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Austenasia, el microimperio en donde nunca se pone el sol

Austenasia, el microimperio en donde nunca se pone el sol

Hace años, inauguramos este modesto blog con una nota sobre las micronaciones. Desde entonces, este fenómeno no ha parado de crecer, hasta llegar a convencernos de que en el futuro cada persona tendrá su propia nación, la república (o reino) independiente de su casa.

De las más de cuatrocientas micronaciones contabilizadas al día de hoy, podemos mencionar, a manera de botón de muestra, algunos casos: 

En alguna parte de Oceanía está Atlantium, el imperio levantado en 1981 en el jardín trasero de la casa de la madre de Su Majestad Imperial George II, en los años noventa se independizó definitivamente (tanto territorialmente como de su madre) con la adquisición de un terreno de setenta y seis hectáreas en donde se erigió una pirámide blanca de cuatro metros de altura (¡la única pirámide del continente! según Su Majestad), y una cabaña detrás. Ambas estructuras configuran Concordia, la capital del imperio. Atlantium es la primer nación que se ofrece para alquiler en la plataforma AirBnb. Después de todo, no será el primer estado que sobrevive gracias al turismo.

También en Oceanía se materializó el Reino Gay y Lesbiano de las Islas del Mar de Coral, nacido como consecuencia del rechazo a la aprobación de la ley del matrimonio homosexual en el parlamento australiano, en el año 2004. En un acto de protesta, sus fundadores, un grupo de activistas por los derechos sexuales, inauguraron esta micronación, de nombre más extenso que su territorio, con la intención de poner en marcha y por decreto una legislación que avalase el matrimonio entre personas del mismo sexo. Uno de los integrantes del grupo, Dale Parker, se declaró emperador, bajo el nombre de Dave I, y declaró I am what I am, de Gloria Gaynor, como Himno Nacional. Australia, de más está decirlo, no reconoce al Reino Gay y Lesbiano de las Islas del Mar de Coral como estado independiente. Ni Australia ni nadie, en realidad. Pero el Reino obtiene su exigua recaudación de la venta de sellos postales con su enseña oficial, la bandera del arco iris.

También llamativo es el caso del primer reino espacial, Asgardia, que orbita a unos 400 km de distancia de la Tierra, y que, a pesar de contar con unos 300.000 ciudadanos, mide apenas unos 10 x 10 x 20 centímetros, y pesa menos de tres kilos. Sucede que el territorio del reino de Asgardia en un minisatélite modelo CubeSat, lanzado al espacio en 2016 aprovechando un vuelo de suministros hacia la estación espacial internacional. El impulsor de Asgardia, y el jefe de su gobierno, es el aserbayano Igor Ashurbeyli que, de momento, vive en la Tierra, al igual que el resto de los ciudadanos de su reino.

Pero si hay un caso impresionante de micronación imperial, por su extensión a lo largo de todo el globo, al punto que sus gobernantes presumen de que en su territorio nunca se pone el sol, es Austenasia. Fundado en la Gran Bretaña, Austenasia declaró su independencia del Reino Unido en septiembre de 2008 cuando Terry Austen, un guardia de seguridad, y su hijo Jonathan, que por entonces iba al colegio, enviaron al representante parlamentario de su distrito, en el suroeste de Londres, la declaración unilateral de independencia sobre los territorios que ocupaba su vivienda, una casa adosada, ubicada en el 312 de Green Wrythe Lane, en Carshalton.

Ante la falta de respuesta, Terry y Jonathan enviaron más cartas, en este caso al por entonces primer ministro británico Gordon Brown, y a la Secretaría de Estado de Interior.

Considerando el silencio administrativo que siguió a este acto solemne, los Austen consideraron validada su independencia. Terry se acabó autoproclamando emperador, y nombró a su hijo Jonathan primer ministro, repartiéndose así la jefatura del estado y la jefatura del gobierno, respectivamente. Enarbolaron la bandera de Austenasia en la ventana de la primera planta de la casa (una enseña amarilla con cinco líneas rojas que nacen desde el centro), adoptaron un himno nacional, e incluso un animal nacional (el espinosaurio, lo que la convierte en la primera nación en adoptar una especie extinta como animal nacional).

En febrero de 2010 Terry I abdicó, sucediéndole en el trono Esmond III, hecho que acabó por hacer estallar una guerra civil, la primera registrada en el seno de una micronación.

Los rebeldes legitimistas, partidarios del reclamo al trono de la princesa Caroline, hija menor de Terry, acabaron claudicando después de un enfrentamiento que se extendió entre marzo y mayo de 2010, y que culminó con el Tratado de Carshalton y la convocatoria de un referendum que aseguró la victoria del bando gubernamental. Pero el emperador Esmond III se vio a su vez obligado a abdicar en favor de Declan I, para acabar de aplacar un conflicto que llegó a concitar la atención de todo Carshalton, el vecindario en donde se enclava Austenasia.

Declan I, finalmente, abdicó en 2013 "por motivos personales", y el hasta entonces primer ministro ocupó el trono bajo el nombre de Jonathan I.

Austenasia se considera a sí misma la sucesora natural del Imperio Romano. Con el tiempo, fue creciendo de manera imparable, hasta ocupar actualmente un territorio que consta de treinta y ocho terrenos no contiguos: doce en Gran Bretaña, cinco en el resto de Europa, cuatro en Asia, quince en América del Norte, uno en América del Sur, uno en Oceanía y uno en África. Un total de ochenta y dos habitantes, en los cinco continentes.
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País se busca urgente para embajada extraterrestre

País se busca urgente para embajada extraterrestre

¿Acaso es mucho pedir un terreno de cuatro kilómetros cuadrados, dotados de extraterritorialidad, espacio aéreo desmilitarizado, y libre de impuestos, en donde edificar una embajada para recibir adecuadamente a nuestros Padres Creadores del Espacio Exterior? 

