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Genios incomprendidos de la música: Muzak

Genios incomprendidos de la música: Muzak

Bach, Mozart, Beethoven, Muzak. Esa es la línea ascendente que marca la evolución de la música en la cultura occidental. Pero resulta que Muzak no es una sola persona, sino toda una empresa. Una empresa que, con riguroso método científico, se dedicó a fabricar música especialmente concebida para hacernos trabajar hasta morir pero sin perder la sonrisa.

Todo comenzó con un general del ejército de los Estados Unidos llamado George Owen Squier, que inventó un sistema –el Multiplex– capaz de enviar información analógica a través del cableado eléctrico. De esta manera, se podía enviar música directamente a cualquier punto de la ciudad que dispusiera de instalación eléctrica, por ejemplo, una fábrica. Entonces alguien pensó que esa música podría, ya de paso, servir para algo: algo como que la gente trabajara más mientras la escuchaba.

Para esto era necesario utilizar una música hipnótica, que impulsara al obrero a generar, como en estado de trance, un flujo de trabajo constante y eficiente durante todo el día. Pero, claro, una música capaz de hacer tal cosa todavía no estaba inventada.

Así nace, en 1922, Muzak, una grandiosa empresa formada por técnicos, científicos y psicólogos encargada de generar el milagro y proveer de música mesmerizante a medida y por encargo para sus clientes (fábricas y grandes empresas, básicamente), dando nacimiento a lo que se conocería mundialmente como “hilo musical”. 

Puesto que esta música debía cumplir una función muy concreta –incrementar la productividad– los genios de Muzak hicieron un trabajo científico pionero en la comprensión de la manera en que la música se relaciona con el estado de ánimo y la conducta. Contaban, además, con un plantel de músicos estable que grababa las composiciones, siguiendo sus estrictas pautas. Luego, la música se transmitía –a través de la red eléctrica– por unas cajas provistas de altavoces, similares a un equipo de radio, que la compañía distribuía, y que, colocadas en cada despacho, sala, oficina o taller, no dejaban nunca de sonar, para beneficio del progreso material.

Muzak se dedicó a facturar tanto composiciones propias como versiones de temas ya populares. Y es aquí donde debemos reconocerles la más alta cota de genialidad: hacia los años 40 los ingenieros de Muzak habían perfeccionado su técnica: Lo primero era quitar la letra y la voz, paso fundamental para despersonalizar la canción elegida. La música de Muzak era, por este motivo, siempre instrumental. Después venían los arreglos: se procedía a simplificar el rango tonal, llevando todo a los tonos medios, saltándose tanto los molestos agudos como los graves, “aplanando” el sonido lo más posible, para evitarle al oyente el más mínimo sobresalto. El principio rector de la música de Muzak era pasar totalmente desapercibida. Se limaba el sonido con sedosos y acariciantes arreglos de cuerdas, y se reducían al máximo percusiones y demás instrumentos chirriantes . Aplicaban además un procedimiento al que llamaron “Stimulus-Progression”, que consistía en ciclos que aumentaban levemente, cada quince minutos exactos, la intensidad y el ritmo de la música, para generar en el oyente un “subidón” que lo mantuviera embobado pero despierto y lo hiciera aumentar el ritmo de trabajo a lo largo del día. La empresa floreció especialmente durante los años de la segunda guerra mundial, cuando se hizo necesario estimular locamente la producción en todas las fábricas del país. Era sonar Muzak, y no parar de fabricar zapatos, misiles o lo que fuera.

En poco tiempo la música de Muzak acabó dominando el mundo, consiguiendo unos cien millones de oyentes. La compañía estableció estudios de grabación (y orquestas estables) por toda norteamérica. Sus interpretaciones sonaban en todas partes, como omnipresente banda sonora de nuestra vida (laboral). Hasta el presidente Eisenhower mandó instalar, en los años cincuenta, aparatos de Muzak por toda la Casa Blanca.

No les faltaron detractores, sin embargo: hubo quien calificó los métodos de Musak de “pura pseudociencia”, aduciendo que solo se trataba de musiquilla intrascendente, y que no estaba probado que consiguiera aumentar el ritmo de trabajo o la productividad de los empleados. Muzak siempre se defendió jurando una y mil veces que su sistema de composición, arreglos e interpretación era infalible en la tarea de lavar el cerebro y producir zombis que trabajaran sin descanso. Otros llamaron a sus producciones “música de ascensor” o “música para aeropuertos” de forma despectiva, sin llegar a entender nunca que el sonido intrascendente era justamente el gran objetivo de Musak. Objetivo alcanzado generosamente, hay que decir, puesto que, aunque la hayamos oído mil veces, es completamente imposible recordar nada de su música.

Pero eso fue la gran tragedia de Muzak: haber conseguido crear una música que pase completamente desapercibida, que nadie recuerde, que a nadie distraiga ni llame la atención fue sin duda el principal motivo por el que hoy no se coloque a Muzak en lo más alto del podio de la creación musical. Porque mientras año a año se celebran grandiosos festivales en honor de un juntanotas como Wagner, la música de Muzak no goza hoy del reconocimiento que se merece. ¿Qué otra cosa sino sopor produce El Anillo del Nibelungo, comparado con la versión Muzak de Amapola, que ha puesto a trabajar de 8 a 17 hs a generaciones enteras?

Hacia mediados de la década de los sesenta, y según crecía la tendencia que asociaba la música a la rebeldía, la influencia de Muzak fue declinando, y ya con el cambio de siglo acabó absorbida por la compañía Mood Music, un proveedor de música enlatada de todo tipo, que sin embargo aún conserva un pequeño apartado de “la vieja y tradicional música de ascensor”. Un melancólico final para la música intrascendente más trascendente de la historia.

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Más fiable que el WhatsApp: la precipitación postal de los Mahatmas

Más fiable que el WhatsApp: la precipitación postal de los Mahatmas

Vamos a hablar hoy aquí del sistema de mensajería más revolucionario de los últimos siglos. Más barato que el correo electrónico, más eficaz que el Messenger, más rápido que el WhatsApp. Vamos a hablar de los Mahatmas y su exclusivo método de precipitar cartas directamente, como quien dice, sobre la cabeza del destinatario. Nunca se ha visto nada igual.

