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La Familia de los niños psicodélicos de la Tía Anne

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Cualquiera que haya visto ese clasicazo del cine que es Village of the Damned (el pueblo de los malditos), conservará en la retina la imagen de aquel pequeño ejército de niños de cabellos platinados, vestidos de manera uniforme, caminando todos juntos, como un único individuo. Niños que no se comportaban como niños normales, que parecían estar unidos por una especie de conexión mental, y que iban generando una creciente aprensión entre las gentes del pueblo.

Algo parecido a aquel cuento de pesadilla existió en la realidad, solo que el batallón de inquietantes niñitos rubio platino no eran los villanos, sino las víctimas, involuntarios miembros de una extraña secta de Melbourne, Australia, conocida como La Familia.

A la cabeza de La Familia estaba la Tía Anne, es decir, Anne Hamilton-Byrne, una mujer rubia, elegante y sofisticada que, además, era la reencarnación de Jesucristo. Al menos, si creemos en sus propias palabras.

La glamourosa Tía Anne, un dios viviente, residía en una enorme y hermosa finca ubicada en el lago Eildon, en Victoria (Australia). Vivía allí rodeada de sus veintiocho hijos, unos conseguidos mediante adopciones fraudulentas (algunos acólitos de la Tía Anne trabajaban en el hospital de la localidad, y de vez en cuando “distraían” algún recién nacido, que acababa en La Familia), otros directamente donados por algunas de sus fervientes seguidoras.

Todo comenzó en los sesenta, unos años en los que, al parecer, comenzó casi todo. Tía Anne, madre y mesías, aseguraba que el mundo se iba a acabar pronto a causa de un holocausto nuclear masivo y que sus niños se acabarían convirtiendo en los salvadores del mundo. Esa era la razón de ser de aquellos niños, a los que se les blanqueaba el pelo y se les vestía con las mismas ropas para que parecieran y se sintieran hermanos, ignorantes todos ellos de sus distintas procedencias.

También se les sometía a una estricta disciplina, que no excluía los castigos corporales (Tía Anne gustaba de propinar contundentes lecciones de disciplina con el tacón de aguja de sus zapatos de marca) o prolongadas jornadas de ayuno. Para mantener aquella rigurosa disciplina, Tía Anne contaba además con la inestimable ayuda de las Tías, otras mujeres que, entregadas también ellas a la causa de salvar el mundo, vivían con los niños en la mansión del lago Elldon y fiscalizaban todas sus actividades. A veces los castigos no eran suficientes para mantener a raya a la tropa, y entonces Tía Anne recurría al LSD. Una buena dosis de ácido lisérgico por las mañanas contribuía inmejorablemente a reforzar la educación de los infantes en la idea de que su mamá, la querida Tía Anne, era Dios reencarnado y destinado a prepararlos para la misión definitiva: repoblar el mundo una vez que la Gran Hecatombe se hubiera producido. Y es que no hay nada como el LSD para que tu madre, tu perro o el carnicero de la esquina se presenten ante tus ojos como Dios en todo su esplendor.

Del suministro de la droga se encargaba el doctor Raynor Johnson, prominente psicólogo del Queens College de Melbourne. Por su parte Marion Villimek, dueña de la prestigiosa clínica psiquiátrica Newhaven, proveía generosamente a la Tía Anne de toda la logística necesaria. Es de destacar que La Familia estaba relacionada con la flor y nata de la sociedad australiana, en donde Tía Anne se movía como pez en el agua, y hay que decir que muchos de los miembros más destacados de la alta sociedad de Melbourne, entre los que había empresarios, médicos, políticos y abogados, estaban muy comprometidos con su noble causa, y aportaban fondos en forma de cuantiosas donaciones que permitían a Anne Hamilton-Byrne mantener a la mansión, a sus trabajadores y a sus veintiocho niños con holgura.

El aislamiento de los niños era casi total, recluidos como estaban en los límites de la finca. Pero en alguna ocasión las Tías les permitían dar un breve paseo. Así, escoltados y bajo su atenta mirada, los niños rubio platino deambulaban en rigurosa formación por las calles del pueblo más cercano, preguntándose cómo vivirían aquellas extrañas personas que no eran rubias, y que atisbaban con recelo el paso de la pintoresca comitiva. Acabado el paseo por el mundo exterior, la Familia volvía a su mansión a seguir esperando el Holocausto.

El problema es que el mundo, obstinadamente, seguía existiendo. Un problema este al que se suelen enfrentar, tarde o temprano, todas las sectas de corte apocalíptico. Los años fueron pasando, los niños se hicieron muchachos, y el deseado fin del mundo se resistía a llegar. Hasta que el 14 de agosto de 1987 y después de muchas denuncias de los vecinos del lugar, unos 100 agentes de la policía del estado irrumpieron en la finca de La Familia y acabaron liberando a los chicos de pelo platino.

Muchos de ellos, hoy adultos, han logrado recomponer sus vidas e integrarse, no sin ciertas secuelas, en el seno de la sociedad. Todo un logro, después de haberse criado en una casa en donde tu madre es Jesucristo con tacones, y con una buena ración de LSD para el desayuno. No cumplieron con su misión de salvar al mundo, pero al menos se salvaron ellos. En cuanto a la Tía Anne, consiguió zafarse de casi todos los cargos en su contra (las ventajas de ser un Dios viviente, y de tener muy buenas relaciones en las altas esferas). Acabó sus días en un hospicio, aquejada de demencia senil, y a punto de cumplir los 100 años.

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06/10/2019 09:47 wilbur mercer #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

De luchadoras y exóticos: dos documentales imprescindibles sobre el deporte rey

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En nuestras recomendaciones de hoy, traemos un par de documentales que harán las delicias de toda la familia, siempre y cuando a la familia le guste la lucha libre.

El primero de ellos es Luchando con mi familia (The Wrestlers: Fighting with my family), un documental para la televisión británica del año 2012, producido por Channel 4, que cuenta la historia de los Knights, una irreductible familia de luchadores de Norwich, condado de Norfolk. Fundadores de una casi imaginaria “Asociación Mundial de Lucha Libre” en su ciudad del este de Inglaterra, la familia recorre los pueblos del condado en su furgoneta, organizando espectáculos luchísticos en míseros clubes de barrio. 

Los Knights son papá “Rowdy Ricky Knight”, mamá Julia “Sweet Saraya” Knight, los hermanos “Zak Zodiac” y Roy “The Zebra Kid”, y la hermana pequeña Saraya Jade “Britani Knight”. Forman una familia muy bien avenida, aunque cuando se suben al cuadrilátero se dan mutuamente unas buenas palizas. La vida familiar de los Knights, enormemente unida por la lucha libre, sufre un cataclismo cuando la mayor empresa mundial de lucha, la norteamericana WWE, en su paso por Inglaterra para reclutar nuevos talentos, acaba seleccionando a la pequeña de la familia, que deberá trasladarse a América para convertirse en una superestrella de la lucha. Seguimos entonces los pasos de Saraya Jade, desde su casita en los suburbios de Norwich, hasta un centro de alto rendimiento en California, en donde acabará convirtiéndose en “Paige”, una de las más carismáticas estrellas internacionales de la lucha libre femenina.

Tan carismática que la propia empresa que la contrató acabó produciendo, unos pocos años mas tarde, una película “de ficción basada en hechos reales” sobre la peripecia de la luchadora y su peculiar familia. Coproducida por la estrella de Hollywood y de la lucha libre Dwayne “La Roca” Johnson, la película, llamada también Fighting with my family y estrenada en 2019, consigue arruinar todos los atractivos que presentaba el documental original, empaquetando una típica “comedia dramática” hollywoodense al uso, con todos los tópicos que imaginarse pueda.

De manera que, atención, no se pierdan Fighting with my family, el documental, y huyan como de la peste de Fighting with my family, la película.


El otro documental que recomendamos enfáticamente es Cassandro The exótico!, dirigido en 2018 por la documentalista francesa Marie Losier, y estrenado en cines y en varios festivales, entre ellos, Cannes, en su sección Acid.

Hacemos un pequeño paréntesis introductorio: dentro del universo de la lucha libre mexicana, los “exóticos” son luchadores que han desarrollado un personaje abiertamente gay. Una modalidad, el “estilo exótico”, aunque muchas veces relegado a posiciones marginales, tiene ya larga tradición en la lucha libre mexicana. Y muchas estrellas, como Pimpinela Escarlata, Pasion Kristal, Pekador Eros, Estrella Divina, Diva Salvaje, Black Mamba o Polvo de Estrellas.

Aunque existe otro documental anterior que trata el tema (Los Exóticos, 2013), este que nos ocupa se centra en la figura de uno de los más carismáticos luchadores del estilo: Cassandro, también conocido como “el Liberace de la lucha libre”, por su personaje inspirado en el extravagante pianista y showman norteamericano. Cassandro, cuyo nombre verdadero es Saúl Armendáriz, nos va contando su ya larga carrera por los cuadriláteros —más de 25 años— su pasado de adicciones, su intento de suicidio, sus muchas heridas y lesiones, mientras lo acompañamos a sus entrenamientos, a sus giras por México, por Estados Unidos, por Europa… Asistimos a sus maratonianas sesiones de maquillaje, un proceso riguroso de acicalado de cejas, pestañas y labios, aplicación de purpurina, laca y oxigenado de cabello. Riguroso y sorprendente, si tenemos en cuenta que inmediatamente después se subirá a un cuadrilátero, con su larga bata de cola y sus boas de pluma, a darse mamporros con otro luchador. “Mi máscara es mi maquillaje”, explica Cassandro, cuando se le pregunta por qué no utiliza las típicas máscaras de la lucha libre mexicana.

Armendáriz, nacido en El Paso, Texas, decidió, a los dieciséis años, abandonar la escuela y dedicarse a la lucha libre, para lo cual cruzó el puente que sirve de frontera con Ciudad Juárez, en el lado mexicano. Aprendió los secretos de la lucha con Rey Misterio senior, quien también le sugirió el nombre que acabaría adoptando, inspirado en una famosa madama de Tijuana llamada Cassandra, que regentaba una célebre casa de putas y, a la vez, reinvertía el dinero ganado en hogares para madres solteras y niños de la calle. Cassandro fue el primer exótico en conseguir un título mundial de lucha libre, en 1992, un pequeño paso para Cassandro, pero un gran paso para traspasar fronteras de género, en un país tradicionalmente machista como México. La trayectoria de Cassandro ayudó a dignificar el papel de los “exóticos” en el mundo de la lucha libre. La directora Marie Losier lo siguió durante seis años, desde su apogeo en el mundo de la lucha hasta el inevitable comienzo del ocaso, para acabar de dar a luz este excelente documental que mezcla entrevistas con increíbles imágenes de archivo. No se lo pierdan.