Parece que sí, puesto que ningún país al día de hoy ha respondido a la petición del movimiento Raeliano, que solo necesita un predio adornado con tales características, físicas y jurídicas, para hacer realidad un edificio cuya construcción sería costeada enteramente por los miembros de la organización. ¡Ah! las miserias de la geopolítica...

Porque el caso es que si no hay embajada, para el 2035 a más tardar, nuestros padres, los Elohim, no vendrán. Y la Tierra sufrirá las consecuencias.

Pero, ¿por qué quieren venir los Elohim? Y, lo más importante: ¿quiénes son los Elohim?

Los Elohim forman parte de una avanzadísima civilización extraterrestre, tecnológicamente superdesarrollada, que 25.000 años atrás y como parte de un sofisticado experimento en sus laboratorios, allá en su mundo, diseñaron a la humanidad a su imagen y semejanza, a través de la síntesis y manipulación del ADN. Luego trasladaron sus creaciones a este planeta. Pero no solo a los hombres: también fueron los artífices de todas las plantas y animales de la Tierra, incluyendo al pangolín. Un alarde creativo que se describe en la Biblia, en el libro del Génesis. Un libro que, por un lamentable error de traducción (resulta que "Elohim" no significa "Dios", sino "los que vienen del cielo") acabó originando por equivocación una insólita religión: el cristianismo.

Los Elohim, entonces, no son dioses, precisamente. Pero tampoco unos extraterrestres verdes, cabezones y malvados. Son gente como usted o como yo, solo que más inteligentes, más altos, más guapos y, en general, mejores personas que usted o yo.

Así las cosas, al parecer, una vez instalados en este planeta, nuestros Padres Galácticos no tardaron en sentir una mezcla de asco y pena por sus criaturas, al comprobar el estado de brutalidad, primitivismo e ignorancia en el que nos revolcábamos, como cerdos en el chiquero. Consecuentemente, un buen día los Elohim se fueron a por tabaco para nunca regresar. Hasta ahora, pues desde entonces no han dejado de monitorizar nuestros progresos, esperando pacientemente nuestra redención como especie, nuestra evolución.

Al parecer, las bombas atómicas que se arrojaron en 1945 convencieron a los Elohim de que ya estábamos lo suficientemente evolucionados. Habíamos llegado por fin a la edad adulta. Es en ese punto cuando decidieron, pues, empezar a organizar una visita para revelarnos su paternidad y nuestro verdadero origen. Visita que no debía demorarse en exceso, porque es evidente que corremos el riesgo de autodestruirnos de un momento a otro.

Y aquí entra en escena Rael, antes conocido como Claude Vorilhon, un periodista deportivo y cantante en sus ratos libres. El 13 de diciembre de 1973, durante un paseo nocturno, Vorilhon fue contactado por Yahvé, un ser que venía en representación de esa bíblica civilización extraterrestre: los Elohim, creadores de la vida humana. Vorilhon se transformó así en Rael, el profeta en la Tierra número cuarenta de los Elohim (los treinta y nueve anteriores, Jesús, Mahoma, Buda, Joseph Smith, etc, fracasaron a la hora de explicar este espinoso tema a los hombres). Rael fundó un grupo, el Movimiento Raeliano, para difundir la buena nueva de la inminente visita protocolaria de nuestros padres. Pero esto se producirá solo a condición de que exista en la Tierra una embajada Elohim, una legación diplomática oficial que sea territorio neutral, en donde puedan instalarse tranquilamente y gozando de la debida inmunidad (se ve que desde lo de las bombas atómicas no se fían de sus hijos).

La embajada sigue los planos sugeridos por los Elohim, que dibujaron lo que querían para su edificio en los célebres "crop circles", unos misteriosos diseños circulares de tierra quemada que aparecieron de la noche a la mañana en los campos de cultivo de medio mundo en las últimas décadas. Así, pues, será un edificio totalmente blanco y puro de formas concéntricas. Las dimensiones de la construcción serán de 132 por 49 metros, acorde con las medidas del tercer templo de Jerusalén, según la profecía de Ezequiel, en el Antiguo Testamento. El edificio, de diseño futurista, contará con diversas estancias repartidas en dos niveles (sala de conferencias, área de descontaminación, zonas de descanso, restaurante...) y, lo más importante, una piscina en el exterior.

Tendrá también, por descontado, un ovnipuerto, ubicado en la terraza del círculo principal del edificio, preparado para el aterrizaje de un platillo volante de unos 12 metros de diámetro.

En principio los Elohim querían su embajada en Jerusalén, y que estuviera terminada para el año 2025. Por lo que los Raelianos elevaron la solicitud correspondiente al gobierno de Israel, pero este increíblemente desoyó la petición. Si no era posible en la Ciudad Santa, la opción B era buscar un emplazamiento en sus cercanías. Pero lo cierto es que parece difícil imaginar una embajada extraterrestre en plena franja de Gaza, por ejemplo, así que los Raelianos empezaron a buscar en otras partes. En cualquier parte, de hecho. Solicitudes similares fueron enviadas a los gobiernos de distintos países de América y Europa, como Francia, Italia, España, Portugal, Colombia, México o Argentina, entre otros. El movimiento Raeliano espera culminar las obras en 2030, puesto que la fecha límite de la venida de los Elohim es el 2035.

Pero al día de hoy, lamentablemente, no hay respuesta. ¿No es increíble?

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Cleve Backster, el hombre que le quita el sueño a los veganos

Cleve Backster, el hombre que le quita el sueño a los veganos

¿Es posible que estemos cometiendo un brutal genocidio de brócolis, sin siquiera imaginarlo?

