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Genios incomprendidos de la música: Muzak

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Bach, Mozart, Beethoven, Muzak. Esa es la línea ascendente que marca la evolución de la música en la cultura occidental. Pero resulta que Muzak no es una sola persona, sino toda una empresa. Una empresa que, con riguroso método científico, se dedicó a fabricar música especialmente concebida para hacernos trabajar hasta morir pero sin perder la sonrisa.

Todo comenzó con un general del ejército de los Estados Unidos llamado George Owen Squier, que inventó un sistema –el Multiplex– capaz de enviar información analógica a través del cableado eléctrico. De esta manera, se podía enviar música directamente a cualquier punto de la ciudad que dispusiera de instalación eléctrica, por ejemplo, una fábrica. Entonces alguien pensó que esa música podría, ya de paso, servir para algo: algo como que la gente trabajara más mientras la escuchaba.

Para esto era necesario utilizar una música hipnótica, que impulsara al obrero a generar, como en estado de trance, un flujo de trabajo constante y eficiente durante todo el día. Pero, claro, una música capaz de hacer tal cosa todavía no estaba inventada.

Así nace, en 1922, Muzak, una grandiosa empresa formada por técnicos, científicos y psicólogos encargada de generar el milagro y proveer de música mesmerizante a medida y por encargo para sus clientes (fábricas y grandes empresas, básicamente), dando nacimiento a lo que se conocería mundialmente como “hilo musical”. 

Puesto que esta música debía cumplir una función muy concreta –incrementar la productividad– los genios de Muzak hicieron un trabajo científico pionero en la comprensión de la manera en que la música se relaciona con el estado de ánimo y la conducta. Contaban, además, con un plantel de músicos estable que grababa las composiciones, siguiendo sus estrictas pautas. Luego, la música se transmitía –a través de la red eléctrica– por unas cajas provistas de altavoces, similares a un equipo de radio, que la compañía distribuía, y que, colocadas en cada despacho, sala, oficina o taller, no dejaban nunca de sonar, para beneficio del progreso material.

Muzak se dedicó a facturar tanto composiciones propias como versiones de temas ya populares. Y es aquí donde debemos reconocerles la más alta cota de genialidad: hacia los años 40 los ingenieros de Muzak habían perfeccionado su técnica: Lo primero era quitar la letra y la voz, paso fundamental para despersonalizar la canción elegida. La música de Muzak era, por este motivo, siempre instrumental. Después venían los arreglos: se procedía a simplificar el rango tonal, llevando todo a los tonos medios, saltándose tanto los molestos agudos como los graves, “aplanando” el sonido lo más posible, para evitarle al oyente el más mínimo sobresalto. El principio rector de la música de Muzak era pasar totalmente desapercibida. Se limaba el sonido con sedosos y acariciantes arreglos de cuerdas, y se reducían al máximo percusiones y demás instrumentos chirriantes . Aplicaban además un procedimiento al que llamaron “Stimulus-Progression”, que consistía en ciclos que aumentaban levemente, cada quince minutos exactos, la intensidad y el ritmo de la música, para generar en el oyente un “subidón” que lo mantuviera embobado pero despierto y lo hiciera aumentar el ritmo de trabajo a lo largo del día. La empresa floreció especialmente durante los años de la segunda guerra mundial, cuando se hizo necesario estimular locamente la producción en todas las fábricas del país. Era sonar Muzak, y no parar de fabricar zapatos, misiles o lo que fuera.

En poco tiempo la música de Muzak acabó dominando el mundo, consiguiendo unos cien millones de oyentes. La compañía estableció estudios de grabación (y orquestas estables) por toda norteamérica. Sus interpretaciones sonaban en todas partes, como omnipresente banda sonora de nuestra vida (laboral). Hasta el presidente Eisenhower mandó instalar, en los años cincuenta, aparatos de Muzak por toda la Casa Blanca.

No les faltaron detractores, sin embargo: hubo quien calificó los métodos de Musak de “pura pseudociencia”, aduciendo que solo se trataba de musiquilla intrascendente, y que no estaba probado que consiguiera aumentar el ritmo de trabajo o la productividad de los empleados. Muzak siempre se defendió jurando una y mil veces que su sistema de composición, arreglos e interpretación era infalible en la tarea de lavar el cerebro y producir zombis que trabajaran sin descanso. Otros llamaron a sus producciones “música de ascensor” o “música para aeropuertos” de forma despectiva, sin llegar a entender nunca que el sonido intrascendente era justamente el gran objetivo de Musak. Objetivo alcanzado generosamente, hay que decir, puesto que, aunque la hayamos oído mil veces, es completamente imposible recordar nada de su música.

Pero eso fue la gran tragedia de Muzak: haber conseguido crear una música que pase completamente desapercibida, que nadie recuerde, que a nadie distraiga ni llame la atención fue sin duda el principal motivo por el que hoy no se coloque a Muzak en lo más alto del podio de la creación musical. Porque mientras año a año se celebran grandiosos festivales en honor de un juntanotas como Wagner, la música de Muzak no goza hoy del reconocimiento que se merece. ¿Qué otra cosa sino sopor produce El Anillo del Nibelungo, comparado con la versión Muzak de Amapola, que ha puesto a trabajar de 8 a 17 hs a generaciones enteras?

Hacia mediados de la década de los sesenta, y según crecía la tendencia que asociaba la música a la rebeldía, la influencia de Muzak fue declinando, y ya con el cambio de siglo acabó absorbida por la compañía Mood Music, un proveedor de música enlatada de todo tipo, que sin embargo aún conserva un pequeño apartado de “la vieja y tradicional música de ascensor”. Un melancólico final para la música intrascendente más trascendente de la historia.

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29/03/2016 21:06 wilbur mercer #. sin tema Hay 2 comentarios.

Más fiable que el WhatsApp: la precipitación postal de los Mahatmas

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Vamos a hablar hoy aquí del sistema de mensajería más revolucionario de los últimos siglos. Más barato que el correo electrónico, más eficaz que el Messenger, más rápido que el WhatsApp. Vamos a hablar de los Mahatmas y su exclusivo método de precipitar cartas directamente, como quien dice, sobre la cabeza del destinatario. Nunca se ha visto nada igual.

Aclaremos que con lo de “cartas precipitadas” no nos estamos refiriendo a mensajes escritos con prisas, sino, literalmente, a misivas caídas desde el cielo, materializadas a partir de la nada: cartas que se solidifican como en el precipitado de un experimento de química, un procedimiento tan eficaz como sorprendente.

Empecemos por el principio: ¿quienes son estos Mahatmas? También conocidos como “maestros ascendidos”, los Mahatmas son unos misteriosos sabios que viven en lo más alto del Himalaya, en el Tíbet. Aunque a juzgar por los únicos retratos que existen de ellos, muy tibetanos no parecen.

¿Y a qué dedican el tiempo libre? Pues a mantener una lucha secreta sin cuartel por el destino del cosmos, contra las fuerzas oscuras, nada menos. Como unos caballeros jedi que en lugar de espadas láser utilizan la correspondencia como arma definitiva.

Estos señores de mirada intensa casi nunca se dejan ver por el común de los mortales. Casi. La excepción se llama Helena Petrovna Blavatsky, más conocida como Madame Blavatsky, quien tuvo el privilegio de ser discípula de dos Mahatmas: el maestro Morya y el maestro Kuthumi, y de haber intercambiado con ellos un montón de cartas precipitadas, directamente desde las alturas del Himalaya hasta la sede de la Sociedad Teosófica, una sociedad para el perfeccionamiento espiritual que Blavatsky fundó y dirigió con mano de hierro allá por finales del siglo XIX. El movimiento teosófico llegó a tener una enorme influencia entre las más variadas personalidades de occidente, entre las cuales había artistas, intelectuales y políticos. Las cartas precipitadas de los Mahatmas contribuyeron grandemente a definir el clima espiritual de la época, pero lo que nos interesa aquí no es el contenido, sino la forma en que las cartas se enviaban: la precipitación.

El procedimiento era el siguiente: durante las reuniones, a alguno de los ilustres miembros de la Sociedad Teosófica le caía sobre la cabeza un sobre dirigido a su nombre. El sobre contenía una carta, que podía ser un breve mensaje o una extensa misiva de varias páginas, y que acababa siempre con la firma de algún Mahatma. Los miembros de la sociedad las denominaban “cartas precipitadas” por la curiosa costumbre de caer, literalmente, sobre la teosófica cabeza del destinatario. Aunque no siempre se recibía el mensaje de forma tan directa: puesto que era posible que la persona a la que se le remitía no estuviera presente en ese momento en la sala, la carta se materializaba entonces dentro de un gabinete ubicado justo al lado de las estancias personales que Madame Blavatsky ocupaba en la amplia casona que servía de sede a la Sociedad.

Las cartas de los Mahatmas hablaban de todo un poco, sobre esto y aquello, de las cosas divinas y humanas. A veces daban profundos consejos espirituales, y otras hablaban del tiempo o de bueyes perdidos. Pero nunca faltaba una recomendación para que el remitente atendiera las necesidades materiales de Madame Blavatsky, la intermediaria. Lo más importante para los Mahatmas era el bienestar de Blavatsky. Esto dio pie a más de un malpensado a sugerir que las cartas las escribía la propia Madame Blavatsky, claro. Ya sabemos que la gente es mala y comenta.

El caso es que Blavatsky era muy austera: conque dispusiera de ropa, comida, una casa amplia situada en un buen barrio y dinero en efectivo para sus múltiples viajes, pues casi que no necesitaba más. Afortunadamente, los teósofos que recibían las cartas de los Mahatmas eran lo suficientemente asquerosamente ricos como para atender esas pequeñas necesidades sin demasiados problemas. Mientras vivió, y gracias a las cartas de los Mahatmas, Madame Blavatsky dispuso siempre de una muy sencilla mansión y una cuenta muy corriente en el banco.

Hay que decir que los suspicaces acusadores contaron con la inestimable confesión de los caseros de la sede de la Sociedad Teosófica, un matrimonio que se encargaba de las tareas de mantenimiento en la finca, y que acabaron declarando que había un sistema de pasadizos, paneles corredizos y trampillas entre las habitaciones de Blavatsky y los techos de los salones, a través de los cuales se dejaban caer las cartas. Pero tan absurda acusación pronto fue desactivada, al comprobarse que los calumniadores habían sido despedidos recientemente de sus puestos por la propia Blavatsky, y seguramente buscaban vengarse de la buena mujer desacreditando a los Mahatmas. Y sí, era cierto que los pasadizos existían, pero se comprobó que estaban sólidamente sellados. Caso cerrado.

Los Mahatmas, por otra parte, escribían de manera muy diferente: mientras el maestro Kuthumi utilizaba siempre tinta azul, y tenía una caligrafía aplicada, el maestro Morya, en cambio, escribía a lo loco, con tinta roja y letra ágil, garabateada en renglones torcidos.

Las perlas de sabiduría que destilaban los Mahatmas en sus comunicados fueron muy importantes para la difusión de la teosofía, aunque surgieron acusaciones de que párrafos enteros de estas cartas repetían palabra por palabra páginas del libro de un conocido oculista y espiritista americano. A primera vista pudiera parecer un claro caso de plagio, pero Madame Blavatsky explicó que, seguramente, los Mahatmas, allí en lo alto del Himalaya, pudieron haber leído una copia del mencionado libro en el plano astral, y ciertos párrafos pudieron luego surgir en las cartas de manera subconsciente.

Después de la muerte de Helena Blavatsky, en 1891, toda esta febril actividad mahatmática postal prácticamente se esfuma, lo que evidencia lo mucho que les debió haber afectado a los Mahatmas la desaparición de su principal discípula. Con el nuevo siglo, la influencia de la teosofía fue declinando hasta casi desaparecer. Y en cuanto a los Mahatmas, solo podemos suponer que seguirán precipitando cartas sobre quién sabe qué cabezas, sin obtener respuesta. 

En la British Library de Londres se conservan muchas de las cartas de los Mahatmas, un auténtico tesoro que, de hecho, se puede consultar, previa solicitud de un permiso especial.

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¡¡Y mis colegas decían que estaba loco!!… ¡¡Loco!!

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Un actor que comienza haciendo Shakespeare y acaba de profesor chiflado en una producción mexicana junto al luchador Mil Máscaras puede tomarse a simple vista como un declive profesional, pero para este modesto blog la trayectoria de John Carradine, que es de quien estamos hablando, es la de un Dios de la interpretación. 

Y es que hay cientos, miles de actores de talento capaces de encarnar a Hamlet, pero muy pocos podrían salir airosos interpretando el papel de científico demente que acaba de dar vida a una teta gigante. John Carradine hizo eso (en el mejor y más memorable sketch de Todo lo que usted siempre quizo saber sobre el sexo, pero temía preguntar, de Woody Allen) y mucho más.

John Carradine (1906-1988) comenzó su carrera de actor en producciones teatrales shakespereanas, y a su llegada a Hollywood trabajó en varios westerns a las órdenes de John Ford, pero poco a poco se concentró en las películas de horror y ciencia ficción por las que acabaría pasando a la historia. 

Sin embargo, mientras otros maestros del terror —Lugosi, Karloff— alcanzaron el pleno reconocimiento, Carradine cayó un tanto en el olvido. De todos los que encarnó a lo largo de su prolífica carrera, su gran personaje fue, sin duda, el de científico demente (¡demente a los ojos de la sociedad, John, no para nosotros, desde luego!).

Es característica su figura delgada y su porte aristocrático, siempre enfundado en una bata blanca de científico, delante de un montón de probetas, retortas, cables e interruptores, en un laboratorio repleto de lucesillas parpadeantes e incierta tecnología.

Esta figura, la del Mad Doctor, es la del hombre de genio que se salta las normas para desafiar a la naturaleza, para trascenderla. Y lo hará sin detenerse ante nada, porque como dijo Cantoná: “el fin justifica los medios”. Es un antihéroe de la estirpe de Adán, aquél que mordió la fruta prohibida del árbol del conocimiento y se ganó la expulsión. Por contra, el héroe que se le opone es siempre un personaje timorato y reaccionario, un pusilánime que acabará destruyendo la obra del genio en nombre del sentido común. La humanidad, según los principios de este aguafiestas, no debe traspasar nunca ciertas fronteras.

