenía 19 años y aún era virgen, supo al instante sobre qué objeto duro realizaría el molde.

Lo primero que hizo fue crear un equipo, con una compañera llamada Dianne, llamado The Plaster Casters of Chicago (las Moldeadoras en Yeso de Chicago). Se pusieron a probar diferentes materiales y procedimientos, con la inestimable ayuda de sus amigos varones, y descubrieron que la mejor forma de sacar un molde de un pene en erección era llenando un vaso de coctelera con alginato, un material muy maleable que usaban los odontólogos para hacer los moldes dentales. Luego se procedía a sumergir el miembro en la mezcla y, una vez solidificado, el vaciado resultante se rellenaba con yeso, dando paso a la correspondiente estatuilla. 

Una vez afinado el proceso, las chicas imprimieron tarjetas de visita y, maletín en mano con sus herramientas de trabajo, salieron en busca del modelo vivo ideal. Esa misma semana llegaba a Chicago la Jimi Hendrix Experience, para participar en un show junto a otras bandas. Cynthia era una gran fan, así que sin pensárselo dos veces, abordó a los artistas en la puerta del hotel en donde paraban para contarles su idea. Hendrix, por supuesto, aceptó inmediatamente.

Una vez en la habitación, Dianne se ocupó de estimular al modelo hasta conseguir que se alzara en toda su majestad, y luego Cynthia procedió a sumergirlo en la coctelera. El resultado fue imponente. La primer obra de las Plaster Casters se convirtió a su vez en su indiscutible masterpiece. De hecho, un periódico independiente, describiendo el molde de Hendrix, llegó a llamarlo “el Penis de Milo”, por comparación con la célebre Venus de Milo, debido a su impronta clásica, que nada tiene que envidiarle a las antiguas obras maestras del arte griego.

El nombre y la reputación de las Plaster Casters corrió como la pólvora, de manera que a esta le siguieron muchas otras estatuillas, todas tomadas de los miembros de distintos miembros de afamadas bandas de rock (con una llamativa excepción: Kiss, que hasta llegaron a componer un tema llamado Plaster Caster, para dar a entender que ellos también habían pasado por la mágica coctelera de Cynthia, cosa que nunca ocurrió), hasta completar en la actualidad una espectacular colección conformada por setenta y siete obras, cada una de ellas con su personalidad, con su presencia única. Los escorzos, los elegantes contrappostos y la lograda expresividad de cada una de estas obras irrepetibles colocan, sin duda alguna, a las Plaster Casters en la cúspide de la escultura contemporánea, un enhiesto documento artístico para posteriores generaciones, y patrimonio cultural de la humanidad. 

Una obra no exenta de vicisitudes, sin embargo: en los años setenta unos amigos de lo ajeno entraron a la vivienda de Cynthia. Milagrosamente, entre todo lo que se llevaron no se contaban las estatuillas: a partir de entonces, la colección permaneció a buen recaudo en la caja fuerte del mánager de Frank Zappa, quien se ofreció amablemente a custodiarla. Pero pasado el tiempo este se negó a devolver las obras, tan enamorado estaba de ellas, y Cynthia Plaster Caster tuvo que recurrir a un juez para recuperarlas. 

Desde entonces, nuestra artista no se estuvo quieta: En el año 2010, Cynthia formó una plataforma política, The Hard Party (el partido duro), con la que se presentó como candidata a la alcaldía de Chicago. No logró, sin embargo, ganar las elecciones. Pero su actividad artística no se detuvo, y en el 2017, sus obras llegaron, por fin, a las salas del célebre MoMA PS1, en Queens, en lo que supuso su consagración definitiva en los altares del arte.

Pero volvamos al comienzo de nuestra nota: aunque las comparaciones son odiosas, debemos afirmar, a manera de conclusión, que la obra maestra de las Plaster Casters, el pene de Hendrix, es tan grande como El David de Miguel Angel. De hecho, es más grande, si lo comparamos con la parte correspondiente de El David.
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Los caballeros las prefieren rubias, y con aguijón

Los caballeros las prefieren rubias, y con aguijón

En la novela La Colmena de Hellstrom (Hellstrom’s Hive, editada en español como Proyecto 40), su autor, Frank Herbert, nos describe la vida en una tranquila granja en el medio oeste americano que oculta en el subsuelo una pavorosa ciudad-colmena habitada por miles de seres humanos genéticamente modificados y organizados en una sociedad inspirada en la estructura social de las abejas. Los habitantes de este enjambre humano no poseen individualidad, son piezas intercambiables al servicio de un gran mecanismo que es la colmena. También están al servicio de la Reina Madre, Trova Hellstrom, la responsable de la fundación de la colmena, aunque en el tiempo en que transcurre la historia, esta Madre ha muerto y solo la conocemos por las reflexiones que ha dejado por escrito, y que se van intercalando en la historia como si de textos sagrados se tratasen.

La colmena, mientras tanto, está temporalmente a cargo de un hombre, Nils Hellstrom, uno de los descendientes de la gran Madre fundadora. y decimos temporalmente porque la colmena es un modelo de sociedad estrictamente matriarcal. Una sociedad que se diferencia de la nuestra por su carácter colectivo, regido por lo que Maurice Maeterlinck (en su maravilloso ensayo La vida de las abejas) llamó “el espíritu de la colmena”: “En la colmena, el individuo no es nada, no tiene más que una existencia condicional, no es más que un momento indiferente. Toda su vida es un sacrificio total al ser innumerable y perpetuo de que forma parte”.