Es posible. Al menos así parece haberlo demostrado Cleve Backster, el hombre que ha descubierto que las plantas tienen sentimientos, pensamientos, emociones y, en definitiva, conciencia. Y además, son telépatas.

Cleve Backster no era un científico, en realidad. Era un agente de la CIA, un empleado de la inteligencia estadounidense cuyo trabajo era interrogar a espías y disidentes. ¿Cómo llegó, entonces, a sus sorprendentes conclusiones respecto a las intimidades del mundo vegetal? Para conocer esta historia nos debemos remontar a los primeros meses de 1966. Cleve Backster probaba entonces, en su lugar de trabajo, una de esas máquinas popularmente conocidas como “detector de mentiras” que se utilizan para interrogar sospechosos, un polígrafo. Acababa de regar las macetas de su oficina, y se le ocurrió conectar los sensores de su máquina a las hojas carnosas de una de sus plantas. Puesto que el polígrafo detecta los sutiles cambios de humedad en la piel (la sudoración, en el caso de los humanos) Backster pensó que podría medir el tiempo que tardaba el agua en llegar de las raíces a la hoja. Sin embargo, durante un buen rato nada sucedió. Pero entonces Backster encendió una cerilla, demasiado cerca de las hojas de la planta, y de pronto la aguja del detector se volvió loca. Cleve Backster reconoció inmediatamente como un claro marcador de excitación emocional la respuesta obtenida. La planta estaba asustada. Backster encendió otra cerilla, pero ya no obtuvo la misma respuesta. ¿Había adivinado la planta que ahora él no tenía intención de quemarla?

Era cuestión de averiguarlo. Cleve Backster era un hombre duro y metódico, acostumbrado a los interrogatorios, a sacar de cada sujeto todo lo que tenga en su interior hasta llegar a la verdad, y esta no iba a ser una excepción. Si había podido doblegar a los más duros agentes del espionaje ruso, un simple filodendro no se le iba a resistir. Iba a obtener de él una confesión completa, iba a llegar al fondo de sus pensamientos. Porque de una cosa estaba seguro: esa planta algo estaba pensando.

En los siguientes experimentos Backster aplicó toda su experiencia en interrogatorios con refinada crueldad: así, por ejemplo, sumergió en agua hirviendo un langostino en presencia de una anonadada buganvilla, que aunque mantuvo en todo momento una apariencia de neutral inmovilidad, se desmayaba por dentro, según los datos que arrojaba el polígrafo. Luego, hizo que uno de sus ayudantes pisoteara y destrozara sin piedad un arbusto arrancado de su maceta, todo en presencia de otra planta como mudo testigo de los hechos. Posteriormente, hizo entrar, uno a uno, a todos sus colaboradores a la sala en donde estaba la dicha planta, a manera de ronda de reconocimiento. Las líneas del polígrafo saltaron enloquecidas cuando el culpable del planticidio entró en la habitación…

Backster, que dejó por completo de perseguir comunistas para dedicarse en cuerpo y alma a investigar petunias, glicinas, tomateras y plataneros, publicó el resultado de sus sorprendentes experimentos en una revista científica, la National Wildlife, bajo el título de “Pruebas de percepción primaria en la vida vegetal”. Tuvo la precaución de llamar “percepción primaria” a lo que a todas luces llamaríamos “conciencia”, calculando que el siempre quisquilloso mundo científico se le echaría encima en cuanto insinuara que los vegetales eran seres inteligentes, empáticos y telépatas.

En su artículo Backster explica cómo sus plantas se alegran cuando son regadas, se preocupan cuando se acerca un perro, se asustan cuando hay unas tijeras cerca, y sienten lástima ante el sufrimiento ajeno, incluso si el que sufre es el perro que se acercaba. También detectan las intenciones de los humanos que están a su alrededor, saben lo que estos piensan, y lo transmites al resto de las plantas de la vecindad, a través de alguna forma de transmisión del pensamiento.

Pero, a pesar del considerable revuelo que las revelaciones de Cleve Backster levantó, la comunidad científica se mostró renuente a aceptar o continuar la fabulosa línea de investigación abierta por él. Investigación que podría derivar, qué duda cabe, en un Nuevo Orden Mundial… Un nuevo orden en el que los vegetales tengan los mismos derechos que el resto de los seres pensantes. ¿Hay, tal vez, la mano negra de un poderoso lobby vegano detrás de este silenciamiento? ¿Maniobra este lobby vegano para que los hallazgos de Cleve Backster no sean asumidos por la sociedad? ¿Para que se sigan asesinando lechugas impunemente mientras ellos mantienen intacta su afectada superioridad moral sobre el resto de los comensales?

Preguntas que, de momento, quedarán sin respuesta. Cleve Backster, por su parte, nunca dejó de insistir en sus hallazgos, hasta su muerte, en 2013. Incluso amplió sus experimentos para intentar demostrar la inteligencia de los huevos.

Así las cosas, puede que nuestras plantas de interior sean los seres que mejor nos conocen. Mejor que nuestras propias madres, de hecho. No solo porque nos observan en nuestro día a día (tal vez hasta nos hayan puesto algún apodo cariñoso), sino porque entran en nuestras mentes con sus poderes telepáticos, y conocen nuestros pensamientos y anhelos más profundos. ¡Ah… si ese ficus hablara!