Aclaremos que con lo de “cartas precipitadas” no nos estamos refiriendo a mensajes escritos con prisas, sino, literalmente, a misivas caídas desde el cielo, materializadas a partir de la nada: cartas que se solidifican como en el precipitado de un experimento de química, un procedimiento tan eficaz como sorprendente.

Empecemos por el principio: ¿quienes son estos Mahatmas? También conocidos como “maestros ascendidos”, los Mahatmas son unos misteriosos sabios que viven en lo más alto del Himalaya, en el Tíbet. Aunque a juzgar por los únicos retratos que existen de ellos, muy tibetanos no parecen.

¿Y a qué dedican el tiempo libre? Pues a mantener una lucha secreta sin cuartel por el destino del cosmos, contra las fuerzas oscuras, nada menos. Como unos caballeros jedi que en lugar de espadas láser utilizan la correspondencia como arma definitiva.

Estos señores de mirada intensa casi nunca se dejan ver por el común de los mortales. Casi. La excepción se llama Helena Petrovna Blavatsky, más conocida como Madame Blavatsky, quien tuvo el privilegio de ser discípula de dos Mahatmas: el maestro Morya y el maestro Kuthumi, y de haber intercambiado con ellos un montón de cartas precipitadas, directamente desde las alturas del Himalaya hasta la sede de la Sociedad Teosófica, una sociedad para el perfeccionamiento espiritual que Blavatsky fundó y dirigió con mano de hierro allá por finales del siglo XIX. El movimiento teosófico llegó a tener una enorme influencia entre las más variadas personalidades de occidente, entre las cuales había artistas, intelectuales y políticos. Las cartas precipitadas de los Mahatmas contribuyeron grandemente a definir el clima espiritual de la época, pero lo que nos interesa aquí no es el contenido, sino la forma en que las cartas se enviaban: la precipitación.

El procedimiento era el siguiente: durante las reuniones, a alguno de los ilustres miembros de la Sociedad Teosófica le caía sobre la cabeza un sobre dirigido a su nombre. El sobre contenía una carta, que podía ser un breve mensaje o una extensa misiva de varias páginas, y que acababa siempre con la firma de algún Mahatma. Los miembros de la sociedad las denominaban “cartas precipitadas” por la curiosa costumbre de caer, literalmente, sobre la teosófica cabeza del destinatario. Aunque no siempre se recibía el mensaje de forma tan directa: puesto que era posible que la persona a la que se le remitía no estuviera presente en ese momento en la sala, la carta se materializaba entonces dentro de un gabinete ubicado justo al lado de las estancias personales que Madame Blavatsky ocupaba en la amplia casona que servía de sede a la Sociedad.

Las cartas de los Mahatmas hablaban de todo un poco, sobre esto y aquello, de las cosas divinas y humanas. A veces daban profundos consejos espirituales, y otras hablaban del tiempo o de bueyes perdidos. Pero nunca faltaba una recomendación para que el remitente atendiera las necesidades materiales de Madame Blavatsky, la intermediaria. Lo más importante para los Mahatmas era el bienestar de Blavatsky. Esto dio pie a más de un malpensado a sugerir que las cartas las escribía la propia Madame Blavatsky, claro. Ya sabemos que la gente es mala y comenta.

El caso es que Blavatsky era muy austera: conque dispusiera de ropa, comida, una casa amplia situada en un buen barrio y dinero en efectivo para sus múltiples viajes, pues casi que no necesitaba más. Afortunadamente, los teósofos que recibían las cartas de los Mahatmas eran lo suficientemente asquerosamente ricos como para atender esas pequeñas necesidades sin demasiados problemas. Mientras vivió, y gracias a las cartas de los Mahatmas, Madame Blavatsky dispuso siempre de una muy sencilla mansión y una cuenta muy corriente en el banco.

Hay que decir que los suspicaces acusadores contaron con la inestimable confesión de los caseros de la sede de la Sociedad Teosófica, un matrimonio que se encargaba de las tareas de mantenimiento en la finca, y que acabaron declarando que había un sistema de pasadizos, paneles corredizos y trampillas entre las habitaciones de Blavatsky y los techos de los salones, a través de los cuales se dejaban caer las cartas. Pero tan absurda acusación pronto fue desactivada, al comprobarse que los calumniadores habían sido despedidos recientemente de sus puestos por la propia Blavatsky, y seguramente buscaban vengarse de la buena mujer desacreditando a los Mahatmas. Y sí, era cierto que los pasadizos existían, pero se comprobó que estaban sólidamente sellados. Caso cerrado.

Los Mahatmas, por otra parte, escribían de manera muy diferente: mientras el maestro Kuthumi utilizaba siempre tinta azul, y tenía una caligrafía aplicada, el maestro Morya, en cambio, escribía a lo loco, con tinta roja y letra ágil, garabateada en renglones torcidos.

Las perlas de sabiduría que destilaban los Mahatmas en sus comunicados fueron muy importantes para la difusión de la teosofía, aunque surgieron acusaciones de que párrafos enteros de estas cartas repetían palabra por palabra páginas del libro de un conocido oculista y espiritista americano. A primera vista pudiera parecer un claro caso de plagio, pero Madame Blavatsky explicó que, seguramente, los Mahatmas, allí en lo alto del Himalaya, pudieron haber leído una copia del mencionado libro en el plano astral, y ciertos párrafos pudieron luego surgir en las cartas de manera subconsciente.

Después de la muerte de Helena Blavatsky, en 1891, toda esta febril actividad mahatmática postal prácticamente se esfuma, lo que evidencia lo mucho que les debió haber afectado a los Mahatmas la desaparición de su principal discípula. Con el nuevo siglo, la influencia de la teosofía fue declinando hasta casi desaparecer. Y en cuanto a los Mahatmas, solo podemos suponer que seguirán precipitando cartas sobre quién sabe qué cabezas, sin obtener respuesta. 

En la British Library de Londres se conservan muchas de las cartas de los Mahatmas, un auténtico tesoro que, de hecho, se puede consultar, previa solicitud de un permiso especial.

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¡¡Y mis colegas decían que estaba loco!!… ¡¡Loco!!