Pero hay otra hembra en la colmena llamada Fancy, que se postula como una nueva Reina Madre. Se encuentra en el apogeo de su fertilidad y dispuesta a enjambrar. Es justamente entonces cuando entra en escena un hombre llamado Peruge, agente de una agencia secreta del gobierno, que investiga la granja en la sospecha de que hay allí una secta, sin imaginar la gigantesca ciudad-colmena que se oculta debajo. No tarda en ser seducido por Fancy, y luego de una extenuante sesión de sexo desenfrenado (¡sin preservativo!) muere fulminado, literalmente, de agotamiento.

Pero Hellstrom’s Hive no es el único ejemplo de historia fantástica o de ciencia ficción (el único género literario que realmente nos deberíamos tomar en serio, en nuestra humilde opinión) que trata el tema de una sociedad regida por los patrones de comportamiento de los insectos, un matriarcado, que acaba sacrificando al macho por el porvenir de la colectividad, de la colmena.

En la utopía victoriana La edad de cristal (el término ciencia ficción todavía no se había inventado), su autor, William Henry Hudson nos cuenta la historia de un hombre que se ha quedado dormido en el bosque y despierta en un extraño futuro habitado por un grupo de gente extravagante. Nuestro hombre es conducido a la Casa, una enorme mansión en donde vive toda la colectividad, una especie de comuna regida por una Madre de temperamento absolutista. El protagonista se enamora perdidamente de Yoleta, una de las bellas muchachas de la casa, pero descubre que es un amor literalmente imposible, porque ella no está destinada a la tarea de la procreación. Un frustrante orden de cosas contra el que intenta revelarse, para acabar encontrándose con la inevitable sorpresa final.

En el remake cinematográfico de The wicker man, que Nicolas Cage interpretó en el año 2006, hay una pequeña isla cerca de las costas británicas habitada por un pueblo peculiar. Cage es un policía que llega a la isla buscando a una niña desaparecida, y acaba descubriendo que sus extraños residentes forman parte de un antiguo culto y, a la vez, un experimento social: el pueblo está regido por mujeres, cuya líder es una dama mezcla de gobernanta y sacerdotisa. El policía pronto descubre que ha caído en una trampa, como tantos otros hombres antes (y después) que él, atraídos a la isla por unas seductoras mujeres rubias en actitud sugerentemente reproductiva. Al protagonista le esperará el mismo terrible final que a los demás hombres de esta historia.

Vemos una tendencia clara en estos experimentos sociales: la utilización del sexo como estrategia principal de desarrollo, y a la vez, el papel del hombre como simple proveedor de genes, un “zángano” del que, una vez cumplido su papel, es necesario prescindir. Hay que decir también que, en los ejemplos citados, el hombre colabora gustoso en la tarea, ignorante, eso si, del destino que le espera al final de la actuación.

“Después de la fecundación de las reinas, (…) comienza a circular por la colmena la consigna esperada, y las apacibles obreras se transforman en jueces y verdugos. No se sabe quién da la consigna; emana de repente de la indignación fría y razonada de las trabajadoras (…) Los gordos holgazanes dormidos en descuidados racimos sobre las paredes melíferas, son arrancados bruscamente de su sueño por un ejército de vírgenes irritadas. Se despiertan beatíficos y sorprendidos, no pueden dar crédito a sus ojos, y su asombro logra apenas asomar a través de su pereza (…) Se imaginan víctimas de un error, miran en torno suyo estupefactos, (…) cada uno de los azorados parásitos se ve asaltado por tres o cuatro ajusticiadoras que se esfuerzan por cortarles las alas, aserrarles el peciolo que une el abdomen al tórax, amputarles las febriles antenas, dislocarles las patas, dar con una juntura de los anillos de la coraza para hundir en ella su dardo. (…) las obreras barren el umbral en que se amontonan los cadáveres de los gigantes inútiles, y el recuerdo de la raza ociosa se extingue en la ciudad hasta la siguiente primavera.” (Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, 1901)

Pero hagamos un llamado a la tranquilidad, querido lector varón: Una sociedad-colmena matriarcal dedicada a aserrar peciolos como la que se nos describe aquí se encuentra perfilada en un futuro extremadamente, extremadamente improbable.

¿O no?

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Grandes clásicos menores del cine para disfrutar con el turrón

Grandes clásicos menores del cine para disfrutar con el turrón

Con las fiestas ya encima, siempre se complica elegir los regalos. Un obsequio ideal para hacer a los suegros es este combo de cuatro grandes clásicos menores del cine, todos ellos adornados con un tono picantuelo de comedia ligera, ideal para despedir el año entre efluvios de champán. ¡Quedarás como un duque ante tu parentela!