Pero vayamos a la obra del gran Carradine, o, al menos, a la parte de ella que nos interesa especialmente. Nuestro hombre ya destaca en La salvaje cautiva (Captive wild woman), una película de los años cuarenta, como un científico que, por medio de un “tratamiento glandular”, transforma a un tremendo gorila en una hermosa muchacha que, eso si, no dice ni una palabra en toda la película (el papel de la sensual chica-gorila lo interpreta la espléndida modelo Acquanetta, que a pesar de haber nacido en Wyoming los estudios la presentaban como “el volcán venezolano” para acentuar su exotismo). Después de esto, la carrera de Carradine solo puede ir a mejor.

Otro “experimento glandular” lo encontramos en De otro mundo (The Unearthly), película en la que Carradine interpreta a un psiquiatra demente, valga la redundancia, que, junto a su ayudante Lobo (el luchador Tor Johnson) realiza intervenciones quirúrgicas para hacer más longevos a sus pacientes depresivos, pero acaba transformándolos en zombis (efectos secundarios, se le llama a eso en medicina). La película está basada en un guión de Ed Wood, no hace falta decir más.

En Billy the Kid versus Drácula nuestro hombre vuelve al territorio del western, pero esta vez para interpretar nada más ni nada menos que al mítico conde transilvano, que viaja al lejano oeste para sorber la sangre de una bella joven y apropiarse de su rancho, todo con la ayuda de una tribu de comanches. Pero sucede que el prometido de la bella es el célebre bandido Billy el Niño, que se ha reformado y a sentado la cabeza, y que será el encargado de enfrentar al vampiro y salvar a la dama.

Parece difícil superar esta cota, pero el gran Carradine lo consigue en Los Astro-zombis, en donde vuelve a calzarse la bata blanca para encarnar a un científico que, asistido por su ayudante jorobado, se dedica a crear una raza de superhumanos alimentados por energía solar, a partir de cadáveres de criminales. Tura Satana, la bailarina exótica y experta en artes marciales interpreta el papel de la agente de una red de espías interesada por los experimentos del doctor. 

En Monstruos hambrientos (Horror of the blood monsters), una cinta de ciencia ficción y terror con vampiros espaciales, cavernícolas, hombres-cangrejo y dinosaurios, hecha en su mayor parte con trozos y restos de rodaje de otras producciones anteriores, se nota que el maestro interpreta sus escenas sin probablemente tener ni idea de sobre qué va la película. Muchos años después, nosotros mismos seguimos sin saberlo. Pero Carradine, ajeno a todo, suelta sus frases con su habitual convicción (y una cierta perplejidad) y nos regala otro de sus científicos locos y geniales, esta vez dirigiendo una expedición al planeta de los cavernícolas-vampiros.

El mismo procedimiento de cortar y pegar metraje de películas anteriores (un involuntario homenaje a Frankenstein) se utiliza en El hombre con el cerebro sintético (Blood of ghastly horror), con Carradine haciendo del consabido doctor que, esta vez, implanta un dispositivo electrónico en el cráneo de un veterano de vietnam convirtiéndolo en un psicópata asesino. La policía consigue acabar con él, pero el padre del psicópata, que casualmente es un antropólogo especializado en vudú, lo resucita y lo convierte en un zombi vengativo.

Y podríamos seguir, pues la producción del maestro (unas doscientos cincuenta películas) parece no tener fin. Agotado el filón de Hollywood, participó también en producciones mexicanas (Las vampiras) o filipinas (Beast of the Yellow Night).

En muchas de ellas supo también autoparodiarse, como Raphael. (desde luego en la ya mencionada cinta de Woody Allen).

¡¡Y por si todo esto fuera poco, además John Carradine fue el papá de Kung Fu!! Sencillamente. insuperable. ¡Larga vida al doctor demente!



Listado de películas recomendadas: 

Captive Wild Woman (1943)

The Unearthly (1957)

The Wizard of Mars (1965)

Billy the Kid versus Dracula (1966)

Las vampiras (1968)

The Astro-Zombies (1969)

Horror of the blood monsters (Vampire Men of the Lost Planet) (1970)

Blood of ghastly horror (The Man with a Synthetic Brain) (1972)

Everything you always wanted to know about Sex, but were afraid to ask (1972)

Evils of the night (1985)

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El palacio sin paredes de Edward James (y una novela)

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“Un excéntrico no es más que un loco con suficiente dinero para ser tomado en cuenta”. leemos en referencia al escocés sir Edward James en Londres después de medianoche, primera novela del mexicano Augusto Cruz. La sentencia, puesta en boca del protagonista, un detective privado en busca de una célebre película perdida de la época del cine mudo, condensa lo que mucha gente pensaba del muy adinerado y extravagante coleccionista de arte británico sir James, que dedicó varias décadas de su vida y toneladas de dinero a construir un peculiar complejo monumental en plena selva mexicana.

Pero vayamos por partes. La novela que nos vino a traer el recuerdo de sir James y su obra es una intriga construida sobre la pista de la más mítica de las películas perdidas: Londres después de medianoche, dirigida por Tod Browning en 1927 y protagonizada por el metamórfico Lon Chaney. Una cinta de terror y vampirismo (la primera rodada en Hollywood) cuya última copia se destruyó durante un incendio en los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer en los años sesenta. El filme se considera desde entonces oficial y definitivamente perdido, aunque la búsqueda afanosa de alguna copia no catalogada no ha cesado desde entonces por parte de coleccionistas y fanáticos. En el libro que nos ocupa, una ficción adornada con todo tipo de personajes de la vida real, es el mismísimo Forrest J. Ackerman, mítico coleccionista de objetos relacionados con el terror cinematográfico y la ciencia ficción, el que encarga a un antiguo agente del FBI jubilado la tarea de seguir el rastro de una hipotética última copia del filme.

Y es así como las pistas van llevando al detective hasta México, y finalmente hasta las Pozas de Xilitla, el edénico enclave donde sir Edward James, en lo más recóndito de la selva huasteca, en San Luis Potosí, edificó su fantástico monumento a la mayor gloria de sus obsesiones. No es gratuito que el autor, que es mexicano, acabe orientando las peripecias de la trama laberíntica hacia las Pozas, pues son, desde luego, el más perfecto “marco incomparable” que podamos imaginar para situar el desenlace de la extravagante historia que nos cuenta.

Sir Edward James (1907-1984) nació siendo ya rico. A la temprana muerte de su padre, un próspero industrial americano, heredó otra fortuna que lo hizo aún más rico. Su padrino (y según las malas lenguas, su verdadero padre biológico) fue el rey de Inglaterra, Eduardo VII. El joven James se dedicó a la vida bohemia y pronto se convirtió en mecenas de los más importantes pintores surrealistas. Sin casi proponérselo, acabó reuniendo una enorme colección de arte que con el tiempo lo ascendió a la categoría de asquerosamente rico. En su relación con el dinero, sin embargo, nunca fue de escatimar: durante a guerra de España no dudó en sugerirle a su amigo Buñuel que le compraría un bombardero para que el cineasta participe personalmente en el conflicto. Buñuel, al parecer, declinó el ofrecimiento.

Así las cosas, en los años cincuenta el inquieto sir Edward James acabó encaminando sus pasos hacia México. En una excursión por la sierra descubrió unas piscinas naturales, en medio de un paisaje exuberante, y decidió que allí mismo construiría su sueño. James adquirió una extensa superficie de terreno que incluía las pozas y sus cascadas de agua, con la intención de plantar allí orquídeas. Lo que al principio iba a ser un jardín, acabó transformándose después de treinta años en un complejo de extrañas construcciones de concreto, unas treinta y seis, distribuidas entre el enmarañado follaje tropical, y que incluyen plataformas, escaleras, columnas, grandes flores de cemento y otras formas vagamente vegetales, terrazas, arcos ojivales, puertas hacia ninguna parte y todo tipo de estructuras sin más propósito aparente que el de materializar el capricho de su creador. Lo más parecido a una edificación convencional es el llamado “castillo”, en donde residía el propio sir James. El mayor encanto de estas construcciones reside en que dan la impresión de estar a punto de ser devoradas por la naturaleza incontenible de la selva. Son como los restos de una extraña civilización perdida que de pronto se nos muestra por última vez entre el follaje.

Hay que decir que Edward James nunca llegó a poner personalmente una sola cucharada de cemento. Él, como buen sir, se dedicaba a garabatear sus ideas en un bloc de notas, mientras que un indio yaqui llamado Plutarco, que se convirtió en su amigo inseparable, hizo las veces de improvisado constructor. Ejerciendo de capataz, llegó a reclutar a más de cien lugareños para dar forma a las ensoñaciones de sir James. Éste luego se paseaba por las construcciones vistiendo una larga túnica blanca, como un viejo druida teletransportado a los trópicos y rodeado de papagayos y otras coloridas especies autóctonas con las que pobló el lugar (era un gran amante de la fauna, incluyendo las boas constrictor). Sir James no dudó en vender buena parte de su colección de arte para financiar la costosa empresa. El ardor constructivo de las Pozas solo se detuvo en 1984, con la muerte de Edward James. Hoy el conjunto es propiedad compartida por el estado y los descendientes de Plutarco, y se puede (y se debe) visitar.

Y volviendo a la novela de Augusto Cruz con la que empezábamos el post, hay que decir que si algo no le falta es documentación: la historia está plagada de referencias mitómanas y de cameos de todo tipo, un verdadero tour de force con forma de folletín por todos los hitos de la cultura popular que incluye vampiros y otros monstruos de cine, viejas estrellas del cine mudo, héroes de radionovelas mexicanas, cine de karatecas, enanos, gigantes, luchadores enmascarados, el asesino de Kennedy, agentes del FBI, un villano de opereta…. Como en muchas primeras novelas, el autor parece haber decidido poner en Londres después de medianoche toda la carne en el asador. Quizás tantas digresiones hacen que el resultado no sea redondo, pero desde luego es muy entretenido.


Londres después de medianoche, de Augusto Cruz, está editada en Seix Barral.

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“I have a dream…” Las torres de Simon Rodia en Watts

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Si la próspera isla de Manhattan tiene su Empire State, si en su skyline se dibuja (bueno, se dibujaba) la silueta de las torres gemelas del World Trade Center, en el horizonte del humilde y conflictivo suburbio del sur de Los Angeles llamado Watts, mayoritariamente negro, se recorta la increíble estampa de las  torres de Simon Rodia, conocidas hoy universalmente como las Torres Watts, un impresionante conjunto arquitectónico sin ninguna finalidad aparente.

Las recordamos hoy aquí a propósito de una película que es uno de los clásicos menores de ese subgénero conocido como blaxploitation (filmes de bajo presupuesto protagonizados por un elenco de actores negros, producidos en masa durante los años setenta) y cuyo apoteósico final tiene a las torres Watts como protagonistas de excepción.

Hablamos de El Dr. Black y Mr. Hyde (1976) dirigida por William Crane, que cuenta las andanzas del doctor Pride, un científico afroamericano que se dedica en su tiempo libre a atender a pacientes marginales (básicamente prostitutas) de un centro de salud comunitario de Watts. Una de ellas, Linda, está enferma de hepatitis, y el buen doctor desarrolla entonces un suero destinado a recomponer las células hepáticas dañadas por la enfermedad. Como buen científico de película, se decide a probar el suero en sus propias carnes. El resultado es que el afable y muy negro Dr. Pride se convierte en un bestial albino de ojos azules que se dedica a perseguir y masacrar a prostitutas negras por todo Watts. El suero claramente está lejos de curar la hepatitis, y es evidente que el Dr. Pride no será candidato al Nobel de medicina.

Así las cosas, nuestro monstruo blanco acaba encontrando a Linda y la secuestra, pero es perseguido por la temible policía de Los Angeles. La bestia albina, acorralada y cargando el cuerpo de la muchacha, se dirige entonces… a las torres Watts. Sí amigos, si hasta entonces la película era un trasunto con tintes de color (negro) de la clásica historia de Robert Louis Stevenson Dr. Jekyll y Mr. Hyde, este espectacular final apunta más bien a otro clásico: King Kong. En la admirable secuencia final (que sería más admirable si estuviera bien rodada) el monstruo trepa a la más alta de las torres, mientras un helicóptero lo rodea y lo acosa. La policía abre fuego y el albino cae a la acera. Asistimos entonces a la metamorfosis final: la bestia blanca, ya agonizante, se transforma lentamente en el moreno Dr. Pride, frustrado benefactor de la comunidad (…y sí, les acabo de contar el final de la película).

No es la primera vez que vemos en el cine a las torres Watts como símbolo del barrio: en 1972 se celebró el Wattstax, un macrofestival de música funk y soul conocido como “el Woodstock negro”, que reunió a lo más granado de la música negra del momento en un estadio de la localidad. La elección de Watts no era casual: allí habían tenido lugar años antes los tremendos disturbios raciales que sacudieron el país, una guerra callejera que duró varios días dejando decenas de muertos y que pondrían el nombre de Watts en el mapa. Pues bien, de aquel festival conmemorativo se rodó una película para el cine, y en las secuencias iniciales, mientras escuchamos la sinuosa música de the Dramatics, las imágenes nos muestran unas bonitas panorámicas de las torres, el indiscutible símbolo del lugar.

A lo largo de las décadas, las torres vieron pasar dos grandes levantamientos de la comunidad por motivos raciales: la rebelión, ya mencionada, de 1965, y luego otra, no menos virulenta, cuando en 1992 un incidente de brutalidad policial dejó lisiado al ciudadano afroamericano Rodney King. A pesar de los incendios masivos y los graves destrozos sufridos por toda la barriada a consecuencia de los levantamientos, las torres Watts nunca sufrieron daño alguno.

Hubiera sido bonito que las torres fueran obra de algún afroamericano genial, pero la realidad no suele ser tan redonda: su autor, Simon Rodia, fue un humilde inmigrante italiano.