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Moldeadoras de grandeza: las Plaster Casters de Chicago

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Cuentan que Miguel Angel, al acabar el David, golpeó la escultura con un martillo y le gritó “¡parla!”, tan perfecta era la obra que, parecía, solo le faltaba hablar. Algo así deben haber sentido las Plaster Casters al ver finalizada la que sin duda es su escultórica obra maestra: el pene erecto de Jimi Hendrix.

La que probablemente sea la artista más relevante en el panorama de la escultura del siglo XX, Cynthia Albritton (que luego pasaría a la inmortalidad bajo el nombre artístico de Cynthia Plaster Caster), creció como una tímida chica en el seno de una familia católica de Chicago, Illinois. Al terminar el instituto, decidió apuntarse a la carrera de arte en la universidad de su estado. Corría el año 1968, y en su clase, un buen día, el profesor encargó a sus alumnos una tarea para el examen de modelado, una tarea sencilla: “Hagan un molde en yeso de algo duro”. Cynthia, que por entonces tenía 19 años y aún era virgen, supo al instante sobre qué objeto duro realizaría el molde.

Lo primero que hizo fue crear un equipo, con una compañera llamada Dianne, llamado The Plaster Casters of Chicago (las Moldeadoras en Yeso de Chicago). Se pusieron a probar diferentes materiales y procedimientos, con la inestimable ayuda de sus amigos varones, y descubrieron que la mejor forma de sacar un molde de un pene en erección era llenando un vaso de coctelera con alginato, un material muy maleable que usaban los odontólogos para hacer los moldes dentales. Luego se procedía a sumergir el miembro en la mezcla y, una vez solidificado, el vaciado resultante se rellenaba con yeso, dando paso a la correspondiente estatuilla. 

Una vez afinado el proceso, las chicas imprimieron tarjetas de visita y, maletín en mano con sus herramientas de trabajo, salieron en busca del modelo vivo ideal. Esa misma semana llegaba a Chicago la Jimi Hendrix Experience, para participar en un show junto a otras bandas. Cynthia era una gran fan, así que sin pensárselo dos veces, abordó a los artistas en la puerta del hotel en donde paraban para contarles su idea. Hendrix, por supuesto, aceptó inmediatamente.

Una vez en la habitación, Dianne se ocupó de estimular al modelo hasta conseguir que se alzara en toda su majestad, y luego Cynthia procedió a sumergirlo en la coctelera. El resultado fue imponente. La primer obra de las Plaster Casters se convirtió a su vez en su indiscutible masterpiece. De hecho, un periódico independiente, describiendo el molde de Hendrix, llegó a llamarlo “el Penis de Milo”, por comparación con la célebre Venus de Milo, debido a su impronta clásica, que nada tiene que envidiarle a las antiguas obras maestras del arte griego.

El nombre y la reputación de las Plaster Casters corrió como la pólvora, de manera que a esta le siguieron muchas otras estatuillas, todas tomadas de los miembros de distintos miembros de afamadas bandas de rock (con una llamativa excepción: Kiss, que hasta llegaron a componer un tema llamado Plaster Caster, para dar a entender que ellos también habían pasado por la mágica coctelera de Cynthia, cosa que nunca ocurrió), hasta completar en la actualidad una espectacular colección conformada por setenta y siete obras, cada una de ellas con su personalidad, con su presencia única. Los escorzos, los elegantes contrappostos y la lograda expresividad de cada una de estas obras irrepetibles colocan, sin duda alguna, a las Plaster Casters en la cúspide de la escultura contemporánea, un enhiesto documento artístico para posteriores generaciones, y patrimonio cultural de la humanidad. 

Una obra no exenta de vicisitudes, sin embargo: en los años setenta unos amigos de lo ajeno entraron a la vivienda de Cynthia. Milagrosamente, entre todo lo que se llevaron no se contaban las estatuillas: a partir de entonces, la colección permaneció a buen recaudo en la caja fuerte del mánager de Frank Zappa, quien se ofreció amablemente a custodiarla. Pero pasado el tiempo este se negó a devolver las obras, tan enamorado estaba de ellas, y Cynthia Plaster Caster tuvo que recurrir a un juez para recuperarlas. 

Desde entonces, nuestra artista no se estuvo quieta: En el año 2010, Cynthia formó una plataforma política, The Hard Party (el partido duro), con la que se presentó como candidata a la alcaldía de Chicago. No logró, sin embargo, ganar las elecciones. Pero su actividad artística no se detuvo, y en el 2017, sus obras llegaron, por fin, a las salas del célebre MoMA PS1, en Queens, en lo que supuso su consagración definitiva en los altares del arte.

Pero volvamos al comienzo de nuestra nota: aunque las comparaciones son odiosas, debemos afirmar, a manera de conclusión, que la obra maestra de las Plaster Casters, el pene de Hendrix, es tan grande como El David de Miguel Angel. De hecho, es más grande, si lo comparamos con la parte correspondiente de El David.
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Los caballeros las prefieren rubias, y con aguijón

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En la novela La Colmena de Hellstrom (Hellstrom’s Hive, editada en español como Proyecto 40), su autor, Frank Herbert, nos describe la vida en una tranquila granja en el medio oeste americano que oculta en el subsuelo una pavorosa ciudad-colmena habitada por miles de seres humanos genéticamente modificados y organizados en una sociedad inspirada en la estructura social de las abejas. Los habitantes de este enjambre humano no poseen individualidad, son piezas intercambiables al servicio de un gran mecanismo que es la colmena. También están al servicio de la Reina Madre, Trova Hellstrom, la responsable de la fundación de la colmena, aunque en el tiempo en que transcurre la historia, esta Madre ha muerto y solo la conocemos por las reflexiones que ha dejado por escrito, y que se van intercalando en la historia como si de textos sagrados se tratasen.

La colmena, mientras tanto, está temporalmente a cargo de un hombre, Nils Hellstrom, uno de los descendientes de la gran Madre fundadora. y decimos temporalmente porque la colmena es un modelo de sociedad estrictamente matriarcal. Una sociedad que se diferencia de la nuestra por su carácter colectivo, regido por lo que Maurice Maeterlinck (en su maravilloso ensayo La vida de las abejas) llamó “el espíritu de la colmena”: “En la colmena, el individuo no es nada, no tiene más que una existencia condicional, no es más que un momento indiferente. Toda su vida es un sacrificio total al ser innumerable y perpetuo de que forma parte”.

Pero hay otra hembra en la colmena llamada Fancy, que se postula como una nueva Reina Madre. Se encuentra en el apogeo de su fertilidad y dispuesta a enjambrar. Es justamente entonces cuando entra en escena un hombre llamado Peruge, agente de una agencia secreta del gobierno, que investiga la granja en la sospecha de que hay allí una secta, sin imaginar la gigantesca ciudad-colmena que se oculta debajo. No tarda en ser seducido por Fancy, y luego de una extenuante sesión de sexo desenfrenado (¡sin preservativo!) muere fulminado, literalmente, de agotamiento.

Pero Hellstrom’s Hive no es el único ejemplo de historia fantástica o de ciencia ficción (el único género literario que realmente nos deberíamos tomar en serio, en nuestra humilde opinión) que trata el tema de una sociedad regida por los patrones de comportamiento de los insectos, un matriarcado, que acaba sacrificando al macho por el porvenir de la colectividad, de la colmena.

En la utopía victoriana La edad de cristal (el término ciencia ficción todavía no se había inventado), su autor, William Henry Hudson nos cuenta la historia de un hombre que se ha quedado dormido en el bosque y despierta en un extraño futuro habitado por un grupo de gente extravagante. Nuestro hombre es conducido a la Casa, una enorme mansión en donde vive toda la colectividad, una especie de comuna regida por una Madre de temperamento absolutista. El protagonista se enamora perdidamente de Yoleta, una de las bellas muchachas de la casa, pero descubre que es un amor literalmente imposible, porque ella no está destinada a la tarea de la procreación. Un frustrante orden de cosas contra el que intenta revelarse, para acabar encontrándose con la inevitable sorpresa final.

En el remake cinematográfico de The wicker man, que Nicolas Cage interpretó en el año 2006, hay una pequeña isla cerca de las costas británicas habitada por un pueblo peculiar. Cage es un policía que llega a la isla buscando a una niña desaparecida, y acaba descubriendo que sus extraños residentes forman parte de un antiguo culto y, a la vez, un experimento social: el pueblo está regido por mujeres, cuya líder es una dama mezcla de gobernanta y sacerdotisa. El policía pronto descubre que ha caído en una trampa, como tantos otros hombres antes (y después) que él, atraídos a la isla por unas seductoras mujeres rubias en actitud sugerentemente reproductiva. Al protagonista le esperará el mismo terrible final que a los demás hombres de esta historia.

Vemos una tendencia clara en estos experimentos sociales: la utilización del sexo como estrategia principal de desarrollo, y a la vez, el papel del hombre como simple proveedor de genes, un “zángano” del que, una vez cumplido su papel, es necesario prescindir. Hay que decir también que, en los ejemplos citados, el hombre colabora gustoso en la tarea, ignorante, eso si, del destino que le espera al final de la actuación.

“Después de la fecundación de las reinas, (…) comienza a circular por la colmena la consigna esperada, y las apacibles obreras se transforman en jueces y verdugos. No se sabe quién da la consigna; emana de repente de la indignación fría y razonada de las trabajadoras (…) Los gordos holgazanes dormidos en descuidados racimos sobre las paredes melíferas, son arrancados bruscamente de su sueño por un ejército de vírgenes irritadas. Se despiertan beatíficos y sorprendidos, no pueden dar crédito a sus ojos, y su asombro logra apenas asomar a través de su pereza (…) Se imaginan víctimas de un error, miran en torno suyo estupefactos, (…) cada uno de los azorados parásitos se ve asaltado por tres o cuatro ajusticiadoras que se esfuerzan por cortarles las alas, aserrarles el peciolo que une el abdomen al tórax, amputarles las febriles antenas, dislocarles las patas, dar con una juntura de los anillos de la coraza para hundir en ella su dardo. (…) las obreras barren el umbral en que se amontonan los cadáveres de los gigantes inútiles, y el recuerdo de la raza ociosa se extingue en la ciudad hasta la siguiente primavera.” (Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, 1901)

Pero hagamos un llamado a la tranquilidad, querido lector varón: Una sociedad-colmena matriarcal dedicada a aserrar peciolos como la que se nos describe aquí se encuentra perfilada en un futuro extremadamente, extremadamente improbable.

¿O no?

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Grandes clásicos menores del cine para disfrutar con el turrón

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Con las fiestas ya encima, siempre se complica elegir los regalos. Un obsequio ideal para hacer a los suegros es este combo de cuatro grandes clásicos menores del cine, todos ellos adornados con un tono picantuelo de comedia ligera, ideal para despedir el año entre efluvios de champán. ¡Quedarás como un duque ante tu parentela!