QUEEN KONG

(1976, Frank Agrama)

Esta película parte de una premisa presuntamente brillante: replicar la clásica King Kong pero cambiando el género de todo el elenco, mono incluido. Así, los aventureros sin escrúpulos que van a una isla recóndita a filmar una película, pasan a ser aventureras empoderadas; la chica rubia de la que se encapricha el original Kong es aquí un rubio con pintas de cantante de banda de glam rock, y el mismísimo Rey Kong es ahora Reina. Por si todo esto no nos pareciera lo suficientemente genial, el director nos regala además con una tribu de salvajes amazonas que bailan al estilo Broadway al son de primitivos tambores, entonando rimas picarescas sobre la importancia del tamaño, los monos y el sexo. La aventura se completa con una singular batalla entre Queen Kong y un tiranosaurio de papel maché, y el traslado final de la monstrua a Londres (la película es copodrucción británica) púdicamente tapada por un sujetador hecho con cadenas. Allí asistiremos a una apoteósica escena de Queen Kong encaramada al Big Ben, pero al final aparece una furibunda manifestación feminista que consigue salvar a la mona gigante. ¡Las chicas son guerreras!


THE ACID EATERS

(1968, Byron Mabe)

Cuando llega el fin de semana y termina la jornada laboral, un grupo de cuatro convencionales parejas se despendolan y abandonan la ciudad en sus motocicletas, en vertiginosa carrera hacia la libertad por las salvajes autopistas de América. Recorren el desierto hasta llegar a una extraña construcción que domina el paisaje: una gigantesca pirámide hecha con cubos de azúcar impregnados de ácido lisérgico (bueno, se nota bastante que la pirámide en realidad está hecha de corchopán, pero en esa época los efectos especiales eran bastante pobres). No ocurre mucho más digno de reseñar, porque llegados a este punto los guionistas parecen haber sido los más afectados por la substancia en cuestión. Así, en la pirámide se van sucediendo sin orden ni concierto extraños números musicales, performances de strip tease alucinadas, chistes incomprensibles y un negro tocando los bongós. Tampoco se puede pedir más, después de todo.


PLEASE DON’T EAT MY MOTHER!

(1973, Carl Monson)

Un hombre tímido y solitario que vive con su madre se compra una plantita de adorno. La planta resulta ser carnívora y habla con voz de chica sexy. Acaba por convertirse en la única amiga de nuestro hombre. Pero la planta crece mucho y necesita comer y, tras acabar con todas las mascotas del vecindario, prueba la carne humana al devorar a la madre del protagonista. A partir de aquí, la planta solo se alimentará de bellas mujeres, de preferencia desnudas, que nuestro protagonista se encargará de proveerle. Evidentemente, estamos ante una sexploitation barata (que ya es decir) de la clásica The Little Shop of Horrors, la obra maestra de bajo presupuesto de Roger Corman de 1960.


ABDUCTED BY THE DALEKS

(2005, Roman Nowicki)

Y para terminar, un clásico de la ciencia ficción: los Daleks, aquellos malignos extraterrestres con forma de lavavajillas, que hicieron su aparición como antagonistas en la clásica serie británica Doctor Who, llevan aquí todo el peso protagónico: los Daleks secuestran en su nave a cuatro voluptuosas señoritas de la Tierra y protagonizan con ellas varias escenas de alto voltaje erótico-festivo, en un alarde de intercambio sexual intergaláctico. No queda claro si se puede calificar de comedia a esta cinta (cuesta incluso calificarla de película, dado lo exiguo de su trama argumental). Sus puntos graciosos son más bien involuntarios, pero después de todo salen los Daleks, que es lo importante. El punto álgido para cerrar la sesión cinéfila que hoy te hemos propuesto, y que conseguirá arreglar una noche en familia que, de otra manera, se hubiera acabado torciendo. ¡Felices fiestas!
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El otro Vaticano: la Santa Sede de El Palmar de Troya

El otro Vaticano: la Santa Sede de El Palmar de Troya

Cuando Gregorio XVIII huyó de la Santa Sede en su Papamóvil para vivir la vida loca con una de sus monjas, parecía que la historia de la Iglesia Palmariana llegaba a su cénit. Esto ocurría en 2016, marcando un antes y un después en la historia de la venerable institución. Nos referimos, claro está, a la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, sita en El Palmar de Troya, una pedanía andaluza de la España rural.

La historia comienza hace ahora cincuenta años, de la manera en que siempre comienzan estas historias: cuatro niñas que habían ido a recoger florecillas al campo tienen un inesperado encuentro con la Virgen. Pronto miles de lugareños comienzan a congregarse en el lugar, y no tardan en florecer los videntes lanzando profecías apocalípticas. El más dotado para el espectáculo es un contable sevillano llamado Clemente Domínguez, que había concurrido al lugar como un curioso más junto a su “amigo especial”, un abogado llamado Manuel. Clemente sangra, se retuerce, muestra los estigmas en sus manos y su frente, y proclama a grito pelado que Jesucristo en persona le ha comunicado que el Vaticano ha caído en manos de los comunistas. Denuncia que al por entonces ocupante del trono de San Pedro, Pablo VI, lo mantienen drogado en los sótanos del Vaticano, y que su lugar es usurpado por un doble. Como es natural, Clemente se gana inmediatamente el favor de las multitudes allí congregadas.

Al tiempo, Clemente pierde los ojos en un accidente de tráfico, hecho que sorprendentemente lo reafirma en su misión apostólica.Y es así que, luego de la muerte de Pablo VI, nuestro vidente invidente se autoproclama Papa, por “intervención divina directa”, con el nombre de Gregorio XVII. Su primer actuación como sumo pontífice será excomulgar —con buen criterio, diría yo— a Juan Pablo II.

