Cine de Ensayo y Error: El planeta de las rubias prehistóricas

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Estamos en un planeta primitivo y salvaje. Por un lado, tenemos a unos circunspectos cosmonautas terrestres enfrentándose a toda clase de calamidades. Por el otro, a un clan de macizas rubias prehistóricas, con pantalones sesenteros y sujetadores de caparazón de almeja, capitaneadas por Mamie Van Doren. Unos y otras nunca llegan a encontrarse.

Esta es la obra maestra involuntaria dirigida por un debutante Peter Bogdanovich, “Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas”, estrenada en 1968.

Peter Bogdanovich es lo que se conoce como un “cineasta intelectual”. Crítico y teórico de cine además de director, siempre a la saga de vacas sagradas del séptimo arte como Truffaut, Hitchcock o Welles. Sus películas (“Máscara”, “The last picture show”, “Luna de papel”) suelen ser profundas, complejas, esforzadas y aburridas. El tipo de cine conocido como “de arte y ensayo”. Pero fue con su primer film, que podríamos definir como “de ensayo y error”, cuando alcanzó verdaderamente la genialidad.

¿Cómo llegó este hombre con gruesas gafas de pasta a dirigir aquello? El milagro se lo debemos al productor Roger Corman. Bogdanovich comenzó trabajando como asistente suyo en los años sesenta. En la autobiografía del productor, “Como hice 100 films en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo”, el propio Bogdanovich nos cuenta la historia: Corman había adquirido los derechos de una película soviética de ciencia ficción, “Planeta Burg”. La cinta tenía unos muy esmerados efectos especiales, con vistosas maquetas, vestuario elaborado y un muy sofisticado robot. Todo realmente espectacular para la época. Pero tenía un  gran defecto: faltaban mujeres.

Así que Corman decidió trocear la cinta y aprovechar sus mejores escenas, agregando nuevas tomas para completar el metraje. De allí sacaría tres películas, la tercera de las cuales es la que nos ocupa: la llamó “Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas”, y el encargado de rodar las nuevas secuencias y unir los trozos fue Bogdanovich. “Contraté a un puñado de chicas drogadictas que paseaban por la playa de Leo Carrillo –que debe parecer que es Venus-. Las disfrazamos de sirenas con conchas marinas tapándoles los pechos. Eran los trajes más chabacanos que había visto jamás”, cuenta el director en el citado libro.

Una vez rodadas estas escenas en la playa, las intercaló con las de la película rusa y, utilizando el recurso de la voz en off (él mismo ejerce de narrador) teje una historia que, resumida, es la siguiente:

Una nave de la Tierra desciende al planeta Venus. Los cosmonautas se encuentran con un brumoso paisaje arcaico, plagado de bestias prehistóricas. Comienzan a oír un extraño canto, como un canto de sirenas. En otra parte, sobre una playa de rocas, vemos a unas impresionantes rubias ataviadas con blancos y ajustados pantalones muy a la moda de los sesenta, y con grandes conchas marinas cubriendo sus pechos: son las prehistóricas habitantes de Venus. Los cosmonautas, mientras tanto, abaten a un saurio volador, una especie de pterodáctilo. El bicho resulta ser el dios de las rubias prehistóricas. Éstas encuentran su cadáver en la playa y lo arrojan al mar. Deciden vengarse de los “malvados hombres” y, utilizando el poder de la mente, provocan la explosión de un volcán y un maremoto que obligará a los cosmonautas a abandonar precipitadamente el planeta. Fin de la historia.

Las escenas filmadas por Bogdanovich consisten, pues, en varias tomas de las chicas deambulando por la playa, acarreando un pterodáctilo de goma y mirando inexpresivamente al mar. A excepción de Mamie Van Doren (una sttarlette de grandes pechos surgida al rebufo de Marilyn Monroe), ninguna de las chicas era capaz de actuar, de manera que el director lo solucionó haciendo que ellas se comunicaran “por telepatía”. Así se limitaba a encuadrar sus caras mientras una voz en off femenina recitaba los diálogos.

Naturalmente, las rubias prehistóricas y los cosmonautas nunca llegan a cruzarse en toda la película. Algo que surge de una imposibilidad evidente: las secuencias de los cosmonautas pertenecen a otro film. Pero esto es lo que justamente hace de la cinta una Obra Maestra, al encarnar la quintaesencia de un coitus interruptus de proporciones siderales: pensemos en unos hombres que viajan miles de años luz para llegar a un planeta habitado por Mamie Van Doren y un montón de chicas semidesnudas y... ¡¡nunca se encuentran!!

Brillante. Sencillamente genial. Ya lo dice el narrador, en la voz del propio Bogdanovich: “Venus... Venus... el planeta llamado como la Diosa del amor. Allí es... donde la perdí... a 26 millones de millas de aquí. Porque yo sé que ella existe. ¡¡Lo sé!! Todo el tiempo que estuvimos allí yo la podía oír. A ella y a su dulce e inquietante canto. Como el de las sirenas que tentaron a Ulises... Vais a pensar que he vuelto a la tierra completamente loco. Loco y todavía intoxicado por la atmósfera de allí. Pero, esperad, me estoy adelantando. Dejadme contaros toda la historia. ¡¡Y luego podéis pensar lo que queráis!!”