“I have a dream…”, parece haber pensado Rodia, parafraseando a Luther King, antes de ponerse manos a la obra. Obrero de la construcción, levantó él solo y sin maquinaria ni ayuda de ningún tipo este complejo de torres que comprenden diecisiete estructuras interconectadas de metal y concreto, en un terreno de su propiedad. Dedicándole todo su tiempo libre, sin usar planos e improvisando sobre la marcha, demoró unos treinta y tres años, entre 1921 y 1954. 

Cada tarde, al volver de su trabajo, Rodia se dedicaba a recoger todo tipo de escombros por el camino: piedras, botellas, trozos de ladrillo o azulejo, o restos de metal de una cercana estación de ferrocarril. Con todo ello, y armado solo con un arnés y sus herramientas de albañil, fue levantando las torres, la más alta de las cuales sobrepasa los treinta metros. Las torres no estaban destinadas a ningún uso concreto. Eran más bien un monumento a sí mismas, como su pariente rica, la torre Eiffel. Según se mire, también recuerdan ligeramente a las torres de la Sagrada Familia de Gaudí (aunque Rodia no tardó tanto en levantarlas).

Durante los años que duró su construcción, hay que decir que los vecinos mostraron suspicacia, cuando no animadversión: la misteriosa estructura no parecía tener ninguna función aparente, y su autor solo se limitaba a decir que su única intención era “construir algo grande”. Durante mucho tiempo se llegó a pensar que Rodia era un espía de una potencia extranjera, y las torres antenas de radio que transmitían día y noche información al enemigo. Incluso se difundió el extremo de que a través de ellas Rodia estaba en contacto con civilizaciones extraterrestres a punto de invadir Los Angeles. Ya sabemos cómo suele tratar el vecindario al vecino extravagante…

Después de años de lucha contra la incomprensión y la franca oposición vecinal, Rodia, ya viejo y cansado, le acabó regalando el terreno con sus torres a un vecino del lugar. Se marchó de Watts sin mirar atrás y, aunque viviría aún otros diez años, nunca regresó.

Así las cosas, las torres parecían sentenciadas: el ayuntamiento se apresuró a dictar orden de demolición. Pero de nuevo Hollywood viene al encuentro de las torres: un actor y un productor de cine compran la propiedad, y comienzan una batalla legal contra las autoridades para preservar el monumento. Este deberá pasar una dura prueba para asegurar la solidez de su construcción: Con cables de acero atan la estructura a una grúa que tira de ella: las torres, hechas del material con que se fabrican los sueños, no se mueven ni un milímetro de sus cimientos. Años después aguantarán incluso un temblor de tierra y un huracán que sacudió toda la zona. Finalmente, en el año 1990 las torres Watts son declaradas monumento histórico nacional. Y hasta es probable que los vecinos de Watts se sientan ahora orgullosos de ellas.

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No más madres. La revolución de las máquinas-útero

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Ningún revolucionario en el siglo XX se atrevió a llegar tan lejos como Shulamith Firestone. La sociedad libre e igualitaria que esta mujer alcanzó a imaginar no tiene parangón, aunque luego el mundo decidiera no seguir el camino trazado por su visionaria propuesta: acabar con la tiranía de la reproducción biológica suprimiendo la fuente de toda opresión femenina: la maternidad.

Influenciada en igual medida por Marx y por Freud, Shulamith Firestone, canadiense de familia judía, emigró a Estados Unidos y allí consiguió publicar, con tan solo veinticinco años, un libro tan polémico como influyente: La Dialéctica del Sexo, editado en 1970. En él, Shulamith nos propone su modelo de sociedad igualitaria. Tan igualitaria, que las diferencias entre los sexos acabarán siendo completamente irrelevantes.

Para ello, Firestone imaginó una solución tan sorprendente como novedosa: automatizar la producción de niños a través de unos revolucionarios úteros artificiales destinados a liberar a las mujeres de su función natural reproductora. Porque según el lúcido análisis de Shulamith, "Fue la biología reproductiva de la mujer la razón de su opresión original e ininterrumpida después". En otras palabras, mientras la mujer tenga que seguir ocupándose de gestar bebés y parir con su propio cuerpo, siempre estará en desventaja. Por ello lanza su propuesta de los úteros mecánicos: máquinas de parir para acabar con la maldición femenina de dar a luz con esfuerzo y sufrimiento, externalizando la producción de bebés del cuerpo de la mujer. En definitiva, úteros mecánicos para una sociedad mejor. La liberación femenina, dice Shulamith, se logrará a través de la tecnología o no se logrará.

La maravillosa sociedad que nos propone Firestone puede parecer sacada de una novela de ciencia ficción. Y, en efecto, el caso es que en más de una ficción especulativa se describen similares procedimientos: desde el clásico Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, con sus personajes criados en placentas artificiales, hasta la archipopular película Matrix, de 1999, que muestra a toda la humanidad metida en una pavorosa serie de cápsulas-útero salidas de un mal sueño de Giger. Por alguna razón que se nos escapa, la idea de la gestación artificial parece estar en la base de todas las sociedades de pesadilla que el hombre ha sido capaz de imaginar. Si la ciencia ficción en general siempre ha mirado con desconfianza el avance de la tecnología, ese recelo parece aumentar hasta el delirio ante la idea de la gestación artificial. Autores como el ya mencionado Huxley, Philip K. Dick, Robert Heinlein, Oskar Panizza y un largo etcétera de célebres paranoicos imaginaron la gestación artificial como la causa detrás de todo mundo deshumanizado. Aunque hay alguna excepción: La escritora Joanna Russ en su novela El Hombre Hembra describe un mundo ideal, llamado Whileaway, existente en un lejano futuro y habitado solo por féminas (allí la guerra de los sexos se desarrolló de manera literal y como resultado todos los hombres fueron exterminados...) que se reproducen recurriendo a máquinas-útero. Pero la excepción tiene truco: Joanna Russ era una escritora feminista y fuertemente influenciada por las teorías de nuestra Shulamith Firestone.

Pero la revolución de Firestone no acaba ahí: además de liberar a las mujeres de la maldición del parto, también las quiere emancipar de la crianza. Shulamith propone acabar con la familia, esa odiosa institución, y también con la aún más odiosa educación escolar. De los niños pasarán a ocuparse unos “grupos de convivencia” formados por un elenco variable de unas diez personas. La liberación de la mujer traerá también aparejada la liberación sexual, puesto que el sexo perderá definitivamente su función de reproducción de la especie, y pasará a tener un sentido exclusivamente festivo. Las máquinas no solo se ocuparán de la gestación de los bebés, sino que poco a poco irán asumiendo todas las tareas pesadas, y hombres y mujeres (aunque esta distinción ya será irrelevante), podrán dedicarse exclusivamente al ocio creativo y a la actividad sexual desenfrenada. El mundo del socialismo cibernético y pansexual de la orgía igualitaria se pondrá entonces en marcha: todas las formas imaginables de sexualidad serán permitidas y consentidas en la nueva sociedad del desmadre (nunca mejor dicho). 

Firestone propone además que a la liberación de la mujer deberá seguirle la liberación del niño, ese otro gran colectivo oprimido: Los niños pasarán a tener los mismos derechos que los adultos, incluyendo la plena independencia económica y la total libertad en el terreno sexual. Es más, no solo las relaciones sexuales entre niños serán aceptables, sino que incluso lo serán, por ejemplo, entre un niño y su madre “genética”, puesto que la intermediación de un útero mecánico habrá desactivado y vuelto obsoleto el viejo tabú del incesto. Si esto no es la revolución, que baje Marx y lo vea.

La sociedad perfecta, libre y feliz que propuso Shulamith Firestone no hizo gracia a todo el mundo, al parecer, y la pensadora y revolucionaria acabó siendo ingresada en una institución mental. Para cuando consiguió salir el mundo había casi olvidado sus teorías. Incluso el movimiento feminista, sobre el que tanta influencia llegó a tener, había vuelto a centrarse en reivindicaciones más convencionales, como la conveniencia o no de dejar de depilarse las axilas. Una auténtica pena, porque aunque tal vez Firestone se pasara un poco con lo de la abolición del incesto, creemos que el prodigioso mundo de máquinas gestantes que llegó a perfilar hubiera sido como mínimo digno de verse.

Shulamith Firestone murió en el año 2012. No tuvo hijos.

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Elvises de terciopelo negro, un arte nacido del turismo de borrachera

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Que la década del setenta del siglo pasado fue un período de desaforado buen gusto y sublimidad sin límite, lo demuestra la que quizás fue su expresión artística más característica y grandiosa: las pinturas sobre terciopelo negro, o black velvet art.

Así es: hubo una época no muy lejana en que los retratos de Elvis sobre terciopelo dominaban la tierra. Al menos, la tierra al norte del Río Grande. Y junto a los Elvis, todo un mundo de unicornios rosas, jesucristos, tahitianas desnudas, retratos de Nixon, perritos jugando al póquer, panteras amenazantes, vírgenes y toreros perfilados sobre lujurioso, fino y elegante terciopelo.

No se sabe a ciencia cierta el origen de esta disciplina, aunque se mencionan las pinturas sobre seda de Persia o de la antigua China. Incluso se dice que Marco Polo o los mismísimos cruzados ya habrían traído pinturas sobre terciopelo en su regreso a occidente. Pero lo cierto es que el auge de esta forma artística lo ubicamos en una época y lugar muy específicos: los Estados Unidos de América, que viven durante los años setenta una auténtica fiebre de terciopelo negro sin precedentes conocidos.

Pero ¿qué es exactamente el black velvet art? Son cuadros pintados usando como soporte el terciopelo en lugar del lienzo. El terciopelo que se utiliza habitualmente es negro, y queda expuesto en buena parte del cuadro. Las partes cubiertas con pintura, siempre en colores brillantes, destacan con especial intensidad, y permiten una inquietante utilización del claroscuro y un uso creativo del espacio negativo. Pero lo que mejor define a estas pinturas son sus temas, siempre muy característicos: figuras realistas de animales como tigres, panteras o unicornios; paisajes, habitualmente a la luz de la luna (el terciopelo negro da mucho juego en las escenas nocturnas), con  exóticas cascadas, lagos y colorida vegetación que recuerda vagamente a la Polinesia; retratos de celebridades de la televisión; toreros mexicanos en plena faena; payasos tristes; cristos y vírgenes... y Elvis, el motivo por antonomasia de las pinturas sobre terciopelo negro. Elvis cantando micrófono en mano, derramando una lágrima, agitando su capa de pedrería, sacudiendo la pelvis... todas las poses imaginables, llegando a crear un subgénero propio conocido como Velvis (contracción de "velvet Elvis").

Tengo en mis manos uno de los libros de referencia sobre el tema: Black Velvet Art, de la University Press of Mississippi, en donde se nos explica el sinuoso avance de la moda de estas pinturas desde Honolulu y Jalisco hasta el mismo corazón de la cultura americana. Según parece, el "padre de la pintura de terciopelo negro" fue el pintor Edgar Leeteg, un americano que en los años 30, siguiendo los pasos de Gauguin, se instaló en Tahití y comenzó a pintar sensuales mujeres semidesnudas sobre terciopelo negro. Los cuadros causaron sensación entre los marineros borrachos destinados en las bases de Hawai quienes, de vuelta a los Estados Unidos, llevaron a sus casas las novedosas pinturas. Luego los turistas acabaron arrasando con las obras de Leeteg. Más cerca de la frontera estadounidense, en Jalisco, nuevas multitudes de marines borrachos y turistas gringos empezaron a demandar aquellos "cuadros sobre terciopelo" que tanto les gustaban, de manera que los artistas locales comenzaron a producirlos en masa. Jalisco se acabó convirtiendo en la Meca del terciopelo negro. De modo que marines y turistas alcoholizados acabaron generando un nuevo y poderoso arte que, en poco tiempo, se extendería por todos los Estados Unidos, en una gran borrachera de terciopelo.

Desde los tiempos de las cruzadas, el arte sobre terciopelo negro ha ido prosperando allá donde las tropas en el extranjero van de compras. A través de la historia, los marines borrachos han ido por delante de los turistas, allanando el camino para que el black velvet art conquiste nuevos mercados. Así llegamos a la norteamérica de los años setenta, en donde casi con seguridad en cada hogar americano había un Elvis en terciopelo colgando de la pared del salón o sobre la chimenea. Hasta en la casa del propio Elvis es muy probable que hubiera uno.

En el Velveteria Museum de Oregon, el único museo del mundo íntegramente dedicado a las pinturas sobre terciopelo negro, explican las ventajas de esta técnica para los artistas: como gran parte del cuadro era la propia superficie  virgen del terciopelo, el ahorro en pintura era considerable (a diferencia de la pintura tradicional, que debía cubrir todo el lienzo). Además, era un procedimiento habitual el que, una vez acabado un cuadro y con la pintura aún fresca, se extendiera encima otro trozo de terciopelo para que, con una ligera presión, el cuadro se duplicara automáticamente, aunque en una imagen invertida. Muchos de estas parejas de cuadros "en espejo" se conservan en el museo. Si a Van Gogh se le hubiera ocurrido la idea, se hubiera ahorrado muchas penurias económicas.

En el propio Velveteria tienen una sala con lo que fue el no va más del género: cuadros sobre terciopelo negro hechos con pintura fluorescente. En la sala, acondicionada con "luz negra", los Elvises, los toreros y los unicornios parecen saltar de las paredes directamente a tu yugular.

Con los años, la moda de estas pinturas remitió hasta casi desaparecer. Una verdadera pena, pues nos podemos imaginar qué magníficos logros hubiera alcanzado esta técnica si hubiera avanzado hacia retos más grandes. Pensemos en la Capilla Sixtina vaticana enteramente forrada de terciopelo negro y pintada con tintes fluorescentes... Sencillamente glorioso.