La Iglesia Palmariana, así constituida, va ganando miles de adeptos en la aldea y alrededores. No tardan en lloverle los generosos donativos llegados de la cuenta bancaria de ricas y arrugadas damas de todas partes del mundo. El nuevo Papa necesita entonces urgentemente una Santa Sede, que se erigirá allí mismo, en El Palmar de Troya. Así comienza la construcción de una gigantesca catedral que hará palidecer a la de San Pedro (para que después no digan que los masones son los únicos que saben hacer catedrales). Iniciada en 1976 y finalizada hace apenas unos años. La Basílica catedralicia de Nuestra Señora del Palmar Coronado, tal su nombre completo, ocupa una superficie de 3.500 metros cuadrados, y está protegida por un muro de setecientos metros de longitud y seis de altura. En su fachada se levantan orgullosas las estatuas de algunos de los particulares santos que el Papa Clemente beatificó, como San Cristóbal Colón, o los líderes del fascismo español San Francisco Franco y San Primo de Rivera. La ordenación de nuevos santos (miles, en pocos años) no fue la única innovación doctrinal de la iglesia Palmariana: también cuentan con la existencia del planeta de María, un cuerpo celeste de órbita incierta regentado por la mismísima virgen, y desde el que serán abducidas las almas de los palmarianos una vez completado su paso por esta vida. Allí gozarán de la eterna contemplación de la virgen, y de la inquietante compañía de San Francisco Franco y el resto del santoral del fascismo místico palmariano.

Anunciaron también la inminencia de una Tercera Guerra Mundial provocada por la masonería, que arrasará el mundo con bombas nucleares, pero a la que sobrevivirán los palmarianos, convertidos en la luz del nuevo mundo.

Por lo demás, hay que decir que los palmarianos fueron acusados repetidas veces de perpetrar terribles abusos sexuales tras los muros de su basílica. Podemos comprobar que no se diferencian tanto, después de todo, de la iglesia católica romana.

Sin embargo, los feligreses palmarianos, al dictado de Clemente, han debido llevar una vida de austeridad absoluta y riguroso decoro en hábitos y vestimenta. El Papa, en cambio, tenía sus prerrogativas: era habitual de las corridas de toros y de las alocadas fiestas de la noche sevillana, ambientes en donde era conocido como “la voltio”, en referencia a su anterior trabajo en la compañía eléctrica local. También era muy dado a utilizar el vino, y no precisamente para consagrar: llevó el “tomad y bebed…” hasta sus últimas consecuencias. Debido a ello, la iglesia Palmariana acabó adaptando la celebración de su misa —habitualmente de dos horas, y en latín— a una duración de solo cinco minutos, tiempo máximo que el santo padre podía mantenerse en pie en tales trances.

El Papa Clemente,  aka Gregorio XVII, murió en 2005, sucediéndole en el trono su antiguo amante Manuel Alonso, que tomó el nombre de Pedro II. A este le sucedió a su vez Ginés Jesús Hernández, el Gregorio XVIII con el que comenzamos esta historia, y tercer Papa de la Iglesia Palmariana. Gregorio XVIII endureció más, si cabe, las reglas de comportamiento de sus súbditos, agregando, por ejemplo, la prohibición de ver la tele o ir a la playa. Pero al parecer ni él mismo aguantó la severidad de sus propias normas, y acabó huyendo con una de sus monjas, la hermana Nieves. Meses después, la pareja compareció posando desnuda, al estilo de Adán y Eva, en la portada de la popular revista Interviú. Su sucesor en el trono Papal, Pedro III, se quejó amargamente del robo del Papamóvil perpetrado por Gregorio XVIII en su alocada huída.

Pero Gregorio XVIII, al parecer, no tuvo suficiente con el vehículo sustraído. La noche del 10 de junio de 2018 volvió al Palmar de Troya. Vestido como un ninja, un Papa ninja, escaló los muros de la basílica e intentó llegar al recinto en donde se encontraba la caja fuerte. La mala suerte (o la intervención divina) hizo que un joven sacerdote que en ese momento daba un paseo nocturno se topara con el exPapa. Gregorio, sorprendido in fraganti, esgrimió un cuchillo de proporciones bíblicas con el que atacó al cura. sus gritos alertaron al personal, que consiguió reducir al invasor. Hoy Gregorio XVIII cumple su penitencia en un módulo de la cárcel de Sevilla-I.
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Acción política de vanguardia: ¡Exorciza el Pentágono!

Acción política de vanguardia: ¡Exorciza el Pentágono!

Los políticos, a veces, llegan tan lejos en su toma de decisiones que la única manera sensata de devolverles el sentido común es practicando un exorcismo.

Esto sucedió hace cincuenta años, en octubre de 1967, en uno de los momentos más convulsos de la historia de los Estados Unidos, cuando unas 80.000 personas decidieron congregarse frente al Pentágono para practicar la que sin duda llegó a ser la ceremonia de exorcismo más grande del mundo, en plena época de protestas por la guerra de Vietnam.

La acción, que se llamó “Levita el Pentágono”, fue convocada por un grupo de jóvenes activistas, bregados por igual en la acción política y en la lisergia, entre los que se encontraban Jerry Rubin, Abbie Hoffman, y el músico y poeta Ed Sanders, y tenía un ambicioso propósito: acabar con la guerra de Vietnam. Para ello, los celebrantes debían rodear el Pentágono tomados de la mano, formando un círculo mágico, y mediante la meditación y el recitado de una serie de encantamientos hacer que el edificio levitara unos cien metros y girara sobre si mismo, expulsando de su interior los demonios y las malas energías que estaban infectando al mundo y provocando una guerra atroz.