QUEEN KONG

(1976, Frank Agrama)

Esta película parte de una premisa presuntamente brillante: replicar la clásica King Kong pero cambiando el género de todo el elenco, mono incluido. Así, los aventureros sin escrúpulos que van a una isla recóndita a filmar una película, pasan a ser aventureras empoderadas; la chica rubia de la que se encapricha el original Kong es aquí un rubio con pintas de cantante de banda de glam rock, y el mismísimo Rey Kong es ahora Reina. Por si todo esto no nos pareciera lo suficientemente genial, el director nos regala además con una tribu de salvajes amazonas que bailan al estilo Broadway al son de primitivos tambores, entonando rimas picarescas sobre la importancia del tamaño, los monos y el sexo. La aventura se completa con una singular batalla entre Queen Kong y un tiranosaurio de papel maché, y el traslado final de la monstrua a Londres (la película es copodrucción británica) púdicamente tapada por un sujetador hecho con cadenas. Allí asistiremos a una apoteósica escena de Queen Kong encaramada al Big Ben, pero al final aparece una furibunda manifestación feminista que consigue salvar a la mona gigante. ¡Las chicas son guerreras!


THE ACID EATERS

(1968, Byron Mabe)

Cuando llega el fin de semana y termina la jornada laboral, un grupo de cuatro convencionales parejas se despendolan y abandonan la ciudad en sus motocicletas, en vertiginosa carrera hacia la libertad por las salvajes autopistas de América. Recorren el desierto hasta llegar a una extraña construcción que domina el paisaje: una gigantesca pirámide hecha con cubos de azúcar impregnados de ácido lisérgico (bueno, se nota bastante que la pirámide en realidad está hecha de corchopán, pero en esa época los efectos especiales eran bastante pobres). No ocurre mucho más digno de reseñar, porque llegados a este punto los guionistas parecen haber sido los más afectados por la substancia en cuestión. Así, en la pirámide se van sucediendo sin orden ni concierto extraños números musicales, performances de strip tease alucinadas, chistes incomprensibles y un negro tocando los bongós. Tampoco se puede pedir más, después de todo.


PLEASE DON’T EAT MY MOTHER!

(1973, Carl Monson)

Un hombre tímido y solitario que vive con su madre se compra una plantita de adorno. La planta resulta ser carnívora y habla con voz de chica sexy. Acaba por convertirse en la única amiga de nuestro hombre. Pero la planta crece mucho y necesita comer y, tras acabar con todas las mascotas del vecindario, prueba la carne humana al devorar a la madre del protagonista. A partir de aquí, la planta solo se alimentará de bellas mujeres, de preferencia desnudas, que nuestro protagonista se encargará de proveerle. Evidentemente, estamos ante una sexploitation barata (que ya es decir) de la clásica The Little Shop of Horrors, la obra maestra de bajo presupuesto de Roger Corman de 1960.


ABDUCTED BY THE DALEKS

(2005, Roman Nowicki)

Y para terminar, un clásico de la ciencia ficción: los Daleks, aquellos malignos extraterrestres con forma de lavavajillas, que hicieron su aparición como antagonistas en la clásica serie británica Doctor Who, llevan aquí todo el peso protagónico: los Daleks secuestran en su nave a cuatro voluptuosas señoritas de la Tierra y protagonizan con ellas varias escenas de alto voltaje erótico-festivo, en un alarde de intercambio sexual intergaláctico. No queda claro si se puede calificar de comedia a esta cinta (cuesta incluso calificarla de película, dado lo exiguo de su trama argumental). Sus puntos graciosos son más bien involuntarios, pero después de todo salen los Daleks, que es lo importante. El punto álgido para cerrar la sesión cinéfila que hoy te hemos propuesto, y que conseguirá arreglar una noche en familia que, de otra manera, se hubiera acabado torciendo. ¡Felices fiestas!
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El otro Vaticano: la Santa Sede de El Palmar de Troya

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Cuando Gregorio XVIII huyó de la Santa Sede en su Papamóvil para vivir la vida loca con una de sus monjas, parecía que la historia de la Iglesia Palmariana llegaba a su cénit. Esto ocurría en 2016, marcando un antes y un después en la historia de la venerable institución. Nos referimos, claro está, a la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, sita en El Palmar de Troya, una pedanía andaluza de la España rural.

La historia comienza hace ahora cincuenta años, de la manera en que siempre comienzan estas historias: cuatro niñas que habían ido a recoger florecillas al campo tienen un inesperado encuentro con la Virgen. Pronto miles de lugareños comienzan a congregarse en el lugar, y no tardan en florecer los videntes lanzando profecías apocalípticas. El más dotado para el espectáculo es un contable sevillano llamado Clemente Domínguez, que había concurrido al lugar como un curioso más junto a su “amigo especial”, un abogado llamado Manuel. Clemente sangra, se retuerce, muestra los estigmas en sus manos y su frente, y proclama a grito pelado que Jesucristo en persona le ha comunicado que el Vaticano ha caído en manos de los comunistas. Denuncia que al por entonces ocupante del trono de San Pedro, Pablo VI, lo mantienen drogado en los sótanos del Vaticano, y que su lugar es usurpado por un doble. Como es natural, Clemente se gana inmediatamente el favor de las multitudes allí congregadas.

Al tiempo, Clemente pierde los ojos en un accidente de tráfico, hecho que sorprendentemente lo reafirma en su misión apostólica.Y es así que, luego de la muerte de Pablo VI, nuestro vidente invidente se autoproclama Papa, por “intervención divina directa”, con el nombre de Gregorio XVII. Su primer actuación como sumo pontífice será excomulgar —con buen criterio, diría yo— a Juan Pablo II.

La Iglesia Palmariana, así constituida, va ganando miles de adeptos en la aldea y alrededores. No tardan en lloverle los generosos donativos llegados de la cuenta bancaria de ricas y arrugadas damas de todas partes del mundo. El nuevo Papa necesita entonces urgentemente una Santa Sede, que se erigirá allí mismo, en El Palmar de Troya. Así comienza la construcción de una gigantesca catedral que hará palidecer a la de San Pedro (para que después no digan que los masones son los únicos que saben hacer catedrales). Iniciada en 1976 y finalizada hace apenas unos años. La Basílica catedralicia de Nuestra Señora del Palmar Coronado, tal su nombre completo, ocupa una superficie de 3.500 metros cuadrados, y está protegida por un muro de setecientos metros de longitud y seis de altura. En su fachada se levantan orgullosas las estatuas de algunos de los particulares santos que el Papa Clemente beatificó, como San Cristóbal Colón, o los líderes del fascismo español San Francisco Franco y San Primo de Rivera. La ordenación de nuevos santos (miles, en pocos años) no fue la única innovación doctrinal de la iglesia Palmariana: también cuentan con la existencia del planeta de María, un cuerpo celeste de órbita incierta regentado por la mismísima virgen, y desde el que serán abducidas las almas de los palmarianos una vez completado su paso por esta vida. Allí gozarán de la eterna contemplación de la virgen, y de la inquietante compañía de San Francisco Franco y el resto del santoral del fascismo místico palmariano.

Anunciaron también la inminencia de una Tercera Guerra Mundial provocada por la masonería, que arrasará el mundo con bombas nucleares, pero a la que sobrevivirán los palmarianos, convertidos en la luz del nuevo mundo.

Por lo demás, hay que decir que los palmarianos fueron acusados repetidas veces de perpetrar terribles abusos sexuales tras los muros de su basílica. Podemos comprobar que no se diferencian tanto, después de todo, de la iglesia católica romana.

Sin embargo, los feligreses palmarianos, al dictado de Clemente, han debido llevar una vida de austeridad absoluta y riguroso decoro en hábitos y vestimenta. El Papa, en cambio, tenía sus prerrogativas: era habitual de las corridas de toros y de las alocadas fiestas de la noche sevillana, ambientes en donde era conocido como “la voltio”, en referencia a su anterior trabajo en la compañía eléctrica local. También era muy dado a utilizar el vino, y no precisamente para consagrar: llevó el “tomad y bebed…” hasta sus últimas consecuencias. Debido a ello, la iglesia Palmariana acabó adaptando la celebración de su misa —habitualmente de dos horas, y en latín— a una duración de solo cinco minutos, tiempo máximo que el santo padre podía mantenerse en pie en tales trances.

El Papa Clemente,  aka Gregorio XVII, murió en 2005, sucediéndole en el trono su antiguo amante Manuel Alonso, que tomó el nombre de Pedro II. A este le sucedió a su vez Ginés Jesús Hernández, el Gregorio XVIII con el que comenzamos esta historia, y tercer Papa de la Iglesia Palmariana. Gregorio XVIII endureció más, si cabe, las reglas de comportamiento de sus súbditos, agregando, por ejemplo, la prohibición de ver la tele o ir a la playa. Pero al parecer ni él mismo aguantó la severidad de sus propias normas, y acabó huyendo con una de sus monjas, la hermana Nieves. Meses después, la pareja compareció posando desnuda, al estilo de Adán y Eva, en la portada de la popular revista Interviú. Su sucesor en el trono Papal, Pedro III, se quejó amargamente del robo del Papamóvil perpetrado por Gregorio XVIII en su alocada huída.

Pero Gregorio XVIII, al parecer, no tuvo suficiente con el vehículo sustraído. La noche del 10 de junio de 2018 volvió al Palmar de Troya. Vestido como un ninja, un Papa ninja, escaló los muros de la basílica e intentó llegar al recinto en donde se encontraba la caja fuerte. La mala suerte (o la intervención divina) hizo que un joven sacerdote que en ese momento daba un paseo nocturno se topara con el exPapa. Gregorio, sorprendido in fraganti, esgrimió un cuchillo de proporciones bíblicas con el que atacó al cura. sus gritos alertaron al personal, que consiguió reducir al invasor. Hoy Gregorio XVIII cumple su penitencia en un módulo de la cárcel de Sevilla-I.
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Acción política de vanguardia: ¡Exorciza el Pentágono!

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Los políticos, a veces, llegan tan lejos en su toma de decisiones que la única manera sensata de devolverles el sentido común es practicando un exorcismo.

Esto sucedió hace cincuenta años, en octubre de 1967, en uno de los momentos más convulsos de la historia de los Estados Unidos, cuando unas 80.000 personas decidieron congregarse frente al Pentágono para practicar la que sin duda llegó a ser la ceremonia de exorcismo más grande del mundo, en plena época de protestas por la guerra de Vietnam.