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Octobriana, la bomba politicosexual contra el poder del Kremlin

Octobriana, la bomba politicosexual contra el poder del Kremlin

Cuando, hacia 1970 y en plena guerra fría, un joven ruso consiguió llegar a Londres después de haber cruzado el telón de acero con una maleta repleta de impactantes dibujos, el Mundo Libre al completo arqueó las cejas. No era para menos: aquellas páginas revelaban la existencia de la primera y única superheroína soviética, la curvilínea Octobriana. Algo insólito viniendo de un régimen que reprobaba explícitamente este tipo de material “decadente”. Pero mayor fue el impacto cuando el joven dio a conocer a los verdaderos autores de tan llamativo personaje: una organización soviética clandestina autodenominada Pornografía Política Progresista, cuyo objetivo era difundir por toda Rusia los cómics, el sexo, las drogas y la acción política. ¿Era todo esto posible al otro lado del telón de acero?

El joven en cuestión se llamaba Petr Sadecký, y contó su historia al mundo en un libro, publicado por una editorial británica en 1971, llamado Octobriana y el Underground Ruso, que nada más salir se convirtió en el boom editorial del año.

El libro contaba la historia de cómo su autor había contactado con una célula de esta organización. Incluía varias oscuras fotos de algunos de los miembros de Pornografía Política Progresista, en su sede clandestina, y unas cuantas páginas del polémico y sorprendente cómic de Octobriana, la superheroína bolchevique, llamada así por la revolución de Octubre que cambió la historia de Rusia.

Octobriana es una rubia voluptuosa, de inconfundibles rasgos eslavos, vestida con ajustadísimas mallas y ceñido top minimalista, y armada con un cuchillo y una pistola automática. En su frente luce la clásica estrella roja de la revolución. Sus aventuras están plagadas de espectaculares encuentros sexuales (incluso con animales) y llenas de encendidas soflamas políticas.

La cuestión es que en la Unión Soviética los cómics, y muy especialmente si son erótcos y de superhéroes, siempre se consideraron una manifestación de la imparable decadencia cultural del satánico occidente. Nada que ver con las muestras del puro y aleccionador arte socialista autorizado por el Kremlin. De ahí el tremendo poder disolvente y contrarrevolucionario de la sola existencia de Octobriana.

En el libro, Sadecký cuenta cómo, diez años atrás y durante unas conferencias sobre cómics en Kiev, una persona se le acercó y le confió que pertenecía a una organización secreta que se proponía difundir por toda la Unión Soviética el cómic de una heroína llamada Octobriana, con altas dosis de sexo y explosivo contenido político. Sadecký, naturalmente, se unió a ellos de inmediato, traicionando, según sus propias palabras, la hasta entonces inquebrantable pureza de su fe revolucionaria.

Nada más llegar al cuartel general de la célula de Kiev de Pornografía Política Progresista, un sótano lleno de retratos de Lenin en las paredes, pilas de revistas porno por todos lados, y con los ventanucos pintados de negro para que no entre la luz exterior, Sadecký se topó con la mujer que lo lideraba, la increíble Lydia Borisovna Gal, que siempre iba completamente desnuda, a excepción de un par de botas de cuero. Gal había estado ingresada en un psiquiátrico, por lo que en el libro es la única integrante de la organización que aparece con su nombre real, puesto que Sadecký consideraba que era inimputable, incluso por un sistema judicial tan dudoso como el soviético. La describe como “delgada pero con un busto hiperdesarrollado”, siempre bronceada y dispuesta al sexo en cualquiera de sus formas, porque aunque Gal era lesbiana, también tenía relaciones con hombres y con lo que se le pusiera por delante. Gal parecía ser la evidente inspiración para Octobriana. Los otros integrantes del grupo no le iban a la zaga, e incluían a un judío loco, un nihilista radical, una viuda sexópata o un camionero anarquista. Todos compartían orgías y consumían drogas y alcohol en abundancia.

El caso es que al poco tiempo de publicado el libro y pasado el impacto inicial, algunas afirmaciones de Petr Sadecký empezaron a sembrar la duda. Resulta que las páginas de Octobriana que se reproducen en el libro (un par de aventuras, incompletas, con nombres llamativos como “Octobriana y los hijos atómicos del dirigente Mao”) muestran a nuestra heroína montada en un pajarraco prehistórico o enfrentándose a una morsa gigante. Secuencias de acción y aventuras, pero ni rastro de escenas sexuales, ni mucho menos de proclamas políticas. Estos ingredientes solo aparecen mencionados por Sadecký. La historia empieza a hacer aguas…

Pero el golpe de gracia lo propina un par de dibujantes checoslovacos que llegaron a Londres buscando a Petr Sadecký para reclamarle un montón de trabajos que les había birlado, con la excusa de que podría venderlos a buen precio al otro lado del telón de acero. Sadecký había partido de Praga con su maleta llena de dibujos, y los artistas checos no habían vuelto a tener noticias. El caso es que, entre todas estas páginas, estaban las aventuras de una chica despampanante llamada Amazona, que vivía sus aventuras de fantasía en una jungla plagada de animales gigantes (nada de sexo, y mucho menos de política). Se supo entonces que Sadecký tomó estas páginas, y transformó a Amazona en Octobriana, por el simple trámite de dibujarle en la frente una estrella roja.

Todo lo demás fue, sencillamente, un invento. Un fraude que consiguió engañar a su editor y al respetable público lector al completo. Pero, como dice el refrán, “se non è vero, è ben trovato”, es decir que, aunque no fuera cierta, la historia era tan buena que el libro de Sadecký, Octobriana y el Underground Ruso, pasó de ser un best seller sobre el comunismo, a libro de culto para degustadores de rarezas creativas y brillantes imposturas.

Y en cuanto a Octobriana, puesto que Sadecký nunca reclamó su autoría, inició una vida propia en manos de los más variados autores de cómics de todo el mundo, que la incluyeron cada tanto como invitada especial en las aventuras de sus propios personajes. Hasta el mismísimo David Bowie, admirador confeso del libro de Sadecký, llegó a acariciar el proyecto de producir una película con ella. Hubiera sido maravilloso.