¡¡Y mis colegas decían que estaba loco!!… ¡¡Loco!!

Un actor que comienza haciendo Shakespeare y acaba de profesor chiflado en una producción mexicana junto al luchador Mil Máscaras puede tomarse a simple vista como un declive profesional, pero para este modesto blog la trayectoria de John Carradine, que es de quien estamos hablando, es la de un Dios de la interpretación. 

Y es que hay cientos, miles de actores de talento capaces de encarnar a Hamlet, pero muy pocos podrían salir airosos interpretando el papel de científico demente que acaba de dar vida a una teta gigante. John Carradine hizo eso (en el mejor y más memorable sketch de Todo lo que usted siempre quizo saber sobre el sexo, pero temía preguntar, de Woody Allen) y mucho más.

John Carradine (1906-1988) comenzó su carrera de actor en producciones teatrales shakespereanas, y a su llegada a Hollywood trabajó en varios westerns a las órdenes de John Ford, pero poco a poco se concentró en las películas de horror y ciencia ficción por las que acabaría pasando a la historia. 

Sin embargo, mientras otros maestros del terror —Lugosi, Karloff— alcanzaron el pleno reconocimiento, Carradine cayó un tanto en el olvido. De todos los que encarnó a lo largo de su prolífica carrera, su gran personaje fue, sin duda, el de científico demente (¡demente a los ojos de la sociedad, John, no para nosotros, desde luego!).

Es característica su figura delgada y su porte aristocrático, siempre enfundado en una bata blanca de científico, delante de un montón de probetas, retortas, cables e interruptores, en un laboratorio repleto de lucesillas parpadeantes e incierta tecnología.

Esta figura, la del Mad Doctor, es la del hombre de genio que se salta las normas para desafiar a la naturaleza, para trascenderla. Y lo hará sin detenerse ante nada, porque como dijo Cantoná: “el fin justifica los medios”. Es un antihéroe de la estirpe de Adán, aquél que mordió la fruta prohibida del árbol del conocimiento y se ganó la expulsión. Por contra, el héroe que se le opone es siempre un personaje timorato y reaccionario, un pusilánime que acabará destruyendo la obra del genio en nombre del sentido común. La humanidad, según los principios de este aguafiestas, no debe traspasar nunca ciertas fronteras.

Pero vayamos a la obra del gran Carradine, o, al menos, a la parte de ella que nos interesa especialmente. Nuestro hombre ya destaca en La salvaje cautiva (Captive wild woman), una película de los años cuarenta, como un científico que, por medio de un “tratamiento glandular”, transforma a un tremendo gorila en una hermosa muchacha que, eso si, no dice ni una palabra en toda la película (el papel de la sensual chica-gorila lo interpreta la espléndida modelo Acquanetta, que a pesar de haber nacido en Wyoming los estudios la presentaban como “el volcán venezolano” para acentuar su exotismo). Después de esto, la carrera de Carradine solo puede ir a mejor.

Otro “experimento glandular” lo encontramos en De otro mundo (The Unearthly), película en la que Carradine interpreta a un psiquiatra demente, valga la redundancia, que, junto a su ayudante Lobo (el luchador Tor Johnson) realiza intervenciones quirúrgicas para hacer más longevos a sus pacientes depresivos, pero acaba transformándolos en zombis (efectos secundarios, se le llama a eso en medicina). La película está basada en un guión de Ed Wood, no hace falta decir más.

En Billy the Kid versus Drácula nuestro hombre vuelve al territorio del western, pero esta vez para interpretar nada más ni nada menos que al mítico conde transilvano, que viaja al lejano oeste para sorber la sangre de una bella joven y apropiarse de su rancho, todo con la ayuda de una tribu de comanches. Pero sucede que el prometido de la bella es el célebre bandido Billy el Niño, que se ha reformado y a sentado la cabeza, y que será el encargado de enfrentar al vampiro y salvar a la dama.

Parece difícil superar esta cota, pero el gran Carradine lo consigue en Los Astro-zombis, en donde vuelve a calzarse la bata blanca para encarnar a un científico que, asistido por su ayudante jorobado, se dedica a crear una raza de superhumanos alimentados por energía solar, a partir de cadáveres de criminales. Tura Satana, la bailarina exótica y experta en artes marciales interpreta el papel de la agente de una red de espías interesada por los experimentos del doctor. 

En Monstruos hambrientos (Horror of the blood monsters), una cinta de ciencia ficción y terror con vampiros espaciales, cavernícolas, hombres-cangrejo y dinosaurios, hecha en su mayor parte con trozos y restos de rodaje de otras producciones anteriores, se nota que el maestro interpreta sus escenas sin probablemente tener ni idea de sobre qué va la película. Muchos años después, nosotros mismos seguimos sin saberlo. Pero Carradine, ajeno a todo, suelta sus frases con su habitual convicción (y una cierta perplejidad) y nos regala otro de sus científicos locos y geniales, esta vez dirigiendo una expedición al planeta de los cavernícolas-vampiros.

El mismo procedimiento de cortar y pegar metraje de películas anteriores (un involuntario homenaje a Frankenstein) se utiliza en El hombre con el cerebro sintético (Blood of ghastly horror), con Carradine haciendo del consabido doctor que, esta vez, implanta un dispositivo electrónico en el cráneo de un veterano de vietnam convirtiéndolo en un psicópata asesino. La policía consigue acabar con él, pero el padre del psicópata, que casualmente es un antropólogo especializado en vudú, lo resucita y lo convierte en un zombi vengativo.

Y podríamos seguir, pues la producción del maestro (unas doscientos cincuenta películas) parece no tener fin. Agotado el filón de Hollywood, participó también en producciones mexicanas (Las vampiras) o filipinas (Beast of the Yellow Night).

En muchas de ellas supo también autoparodiarse, como Raphael. (desde luego en la ya mencionada cinta de Woody Allen).

¡¡Y por si todo esto fuera poco, además John Carradine fue el papá de Kung Fu!! Sencillamente. insuperable. ¡Larga vida al doctor demente!