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Mi novia es un ectoplasma

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Bien dicen que el amor no sabe de fronteras, y esto es especialmente cierto cuando hablamos del espiritismo, aquel culto que hizo furor entre las elites ilustradas del siglo XIX. Estamos pensando especialmente en la hermosa e inquietante relación que unió fugazmente a todo un premio Nobel de ciencias con el espíritu materializado de una muchacha muerta doscientos años antes.

Anunciado por sir Arthur Conan Doyle como “el acontecimiento espiritual más importante desde el nacimiento de Jesús”, el movimiento espiritista no paró de crecer desde que a mediados del siglo XIX unas adolescentes norteamericanas, las hermanas Fox, se comunicaran por vez primera con el espíritu de un difunto. A partir de ahí, los más célebres mediums  (nombre con el que se conoce a los oficiantes de las sesiones de espiritismo) se pasearon por medio mundo, dando sesiones privadas ante la reina de Inglaterra o el mismísimo zar de Rusia, y fascinando a buena parte de la intelectualidad europea. Los mediums de entonces llegaron a tener categoría de estrellas, generando episodios a cual más sorprendente. Cuentan que cuando una de las hermanas Fox contrajo matrimonio, la tarta de bodas levitó. El célebre medium D. D. Home también levitó en medio de una sesión hasta quedar en horizontal contra el techo, y en esa posición salió por una de las ventanas de la sala para entrar por otra inmediatamente después. Los hermanos Davenport llenaban los teatros de las grandes capitales europeas, haciendo sonar instrumentos musicales mientras permanecían atados de pies y manos a una silla.

Pero sin duda, todos estos prodigios se quedaban pequeños ante el fenómeno más impresionante producido por los mediums más dotados de la época: la materialización de personas venidas del Mas Allá, a través de la exudación de ectoplasma.

Para quien nunca se haya encontrado con la palabra, el ectoplasma es una sorprendente substancia que segregan los propios mediums a través de los orificios corporales, generalmente la boca, la nariz o las orejas. Es una materia viscosa y blanquecina, ligeramente fosforescente. Se desprende del cuerpo del medium como una emanación, como un denso humo, y luego va adoptando formas y tomando consistencia, hasta materializarse en manos, rostros, y en casos excepcionales, en personas enteras, tomando la perfecta apariencia de vida orgánica real. Tal era la habilidad de una poderosa medium llamada Florence Cook, una de las protagonistas del extraño affaire que hoy queremos recordar aquí.

Florence Cook contaba tan solo quince años cuando sus extraordinarios poderes mediumicos llamaron la atención de la prensa y de la sociedad londinense. Tanto, que sir William Crookes, el eminente científico y Nobel de química, descubridor del talio –uno de los elementos de la tabla periódica– y uno de los más destacados investigadores de su época, decidió participar en una de las sesiones de la joven medium, con la higiénica intención de someter el acto a pruebas científicas estrictas y desenmascarar el previsible fraude.

Y así comenzó la primera sesión, una tarde de 1872: con las luces tenues, como es habitual, la medium se mete en un gabinete oculto tras un cortinado, fuera de la vista de los presentes. Minutos después sale una joven vestida totalmente de blanco, que se pasea entre los atónitos concurrentes. Ante las preguntas que se le hacen, la emanación ectoplásmica dice llamarse Katie King, de 23 años, y afirma llevar muerta unos doscientos años. Luego desaparece otra vez tras las cortinas, de donde al tiempo vuelve a emerger Florence Cook, ya de vuelta de su trance. La sesión se vuelve a repetir tarde tras tarde, con el mismo resultado. Sir William pregunta a la joven espectral si puede tocarla, y comprueba así la extraordinaria carnalidad de la aparición: su piel es firme y cálida, diríase que sin ninguna diferencia aparente con la de cualquier muchacha viva. Katie King charla con los concurrentes, contesta a todas las preguntas, y se pasea alegremente por la sala durante un buen tiempo, antes de regresar al gabinete en donde es reabsorbida por la medium.

Algunos asistentes se muestran escépticos. Afirman que Katie King y Florence Cook son tan parecidas que se diría que son la misma persona con distintas ropas. Pero sir William Crookes no comparte esa opinión. Él sostiene que, mientras la medium es una muchacha sin especial interés, el ectoplasma es una joven fascinante. Florence, dice, es más bajita. Su pelo es castaño y su piel morena. Katie, en cambio, tiene preciosos cabellos de un tono claro, y es más alta y grácil. “El cuello de Katie era anoche limpio; la piel perfectamente lisa tanto a la vista como al tacto, mientras que el de la srta. Cook es más ancho y más áspero”, escribe. Tan encantado está el científico con el espectro materializado, que la visita regularmente durante los siguientes tres años, casi cada día, en sesiones nocturnas. Sus conversaciones son largas y animadas, mientras se pasean del brazo por la sala en penumbra. Un buen día, sir William le pide a Katie que le permita fotografiarla, y así llega a obtener unas cuarenta y cuatro placas de la joven ectoplásmica.“Pero la fotografía es tan inadecuada para resaltar la perfecta belleza de la cara de Katie, como las palabras son impotentes para describir de alguna manera sus encantos. La fotografía puede dar de hecho un mapa de su cara; pero ¿cómo puede ella reproducir la pureza de su tez brillante, o la expresión de sus gestos ahora eclipsada por la tristeza de recordar alguna de sus amargas experiencias en su última vida?” apunta emocionado Crookes en sus escritos sobre el caso. Tanto lo fascina Katie que hasta llega a dedicarle apasionados poemas.

Pero la relación de sir William Crookes con la jovencísima Katie es imposible, debido a la diferencia de edad: ella tiene casi doscientos años más que él. Finalmente, la dama espectral toma una difícil decisión: no volverá a materializarse nunca más. Crookes lo acepta con resignada entereza. En la última sesión le lleva un gran ramo de lirios, a manera de despedida.

Con el correr de los años, los ectoplasmas prácticamente dejaron de manifestarse. Las malas lenguas dicen que la popularización de la luz eléctrica en todos los hogares modernos acabó matando al espiritismo, cuyas sesiones se hacían a la tenue luz de las lámparas de aceite. Quién sabe. Lo que sí es seguro es que la luz eléctrica mató, definitivamente, al romanticismo.       

 

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La inteligencia se puede comer

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El hombre era el centro de la creación, estaba en la cima del mundo, era el rey del mambo. Pero entonces llegó Charles Darwin, y el hombre bajó de la cima para ser un animal más, aunque con una ventaja evolutiva: su inteligencia. Así fue hasta que llegó Oscar Kiss Maerth, con su teoría y sus descubrimientos, y colocó al hombre en el sitio que realmente le corresponde, muy por debajo del resto de los seres vivos en la escala de la evolución: un mono trastornado, caníbal, antinatural y degenerado, camino de su autodestrucción.

Era evidente que la teoría de la evolución de Darwin dejaba muchos huecos, demasiadas preguntas sin respuesta satisfactoria: el salto evolutivo del mono al homo sapiens era demasiado grande. Kiss Maerth elaboró a cambio una teoría del origen del hombre mucho más consistente: la evolución no se dio en el ser humano de manera natural, sino mediante un procedimiento claramente contranatura: la manipulación del propio cerebro a través del canibalismo.

En tiempos prehistóricos, algunos simios se dieron cuenta de que comiendo el cerebro de otros simios, conseguían un aumento en su vigor sexual. Cegados por la lascivia, dicha práctica se extendió. Más tarde, se dieron cuenta de que la ingesta de cerebros de sus congéneres les proporcionaba además un aumento duradero de su inteligencia. Como consecuencia, su masa encefálica creció exponencialmente, empujando la bóveda craneal. Pero el hueso no dio lo suficiente de sí, y el enorme cerebro se comprimió, generando episodios de agresividad extrema y locura. El deseo sexual se extendió más allá del período natural del celo, y una inteligencia retorcida se engendró dando a este mono asesino y caníbal la pronta supremacía entre los seres vivos. El exceso de inteligencia, biológicamente infundada, nos demuestra a las claras que el ser humano no fue el resultado de una evolución natural, ni de una evolución sana. El hombre se ha hecho a sí mismo contradiciendo a la naturaleza, mediante la manipulación de su propio cerebro.

De todo esto dejó constancia el húngaro Kiss Maerth en 1970, en su célebre libro "En el principio era el fin", un auténtico bombazo que dinamitó el frágil edificio de la teoría de la evolución de Darwin. 

Kiss Maerth describe en su libro cómo el cerebro tiene que estar fresco para mantener intactas todas sus propiedades alimenticias, por lo que los simios caníbales debían comerlo directamente del cráneo de su víctima agonizante. No tardaron mucho en descubrir que era más nutritivo el cerebro de los propios monos caníbales, que los procedentes de simios normales, por lo que los futuros humanos empezaron a comerse entre sí. Las pobres hembras recibían una alimentación a base de cerebros menos abundante que la de los machos, lo que para Kiss Maerth explicaría perfectamente el, a su juicio, menor desarrollo intelectual de la mujer. 

Pero los simios no son carnívoros por naturaleza. Y como ocurrió hace poco tiempo con las llamadas "vacas locas", que por comer piensos de origen animal acabaron perdiendo el norte, aquellos monos caníbales se trastornaron irremediablemente. Entre su dieta antinatural y la tremenda presión de sus cerebros aumentados atrapados en un cráneo demasiado estrecho para contenerlos, la degeneración de la especie, hasta llegar a lo que somos hoy en día, fue inevitable. Entonces, la auto-trepanación de sus cabezas ayudó a disminuir la dolorosa presión intracraneal que sufrían constantemente. Otra práctica habitual fue la deformación de las cabezas mediante el uso de tablillas de madera que se ataban fuertemente al cráneo desde la infancia, para que este se fuera abombando poco a poco hacia arriba. Cráneos así se han encontrado en excavaciones arqueológicas de América, Europa y África, al igual que cientos de miles de calaveras trepanadas.

Pero el libro de Kiss Maerth no solo acabó con la teoría darwiniana de la evolución, tampoco dejó muy bien parada a la cosmovisión cristiana, que parte de la ahora insostenible idea de que Dios hizo al hombre "a su imagen y semejanza". Sin embargo, Kiss Maerth opinaba que, al menos a un nivel simbólico, la Biblia presenta un cuadro bastante acertado de la creación: tal como se describe en el Génesis, el hombre comió del "fruto prohibido", del fruto del conocimiento, y por esta acción se condenó. Evidentemente, el fruto del conocimiento no es otro que el propio cerebro, un fruto "prohibido" puesto que comerlo implicaba caer en el canibalismo. Pero el hombre, incitado por "la serpiente", símbolo del impulso sexual, cedió a la tentación gastronómica, y por ello sufrió la caída. En el paraíso el hombre vivía en armonía con todos los animales (señal irrefutable de que entonces era vegetariano). Y por comer del fruto prohibido, Kiss Maerth sostiene que el hombre se condenó al trabajo, su castigo eterno (puesto que las nuevas “inquietudes” y la tremenda ambición de su nuevo cerebro lo obligaron a tener que trabajar a perpetuidad).

“En el principio era el fin” se convirtió rápidamente en un best seller, pero tal fue el impacto de su teoría que pronto pasó a ser un libro maldito y raramente se volvió a editar. Como curiosidad, el grupo de pop vanguardista Devo, cuyos miembros eran admiradores de la teoría de Maerth, reprodujo en la cubierta de su disco de 1988 "Ahora se puede decir" la portada de la primera edición en inglés de “En el principio era el fin”, en la que se veía, recortada sobre un fondo rojo, una de esas cabezas con el cráneo deformado hacia arriba y con un agujero de trepanación en la frente. Se llegaron a vender muchas camisetas con esta imagen.

Oscar Kiss Maerth, que pasó sus últimos años retirado en una casa al borde del lago Como, al norte de Italia, predijo que la propia dinámica del accionar humano, su hiperactividad, afán de competencia y conquista, su locura y violencia innatas, lo llevarían a volver al canibalismo del que alguna vez surgió, empujado por las hambrunas que nos esperan debido a la creciente superpoblación. Su consejo: el hombre debe volver a ser vegetariano (él lo era de manera estricta), y deberá alterar su cráneo para lograr una cabeza en forma de cono que libere la presión a que está sometido nuestro cerebro. Quizás así, como una renovada raza de caraconos veganos, recuperemos la cordura y nos salvemos.

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El Integratrón: la cúpula de la eterna juventud

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Si por algo se caracteriza nuestro tiempo es por haber convertido la juventud y la salud en una nueva religión. De ahí que no nos sorprenda la existencia de un templo en donde el paso del tiempo se clausura, una cúpula que funciona como máquina del tiempo, y en donde podríamos permanecer eternamente jóvenes siempre y cuando no nos moviéramos de allí.

Sueño de alquimistas, la búsqueda de esta Fuente de la Eterna Juventud viene de lejos. Ya el gran Alejandro viajó incansablemente buscando sus esquivas huellas. También los conquistadores españoles de la Florida recorrieron leguas interminables para dar con ella. Pero fue a un hombre inspirado y genial llamado George Van Tassel, al que se le ocurrió la idea única y sorprendente de construirla.  

Van Tassel era un ingeniero aeronáutico que un buen día de 1947 decidió instalarse en una cabaña en pleno desierto de Mojave, en California, en mitad de la nada, y a los pies de una extraña roca gigantesca que se conoce con el imaginativo nombre de Giant Rock, venerada por las tribus locales desde tiempo inmemorial. Para cuando George Van Tassel se instala allí, la roca tenía fama de ser un faro para el aterrizaje de nuestros hermanos del espacio exterior y sus platillos volantes. A principios de la década del cincuenta, una larga fila de buscadores de ovnis acudían hacia aquel solitario e interminable desierto, incluyendo a una larga lista de abducidos y contactados por visitantes del espacio. Van Tassel decidió entonces montar la primera Convención Interplanetaria de Naves del Espacio de Giant Rock, una especie de Fitur pero a nivel galáctico, preparada para recibir a visitantes terrestres y extraterrestres por igual, para lo cual habilitó cerca de la roca gigante un aeropuerto y cafetería, además de una zona para tiendas de campaña.

