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Dos potencias de saludan. Elvis y Nixon, la película

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¡Estamos de enhorabuena! Aunque aún sin fecha definitiva, Hollywood ha anunciado para este nuevo año el estreno de un largometraje sobre el explosivo encuentro en la cumbre entre el Rey del Rock y el más problemático de los presidentes de los Estados Unidos de América. Un vis-à-vis supersecreto que pudo haber tenido consecuencias inimaginables, y que se conoció muchos años después, cuando se desclasificaron los documentos correspondientes, para asombro del mundo entero.

La película, que se llamará Elvis & Nixon, será protagonizada por Eric Bana, interpretando al Rey, y Danny Huston en el papel de Nixon. Dirigirá el debutante Cary Elwes. Probablemente el guión se centrará en los acontecimientos previos al encuentro, el viaje de Elvis hasta Washington y los tensos preparativos que rodearon a la reunión.

Hay que decir que ya se había llegado a rodar otra película sobre el histórico momento. Fue un largometraje dirigido en 1997 por Allan Arkush, una producción televisiva que se llamó Elvis meets Nixon, un gran título con resonancias a otros encuentros de similar enjundia como Godzilla meets King Kong o Jesse James meets Frankenstein's daughter. 

Aunque los hechos son conocidos, no está de más resumirlos para refrescar la memoria: el magno acontecimiento tuvo lugar el 21 de diciembre de 1970. La tarde anterior a aquella mañana histórica Elvis abandona Graceland, su Camelot particular, y se embarca en un avión de American Airlines rumbo a Washington. Durante el vuelo, escribe una larga carta de presentación, unas cinco páginas en papel con membrete de la aerolínea, en donde expone al presidente del Mundo Libre sus preocupaciones sobre la juventud americana y las drogas sin receta, sobre el inquietante avance del comunismo y de la lucha de los Panteras Negras por los derechos de los afroamericanos, sobre el Peligro Hippie y, sin mencionarlos explícitamente, sobre la perniciosa influencia de los Beatles en América, asuntos todos de la mayor importancia y sobre los que el Rey tíene un plan de acción que proponer a Nixon. Esas cinco páginas escritas de puño y letra representan las Tablas de la Ley del Rey del Rock. La solución definitiva para combatir la decadencia del Imperio. 

A primera hora de la mañana del día 21, Elvis se presenta a las puertas de la Casa Blanca, atiborrado de drogas recetadas por sus médicos y rodeado de sus guardaespaldas. Lo recibe el encargado de la seguridad, ante quien entrega la carta dirigida al presidente y solicita formalmente una audiencia. El desconcertado empleado hace volver a Elvis a su hotel, con la promesa de darle una respuesta a lo largo de la mañana. Acto seguido, le anuncia a Nixon que "el Rey a venido a verlo", para sorpresa del presidente, que no esperaba ninguna visita internacional esa mañana. Le aclaran que se trata del Rey del Rock, y Nixon rápidamente decide improvisar un encuentro. Un par de horas después Elvis entra en el Despacho Oval. Luce un impresionante traje de terciopelo morado con abrigo del mismo color puesto a modo de capa, camisa de anchísimo cuello blanco, cinturón de imponente hebilla dorada, gafas de cristales ahumados con marco de metal plateado, con las iniciales "EP" perfiladas en brillante pedrería en la patilla, y su cetro-bastón de empuñadura esférica de marfil. Nixon lleva un traje gris. 

Luego del protocolario intercambio de saludos entre ambos titanes y las fotografías de rigor, en las que se ve a Nixon con cara de estar buscando la cámara oculta, Elvis le expone sus intenciones de lanzarse al rescate de América, para lo cual solicita formalmente "una placa de agente federal", que le otorgue plenos poderes a la hora de entrar en acción. Está dispuesto a echarse sobre sus espaldas la titánica tarea de limpiar el país. Nadie mejor que él, ciertamente, pues ya por entonces se estaba convirtiendo en una especie de superhéroe, con capa y todo. Experto karateca, con su indumentaria de corte especial (es justamente en 1970 y a propósito de la práctica de las artes marciales que comienza a utilizar sus famosos trajes de una sola pieza, que le permitían una gran libertad de movimientos) en la que destacaría bien visible su placa de policía, podría entrar en acción a patada limpia contra los comunistas, los hippies y los emporios del mal. Hay que decir que se adelantó a otro visionario, Steven Seagal, en varias décadas. 

Nixon se mostró moderadamente de acuerdo. En pocas horas los funcionarios de la Casa Blanca improvisaron una placa de policía con su nombre, y el Rey, luego de obsequiar al Presidente con un Colt 45 como el que él mismo portaba, cargado con siete balas de plata, se retiró satisfecho. Misión cumplida.

Al parecer, en los siete años que le restaban de vida, Elvis nunca llegó a hacer uso de la placa.

La carrera de Elvis se ha dividido tradicionalmente en tres etapas características: La del “Elvis la Pelvis", la del “Elvis gordo” y la del “Elvis muerto”. En la primera se coronó en los cincuenta como indiscutido Rey del rock. Luego de un impasse durante los sesenta, en los que se dedica sobre todo a hacer películas, llega la segunda fase, que coincidió fundamentalmente con su periplo por los casinos de Las Vegas, y en donde incorporó sus vistosos trajes de pedrería, con capa corta y cuello-gorguera y sus cinturones de fantasía, que lo convertirían en un género en sí mismo. Y por último, la tercera fase, después del año 1977. con las constantes apariciones y avistamientos de Elvis muerto-pero-vivo en algún supermercado o gasolinera de Texas, México o Buenos Aires, siempre fugaz y con gafas oscuras, a veces en una silla de ruedas, pruebas de vida puntualmente recogidas en la prensa sensacionalista durante las tres últimas décadas. El acontecimiento que registramos sucedió hacia los comienzos de su segunda etapa, su período más glorioso y estéticamente más ambicioso, en el que se transformó en una obra de arte viviente, en un superhéroe con patillas.

La película, ciertamente, promete ser épica a más no poder. Y ya nos imaginamos una segunda parte que entre de lleno en el terreno de la especulación, con un Elvis con sobrepeso trepado al Empire State, intentando derribar a manotazos los submarinos amarillos de la imparable invasión británica. Sería precioso.

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21/01/2012 14:52 wilbur mercer #. sin tema Hay 3 comentarios.

El Dolar mormón y el Antibanco de Dios

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“Más falso que un billete de tres dólares”, dice una sabia expresión popular americana. Bueno, no tan sabia, porque no siempre fue así: hubo un tiempo en que el billete de tres dólares existió realmente. Lo puso en circulación el profeta Joseph Smith, fundador del mormonismo, y para ello creó, por mandato divino, un Antibanco.

Algún descreído habrá que todavía piense que Dios y en dinero son conceptos que no pueden ir juntos. Que “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Nada más equivocado. No hay más que seguir el desarrollo de la actual crisis económica para ver que Dios siempre está de parte de la banca. Y con mucha más razón si del que hablamos es del Dios de los mormones, la religión americana por antonomasia. Pues, como dijo Warhol, “hacer dinero” es, con diferencia, la idea más americana que existe. Es lógico, pues, que eso mismo, “hacer dinero”, sea lo que el Dios americano haya ordenado a su profeta.

Joseph Smith fue un genio religioso que concibió enteramente su particular biblia dictándola con la cara metida en la copa de su sombrero. Llegó a tener treinta y cuatro esposas. Nos convenció de que los nativos americanos eran en realidad perversos judíos, emigrados desde Tierra Santa y reconvertidos en aztecas. Inició el éxodo de su pueblo hacia la nueva tierra prometida, Salt Lake City, la futura capital de Utah, el hoy todopoderoso estado mormón. Su iglesia lleva ahora a cabo la más extraña y ambiciosa operación religiosa jamás concebida por el hombre: bautizar en el mormonismo, con carácter retroactivo y uno por uno, a todos los muertos. Para lo cual han creado el mayor archivo genealógico del mundo, con más de mil millones de registros, custodiado en una fabulosa fortaleza excavada en el centro de una montaña de Utah (un lugar considerado el cuarto mejor protegido de todos los Estados Unidos, después del Pentágono, la Casa Blanca y Fort Knox). Una montaña con gigantescas puertas blindadas de metal dorado, y que recuerda poderosamente a la “fortaleza de la soledad” de Superman. 