 

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29/10/2009 13:25 Autor: wilbur mercer. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

Política de vanguardia: el Ministerio de Ocultismo

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Lo que no puede ser no puede ser. Una serie de desafortunados acontecimientos y la prematura muerte de su inspirador acabaron escamoteando a la Historia una de las más originales iniciativas en materia de política de vanguardia: la creación, en la Alemania de los albores del Tercer Reich, de un Ministerio de Ocultismo, cartera que ocuparía nada menos que un vidente y mentalista judío, el célebre “mago de Hitler” Erik Jan Hanussen.

Tan necesaria repartición estatal no llegó, como decíamos, a concretarse, por el inoportuno encuentro entre Hanussen y una bala calibre 9 milímetros.

Pero la peripecia vital del vidente del nazismo, de actor callejero en el gueto judío de Viena a multimillonario y todopoderoso profeta del Tercer Reich (contada con pelos y señales en el imprescindible libro de Jesús Palacios Hanussen, la vida y los tiempos del mago de Hitler), merece una reseña.

Nacido Herschmann Chaim Steinschneider en Viena, criado en los teatros ambulantes y el circo, que será su primera escuela; sucesivamente actor, cantante de ópera, domador de leones, detective psíquico, periodista, rabdomante, espiritista, hipnotizador, vidente y astrólogo, entre otros muchos oficios; recurrió también a varios nombres hasta alcanzar su identidad definitiva: Hanussen.

Hanussen amasó una fortuna con impresionantes espectáculos en los que ponía en práctica sus dotes adivinatorias, combinadas con números de mujeres forzudas que él mismo entrenaba.

En el periódico que dirigía, el Berliner Wochenstchau, profetizó una y otra vez el ascenso del partido Nazi, el por entonces modesto grupúsculo político dirigido por un casi desconocido Adolf Hitler. Hanussen apoyó con entusiasmo las nuevas ideas pro-arias. Ser judío no lo desanimó en absoluto. Tal fue su apoyo que además de vidente se transformó en prestamista a gran escala de varios de sus dirigentes.

Pero su trabajo no se limitó a predecir con sorprendente exactitud cada uno de los hechos que marcaron el advenimiento del Reich. Hitler, por entonces, era un político aficionado con escaso carisma y serios problemas de comunicación en público. Aquí parece ser que Hanussen jugó también un papel fundamental: enseñó al futuro Führer todos los gestos, las maneras, la puesta en escena y los recursos de fascinación de masas que él mismo había desarrollado para sus espectáculos. Sus dotes de hipnotizador y, sobre todo, su experiencia en el circo se revelaron fundamentales para la tarea.

El judío Hanussen se colocó así en primera plana en el grupo de confianza de Hitler. Su ambición, llegar a ser Ministro de Ocultismo en el futuro gobierno de los mil años. Junto al Ministerio, también proyectaba fundar y dirigir una Universidad de Ocultismo. Para ir abriendo boca inauguró un establecimiento, el fastuoso “Palacio del Ocultismo”, en donde cada noche presidía una sesión de videncia ante los futuros dirigentes de la raza superior, la plana mayor del Tercer Reich (escenas que se pueden ver en la película de Werner Herzog Invencible, de 2001, con Tim Roth interpretando a Hanussen).

Coincidiendo con la llegada de Hitler a la cancillería, Hanussen hace su más impresionante vaticinio. Pronostica, con 24 horas de antelación, el incendio de la sede del parlamento alemán, acontecimiento que supondría el inicio del poder absoluto del nazismo.

Pero aquí la suerte de Hanussen cambia de rumbo: el futuro Ministro de Ocultismo de la Nueva Alemania pierde el favor de la jerarquía nazi. Muchos apuntaron que un ministro judío no hubiera estado bien visto en el gabinete ario del nuevo orden mundial. Tal vez. Pero más probablemente la muerte del mentalista supuso la manera más práctica de cancelar las enormes deudas monetarias contraídas por sus amigos del partido; gente que no era de fiar, después de todo.

El caso es que este hombre genial a su manera, que vivió varias vidas en el corto espacio de 44 años, acabó su historia increíblemente con el único acontecimiento que su talento de vidente no fue capaz de predecir: su propio asesinato.

 

Hanussen. La vida y los tiempos del mago de Hitler. Jesús Palacios. Ediciones Oberon.

 

 

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08/10/2009 11:28 Autor: wilbur mercer. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

Un puñado de hombres sensatos: la Sociedad de la Tierra Plana

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Siempre se ha dicho que las explicaciones más simples suelen ser las acertadas. Este parece ser el principio rector de un grupo de hombres de ciencia que desde el último medio siglo defienden con ahínco una cosa que debería ser evidente para la gran mayoría de las personas: Nacemos, vivimos y morimos sobre una Tierra tan plana como una tortilla.