La iniciativa surgió en una de las habituales reuniones de los agitadores, cuando alguien cayó en la cuenta de que el célebre edificio gubernamental era una figura de cinco lados,  es decir, un pentáculo, un símbolo de poder que representa a las fuerzas del mal. A partir de ahí, la línea de acción estuvo clara: había que practicarle urgentemente un exorcismo.

La organización del evento no dejó ningún cabo suelto: previamente, una avanzadilla de dos expedicionarios se acercó al edificio para calcular cuántas personas se necesitarían, como mínimo, para llegar a rodearlo. Ambos se fueron alternando tomados de la mano, contando las longitudes del cuerpo mientras circundaban el edificio, hasta concluir que se necesitarían unas 1.200 personas para poder cerrar el círculo.

Incluso pidieron autorización formal ante las propias autoridades para elevar el Pentágono unos cien metros mediante un ritual. Los funcionarios, un tanto perplejos por la petición, autorizaron que el edificio levitara, pero no mas de tres metros.

Se corrió la voz entre la prensa de que los manifestantes contaban con grandes cantidades de una nueva y revolucionaria droga, llamada LACE, que contenía potentes efectos afrodisíacos y que, convenientemente rociada con pistolas de agua sobre las fuerzas del orden, haría que los policías se desnudaran y comenzaran a hacerce compulsivamente el amor (incluso salieron artículos sobre el misterioso LACE en el New York Post y en la revista Time). Preventivamente, las fuerzas de seguridad se equiparon con grandes cantidades de gas lacrimógeno para el contraataque.

Los manifestantes también compraron a un granjero local grandes cantidades de harina de maíz, que unos chamanes mexicanos especialmente convocados para la ocasión debían esparcir en el perímetro del Pentágono para facilitar la levitación del edificio.

Así las cosas, el 21 de octubre de 1967, y como parte del programa de acciones de la multitudinaria Marcha sobre Washington, convocada para protestar contra la guerra, se llevó a cabo el megaexorcismo: los celebrantes intentaron rodear el Pentágono (fuertemente protegido por la policía militar, que esgrimía sus armas de fuego), repitiendo a grito pelado el mantra “Out, demons, out! Out, demons, out!” (¡fuera, demonios, fuera!), mientras Ed Sanders, vestido con ropa de camouflage (aunque de colorines tan psicodélicos que más que camuflarse conseguía el efecto contrario) invocaba, con gritos y cánticos tanto en inglés como en arameo (la lengua que, al parecer, mejor entienden los demonios), a las fuerzas del cosmos y los poderes del inframundo, y clamaba por el comienzo de la Era de la Suprapolítica, basada en el amor universal.

El Santo Ritual de Exorcismo continuó con un llamamiento a Dios, Ra, Jehová, Zeus, Anubis, Osiris, Quetzalcóatl, Alá, Krishna, Changó, Kali, Shiva, el Gran Espíritu, Dionisio, Yahvé, Thor, Baco, Isis, Jesucristo, Maitreya, Buda, Rama y un largo etcétera de divinidades, reales o inventadas. El grupo de rock de Ed Sanders, The Fugs, por su parte, tocaba distorsionadas melodías cósmicas desde la plataforma de un camión aparcado en las inmediaciones del endemoniado edificio, a manera de banda sonora del ritual.

Los organizadores habían adquirido también una vaca, a la que habían pintado para que represente a la diosa egipcia del amor, pero la policía consiguió impedir que el animal acceda a las proximidades del recinto.

Hacia el atardecer, y a medida que oscurecía, la policía cargó contra los manifestantes, rociándolos con abundante gas lacrimógeno y una generosa ración de bastonazos, con la que se dio por concluido el acto.

En definitiva, el evento fue un éxito rotundo. Aunque no quedó claro si el edificio levitó propiamente o no: hubo opiniones encontradas al respecto entre los asistentes. Algunos afirmaron haber visto claramente cómo el Pentágono se elevaba unos centímetros, pero la mayoría de las crónicas de la época niegan la mayor. El caso es que, en palabras de Allen Ginsberg, que también asistió al ritual, al menos “se consiguió elevar la moral” de los americanos. Que ya es bastante.


(El asombroso conjuro de Ed Sanders fue grabado, y luego incluido en el cuarto álbum de The Fugs, Tenderness Junction)
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Nunca aceptes bebidas de un extraño de otro planeta. El caso de Orfeo Angelucci

Nunca aceptes bebidas de un extraño de otro planeta. El caso de Orfeo Angelucci

Nunca aceptes bebidas de un extraño. Es el sensato consejo que toda madre nos ha dado alguna vez en la vida. Consejo que Orfeo Angelucci, italiano residente en los Estados Unidos, tuvo la ocurrencia de saltarse allá por los años cincuenta, cuando se encontró casualmente con un habitante del espacio exterior.

Angelucci, un trabajador de una planta de ensamblaje de aviones de Burbank, California, escribió un libro en 1955, en el que relataba sus experiencias personales con extraterrestres. El libro, titulado “El secreto de los platillos volantes”, hubiera pasado desapercibido de no ser porque el eminente psicoanalista Carl Gustav Jung se fijó en él cuando, a su vez, escribió su propio libro sobre el fenómeno de los avistamientos ovni.