Pero volvamos al billete de tres dólares. Hacia 1837 la comunidad de Joseph Smith atravesaba dificultades económicas, y el profeta le pidió consejo a Dios, quien, en su infinita sabiduría, díjole: “Imprime dinero”. Un consejo inmejorable, que Smith declaró haber recibido "de forma audible", es decir, de viva voz, y no sólo como una revelación espiritual. Así que el líder mormón se decidió a fundar un banco allí mismo donde se encontraban, en Kirkland, Ohio. Hay que recordar que por ese entonces el estado no imprimía los dólares, sino que  concedía licencias a entidades bancarias locales para que lo hicieran, previa acreditación de la debida solvencia. Ni que decir que no había mucha “solvencia” en las arcas del profeta, y la licencia fue rechazada cuando ya estaban hechas las placas para imprimir los billetes. Pero un mandato divino es un mandato divino. El profeta decidió, en un golpe de genio, agregar en las placas, en pequeño y delante de la palabra “Banco”, la preposición “anti”. De modo que los billetes ya no eran emitidos por un banco que no había sido autorizado, sino por un anti-banco que no necesitaba tal autorización. Así comenzaron a circular los espléndidos billetes de tres dólares del Antibanco de Kirkland. ¿Por qué billetes de tres y no de dos o de cuatro? Los caminos del Señor son inescrutables.

Pero las cosas no acabaron bien para este genio de la religión y las finanzas. El dólar mormón fue declarado sin respaldo y el Antibanco de Kirkland quebró por insolvente. Los billetes de dolar volvieron a la ortodoxia de las cifras pares. Los mormones, eso sí, acabaron demostrando una gran tolerancia hacia ellos, acumulando con el tiempo ingentes cantidades de billetes, sin importar su denominación u origen.

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Afrociencia sorprendente: Blackenstein

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De la avalancha de películas de bajo presupuesto hechas por actores negros y para un público negro que inundó las pantallas en los setentas, la gran mayoría era cine de acción, películas de hampones y policías en los barrios bajos de L.A. o Nueva York. Pero hubo producciones que escaparon a ese modelo y generaron curiosos subgéneros, como el cine de monstruos negros. La pionera fue Blácula, de 1972, peripecias vampíricas de un conde afrotransilvano cuyo éxito de taquilla propició una secuela un par de años después. No fue el único monstruo clásico revisitado: hubo también un Dr. Jeckyll y Mr. Black, por ejemplo. Y desde luego no podía tardar en llegar una versión negra del rey de los monstruos, este Blackenstein que hoy recordamos con devoción.

En un principo, AIP, los estudios que produjeron Blácula, eran los encargados de sacar adelante Blackenstein, y además con un presupuesto bastante generoso para este tipo de cine. Pero por alguna razón el proyecto acabó en manos de una modesta productora, Frisco, y con un presupuesto exiguo. Finalmente, en 1973 vio la luz esta obra maestra involuntaria del cine, Blackenstein, para mi y por muchas razones –ninguna de ellas buena– la mejor película de afromonstruos de la historia. Veamos: 

La primera novedad es que el padre de la criatura, el doctor Stein (Frank Stein, no me digan que no es ingenioso...) no es un excéntrico “científico loco”, sino todo un premio Nobel. Además, es blanco, el único en un elenco de personajes negros (tal vez, en una década en la que Obama era aún inimaginable, el director juzgó inconcebible un premio Nobel negro). El buen Dr. Stein es un científico serio y bienintencionado que, sin embargo, vive en un decrépito caserón castigado permanentemente por tormentas eléctricas, cena a la luz de las velas en su tenebroso salón, y tiene un laboratorio con artilugios de los años treinta aunque la película está ambientada en los setenta (sin duda ayudó que reutilizaran los decorados del Frankenstein de la Universal, de 1931...).

En el principio, tenemos a Eddie, un marine herido en combate. Por culpa de las minas antipersonas, perdió los brazos y las piernas, quedando convertido en un canelón humano (suponemos que andaría a cuatro patas sobre el campo minado, de otra forma no se explica). Su novia Winifred, que es médica, consigue que el afamado Dr. Stein se ocupe de él. Eddie tendrá una oportunidad gracias a la revolucionaria “solución de ADN” del doctor. La fórmula ya ha dado resultados en una mujer centenaria conservada como una treintañera, y en un hombre que recuperó una pierna aunque a cambio su piel adquirió rayas como de cebra. Como vemos, la “solución de ADN” es de amplio espectro.

Técnicamente hablando, la película es, digamos, peculiar: la música de suspense salta en los momentos en donde no pasa nada, mientras que en las escenas de tensión suena música de ascensor. La iluminación es tan escasa que resulta difícil ver a los actores (negros) en las escenas nocturnas, que ocupan casi todo el metraje. Al musicalizador sordo y al iluminador ciego se le suma un elenco de actores irrepetibles (afortunadamente). Joe deSue, el actor que interpreta al futuro monstruo es un prodigio de inexpresividad. En los escasos diálogos que tiene da la impresión de estar al borde del coma. Tal vez, pensamos, lo metieron al set drogado, única manera de hacerlo participar en la película. En todo caso, que sepamos, no volvió a interpretar ningún papel en el cine después de Blackenstein. Lástima, hubiera estado genial haciendo de la Momia.

La caracterización del monstruo es otra de las cúspides estéticas de la cinta. No tiene nada que envidiarle a los hallazgos de un Jack Pierce, el creador de la imagen del Frankenstein de Karloff. La nota más característica de nuestro Blackenstein es, naturalmente, su peinado afro con forma de cubo. Pero a eso hay que sumarle un impecable conjunto supercool de traje y sweater de cuello alto negros, al mejor estilo soulman, y unas botitas de media caña acharoladas que, suponemos, vendrían ya con el juego de piernas nuevas, puesto que el monstruo sale con ese look directamente de la mesa de operaciones. Tornillos en el cuello no lleva, porque Blackenstein, como buen hijo de su tiempo, no es producto de la electrolisis sino de los enredos con el ADN.

El elemento clave del filme es el ayudante del Dr. Stein. Un ayudante que ni es jorobado ni se llama Igor sino Malcolm, y al que a pesar de su titulación universitaria vemos servir los platos a la hora de la cena y realizar, en general, todas las tareas domésticas. Una curiosa mezcla de médico residente y mucama a tiempo completo. Malcolm, fatalmente, se enamora de la bella Winifred, pero ella está comprometida con el marine demediado. El asistente, entonces, manipulará la fórmula de ADN que le administran a Eddie, con la intención de frustrar su recuperación. Como consecuencia, a Eddie le crece un peinado afro cuadrangular y por las noches sale a destripar viandantes para regresar luego a su habitación. El Dr. Stein y Winifred sospechan que algo pasa con Eddie: ahora ya solo gruñe y camina rígido y con los brazos hacia adelante, como si fuera Frankenstein...

Malcolm, el asistente, mientras tanto, pierde la paciencia y el romanticismo e intenta violar a Winifred, pero se cruzará con Blackenstein y morirá destrozado. El monstruo, descontrolado, se lanza entonces a una orgía de destrucción y... 

Aquí viene uno de los finales más auténticamente apoteósicos de toda la historia del cine. No me puedo resistir a contarlo, de manera que quien quiera esperar a ver la película mejor no siga leyendo. También creo necesario advertir que si hay personas impresionables, abandonen este post ahora mismo... 

Pues bien, el Monstruo finalmente es atacado por unos perros..., que se lo comen. Han leído bien, se lo comen. En la escena final, los perros devoran con buen apetito una ristra de salchichas que, suponemos, el director ha querido hacer pasar por los intestinos del monstruo. Un inesperado final gastronómico que no dejará indiferente a nadie, no lo duden.

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Seguir siendo o no seguir siendo, esa es la cuestión

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Alcanzar la inmortalidad o diluirse en la nada de una vez y para siempre. Dos tendencias contrapuestas, dos aspiraciones, dos soluciones finales que, predecimos, triunfarán en el mercado de la Fe en la próxima temporada.

Superadas o caídas en el descrédito las viejas religiones y sus dogmas apaciguadores, surgirán sin duda nuevos cultos capaces de dar respuesta a la angustia de los hombres. Pero... ¿cómo serán estas religiones del futuro? Vamos a tomar como ejemplo dos novelas que describen el acontecimiento creativo más fascinante de que se pueda ser testigo: el nacimiento de una nueva religión destinada a cambiar el mundo.