Listado de películas recomendadas: 

Captive Wild Woman (1943)

The Unearthly (1957)

The Wizard of Mars (1965)

Billy the Kid versus Dracula (1966)

Las vampiras (1968)

The Astro-Zombies (1969)

Horror of the blood monsters (Vampire Men of the Lost Planet) (1970)

Blood of ghastly horror (The Man with a Synthetic Brain) (1972)

Everything you always wanted to know about Sex, but were afraid to ask (1972)

Evils of the night (1985)

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El palacio sin paredes de Edward James (y una novela)

El palacio sin paredes de Edward James (y una novela)

“Un excéntrico no es más que un loco con suficiente dinero para ser tomado en cuenta”. leemos en referencia al escocés sir Edward James en Londres después de medianoche, primera novela del mexicano Augusto Cruz. La sentencia, puesta en boca del protagonista, un detective privado en busca de una célebre película perdida de la época del cine mudo, condensa lo que mucha gente pensaba del muy adinerado y extravagante coleccionista de arte británico sir James, que dedicó varias décadas de su vida y toneladas de dinero a construir un peculiar complejo monumental en plena selva mexicana.

Pero vayamos por partes. La novela que nos vino a traer el recuerdo de sir James y su obra es una intriga construida sobre la pista de la más mítica de las películas perdidas: Londres después de medianoche, dirigida por Tod Browning en 1927 y protagonizada por el metamórfico Lon Chaney. Una cinta de terror y vampirismo (la primera rodada en Hollywood) cuya última copia se destruyó durante un incendio en los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer en los años sesenta. El filme se considera desde entonces oficial y definitivamente perdido, aunque la búsqueda afanosa de alguna copia no catalogada no ha cesado desde entonces por parte de coleccionistas y fanáticos. En el libro que nos ocupa, una ficción adornada con todo tipo de personajes de la vida real, es el mismísimo Forrest J. Ackerman, mítico coleccionista de objetos relacionados con el terror cinematográfico y la ciencia ficción, el que encarga a un antiguo agente del FBI jubilado la tarea de seguir el rastro de una hipotética última copia del filme.

Y es así como las pistas van llevando al detective hasta México, y finalmente hasta las Pozas de Xilitla, el edénico enclave donde sir Edward James, en lo más recóndito de la selva huasteca, en San Luis Potosí, edificó su fantástico monumento a la mayor gloria de sus obsesiones. No es gratuito que el autor, que es mexicano, acabe orientando las peripecias de la trama laberíntica hacia las Pozas, pues son, desde luego, el más perfecto “marco incomparable” que podamos imaginar para situar el desenlace de la extravagante historia que nos cuenta.

Sir Edward James (1907-1984) nació siendo ya rico. A la temprana muerte de su padre, un próspero industrial americano, heredó otra fortuna que lo hizo aún más rico. Su padrino (y según las malas lenguas, su verdadero padre biológico) fue el rey de Inglaterra, Eduardo VII. El joven James se dedicó a la vida bohemia y pronto se convirtió en mecenas de los más importantes pintores surrealistas. Sin casi proponérselo, acabó reuniendo una enorme colección de arte que con el tiempo lo ascendió a la categoría de asquerosamente rico. En su relación con el dinero, sin embargo, nunca fue de escatimar: durante a guerra de España no dudó en sugerirle a su amigo Buñuel que le compraría un bombardero para que el cineasta participe personalmente en el conflicto. Buñuel, al parecer, declinó el ofrecimiento.

Así las cosas, en los años cincuenta el inquieto sir Edward James acabó encaminando sus pasos hacia México. En una excursión por la sierra descubrió unas piscinas naturales, en medio de un paisaje exuberante, y decidió que allí mismo construiría su sueño. James adquirió una extensa superficie de terreno que incluía las pozas y sus cascadas de agua, con la intención de plantar allí orquídeas. Lo que al principio iba a ser un jardín, acabó transformándose después de treinta años en un complejo de extrañas construcciones de concreto, unas treinta y seis, distribuidas entre el enmarañado follaje tropical, y que incluyen plataformas, escaleras, columnas, grandes flores de cemento y otras formas vagamente vegetales, terrazas, arcos ojivales, puertas hacia ninguna parte y todo tipo de estructuras sin más propósito aparente que el de materializar el capricho de su creador. Lo más parecido a una edificación convencional es el llamado “castillo”, en donde residía el propio sir James. El mayor encanto de estas construcciones reside en que dan la impresión de estar a punto de ser devoradas por la naturaleza incontenible de la selva. Son como los restos de una extraña civilización perdida que de pronto se nos muestra por última vez entre el follaje.

Hay que decir que Edward James nunca llegó a poner personalmente una sola cucharada de cemento. Él, como buen sir, se dedicaba a garabatear sus ideas en un bloc de notas, mientras que un indio yaqui llamado Plutarco, que se convirtió en su amigo inseparable, hizo las veces de improvisado constructor. Ejerciendo de capataz, llegó a reclutar a más de cien lugareños para dar forma a las ensoñaciones de sir James. Éste luego se paseaba por las construcciones vistiendo una larga túnica blanca, como un viejo druida teletransportado a los trópicos y rodeado de papagayos y otras coloridas especies autóctonas con las que pobló el lugar (era un gran amante de la fauna, incluyendo las boas constrictor). Sir James no dudó en vender buena parte de su colección de arte para financiar la costosa empresa. El ardor constructivo de las Pozas solo se detuvo en 1984, con la muerte de Edward James. Hoy el conjunto es propiedad compartida por el estado y los descendientes de Plutarco, y se puede (y se debe) visitar.

Y volviendo a la novela de Augusto Cruz con la que empezábamos el post, hay que decir que si algo no le falta es documentación: la historia está plagada de referencias mitómanas y de cameos de todo tipo, un verdadero tour de force con forma de folletín por todos los hitos de la cultura popular que incluye vampiros y otros monstruos de cine, viejas estrellas del cine mudo, héroes de radionovelas mexicanas, cine de karatecas, enanos, gigantes, luchadores enmascarados, el asesino de Kennedy, agentes del FBI, un villano de opereta…. Como en muchas primeras novelas, el autor parece haber decidido poner en Londres después de medianoche toda la carne en el asador. Quizás tantas digresiones hacen que el resultado no sea redondo, pero desde luego es muy entretenido.