La Convención se realizó con éxito creciente cada año durante el siguiente par de décadas. Por ella desfilaron todos los más famosos abducidos, que iban allí a dar conferencias, firmar autógrafos y presentar sus libros. De hecho, el propio Van Tassel, al poco tiempo de vivir en Giant Rock, entró en contacto con visitantes del planeta Venus, con los que intercambió valiosísima información tecnológica. Los venusinos, al parecer, son seres como nosotros, pero mucho más pacíficos y espiritualmente avanzados. Son rubios y algo tímidos, y han declarado estar muy preocupados por el destino de la humanidad. 

El propio Van Tassel hacía en cada una de aquellas convenciones una demostración de sus conversaciones con los venusinos, a través de un sistema de su invención, llamado adáfono, con el que tenía línea directa con los extraterrestres. Algunos escépticos llegaron a denunciar que, durante aquellas comunicaciones, Van Tassel se limitaba a hablar consigo mismo poniendo diferentes voces.

Pero volvamos a lo nuestro: a instancias de lo aprendido con los venusinos, Van Tassel decide iniciar entonces la construcción de un edificio que, concentrando las energías electromagnéticas de la tierra, funcionara como una fuente de la eterna juventud. El principio era simple: el edificio, en forma de cúpula, concentraría en grandes cantidades un tipo de energía que "recargaría" las células, recomponiendo los tejidos y manteniendo a la persona joven para siempre. una máquina del tiempo en toda regla. O más precisamente, una "máquina de rejuvenecimiento". como la llamó su creador.

Van Tassel dedicó los próximos veinticinco años a la construcción del Integratrón, como denominó a su cúpula de la eterna juventud.

El Integratrón acabó siendo un ejemplo de arquitectura único en el mundo. Al menos en este mundo. Es una construcción en forma de cúpula de unos 12 metros de altura por 15 de circunferencia, construído íntegramente en madera y fibra de vidrio. Su ubicación geográfica es fundamental para su correcto funcionamiento, pues depende de los campos magnéticos que envuelven la Tierra. En el interior de la cúpula, la concentración de energía electromagnética es tal que hace que las células del cuerpo humano se realimenten  y se recompongan, invirtiendo la flecha del tiempo y devolviendo la juventud al afortunado visitante.

El dinero para financiar la construcción del Integratrón salió en parte de lo recaudado en la Convención Anual Interplanetaria, y en parte de donaciones privadas, entre las cuales destacan las aportaciones realizadas por el célebre aviador, productor de cine y archimagnate Howard Hughes (quien, al parecer, de vez en cuando se dejaba caer por el modesto aeropuerto de Giant Rock en su avión particular, para probar las exquisitas tartas que la señora Van Tassel preparaba en la cafetería).

Pero lamentablemente George Van Tassel fallece en 1978, sin que el Integratrón estuviera todavía a pleno rendimiento (lo cual es evidente, porque si hubiera sido así, tendríamos entre nosotros a un jovencísimo Van Tassel, hablándonos aún de sus charlas con los venusinos). 

Hoy, sin embargo, y a pesar de la desaparición de su creador, esta auténtica joya de la arquitectura de vanguardia refulge blanquísima en medio del desierto. Si pasan por el Mojave, no dejen de visitarla (la cúpula hoy en día se alquila para eventos y como sala de ensayos, pues al parecer también goza de una excelente acústica).

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El incomparable arte que surgió de la piedra

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No existe en el mundo una obra artística tan sorprendente a la vez que involuntaria como la realizada por un hombre llamado Richard Sharpe Shaver, a partir de unas extrañas imágenes impresas en roca que él mismo descubrió para el mundo y a las que dio el nombre de Libros de piedra.

Las pinturas de Shaver, como decíamos, no tuvieron la intención de ser "arte". Muy por el contrario, surgieron con la intención didáctica de explicar unos sorprendentes hallazgos hechos por su autor más de un par de décadas atrás. Su historia comienza en los años cuarenta. Shaver descubre una extraña raza que habita en las entrañas de la tierra, una especie de robots biológicos mutantes llamados Deros, supervivientes de una antigua civilización que habitó el planeta antes de la aparición del hombre. Comoquiera que sea, estos seres acabaron abandonando nuestro mundo, dejando atrás a algunos de sus miembros y buena parte de sus maquinarias de avanzada tecnología. Con el paso de los milenios estos especímenes acabaron degenerando en una raza perversa, y permanecen hasta hoy ocultos en ciudades decadentes construidas bajo nuestros pies.

Como se pueden imaginar, Shaver corría el riesgo de que algunos no acabaran de creer su historia, por lo que decidió escribirla en forma de reporte y enviarla a la redacción de una revista de ciencia ficción. La revista en cuestión era Amazing Stories, una publicación de modesta tirada. Cuando llegó el voluminoso sobre con la historia, su director, Ray Palmer, en contra de la opinión del resto de la redacción, decidió publicarla.

En su crónica, Shaver describía minuciosamente la forma en que los Deros intervenían en la vida de los hombres: a través de una máquina de rayos, los Deros inoculaban en la mente de algunas personas ideas tremendamente perversas, obligándolos a ejecutar acciones infames en contra de su voluntad. Asimismo, con sus rayos los Deros eran también responsables de algunos fenómenos sorprendentes como la combustión espontánea: docenas de personas en todo el mundo  ardían repentinamente y sin ninguna explicación aparente, a causa de la acción de los rayos invisibles.

Periódicamente, los Deros hacían también excursiones a la superficie, para secuestrar mujeres a las que, luego de torturar y violar, transformaban en comida, pues los Deros al parecer se alimentan de carne humana.

Las primeras informaciones de esta perversa raza degenerada de intraterrestres le vinieron a Shaver en forma de transmisiones dentro de su cabeza, mientras trabajaba con su máquina de soldar en una fábrica de Detroit. Con estas interferencias en su mente descubre la punta de la historia, y más tarde acaba encontrando una entrada a los túneles que llevan hasta las fabulosas cuevas subterráneas en donde habitan los Deros. Durante años Shaver se dedica a recoger información sobre la existencia y los sádicos métodos de aquella raza degradada.

La extensa crónica, aparecida en el número de marzo de 1945 de Amazing Stories, tuvo un éxito arrollador. Miles de cartas de lectores inundaron la redacción, para dar fe de que a ellos en algún momento también les había pasado lo mismo: oían voces dentro de sus cabezas incitándolos a hacer cosas horribles.

El enorme interés despertado por la historia de Shaver animó a la revista a publicar más información. Los torrenciales escritos de Shaver debían ser corregidos y aligerados por el editor, Palmer (pues por lo visto, además del caótico estilo, las descripciones de las maldades de los Deros eran demasiado explícitas para ser publicadas). La revista multiplicó sus ventas durante el tiempo en que publicó los reportes de Shaver. El asunto, que empezó a conocerse como "el Misterio Shaver", adquirió una considerable notoriedad.

Tal interés creciente generó además clubes o sociedades Shaveritas, gente que se reunía para leer y comentar las revelaciones sobre los Deros y sus rayos corruptores.

Pero al tiempo hubo un contraataque desde un bando inesperado: los aficionados a la ciencia ficción, que afirmaban que toda la historia de Shaver era falsa, y que además socavaba el prestigio del género. Ante la presión, la editora de Amazing Stories despidió al director y canceló las entregas sobre los Deros. Hacia finales de la década el asunto comenzó a caer en el olvido, y Shaver se retiró a una vida de aislamiento en el campo, en Arkansas.

Pero no se mantuvo ocioso. Durante sus paseos por el campo, Shaver descubrió que algunas imágenes de escenas de la vida de aquella antigua civilización habían quedado registradas en las piedras, como si de un holograma prehistórico se tratase. Casi veinte años después, Richard Shaver tenía pruebas irrefutables de la existencia de los Deros. Presentó sus piedras al mundo, haciendo cortes transversales para obtener secciones de roca en donde se podían ver imágenes congeladas de los antiguos intraterrestres. Los denominó Libros de piedra. Las imágenes mostraban cuerpos, rostros y escenas completas de estos extraños seres, entrevistas a través de la textura de la piedra.

Pero la gente no acababa de identificar las figuras que Shaver veía claramente. Los Libros de piedra parecían aquellas imágenes en 3D tan populares hace algunos años, en donde a través de una trama de líneas había que adivinar figuras ocultas.

Como recurso desesperado, Shaver decidió entonces transcribir esas imágenes con pintura. Empleando un proyector de juguete para ampliar los patrones de piedra sobre una tabla, las recreó con tintas, pasteles, cera, jabón y otros colorantes. No tenía formación artística, pero poco a poco fue elaborando una serie sorprendente de tablas coloreadas en las que se veía un extraño conjunto de caras y cuerpos entreverados, sin paralelo en el mundo de las bellas artes. Aunque para él aquello no era arte, sino una especie de ayuda visual que permitiera a la gente identificar los rastros de los Deros.

Pero a pesar de esta contundente evidencia el mundo siguió ignorando sus revelaciones. Sumido en la pobreza y el desprecio incesante, Shaver continuó con su labor durante más de una década, hasta su muerte en 1975.

Su editor y amigo Ray Palmer recopiló y editó sus escritos en forma de libro. Este libro, llamado Recuerdos de Lemuria, lo publicó en castellano La Biblioteca del Laberinto. Y también, poco a poco, diversas galerías y museos norteamericanos se van interesando por la involuntaria y maravillosa obra artística de Richard Sharpe Shaver.

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Electrodomísticos sorprendentes: El Acumulador de oraciones

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En una antigua entrada de este santo blog, hablábamos de un sorprendente artefacto, el electropsicómetro, una auténtica máquina religiosa inventada a principios de los años 50 por los inspirados líderes de la Cienciología. Hoy recordaremos otra maquinaria igualmente inquietante, un artefacto cuyo poder divino no le va a la zaga y que podría inaugurar, junto con aquel, una nueva categoría tecnológica a la que llamaremos electrodomísticos (ji ji). Hablamos de la Batería de Energía de Oración, una especie de acumulador desarrollado por una peculiar confesión religiosa que responde al nombre de Sociedad Aetherius. 

Este culto nace en Inglaterra, hacia los años cincuenta. Es una religión peculiar, pero con un rasgo en común con el resto de las confesiones: como todas, esta es también la única religión verdadera. Su creador y principal gurú fue el doctor George King, un atildado británico experto en yoga que en 1954 entró en contacto con entidades extraterrestres y, siguiendo sus consejos, fundó la que quizás sea la primera iglesia erigida en torno a los OVNIs.

El dr. King tomó contacto con los alienígenas en forma de transmisión mental: el día 8 de mayo de 1954 estaba en su casa, solo y al parecer sobrio, cuando oyó una voz que le ordenaba: “¡Prepárate! Vas a ser la voz del Parlamento Interplanetario.” Eran nada menos que los Maestros Espaciales del Sistema Solar, que le hacían una oferta que no podría rechazar. A partir de ese momento el dr. George King comenzó a difundir la Buena Nueva, rodeándose de muchos discípulos y seguidores incondicionales. Nació así la Sociedad Aetherius, que combinaba disciplinas como el yoga (imprescindible para conseguir un estado mental que permitiera sintonizar con los Maestros Espaciales), mas elementos del cristianismo, hinduismo, budismo y otros cultos. Esos Maestros Espaciales eran, según explicó King, unos extraterrestres espiritualmente evolucionados, procedentes de varios puntos del sistema solar, que querían transmitirnos un mensaje de advertencia sobre los peligros que acechan a la humanidad, principalmente en forma de cataclismos, terremotos y otras grandes catástrofes naturales. El doctor King llegó a recibir durante su vida unas 600 transmisiones de los muy locuaces Maestros Espaciales. Estos Maestros (el cabecilla de los cuales era un tal Aetherius), se ofrecían a poner a nuestra disposición su tecnología de avanzada para poder evitar esa serie de catastróficas desgracias.

Y la más importante de estas tecnologías es, con diferencia, un método de invocación y manipulación de energía espiritual por medio de oraciones y rezos, a través de una batería radiónica que acumula y redirige esas energías hacia las causas de aquellos cataclismos, evitando así que se produzcan. Esta sofisticadísima máquina es una caja metálica rectangular, colocada sobre un trípode de madera para que quede a la altura del oficiante. Este, apoyando la mano sobre el artefacto y con la otra mano en alto, formando un mudra, se dedicará a repetir oraciones durante una hora (generalmente mantras, como el clásico ommm...), rezos que van recargando el acumulador. De esta manera, cada semana se llena cada batería con la energía espiritual (un tipo de energía ciertamente difícil de medir) de miles de horas de oración de todos los seguidores de la Sociedad. Esta energía luego se redirige (con ayuda de los Maestros Espaciales, claro) a solucionar todos los problemas del mundo. Dondequiera que haya una crisis, como un huracán, un terremoto o incluso una guerra, este almacén de energía edificante puede ser liberado de inmediato. De hecho, miembros de la Sociedad han dejado claro que el 11S nunca hubiera tenido lugar si hubiera habido más Baterías de Oraciones en funcionamiento, por lo que queda claro, señora, que este electrodomístico no debería faltar en ningún hogar moderno.

El aparato, huelga decirlo, está fabricado siguiendo estrictas normas de calidad extraterrestre, pues los Maestros pusieron su tecnología punta en manos del dr. King. quien nunca llegó a desvelar detalles de su funcionamiento exacto.

La Sociedad Aetherius, implantada en varios países, ha conocido en décadas pasadas momentos de mayor esplendor. Hoy en día, hay que decirlo, solo cuenta con poco más de unos 600 miembros en activo, si hemos de creerle a la wikipedia. Aún así, estos hombres heroicos siguen incansablemente con su tarea de recargar baterías para evitar males mayores. Desde aquí tenemos el convencimiento de que si hemos podido sortear el Fin del Mundo anunciado por los mayas ha sido gracias a la acción de sus Baterías de Oraciones. Son pocos, pero buenos.

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El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru

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Pocos supervillanos con vocación de dominar el mundo pueden comparársele a Sumuru, la Reina del Mal, que con su ejército de chicas sexys planea una y otra vez acabar con el dominio de la testosterona e implantar un mundo utópico regido por mujeres de buen ver.