La primera de estas religiones es la Elohimita, cuyo surgimiento se nos describe en la novela La posibilidad de una isla, del escritor y polemista francés Michel Houellebecq. La segunda, el culto Cavita, de cuya imparable expansión trata Mesías, del escritor americano, y también polemista, Gore Vidal.

La primera nos ofrece la vida eterna aquí en la Tierra, por medio de la clonación del cuerpo. La segunda, la desaparición total, la disolución en la nada a través del culto a la muerte y su conclusión obligada, el suicidio. ¿Con cual nos quedamos? inmortalidad o liberación, ese es el dilema.

En ambos casos, el profeta o mesías que da comienzo al culto debe morir (a manos de sus propios seguidores) para que la doctrina se dispare y alcance proporciones de epidemia universal. Ambas son religiones sin Dios, centradas en este mundo y no en el más allá. En la novela de Houellebecq, los Elohimitas buscan la vida eterna a través de la anulación de la muerte. Para ello recurrirán a la ciencia de la clonación, para replicar el cuerpo, siempre joven y sano, y transplantarle la memoria y la personalidad del original.

El principal interés del profeta Elohimita, sin embargo, será el sexo. Él predica el amor libre, y se rodea de un sumiso y joven harén. Seguir disfrutando de los placeres de la carne es un motivo más que suficiente para buscar y desear la inmortalidad... aunque la solución que proponen los elohimitas, contradictoriamente, acabará haciendo innecesario y hasta inconveniente el sexo como forma de reproducción (dado que con la clonación se perpetuarán los individuos ya existentes, no será buena idea agregar nuevos. Abolir la muerte implicará necesariamente abolir también los nacimientos).

En la novela de Gore Vidal, la religión Cavita nace cuando el empleado de una empresa de pompas fúnebres llamado John Cave recibe un conocimiento súbito, una iluminación: la muerte nos libera, nos disuelve en la nada, y esto es bueno, incluso maravilloso: “son los vivos los que padecen”, dice Cave. Los muertos forman parte de ese inconcebible todo que es la Nada. El mensaje de Cave, simple, directo y poderoso, es retransmitido por televisión desde la capilla de la funeraria en donde trabaja, y el efecto es inmediato: John Cave libera al mundo del Miedo, que es el miedo a la muerte. Sus adeptos se multiplican por millones. La prematura muerte del mesías tanático disparará aún más su credo hacia el éxito: pronto, los seguidores de Cave no querrán esperar la muerte natural, y optarán por la “vía cavita”, el suicidio.

Ambas ficciones encuentran eco en el mundo real: Houellebecq se inspiró abiertamente en el movimiento Raeliano para crear su religión. Este culto nació en 1973 a partir de las doctrinas de Raël, un profeta autoproclamado nacido en Canadá. Los Raelianos, que afirman que el propio ser humano es en su origen un clon, un experimento de otra raza venida del espacio, anunciaron en 2002 que habían conseguido clonar una mujer a la que llamaron Eva. Sus rituales también giran en torno al sexo y la libertad sexual: Las mujeres raelianas organizan marchas públicas a pecho descubierto (las llamadas Boob March) bajo el lema “libera tus pechos, libera tu mente”. Personalmente no le encuentro ninguna objeción a estas aspiraciones de inmortalidad y abundancia carnal. Que estas ideas le fueran reveladas a Raël mientras estuvo abducido por un platillo volante no les quita mérito. 

Por el otro lado, existe un movimiento (aunque no está organizado como religión) llamado Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT), que promueve la desaparición del género humano como la solución idónea a los problemas medioambientales. Hay que reconocer que esta también es una buena idea. Eso si, a diferencia de los Cavitas de la ficción, los “vehements” (nombre surgido a partir de las siglas en inglés del movimiento) no son partidarios del suicidio, del asesinato o del genocidio. Simplemente promueven la abolición voluntaria de la reproducción: si nadie tiene más hijos, en un breve lapso de tiempo la molesta humanidad desaparecerá, y con ella los problemas. Una actitud altruísta llevada hasta sus últimas consecuencias.

Ambas posturas, aunque afirmativa una y negativa la otra, comparten algunos puntos esenciales. No solo prescinden de Dios, como ya dijimos, sino que también prescinden de un “mas allá”, de la idea de una segunda oportunidad ultraterrena. Tanto en la línea Cavita como en la Elohimita, la cuestión es seguir siendo o no seguir siendo aquí, en este valle de lágrimas. Ambas, en definitiva, son formas contrapuestas del sentido común. Creo que ambas acabarán siendo modelos para las sectas triunfantes de este nuevo siglo, para las nuevas verdaderas religiones, y desde ya las apoyo calurosamente (eso sí, no les pienso donar ningún porcentaje de mis ingresos).

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Cómo acabar de una vez por todas con la música Disco

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El acontecimiento musical más importante después de Woodstock tuvo lugar en Chicago hace 32 años. Y curiosamente, fue un evento sin música. Se llamó The Disco Demolition Night, una descontrolada ceremonia pagana en donde se quemaron miles de elepés de los Bee Gees y Gloria Gaynor, con la intención de acabar de una vez y para siempre con la música Disco.

Altamont, Monterey Pop, Isla de Wight, Wattstax... muchos son los festivales musicales que lograron ir más allá de la música, y convertirse en indiscutibles hitos de la cultura de masas, y símbolos de una época. Pero lo que sucedió aquella noche del 12 de julio de 1979 cambió el rumbo de la música para siempre y clausuró toda una década.

El organizador del evento, un locutor de una radio local, jamás imaginó que lo que nació como una simple acción promocional para su emisora acabaría convirtiéndose en Historia. Y es que parece ser que todo lo relacionado con la música Disco es el resultado de un gigantesco equívoco, de una broma que acaba convirtiéndose en realidad. Hagamos un poco de historia: En 1976, un reportero de la New York Magazine debía rellenar unas cuantas páginas antes de la fecha de cierre. Nik Cohn, que así se llamaba el periodista, acabó presentando un largo reportaje sobre una nueva tribu urbana que poblaba las noches de los barrios de la periferia de Nueva York. Puso por título a su nota “Ritos tribales de la nueva noche del sábado”. En ella describía las inquietantes evoluciones nocturnas de una nueva especie de jóvenes suburbanos que recorría las calles entre discoteca y discoteca, haciendo de la pista de baile el altar de un ritual cuasi-pagano en donde cada noche se inmolaban a la mayor gloria de una adictiva nueva música sincopada. El reportaje contaba que “En la pista eran como soldados en un desfile, un pequeño batallón, uniformados con camisas de flores y ajustados pantalones de campana. Nadie sonreía ni mostraba la menor expresión. (...) Tema tras tema, hora tras hora, desplegaban sus rutinas, su ejercicio. Disciplina absoluta, el equilibrio más impecable”. Todo muy impresionante, si no fuera porque semejante “tribu urbana” existía solo en la imaginación de Nik Cohn. Tiempo después, el periodista reconocía que se lo había inventado todo, porque necesitaba colocar el reportaje, y que aquello era “lo peor que había escito en toda su carrera”. Pero para entonces era demasiado tarde. La bola (de espejos) ya se había echado a rodar, y se convirtió en un fenómeno imparable: Unos  avispados guionistas de Hollywood tomaron la historia y la transformaron en película, basándose en los chicos que describía Cohn para crear al inmortal Tony Manero, el protagonista de Fiebre de Sábado Noche, la película que disparó la moda Disco hasta el último rincón del universo conocido.

Como consecuencia del tsunami planetario que provocó la película, las discográficas se avalanzaron a producir como chorizos discos con el “nuevo sonido”, y se abrieron en cada ciudad infinidad de discotecas con sus bolas de espejos y sus luces audiorítmicas, que se poblaban cada noche de creyentes celebrando los “ritos de la nueva noche del sábado”. En poco tiempo, todo fue música Disco. Hasta los mismísimos Rolling Stones acabaron arrimándose al ascua con canciones como Miss You.