Londres después de medianoche, de Augusto Cruz, está editada en Seix Barral.

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“I have a dream…” Las torres de Simon Rodia en Watts

“I have a dream…” Las torres de Simon Rodia en Watts

Si la próspera isla de Manhattan tiene su Empire State, si en su skyline se dibuja (bueno, se dibujaba) la silueta de las torres gemelas del World Trade Center, en el horizonte del humilde y conflictivo suburbio del sur de Los Angeles llamado Watts, mayoritariamente negro, se recorta la increíble estampa de las  torres de Simon Rodia, conocidas hoy universalmente como las Torres Watts, un impresionante conjunto arquitectónico sin ninguna finalidad aparente.

Las recordamos hoy aquí a propósito de una película que es uno de los clásicos menores de ese subgénero conocido como blaxploitation (filmes de bajo presupuesto protagonizados por un elenco de actores negros, producidos en masa durante los años setenta) y cuyo apoteósico final tiene a las torres Watts como protagonistas de excepción.

Hablamos de El Dr. Black y Mr. Hyde (1976) dirigida por William Crane, que cuenta las andanzas del doctor Pride, un científico afroamericano que se dedica en su tiempo libre a atender a pacientes marginales (básicamente prostitutas) de un centro de salud comunitario de Watts. Una de ellas, Linda, está enferma de hepatitis, y el buen doctor desarrolla entonces un suero destinado a recomponer las células hepáticas dañadas por la enfermedad. Como buen científico de película, se decide a probar el suero en sus propias carnes. El resultado es que el afable y muy negro Dr. Pride se convierte en un bestial albino de ojos azules que se dedica a perseguir y masacrar a prostitutas negras por todo Watts. El suero claramente está lejos de curar la hepatitis, y es evidente que el Dr. Pride no será candidato al Nobel de medicina.

Así las cosas, nuestro monstruo blanco acaba encontrando a Linda y la secuestra, pero es perseguido por la temible policía de Los Angeles. La bestia albina, acorralada y cargando el cuerpo de la muchacha, se dirige entonces… a las torres Watts. Sí amigos, si hasta entonces la película era un trasunto con tintes de color (negro) de la clásica historia de Robert Louis Stevenson Dr. Jekyll y Mr. Hyde, este espectacular final apunta más bien a otro clásico: King Kong. En la admirable secuencia final (que sería más admirable si estuviera bien rodada) el monstruo trepa a la más alta de las torres, mientras un helicóptero lo rodea y lo acosa. La policía abre fuego y el albino cae a la acera. Asistimos entonces a la metamorfosis final: la bestia blanca, ya agonizante, se transforma lentamente en el moreno Dr. Pride, frustrado benefactor de la comunidad (…y sí, les acabo de contar el final de la película).

No es la primera vez que vemos en el cine a las torres Watts como símbolo del barrio: en 1972 se celebró el Wattstax, un macrofestival de música funk y soul conocido como “el Woodstock negro”, que reunió a lo más granado de la música negra del momento en un estadio de la localidad. La elección de Watts no era casual: allí habían tenido lugar años antes los tremendos disturbios raciales que sacudieron el país, una guerra callejera que duró varios días dejando decenas de muertos y que pondrían el nombre de Watts en el mapa. Pues bien, de aquel festival conmemorativo se rodó una película para el cine, y en las secuencias iniciales, mientras escuchamos la sinuosa música de the Dramatics, las imágenes nos muestran unas bonitas panorámicas de las torres, el indiscutible símbolo del lugar.

A lo largo de las décadas, las torres vieron pasar dos grandes levantamientos de la comunidad por motivos raciales: la rebelión, ya mencionada, de 1965, y luego otra, no menos virulenta, cuando en 1992 un incidente de brutalidad policial dejó lisiado al ciudadano afroamericano Rodney King. A pesar de los incendios masivos y los graves destrozos sufridos por toda la barriada a consecuencia de los levantamientos, las torres Watts nunca sufrieron daño alguno.

Hubiera sido bonito que las torres fueran obra de algún afroamericano genial, pero la realidad no suele ser tan redonda: su autor, Simon Rodia, fue un humilde inmigrante italiano.

“I have a dream…”, parece haber pensado Rodia, parafraseando a Luther King, antes de ponerse manos a la obra. Obrero de la construcción, levantó él solo y sin maquinaria ni ayuda de ningún tipo este complejo de torres que comprenden diecisiete estructuras interconectadas de metal y concreto, en un terreno de su propiedad. Dedicándole todo su tiempo libre, sin usar planos e improvisando sobre la marcha, demoró unos treinta y tres años, entre 1921 y 1954. 

Cada tarde, al volver de su trabajo, Rodia se dedicaba a recoger todo tipo de escombros por el camino: piedras, botellas, trozos de ladrillo o azulejo, o restos de metal de una cercana estación de ferrocarril. Con todo ello, y armado solo con un arnés y sus herramientas de albañil, fue levantando las torres, la más alta de las cuales sobrepasa los treinta metros. Las torres no estaban destinadas a ningún uso concreto. Eran más bien un monumento a sí mismas, como su pariente rica, la torre Eiffel. Según se mire, también recuerdan ligeramente a las torres de la Sagrada Familia de Gaudí (aunque Rodia no tardó tanto en levantarlas).

Durante los años que duró su construcción, hay que decir que los vecinos mostraron suspicacia, cuando no animadversión: la misteriosa estructura no parecía tener ninguna función aparente, y su autor solo se limitaba a decir que su única intención era “construir algo grande”. Durante mucho tiempo se llegó a pensar que Rodia era un espía de una potencia extranjera, y las torres antenas de radio que transmitían día y noche información al enemigo. Incluso se difundió el extremo de que a través de ellas Rodia estaba en contacto con civilizaciones extraterrestres a punto de invadir Los Angeles. Ya sabemos cómo suele tratar el vecindario al vecino extravagante…

Después de años de lucha contra la incomprensión y la franca oposición vecinal, Rodia, ya viejo y cansado, le acabó regalando el terreno con sus torres a un vecino del lugar. Se marchó de Watts sin mirar atrás y, aunque viviría aún otros diez años, nunca regresó.