La acción, que se llamó “Levita el Pentágono”, fue convocada por un grupo de jóvenes activistas, bregados por igual en la acción política y en la lisergia, entre los que se encontraban Jerry Rubin, Abbie Hoffman, y el músico y poeta Ed Sanders, y tenía un ambicioso propósito: acabar con la guerra de Vietnam. Para ello, los celebrantes debían rodear el Pentágono tomados de la mano, formando un círculo mágico, y mediante la meditación y el recitado de una serie de encantamientos hacer que el edificio levitara unos cien metros y girara sobre si mismo, expulsando de su interior los demonios y las malas energías que estaban infectando al mundo y provocando una guerra atroz.

La iniciativa surgió en una de las habituales reuniones de los agitadores, cuando alguien cayó en la cuenta de que el célebre edificio gubernamental era una figura de cinco lados,  es decir, un pentáculo, un símbolo de poder que representa a las fuerzas del mal. A partir de ahí, la línea de acción estuvo clara: había que practicarle urgentemente un exorcismo.

La organización del evento no dejó ningún cabo suelto: previamente, una avanzadilla de dos expedicionarios se acercó al edificio para calcular cuántas personas se necesitarían, como mínimo, para llegar a rodearlo. Ambos se fueron alternando tomados de la mano, contando las longitudes del cuerpo mientras circundaban el edificio, hasta concluir que se necesitarían unas 1.200 personas para poder cerrar el círculo.

Incluso pidieron autorización formal ante las propias autoridades para elevar el Pentágono unos cien metros mediante un ritual. Los funcionarios, un tanto perplejos por la petición, autorizaron que el edificio levitara, pero no mas de tres metros.

Se corrió la voz entre la prensa de que los manifestantes contaban con grandes cantidades de una nueva y revolucionaria droga, llamada LACE, que contenía potentes efectos afrodisíacos y que, convenientemente rociada con pistolas de agua sobre las fuerzas del orden, haría que los policías se desnudaran y comenzaran a hacerce compulsivamente el amor (incluso salieron artículos sobre el misterioso LACE en el New York Post y en la revista Time). Preventivamente, las fuerzas de seguridad se equiparon con grandes cantidades de gas lacrimógeno para el contraataque.

Los manifestantes también compraron a un granjero local grandes cantidades de harina de maíz, que unos chamanes mexicanos especialmente convocados para la ocasión debían esparcir en el perímetro del Pentágono para facilitar la levitación del edificio.

Así las cosas, el 21 de octubre de 1967, y como parte del programa de acciones de la multitudinaria Marcha sobre Washington, convocada para protestar contra la guerra, se llevó a cabo el megaexorcismo: los celebrantes intentaron rodear el Pentágono (fuertemente protegido por la policía militar, que esgrimía sus armas de fuego), repitiendo a grito pelado el mantra “Out, demons, out! Out, demons, out!” (¡fuera, demonios, fuera!), mientras Ed Sanders, vestido con ropa de camouflage (aunque de colorines tan psicodélicos que más que camuflarse conseguía el efecto contrario) invocaba, con gritos y cánticos tanto en inglés como en arameo (la lengua que, al parecer, mejor entienden los demonios), a las fuerzas del cosmos y los poderes del inframundo, y clamaba por el comienzo de la Era de la Suprapolítica, basada en el amor universal.

El Santo Ritual de Exorcismo continuó con un llamamiento a Dios, Ra, Jehová, Zeus, Anubis, Osiris, Quetzalcóatl, Alá, Krishna, Changó, Kali, Shiva, el Gran Espíritu, Dionisio, Yahvé, Thor, Baco, Isis, Jesucristo, Maitreya, Buda, Rama y un largo etcétera de divinidades, reales o inventadas. El grupo de rock de Ed Sanders, The Fugs, por su parte, tocaba distorsionadas melodías cósmicas desde la plataforma de un camión aparcado en las inmediaciones del endemoniado edificio, a manera de banda sonora del ritual.

Los organizadores habían adquirido también una vaca, a la que habían pintado para que represente a la diosa egipcia del amor, pero la policía consiguió impedir que el animal acceda a las proximidades del recinto.

Hacia el atardecer, y a medida que oscurecía, la policía cargó contra los manifestantes, rociándolos con abundante gas lacrimógeno y una generosa ración de bastonazos, con la que se dio por concluido el acto.

En definitiva, el evento fue un éxito rotundo. Aunque no quedó claro si el edificio levitó propiamente o no: hubo opiniones encontradas al respecto entre los asistentes. Algunos afirmaron haber visto claramente cómo el Pentágono se elevaba unos centímetros, pero la mayoría de las crónicas de la época niegan la mayor. El caso es que, en palabras de Allen Ginsberg, que también asistió al ritual, al menos “se consiguió elevar la moral” de los americanos. Que ya es bastante.


(El asombroso conjuro de Ed Sanders fue grabado, y luego incluido en el cuarto álbum de The Fugs, Tenderness Junction)
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Nunca aceptes bebidas de un extraño de otro planeta. El caso de Orfeo Angelucci

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Nunca aceptes bebidas de un extraño. Es el sensato consejo que toda madre nos ha dado alguna vez en la vida. Consejo que Orfeo Angelucci, italiano residente en los Estados Unidos, tuvo la ocurrencia de saltarse allá por los años cincuenta, cuando se encontró casualmente con un habitante del espacio exterior.

Angelucci, un trabajador de una planta de ensamblaje de aviones de Burbank, California, escribió un libro en 1955, en el que relataba sus experiencias personales con extraterrestres. El libro, titulado “El secreto de los platillos volantes”, hubiera pasado desapercibido de no ser porque el eminente psicoanalista Carl Gustav Jung se fijó en él cuando, a su vez, escribió su propio libro sobre el fenómeno de los avistamientos ovni.

En su libro, Angelucci cuenta su primer encuentro con una entidad venida del espacio. El encuentro se puede resumir así: Mientras regresaba a su casa por un camino solitario un día de verano de 1952, una bola de luz de un suave color verde fluorescente desciende frente a su coche. De la bola surge una voz varonil que, luego de presentarse, le pregunta a Angelucci si tiene sed, y lo invita a beber de una copa de cristal que se materializa sobre el salpicadero del coche. Angelucci, olvidando el legendario precepto materno, bebe el extraño líquido, al que describe como “la bebida más deliciosa que he probado en mi vida”. Inmediatamente la bola de luz se abre como un holograma, mostrando a una pareja de seres “extraordinariamente bellos”. Angelucci los describe como “perfectos”, muy altos y rubios, de piel muy blanca y ojos azules, prácticamente como dioses surgidos de una grandiosa alfombra roja de Hollywood. Los magníficos seres, que responden al nombre de Neptuno y Lyra, le dicen a Orfeo que no debe tener miedo, porque además de bellos son buenos, justos y compasivos.

A continuación se abre ante Angelucci un portal a una grandiosa estancia de unos seis metros de diámetro con el techo en forma de cúpula. Todo el espacio es blanco, brillante y pulido, como si estuviera hecho de nácar, con paredes hechas de una “sustancia etérea, iridiscente”. En el centro de la resplandeciente habitación hay una silla, igualmente blanca y de la misma sustancia etérea. Cuando Orfeo se sienta, la silla, que parece hecha de aire puro, se ajusta perfectamente a su cuerpo. De pronto, toda la estancia se llena de música envolvente, que transporta a Angelucci a una especie de trance. Una ventana circular se abre en la nacarada pared, y Angelucci ve la Tierra desde una enorme distancia. Comprende que están en el espacio, y llora de emoción. Se siente transportado a un “mar intemporal de beatitud”. 

Se diría que Angelucci ha muerto, que se ha quedado seco de un síncope en el medio de la carretera y ahora está flotando hacia el cielo, pero no. Lo que sucede es que está siendo transportado, vivito y coleando, en una nave espacial. Continúan alejándose por los espacios interestelares, y se cruzan con otras naves que parecen hechas de pulido cristal resplandeciente. Todo es plácido, cristalino y musical. Mientras tanto, el alienígena Neptuno le habla a Angelucci de Jesucristo, de los pecados de los hombres de la Tierra, de la moralidad intergaláctica y, sobretodo, de los peligros del comunismo, la punta de lanza de las fuerzas del mal de toda la galaxia. Una vez acabado el sermón, el ovni regresa a Angelucci a la Tierra, viajando “a la velocidad de la verdad”, que es el equivalente alienígena a lo que nosotros conocemos como la velocidad de la luz. Orfeo comienza su predicación a todo el que quisiera escucharlo. Predica sobre los nuevos Mesías espaciales y sobre el comunismo, el auténtico mal encarnado, que nos llevará a todos a una inminente Nueva Guerra Mundial. Sin embargo, dice Angelucci, de las ruinas del mundo surgirá una "Nueva Era de la Tierra” ante la atenta mirada de los Dioses Rubios del espacio.

El caso es que no fue ese el único despiste con una bebida de Angelucci: a finales de 1954 nuestro hombre visitaba una base de entrenamiento de la Marina en el desierto de Mojave, en California. En el restaurante de la base se encuentra con un tal Adán, que resulta ser otro alienígena humanoide al que describe como "sorprendentemente hermoso". El hombre del espacio invita a Angelucci a comer un solomillo, y para acompañarlo le ofrece un vaso con agua al que echa una pastilla efervescente. El agua se convierte al instante en una especie de espumoso en el que Angelucci reconoce inmediatamente aquella bebida deliciosa de años atrás. Después del primer trago, y según cuenta en su siguiente libro “Hijo del sol”, Angelucci oye sorprendido cómo una hermosa música mesmerizante surge del vaso. La música va ganando en belleza e intensidad, envolviéndolo como en un encantamiento. Pero la sorpresa es mayor cuando, al mirar otra vez el vaso, ve una minúscula mujercita, rubia y hermosa como una minidiosa, bailando sensualmente en el espumoso champán alienígena. Al tiempo, la danzarina va haciéndose más y más pequeña a cada vuelta de su danza, hasta desaparecer entre las rosadas burbujas del vaso. Cuando Angelucci levanta la vista, comprueba que todos los rudos marineros que se encontraban a su alrededor lo observan con miradas amorosas, transfigurados por el poder empático que ha inundado la estancia. De pronto, todo es pureza, luz y amor, mucho amor.

En fin, no es necesario seguir con los ejemplos para poder llegar a una incontestable conclusión: Angelucci nunca viajó al espacio. Es obvio que estos inescrupulosos extraterrestres echaron droga en la bebida del pobre ingenuo. Los alienígenas no son tan bondadosos como dicen ser, después de todo. El peligro de que un desconocido nos de una bebida de origen dudoso se multiplica por mil si además ese desconocido proviene de otro planeta. Esto es un argumento que cualquier madre puede suscribir.