Rebobinemos: 

Hacia el 1800 un grupo de intelectuales británicos constituyeron una sociedad de pensamiento escéptico cuya principal tarea era desmentir la muy extendida idea de que la Tierra es esférica. Las discusiones sobre el tema en la Geographic Society fueron formidables. Los argumentos de nuestros amigos acabaron condensados en un libro “Earth not a globe” (La Tierra no es un globo). Los partidarios del globo, sin embargo, fueron poco a poco ganando la partida, y la sociedad escéptica languideció durante todo el período de entreguerras. Hasta que, en 1956, su nuevo presidente, Samuel Shenton, miembro destacado de la Sociedad Astronómica Británica, le dio un nuevo impulso y la bautizó con su nombre definitivo: The Flat Earth Society (La Sociedad de la Tierra Plana).

No soy un experto en astrofísica, de manera que no quiero entrar a hacer valoraciones, pero debemos reconocer que las ideas de la Sociedad son, como mínimo, razonables: se basan en la observación directa y en el sentido común. Frente a la idea de una esfera flotando en el espacio, sin “arriba” ni “abajo”, en donde las personas y las cosas se mantienen “pegadas” a la superficie merced a una misteriosa “fuerza” llamada gravedad, estos hombres sensatos sostienen que, en realidad, estamos sólidamente asentados sobre un círculo plano. El centro de ese círculo es el polo norte, y a su alrededor se distribuyen los continentes. Luego está el océano, cuyas aguas se van enfriando progresivamente según se acercan al borde del círculo, para acabar en una gran muralla de hielo de unos 45 metros de altura (cálculo aproximado) que rodea todo el perímetro. En total, una gran pizza de unos 40.000 kms. de diámetro.

Los fanáticos de la idea de la Tierra-globo vociferan que nunca nadie vio esas murallas de hielo, pero no es verdad. El presunto “continente antártico”, que muchos se han apresurado a considerar una masa compacta, pero que nadie circunnavegó en su totalidad, es en realidad el límite helado que rodea todo el borde del disco.

Lo que la Sociedad denuncia, en definitiva, es el gran engaño a que la ciencia, con la complicidad de los gobiernos del mundo, nos tiene sometidos. La prueba más palpable del contubernio la encontramos en la bandera de Naciones Unidas, todo un guiño para quien quiera verlo: dicha bandera reproduce con exactitud el mapa de la Tierra plana, tal como nos lo vienen describiendo los hombres de nuestra Sociedad desde hace más de un siglo. A buen entendedor, pocas palabras.

¿Y el Sol? Tal y como podemos comprobar a simple vista, es un redondel que cruza de un lado a otro el gran disco terrestre. Caso contrario (si fuera la Tierra la que gira alrededor del Sol) viviríamos mareados, muy mareados.

En los años sesenta, con la moda de los viajes espaciales, la Sociedad de la Tierra Plana alcanzó su máxima popularidad. La tarea de su nuevo presidente Charles K. Johnson (quien se propuso “recuperar la cordura” del mundo) fue ingente. Se llegó a contar con más de 3.000 asociados. Después de todo, las fotografías que nos llegaban de los satélites mostraban claramente un disco azul, plano como un omelette. En cuanto a la pretendida aventura lunar de la misión Apolo, la Sociedad adhirió sin fisuras –y con buen sentido– a la opinión dominante de que todo aquello se había rodado en un estudio del viejo Hollywood a las órdenes de Stanley Kubrick.

Lamentablemente, los nuevos sacerdotes de la ciencia oficial parecen estar ahora ganando la batalla, y la tranquilizadora idea (para los que padecemos de vértigo) de una Tierra plana va poco a poco cayendo en el olvido. La incansable Sociedad continúa, desde su sede central de Lancaster (California), imprimiendo sus folletos y difundiendo notas de prensa, a la espera de que vuelvan tiempos más sensatos. “Paciencia, el mundo es ancho y extenso”, parecen decir, como Abbott. Desde aquí les deseamos toda la suerte del mundo (plano).   

 

 

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La familia más odiada de los EEUU

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Un grupo de adorables muchachas y niños luminosamente rubios se agrupan en una esquina cualquiera de una ciudad americana. Todos sujetan, sonrientes, coloridas pancartas con lemas rotundos: “Dios odia a los maricones”, “América se mereció el 11-S”, “Ninguna lágrima por los maricones”, “La Libertad es una tortillera” o “Los maricas comen mierda”. Se trata de algunos de los numerosos miembros de la familia Phelps en pleno piquete callejero. Una familia muy normal del medio oeste  americano, a no ser por un pequeño detalle: los Phelps constituyen el núcleo central de uno de los más bizarros grupos religiosos  de América (y esto ya es mucho decir...): la Iglesia Bautista de Westboro, que cuenta con unos setenta miembros oficiales, todos bajo la batuta del predicador Fred Phelps, más conocido como “abuelito”, el patriarca de la familia más odiada de los EEUU.