En su libro, Angelucci cuenta su primer encuentro con una entidad venida del espacio. El encuentro se puede resumir así: Mientras regresaba a su casa por un camino solitario un día de verano de 1952, una bola de luz de un suave color verde fluorescente desciende frente a su coche. De la bola surge una voz varonil que, luego de presentarse, le pregunta a Angelucci si tiene sed, y lo invita a beber de una copa de cristal que se materializa sobre el salpicadero del coche. Angelucci, olvidando el legendario precepto materno, bebe el extraño líquido, al que describe como “la bebida más deliciosa que he probado en mi vida”. Inmediatamente la bola de luz se abre como un holograma, mostrando a una pareja de seres “extraordinariamente bellos”. Angelucci los describe como “perfectos”, muy altos y rubios, de piel muy blanca y ojos azules, prácticamente como dioses surgidos de una grandiosa alfombra roja de Hollywood. Los magníficos seres, que responden al nombre de Neptuno y Lyra, le dicen a Orfeo que no debe tener miedo, porque además de bellos son buenos, justos y compasivos.

A continuación se abre ante Angelucci un portal a una grandiosa estancia de unos seis metros de diámetro con el techo en forma de cúpula. Todo el espacio es blanco, brillante y pulido, como si estuviera hecho de nácar, con paredes hechas de una “sustancia etérea, iridiscente”. En el centro de la resplandeciente habitación hay una silla, igualmente blanca y de la misma sustancia etérea. Cuando Orfeo se sienta, la silla, que parece hecha de aire puro, se ajusta perfectamente a su cuerpo. De pronto, toda la estancia se llena de música envolvente, que transporta a Angelucci a una especie de trance. Una ventana circular se abre en la nacarada pared, y Angelucci ve la Tierra desde una enorme distancia. Comprende que están en el espacio, y llora de emoción. Se siente transportado a un “mar intemporal de beatitud”. 

Se diría que Angelucci ha muerto, que se ha quedado seco de un síncope en el medio de la carretera y ahora está flotando hacia el cielo, pero no. Lo que sucede es que está siendo transportado, vivito y coleando, en una nave espacial. Continúan alejándose por los espacios interestelares, y se cruzan con otras naves que parecen hechas de pulido cristal resplandeciente. Todo es plácido, cristalino y musical. Mientras tanto, el alienígena Neptuno le habla a Angelucci de Jesucristo, de los pecados de los hombres de la Tierra, de la moralidad intergaláctica y, sobretodo, de los peligros del comunismo, la punta de lanza de las fuerzas del mal de toda la galaxia. Una vez acabado el sermón, el ovni regresa a Angelucci a la Tierra, viajando “a la velocidad de la verdad”, que es el equivalente alienígena a lo que nosotros conocemos como la velocidad de la luz. Orfeo comienza su predicación a todo el que quisiera escucharlo. Predica sobre los nuevos Mesías espaciales y sobre el comunismo, el auténtico mal encarnado, que nos llevará a todos a una inminente Nueva Guerra Mundial. Sin embargo, dice Angelucci, de las ruinas del mundo surgirá una "Nueva Era de la Tierra” ante la atenta mirada de los Dioses Rubios del espacio.

El caso es que no fue ese el único despiste con una bebida de Angelucci: a finales de 1954 nuestro hombre visitaba una base de entrenamiento de la Marina en el desierto de Mojave, en California. En el restaurante de la base se encuentra con un tal Adán, que resulta ser otro alienígena humanoide al que describe como "sorprendentemente hermoso". El hombre del espacio invita a Angelucci a comer un solomillo, y para acompañarlo le ofrece un vaso con agua al que echa una pastilla efervescente. El agua se convierte al instante en una especie de espumoso en el que Angelucci reconoce inmediatamente aquella bebida deliciosa de años atrás. Después del primer trago, y según cuenta en su siguiente libro “Hijo del sol”, Angelucci oye sorprendido cómo una hermosa música mesmerizante surge del vaso. La música va ganando en belleza e intensidad, envolviéndolo como en un encantamiento. Pero la sorpresa es mayor cuando, al mirar otra vez el vaso, ve una minúscula mujercita, rubia y hermosa como una minidiosa, bailando sensualmente en el espumoso champán alienígena. Al tiempo, la danzarina va haciéndose más y más pequeña a cada vuelta de su danza, hasta desaparecer entre las rosadas burbujas del vaso. Cuando Angelucci levanta la vista, comprueba que todos los rudos marineros que se encontraban a su alrededor lo observan con miradas amorosas, transfigurados por el poder empático que ha inundado la estancia. De pronto, todo es pureza, luz y amor, mucho amor.

En fin, no es necesario seguir con los ejemplos para poder llegar a una incontestable conclusión: Angelucci nunca viajó al espacio. Es obvio que estos inescrupulosos extraterrestres echaron droga en la bebida del pobre ingenuo. Los alienígenas no son tan bondadosos como dicen ser, después de todo. El peligro de que un desconocido nos de una bebida de origen dudoso se multiplica por mil si además ese desconocido proviene de otro planeta. Esto es un argumento que cualquier madre puede suscribir.

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El Plesiosauro (tango)

El Plesiosauro (tango)

El inmensamente célebre monstruo del Lago Ness fue objeto de todo tipo de atenciones, pero nunca nadie le dedicó un tango. Ese homenaje sin precedentes lo recibió en cambio su primo de la patagonia argentina, el plesiosaurio de la Laguna Negra del valle de Epuyén, hacia 1922, una década antes de que Nessie saltara a la fama mundial.