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El Plesiosauro (tango)

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El inmensamente célebre monstruo del Lago Ness fue objeto de todo tipo de atenciones, pero nunca nadie le dedicó un tango. Ese homenaje sin precedentes lo recibió en cambio su primo de la patagonia argentina, el plesiosaurio de la Laguna Negra del valle de Epuyén, hacia 1922, una década antes de que Nessie saltara a la fama mundial.

A principios de aquel año, el eminente naturalista Clemente Onelli, que por entonces ocupaba el puesto de director del Zoológico de la ciudad de Buenos Aires, recibió una carta firmada por Martin Sheffield, un aventurero norteamericano que recorría la patagonia en busca de fortuna. En la carta, Sheffield contaba que, acampando a la orilla de la Laguna Negra, en la provincia patagónica de Chubut, vio un gigantesco animal con cuerpo como de tortuga y un largo cuello flexible rematado en una diminuta cabeza. La misiva iba acompañada por un importante trozo de excremento de la bestia. Sheffield le pedía a Onelli que le remitiera algún dinero para organizar una batida y dar caza al coloso.

Ante la incontestable evidencia, el gran científico no tuvo dudas: lo que el norteamericano había encontrado era ni más ni menos que un plesiosaurio vivito y coleando. El descubrimiento, dijo, “llegará a conmover a todos los sabios de la Tierra”.

Sin pérdida de tiempo, Onelli movilizó los recursos necesarios para una importante expedición (se dice que una dama de la alta sociedad porteña donó una cifra astronómica) y, con hombres y pertrechos, puso rumbo a la patagonia el 22 de marzo de 1922, en medio de un gran despliegue mediático. La impactante noticia del hallazgo y la partida de la expedición (armada con una descomunal jeringa hipodérmica fabricada para la ocasión, y rellena con litros de narcótico) movilizó a todo el país e, incluso, importantes medios extranjeros como The New York Times cubrieron el acontecimiento. La partida estaba formada, además de por Onelli, por un geógrafo, dos expertos tiradores, algunos guías, un par de periodistas y hasta un taxidermista, por si el monstruo no salía vivo de la refriega.

Al llegar a la laguna, sin embargo, la expedición de Onelli no encontró rastros ni del gringo ni de la bestia antediluviana. El gran naturalista comprobó, además, que la laguna en cuestión, apenas más grande que un estanque, no tenía más que un metro de profundidad. Pero para entonces el bicho ya era trending topic en todo el mundo y, en la capital argentina, el recién estrenado tango “El Plesiosauro” hacía furor y se bailaba con garbo en todos los salones de postín. La composición, con música del maestro Rafael D’Agostino y letra de Amílcar Morbidelli, se compuso en el mismo año de 1922, y dice así:  

“Yo soy un pobre animal buscado

por los ingratos y sin conciencia.

Porque soy raro y también lo soy curioso

(según dice la gente allí).

Dejemén solo aquí, gozando

en la soledad de este lago

¿Qué es lo que haréis con sacarme si es en vano

llevarme vivo de este lugar?

¿No saben los señores

que esto no es coger flores?

Pretenden aquí cazarme y llevar

como si nada fuera.

¡Maldito! No me nombres.

Nada te debo Onelli.

Deja que yo viva con igual prerrogativas

como tú vives allí.”*


Si bien el tango de D’Agostino fue el más celebrado, no fue ni mucho menos el único dedicado a la bestia jurásica: Otra composición, aunque solo instrumental –para violín y orquesta– llamada igualmente “El Plesiosaurio” y compuesta por Arturo Terri, hizo fortuna en las milongas de la noche porteña. Y un tercer tango (del que no constan registros fonográficos) titulado “Ya lo traen al Plesiosauro” vio la luz en la vecina república del Uruguay.

Clemente Onelli y sus expedicionarios acabaron regresando a la capital argentina, con la frente marchita y con las manos vacías, en abril de 1923, y la historia del plesiosaurio de Epuyén poco a poco se fue olvidando.

Pero dicen los más viejos del lugar que aún, en las noches de luna, a la orilla fangosa de la laguna se puede ver la silueta de un coloso de largo cuello erguido que, con mirada melancólica, se marca unos sinuosos pasos al ritmo sincopado del dos por cuatro.

* letra extraída de Todotango.com

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El revolucionario feminismo de ataduras de William Moulton Marston

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William Moulton Marston fue un hombre feminista (ya de por si una rara especie), pero de una rama particular del feminismo de la cual, probablemente, él haya sido el único miembro. Su sorprendente idea era que las mujeres podían ser fuertes y libres gracias a la sumisión. Y para propagar su buena nueva creó a la primera superheroína feminista-masoquista de la historia: Wonder Woman.

Moulton no era un artista de cómics ni mucho menos: era doctor en derecho, profesor universitario, investigador social y psicólogo de Harvard, apasionado por el pacifismo, el cambio social y, sobre todo, por la causa feminista, nada menos que en los años treinta, es decir, mucho antes que el movimiento alcanzara su apogeo.

Una de las primeras iniciativas de nuestro inquieto hombre fue inventar una “máquina de la verdad” que, aunque nunca llegó a funcionar del todo bien, sirvió de base para el posterior desarrollo del polígrafo o detector de mentiras (recordemos que el arma favorita de Wonder Woman es el “lazo de la verdad”, una cuerda mágica con la que obliga a confesar a sus enemigos…)

Y ya que hablamos de cuerdas, vamos al quid de la cuestión: Moulton era un entusiasta aficionado al bondage, una práctica de dominación-sumisión que consiste en inmovilizar el cuerpo con múltiples vueltas de cuerda muy apretada, con gran variedad de nudos, lazos y ataduras. Esta práctica le dio pie a elaborar una inquietante teoría feminista a partir de las ataduras: A través de los roles de dominación y sumisión la mujer podrá alcanzar un mayor grado de liberación de la mente. Moulton estaba radicalmente en contra del arquetipo de femineidad que se veía en su época. La mujer, decía, debía ser fuerte y poderosa. Como un varón. De hecho, Moulton vaticinaba que las mujeres acabarían dirigiendo el país.

Como psicólogo experimental, Moulton sostenía que los roles de sumisión física adoptados en la práctica del bondage hacían que la persona traspasara toda la responsabilidad sobre su cuerpo en el compañero, con el consiguiente efecto liberador. Esta cesión del control, junto a la aceptación de la propia vulnerabilidad, eran como un ritual de iniciación que acabaría convirtiendo a la mujer en un ser fuerte y libre.

En su vida personal, Moulton formó una amplia y poco convencional familia basada en el poliamor: convivía con su esposa legal, Elizabeth Sadie Holloway, una brillante intelectual comprometida con la causa feminista, y con Olive Byrne, ex-alumna suya de la universidad. Moulton tuvo hijos con ambas mujeres, quienes a su vez tenían relaciones entre sí (Moulton opinaba que las relaciones lésbicas fortalecían el carácter de la mujer y la hacía mejor madre y mejor persona). El triángulo poliamoroso, al parecer, funcionaba a la perfección: Sadie trabajaba fuera y ganaba el dinero necesario para mantener a toda la familia, mientras Olive se ocupaba de la casa y los niños, y Moulton, ya liberado de la enseñanza, se dedicaba a sus ideas (pues, según su teoría, las mujeres trabajaban mejor que los hombres). Olive vestía con ropas de hombre y usaba unos brazaletes metálicos que sirvieron de inspiración para el traje de Wonder Woman. El hogar de los Moulton debía de ser un lugar digno de visitarse.

Así las cosas, “en otra parte de la ciudad”, como se dice en los cómics, el editor M. C. Gaines necesitaba el respaldo de algún prestigioso psicólogo para certificar las bondades de las historias de superhéroes que publicaba, y le encargó un informe psicopedagógico a William Moulton. Éste le hizo notar la falta de una mujer superheroína, para que las niñas pudieran identificarse con un modelo de mujer fuerte, y le propuso crear una. Así nació, en 1941 y con intenciones didácticas y de propaganda feminista, la Mujer Maravilla.

Inspirada en Superman, la heroína de Moulton era una princesa de una isla de mujeres guerreras. Emigrada a los Estados Unidos, adopta una identidad secreta por el simple método de ponerse o quitarse unas gafas (si le funcionó a Clark Kent, ¿por qué no a ella?). Cuando se trasforma en Wonder Woman, ayuda a los americanos a combatir a los nazis.

La utopía feminista de Moulton tenía sus antecedentes: Herland, novela de Charlotte Perkins Gilman (1916), contaba la historia de una fantástica isla habitada exclusivamente por poderosas mujeres guerreras, que se reproducían, como las plantas, por partenogénesis, y se burlaban de los hombres por blandengues. Estas visiones se basaban en el mito clásico de las amazonas, del que también se inspiró Moulton.

Claro que, la Mujer Maravilla, era un modelo de mujer fuerte e independiente según la idea de mujer fuerte e independiente que tenía Moulton: la superheroína se pasaba atada como una salchicha buena parte de los episodios que protagonizaba. Pero no solo ella: en la isla de las amazonas de donde provenía, las ataduras formaban parte de la diversión de cada día. Las guerreras se ataban y se azotaban unas a otras todo el tiempo. Ni que decir que los jueguecitos con cuerdas también eran del gusto de las archienemigas de la Mujer Maravilla, unas supervillanas con mucha afición a los látigos, las cadenas y el cordaje en general. Hagamos un repaso de algunas de las más representativas:

Eviless, una carcelera de prisiones proveniente de Saturno, enfundada en un traje de cuero rojo con taconazos y armada con un látigo, al mando de un ejército de dominatrix vestidas con ceñidísimos trajes de cuero; Pepita, matadora de toros mexicana y espía nazi; Giganta, una gorila transformada en mujer forzuda gracias a la energía atómica; Cheetah, guerrera embutida en un traje de piel de leopardo… Como podemos ver, todas mujeres de pelo en pecho y de armas tomar.

Tal era el despliegue de cuerpos encordados que el pobre Gaines, el editor, se vio en la obligación de exigirle a Moulton, por carta, que disminuyera al menos en un 75% la presencia de escenas de sumisión con cadenas y cuerdas en los episodios de la Mujer Maravilla.

La superheroína de Moulton tuvo un éxito arrollador, desde el mismo momento en que se publicó su primer aventura. Aunque hay que decir que el éxito lo tuvo sobre todo entre los lectores varones.

Sin embargo, apenas cinco años después de su creación, William Moulton Marston murió, dejando a su superheroína en manos de una industria del cómic cada vez más pacata y conservadora, que la fue relegando al nivel de secundaria, de chica guapa acompañante de los superhéroes masculinos. La era de las mujeres libres y poderosas había acabado. De momento.

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Genios incomprendidos de la música: Muzak

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Bach, Mozart, Beethoven, Muzak. Esa es la línea ascendente que marca la evolución de la música en la cultura occidental. Pero resulta que Muzak no es una sola persona, sino toda una empresa. Una empresa que, con riguroso método científico, se dedicó a fabricar música especialmente concebida para hacernos trabajar hasta morir pero sin perder la sonrisa.