Demasiado para Steve Dahl, locutor de una radio de Chicago, que veía como se clausuraban programas de rock para pasar a emitir aquella omnipresente música de voces platinadas y sedosos arreglos de metales. Decidió organizar una protesta, que de paso serviría para promocionar su alicaída emisora. El evento estaba programado para animar el entretiempo de un partido de ese incomprensible deporte americano llamado beisbol. Steve Dahl había animado a los oyentes a que fueran al partido llevando sus álbumes de música Disco, para prenderles fuego en el centro del campo. Dahl se hubiera dado por satisfecho si conseguía que un par de miles de personas acudieran con sus discos, pero se encontró con unos 75.000 entusiastas dispuestos a contribuir al aquelarre. Durante el primer tiempo del partido, el clima era amenazante: la gente había desplegado grandes pancartas con la inscripción “la Disco apesta”. En el intermedio, los organizadores del evento colocaron una plataforma en el medio del campo, con una gran caja repleta de discos sobre unas “bombas” que eran más bien fuegos de artificio. Luego de un enfático discurso, se hicieron explotar las cargas, y los discos volaron por los aires. Todo resultó un tanto decepcionante, y así lo entendieron las miles de personas que se habían congregado para acabar con la música Disco. De manera que la multitud comenzó a forzar y derribar las vallas de seguridad que separaban al público del césped. Miles de enfervorizados melómanos ocuparon el campo, y al grito de “la Disco apesta” empezaron a prender fuego a los discos, generando columnas de humo por todas partes. La seguridad del estadio se vio completamente desbordada. Las pilas de discos en llamas se convertían en plástico derretido y humo negro, quemando de paso el césped del estadio. Pronto llegaron refuerzos de la policía antidisturbios, intentando contener a los melómanos pirómanos. Desde las gradas altas del estadio, los que no habían conseguido bajar arrojaban sus elepés de Village People, KC & the Sunshine Band y Donna Summer hacia el centro del campo, como una mortífera lluvia de estrellas ninja.

El acontecimiento se saldó con cientos de detenidos y el estadio inutilizado. La prensa de todo el mundo habló de la Disco Demolition como “la noche en que murió la música Disco”. El estilo entró en rápido declive y las emisoras de radio comenzaron poco a poco a cambiar su programación. Pero lo que aquellos amantes de la música no pudieron llegar a imaginar es que lo que se les venía encima era algo infinitamente peor: Comenzaban los ochenta...

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Sobre las mujeres barbudas (recomendación del verano)

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Las vacaciones sirven para ponerse al día con los libros, y esta vez le ha tocado el rescate de la pila de pendientes a este pequeño (apenas unas 130 páginas) gran ensayo de Pilar Pedraza llamado Venus barbuda y el eslabón perdido, publicado por Siruela hace un par de años.

El libro cuenta, de manera más o menos cronológica, la peripecia del "vello género", el de las mujeres barbudas y las damas pilosas, desde su presencia más o menos habitual en las cortes europeas del Barroco, hasta su infaltable incorporación a las Ferias de Fenómenos, tan populares en la norteamérica del siglo XIX. El recorrido acaba con un vistazo al arquetipo de la "mujer felina" en el cine y en el comic.

Hoy sabemos que las causas, perfectamente naturales, de tales pilosidades, son debidas a desajustes hormonales y otros desarreglos como el hirsutismo o la hipertricosis. Sin embargo, la imagen de una mujer barbuda no ha perdido su potencia ni su capacidad de inquietar. Como ejemplo, podemos ver en el Museo del Prado en Madrid un impresionante y bello retrato (pintado por José de Ribera, el Españoleto), de Magdalena Ventura, mujer barbuda de la corte de Nápoles, amamantando a su bebé y franqueada por su marido (que luce una barba más corta...).

Encendidos debates alrededor de la naturaleza de la mujer barbuda se han mantenido hasta el mismísimo siglo XIX. Paradigmático y terrible es el caso de Julia Pastrana, una mujer con el cuerpo cubierto de vello. Su fisonomía singular, unida a su corta estatura (apenas superaba el metro treinta), originó acaloradas discusiones entre médicos y zoólogos, quienes no se acababan de poner de acuerdo acerca de si Julia pertenecía al género humano o no, a pesar de que la aludida se expresara correctamente en tres idiomas y fuera muy aficionada a la lectura. Hasta el propio Charles Darwin intervino en la controversia (con la popularización de la teoría de la evolución, surgió la fiebre por el "eslabón perdido", ese escurridizo híbrido entre el hombre y el simio. Las mujeres pilosas volvieron a estar entonces de rabiosa actualidad, protagonizando muchas páginas en los medios). Un avispado empresario americano se casó con la mujer, para poder exhibirla ante el público en maratonianas giras por todo el mundo. Julia quedó embarazada, pero las dificultades del parto acabaron a los pocos meses con la vida del niño y luego con la propia madre. Su marido decidió entonces embalsamar a ambos y exhibirlos vestidos con trajes regionales durante los siguientes diez años. Entre tanto, el emprendedor manager se volvió a casar con otra mujer barbuda, a quien rebautizó como Zenora Pastrana, para presentarla como hermana de Julia y exhibirla también junto a los dos cadáveres...

No todas las mujeres barbudas, sin embargo, han tenido vidas trágicas. Algunas han lucido con garbo sus vellosidades, como la suiza Madame Clofullia, procedente de una familia respetable y felizmente casada, o la francesa Clémentine Delait, célebre propietaria del Café de la Femme à Barbe.

Ya entrando en el siglo XX, la presencia de las mujeres con barba es infaltable en los llamados Freak Shows, o ferias de fenómenos, un tipo de espectáculo muy popular en los Estados Unidos, nacido como parte del mundo del circo, sobre todo de la mano de P. T. Barnum, empresario y pionero del circo moderno.

Aunque los tiempos de los Freak Shows ya han quedado atrás, las mujeres con barba siguen siendo inquietantes. Y es que en el imaginario popular, la mujer barbuda es una criatura fronteriza. Siempre en el umbral entre hombre y mujer, entre humano y animal, entre civilizada y salvaje. Pero tal vez esta singular frontera acabe por desvanecerse: yo espero vivir lo suficiente para llegar a ver a una mujer barbuda como presidenta de los Estados Unidos, ministra de defensa de la Unión Europea o, por qué no, Papisa en el Vaticano. Muros más altos han caído.

Como sea, este libro resulta una muy amena lectura de playa. Aunque sinceramente podemos prescindir de la playa (para leer sigue siendo mucho más cómodo el sofá, frente a nuestro aparato de aire acondicionado favorito). En todo caso, no se lo pierdan.

Venus barbuda y el eslabón perdido - Pilar Pedraza. Ed. Siruela

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Platillos Volantes en nombre de Alá

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Científicos locos de enorme cabeza, musulmanes negros en Marte, naves gigantescas orbitando la Tierra... es lo que tiene el islam. El islam de Nación del Islam, claro: En lo más profundo de los Estados Unidos de América, la tierra de las mil religiones, nace un islam en donde cualquier parecido con el islam es pura coincidencia.

Todo se debe a la genialidad de un misterioso vendedor de ropa puerta a puerta, Wallace Dodd Fard. Nuestro hombre emigró en algún momento de los años veinte a los Estados Unidos y, después de dar tumbos por diversas ciudades, cambiar de nombre cincuenta y ocho veces y entrar a la carcel por deudas de juego y tráfico de licor; llega a Detroit en plena Depresión. Sumido en la pobreza, se dedica a vender ropa en los barrios negros de la periferia. En las visitas a sus clientes, aprovecha para predicar. Dado que con la Biblia tenía muchos competidores, Dodd Fard adopta el Corán, incomparablemente más exótico y menos conocido en América. La cosa no cambiaba mucho para él, puesto que era analfabeto. 

Dodd Fard se presenta como nacido en la Meca, descendiente de la realeza, y sus prédicas sobre la superioridad de la raza negra ganan rápidamente adeptos entre la población afroamericana, deprimida y marginada en aquella sociedad racista de los años treinta. Todo un mérito, considerando que Fard no era negro. Su ambiguedad racial (aunque él decía haber nacido en la Meca, el FBI lo supone originario de Hawai o de Nueva Zelanda), le permitían presentarse como blanco o como negro, según la conveniencia.

Fard otorga, personalmente, un nombre nuevo a cada miembro de su nuevo culto. Ese nombre (de sonoridades árabes, o bien simplemente una “X”) otorgará una nueva dignidad “de hombre libre” al que lo lleve. Aunque la dignidad tiene un precio: diez dolares por cada nombre, lo que le permitirá a Wallace Dodd Fard empezar a vivir como un sultán de la Meca.