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El parque jurásico de Noé

El parque jurásico de Noé

Muchas son las dudas que siempre ha generado la historia bíblica de Noé y su Arca del Diluvio. ¿Cómo este anciano, con la sola ayuda de sus hijos, pudo construir esa prodigiosa estructura de madera? ¿Cómo se las arregló la heroica pareja de pingüinos para atravesar medio planeta, desde la Antártida hasta donde estaba el Arca? ¿Hizo bien Noé en sacar del agua a la pareja de peces para salvarla del agua? Pero la pregunta más inquietante, sin lugar a dudas, es: Si, según la Biblia, el mundo fue creado hace diez mil años, ¿cómo puede ser que los dinosaurios se extinguieran mucho antes, es decir, hace sesenta y cinco millones?

Los creacionistas tienen la respuesta: los dinosaurios, sin lugar a dudas, estaban vivitos y coleando en tiempos bíblicos. Ocurre que la datación de su supuesta antigüedad, como casi todo en este mundo, está mal hecha.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión: ¿por qué entonces el buen Noé no los subió a su Arca? Hasta ahora, la respuesta facilona a esta cuestión crucial había sido unánime: porque eran muy grandes y no cabían.

Hasta ahora. Porque en Williamstown, Kentucky, un hombre llamado Ken Ham, creacionista de profesión, se decidió a hacer la prueba empírica. Para ello, se lanzó a la tarea de construir un arca de madera a tamaño real, siguiendo escrupulosamente los planos (bueno, las medidas) que se mencionan en la Biblia. Y ya se vería si los dinosaurios cabrían o no.

El resultado fue impresionante. Tanto que debería reescribir la Historia entera.

Pero vayamos por partes: ¿quiénes son los creacionistas? ¿a qué dedican el tiempo libre? Los partidarios de la “ciencia de la Creación” surgieron en paralelo a las teorías de Darwin, negando la evolución y sosteniendo, con mayor sensatez, que el mundo y todo cuanto contiene se creó, literalmente, tal y como se explica en el Génesis, el primer libro de la Biblia. Pero los creacionistas, gente sensata, como dijimos, tampoco niegan la evidencia: hay esqueletos de dinosaurios, por lo tanto, los dinosaurios sí existieron. Solo que, sencillamente, no eran tan antiguos. Convivieron con nosotros, por lo menos, hasta el Diluvio universal. Y en este punto, llegamos a opiniones encontradas: hay quien dice que, justamente, el Diluvio fue la causa de su extinción. Otros afirman que sería incomprensible que Noé los hubiera vetado. Y a estos les responden que los dinosaurios, tan grandes ellos, sencillamente no cabían en el Arca. 

Hasta que llegó Ken Ham, para deshacer el entuerto. Consiguió unos 100 millones de dólares de donaciones privadas, algo ya de por sí más milagroso que todos los milagros de la Biblia, y en solo seis años volvió a construir el Arca. Eso sí, no con sus propias manos, como lo hizo Noé, sino con los servicios de una empresa constructora. La mole de madera ostenta unos 155 metros de largo, 26 de ancho y 15 de altura, que coinciden exactamente con las medidas en codos (300 codos de largo, 50 de ancho y 20 de altura) que le dictó Dios a Noé, según el libro del Génesis.

Este colosal Titanic bíblico es la principal atracción de un recinto llamado Ark Encounter (el Arca del Encuentro), en Williamstown, Kentucky. Está en medio de un páramo, porque la intención de Ken Ham era demostrar que los animales cabían, y no si aquel trasto era capaz de flotar. En su interior hay tres cubiertas, con 100 modelos de animales, alojados en celdas adaptadas al tamaño de cada pareja. También hay ascensores, aunque esto quizá sea una licencia creativa, en aras de la comodidad de los visitantes (la Biblia no dice nada sobre ascensores).

Los animales, eso sí, no están vivos. Son muñecos de factura realista, todos ellos, incluyendo los dinosaurios. Porque hay que decir que, efectivamente, hay dinosaurios. El viejo dilema de si estas bestias entraron o no en el Arca, de si cabían o no cabían, quedó maravillosamente resuelto en el modelo a tamaño real del Arca construido por Ken Ham, de forma tan simple como revolucionaria: Noé, astutamente, debió de subir cachorros de dinosaurios. ¡Cachorros! que por lo tanto no serían más grandes que un pony o un venado adulto. De esta forma, debieron caber perfectamente en el Arca. Por otra parte, es fácil imaginar que un tiranosaurio con dientes de leche causaría muchos menos inconvenientes dentro de la nave que un ejemplar adulto. De manera que Noé lo tenía todo perfectamente calculado, lo mismo que Ken Ham.

El Arca del Encuentro también explica, en sus numerosos paneles informativos, la cantidad aproximada de especies que subieron al Arca original: entre un mínimo de 1.500 y un máximo de 7.000. Evidentemente, hay muchas más especies. Millones, de hecho. Pero en el Arca de Ken Ham lo explican así: Noé subió a la nave a la parejita más representativa de todo un extenso grupo. Por ejemplo, un par de perritos en representación de toda la serie de los cánidos, incluyendo lobos, coyotes, chacales, y los cientos de razas de perros domésticos existentes. Una vez pasado el diluvio, ese único par de chuchos se empezaría a reproducir a lo loco y se volvería a generar otra vez todo el amplio abanico de la gran familia canina, en un enloquecido proceso evolutivo en cámara rápida que superaría con mucho los sueños húmedos del mismísimo Darwin. Nada mal, para una gente que desconfía de la evolución.

¿Y los dinosaurios? Una vez descendidos del Arca, los dinosaurios evolucionaron a combustibles fósiles.