El personaje nace en un serial radiofónico para la BBC en los años cuarenta. Su creador, Sax Rohmer, lo transformó luego en una serie de folletines de aventura e intriga. Pero es en el cine, donde Sumuru se transforma en carne, concretamente en la carne de la actriz británica Shirley Eaton, en donde alcanza su máxima dimensión. Hay dos películas sobre Sumuru y su ejército: Los mil ojos de Sumuru (Lindsay Shonteff) de 1967, y Los siete secretos de Sumuru, estrenada en 1969 y dirigida por Jess Franco (después de esta experiencia, Shirley Eaton, que había alcanzado la fama como la chica pintada de oro en Goldfinger, se retiró del cine...) Bueno, hay una tercera película, ya con otra protagonista, rodada en el 2003, pero de esta mejor ni hablar.

 La maquiavélica Sumuru cuenta con armas dignas de Fu Manchú: una pistola que convierte a los hombres en estatuas de piedra, por ejemplo, o un rimmel que quema a la pobre víctima que recibe un beso. También cuenta en cada caso con un cuartel general a la altura de un genio del mal: en Los mil ojos de Sumuru es una isla tecnológica frente a las costas de Hong Kong. En Los siete secretos, una ciudadela llamada Fémina en el corazón de la selva amazónica, que parece proyectada por Oscar Niemeyer después de un corte de digestión.

 El héroe y varón que se enfrenta a la Reina del Mal es un espía-detective, un caracter construido a imitación del célebre James Bond, una especie de 007 de Todo a 100 encarnado en la priméra película por George Nader (acompañado por Frankie Avalon) y en la segunda por Richard Wyler. Ninguno de los cuales le llega a la altura del tacón de aguja de la bota a nuestra diabólica y carismática Maestra del Mal.

Eso sí, Frankie Avalon tiene el acierto de lograr que los espectadores nos pongamos de parte de Sumuru, y que deseemos fervientemente su total aniquilación.

 Hay que decir que la línea argumental de las dos películas no da demasiado de sí: todos van y vienen en persecuciones sin ton ni son, hasta que al final vencen los buenos, derrotan al ejército de chicas y Sumuru consigue escapar hasta la siguiente guerra. Lo mejor, lo maravilloso, está en ese mundo de amazonas con trajes de plástico y cuero negro, con largas botas y cortas faldas, armadas hasta los dientes y listas para derrotar al Hombre, así en general, e instaurar su utopía feminista radical, un reino de chicas bajo el implacable látigo de Sumuru, que dirige las operaciones sin despeinarse desde su cama redonda y fumando un cigarrillo (mentolado, suponemos) con una larga boquilla de nácar.

El ejército de Sumuru, a su imagen y semejanza, es también un ejército hermoso, sofisticado y chic. Claro que eran los años sesenta, y el estereotipo de mujer fuerte aún no había hecho acto de presencia. Las chicas-soldado de Sumuru parecen reclutadas de un desfile de David Delfín en la Pasarela Cibeles: lucen atractivos modelitos, con mucho cuero, minifaldas y tacones; cuidan su maquillaje y son increíblemente torpes en el combate (van armadas con ametralladoras, pero da la impresión de que desconocen dónde está el gatillo, tal es la desconcertante facilidad con que acaban desarmadas y reducidas en cada encuentro con los hombres) y, sobre todo, pierden la cabeza a la velocidad de la luz ante el atractivo varonil de sus oponentes masculinos. En una palabra, parecen mejor preparadas para el amor que para la guerra. 

Y aquí está la clave: la kriptonita que desactiva una y otra vez los planes de dominación mundial de Sumuru y sus chicas guerrilleras es, justamente, la tentación de los hombres a los que tanto quieren combatir. Nunca falta la soldado que, rendida de amor o de deseo, se pasa a las filas del enemigo y traiciona a su reina y a la causa. Hasta la propia Sumuru parece a veces al borde de traicionarse a sí misma.

Al final, la utopía feminista de Sumuru se nos acaba antojando enternecedoramente quijotesca, pues descubrimos que la verdadera utopía está más bien en pretender construir una sociedad sin hombres con mujeres tan enamoradizas. Para su próximo ejército, Sumuru, Genia del Mal, debería plantearse seriamente el reclutar lesbianas.

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Buda, redentor de Marte

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¿Cómo demonios pudo el mismísimo Buda ir a parar al planeta rojo, se preguntarán ustedes? La apasionante respuesta nos la legó ese maestro visionario, filósofo, místico, pintor, arquitecto, agrónomo, pedagogo y tantas otras cosas más llamado Rudolf Steiner, a principios del pasado siglo, cuando elaboró la más osada doctrina religiosa que ha dado Europa en toda su historia: el sacrificio de Buda para redimir los pecados de la marcianidad.

Pero hagamos una breve introducción a ese sabio universal y auténtico hombre del renacimiento que fue Steiner. Nacido en el imperio austrohúngaro, comenzó su carrera como filósofo, experto en la obra científica de Goethe, archivero de Nietzsche, profesor, editor y conferenciante. Creó también un sistema pedagógico hoy famoso en todo el mundo, el método de las escuelas Waldorf. Fue también uno de los padres de lo que hoy llamamos agricultura ecológica. Impulsó la medicina holística. Desarrolló un sistema pictórico basado en las teorías del color de Goethe, y una forma de danza terapéutica a la que llamó euritmia (nombre que adoptaría la cantante pop Annie Lennox para su grupo de los ochenta...). También proyectó y construyó, a las afueras de la ciudad suiza de Dornach, un impresionante edificio de aspecto expresionista basado en cálculos esotéricos, que prescindía de líneas y ángulos rectos. El Goetheanum, que así se llamó la construcción, se inauguró en plena primera guerra mundial. Tenía un par de cúpulas más grandes que la de San Pedro, adornadas con frescos del propio Maestro, y estaba destinado a ser una especie de templo para las actividades esotérico-culturales de su creador. Porque Rudolf Steiner era, además, un renombrado ocultista y creador de religiones.

Y aquí llegamos al punto: Steiner llamó antroposofía a su doctrina, una “ciencia del espíritu” que comenzó como corriente filosófico-mística y poco a poco fue tomando las formas de un culto visionario. Este culto unía elementos de las religiones orientales (hinduísmo, budismo) con la religión cristiana, todo reinterpretado a su manera.

Por ejemplo, incorporó la creencia oriental en la reencarnación a su novedosa concepción del cristianismo. Llevó la teoría de la evolución de Darwin hacia el mundo espiritual, afirmando que la especie evolucionaba espiritualmente a través del mecanismo de la reencarnación. Un ejemplo: sostenía que Carlos Marx, en una vida anterior, fue un gran terrateniente, que había sido despojado de sus propiedades por un hombre que luego acabaría reencarnándose en Federico Engels. Por eso, en sus reencarnaciones posteriores, los antiguos expropiador y expropiado, ahora como Marx y Engels, habían escrito juntos El Manifiesto Comunista (era una cuestión de karma).

Ahora bien, entre encarnación y encarnación terrestre, el alma hacía un recorrido espacial, reencarnando en otras formas de vida en planetas de nuestro sistema solar. Marte, el planeta más próximo a la Tierra, era el paso habitual de las almas antes de reencarnarse una vez más entre nosotros, pero el problema de las sociedades marcianas era que llevaban siglos sumidas en un materialismo cada vez más atroz, con guerras frecuentes entre naciones y una preocupante pérdida de valores. Un mundo corrompido, en una palabra. El problema para nosotros era que los nacimientos terrestres venían cada vez más contaminados por las reminiscencias de ese materialismo salvaje proveniente de Marte, lo que explicaba la progresiva degradación de nuestra propia sociedad. (Antes de continuar, se estarán preguntando ustedes cómo llegó a saber Steiner todas estas cosas. Las sabía por ciencia espiritual: el Maestro tenía la capacidad de viajar por los mundos etéreos de la misma manera que usted y yo podemos ir a Cuenca a pasar el fin de semana). Pues bien, el caso es que la decadente cultura de Marte necesitaba la salvación no solamente por su propio bien sino también por el bien de nuestro mundo. ¡¡Y aquí es donde entra en acción Buda!! 

El Buda Gautama había vivido en el norte de la India hacia el 500 antes de Cristo. Fue un gran maestro espiritual, pero, según Steiner, no llegó a alcanzar la importancia y la trascendencia de Jesucristo, pues este último, con su martirio, realizó un acto único, permitiendo la evolución de la especie humana. Pero hacia el siglo XVII de nuestro calendario terrenal, concretamente en 1604,  Buda reencarnó en el planeta Marte, justo en el momento de máxima degradación espiritual de la civilización marciana, y allí finalmente cumplió el mismo papel que había cumplido Jesucristo en la Tierra. Predicó y fue martirizado. Con su sacrificio, en alguna colina del rojo desierto marciano, salvó a los alienígenas y permitió la redención de su especie. En otras palabras, para Steiner, Buda fue el Cristo de los marcianos.

En este punto lo deja Steiner, pero yo me atrevería a mencionar otra consecuencia importantísima de las andanzas de Buda en el planeta rojo: puesto que una invasión de Marte ha sido desde siempre uno de los temores más arraigados en la humanidad (ahora mismo, después de la crisis económica, es nuestra segunda preocupación), la doctrina de Steiner nos viene a decir que no debemos temer que dicha invasión, de producirse, sea un ataque cruento y despiadado, como siempre hemos tendido a imaginar, una ocupación destinada a acabar por medio de la violencia con toda la raza humana. Podemos esperar tranquilos la invasión de los marcianos budistas, pues la violencia no formará parte de sus principios. Su visita será indudablemente pacífica y relajante. Como mucho, nos acabarán vendiendo barritas de incienso caducadas, pero no debemos temer consecuencias más terribles.

El gran Rudolf Steiner nos dejó en 1925. Quién sabe en que mundos habrá reencarnado. Hagamos un baile eurítmico en su recuerdo.     

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El advenimiento del Cristo clon y otras historias apocalípticas

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Incesto, necrofilia, canibalismo, correspondencia satánica, arte nazi, conspìraciones religiosas, ovnis, asesinos seriales... Todo lo que usted quería saber y no se atrevió a preguntar (o quizás, en el fondo, nunca hubiera querido saber...) está en esta formidable bolsa de gatos en edición rústica llamada Nueva cultura del apocalipsis, que acaba de aparecer en castellano en vuestra librería amiga. 

El voluminoso libro es la segunda parte de Cultura del apocalipsis, publicada ya hace unos años por la editorial Valdemar. Su autor es Adam Parfrey, un periodista americano que se dedicó a recopilar durante años artículos sobre temas que el resto de sus colegas preferían pasar por alto. Una selección de textos, algunos inéditos, otros aparecidos en publicaciones marginales, pero en todo caso todos ellos rigurosamente reales, y auténticos ejemplos de las tendencias apocalípticas de fines del siglo XX. 

Y puesto que como muestra vale un botón, veamos una de las entradas recopiladas por Parfrey sobre uno de los temas apocalípticos por excelencia: la segunda venida de Cristo a la Tierra.

Se trata del conocido como Proyecto Segundo Advenimiento, una iniciativa pionera puesta en marcha en la década de los noventa por un grupo de cristianos de Berkeley, California. Un proyecto revolucionario que consistía en acelerar la segunda venida de Cristo a través de la técnica de la clonación.

Mientras muchas iglesias y sectas cristianas esperan con infinita paciencia la tan anunciada como postergada segunda venida del hijo de Dios, los decididos integrantes del Proyecto Segundo Advenimiento planearon pasar a la acción. ¿Por qué esperar –se preguntaron– a que a Cristo se le ocurra volver a la Tierra? ¿Por qué no decidirnos a traerlo nosotros, ahora mismo? ¡Poseemos la tecnología necesaria para ello!

La idea es simple: se trata de utilizar el abundante material genético contenido en los cientos de reliquias de Jesucristo que conserva la iglesia católica. El ADN contenido en la Sábana Santa, por ejemplo, o el de las docenas de clavos de la crucifixión de Cristo repartidos por iglesias de toda Europa.

Una vez obtenidas las muestras genéticas, se utilizarían las técnicas de clonación desarrolladas en el Instituto Roslin de Escocia (el centro en donde se consiguió clonar a la célebre oveja Dolly). El proceso en sí no tiene ningún secreto: una vez extraída la muestra de ADN de alguna de las reliquias, se inserta en un ovocito (un óvulo humano no fertilizado) mediante la técnica conocida como transferencia nuclear. Los miembros del Proyecto tenían controlados todos los detalles: el cigoto obtenido sería implantado en una voluntaria convenientemente virgen, para asegurar una Inmaculada Concepción, esta vez estrictamente homologada mediante rigurosos controles científicos.

A partir de ahí, al Mesías clonado debía asegurársele una niñez normal, libre de adoctrinamiento religioso. La herencia genética sería por sí sola suficientemente fuerte como para hacer surgir al nuevo salvador de la humanidad.

“El segundo Advenimiento va a llegar porque lo haremos llegar”, afirmaban, rotundos, los promotores del proyecto.

El emprendimiento debía concretarse en 2001. La idea era que el Mesías clon naciera en diciembre de ese año, para coincidir con el nuevo milenio y recomenzar el calendario como “año 1” de una nueva era para la humanidad. Lamentablemente, desde entonces no hemos vuelto a tener noticias de los avances del Proyecto Segundo Advenimiento. La página web (clonejesus.com) está caída, y el dinero recaudado a través de ella no sabemos a ciencia cierta a dónde ha podido ir a parar.