Su historia nos la cuenta Louis Theroux (hijo del escritor Paul Theroux) en el hipnótico documental dirigido y presentado por él mismo para la BBC.

“La familia más odiada de los EEUU” es del 2007, pero puede encontrarse fácilmente en la red, en versión subtitulada y con buena calidad de imagen, y desde ya se ha convertido en uno de los documentales favoritos de esta casa.

De manera muy inteligente, Theroux, quien convive con los miembros de la iglesia durante un par de semanas, no se detiene mucho tiempo en la figura del patriarca, Fred “abuelito” Phelps, un auténtico palurdo del medio oeste que parece salido directamente de una película de los Coen. El presentador, en cambio, pone el foco en las nietas del predicador, unas simpáticas adolescentes pletóricas de furia divina, atrapadas en la incesante prédica del odio y de las frustraciones sexuales de “abuelito”, y con las que el documentalista intenta sinceramente empatizar. 

Mientras los acompaña a los piquetes, Theroux llega a la conclusión de que estos jóvenes y niños son, con diferencia, los principales perjudicados por la cruzada de odio de la desaforada e inverosímil Iglesia Bautista de Westboro.

Búsquenlo en la red. Merece la pena.

 

“The Most Hated Family in America” , Louis Theroux, BBC, 2007, 58 min.  

 

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31/08/2009 12:20 Autor: wilbur mercer. Enlace permanente. Tema: La familia más odiada de los EEUU. No hay comentarios. Comentar.

Mary Baker-Eddy: la guerra contra la realidad

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Ahora que se está volviendo habitual la tontería de ciertos hombres dispuestos a morir por su fe, nos gustaría recordar a una mujer genial que se hizo célebre a fuerza de insistir en un dogma no menos sorprendente pero radicalmente opuesto: si uno se llega a morir, no es por otra cosa que por falta de fe.

A cualquiera que dijera que sólo se envejece por equivocación y se muere por falta de confianza hoy en día lo tomarían por un loco. Pero en el siglo diecinueve una pequeña mujer empecinada llamada Mary Baker-Eddy puso en pie una religión alrededor de esta idea que acabó convenciendo a millones de fieles por todo el mundo.

Mary Baker-Eddy era una chica nerviosa y de mala salud perteneciente a una familia humilde de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra. Desahuciada por los médicos, pasó toda su juventud en un estado de postración e invalidez que no le permitía hacer otra cosa más que pensar. Así fue como llegó a dar con una idea extraordinaria: si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y a Él nunca le duele nada ni cae nunca enfermo, al hombre, lógicamente, tampoco. La enfermedad, la vejez y la muerte son, por lo tanto, una equivocación, un error en el que suelen caer los hombres con cierta enojosa frecuencia. Un error de percepción que se convierte en estafa en manos de los médicos, que arteramente se ocupan de perpetuar la falsa creencia.

Una vez hecho su descubrimiento Mary Baker-Eddy se curó a sí misma de inmediato y puso sus ideas por escrito en un libro autopublicado llamado Ciencia y Salud. Alquiló un granero y abrió una cátedra para formar doctores en su nueva y revolucionaria disciplina a la que llamó “ciencia cristiana”.

La escuela de Mary Baker-Eddy hacía una oferta francamente tentadora: convertirse en doctor en doce sencillas lecciones. Doce lecciones que eran más que suficientes: los nuevos doctores no tendrían necesidad de auscultar al paciente ni hacerle diagnóstico, ni siquiera tocarlo. Bastaba con decirle al enfermo que no estaba enfermo. La cosa funcionó de maravillas, los doctores en ciencia cristiana prosperaron económicamente y con ellos Mary Baker-Eddy. Tanto creció la adoración hacia su persona que se decidió convertir todo el asunto en una religión: así nació la Iglesia de la Ciencia Cristiana.. Con los millones recaudados a estas alturas se erigió una marmórea basílica en Boston, un enorme templo a la mayor gloria de Madre Mary, al que le siguieron otros en toda América y Europa. Hacia fines del siglo diecinueve esta pequeña mujer llegó a ser una de las más ricas e influyentes del mundo. Hasta el propio Mark Twain escribió un libro sobre su figura.

Sin embargo, Mary Baker, contradiciendo los preceptos de su propia religión, envejecía.. Decidió aislarse, pero sólo contribuyó a despertar el interés de los medios. Para despejar dudas, accedió a dar una última conferencia de prensa que, al parecer, fue impresionante: casi centenaria, sujeta al cortinaje para no caerse, sin dientes y medio sorda, alcanzó a balbucear dos respuestas monosilábicas a las preguntas de los pocos periodistas acreditados al evento.

Mary Baker-Eddy impugnó definitivamente su propia teoría el 3 de Diciembre de 1910.

 

Stefan Zweig contó su apasionante vida en “La curación por el espíritu” (ed. Acantilado), libro que recomendamos vivamente.