En resumen, que usted puede vivir una experiencia mística impagable en el Arca del Encuentro, o casi impagable: 50 dólares la entrada, mas otros 10 dólares por el aparcamiento (mas las consumiciones, en el restaurante anexo, que no están incluidas en el precio de la entrada).

El Arca de Kentucky logra así el milagro de contestar a todas las preguntas. O a casi todas, porque aún nos queda una sin respuesta: ¿Cómo consiguió sobrevivir el Arca -que era de madera- a la voracidad de la pareja de termitas?

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De Zambia a Wakanda, las capitales del afrofuturismo

De Zambia a Wakanda, las capitales del afrofuturismo

Cuando, en 1964, Edward Makuka Nkoloso lanzó a la recién independizada República de Zambia a la carrera espacial y a la conquista de Marte, el mundo tuvo noticia de otra África bien distinta a la que nos ofrecen los tópicos. Un África de la era espacial, varios años por delante de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, las potencias más avanzadas de entonces.

Con el programa espacial africano de Makuka podemos decir que comenzó a gestarse aquello que, años después, acabaría conociéndose con el nombre de afrofuturismo, un movimiento que implicó a pensadores y artistas de las más diversas ramas de la cultura, pero todos enfocados en conectar África y vanguardia, África y el espacio, África y el futuro. Artistas fundamentalmente afroamericanos, desde el jazzman cósmico Sun Ra hasta los ritmos tecnocongoleños de Mbongwana Star, pasando por el funk espacial de Funkadelic. O escritores como Octavia Butler y otros autores de ciencia ficción, que mezclaron en sus libros tribus africanas y razas alienígenas.

Pero volvamos a Edward Makuka y su programa espacial. Nuestro hombre era un maestro de escuela zambiano que, a principios de la década del sesenta, aprovechó la inminente declaración de independencia de la futura república para lanzar su candidatura a la alcaldía de la capital, Lusaka, y, lo que es más importante, dar a conocer al mundo sus fantásticos planes de colonizar el planeta rojo. Para ello fundó y se puso al frente de la Academia Nacional de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía de Zambia.

El plan de Makuka era perfecto: sumarse a los fastos ceremoniales de la declaración de la independencia de la flamante República de Zambia con el lanzamiento, ese mismo día y desde el Estadio nacional de fútbol, de una astronave que pondría en Marte a un grupo de también flamantes zambianos. Para ello, la Academia Nacional de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía estuvo entrenando a un avezado equipo de afronautas, como se los denominó en la prensa. Un equipo formado por doce varones especialmente entrenados, mas una “chica espacial”, como la llamó Makuka (una joven de dieciséis años llamada Mata Mwambwa), una pareja de gatos (también, al parecer, especialmente entrenados) y un misionero cristiano. Al religioso, eso sí, se le dieron instrucciones estrictas de no imponer por la fuerza el dogma cristiano a los nativos que pudieran encontrarse en aquel planeta.

Al parecer, todo estaba preparado en la sede secreta que la Academia de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía había construido en un valle a unas siete millas de la capital, Lusaka. Allí, los afronautas recibían un riguroso entrenamiento, dando vueltas a un árbol con un gran bidón de aceite, o caminando sobre las manos, para emular las condiciones de falta de atmósfera que se encontrarían en el planeta rojo, según declaró Makuka al Lusaka Times. En el reportaje, Makuka insistía en el secretismo de la base espacial zambiana porque, decía, el país estaba infestado de espías soviéticos y americanos, que querían secuestrar a Mata Mwambwa, la chica espacial, y a los dos gatos, para apropiarse de todos los secretos de la tecnología espacial zambiana.

Zambia, en pleno corazón de África, pudo haber servido perfectamente de inspiración para Wakanda, el reino que imaginaron los guionistas de la Marvel Comics allá por 1966. Wakanda era un reino africano altamente tecnificado, y cuya máxima autoridad era el superhéroe Pantera Negra, que ejercía de monarca en sus horas libres. Pantera Negra mantenía la existencia de Wakanda, la nación tecnológicamente más avanzada del mundo, en el más estricto secreto, incluso para sus vecinos africanos. La explicación de tan tremendo desarrollo tecnológico se encuentra en un hecho acaecido en el pasado: la caída de un meteorito regaló a los nativos del lugar grandes cantidades de vibranium, un metal con fabulosas propiedades, que acabó dando a los wakandianos la supremacía tecnológica mundial. Wakanda, extrañamente, mantuvo una existencia secreta y aislada, en medio de un continente tercermundista, subdesarrollado y diezmado por el hambre. La neutralidad de Wakanda la asemeja a una Suiza africana (aunque en algún episodio entró en conflicto con el mundo exterior, y hasta llegó a anexionarse Canadá). Algo incomprensible para un superhéroe, Pantera Negra, que nació con la aparición del partido de los Black Panthers y la lucha por los derechos civiles de las minorías raciales en los Estados Unidos.

Pero, volviendo a 1964, ¿qué pasó con los afronautas zambianos? porque es evidente que no llegaron a pisar suelo marciano. Zambia, a diferencia de Wakanda, no contaba con una gran reserva de vibranium. Y, lo que es peor, tampoco tenía dinero, el vibranium del mundo real. La solicitud de siete millones de libras que la Academia de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía le hiciera a la UNESCO para financiar el programa espacial, finalmente no fue atendida. Y sin el dinero, Zambia no pudo lanzar sus cohetes y liderar la ciencia mundial. Además, el comité para la celebración de la independencia se opuso a incluir el lanzamiento de cohetes como parte de los festejos. Según Makuka, “estaban preocupados porque el polvo y el ruido aterrorizaran a los invitados”, y probablemente a toda la población. Y, para completar el cuadro de adversidades, Mata Mwambwa, la afronauta adolescente que lideraba el equipo, quedó embarazada en medio de los entrenamientos, y tuvo que regresar a su aldea junto a su familia.