A principios de aquel año, el eminente naturalista Clemente Onelli, que por entonces ocupaba el puesto de director del Zoológico de la ciudad de Buenos Aires, recibió una carta firmada por Martin Sheffield, un aventurero norteamericano que recorría la patagonia en busca de fortuna. En la carta, Sheffield contaba que, acampando a la orilla de la Laguna Negra, en la provincia patagónica de Chubut, vio un gigantesco animal con cuerpo como de tortuga y un largo cuello flexible rematado en una diminuta cabeza. La misiva iba acompañada por un importante trozo de excremento de la bestia. Sheffield le pedía a Onelli que le remitiera algún dinero para organizar una batida y dar caza al coloso.

Ante la incontestable evidencia, el gran científico no tuvo dudas: lo que el norteamericano había encontrado era ni más ni menos que un plesiosaurio vivito y coleando. El descubrimiento, dijo, “llegará a conmover a todos los sabios de la Tierra”.

Sin pérdida de tiempo, Onelli movilizó los recursos necesarios para una importante expedición (se dice que una dama de la alta sociedad porteña donó una cifra astronómica) y, con hombres y pertrechos, puso rumbo a la patagonia el 22 de marzo de 1922, en medio de un gran despliegue mediático. La impactante noticia del hallazgo y la partida de la expedición (armada con una descomunal jeringa hipodérmica fabricada para la ocasión, y rellena con litros de narcótico) movilizó a todo el país e, incluso, importantes medios extranjeros como The New York Times cubrieron el acontecimiento. La partida estaba formada, además de por Onelli, por un geógrafo, dos expertos tiradores, algunos guías, un par de periodistas y hasta un taxidermista, por si el monstruo no salía vivo de la refriega.

Al llegar a la laguna, sin embargo, la expedición de Onelli no encontró rastros ni del gringo ni de la bestia antediluviana. El gran naturalista comprobó, además, que la laguna en cuestión, apenas más grande que un estanque, no tenía más que un metro de profundidad. Pero para entonces el bicho ya era trending topic en todo el mundo y, en la capital argentina, el recién estrenado tango “El Plesiosauro” hacía furor y se bailaba con garbo en todos los salones de postín. La composición, con música del maestro Rafael D’Agostino y letra de Amílcar Morbidelli, se compuso en el mismo año de 1922, y dice así:  

“Yo soy un pobre animal buscado

por los ingratos y sin conciencia.

Porque soy raro y también lo soy curioso

(según dice la gente allí).

Dejemén solo aquí, gozando

en la soledad de este lago

¿Qué es lo que haréis con sacarme si es en vano

llevarme vivo de este lugar?

¿No saben los señores

que esto no es coger flores?

Pretenden aquí cazarme y llevar

como si nada fuera.

¡Maldito! No me nombres.

Nada te debo Onelli.

Deja que yo viva con igual prerrogativas

como tú vives allí.”*


Si bien el tango de D’Agostino fue el más celebrado, no fue ni mucho menos el único dedicado a la bestia jurásica: Otra composición, aunque solo instrumental –para violín y orquesta– llamada igualmente “El Plesiosaurio” y compuesta por Arturo Terri, hizo fortuna en las milongas de la noche porteña. Y un tercer tango (del que no constan registros fonográficos) titulado “Ya lo traen al Plesiosauro” vio la luz en la vecina república del Uruguay.

Clemente Onelli y sus expedicionarios acabaron regresando a la capital argentina, con la frente marchita y con las manos vacías, en abril de 1923, y la historia del plesiosaurio de Epuyén poco a poco se fue olvidando.

Pero dicen los más viejos del lugar que aún, en las noches de luna, a la orilla fangosa de la laguna se puede ver la silueta de un coloso de largo cuello erguido que, con mirada melancólica, se marca unos sinuosos pasos al ritmo sincopado del dos por cuatro.

* letra extraída de Todotango.com

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El revolucionario feminismo de ataduras de William Moulton Marston

El revolucionario feminismo de ataduras de William Moulton Marston

William Moulton Marston fue un hombre feminista (ya de por si una rara especie), pero de una rama particular del feminismo de la cual, probablemente, él haya sido el único miembro. Su sorprendente idea era que las mujeres podían ser fuertes y libres gracias a la sumisión. Y para propagar su buena nueva creó a la primera superheroína feminista-masoquista de la historia: Wonder Woman.

Moulton no era un artista de cómics ni mucho menos: era doctor en derecho, profesor universitario, investigador social y psicólogo de Harvard, apasionado por el pacifismo, el cambio social y, sobre todo, por la causa feminista, nada menos que en los años treinta, es decir, mucho antes que el movimiento alcanzara su apogeo.