Así nace, hacia 1930, Nación del Islam, la religión afroamericana más popular, con cerca de 50.000 seguidores al día de hoy. La religión de Malcom X y de Muhammad Ali.  Y como toda religión debe poseer su propia explicación del mundo, Dodd Fard desarrolló la suya. Decir que es sorprendente es quedarse corto:

Hace setenta y seis trillones de años, la Tierra surge de un átomo. También de un átomo surge el primer hombre (negro). Este negro primigenio llamado Alá crea más hombres negros, que se establecen en la Meca (para Fard, los negros no eran originarios de África, sino de Asia). Allí, el pueblo negro desarrolla una civilización tecnológica avanzadísima, bajo la dirección de 23 supercientíficos comandados por Alá (Alá no es, pues, un dios eterno e incorpóreo, sino un hombre mortal y un cargo sucesivo. Cada Alá vivió unos 200 años de promedio, hasta llegar al último Alá, nuestro Wallace Dodd Fard). La Tierra no era el único planeta habitado: el pueblo negro también floreció en Marte y en otros planetas más lejanos, cada uno con su respectivo Alá.        

Estos científicos crearon con su tecnología las montañas y los ríos y desarrollaron el Edén en la Tierra. Cada tanto algún científico enloquecía: hace sesenta y seis millones de años uno de ellos causó una gran explosión y un enorme trozo del planeta se desprendió, formando la Luna. Pero fue la locura de otro científico, uno que “tenía la cabeza de tamaño extraordinariamente grande” y era muy inteligente, llamado Yacub, lo que generó la peor de las catástrofes: se le ocurrió, hace de esto unos seis mil seiscientos años, inventar una raza blanca. Ante la lógica reticencia del resto de la comunidad científica, el alocado Yacub comenzó a experimentar con la reproducción, y por medio de cruzas y manipulaciones varias, consiguió eliminar los genes negros. Obtuvo así, artificialmente, unos especímenes de hombre totalmente blancos. Eran más débiles y menos inteligentes que los negros, pero lo compensaban con una maldad sin límite. Y fue hacia el mil quinientos de nuestra era que esta raza pervertida y artificial acabó esclavizando a los hombres negros.

Pero Nación del Islam tiene un plan: acabar con la malévola raza blanca. Y un medio para conseguirlo: Mother Plane, la Nave Nodriza, la madre de todas las armas, el arma definitiva de destrucción masiva del poder negro, que deja a Bin Laden a la altura de Heidi.

La Nave Nodriza es un gigantesco platillo volante de media milla de diámetro. Ahora mismo se encuentra orbitando alrededor de la Tierra, esperando el momento para lanzar su ataque. En su gigantesco interior contiene mil quinientos aviones equipados con bombas, preparadas para aplastar al hombre blanco, uno por uno, allá donde se esconda. La Nave Nodriza, según Nación del Islam, se construyó hacia finales de la década de 1930, por encargo de Wallace Dodd Fard, siguiendo los planos de los antiguos científicos negros. Pero el dato más desconcertante es que la Nave Nodriza ¡¡fue construída en Japón!! ¿Por qué el último Alá encargó a los japoneses la nave? Misterio. Tal vez se fiara de la legendaria discreción nipona, tal vez al ser los japoneses asiáticos, como los negros, sentía una suerte de complicidad... no lo sabemos.

El ataque de la Nave Nodriza estaba anunciado para principios de la década del 40. El caso es que Wallace Dodd Fard desapareció de la vida pública, tan misteriosamente como había llegado, antes de que esa fecha llegara a los calendarios. Su sucesor al frente de Nación del Islam, el profeta Elijah Muhammad, estableció la nueva fecha del ataque entre 1965 y 1970. El nuevo líder murió en 1975, sin que el ataque se hubiera producido, como es evidente. Aún no se ha establecido un nuevo día para el Juicio Final de la raza blanca. Mientras tanto, el gigantesco platillo continúa orbitando, imaginamos que al ritmo de Isaac Hayes o de Funkadelic.  

Habrá voces escépticas que dirán que la Nave Nodriza nunca llegó a construirse. Yo prefiero pensar que si. Como decía Wilde, “hoy día nos quedan tan pocos misterios que no podemos darnos el lujo de despedirnos de ninguno”.

Mientras tanto, los japoneses callan.   

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Sin pelos en la lengua: los perros parlantes de Hitler

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A raíz de la publicación de un libro de curiosidades caninas escrito por un historiador de la universidad de Cardiff, hemos llegado a conocer la historia de una de las divisiones especiales más fieles y disciplinadas del Tercer Reich: la Wooffan SS, la división de perros parlantes de Hitler.

A diferencia de los perros charlatanes del malvado Charles Muntz, de la película “Up”, los canes nazis no utilizaban ningún tipo de artilugio amplificador o ingenio mecánico. Simplemente aprendieron a hablar.

Los científicos del Reich sostenían que los perros eran lo suficientemente inteligentes como para mantener una conversación. Sólo había que enseñarles a comunicar, puesto que su única limitación era fisiológica. De hecho, decían, con su lógica eugenésica, los canes eran probablemente más inteligentes que la mayoría de las razas humanas no-arias. Y si los judíos hablaban... ¿por qué no los perros?

De manera que en los años treinta del siglo pasado se puso en marcha, cerca de Hanover, la Tier-Sprechschule ASRA, la célebre Escuela del Habla para Perros, dirigida por la entusiasta frau Margarethe Schmitt, a quien vemos posar orgullosa junto a sus alumnos de cuatro patas en alguna fotografía de la época. Primero se intentó comunicar con los canes por telepatía, pero pronto se reorientó el experimeto hacia la enseñanza del habla.

¿Simple amor a la pedagogía? de ningún modo: Los proyectos científicos de los nazis tenían todos una finalidad: el desarrollo de un arma de guerra a la mayor gloria del Reich de los mil años. El objetivo final de la Escuela del Habla era la creación de un cuerpo de elite, la Wooffan SS, formado por canes capaces de infiltrarse en las filas enemigas sin levantar sospechas, enterarse de sus movimientos, y volver para contarlo.

Un gran plan que tal vez hubiera cambiado los destinos del mundo de no haberse precipitado el final de la contienda.

La iniciativa no carecía de lógica: así como el francés es el idioma ideal para los lances de amor, siempre se ha dicho que el alemán es la lengua más indicada para hablar con el perro.

De manera que frau Margarethe comenzó reclutando a los perros más inteligentes del Reich, que empezaron por contestar preguntas simples utilizando sus patas sobre fichas de colores. Poco a poco, se les enseñó a hablar formando palabras, a través de un diferente tipo de ladrido para cada letra del alfabeto.

Los resultados, siempre según los testimonios recogidos por el doctor Jan Bondeson en su libro Amazing Dogs: A Cabinet of Canine Curiosities (Cornell University Press), eran espectaculares. Al principio, las proclamas de los perros arrancaron con una relativa simplicidad, como mostrar “hambre” o pedir insistentemente “pasteles”. Se dio luego el caso de alguno que llegó a solicitar “permiso para mover la cola”, y de ahí hasta el extremo de un terrier que llegó a expresar su deseo de unirse al ejército alemán porque “odiaba a los franceses”.

Boldeson destaca los casos específicos de Rolf, un terrier que, al parecer, mantenía apasionados diálogos sobre filosofía y religión. O el pequeño dachshund Kurwenal, que acostumbraba a contar chistes con especial salero (curiosamente, y suponemos que para consternación de los oficiales nazis, los pastores alemanes no destacaban por su conversación).

Tal vez haya en estos testimonios algo de exageración. Ya se sabe que los hombres tienden a sobrevalorar las virtudes de sus mascotas. Tal vez el reporte más creíble de todos los consignados en el libro del profesor de Cardiff sea el del perro Don, un pointier que era capaz de contestar con un rotundo y sonoro “¡mein führer!” cuando se le preguntaba “¿quién es Adolf Hitler?”. Un resultado un tanto melancólico, pero ni mucho menos desdeñable.

El abrupto final de la guerra acabó dispersando al deslenguado contingente de las Wooffan SS. Pero quién puede asegurar que no hayan continuado haciendo progresos en la clandestinidad. A lo mejor nuestro propio perro está ahora mismo leyendo por encima de nuestro hombro mientras pone cara de distraído. Tal vez acumula información, esperando la hora de reportar a sus nuevos amos cuando éstos se decidan a abandonar sus bases secretas de la Antártida, en donde ahora mismo acechan y esperan.