El tiempo acabó sepultando en el olvido a Edward Makuka Nkoloso y sus intrépidos afronautas. Otros se acabarían llevando la gloria de viajar al espacio. Una reciente y hermosa exposición fotográfica de la artista y fotorreportera española Cristina de Middel nos ha vuelto a recordar aquella gran gesta que no pudo ser.

A fin de cuentas, siempre nos quedará Wakanda.

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La Familia de los niños psicodélicos de la Tía Anne

La Familia de los niños psicodélicos de la Tía Anne

Cualquiera que haya visto ese clasicazo del cine que es Village of the Damned (el pueblo de los malditos), conservará en la retina la imagen de aquel pequeño ejército de niños de cabellos platinados, vestidos de manera uniforme, caminando todos juntos, como un único individuo. Niños que no se comportaban como niños normales, que parecían estar unidos por una especie de conexión mental, y que iban generando una creciente aprensión entre las gentes del pueblo.

Algo parecido a aquel cuento de pesadilla existió en la realidad, solo que el batallón de inquietantes niñitos rubio platino no eran los villanos, sino las víctimas, involuntarios miembros de una extraña secta de Melbourne, Australia, conocida como La Familia.

A la cabeza de La Familia estaba la Tía Anne, es decir, Anne Hamilton-Byrne, una mujer rubia, elegante y sofisticada que, además, era la reencarnación de Jesucristo. Al menos, si creemos en sus propias palabras.

La glamourosa Tía Anne, un dios viviente, residía en una enorme y hermosa finca ubicada en el lago Eildon, en Victoria (Australia). Vivía allí rodeada de sus veintiocho hijos, unos conseguidos mediante adopciones fraudulentas (algunos acólitos de la Tía Anne trabajaban en el hospital de la localidad, y de vez en cuando “distraían” algún recién nacido, que acababa en La Familia), otros directamente donados por algunas de sus fervientes seguidoras.

Todo comenzó en los sesenta, unos años en los que, al parecer, comenzó casi todo. Tía Anne, madre y mesías, aseguraba que el mundo se iba a acabar pronto a causa de un holocausto nuclear masivo y que sus niños se acabarían convirtiendo en los salvadores del mundo. Esa era la razón de ser de aquellos niños, a los que se les blanqueaba el pelo y se les vestía con las mismas ropas para que parecieran y se sintieran hermanos, ignorantes todos ellos de sus distintas procedencias.

También se les sometía a una estricta disciplina, que no excluía los castigos corporales (Tía Anne gustaba de propinar contundentes lecciones de disciplina con el tacón de aguja de sus zapatos de marca) o prolongadas jornadas de ayuno. Para mantener aquella rigurosa disciplina, Tía Anne contaba además con la inestimable ayuda de las Tías, otras mujeres que, entregadas también ellas a la causa de salvar el mundo, vivían con los niños en la mansión del lago Elldon y fiscalizaban todas sus actividades. A veces los castigos no eran suficientes para mantener a raya a la tropa, y entonces Tía Anne recurría al LSD. Una buena dosis de ácido lisérgico por las mañanas contribuía inmejorablemente a reforzar la educación de los infantes en la idea de que su mamá, la querida Tía Anne, era Dios reencarnado y destinado a prepararlos para la misión definitiva: repoblar el mundo una vez que la Gran Hecatombe se hubiera producido. Y es que no hay nada como el LSD para que tu madre, tu perro o el carnicero de la esquina se presenten ante tus ojos como Dios en todo su esplendor.

Del suministro de la droga se encargaba el doctor Raynor Johnson, prominente psicólogo del Queens College de Melbourne. Por su parte Marion Villimek, dueña de la prestigiosa clínica psiquiátrica Newhaven, proveía generosamente a la Tía Anne de toda la logística necesaria. Es de destacar que La Familia estaba relacionada con la flor y nata de la sociedad australiana, en donde Tía Anne se movía como pez en el agua, y hay que decir que muchos de los miembros más destacados de la alta sociedad de Melbourne, entre los que había empresarios, médicos, políticos y abogados, estaban muy comprometidos con su noble causa, y aportaban fondos en forma de cuantiosas donaciones que permitían a Anne Hamilton-Byrne mantener a la mansión, a sus trabajadores y a sus veintiocho niños con holgura.

El aislamiento de los niños era casi total, recluidos como estaban en los límites de la finca. Pero en alguna ocasión las Tías les permitían dar un breve paseo. Así, escoltados y bajo su atenta mirada, los niños rubio platino deambulaban en rigurosa formación por las calles del pueblo más cercano, preguntándose cómo vivirían aquellas extrañas personas que no eran rubias, y que atisbaban con recelo el paso de la pintoresca comitiva. Acabado el paseo por el mundo exterior, la Familia volvía a su mansión a seguir esperando el Holocausto.

El problema es que el mundo, obstinadamente, seguía existiendo. Un problema este al que se suelen enfrentar, tarde o temprano, todas las sectas de corte apocalíptico. Los años fueron pasando, los niños se hicieron muchachos, y el deseado fin del mundo se resistía a llegar. Hasta que el 14 de agosto de 1987 y después de muchas denuncias de los vecinos del lugar, unos 100 agentes de la policía del estado irrumpieron en la finca de La Familia y acabaron liberando a los chicos de pelo platino.

Muchos de ellos, hoy adultos, han logrado recomponer sus vidas e integrarse, no sin ciertas secuelas, en el seno de la sociedad. Todo un logro, después de haberse criado en una casa en donde tu madre es Jesucristo con tacones, y con una buena ración de LSD para el desayuno. No cumplieron con su misión de salvar al mundo, pero al menos se salvaron ellos. En cuanto a la Tía Anne, consiguió zafarse de casi todos los cargos en su contra (las ventajas de ser un Dios viviente, y de tener muy buenas relaciones en las altas esferas). Acabó sus días en un hospicio, aquejada de demencia senil, y a punto de cumplir los 100 años.