Todo comenzó con un general del ejército de los Estados Unidos llamado George Owen Squier, que inventó un sistema –el Multiplex– capaz de enviar información analógica a través del cableado eléctrico. De esta manera, se podía enviar música directamente a cualquier punto de la ciudad que dispusiera de instalación eléctrica, por ejemplo, una fábrica. Entonces alguien pensó que esa música podría, ya de paso, servir para algo: algo como que la gente trabajara más mientras la escuchaba.

Para esto era necesario utilizar una música hipnótica, que impulsara al obrero a generar, como en estado de trance, un flujo de trabajo constante y eficiente durante todo el día. Pero, claro, una música capaz de hacer tal cosa todavía no estaba inventada.

Así nace, en 1922, Muzak, una grandiosa empresa formada por técnicos, científicos y psicólogos encargada de generar el milagro y proveer de música mesmerizante a medida y por encargo para sus clientes (fábricas y grandes empresas, básicamente), dando nacimiento a lo que se conocería mundialmente como “hilo musical”. 

Puesto que esta música debía cumplir una función muy concreta –incrementar la productividad– los genios de Muzak hicieron un trabajo científico pionero en la comprensión de la manera en que la música se relaciona con el estado de ánimo y la conducta. Contaban, además, con un plantel de músicos estable que grababa las composiciones, siguiendo sus estrictas pautas. Luego, la música se transmitía –a través de la red eléctrica– por unas cajas provistas de altavoces, similares a un equipo de radio, que la compañía distribuía, y que, colocadas en cada despacho, sala, oficina o taller, no dejaban nunca de sonar, para beneficio del progreso material.

Muzak se dedicó a facturar tanto composiciones propias como versiones de temas ya populares. Y es aquí donde debemos reconocerles la más alta cota de genialidad: hacia los años 40 los ingenieros de Muzak habían perfeccionado su técnica: Lo primero era quitar la letra y la voz, paso fundamental para despersonalizar la canción elegida. La música de Muzak era, por este motivo, siempre instrumental. Después venían los arreglos: se procedía a simplificar el rango tonal, llevando todo a los tonos medios, saltándose tanto los molestos agudos como los graves, “aplanando” el sonido lo más posible, para evitarle al oyente el más mínimo sobresalto. El principio rector de la música de Muzak era pasar totalmente desapercibida. Se limaba el sonido con sedosos y acariciantes arreglos de cuerdas, y se reducían al máximo percusiones y demás instrumentos chirriantes . Aplicaban además un procedimiento al que llamaron “Stimulus-Progression”, que consistía en ciclos que aumentaban levemente, cada quince minutos exactos, la intensidad y el ritmo de la música, para generar en el oyente un “subidón” que lo mantuviera embobado pero despierto y lo hiciera aumentar el ritmo de trabajo a lo largo del día. La empresa floreció especialmente durante los años de la segunda guerra mundial, cuando se hizo necesario estimular locamente la producción en todas las fábricas del país. Era sonar Muzak, y no parar de fabricar zapatos, misiles o lo que fuera.

En poco tiempo la música de Muzak acabó dominando el mundo, consiguiendo unos cien millones de oyentes. La compañía estableció estudios de grabación (y orquestas estables) por toda norteamérica. Sus interpretaciones sonaban en todas partes, como omnipresente banda sonora de nuestra vida (laboral). Hasta el presidente Eisenhower mandó instalar, en los años cincuenta, aparatos de Muzak por toda la Casa Blanca.

No les faltaron detractores, sin embargo: hubo quien calificó los métodos de Musak de “pura pseudociencia”, aduciendo que solo se trataba de musiquilla intrascendente, y que no estaba probado que consiguiera aumentar el ritmo de trabajo o la productividad de los empleados. Muzak siempre se defendió jurando una y mil veces que su sistema de composición, arreglos e interpretación era infalible en la tarea de lavar el cerebro y producir zombis que trabajaran sin descanso. Otros llamaron a sus producciones “música de ascensor” o “música para aeropuertos” de forma despectiva, sin llegar a entender nunca que el sonido intrascendente era justamente el gran objetivo de Musak. Objetivo alcanzado generosamente, hay que decir, puesto que, aunque la hayamos oído mil veces, es completamente imposible recordar nada de su música.

Pero eso fue la gran tragedia de Muzak: haber conseguido crear una música que pase completamente desapercibida, que nadie recuerde, que a nadie distraiga ni llame la atención fue sin duda el principal motivo por el que hoy no se coloque a Muzak en lo más alto del podio de la creación musical. Porque mientras año a año se celebran grandiosos festivales en honor de un juntanotas como Wagner, la música de Muzak no goza hoy del reconocimiento que se merece. ¿Qué otra cosa sino sopor produce El Anillo del Nibelungo, comparado con la versión Muzak de Amapola, que ha puesto a trabajar de 8 a 17 hs a generaciones enteras?

Hacia mediados de la década de los sesenta, y según crecía la tendencia que asociaba la música a la rebeldía, la influencia de Muzak fue declinando, y ya con el cambio de siglo acabó absorbida por la compañía Mood Music, un proveedor de música enlatada de todo tipo, que sin embargo aún conserva un pequeño apartado de “la vieja y tradicional música de ascensor”. Un melancólico final para la música intrascendente más trascendente de la historia.

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Más fiable que el WhatsApp: la precipitación postal de los Mahatmas

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Vamos a hablar hoy aquí del sistema de mensajería más revolucionario de los últimos siglos. Más barato que el correo electrónico, más eficaz que el Messenger, más rápido que el WhatsApp. Vamos a hablar de los Mahatmas y su exclusivo método de precipitar cartas directamente, como quien dice, sobre la cabeza del destinatario. Nunca se ha visto nada igual.

Aclaremos que con lo de “cartas precipitadas” no nos estamos refiriendo a mensajes escritos con prisas, sino, literalmente, a misivas caídas desde el cielo, materializadas a partir de la nada: cartas que se solidifican como en el precipitado de un experimento de química, un procedimiento tan eficaz como sorprendente.

Empecemos por el principio: ¿quienes son estos Mahatmas? También conocidos como “maestros ascendidos”, los Mahatmas son unos misteriosos sabios que viven en lo más alto del Himalaya, en el Tíbet. Aunque a juzgar por los únicos retratos que existen de ellos, muy tibetanos no parecen.

¿Y a qué dedican el tiempo libre? Pues a mantener una lucha secreta sin cuartel por el destino del cosmos, contra las fuerzas oscuras, nada menos. Como unos caballeros jedi que en lugar de espadas láser utilizan la correspondencia como arma definitiva.

Estos señores de mirada intensa casi nunca se dejan ver por el común de los mortales. Casi. La excepción se llama Helena Petrovna Blavatsky, más conocida como Madame Blavatsky, quien tuvo el privilegio de ser discípula de dos Mahatmas: el maestro Morya y el maestro Kuthumi, y de haber intercambiado con ellos un montón de cartas precipitadas, directamente desde las alturas del Himalaya hasta la sede de la Sociedad Teosófica, una sociedad para el perfeccionamiento espiritual que Blavatsky fundó y dirigió con mano de hierro allá por finales del siglo XIX. El movimiento teosófico llegó a tener una enorme influencia entre las más variadas personalidades de occidente, entre las cuales había artistas, intelectuales y políticos. Las cartas precipitadas de los Mahatmas contribuyeron grandemente a definir el clima espiritual de la época, pero lo que nos interesa aquí no es el contenido, sino la forma en que las cartas se enviaban: la precipitación.

El procedimiento era el siguiente: durante las reuniones, a alguno de los ilustres miembros de la Sociedad Teosófica le caía sobre la cabeza un sobre dirigido a su nombre. El sobre contenía una carta, que podía ser un breve mensaje o una extensa misiva de varias páginas, y que acababa siempre con la firma de algún Mahatma. Los miembros de la sociedad las denominaban “cartas precipitadas” por la curiosa costumbre de caer, literalmente, sobre la teosófica cabeza del destinatario. Aunque no siempre se recibía el mensaje de forma tan directa: puesto que era posible que la persona a la que se le remitía no estuviera presente en ese momento en la sala, la carta se materializaba entonces dentro de un gabinete ubicado justo al lado de las estancias personales que Madame Blavatsky ocupaba en la amplia casona que servía de sede a la Sociedad.

Las cartas de los Mahatmas hablaban de todo un poco, sobre esto y aquello, de las cosas divinas y humanas. A veces daban profundos consejos espirituales, y otras hablaban del tiempo o de bueyes perdidos. Pero nunca faltaba una recomendación para que el remitente atendiera las necesidades materiales de Madame Blavatsky, la intermediaria. Lo más importante para los Mahatmas era el bienestar de Blavatsky. Esto dio pie a más de un malpensado a sugerir que las cartas las escribía la propia Madame Blavatsky, claro. Ya sabemos que la gente es mala y comenta.

El caso es que Blavatsky era muy austera: conque dispusiera de ropa, comida, una casa amplia situada en un buen barrio y dinero en efectivo para sus múltiples viajes, pues casi que no necesitaba más. Afortunadamente, los teósofos que recibían las cartas de los Mahatmas eran lo suficientemente asquerosamente ricos como para atender esas pequeñas necesidades sin demasiados problemas. Mientras vivió, y gracias a las cartas de los Mahatmas, Madame Blavatsky dispuso siempre de una muy sencilla mansión y una cuenta muy corriente en el banco.

Hay que decir que los suspicaces acusadores contaron con la inestimable confesión de los caseros de la sede de la Sociedad Teosófica, un matrimonio que se encargaba de las tareas de mantenimiento en la finca, y que acabaron declarando que había un sistema de pasadizos, paneles corredizos y trampillas entre las habitaciones de Blavatsky y los techos de los salones, a través de los cuales se dejaban caer las cartas. Pero tan absurda acusación pronto fue desactivada, al comprobarse que los calumniadores habían sido despedidos recientemente de sus puestos por la propia Blavatsky, y seguramente buscaban vengarse de la buena mujer desacreditando a los Mahatmas. Y sí, era cierto que los pasadizos existían, pero se comprobó que estaban sólidamente sellados. Caso cerrado.

Los Mahatmas, por otra parte, escribían de manera muy diferente: mientras el maestro Kuthumi utilizaba siempre tinta azul, y tenía una caligrafía aplicada, el maestro Morya, en cambio, escribía a lo loco, con tinta roja y letra ágil, garabateada en renglones torcidos.