 

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Música de fondo para conquistar la Galaxia

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Se acaba de estrenar en cines el remake de “Ultimatum a la Tierra”, un clásico de la ciencia ficción de los años 50. Previsiblemente, decepciona. A la salida me he preguntado por qué. ¿El guión es más flojo? ¿los actores son peores? ¿los efectos especiales no están a la altura? Nada de eso: esta nueva versión no nos convence porque cuando aparece el extraterrestre no suena de fondo el inquietante sonido del theremín.

Aprovechemos, pues, la ocasión, y hablemos de ese fantástico instrumento musical, el theremín, que es el único que suena sin ser tocado y que hoy sufre el olvido del gran público.

El éxito del theremín llegó con el cine: era infaltable en las bandas sonoras de las películas de misterio y ciencia ficción de los años cuarenta y cincuenta. Tanto que hoy nos basta con escuchar sus sugerentes glissandos para imaginarnos al instante la pulida carcasa plateada de un platillo volante avanzando desde la infinita negrura del espacio exterior. Su sonido es sinónimo de peligro para la raza humana. Solo por eso es mi instrumento preferido, por delante del piano y la guitarra.

El artefacto es una invención del físico Lev Serguéievich Termen, nacido en San Petersburgo y más conocido como León Theremin. Lo desarrolló en 1919, y lo llamó eterófono, aunque acabaría popularizándose por el apellido de su creador.
Pero lo verdaderamente mágico de este hipnótico instrumento es el hecho de que se toque sin ser tocado: formado por una caja de madera con aspecto de centralita telefónica, con válvulas de vacío y osciladores en su interior, y provisto de dos antenas, una vertical y otra, en el lado izquierdo, en posición horizontal, se ejecuta acercando y alejando las manos a dichas antenas. El sonido se produce en el aire, por la interferencia de dos señales de radio de diferentes frecuencias. La proximidad y el movimiento de las manos modifica las señales, de cuya interacción surge ese característico sonido, una música única que nos pone los pelos de punta y acaba ahuyentando a nuestro gato.
El instrumento funciona por pura electricidad. Con la mano derecha se controla el tono y con la izquierda el volumen.

Theremin presentó su invento en Moscú en 1920, y causó tal sensación que el mismísimo Lenin acabó solicitándole clases particulares. Hay que decir que llegar a controlar bien el instrumento es endiabladamente complicado: las notas están en el aire, en alguna parte, y ligeras variaciones en las condiciones del ambiente, o incluso en el cuerpo del thereminista, pueden hacer que modifiquen su posición.

Hacia 1927 el profesor se trasladó a América acompañado de una “compañía de ballet Theremín” reclutada para la ocasión, que llegó a actuar en el Carnegie Hall. Allí vendió la licencia a la RCA, que comenzó su fabricación en serie. Pero mientras tanto en Rusia Stalin había sucedido a Lenin. Al parecer el nuevo líder no compartía los gustos musicales de su antecesor: el profesor Theremin fue obligado a regresar a la patria e internado en un campo de concentración en Siberia, acusado de traición.
En América y en ausencia de su creador, el instrumento comienza a hacer fortuna en el cine. Además de la ya mencionada “Ultimátum a la Tierra” aparece en innumerables filmes de terror, misterio y ciencia ficción (”Recuerda”, de Alfred Hitchcock, por ejemplo, en donde el doctor Hoffman, prestigioso podólogo durante el día y afamado thereminista por las noches, pone ambiente a las escenas oníricas, “Vinieron del espacio exterior”, “Asesinato a medianoche”, “Operación Luna” o “El día del fin del mundo”, entre muchas otras). Luego de un largo eclipse, el inquietante sonido deltheremín resurge en los años noventa, en buena medida gracias a Tim Burton, que lo rescata para la banda sonora de “Ed Wood” (curiosamente, el propio Ed Wood nunca llegó a utilizarlo en ninguna de sus películas…)
Fuera del cine, los primeros en adoptar el theremín fueron los Beach Boys. Luego lo llegarían a utilizar desde Led Zeppelin hasta Radiohhead, pasando por Fangoria…

Sorprendentemente, el profesor Theremín sobrevivió a las vacaciones forzosas en Siberia. Irónicamente acabó recibiendo el “premio Stalin” en reconocimiento a su labor y antes de morir en 1993 pudo viajar otra vez a América y enterarse del extraño éxito alcanzado por su no menos extraño y maravilloso instrumento.
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El artista olvidado más famoso del mundo

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Entre los despistes más llamativos que nos ha dado la Posteridad, quizá ninguno como el que le ha sido deparado a John Banvard. Su nombre hoy no le dirá nada a nadie, y sin embargo hace siglo y medio llegó a ser el artista más célebre y de mayor éxito y fortuna del mundo.

La peripecia vital de Banvard es única (para quien quiera conocerla en detalle,que lea el excelente Gloriosos Fracasos, de Paul Collins editado por Mondadori): Joven y con talento para el dibujo, Banvard recorría los pueblos de Kentucky, entonces zona de frontera, ganándose malamente la vida como pintor de carteles y durmiendo al aire libre en los puertos del Mississippi.
Al poco consiguió trabajo haciendo telones de escenografía para un teatro ambulante, y allí aprendió a pintar rápido y a gran tamaño lienzos hechos para ser vistos a la distancia. Pero su vida cambió cuando vio en una feria de atracciones un “panorama”: eran éstos unos rollos continuos de lienzo pintado que se iban desplegando horizontalmente al girar una manivela, mostrando escenas de paisajes en forma sucesiva a la vista del público.