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De luchadoras y exóticos: dos documentales imprescindibles sobre el deporte rey

De luchadoras y exóticos: dos documentales imprescindibles sobre el deporte rey

En nuestras recomendaciones de hoy, traemos un par de documentales que harán las delicias de toda la familia, siempre y cuando a la familia le guste la lucha libre.

El primero de ellos es Luchando con mi familia (The Wrestlers: Fighting with my family), un documental para la televisión británica del año 2012, producido por Channel 4, que cuenta la historia de los Knights, una irreductible familia de luchadores de Norwich, condado de Norfolk. Fundadores de una casi imaginaria “Asociación Mundial de Lucha Libre” en su ciudad del este de Inglaterra, la familia recorre los pueblos del condado en su furgoneta, organizando espectáculos luchísticos en míseros clubes de barrio. 

Los Knights son papá “Rowdy Ricky Knight”, mamá Julia “Sweet Saraya” Knight, los hermanos “Zak Zodiac” y Roy “The Zebra Kid”, y la hermana pequeña Saraya Jade “Britani Knight”. Forman una familia muy bien avenida, aunque cuando se suben al cuadrilátero se dan mutuamente unas buenas palizas. La vida familiar de los Knights, enormemente unida por la lucha libre, sufre un cataclismo cuando la mayor empresa mundial de lucha, la norteamericana WWE, en su paso por Inglaterra para reclutar nuevos talentos, acaba seleccionando a la pequeña de la familia, que deberá trasladarse a América para convertirse en una superestrella de la lucha. Seguimos entonces los pasos de Saraya Jade, desde su casita en los suburbios de Norwich, hasta un centro de alto rendimiento en California, en donde acabará convirtiéndose en “Paige”, una de las más carismáticas estrellas internacionales de la lucha libre femenina.

Tan carismática que la propia empresa que la contrató acabó produciendo, unos pocos años mas tarde, una película “de ficción basada en hechos reales” sobre la peripecia de la luchadora y su peculiar familia. Coproducida por la estrella de Hollywood y de la lucha libre Dwayne “La Roca” Johnson, la película, llamada también Fighting with my family y estrenada en 2019, consigue arruinar todos los atractivos que presentaba el documental original, empaquetando una típica “comedia dramática” hollywoodense al uso, con todos los tópicos que imaginarse pueda.

De manera que, atención, no se pierdan Fighting with my family, el documental, y huyan como de la peste de Fighting with my family, la película.


El otro documental que recomendamos enfáticamente es Cassandro The exótico!, dirigido en 2018 por la documentalista francesa Marie Losier, y estrenado en cines y en varios festivales, entre ellos, Cannes, en su sección Acid.

Hacemos un pequeño paréntesis introductorio: dentro del universo de la lucha libre mexicana, los “exóticos” son luchadores que han desarrollado un personaje abiertamente gay. Una modalidad, el “estilo exótico”, aunque muchas veces relegado a posiciones marginales, tiene ya larga tradición en la lucha libre mexicana. Y muchas estrellas, como Pimpinela Escarlata, Pasion Kristal, Pekador Eros, Estrella Divina, Diva Salvaje, Black Mamba o Polvo de Estrellas.

Aunque existe otro documental anterior que trata el tema (Los Exóticos, 2013), este que nos ocupa se centra en la figura de uno de los más carismáticos luchadores del estilo: Cassandro, también conocido como “el Liberace de la lucha libre”, por su personaje inspirado en el extravagante pianista y showman norteamericano. Cassandro, cuyo nombre verdadero es Saúl Armendáriz, nos va contando su ya larga carrera por los cuadriláteros —más de 25 años— su pasado de adicciones, su intento de suicidio, sus muchas heridas y lesiones, mientras lo acompañamos a sus entrenamientos, a sus giras por México, por Estados Unidos, por Europa… Asistimos a sus maratonianas sesiones de maquillaje, un proceso riguroso de acicalado de cejas, pestañas y labios, aplicación de purpurina, laca y oxigenado de cabello. Riguroso y sorprendente, si tenemos en cuenta que inmediatamente después se subirá a un cuadrilátero, con su larga bata de cola y sus boas de pluma, a darse mamporros con otro luchador. “Mi máscara es mi maquillaje”, explica Cassandro, cuando se le pregunta por qué no utiliza las típicas máscaras de la lucha libre mexicana.

Armendáriz, nacido en El Paso, Texas, decidió, a los dieciséis años, abandonar la escuela y dedicarse a la lucha libre, para lo cual cruzó el puente que sirve de frontera con Ciudad Juárez, en el lado mexicano. Aprendió los secretos de la lucha con Rey Misterio senior, quien también le sugirió el nombre que acabaría adoptando, inspirado en una famosa madama de Tijuana llamada Cassandra, que regentaba una célebre casa de putas y, a la vez, reinvertía el dinero ganado en hogares para madres solteras y niños de la calle. Cassandro fue el primer exótico en conseguir un título mundial de lucha libre, en 1992, un pequeño paso para Cassandro, pero un gran paso para traspasar fronteras de género, en un país tradicionalmente machista como México. La trayectoria de Cassandro ayudó a dignificar el papel de los “exóticos” en el mundo de la lucha libre. La directora Marie Losier lo siguió durante seis años, desde su apogeo en el mundo de la lucha hasta el inevitable comienzo del ocaso, para acabar de dar a luz este excelente documental que mezcla entrevistas con increíbles imágenes de archivo. No se lo pierdan.

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