Así las cosas, las torres parecían sentenciadas: el ayuntamiento se apresuró a dictar orden de demolición. Pero de nuevo Hollywood viene al encuentro de las torres: un actor y un productor de cine compran la propiedad, y comienzan una batalla legal contra las autoridades para preservar el monumento. Este deberá pasar una dura prueba para asegurar la solidez de su construcción: Con cables de acero atan la estructura a una grúa que tira de ella: las torres, hechas del material con que se fabrican los sueños, no se mueven ni un milímetro de sus cimientos. Años después aguantarán incluso un temblor de tierra y un huracán que sacudió toda la zona. Finalmente, en el año 1990 las torres Watts son declaradas monumento histórico nacional. Y hasta es probable que los vecinos de Watts se sientan ahora orgullosos de ellas.

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No más madres. La revolución de las máquinas-útero

No más madres. La revolución de las máquinas-útero

Ningún revolucionario en el siglo XX se atrevió a llegar tan lejos como Shulamith Firestone. La sociedad libre e igualitaria que esta mujer alcanzó a imaginar no tiene parangón, aunque luego el mundo decidiera no seguir el camino trazado por su visionaria propuesta: acabar con la tiranía de la reproducción biológica suprimiendo la fuente de toda opresión femenina: la maternidad.

Influenciada en igual medida por Marx y por Freud, Shulamith Firestone, canadiense de familia judía, emigró a Estados Unidos y allí consiguió publicar, con tan solo veinticinco años, un libro tan polémico como influyente: La Dialéctica del Sexo, editado en 1970. En él, Shulamith nos propone su modelo de sociedad igualitaria. Tan igualitaria, que las diferencias entre los sexos acabarán siendo completamente irrelevantes.

Para ello, Firestone imaginó una solución tan sorprendente como novedosa: automatizar la producción de niños a través de unos revolucionarios úteros artificiales destinados a liberar a las mujeres de su función natural reproductora. Porque según el lúcido análisis de Shulamith, "Fue la biología reproductiva de la mujer la razón de su opresión original e ininterrumpida después". En otras palabras, mientras la mujer tenga que seguir ocupándose de gestar bebés y parir con su propio cuerpo, siempre estará en desventaja. Por ello lanza su propuesta de los úteros mecánicos: máquinas de parir para acabar con la maldición femenina de dar a luz con esfuerzo y sufrimiento, externalizando la producción de bebés del cuerpo de la mujer. En definitiva, úteros mecánicos para una sociedad mejor. La liberación femenina, dice Shulamith, se logrará a través de la tecnología o no se logrará.

La maravillosa sociedad que nos propone Firestone puede parecer sacada de una novela de ciencia ficción. Y, en efecto, el caso es que en más de una ficción especulativa se describen similares procedimientos: desde el clásico Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, con sus personajes criados en placentas artificiales, hasta la archipopular película Matrix, de 1999, que muestra a toda la humanidad metida en una pavorosa serie de cápsulas-útero salidas de un mal sueño de Giger. Por alguna razón que se nos escapa, la idea de la gestación artificial parece estar en la base de todas las sociedades de pesadilla que el hombre ha sido capaz de imaginar. Si la ciencia ficción en general siempre ha mirado con desconfianza el avance de la tecnología, ese recelo parece aumentar hasta el delirio ante la idea de la gestación artificial. Autores como el ya mencionado Huxley, Philip K. Dick, Robert Heinlein, Oskar Panizza y un largo etcétera de célebres paranoicos imaginaron la gestación artificial como la causa detrás de todo mundo deshumanizado. Aunque hay alguna excepción: La escritora Joanna Russ en su novela El Hombre Hembra describe un mundo ideal, llamado Whileaway, existente en un lejano futuro y habitado solo por féminas (allí la guerra de los sexos se desarrolló de manera literal y como resultado todos los hombres fueron exterminados...) que se reproducen recurriendo a máquinas-útero. Pero la excepción tiene truco: Joanna Russ era una escritora feminista y fuertemente influenciada por las teorías de nuestra Shulamith Firestone.

Pero la revolución de Firestone no acaba ahí: además de liberar a las mujeres de la maldición del parto, también las quiere emancipar de la crianza. Shulamith propone acabar con la familia, esa odiosa institución, y también con la aún más odiosa educación escolar. De los niños pasarán a ocuparse unos “grupos de convivencia” formados por un elenco variable de unas diez personas. La liberación de la mujer traerá también aparejada la liberación sexual, puesto que el sexo perderá definitivamente su función de reproducción de la especie, y pasará a tener un sentido exclusivamente festivo. Las máquinas no solo se ocuparán de la gestación de los bebés, sino que poco a poco irán asumiendo todas las tareas pesadas, y hombres y mujeres (aunque esta distinción ya será irrelevante), podrán dedicarse exclusivamente al ocio creativo y a la actividad sexual desenfrenada. El mundo del socialismo cibernético y pansexual de la orgía igualitaria se pondrá entonces en marcha: todas las formas imaginables de sexualidad serán permitidas y consentidas en la nueva sociedad del desmadre (nunca mejor dicho). 

Firestone propone además que a la liberación de la mujer deberá seguirle la liberación del niño, ese otro gran colectivo oprimido: Los niños pasarán a tener los mismos derechos que los adultos, incluyendo la plena independencia económica y la total libertad en el terreno sexual. Es más, no solo las relaciones sexuales entre niños serán aceptables, sino que incluso lo serán, por ejemplo, entre un niño y su madre “genética”, puesto que la intermediación de un útero mecánico habrá desactivado y vuelto obsoleto el viejo tabú del incesto. Si esto no es la revolución, que baje Marx y lo vea.

La sociedad perfecta, libre y feliz que propuso Shulamith Firestone no hizo gracia a todo el mundo, al parecer, y la pensadora y revolucionaria acabó siendo ingresada en una institución mental. Para cuando consiguió salir el mundo había casi olvidado sus teorías. Incluso el movimiento feminista, sobre el que tanta influencia llegó a tener, había vuelto a centrarse en reivindicaciones más convencionales, como la conveniencia o no de dejar de depilarse las axilas. Una auténtica pena, porque aunque tal vez Firestone se pasara un poco con lo de la abolición del incesto, creemos que el prodigioso mundo de máquinas gestantes que llegó a perfilar hubiera sido como mínimo digno de verse.