Nunca te fíes del todo de tu mejor amigo.    

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Del camión como una de las Bellas Artes

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Coincidiendo con la decadencia del glamouroso mundo de las galerías, museos y bienales de arte, se pone cada vez más en valor una forma de expresión ambulante a la vez grandiosa y popular: el arte de decorar camiones, construcciones móviles que por su exuberancia compiten de igual a igual con las grandes catedrales góticas o con los casinos de Las Vegas, que viene siendo lo mismo.

La escuela artística del camionismo se remonta hasta al menos principios del siglo pasado y sus ejemplos más rutilantes los encontramos en las plácidas carreteras paquistaníes. Entonces, la dura competencia por conseguir carga empujó a los camioneros locales a pintar y decorar de la manera más llamativa posible sus vehículos. Un paisajito por aquí, una guarda por allá... y la cosa fue imparable: la práctica evolucionó hasta amalgamar cientos de motivos religiosos, patrones ornamentales, retratos de la suegra o escenas de la vida doméstica, todo en vivos y contrastados colores. Naturalmente a la estructura original del camión se hizo necesario ir agregando paneles y plafones suplementarios para aumentar cada vez más la superficie pictórica. Como Moby Dicks aquejados de horror vacui, estos grandes leviatanes de la carretera se desplazan perezosamente y con orgullo por la geografía paquistaní.

Si en Paquistán el arte del camión es popular y masivo, en nuestro individualista occidente, en cambio, los ejemplos son puntuales y escasos. Podemos mencionar no un camión sino un autobús célebre por sus pinturas (siguiendo con la comparación con los leviatanes, el autobús vendría a ser al camión lo que la ballena franca al cachalote...) El famoso autobús del escritor y propagandista del LSD Ken Kesey y su grupo de agitadores contraculturales, que en los años sesenta recorrió los Estados Unidos de costa a costa promoviendo fiestas multitudinarias en las que se distribuía libremente ácido lisérgico. El autobús en cuestión estaba completamente cubierto de extravagantes pinturas psicodélicas fluorescentes, tanto por dentro como por fuera (una característica primordial de esta forma de arte, la decoración tiene que ser tanto interior como exterior) que lo convirtieron en la obra psicodélica más representativa del Verano del Amor. Tanto que hasta el Smithsonian intentó adquirirlo para su colección de arte americano (las andanzas de este célebre autobús se describen en la novela The Electric Kool-Aid Acid Test, de Tom Wolfe).

Pero quizás las más espectaculares de estas obras maestras del camión las encontremos en Japón: allí la afición se fue desarrollando desde los años setenta, y como toda tendencia en el país del sol naciente tiene un nombre sonoro: decotora. El decotora consiste en recubrir la superficie del camión con cientos de neones, luces de colores, luces negras, todo tipo de cromados y objetos brillantes, hasta dejar aquello como una discoteca ambulante, como un transformer de sábado noche, bola de espejos incuída. También aquí se anexan partes a la estructura original para aumentar la superficie a decorar, con lo que, como todo auténtico buen arte, ocasiona problemas con la policía (por constituir un peligro para la circulación, los decotora están casi al margen de la ley). Estos fantásticos leviatanes de la carretera  lucen todo su potencial por la noche, cuando despliegan todo su impresionante poder luminiscente, capaz de ocasionar epilepsia inducida en el distraído conductor que se los cruza inadvertidamente.

Así las cosas, en estos tiempos de aridez creativa, el arte del camión parece ser el único arte auténtico del siglo XXI. Si se cruzan con uno de estos especímenes por la carretera, no duden en seguir su estela: por un lado, disfrutarán de una experiencia estética inolvidable. Por otro, no olviden que en donde hacen la parada los camioneros, seguro que se come bien.

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06/02/2011 13:08 wilbur mercer #. Del camión como una de las Bellas Artes No hay comentarios. Comentar.

La cara oculta de la Luna

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Muchas fueron las formas en que, a lo largo de los años, los hombres soñaron la vida en otros mundos. Imaginativas visiones que dieron lugar a un sinfín de obras especulativas en la literatura y el cine. Así, hemos visto civilizaciones y pueblos mas allá de nuestro planeta, desde los muy tecnológicamente avanzados hasta los más bárbaros y primitivos. Pero ninguno tan singular como el que nos describe Doris Wishman en Nudistas en la Luna, su obra maestra, estrenada en 1961.

Wishman, que se inició tardíamente en la dirección de películas y lo hizo de manera totalmente autodidacta, ha sido muchas veces comparada, injustamente, con Ed Wood (injustamente para Ed Wood, digo). Esta visionaria mujer sacó buen provecho de un significativo hueco en la legislación audiovisual americana de la época: un precedente judicial que permitía, con fines didácticos, rodar escenas de desnudos siempre y cuando se realizaran en campamentos nudistas y tuvieran un carácter más o menos documental. Sobre esta piedra Doris Wishman edificó su obra.

Así es que, en 1960 y con un exiguo presupuesto que no llegaba a los 50.000 dólares, Wishman se embarcó en el más sorprendente relato de vida en otros mundos jamás contado: la historia de los nudistas del espacio exterior.

Pero vayamos a la película sin más dilación: un tío con una pipa y su sobrino, científicos ambos, deciden montar por su cuenta, con el dinero de una herencia, un cohete para viajar a la luna (un alarde de la famosa “iniciativa privada” que ha hecho grande a América, sin duda). Con unos trajes espaciales que harían felices a los Teletubbies, arriban a la soleada superficie lunar, un idílico paisaje con palmeras y un límpido cielo azul que recuerda extraordinariamente a Miami, lugar en donde coincidentemente se rodó la película (concretamente en el Coral Castle, un parque de curiosas estructuras hechas con 1.100 toneladas de piedra de coral, construído –de manera inexplicable– con sus propias manos por un inmigrante letón en los años cuarenta, como consecuencia de un desengaño amoroso. Pero esa es otra historia...). Allí habitan los selenitas, una civilización desnuda de la cintura para arriba, con unas curiosas antenitas en la cabeza (que la directora elaboró con las escobillas que se utilizan para limpiar las pipas), y que viven edénicamente, en una sucesión de juegos y bailoteos sin fin, dorando sus espléndidos cuerpos al sol de la Florid... de la Luna. Aunque hay algunos hombres, las selenitas son fundamentalmente mujeres. El selenita macho no parece pintar mucho en este mundo. Suponemos que por las ventajas evidentes que tiene la mujer en una civilización desnuda de la cintura para arriba.

Una vez alunizados, nuestros científicos descubren a las nudistas. Y a partir de este punto y por todo lo que resta de película, se dedican a... tomar notas y fotografiar a las muchachas, ora chapoteando en un estanque, ora jugando con un balón o girando risueñas en un tiovivo de piedra, mientras suena una musiquilla de piano ligero de fondo. Aquí, suponemos, se justifica el carácter “documental” de la cinta. El breve nudo dramático llega hacia el final, cuando el astronauta jefe le dice a su joven sobrino –irremediablemente enamorado de la reina de la luna– que hay que regresar, puesto que se les está acabando el oxígeno. El joven quiere quedarse, aunque, claro, entiende que sin oxígeno será muy difícil consumar su amor. Por lo tanto, vuelta a la Tierra y fin de la historia.

La película tuvo sus inconvenientes: en el estado de Nueva York fue prohibida bajo el peregrino argumento de “que en la luna haya campos nudistas no es verosímil”. La carrera de Doris Wishman –cuyo estilo característico incluye cambios inexplicables de raccord, escenas fuera de foco o largos planos de detalles sin importancia– continuó explorando las posibilidades del nudismo en cintas como Blaze Starr goes Nudist, Behind the Nudist Curtain o Hideout in the sun, o extraños thrillers del calibre de The Amazing Transplant o Deadly Weapons, sobre una mujer que se convierte en asesina en serie utilizando como arma letal sus enormes pechos.

Con el paso de los años, el tímido erotismo voyeurista de las películas del género “nudie” fue perdiendo su sentido frente a propuestas más explícitas, y directores del género como nuestra Doris Wishman fueron cayendo en el olvido. Pero a partir del redescubrimiento de su obra magna, redescubrimiento del que esperamos contribuir modestamente desde aquí, ya nunca podremos mirar la luna de la misma forma.