Las perlas de sabiduría que destilaban los Mahatmas en sus comunicados fueron muy importantes para la difusión de la teosofía, aunque surgieron acusaciones de que párrafos enteros de estas cartas repetían palabra por palabra páginas del libro de un conocido oculista y espiritista americano. A primera vista pudiera parecer un claro caso de plagio, pero Madame Blavatsky explicó que, seguramente, los Mahatmas, allí en lo alto del Himalaya, pudieron haber leído una copia del mencionado libro en el plano astral, y ciertos párrafos pudieron luego surgir en las cartas de manera subconsciente.

Después de la muerte de Helena Blavatsky, en 1891, toda esta febril actividad mahatmática postal prácticamente se esfuma, lo que evidencia lo mucho que les debió haber afectado a los Mahatmas la desaparición de su principal discípula. Con el nuevo siglo, la influencia de la teosofía fue declinando hasta casi desaparecer. Y en cuanto a los Mahatmas, solo podemos suponer que seguirán precipitando cartas sobre quién sabe qué cabezas, sin obtener respuesta. 

En la British Library de Londres se conservan muchas de las cartas de los Mahatmas, un auténtico tesoro que, de hecho, se puede consultar, previa solicitud de un permiso especial.

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¡¡Y mis colegas decían que estaba loco!!… ¡¡Loco!!

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Un actor que comienza haciendo Shakespeare y acaba de profesor chiflado en una producción mexicana junto al luchador Mil Máscaras puede tomarse a simple vista como un declive profesional, pero para este modesto blog la trayectoria de John Carradine, que es de quien estamos hablando, es la de un Dios de la interpretación. 

Y es que hay cientos, miles de actores de talento capaces de encarnar a Hamlet, pero muy pocos podrían salir airosos interpretando el papel de científico demente que acaba de dar vida a una teta gigante. John Carradine hizo eso (en el mejor y más memorable sketch de Todo lo que usted siempre quizo saber sobre el sexo, pero temía preguntar, de Woody Allen) y mucho más.

John Carradine (1906-1988) comenzó su carrera de actor en producciones teatrales shakespereanas, y a su llegada a Hollywood trabajó en varios westerns a las órdenes de John Ford, pero poco a poco se concentró en las películas de horror y ciencia ficción por las que acabaría pasando a la historia. 

Sin embargo, mientras otros maestros del terror —Lugosi, Karloff— alcanzaron el pleno reconocimiento, Carradine cayó un tanto en el olvido. De todos los que encarnó a lo largo de su prolífica carrera, su gran personaje fue, sin duda, el de científico demente (¡demente a los ojos de la sociedad, John, no para nosotros, desde luego!).

Es característica su figura delgada y su porte aristocrático, siempre enfundado en una bata blanca de científico, delante de un montón de probetas, retortas, cables e interruptores, en un laboratorio repleto de lucesillas parpadeantes e incierta tecnología.

Esta figura, la del Mad Doctor, es la del hombre de genio que se salta las normas para desafiar a la naturaleza, para trascenderla. Y lo hará sin detenerse ante nada, porque como dijo Cantoná: “el fin justifica los medios”. Es un antihéroe de la estirpe de Adán, aquél que mordió la fruta prohibida del árbol del conocimiento y se ganó la expulsión. Por contra, el héroe que se le opone es siempre un personaje timorato y reaccionario, un pusilánime que acabará destruyendo la obra del genio en nombre del sentido común. La humanidad, según los principios de este aguafiestas, no debe traspasar nunca ciertas fronteras.

Pero vayamos a la obra del gran Carradine, o, al menos, a la parte de ella que nos interesa especialmente. Nuestro hombre ya destaca en La salvaje cautiva (Captive wild woman), una película de los años cuarenta, como un científico que, por medio de un “tratamiento glandular”, transforma a un tremendo gorila en una hermosa muchacha que, eso si, no dice ni una palabra en toda la película (el papel de la sensual chica-gorila lo interpreta la espléndida modelo Acquanetta, que a pesar de haber nacido en Wyoming los estudios la presentaban como “el volcán venezolano” para acentuar su exotismo). Después de esto, la carrera de Carradine solo puede ir a mejor.

Otro “experimento glandular” lo encontramos en De otro mundo (The Unearthly), película en la que Carradine interpreta a un psiquiatra demente, valga la redundancia, que, junto a su ayudante Lobo (el luchador Tor Johnson) realiza intervenciones quirúrgicas para hacer más longevos a sus pacientes depresivos, pero acaba transformándolos en zombis (efectos secundarios, se le llama a eso en medicina). La película está basada en un guión de Ed Wood, no hace falta decir más.

En Billy the Kid versus Drácula nuestro hombre vuelve al territorio del western, pero esta vez para interpretar nada más ni nada menos que al mítico conde transilvano, que viaja al lejano oeste para sorber la sangre de una bella joven y apropiarse de su rancho, todo con la ayuda de una tribu de comanches. Pero sucede que el prometido de la bella es el célebre bandido Billy el Niño, que se ha reformado y a sentado la cabeza, y que será el encargado de enfrentar al vampiro y salvar a la dama.

Parece difícil superar esta cota, pero el gran Carradine lo consigue en Los Astro-zombis, en donde vuelve a calzarse la bata blanca para encarnar a un científico que, asistido por su ayudante jorobado, se dedica a crear una raza de superhumanos alimentados por energía solar, a partir de cadáveres de criminales. Tura Satana, la bailarina exótica y experta en artes marciales interpreta el papel de la agente de una red de espías interesada por los experimentos del doctor. 

En Monstruos hambrientos (Horror of the blood monsters), una cinta de ciencia ficción y terror con vampiros espaciales, cavernícolas, hombres-cangrejo y dinosaurios, hecha en su mayor parte con trozos y restos de rodaje de otras producciones anteriores, se nota que el maestro interpreta sus escenas sin probablemente tener ni idea de sobre qué va la película. Muchos años después, nosotros mismos seguimos sin saberlo. Pero Carradine, ajeno a todo, suelta sus frases con su habitual convicción (y una cierta perplejidad) y nos regala otro de sus científicos locos y geniales, esta vez dirigiendo una expedición al planeta de los cavernícolas-vampiros.

El mismo procedimiento de cortar y pegar metraje de películas anteriores (un involuntario homenaje a Frankenstein) se utiliza en El hombre con el cerebro sintético (Blood of ghastly horror), con Carradine haciendo del consabido doctor que, esta vez, implanta un dispositivo electrónico en el cráneo de un veterano de vietnam convirtiéndolo en un psicópata asesino. La policía consigue acabar con él, pero el padre del psicópata, que casualmente es un antropólogo especializado en vudú, lo resucita y lo convierte en un zombi vengativo.

Y podríamos seguir, pues la producción del maestro (unas doscientos cincuenta películas) parece no tener fin. Agotado el filón de Hollywood, participó también en producciones mexicanas (Las vampiras) o filipinas (Beast of the Yellow Night).

En muchas de ellas supo también autoparodiarse, como Raphael. (desde luego en la ya mencionada cinta de Woody Allen).

¡¡Y por si todo esto fuera poco, además John Carradine fue el papá de Kung Fu!! Sencillamente. insuperable. ¡Larga vida al doctor demente!



Listado de películas recomendadas: 

Captive Wild Woman (1943)

The Unearthly (1957)

The Wizard of Mars (1965)

Billy the Kid versus Dracula (1966)

Las vampiras (1968)

The Astro-Zombies (1969)

Horror of the blood monsters (Vampire Men of the Lost Planet) (1970)

Blood of ghastly horror (The Man with a Synthetic Brain) (1972)

Everything you always wanted to know about Sex, but were afraid to ask (1972)

Evils of the night (1985)

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El palacio sin paredes de Edward James (y una novela)

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“Un excéntrico no es más que un loco con suficiente dinero para ser tomado en cuenta”. leemos en referencia al escocés sir Edward James en Londres después de medianoche, primera novela del mexicano Augusto Cruz. La sentencia, puesta en boca del protagonista, un detective privado en busca de una célebre película perdida de la época del cine mudo, condensa lo que mucha gente pensaba del muy adinerado y extravagante coleccionista de arte británico sir James, que dedicó varias décadas de su vida y toneladas de dinero a construir un peculiar complejo monumental en plena selva mexicana.

Pero vayamos por partes. La novela que nos vino a traer el recuerdo de sir James y su obra es una intriga construida sobre la pista de la más mítica de las películas perdidas: Londres después de medianoche, dirigida por Tod Browning en 1927 y protagonizada por el metamórfico Lon Chaney. Una cinta de terror y vampirismo (la primera rodada en Hollywood) cuya última copia se destruyó durante un incendio en los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer en los años sesenta. El filme se considera desde entonces oficial y definitivamente perdido, aunque la búsqueda afanosa de alguna copia no catalogada no ha cesado desde entonces por parte de coleccionistas y fanáticos. En el libro que nos ocupa, una ficción adornada con todo tipo de personajes de la vida real, es el mismísimo Forrest J. Ackerman, mítico coleccionista de objetos relacionados con el terror cinematográfico y la ciencia ficción, el que encarga a un antiguo agente del FBI jubilado la tarea de seguir el rastro de una hipotética última copia del filme.

Y es así como las pistas van llevando al detective hasta México, y finalmente hasta las Pozas de Xilitla, el edénico enclave donde sir Edward James, en lo más recóndito de la selva huasteca, en San Luis Potosí, edificó su fantástico monumento a la mayor gloria de sus obsesiones. No es gratuito que el autor, que es mexicano, acabe orientando las peripecias de la trama laberíntica hacia las Pozas, pues son, desde luego, el más perfecto “marco incomparable” que podamos imaginar para situar el desenlace de la extravagante historia que nos cuenta.

Sir Edward James (1907-1984) nació siendo ya rico. A la temprana muerte de su padre, un próspero industrial americano, heredó otra fortuna que lo hizo aún más rico. Su padrino (y según las malas lenguas, su verdadero padre biológico) fue el rey de Inglaterra, Eduardo VII. El joven James se dedicó a la vida bohemia y pronto se convirtió en mecenas de los más importantes pintores surrealistas. Sin casi proponérselo, acabó reuniendo una enorme colección de arte que con el tiempo lo ascendió a la categoría de asquerosamente rico. En su relación con el dinero, sin embargo, nunca fue de escatimar: durante a guerra de España no dudó en sugerirle a su amigo Buñuel que le compraría un bombardero para que el cineasta participe personalmente en el conflicto. Buñuel, al parecer, declinó el ofrecimiento.