Shulamith Firestone murió en el año 2012. No tuvo hijos.

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Elvises de terciopelo negro, un arte nacido del turismo de borrachera

Elvises de terciopelo negro, un arte nacido del turismo de borrachera

Que la década del setenta del siglo pasado fue un período de desaforado buen gusto y sublimidad sin límite, lo demuestra la que quizás fue su expresión artística más característica y grandiosa: las pinturas sobre terciopelo negro, o black velvet art.

Así es: hubo una época no muy lejana en que los retratos de Elvis sobre terciopelo dominaban la tierra. Al menos, la tierra al norte del Río Grande. Y junto a los Elvis, todo un mundo de unicornios rosas, jesucristos, tahitianas desnudas, retratos de Nixon, perritos jugando al póquer, panteras amenazantes, vírgenes y toreros perfilados sobre lujurioso, fino y elegante terciopelo.

No se sabe a ciencia cierta el origen de esta disciplina, aunque se mencionan las pinturas sobre seda de Persia o de la antigua China. Incluso se dice que Marco Polo o los mismísimos cruzados ya habrían traído pinturas sobre terciopelo en su regreso a occidente. Pero lo cierto es que el auge de esta forma artística lo ubicamos en una época y lugar muy específicos: los Estados Unidos de América, que viven durante los años setenta una auténtica fiebre de terciopelo negro sin precedentes conocidos.

Pero ¿qué es exactamente el black velvet art? Son cuadros pintados usando como soporte el terciopelo en lugar del lienzo. El terciopelo que se utiliza habitualmente es negro, y queda expuesto en buena parte del cuadro. Las partes cubiertas con pintura, siempre en colores brillantes, destacan con especial intensidad, y permiten una inquietante utilización del claroscuro y un uso creativo del espacio negativo. Pero lo que mejor define a estas pinturas son sus temas, siempre muy característicos: figuras realistas de animales como tigres, panteras o unicornios; paisajes, habitualmente a la luz de la luna (el terciopelo negro da mucho juego en las escenas nocturnas), con  exóticas cascadas, lagos y colorida vegetación que recuerda vagamente a la Polinesia; retratos de celebridades de la televisión; toreros mexicanos en plena faena; payasos tristes; cristos y vírgenes... y Elvis, el motivo por antonomasia de las pinturas sobre terciopelo negro. Elvis cantando micrófono en mano, derramando una lágrima, agitando su capa de pedrería, sacudiendo la pelvis... todas las poses imaginables, llegando a crear un subgénero propio conocido como Velvis (contracción de "velvet Elvis").

Tengo en mis manos uno de los libros de referencia sobre el tema: Black Velvet Art, de la University Press of Mississippi, en donde se nos explica el sinuoso avance de la moda de estas pinturas desde Honolulu y Jalisco hasta el mismo corazón de la cultura americana. Según parece, el "padre de la pintura de terciopelo negro" fue el pintor Edgar Leeteg, un americano que en los años 30, siguiendo los pasos de Gauguin, se instaló en Tahití y comenzó a pintar sensuales mujeres semidesnudas sobre terciopelo negro. Los cuadros causaron sensación entre los marineros borrachos destinados en las bases de Hawai quienes, de vuelta a los Estados Unidos, llevaron a sus casas las novedosas pinturas. Luego los turistas acabaron arrasando con las obras de Leeteg. Más cerca de la frontera estadounidense, en Jalisco, nuevas multitudes de marines borrachos y turistas gringos empezaron a demandar aquellos "cuadros sobre terciopelo" que tanto les gustaban, de manera que los artistas locales comenzaron a producirlos en masa. Jalisco se acabó convirtiendo en la Meca del terciopelo negro. De modo que marines y turistas alcoholizados acabaron generando un nuevo y poderoso arte que, en poco tiempo, se extendería por todos los Estados Unidos, en una gran borrachera de terciopelo.

Desde los tiempos de las cruzadas, el arte sobre terciopelo negro ha ido prosperando allá donde las tropas en el extranjero van de compras. A través de la historia, los marines borrachos han ido por delante de los turistas, allanando el camino para que el black velvet art conquiste nuevos mercados. Así llegamos a la norteamérica de los años setenta, en donde casi con seguridad en cada hogar americano había un Elvis en terciopelo colgando de la pared del salón o sobre la chimenea. Hasta en la casa del propio Elvis es muy probable que hubiera uno.

En el Velveteria Museum de Oregon, el único museo del mundo íntegramente dedicado a las pinturas sobre terciopelo negro, explican las ventajas de esta técnica para los artistas: como gran parte del cuadro era la propia superficie  virgen del terciopelo, el ahorro en pintura era considerable (a diferencia de la pintura tradicional, que debía cubrir todo el lienzo). Además, era un procedimiento habitual el que, una vez acabado un cuadro y con la pintura aún fresca, se extendiera encima otro trozo de terciopelo para que, con una ligera presión, el cuadro se duplicara automáticamente, aunque en una imagen invertida. Muchos de estas parejas de cuadros "en espejo" se conservan en el museo. Si a Van Gogh se le hubiera ocurrido la idea, se hubiera ahorrado muchas penurias económicas.

En el propio Velveteria tienen una sala con lo que fue el no va más del género: cuadros sobre terciopelo negro hechos con pintura fluorescente. En la sala, acondicionada con "luz negra", los Elvises, los toreros y los unicornios parecen saltar de las paredes directamente a tu yugular.

Con los años, la moda de estas pinturas remitió hasta casi desaparecer. Una verdadera pena, pues nos podemos imaginar qué magníficos logros hubiera alcanzado esta técnica si hubiera avanzado hacia retos más grandes. Pensemos en la Capilla Sixtina vaticana enteramente forrada de terciopelo negro y pintada con tintes fluorescentes... Sencillamente glorioso.