Una de las primeras iniciativas de nuestro inquieto hombre fue inventar una “máquina de la verdad” que, aunque nunca llegó a funcionar del todo bien, sirvió de base para el posterior desarrollo del polígrafo o detector de mentiras (recordemos que el arma favorita de Wonder Woman es el “lazo de la verdad”, una cuerda mágica con la que obliga a confesar a sus enemigos…)

Y ya que hablamos de cuerdas, vamos al quid de la cuestión: Moulton era un entusiasta aficionado al bondage, una práctica de dominación-sumisión que consiste en inmovilizar el cuerpo con múltiples vueltas de cuerda muy apretada, con gran variedad de nudos, lazos y ataduras. Esta práctica le dio pie a elaborar una inquietante teoría feminista a partir de las ataduras: A través de los roles de dominación y sumisión la mujer podrá alcanzar un mayor grado de liberación de la mente. Moulton estaba radicalmente en contra del arquetipo de femineidad que se veía en su época. La mujer, decía, debía ser fuerte y poderosa. Como un varón. De hecho, Moulton vaticinaba que las mujeres acabarían dirigiendo el país.

Como psicólogo experimental, Moulton sostenía que los roles de sumisión física adoptados en la práctica del bondage hacían que la persona traspasara toda la responsabilidad sobre su cuerpo en el compañero, con el consiguiente efecto liberador. Esta cesión del control, junto a la aceptación de la propia vulnerabilidad, eran como un ritual de iniciación que acabaría convirtiendo a la mujer en un ser fuerte y libre.

En su vida personal, Moulton formó una amplia y poco convencional familia basada en el poliamor: convivía con su esposa legal, Elizabeth Sadie Holloway, una brillante intelectual comprometida con la causa feminista, y con Olive Byrne, ex-alumna suya de la universidad. Moulton tuvo hijos con ambas mujeres, quienes a su vez tenían relaciones entre sí (Moulton opinaba que las relaciones lésbicas fortalecían el carácter de la mujer y la hacía mejor madre y mejor persona). El triángulo poliamoroso, al parecer, funcionaba a la perfección: Sadie trabajaba fuera y ganaba el dinero necesario para mantener a toda la familia, mientras Olive se ocupaba de la casa y los niños, y Moulton, ya liberado de la enseñanza, se dedicaba a sus ideas (pues, según su teoría, las mujeres trabajaban mejor que los hombres). Olive vestía con ropas de hombre y usaba unos brazaletes metálicos que sirvieron de inspiración para el traje de Wonder Woman. El hogar de los Moulton debía de ser un lugar digno de visitarse.

Así las cosas, “en otra parte de la ciudad”, como se dice en los cómics, el editor M. C. Gaines necesitaba el respaldo de algún prestigioso psicólogo para certificar las bondades de las historias de superhéroes que publicaba, y le encargó un informe psicopedagógico a William Moulton. Éste le hizo notar la falta de una mujer superheroína, para que las niñas pudieran identificarse con un modelo de mujer fuerte, y le propuso crear una. Así nació, en 1941 y con intenciones didácticas y de propaganda feminista, la Mujer Maravilla.

Inspirada en Superman, la heroína de Moulton era una princesa de una isla de mujeres guerreras. Emigrada a los Estados Unidos, adopta una identidad secreta por el simple método de ponerse o quitarse unas gafas (si le funcionó a Clark Kent, ¿por qué no a ella?). Cuando se trasforma en Wonder Woman, ayuda a los americanos a combatir a los nazis.

La utopía feminista de Moulton tenía sus antecedentes: Herland, novela de Charlotte Perkins Gilman (1916), contaba la historia de una fantástica isla habitada exclusivamente por poderosas mujeres guerreras, que se reproducían, como las plantas, por partenogénesis, y se burlaban de los hombres por blandengues. Estas visiones se basaban en el mito clásico de las amazonas, del que también se inspiró Moulton.

Claro que, la Mujer Maravilla, era un modelo de mujer fuerte e independiente según la idea de mujer fuerte e independiente que tenía Moulton: la superheroína se pasaba atada como una salchicha buena parte de los episodios que protagonizaba. Pero no solo ella: en la isla de las amazonas de donde provenía, las ataduras formaban parte de la diversión de cada día. Las guerreras se ataban y se azotaban unas a otras todo el tiempo. Ni que decir que los jueguecitos con cuerdas también eran del gusto de las archienemigas de la Mujer Maravilla, unas supervillanas con mucha afición a los látigos, las cadenas y el cordaje en general. Hagamos un repaso de algunas de las más representativas:

Eviless, una carcelera de prisiones proveniente de Saturno, enfundada en un traje de cuero rojo con taconazos y armada con un látigo, al mando de un ejército de dominatrix vestidas con ceñidísimos trajes de cuero; Pepita, matadora de toros mexicana y espía nazi; Giganta, una gorila transformada en mujer forzuda gracias a la energía atómica; Cheetah, guerrera embutida en un traje de piel de leopardo… Como podemos ver, todas mujeres de pelo en pecho y de armas tomar.

Tal era el despliegue de cuerpos encordados que el pobre Gaines, el editor, se vio en la obligación de exigirle a Moulton, por carta, que disminuyera al menos en un 75% la presencia de escenas de sumisión con cadenas y cuerdas en los episodios de la Mujer Maravilla.

La superheroína de Moulton tuvo un éxito arrollador, desde el mismo momento en que se publicó su primer aventura. Aunque hay que decir que el éxito lo tuvo sobre todo entre los lectores varones.

Sin embargo, apenas cinco años después de su creación, William Moulton Marston murió, dejando a su superheroína en manos de una industria del cómic cada vez más pacata y conservadora, que la fue relegando al nivel de secundaria, de chica guapa acompañante de los superhéroes masculinos. La era de las mujeres libres y poderosas había acabado. De momento.

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