Banvard decidió que él haría un “panorama”, pero no uno cualquiera: haría la pintura más grande jamás realizada. Puesto que se había criado a orillas del río, no tuvo que pensar su tema dos veces: compró una pequeña barca y un baúl, que llenó de lápices y cuadernos de dibujo…

Porque John Banvard se propuso pintar, en todos sus detalles, desde su nacimiento hasta su desembocadura y en un solo rollo de lienzo continuo, el río Mississippi.

El río Mississippi tenía y tiene unos 5.000 kilómetros de costa, lo que nos puede dar una idea de la magnitud de su empresa. Se embarcó hacia 1842 y recorrió, solo y durante dos años, la inmensa distancia de lo que entonces era una casi despoblada y peligrosa frontera, desde Missouri hasta Nueva Orleans, tomando apuntes. Luego compró enormes bobinas de lienzo que unió, y en un viejo galpón de madera pintó lo que sería su obra maestra: el “Gran Panorama móvil del Mississippi de Banvard”, que decidió mostrar al público por primera vez el 29 de junio de 1846, en un teatro de la ciudad y a 50 céntimos la entrada.

La obra, más que una pintura, era lo que hoy llamaríamos un espectáculo multimedia: mientras se iba desenrollando a lo largo del escenario (las bobinas quedaban ocultas detrás del telón a ambos lados), Banvardiba contando las numerosas aventuras que le había deparado cada tramo del río, con el acompañamiento musical de un piano tocado por su mujer. El efecto era sencillamente impresionante (recordemos que aún no existía el cine…).
La pintura se acababa de desenrollar en poco más de dos horas (Banvard le daba a la manivela más rápido o más despacio según el interés de cada tramo de la historia, y las reacciones del público). Se anunciaba como“la pintura de tres mil millas de largo”, aunque esto era claramente una exageración: se ha calculado que la obra tenía en total unos 1472 metros cuadrados.
El éxito fue tan aplastante que la pintura se trasladó a las capitales culturales del momento en norteamérica: Boston y Nueva York. La recaudación obtenida cada noche era tal que el banco la calculaba al peso. Con suceso creciente, dio el salto a Londres, llenando el teatro cada noche durante años. Hasta llegó a ser requerido para una exhibición privada para la reina Victoria en el castillo de Windsor, y cosechó elogios de las más respetadas celebridades de la época, como Charles Dickens. A Londres le siguió un periplo triunfal por París, en donde se exhibió durante dos años más.

A estas alturas, John Banvard era el artista más famoso del mundo, e inmensamente rico. Tal era su cute;xito, que comenzó a sufrir lo que podríamos llamar “espionaje artístico”: otros pintores, celosos de su triunfo, pagaban a estudiantes de arte para que, mezclados entre el público, tomaran bosquejos de la obra y así poder imitarla. En poco tiempo decenas de “panoramas” inspirados en el de Banvard comenzaron a hacerle la competencia. El asunto llegó a tal punto que, después de años, Banvard empezó a notar una merma en la taquilla. Decidido a tomar el toro por los cuernos, el artista se encerró otra vez en su estudio con la tarea de pintar un nuevo “panorama”: si antes había pintado la rivera oriental del Mississippi, ¡¡ahora iba a pintar la occidental!!

La innovación le permitió mantener el espectáculo unos años más. A su vuelta a América, ya mayor y asquerosamente millonario, se instala en Long Island, en donde se hace construír un castillo escocés para él y su esposa. Sin embargo, su espíritu aventurero comienza a jugarle malas pasadas: se embarca en la construcción de un gigantesco museo egipcio en pleno centro de Manhattan que lo llevará a la ruina en poco tiempo. En bancarrota y con el castillo embargado, acabará volviendo a la frontera. Con sus últimas posesiones, entre las que se encuentra su viejo “panorama”, se instala en una habitación prestada en casa de su hijo. Para entonces ya había llegado el cinematógrafo y el arte del “panorama” hacía tiempo que había desaparecido como género.

John Banvard murió en Watertown, Dakota, el 16 de mayo de 1891 en la más absoluta pobreza. Su familia, incapaz de pagar su funeral se verá obligada a afrontar una subasta pública de sus escasas pertenencias. Entre ellas, el deteriorado rollo de lienzo del “panorama del Mississippi”.
La que fuera la mayor obra de arte del mundo fue troceada y utilizada como material aislante de relleno para las paredes de las casas del pueblo.

 

 

¡¡Grita cuanto quieras, que NADIE te OIRÁ!!

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El vampiro de ojos penetrantes aparta su negra capa. Adelanta los brazos, las manos en movimiento, extendidas en el aire, formando figuras con sus dedos en rápida sucesión… ¿Bela Lugosi en otra de sus sobreactuaciones? No, se trata de Deafula, el Vampiro Sordo, hablando en lenguaje de signos.