Pero no es este el único tema relacionado con el segundo advenimiento que reseña el libro de Parfrey. También se recogen noticias del conocido como Proyecto Rayo Azul, una extraña conspiración de alcance mundial cuyos responsables intelectuales serían ni más ni menos que la NASA y el Club Bilderberg. El Proyecto Rayo Azul, no menos inquietante que el del Mesías clon pero de signo opuesto y de consecuencias inimaginables, nos plantea la existencia de un grupo que tendría la capacidad de proyectar en los cielos, sirviéndose de la tecnología láser, un gigantesco holograma de Cristo, con el fin de confundir a la población simulando la segunda venida del hijo de Dios a la Tierra. Las ventajas del colosal engaño son evidentes: una población mundial entre fascinada y aterrorizada, que quedaría a merced de cualquier orden que, mediante ingeniosos medios electrónicos de amplificación de voz, se le impartiera. La obediencia ciega estaría garantizada y los responsables del Proyecto Rayo Azul tendrían en sus manos el dominio de la humanidad y la instauración de un Nuevo Orden Mundial. Incluso tendrían previsto personalizar la aparición holográfica para cada región del planeta (un Cristo en occidente, un Mahoma en los cielos del mundo islámico, un Buda para los orientales...)

Así es que, si algún día se les aparece la Virgen, desconfíen. Puede ser un holograma.

En todo caso, no puedo más que recomendar calurosamente Nueva cultura del apocalipsis. Es la sugerencia ideal para la cartita a los reyes en estas próximas navidades.

 

Nueva cultura del apocalipsis. Adam Parfrey. Edit. Valdemar, colección Intempestivas.

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¡¡Houston, Houston... parece que ya no estamos en Kansas!!

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Cuatro astronautas en una misión espacial acaban descendiendo sobre la superficie de Marte después de un confuso accidente. Entre ellos va una mujer llamada Dorothy. Después de vagar perdidos en el desierto marciano, encuentran un camino de baldosas amarillas, que los llevará hasta la ciudad donde está el Mago de Marte.

Si, es lo que parece. Se han hecho muchas curiosas versiones sobre la historia de L. Frank Baum, El Mago de Oz, desde que Judy Garland la interpretara en la gran pantalla allá por 1939, pero probablemente esta que nos ocupa sea la más extraña de todas con diferencia. No sabemos que le pasaría por la cabeza a su autor, David Hewitt. pero sí probablemente lo que le pasaba por otros conductos, puesto que la película se escribió y rodó en los años sesenta, década en la que ciertas sustancias elevaron hasta el paroxismo el interés por historias que hablaban de un viaje mágico y misterioso, historias como las de Alicia en el País de las Maravillas o, por supuesto, El Mago de Oz.

Y aprovechando el reciente anuncio del estreno, en 2013, de la nueva versión de Oz, dirigida por Sam Raimi, una espectacular superproducción sobre el Mundo más allá del Arco Iris, no viene mal recordar aquella modesta pero sorprendente película de 1965, toda una Obra Maestra Involuntaria del cine.

La imprescindible El Mago de Marte no es una película pensada para un público infantil (y, viendo el resultado, no parece pensada para ningún tipo de público). Se inicia como una convencional película de ciencia ficción: una nave surca el espacio. Sus ocupantes son tres hombres y una mujer, llamada Dorothy. Su rumbo se ve alterado por una extraña fuerza que los lleva a un descenso de emergencia en el planeta rojo. Allí, los cuatro astronautas deambulan sin rumbo por la superficie marciana. Atraviesan sus canales, son atacados por unas serpientes muy parecidas a mangueras de goma pintadas de blanco, escapan a la erupción de un volcán y caminan por el interminable desierto de Marte, hasta que sus botellas de oxígeno empiezan a acabarse. En ese momento, los astronautas se topan con un camino que, evidentemente, no ha sido formado por la naturaleza, ya que está hecho de baldosas. Es un camino de baldosas amarillas... 

La película, a pesar de un casi inexistente presupuesto, se esfuerza por ser visualmente atractiva, principalmente en su visión del paisaje marciano, un vasto desierto de arenas blancas bajo un cielo rojo. Su productor, guionista  y director, David Hewitt, llegó a convencer a una empresa que se dedicaba a fabricar máquinas de venta automática en centros comerciales, para que ingrese en el negocio del cine, financiando el film. Hewitt les contó que lo ideal sería hacer una película de ciencia ficción, y los flamantes productores acabaron soltando 33.000 dólares para el emprendimiento. En qué momento o por qué razón la aventura espacial se fue convirtiendo en una versión libre (muy libre) de El Mago de Oz es un misterio.

Pero volvamos al camino de baldosas amarillas. Dorothy y sus amigos (hay que aclarar que, evidentemente, aquí Dorothy no es una niña, sino una mujer astronauta hecha y derecha) recorren el camino hasta llegar a una antigua ciudad marciana. Allí se encuentran con una especie de proyección de la cabeza del último sabio marciano, interpretado por el infaltable John Carradine. La cabeza les suelta un largo monólogo (¡unos diez minutos!) sobre cómo el otrora pujante mundo marciano, abusando de la ciencia, llegó a detener el flujo temporal, quedando atrapados en la ciudad en un instante fuera del Tiempo. Hay que decir que este mundo marciano, a diferencia del colorido y alegre Oz, es totalmente decrépito y deprimente. Eso sí, el “mago” de Marte, tanto como su equivalente en la tierra de más allá del arco iris, se nos presenta como una especie de Dios chapucero, incapaz de solucionar por si mismo los problemas en los que se encuentra sumido su mundo. Aquí también, por lo tanto, será necesario que los cuatro visitantes acaben resolviendo las cosas y vuelvan a poner en marcha el Tiempo (no era tan difícil: había que volver a hacer funcionar un gigantesco reloj de péndulo...).

Puesto que ya todo el mundo conoce el desenlace de la historia del Mago de Oz, no estropearemos nada diciendo que, una vez restauradas las coordenadas del Tiempo, Dorothy y sus acompañantes vuelven instantáneamente a despertarse en su nave espacial. Sólo han transcurrido un par de minutos...

Inexplicablemente, la película fue un fracaso total en su estreno en cines. El director, durante las dos décadas siguientes, retituló y volvió a montar varias veces la película, que se re-estrenó en el mercado del video bajo los sucesivos nombres de Masacre alienígena, Terror en el planeta rojo o Viaje hacia lo desconocido. Pero de todas las versiones de la historia del Mago (incluyendo aquel extraño musical blacksploitation con Diana Ross y Michael Jackson llamado The Wiz), esta es la que sin duda elegiríamos para llevarnos a una isla desierta. Total, allí no habrá manera de reproducirla... 

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Quien ríe el último... El fin del Mundo a todo color

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Este año 2012 el fin del mundo es trending topic. No hay fiesta o reunión social en que no se hable del tema. La tendencia viene dada por el famoso calendario maya, pero lo cierto es que en nuestras propias tradiciones la cuestión surge cada cierto tiempo, generando no solo tema de conversación en los ascensores sino también una interesantísima obra artística apocalíptica como la de las sugerentes pinturas del reverendo McKendree Robbins Long.

Pero hagamos antes un apocalíptico repaso sobre el Fin del Mundo y su esquiva hoja de ruta: Ya en 1806 existían profecías y señales tan claras como la de la célebre gallina de Leeds, que aterrorizó a todo el condado cuando empezó a poner huevos que traían en la cáscara la inscripción “Cristo viene”, en alusión directa a la segunda venida del hijo de Dios a la tierra para juzgar a la humanidad y acabar con el mundo tal y como lo conocemos. La profecía, evidentemente, no se cumplió, dando origen al dilema de ver quién se equivocó primero, si el huevo o la gallina.

Quizás el más famoso profeta del Fin de los Tiempos fue William Miller, quien aseguró ante sus miles de seguidores que el mundo se acabaría el 22 de octubre de 1844. Cuando al día siguiente Miller se despertó y comprobó que sus conciudadanos no habían sido achicharrados en un mar de lava candente, lejos de alegrarse, se llevó un disgusto monumental: "Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas... lloramos y lloramos hasta el atardecer", dicen que dijo. De hecho, ese día es conocido por los evangélicos como el día de la Gran Decepción, así como suena. La clave de este extraño comportamiento está en una cláusula, en la letra pequeña de las escrituras, en donde Dios asegura que “abducirá” a los suyos justo antes del comienzo del exterminio. En una palabra, que el Fin del Mundo no será igual para todos, y quien ríe el último...

Miller murió amargado por no haber podido asistir en persona al magnicidio, pero sus seguidores acabaron fundando nuevas iglesias basadas en la esperanza en la aniquilación del resto del mundo, como los Adventistas del Séptimo Día o los Testigos de Jehová. Estos últimos quizás ostenten el record de predicciones fallidas del Fin del Mundo: al menos diez (1876, 1881, 1910, 1914, 1918, 1925, 1975, 1984 y 1994). A este ritmo acabarán acertando, aunque más no sea por pura probabilidad estadística.

Como decíamos, estas iglesias hacen sus cuentas, sacan sus cálculos y esperan con mal disimulada impaciencia a que a usted y a mí se nos abra la tierra bajo nuestros pies y caigamos en un abismo de azufre, cal viva y fuego eterno. La promesa del “arrebatamiento”, que así se llama al procedimiento por el cual Dios pondrá a los suyos a salvo, les garantiza no solo la integridad sino también un palco preferente en alguna confortable nube con excelentes vistas al Fin de los Tiempos, que sufrirá el 99% de la humanidad restante. 

Una vez a salvo los verdaderos creyentes, el bondadoso Jesús procederá al achicharramiento en masa: El cielo se teñirá de rojo y la tierra se empapará con nuestra sangre, mientras sonará la última trompeta, acompañada de los horribles estertores de agonía de los que seremos fumigados por la flamígera cólera divina. Un espectáculo irrepetible en un marco incomparable, sin duda.

Y, previsiblemente, tan atractivo show también es tema de inspiración para los artistas. La gama va desde el modesto profeta callejero que pinta una pancarta con lemas como EL FINAL SE ACERCA!, una forma apocalíptica de street art, hasta los pintores que ilustran de forma vívida el exterminio final. De entre estos, sin duda la más interesante es la obra del reverendo McKendree Robbins Long, pintor apocalíptico, visionario y genial. McKendree Long comenzó su andadura como retratista de estilo académico. Luego de estudiar bellas artes en su Carolina del Norte natal, viaja a Europa, entonces centro artístico y cultural en ebullición. Pero su estilo convencional y recatado no llegó a conectar con los artistas que, como Picasso, hacían por entonces cosas raras con los pinceles. Regresó por tanto a los Estados Unidos en 1913 y abandonó la pintura para hacerse predicador. Durante las siguientes décadas se dedicó a dar sermones por toda América. No fue hasta su retiro como pastor que se decidió a retomar la pintura, pero esta vez con un espectacular y sorprendente cambio de registro: el reverendo comenzó a pintar visiones del apocalipsis, inspiradas a su manera en el Libro de las Revelaciones (o Apocalipsis de Juan) con un colorido y llamativo estilo cercano a la estética de comic de superhéroes: en sus cuadros, vemos a un Jesucristo tremendamente musculado encabezando comandos de ángeles exterminadores armados hasta las cejas, y acompañados de leones que escupen fuego sobre la población civil desarmada. Cuando no es el Hijo es el propio Dios, un Dios que primero dispara y después pregunta, quien encabeza el ataque, rociando con fuego purificador a una humanidad que se retuerce entre estertores de dolorosa agonía. McKendree gusta a veces de representar entre la muchedumbre a algunas figuras históricas, como Marx, Freud, Darwin, Fidel Castro o Marlene Dietrich, ardiendo entre las llamas. Pero todas estas panorámicas gore están siempre representadas con alegres y luminosos colores de inconfundible aire psicodélico. Después de todo, desde su punto de vista, el achicharramiento y el Fin del Mundo serán un acontecimiento feliz.

Hay que considerar que el reverendo no pintó sus cuadros pensando en las ventas. De hecho, ni siquiera intentó nunca exponerlos en público. Los hacía porque eran sus visiones, su manera de retratar de antemano lo que iba a suceder en un futuro muy próximo. A su muerte sus hjios heredaron un cobertizo lleno de lienzos apocalípticos que, poco a poco, empezaron a despertar el interés de los museos locales. Hoy McKendree Robbins Long es una de las firmas reconocidas del arte americano. Y lo será cada vez más, al menos, hasta el próximo Fin del Mundo.    

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Cómo hacer que el destino nos alcance

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Si hay una historia que prueba que el destino está escrito de antemano, y que hagas lo que hagas acabará por alcanzarte irremediablemente, esa es la historia de las Shaggs, la sensación pop formada por tres hermanas hacia el final de los maravillosos sesentas.

Dorothy, Helen y Betty Wiggin no tenían un especial interés en el mundo de la música, pero acabaron cumpliendo obedientemente con su sitial en la Posteridad, porque aquello estaba escrito con tinta indeleble en el libro del destino. O al menos en las líneas de la mano: todo empieza cuando la abuela Wiggin consulta a una vidente en la feria de atracciones de su pueblo, Fremont, en el nordeste de los Estados Unidos. La hechicera le pronostica que sus nietas triunfarán apoteósicamente en el mundo de la música, convirtiéndose en grandes estrellas del firmamento pop, como los Jacksons pero en chicas, como las Supremes pero en blancas, como Elvis pero en trío. Y a partir de ese momento, Austin, el padre de las muchachas, se obsesiona con la cuestión. Ante una profecía tan rotunda uno puede adoptar dos actitudes: relajarse (o resignarse), puesto que hagas lo que hagas el destino se cumplirá inexorablemente, o considerar que a los demiurgos hay que echarles una mano, es decir, que hay que empujar al destino para que este se acabe cumpliendo. A Austin, hombre acostumbrado a las estrecheces de la vida, le pareció más razonable no correr riesgos y empujar a los hados, incluso a patadas si fuera necesario. El señor Wiggin pasó a dedicar con fervor maníaco todas sus energías a hacer de sus hijas lo que estaba escrito: rutilantes estrellas del firmamento musical.

Así que Dorothy, Helen y Betty Wiggin, a partir de ahora las Shaggs, comenzaron, a instancias de su padre, un estricto programa: abandonaron el colegio y, aisladas en su casa de Fremont se vieron tocando de la mañana a la noche sus instrumentos (dos guitarras y batería, formación clásica de power trío), ensayando cada día en jornadas agotadoras bajo la estricta mirada de su padre y componiendo canciones que estarían llamadas a convertirse en himnos de toda una generación. O de varias.