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Mi novia es un ectoplasma

Mi novia es un ectoplasma

Bien dicen que el amor no sabe de fronteras, y esto es especialmente cierto cuando hablamos del espiritismo, aquel culto que hizo furor entre las elites ilustradas del siglo XIX. Estamos pensando especialmente en la hermosa e inquietante relación que unió fugazmente a todo un premio Nobel de ciencias con el espíritu materializado de una muchacha muerta doscientos años antes.

Anunciado por sir Arthur Conan Doyle como “el acontecimiento espiritual más importante desde el nacimiento de Jesús”, el movimiento espiritista no paró de crecer desde que a mediados del siglo XIX unas adolescentes norteamericanas, las hermanas Fox, se comunicaran por vez primera con el espíritu de un difunto. A partir de ahí, los más célebres mediums  (nombre con el que se conoce a los oficiantes de las sesiones de espiritismo) se pasearon por medio mundo, dando sesiones privadas ante la reina de Inglaterra o el mismísimo zar de Rusia, y fascinando a buena parte de la intelectualidad europea. Los mediums de entonces llegaron a tener categoría de estrellas, generando episodios a cual más sorprendente. Cuentan que cuando una de las hermanas Fox contrajo matrimonio, la tarta de bodas levitó. El célebre medium D. D. Home también levitó en medio de una sesión hasta quedar en horizontal contra el techo, y en esa posición salió por una de las ventanas de la sala para entrar por otra inmediatamente después. Los hermanos Davenport llenaban los teatros de las grandes capitales europeas, haciendo sonar instrumentos musicales mientras permanecían atados de pies y manos a una silla.

Pero sin duda, todos estos prodigios se quedaban pequeños ante el fenómeno más impresionante producido por los mediums más dotados de la época: la materialización de personas venidas del Mas Allá, a través de la exudación de ectoplasma.

Para quien nunca se haya encontrado con la palabra, el ectoplasma es una sorprendente substancia que segregan los propios mediums a través de los orificios corporales, generalmente la boca, la nariz o las orejas. Es una materia viscosa y blanquecina, ligeramente fosforescente. Se desprende del cuerpo del medium como una emanación, como un denso humo, y luego va adoptando formas y tomando consistencia, hasta materializarse en manos, rostros, y en casos excepcionales, en personas enteras, tomando la perfecta apariencia de vida orgánica real. Tal era la habilidad de una poderosa medium llamada Florence Cook, una de las protagonistas del extraño affaire que hoy queremos recordar aquí.

Florence Cook contaba tan solo quince años cuando sus extraordinarios poderes mediumicos llamaron la atención de la prensa y de la sociedad londinense. Tanto, que sir William Crookes, el eminente científico y Nobel de química, descubridor del talio –uno de los elementos de la tabla periódica– y uno de los más destacados investigadores de su época, decidió participar en una de las sesiones de la joven medium, con la higiénica intención de someter el acto a pruebas científicas estrictas y desenmascarar el previsible fraude.

Y así comenzó la primera sesión, una tarde de 1872: con las luces tenues, como es habitual, la medium se mete en un gabinete oculto tras un cortinado, fuera de la vista de los presentes. Minutos después sale una joven vestida totalmente de blanco, que se pasea entre los atónitos concurrentes. Ante las preguntas que se le hacen, la emanación ectoplásmica dice llamarse Katie King, de 23 años, y afirma llevar muerta unos doscientos años. Luego desaparece otra vez tras las cortinas, de donde al tiempo vuelve a emerger Florence Cook, ya de vuelta de su trance. La sesión se vuelve a repetir tarde tras tarde, con el mismo resultado. Sir William pregunta a la joven espectral si puede tocarla, y comprueba así la extraordinaria carnalidad de la aparición: su piel es firme y cálida, diríase que sin ninguna diferencia aparente con la de cualquier muchacha viva. Katie King charla con los concurrentes, contesta a todas las preguntas, y se pasea alegremente por la sala durante un buen tiempo, antes de regresar al gabinete en donde es reabsorbida por la medium.

Algunos asistentes se muestran escépticos. Afirman que Katie King y Florence Cook son tan parecidas que se diría que son la misma persona con distintas ropas. Pero sir William Crookes no comparte esa opinión. Él sostiene que, mientras la medium es una muchacha sin especial interés, el ectoplasma es una joven fascinante. Florence, dice, es más bajita. Su pelo es castaño y su piel morena. Katie, en cambio, tiene preciosos cabellos de un tono claro, y es más alta y grácil. “El cuello de Katie era anoche limpio; la piel perfectamente lisa tanto a la vista como al tacto, mientras que el de la srta. Cook es más ancho y más áspero”, escribe. Tan encantado está el científico con el espectro materializado, que la visita regularmente durante los siguientes tres años, casi cada día, en sesiones nocturnas. Sus conversaciones son largas y animadas, mientras se pasean del brazo por la sala en penumbra. Un buen día, sir William le pide a Katie que le permita fotografiarla, y así llega a obtener unas cuarenta y cuatro placas de la joven ectoplásmica.“Pero la fotografía es tan inadecuada para resaltar la perfecta belleza de la cara de Katie, como las palabras son impotentes para describir de alguna manera sus encantos. La fotografía puede dar de hecho un mapa de su cara; pero ¿cómo puede ella reproducir la pureza de su tez brillante, o la expresión de sus gestos ahora eclipsada por la tristeza de recordar alguna de sus amargas experiencias en su última vida?” apunta emocionado Crookes en sus escritos sobre el caso. Tanto lo fascina Katie que hasta llega a dedicarle apasionados poemas.

Pero la relación de sir William Crookes con la jovencísima Katie es imposible, debido a la diferencia de edad: ella tiene casi doscientos años más que él. Finalmente, la dama espectral toma una difícil decisión: no volverá a materializarse nunca más. Crookes lo acepta con resignada entereza. En la última sesión le lleva un gran ramo de lirios, a manera de despedida.

Con el correr de los años, los ectoplasmas prácticamente dejaron de manifestarse. Las malas lenguas dicen que la popularización de la luz eléctrica en todos los hogares modernos acabó matando al espiritismo, cuyas sesiones se hacían a la tenue luz de las lámparas de aceite. Quién sabe. Lo que sí es seguro es que la luz eléctrica mató, definitivamente, al romanticismo.       

 

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