De las muchas versiones del mito del conde transilvano esta es, sin ninguna duda, la más extraña. Hemos visto a un Drácula negro, a uno gay, viejo, joven, guapo, feo, bueno, hispano, oriental… hasta al Drácula paradójicamente bronceado que interpretaba George Hamilton. Pero este Drácula sordo sin duda nos deja mudos.
Deafula (de deaf, sordo en inglés) se rodó en 1975, en riguroso blanco y negro y en “Sistema Singscope” , que ya se imaginarán en qué consiste. Contra lo que pueda suponerse, no es una película muda: voces en off, suponemos que por deferencia al público que no domine el lenguaje de signos, recitan los diálogos con monótona cadencia, mientras los actores ejecutan las pertinentes operaciones dactilares.
Su artífice y responsable es el actor/director sordo Peter Wechsberg, del que podemos decir que nunca llegará a tener una estrella en el paseo de la fama de Hollywood.
Si alguien imaginaba que el genio de Wechsberg se limitó a volver a contar la historia convencional del mítico vampiro se equivoca de medio a medio. Porque el guión de Deafula tiene sus bemoles: Steve, el hijo de un predicador, es un joven y rubito estudiante universitario que siente desde su más tierna infancia un irrefrenable gusto por la sangre. El muchacho descubre durante una pelea que cuando se disgusta es capaz de transformarse en… ¿un gigante verde?, nop… se transforma en un señor moreno y narigón peinado a la gomina y con smoking y capa negra y todo. O sea, se transforma en… Deafula, el vampiro. Así, como suena.

El atribulado Steve descubre luego que es en realidad hijo del auténtico Drácula de Transilvania, pero a esas alturas ya nada importa: ni por qué Deafula puede aparecer y pasearse tan campante a plena luz del sol (después de todo es sordo, no ciego) ni de donde sale ese universo paralelo en donde todo el mundo es sordo, ni para qué una película para sordos tiene largos pasajes musicales, entre otros detalles desconcertantes.
La carrera comercial de Deafula no fue muy boyante, la verdad. Llegó a exhibirse con resultados dispares en centros especiales para niños con problemas auditivos, para acabar su carrera en las estanterías de oscuros videoclubes.

A nosotros, sin embargo, Deafula nos cae bien, y nada nos gustaría más que Hollywood lo rescatara para una segunda parte en donde el vampiro recupera la audición sólo para descubrir que tiene voz de pito.

12/09/2008 13:50 Autor: wilbur mercer. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

El hombre que volaba de espaldas

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Ha llegado a mis manos un libro que no puedo dejar de comentar aquí. No es exactamente una novedad, pues se publicó en junio de 2007. Se trata de I shall destroy all the civilized planets! (¡destruiré todos los planetas civilizados!), una excelente recopilación de los mejores trabajos del olvidado y genial Fletcher Hanks.
El libro reúne las aventuras de las dos máximas creaciones en el mundo del comic de este autor singular: el superheroico Stardust the Super Wizard y la inenarrable e="border-style: initial; border-color: initial; outline-width: 0px; outline-style: initial; outline-color: initial; font-style: normal; font-size: 100%; font-family: inherit; vertical-align: baseline; font-weight: bold; border-width: 0px; padding: 0px; margin: 0px">Fantomah, Mystery Woman of the Jungle.

Ambos personajes nacieron de la mente dipsómana de Fletcher Hanks a finales de los años treinta, y consiguieron publicarse en revistas de tercera línea durante tres años. Luego, su autor se volatilizó.
Hanks era un hombre difícil. Abandonó a su familia después de una vida de maltratos. Se marchó con el dinero que su hijo pequeño logró reunir con la venta de la cerveza de destilación casera que el dibujante le obligaba a elaborar. Putero, alcohólico y pendenciero, murió de hambre y frío en la calle siendo casi centenario.

Para la posteridad nos legó uno de los primeros superhéroes del mundo del comic, (apareció el mismo año que Superman), para muchos el superhéroe peor dibujado de la historia. Stardust the Super Wizard vive en una estrella, desde donde vigila con su pantalla detectora de criminales, que le indica el lugar exacto en donde se está cometiendo un delito. Está dotado de todos los poderes que uno se pueda imaginar y más. Rayos para esto y rayos para lo otro, no hay situación para la que nuestro héroe no tuviera un rayo específico, ya sea magnético, eléctrico, antigravitatorio, de atracción, de suspensión, retardador, “espectral”, transformador, desintegrador o, simplemente “secreto”.