(Algunos años después del estreno de Nudistas en la Luna, la misión Apolo 11 llegó al satélite. Si el comandante Armstrong llegó a ver allí muchachas en topless, es algo que no llegaremos a saber nunca. A ese respecto, sus labios parecen estar sellados).     

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Llevando las ciudades al campo: Archigram

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Estamos en la década del sesenta. El mundo está dominado por una arquitectura racionalista, monocroma e hiperfuncional, conocida en su conjunto como estilo internacional. ¿Todo el mundo? No. Un pequeño e irreductible grupo de arquitectos de Londres conocido como Archigram resiste valerosamente a la pesadilla de Le Corbusier.

Utopistas, futuristas, imaginativos desbordantes, esta alegre muchachada londinense que en los años sesenta se agrupó en torno a una revista de arquitectura (Archigram Magazine, producida y distribuida en mano por ellos mismos), generó una serie de proyectos que estarían destinados a cambiar la faz de la Tierra. En el mundo real, el grupo solo llegó a construir una piscina para el cantante Rod Stewart. Pero en el papel... en el papel han llegado a realizar, con diferencia, la mejor arquitectura jamás imaginada.

Puede que fuera por la influencia del ácido, que se empezaba a consumir en Londres en cantidades industriales, pero en los proyectos de Archigram todo estaba vivo y en movimiento. En lugar de aburridos planos trazados con tiralíneas en negro sobre blanco, hicieron sus proyectos con collages, mezclando gráficos y alzadas con fotografías de moda e ilustraciones de tira cómica. Las ciudades de Archigram eran futuristas visiones de colores intensamente contrastados, habitadas por chicas ye-yé en minifalda y ojos de caleidoscopio, y extraños mecanismos como el impresionante “Tomate electrónico” (1969), un asistente personal con forma de tomate dirigido por radiocontrol, que podría ir a hacer la compra al supermercado por nosotros. 

Los geniales Archigram se atrevieron a representar en sus obras una potente combinación de cambio social y avances tecnológicos: buscaban hacer libres a las personas a través de una arquitectura móvil y maleable inspirada en los principios del módulo, el ensamblaje y la conectividad. Inspirados a partes iguales por el arte Pop y la ciencia-ficción, y reivindicando la obra del genio multidisciplinar Buckminster Fuller, el padre de la cúpula geodésica, los seis miembros de Archigram, los beatles de la arquitectura, tomaron como punto de partida los avances tecnológicos de la efervescente carrera espacial para imaginar una obra basada en el nomadismo, el movimiento y la autosuficiencia. 

Así, por ejemplo, surgen proyectos como la Ciudad Instantánea, que pretendía “llevar las ciudades al campo”, transportando todos los recursos de entretenimiento y diversión propios de una gran ciudad (cines, teatros, discotecas...), directamente por el aire, con la ayuda de grandes globos aerostáticos, a pequeñas poblaciones de manera rotativa. Así, cualquier poblacho de mala muerte podría transformarse en Las Vegas durante un inolvidable fin de semana.

Pero sin duda la idea más espectacular en este sentido fue la Ciudad Andante, un proyecto del año 1963 que contemplaba la construcción de toda una ciudad que se podría desplazar de un sitio a otro sobre largas y flexibles patas de metal. 

Imagínense: ¿el ruido y la contaminación se vuelven insoportables en la ciudad? ¡¡transportamos la ciudad al campo, en donde el aire es puro y reina la tranquilidad!! ¿Que nos gusta la playa? llevamos la ciudad a la costa ¿Preferimos la montaña? nos vamos a la montaña ¿Nos encanta París? llevamos nuestra ciudad hasta París, aunque tal vez al llegar allí París ya esté por Berlín, y Berlín camino a Moscú... 

Lamentablemente, hacia el comienzo de la década siguiente las utopías se fueron evaporando y el sueño tecnológico convirtiéndose en pesadilla. Los seis miembros de Archigram tomaron diferentes rumbos y, como dijo alguien una vez, “the dream is over”. La Ciudad Andante se quedó en los planos. Pero algunos no perdemos las esperanzas de hacer realidad algún día el sueño de dar la vuelta al mundo sin tener que salir de casa...

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El reino de la basura de Homer y Langley

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Hace unos meses se editó en castellano Homer y Langley, la historia novelada de los hermanos Collyer y su fabulosa mansión de desperdicios. Dos personajes sobre los que se habló muchísimo en la Nueva York de mediados del siglo XX, pero sobre los que poco se conoce en el resto del mundo.

Homer y Langley Collyer, hermanos solterones que provenían de una acomodada familia tradicional americana, pasaron casi toda su vida encerrados monásticamente en su mansión victoriana de la Quinta avenida, un caserón de cuatro plantas y dieciséis habitaciones, llena hasta los topes de toneladas de periódicos y cientos de objetos variopintos que recogieron de la calle durante años. Abogado uno e ingeniero el otro, una vez muertos sus padres tomaron la decisión de recluírse, y llegaron a tapiar puertas y ventanas, deambulando como minotauros en su laberinto entre los “túneles” que formaban los interminables muros de periódicos que, apilados en bloques macizos los aislaban eficazmente del mundo exterior.

Sin luz ni agua corriente, usaban el motor de un Ford T aparcado en el salón principal a manera de generador, y al parecer cavaron en el sótano un pozo para llegar a las napas de agua de la ciudad.

A principios de 1947, el desplome de parte de las montañas de periódico acabó con la vida de uno de los hermanos. El otro, aislado a pocos metros, murió de inanición. Los bomberos, ante la imposibilidad de acceder a la impenetrable mansión, tuvieron que levantar parte del tejado, y sacar, por medio de grúas, las más de trescientas toneladas de basura acumulada para poder llegar a los cuerpos, tarea que les llevó semanas.

Doctorow, el autor del libro, ha escrito una biografía novelada, o más bien, una novela a partir de los Collyer, e intentando mostrar su punto de vista. Por eso, no hay rastros de sordidez en el relato que nos presenta. Es más bien la narración del largo camino hacia la autoexclusión del mundo y de los usos sociales llevada a cabo por dos personajes inevitablemente entrañables.

El autor cambia deliberadamente datos de la biografía (los Collyer mueren en 1947, mientras que en la novela llegan hasta 1970; la verdadera mansión Collyer estaba en la Quinta avenida a la altura del Harlem,  en una época en la que Harlem era un rico barrio residencial para familias blancas, pero en el libro el caserón se levanta justo enfrente del Central Park...), cambios con los que Doctorow nos quiere dejar claro que no es su intención levantar acta precisa de la vida de los hermanos sino descubrirnos la esencia de la leyenda que comenzó a tejerse tras su muerte. Así, hace pasar a los Collyer por la década del sesenta, para emparejarlos a los nuevos estilos de vida alternativos y presentarnos su guarida como una especie de Templo de la Disidencia frente al mundo de la sociedad burguesa y bienpensante (en el tramo de la novela más flojo, todo hay que decirlo...), y a su colección de diarios como un intento de llegar a elaborar un “periódico total”, una summa de todos los acontecimientos que pudiera llegar a contener el mundo. Como un gigantesco internet hecho de papel, y alojado en una casa.

Tras ser vaciada (aparte de las toneladas de periódico aparecieron catorce pianos, veinticinco mil libros, instrumental quirúrgico, cientos de metros de telas de todo tipo, maniquíes, una enorme colección de armas, varias bicicletas, frascos con visceras humanas, decenas de trenes de juguete, cuadros al óleo, una piragua... y, por supuesto, el Ford T), la estructura de la mansión estaba tan podrida y deteriorada que fue necesario derribarla. En su lugar se abrió un pequeño y melancólico parque, llamado hoy Collyer Brothers Park, en memoria de Homer y Langley.

 

Homer y Langley, de E. L. Doctorow, está editado por Miscelánea.      

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Problemas técnicos

Quiero comunicar a los improbables lectores de La Caja Negra que el blog se volverá a actualizar en cuanto solucione algunos problemillas técnicos. ¡¡Hasta entonces!! (y espero que sea en breve, un saludo)

30/08/2010 21:43 wilbur mercer #. sin tema Hay 4 comentarios.