¿Cómo definir el especial sonido de las Shaggs? Una vez el gran Yehudi Menuhin dijo que la música "ordena el caos, pues el ritmo impone unanimidad en la divergencia, la melodía impone continuidad en la fragmentación, y la armonía impone compatibilidad en la incongruencia". Pues bien, las hermanas Wiggin consiguieron hacer exactamente lo contrario.

Las cosas no fueron fáciles al principio: cuando al fin las Shaggs pudieron acceder a un estudio de grabación (previo pago de todo lo recaudado por su padre en actuaciones estelares en ferias locales), el ingeniero de sonido, que no acababa muy bien de comprender cómo sonaba todo aquello, intentó marcar afinaciones y hacer entrar en compás a la aparentemente caótica sonoridad de la banda. Sin embargo las chicas no se dejaron amedrentar: a estas alturas casi tan seguras de su destino como su propio padre, insistieron en que la grabación debía captar fielmente aquel sonido único, aquella indescriptible amalgama de notas deslizándose por composiciones cantadas de manera extrañamente distante y monocorde, con letras como: "Hay muchas cosas que me pregunto. Hay muchas otras cosas que no me pregunto. Parece como si las cosas que más me pregunto son las cosas que nunca averiguaré." 

Y así vio la luz a comienzos de 1969 y bajo el impresionante título de Filosofía del Mundo, el primer, único y último álbum de las Shaggs, con doce temas repletos de amables discordancias (años después y por las vueltas de la fiebre Shaggs saldrían a la venta algunas canciones inéditas).

Curiosamente, Filosofía del Mundo no tuvo ni la más mínima repercusión. No sonó en las radios, no ganó un disco de platino, nadie tarareó sus canciones y ni siquiera les dio para hacer una gira de presentación. El mundo parecía haber tomado un camino paralelo para burlar el destino y hurtarle a las Shaggs su triunfo. Tuvieron que ver, quizás con amargura, como los Doors y otros cantamañanas acababan ocupando el sitio que genuinamente les pertenecía.

¿Se equivocó el destino? la respuesta es no. Cuando parecía que un miserable manto de olvido caía sobre las muchachas, nuevas generaciones de estrellas de la música empezaron poco a poco a hablar de su influencia. Quizás el primero en mencionarlas fue Frank Zappa, quien, poniendo el listón muy alto, las comparó con los Beatles. Luego siguieron Kurt Cobain, Jonathan Richman o los NRBQ, rindiéndose de admiración ante Filosofía... A partir de ahí, la apoteosis. Ya se sabe como es el periodismo de tendencias, especialmente el de la crítica musical: se comporta como una bola de nieve rodando colina abajo. Más de dos décadas después de grabado el disco y de la noche a la mañana se desató la shaggmanía: la prensa especializada competía por arrogarse el descubrimiento de aquel tesoro musical. Se escribieron sesudos análisis tratando de desentrañar si la música de las Shaggs era proto-punk, avant garde, naif-noise, arty-pop, o simplemente el producto de unas mentes perturbadas. El disco llenaba páginas y páginas y hacía correr ríos de tinta, incluso cuando era prácticamente inencontrable (Filosofía había salido con apenas unas cien copias, y no fue hasta que Dorothy Wiggin consiguió encontrar las cintas originales que el disco se reeditó, veinte años después). No hay más que comprobar la cantidad de resultados que arroja google, o las cientos de miles de visitas en youtube... Se llegó a estrenar un musical en el off-Broadway con su música, ¡¡hasta el mismísimo Tom Cruise se interesó en rodar su historia para la Warner!! la prueba definitiva de que se ha alcanzado la inmortalidad.

Así, artículo tras artículo, mención sobre mención, y sin necesidad de que casi nadie las escuchara realmente, las Shaggs finalmente alcanzaron su destino, convirtiéndose en referencia ineludible y grupo de culto por excelencia. Incluso desde este modesto blog ahora mismo estamos contribuyendo a su celebridad. Es la magia del Destino.

Por eso hoy podemos decir sin casi temor a exagerar, que las Shaggs son ya más famosas que Jesucristo. Y casi tanto como Ed Wood.

 

Escucha Filosofía del Mundo

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Sarah Winchester y la eterna reforma

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Dicen que no es posible bañarse dos veces en un mismo río (aunque yo creo que contando con una bicicleta y pedaleando rápido sí se podría...). De la misma forma, para Sarah Winchester, joven viuda del siglo XIX, no era posible vivir dos veces en la misma casa, y no porque se mudara de barrio, sino porque su casa nunca era igual de un día para otro.

La residencia Winchester estuvo siempre en reformas, reformas que se prolongaron, ininterrumpidamente, durante treinta y ocho años. De hecho, las obras constantes fueron la misma razón de ser de la Mansión Winchester. Alguno pensará que soportar albañiles martilleando día y noche durante cuatro décadas podría enloquecer a cualquiera... pero el imparable trajín constructivo, lejos de incomodar a la propietaria, más bien ayudaba a tranquilizarla. El ir y venir de carpinteros y fontaneros, las puertas y tabiques que se ponían hoy y se quitaban mañana, las ventanas que cambiaban constantemente de lugar, mantenían viva a la dueña de casa y a la vez entretenidos a los miles de habitantes de la mansión Winchester. Porque Sarah, viuda de William Winchester, no vivía sola. La acompañaban a toda hora las almas en pena de los que habían muerto a consecuencia del uso de los populares rifles fabricados por la empresa familiar de la que procedía.

La joven viuda era heredera de la fabulosa fortuna amasada por su suegro gracias a su célebre rifle Winchester de repetición, un revolucionario invento que prácticamente acabó por decidir el resultado de la guerra de secesión norteamericana, y enriqueció a la familia. No fue hasta quedarse viuda que Sarah se vió acosada por un flujo interminable de fantasmas que volvían desde el más allá para atormentarla con reclamaciones y quejas.

Sarah inició una desesperada huida hacia ninguna parte, intentando dar esquinazo a los espectros, hasta que en 1884 acabó recalando en San José, un pueblo del oeste de California, en donde adquirió una finca con una casa a medio construir. Sarah no tenía ni idea de arquitectura, pero inmediatamente decidió desechar los planos y ponerse a improvisar. Con una cuadrilla estable de casi treinta trabajadores que se instalaron el la finca de manera permanente, se pasó las siguientes cuatro décadas construyendo y reformando el caserón día y noche, sin parar ni siquiera los fines de semana. Sarah se dió cuenta de que las obras mantenían desorientados a los espectros, que vagaban estupefactos por pasillos y estancias que constantemente cambiaban de lugar o de dirección. Por esa misma razón, y para no perder la ventaja del efecto sorpresa, Sarah no seguía planos estrictos en la construcción: cada mañana bien temprano, con el desayuno, decidía con sus capataces y sobre la marcha las reformas del día. Reformas que no necesariamente seguían el sentido común. Así, en las cerca de ciento sesenta estancias que tenía el caserón (el número, evidentemente, fluctuaba), los fantasmas se podían encontrar con ventanas empotradas en el suelo, puertas que daban a una pared, una habitación construída dentro de otra, pasillos que acababan en el punto de inicio o escaleras que volvían sobre sí mismas. Incluso había una impresionante escalera de caracol de 42 escalones que sólo subía tres metros del suelo, puesto que cada escalón medía cinco centímetros de alto.

No solo los fantasmas se confundían: el servicio doméstico debía usar planos (que variaban casi cada día) para las tareas más elementales, como encontrar el camino de regreso a la cocina luego de servir el desayuno.

Se puede decir sin temor a exagerar que Sarah Winchester elevó el bricolage a la categoría de arte, y su propio hogar fue su obra maestra: una única obra, pero siempre diferente.

La casona siguió su rutina de cambios constantes (llegó a alcanzar una altura de siete plantas), hasta el año 1922, año en el que Sarah, ya octogenaria, acabó uniéndose a la tropa de almas que durante tantos años le habían hecho compañía. 

Sus herederos vieron en la vieja mansión una extraordinaria oportunidad de negocio: puesto que ya arrastraba una reputación de casa encantada, la acabaron explotando como atracción turística bajo el nombre de Winchester Mistery House. De hecho, aún hoy se puede visitar. Tienen una página web, una tienda de souvenirs, y ofrecen una visita guiada en donde los esforzados guías se empeñan en convencer al turista de que aún se escuchan extraños ruidos de almas en pena por los pasillos. Todo en vano: con la muerte de Sarah el trasiego de las obras cesó definitivamente, y también cesó el deambular de los fantasmas. ¿Por qué se fueron? Tal vez sin Sarah Winchester ellos ya nada tenían que hacer allí. Tal vez a los fantasmas, como a los jubilados, lo que realmente les gustaba era mirar las obras.   

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El mundo del Otro Yo

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Del otro lado del Sol, tan precisamente del otro lado que nunca podemos verlo, existe un planeta exactamente igual a la Tierra. Los mismos mares, los mismos continentes, la misma vida: personas que son iguales a nosotros, tan iguales que son nuestros dobles. Aunque, quizás, con alguna que otra diferencia...

Esta inquietante idea es la base de una vieja pelicula de ciencia ficción británica llamada Más allá del Sol (1969), en ella, después de un largo viaje
unos astronautas descienden en la que parece ser nuestra Tierra. Creen que han regresado, pero pronto se dan cuenta de que las cosas no son exactamente como debieran ser. Hay que decir que la película resulta un tanto fallida, pues no acaba de desarrollar la interesante idea de partida hasta sus últimas consecuencias. Producida por los hermanos Anderson, los mismos que habían sido responsables de series con marionetas como los Thunderbirds, destinan la mayor parte del metraje a recrearse con las bonitas maquetas. Aún así, la idea de un planeta gemelo girando en la misma órbita que la Tierra pero en el extremo opuesto, siempre oculto detrás del Sol, es verdaderamente sugerente. 

Pero, sin embargo, no es del todo nueva: unos cuantos siglos antes un hombre llamado Filolao, discípulo de Pitágoras, construyó un modelo del cielo que incluía la existencia de un planeta al que llamó Antichton (Contratierra). La Contratierra seguía una órbita tal (y Filolao fue el primero en imaginar que los cuerpos celestes, incluyendo nuestra Tierra, se movían en el espacio), una órbita tal que hacía imposible que nosotros la pudiéramos ver desde nuestra posición.

Volviendo a nuestra película, en su versión original se titulaba Doppelgänger. Palabra que literalmente significa “el que camina al lado” y que se usa para describir a un doble fantasmal, a un Otro Yo que posee características opuestas a las nuestras, un “reverso” que, de alguna manera, nos complementa o nos completa, como Hyde al bueno de Jeckyll.

Recordamos incluso una serie de comics de la DC, llamada Tierra 3, que desarrolló una idea similar. La Tierra 3 era un mundo paralelo al nuestro en donde en lugar de la Liga de la Justicia, el famoso grupo de superhéroes de la DC, había una contrapartida malvada de supervillanos, el Sindicato del Crimen. El Superman y el Batman y los demás héroes de nuestra Tierra son allí criminales. Para combatirlos, se alza un heroico y noble Lex Luthor... 

Hubo también un escritor de literatura fantástica que usó la idea de la Contratierra para desarrollar una interminable saga (veintiseis libros) llamada Las Crónicas de Gor o Crónicas de la Contratierra. John Norman, que así se llama el escritor, ubicó también su Contratierra justamente al otro lado del Sol, de manera que su presencia quedara convenientemente oculta a nuestro mundo. Pero Norman no hizo de aquel mundo un duplicado del nuestro: prefirió poblarlo con sus fantasías más o menos sadomasoquistas. En el planeta Gor, los hombres son musculosos guerreros al estilo Conan y las mujeres esclavas que viven solo para satisfacer a sus amos. Contra lo que pueda parecer Norman la describe, sin embargo, como una sociedad feliz. Cada tanto los goreanos se montan en sus naves espaciales (pues son un pueblo tecnológicamente avanzado, el estilo Conan es la manera en que han elegido vivir) y se pasan por nuestra Tierra para hacer acopio de más mujeres. Nuestras pobres coterráneas al principio sufren un poco bajo el látigo, las marcas con hierro candente y las violaciones constantes, pero pronto se acostumbran porque, segun Norman (que además de escritor es profesor de filosofía en una universidad americana), la verdadera naturaleza de la mujer es el sometimiento, y solo en la esclavitud puede alcanzar la plena realización de su femineidad y la completa satisfacción de su sexualidad. No se puede decir que Norman no haya puesto su Otro Yo en su imaginada Contratierra.    

El caso es que quizas hoy en día la comunidad científica no esté muy dispuesta a aceptar literalmente la hipótesis de inquietante simetría de un planeta gemelo al nuestro girando en la misma órbita que la Tierra. Sin embargo, las últimas y más avanzadas teorías de la física y la cosmología hablan ya de la probabilidad de la existencia de universos paralelos. Más concretamente, de lo que han dado en llamar Multiverso: según esta hipótesis, nuestro universo sería solo una de las infinitas posibilidades de universos. Y todos esos universos posibles coexistirían en realidades paralelas, de modo tal que en alguna parte de ese inimaginable ramillete de posibilidades podríamos encontrar una Tierra como la nuestra, habitada por personas como nosotros, pero cuyas vidas hayan seguido caminos ligeramente distintos. Es decir, un mundo casi igual al nuestro pero con ligeras diferencias, originadas por aquellas elecciones vitales que en algún momento nosotros hemos descartado y nuestros dobles del mundo paralelo, sin embargo, han decidido seguir.

Es decir que en esa otra Tierra habrá quizás un Mark Zuckerberg que se ocupará de escribir un blog llamado la Caja Negra, mientras que un Wilbur Mercer habrá inventado Facebook y estará ahora disfrutando de una vida espléndida gracias a las bondades de una cuenta bancaria milmillonaria. 

Si es así, una cosa me queda clara: he nacido en la Tierra equivocada. 

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