Pero a mi manera de ver la principal característica de Stardust the Super Wizard es su particular estilo de vuelo. Stardust vuela de cabeza, como cayendo, o mejor, como si fuera a estamparse contra algo, porque no mira al frente. Vuela así, como disparado, como abandonado a su suerte, con los brazos pegados al cuerpo, y de espaldas al lector. Da la impresión de que vuela dormido, pero no, porque a veces habla mientras vuela. Sobre todo impresiona esto: nunca otro superhéroe en toda la historia del comic se ha atrevido a volar de espaldas al lector. ¿Se ha visto alguna vez un superhéroe tan cool? Así es él.
Sus breves aventuras no tienen mayores complicaciones: hay malos que intentan destruír al mundo, y Stardust the Super Wizard, con alguno de sus rayos, los acaba reduciendo. Eso sí, no se limita a detenerlos: los castiga con soluciones cuyo sadismo es sólo superado por su surreal inverosimilitud. Más que hacer justicia, Stardust lleva a cabo violentísimas represalias.

El volumen se completa con algunas aventuras de Fantomah, Mystery Woman of the Jungle, una especie de Tarzán femenina que también vuela y lanza rayos, y que tiene una peculiaridad: cuando entra en acción cambia su angelical rostro por una calavera. No sabemos porqué. Probablemente Fletcher Hanks tampoco lo sabía.

I shall destroy all the civilized planets! está editado por Fantagraphics

 

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Cuando los dinosaurios dominaban Guanajuato

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Hubo un tiempo en que hombres y dinosaurios vivían en paz y armonía. Incluso más que armonía: en lujuriosa concupiscencia.

Hoy rendiremos homenaje a los tesoros de una antigua y extraña civilización, la incomparable cultura deAcámbaro, y al hombre que la descubrió para el mundo: Waldemar Ludwig Julsrud.

Waldemar Julsrud era un joven alemán, culto e inquieto, que llegó a México huyendo del horror de la primera guerra mundial. Se dedica allí a los negocios y llega a hacer fortuna. Hacia los años cuarenta, durante un paseo a caballo, tropieza con unas pequeñas figuras de arcilla, desenterradas por las lluvias cerca del poblado de Acámbaro, al sudeste del estado de Guanajuato y a menos de trescientos kilómetros de ciudad de México.

Entusiamado por lo que parecían ser los restos de una cultura prehispánica hasta entonces desconocida, hace un trato con uno de los peones de su finca: le dará un peso por cada figurita que el hombre consiga desenterrar del yacimiento.

Día tras día, el incansable peón se presenta ante su patrón con una nueva pieza. Al principio, máscaras, vasijas o figuras de hombrecillos en posturas rituales. Poco a poco, sin embargo, van apareciendo figurillas de lo que son, inequívocamente, dinosaurios.

Dinosaurios de todas las especies conocidas, y de algunas más: tiranosaurios, brontosaurios, diplodocos, mastodontes y demás fauna supuestamente extinguida hace sesenta y cinco millones de años. Sorprendentemente, hay escenas que los muestran compartiendo espacio con los hombres. Más sorprendentemente aún, en algunas de ellas se los ve manteniendo relaciones íntimas.
Sexo entre hombres y dinosaurios. Imaginemos el calibre del descubrimiento que se presentaba ante los ojos deJulsrud.
Su esforzado peón, para entonces, había conseguido desenterrar unas 37.000 piezas, todas originales. Ninguna se repetía.

Cuando se difundió la nueva, surgieron opiniones reticentes en la comunidad científica internacional. Aquellas estatuillas, que más parecías salidas del interior de un huevo Kinder que de las entrañas de la tierra cambiaban por completo la historia universal. Inmediatamente se realizaron pruebas de carbono 14, y más tarde de termoluminiscencia, para datar las piezas. El resultado fue contundente: entre 2000 y 3000 años antes de cristo.

No faltaron las voces escépticas. Se decía que la datación podía determinar la antigüedad del material, pero otra cosa era el modelado. La arcilla podría provenir de un yacimiento antiguo, y las figurillas ser obra de un ingenioso alfarero contemporáneo. El buen Waldemar Julsrud estaba fuera de toda sospecha, él jamás se lucró de su descubrimiento, y siempre cuidó de la inmensa colección, que llegó a ocupar doce cuartos de su finca, con desinteresado cariño.
Otra cosa era el peón, cuyo sueldo de jornalero se había visto incrementado notablemente a peso por pieza. Se sugirió incluso que este buen hombre se podría haber inspirado en las películas que se proyectaban en el cine local, así como en los tebeos y demás literatura popular de la época.

A nosotros esta polémica nos parece irrelevante. 37.000 piezas de cerámica son, por sí solas, constitutivas de toda una cultura. ¿Qué más da si las hicieron los antiguos acambarenses o un peón de finca de imaginación enfebrecida? Supongamos que mañana descubrimos que el acueducto de Segovia no es obra de ingenieros de la antigua Roma sino de una familia de vascos que pasaba por allí de vacaciones. ¿Cambiaría eso en algo su valor? en absoluto.

Os animamos, pues, a todos los que paséis por Guanajuato, a visitar el maravilloso Museo Waldemar Julsrud (www.waldemar.julsrud.us.tt), solemnemente inaugurado en 2002 en el municipio de Acámbaro, y contempléis la extraordinaria colección que representa, a todas luces, una historia alternativa del mundo. 

 





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