Fantasmas, kabuki y cintas de video

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Ahora que la más grande banda de kabuki-rock de todos los tiempos pasea sus venerables papadas por Europa presentando nuevo disco, es imprescindible que rescatemos esa joya del séptimo arte que protagonizaron nuestros héroes allá por 1978.

Hablamos, por supuesto, de los “fab four”: Paul, Gene, y los otros dos. Es decir: KISS. 

La película: KISS meets the Phantom of the Park, obra maestra del cine sonoro estrenada directamente en la tele, dirigida por el alemán Gordon Hessler a la mayor gloria de la banda, y que marcó un antes y un después. Al menos, para su director, que después de esto no consiguió remontar su carrera.

El título ha sido traducido al castellano indistintamente como “KISS y el ataque de los fantasmas” o como “...contra el fantasma del parque”, señal de que no queda muy claro a qué se refiere con lo de los fantasmas, porque en la película lo que hay son robots, y también un maligno genio del mal, el inquietante Abner Deveraux (Anthony Zerbe), un virtuoso de la ingeniería que construyó el parque de atracciones que da título a la película, y que opera desde un sofisticado laboratorio subterráneo construido bajo el propio parque. Si amigos, Abner Deveraux está resentido porque no consigue más fondos para sus extravagantes investigaciones (a la manera de un moderno Doctor Moreau, construye autómatas para las atracciones del parque) y aprovecha un concierto de los KISS en las inmediaciones de la montaña rusa para planear su venganza contra el mundo.

La película nos presenta al que quizás sea el científico loco más inofensivo de la historia del cine, con el Plan para Dominar el Mundo más peregrino que pueda imaginarse (y por eso mismo, el más inquietante: porque dominar el mundo tirando bombas atómicas está al alcance de cualquiera). Abner Deveraux planea construir dobles-robotizados de los mismísimos KISS, para que, en reemplazo de los originales, den un concierto en donde las letras de las canciones, modificadas con mala intención, lancen a los jóvenes espectadores como auténticos zombies posesos a una orgía de destrucción. A mí como plan me parece muy ingenioso y hasta sublime. Otra cosa es que funcione.

Es cierto que la película, después de la potente introducción musical con los KISS en croma sobrevolando el parque, cae un poco en el tedio en los primeros minutos, digamos en los primeros sesenta minutos. Pero luego remonta el interés en cuanto empieza la acción. Concretamente, cuando los KISS se enfrentan a un grupo de monos albinos robot. Antes de eso, sin embargo, cabe reseñar una escena curiosa: la policía acude a casa de KISS (los KISS viven juntos, en un chalet, compartiendo piso como los cuatro solterones que son) y allí los vemos, sentados al borde de la piscina, en unas sillas altas de socorrista, pero sin bañarse. Porque como dice sabiamente uno de los policías: “los rockeros no se bañan”. Ni se sacan las botas de plataforma, debemos agregar. En la casa también nos enteramos del origen de los poderes de KISS: unos talismanes, provenientes de alguna innominada antigua cultura del espacio exterior, suponemos (en la película no nos lo aclaran), sin los cuales el Demonio no podría echar fuego por la boca, el Chico de la Estrella no lanzaría rayos por los ojos, el Hombre del Espacio no volaría y el Hombre Gato no sobreviviría a la cirrosis (hay que decir que al baterista hubo que doblarlo porque debido a su borrachera permanente no se le entendían los diálogos).

Y así llegamos al momento culminante de la película: el archimalvado Abner Deveraux secuestra a los KISS, y en su lugar envía a sus dobles robots al concierto. Estos tocan de manera convincente pero en el estribillo cantan “¡¡romper y destruir, romper y destruir!!”, y la masa de jóvenes fans comienza a verse afectada por el sutil condicionamiento subliminal del intrigante científico. Pero entonces los auténticos KISS escapan y se enfrentan a sus simulacros. Una vez descabezados, recuperan el control del concierto y restablecen el auténtico mensaje del rock. Es la apoteosis, amigos.

Y para terminar, nos encontramos con uno de los finales más extraños que nos haya dado el cine desde el 2001 de Kubrick: cuando la policía entra en el laboratorio subterráneo de Abner Deveraux, se lo encuentran sentado frente a los mandos de su moderna consola de controles giratoria, virtualmente momificado: al ver sus planes malogrados, del disgusto el pobre Deveraux envejeció de golpe literalmente unos doscientos años. El estrés y una dieta pobre en antioxidantes pudo con él. Como dice uno de los perplejos policías, “creó a KISS para destruir a KISS, pero perdió”.

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La increíble secta de los decoradores dementes

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A unos pocos kilómetros de Turín, en un valle de los Alpes, hay un fastuoso y gigantesco complejo de templos paganos excavados en el interior de la montaña que se ha mantenido oculto durante décadas. Y todo gracias al impulso de un visionario constructor autodidacta. 

Este monumento setentero, el sueño húmedo de un Liberace, responde al nombre de Damanhur y ya es considerado la Octava Maravilla del Mundo (con el permiso de King Kong).

Su creador, el gran Oberto Airaudi, vendedor de seguros y visionario, hubiera podido hacer fortuna como interiorista en Las Vegas, pero prefirió legar a la humanidad los fabulosos e incomparables Templos de Damanhur.

La construcción de los templos comenzó hacia 1978, como respuesta a las visiones místicas de vidas pasadas que desde niño se le revelaban a este piamontés. Una voz pareció indicarle “cava y decora”, y una vez hubo conseguido los suficientes medios económicos, se lanzó a ello. Durante más de veinte años, las excavaciones y las obras se mantuvieron en el más absoluto secreto. Oberto, junto con un grupo de seguidores, trabajó de manera totalmente autodidacta, tanto en la perforación de la montaña como en la profusa decoración de las estancias, que incluye inacabables murales al fresco, vidrieras, altas columnas esculpidas, mosaicos y cúpulas colosales, multitud de esculturas y bajorelieves y mucho, mucho oropel.

Los templos parecen haber sido elaborados por el decorador de Tim Burton después de haberse comido una paella hecha con una partida caducada de LSD. Sus minuciosas ornamentaciones dejan al bueno de Gaudí como un minimalista melindroso. Todo el complejo ocupa unos 91.000 metros cuadrados, y según su creador son al día de hoy apenas un diez por ciento del total del proyecto. 

Hace unos años, un disidente del grupo reveló a las autoridades italianas la existencia de las construcciones. Las fuerzas públicas hicieron acto de presencia en el valle, amenazando a los damanhurianos con, literalmente, dinamitar la montaña si no se les permitía una inspección de los templos. Oberto accedió y, después de ver aquello con sus propios ojos, el comisario inexplicablemente no echó mano de la dinamita. Antes bien, acabó concediendo los permisos necesarios para continuar las obras, y así los increíbles Templos de Damanhur se abrieron al mundo exterior. 

Hay unos nueve templos, cuyas diferentes estancias se encuentran a distintos niveles de profundidad, unidas por un laberinto de túneles. La entrada se hace por el templo más antiguo, llamado “Templo azul”, el primero construído, un espacio completamente cubierto de mosaicos cerámicos y pinturas formando alegorías. En el suelo de esta estancia se abre, mediante un mecanismo, una escalera oculta, que nos lleva sucesivamente por los otros templos:  “del Agua”, “de la Tierra”, “de los Metales”, “de los Espejos”, “de las Esferas”... La finalidad de todo el recorrido es ilustrar ni más ni menos que la Historia del Mundo, de la Naturaleza y de la Humanidad.

Los damanhurianos son al día de hoy una comunidad de unos mil miembros aparentemente inofensiva. Viven en “ecoviviendas” en el valle, alrededor de los templos, y se dedican a la huerta, los trabajos en el propio templo y al desarrollo personal; una especie de “experimento comunal” new age. Sus miembros han adoptado nombres tan sonoros como “Espéride Ananá” o “Macaco Tamarindo”, sonríen todo el tiempo y, en general, parecen felices. Pero el verdadero potencial de peligrosidad del grupo se encuentra en su incontinencia decorativa: algún día sus caleidoscópicas desmesuras esmaltadas y bañadas en pan de oro acabarán rebasando los límites de sus templos y se extenderán por el mundo, convirtiendo nuestro querido planeta en un gigantesco huevo de Fabergé. Hay que estar alerta.

 

Los Templos de Damanhur se encuentran en Valchiusella, a unos 50 kms. de la ciudad de Turín.

 

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