Así las cosas, en los años cincuenta el inquieto sir Edward James acabó encaminando sus pasos hacia México. En una excursión por la sierra descubrió unas piscinas naturales, en medio de un paisaje exuberante, y decidió que allí mismo construiría su sueño. James adquirió una extensa superficie de terreno que incluía las pozas y sus cascadas de agua, con la intención de plantar allí orquídeas. Lo que al principio iba a ser un jardín, acabó transformándose después de treinta años en un complejo de extrañas construcciones de concreto, unas treinta y seis, distribuidas entre el enmarañado follaje tropical, y que incluyen plataformas, escaleras, columnas, grandes flores de cemento y otras formas vagamente vegetales, terrazas, arcos ojivales, puertas hacia ninguna parte y todo tipo de estructuras sin más propósito aparente que el de materializar el capricho de su creador. Lo más parecido a una edificación convencional es el llamado “castillo”, en donde residía el propio sir James. El mayor encanto de estas construcciones reside en que dan la impresión de estar a punto de ser devoradas por la naturaleza incontenible de la selva. Son como los restos de una extraña civilización perdida que de pronto se nos muestra por última vez entre el follaje.

Hay que decir que Edward James nunca llegó a poner personalmente una sola cucharada de cemento. Él, como buen sir, se dedicaba a garabatear sus ideas en un bloc de notas, mientras que un indio yaqui llamado Plutarco, que se convirtió en su amigo inseparable, hizo las veces de improvisado constructor. Ejerciendo de capataz, llegó a reclutar a más de cien lugareños para dar forma a las ensoñaciones de sir James. Éste luego se paseaba por las construcciones vistiendo una larga túnica blanca, como un viejo druida teletransportado a los trópicos y rodeado de papagayos y otras coloridas especies autóctonas con las que pobló el lugar (era un gran amante de la fauna, incluyendo las boas constrictor). Sir James no dudó en vender buena parte de su colección de arte para financiar la costosa empresa. El ardor constructivo de las Pozas solo se detuvo en 1984, con la muerte de Edward James. Hoy el conjunto es propiedad compartida por el estado y los descendientes de Plutarco, y se puede (y se debe) visitar.

Y volviendo a la novela de Augusto Cruz con la que empezábamos el post, hay que decir que si algo no le falta es documentación: la historia está plagada de referencias mitómanas y de cameos de todo tipo, un verdadero tour de force con forma de folletín por todos los hitos de la cultura popular que incluye vampiros y otros monstruos de cine, viejas estrellas del cine mudo, héroes de radionovelas mexicanas, cine de karatecas, enanos, gigantes, luchadores enmascarados, el asesino de Kennedy, agentes del FBI, un villano de opereta…. Como en muchas primeras novelas, el autor parece haber decidido poner en Londres después de medianoche toda la carne en el asador. Quizás tantas digresiones hacen que el resultado no sea redondo, pero desde luego es muy entretenido.


Londres después de medianoche, de Augusto Cruz, está editada en Seix Barral.

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“I have a dream…” Las torres de Simon Rodia en Watts

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Si la próspera isla de Manhattan tiene su Empire State, si en su skyline se dibuja (bueno, se dibujaba) la silueta de las torres gemelas del World Trade Center, en el horizonte del humilde y conflictivo suburbio del sur de Los Angeles llamado Watts, mayoritariamente negro, se recorta la increíble estampa de las  torres de Simon Rodia, conocidas hoy universalmente como las Torres Watts, un impresionante conjunto arquitectónico sin ninguna finalidad aparente.

Las recordamos hoy aquí a propósito de una película que es uno de los clásicos menores de ese subgénero conocido como blaxploitation (filmes de bajo presupuesto protagonizados por un elenco de actores negros, producidos en masa durante los años setenta) y cuyo apoteósico final tiene a las torres Watts como protagonistas de excepción.

Hablamos de El Dr. Black y Mr. Hyde (1976) dirigida por William Crane, que cuenta las andanzas del doctor Pride, un científico afroamericano que se dedica en su tiempo libre a atender a pacientes marginales (básicamente prostitutas) de un centro de salud comunitario de Watts. Una de ellas, Linda, está enferma de hepatitis, y el buen doctor desarrolla entonces un suero destinado a recomponer las células hepáticas dañadas por la enfermedad. Como buen científico de película, se decide a probar el suero en sus propias carnes. El resultado es que el afable y muy negro Dr. Pride se convierte en un bestial albino de ojos azules que se dedica a perseguir y masacrar a prostitutas negras por todo Watts. El suero claramente está lejos de curar la hepatitis, y es evidente que el Dr. Pride no será candidato al Nobel de medicina.

Así las cosas, nuestro monstruo blanco acaba encontrando a Linda y la secuestra, pero es perseguido por la temible policía de Los Angeles. La bestia albina, acorralada y cargando el cuerpo de la muchacha, se dirige entonces… a las torres Watts. Sí amigos, si hasta entonces la película era un trasunto con tintes de color (negro) de la clásica historia de Robert Louis Stevenson Dr. Jekyll y Mr. Hyde, este espectacular final apunta más bien a otro clásico: King Kong. En la admirable secuencia final (que sería más admirable si estuviera bien rodada) el monstruo trepa a la más alta de las torres, mientras un helicóptero lo rodea y lo acosa. La policía abre fuego y el albino cae a la acera. Asistimos entonces a la metamorfosis final: la bestia blanca, ya agonizante, se transforma lentamente en el moreno Dr. Pride, frustrado benefactor de la comunidad (…y sí, les acabo de contar el final de la película).

No es la primera vez que vemos en el cine a las torres Watts como símbolo del barrio: en 1972 se celebró el Wattstax, un macrofestival de música funk y soul conocido como “el Woodstock negro”, que reunió a lo más granado de la música negra del momento en un estadio de la localidad. La elección de Watts no era casual: allí habían tenido lugar años antes los tremendos disturbios raciales que sacudieron el país, una guerra callejera que duró varios días dejando decenas de muertos y que pondrían el nombre de Watts en el mapa. Pues bien, de aquel festival conmemorativo se rodó una película para el cine, y en las secuencias iniciales, mientras escuchamos la sinuosa música de the Dramatics, las imágenes nos muestran unas bonitas panorámicas de las torres, el indiscutible símbolo del lugar.

A lo largo de las décadas, las torres vieron pasar dos grandes levantamientos de la comunidad por motivos raciales: la rebelión, ya mencionada, de 1965, y luego otra, no menos virulenta, cuando en 1992 un incidente de brutalidad policial dejó lisiado al ciudadano afroamericano Rodney King. A pesar de los incendios masivos y los graves destrozos sufridos por toda la barriada a consecuencia de los levantamientos, las torres Watts nunca sufrieron daño alguno.

Hubiera sido bonito que las torres fueran obra de algún afroamericano genial, pero la realidad no suele ser tan redonda: su autor, Simon Rodia, fue un humilde inmigrante italiano.

“I have a dream…”, parece haber pensado Rodia, parafraseando a Luther King, antes de ponerse manos a la obra. Obrero de la construcción, levantó él solo y sin maquinaria ni ayuda de ningún tipo este complejo de torres que comprenden diecisiete estructuras interconectadas de metal y concreto, en un terreno de su propiedad. Dedicándole todo su tiempo libre, sin usar planos e improvisando sobre la marcha, demoró unos treinta y tres años, entre 1921 y 1954. 

Cada tarde, al volver de su trabajo, Rodia se dedicaba a recoger todo tipo de escombros por el camino: piedras, botellas, trozos de ladrillo o azulejo, o restos de metal de una cercana estación de ferrocarril. Con todo ello, y armado solo con un arnés y sus herramientas de albañil, fue levantando las torres, la más alta de las cuales sobrepasa los treinta metros. Las torres no estaban destinadas a ningún uso concreto. Eran más bien un monumento a sí mismas, como su pariente rica, la torre Eiffel. Según se mire, también recuerdan ligeramente a las torres de la Sagrada Familia de Gaudí (aunque Rodia no tardó tanto en levantarlas).

Durante los años que duró su construcción, hay que decir que los vecinos mostraron suspicacia, cuando no animadversión: la misteriosa estructura no parecía tener ninguna función aparente, y su autor solo se limitaba a decir que su única intención era “construir algo grande”. Durante mucho tiempo se llegó a pensar que Rodia era un espía de una potencia extranjera, y las torres antenas de radio que transmitían día y noche información al enemigo. Incluso se difundió el extremo de que a través de ellas Rodia estaba en contacto con civilizaciones extraterrestres a punto de invadir Los Angeles. Ya sabemos cómo suele tratar el vecindario al vecino extravagante…

Después de años de lucha contra la incomprensión y la franca oposición vecinal, Rodia, ya viejo y cansado, le acabó regalando el terreno con sus torres a un vecino del lugar. Se marchó de Watts sin mirar atrás y, aunque viviría aún otros diez años, nunca regresó.

Así las cosas, las torres parecían sentenciadas: el ayuntamiento se apresuró a dictar orden de demolición. Pero de nuevo Hollywood viene al encuentro de las torres: un actor y un productor de cine compran la propiedad, y comienzan una batalla legal contra las autoridades para preservar el monumento. Este deberá pasar una dura prueba para asegurar la solidez de su construcción: Con cables de acero atan la estructura a una grúa que tira de ella: las torres, hechas del material con que se fabrican los sueños, no se mueven ni un milímetro de sus cimientos. Años después aguantarán incluso un temblor de tierra y un huracán que sacudió toda la zona. Finalmente, en el año 1990 las torres Watts son declaradas monumento histórico nacional. Y hasta es probable que los vecinos de Watts se sientan ahora orgullosos de ellas.

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No más madres. La revolución de las máquinas-útero

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Ningún revolucionario en el siglo XX se atrevió a llegar tan lejos como Shulamith Firestone. La sociedad libre e igualitaria que esta mujer alcanzó a imaginar no tiene parangón, aunque luego el mundo decidiera no seguir el camino trazado por su visionaria propuesta: acabar con la tiranía de la reproducción biológica suprimiendo la fuente de toda opresión femenina: la maternidad.

Influenciada en igual medida por Marx y por Freud, Shulamith Firestone, canadiense de familia judía, emigró a Estados Unidos y allí consiguió publicar, con tan solo veinticinco años, un libro tan polémico como influyente: La Dialéctica del Sexo, editado en 1970. En él, Shulamith nos propone su modelo de sociedad igualitaria. Tan igualitaria, que las diferencias entre los sexos acabarán siendo completamente irrelevantes.

Para ello, Firestone imaginó una solución tan sorprendente como novedosa: automatizar la producción de niños a través de unos revolucionarios úteros artificiales destinados a liberar a las mujeres de su función natural reproductora. Porque según el lúcido análisis de Shulamith, "Fue la biología reproductiva de la mujer la razón de su opresión original e ininterrumpida después". En otras palabras, mientras la mujer tenga que seguir ocupándose de gestar bebés y parir con su propio cuerpo, siempre estará en desventaja. Por ello lanza su propuesta de los úteros mecánicos: máquinas de parir para acabar con la maldición femenina de dar a luz con esfuerzo y sufrimiento, externalizando la producción de bebés del cuerpo de la mujer. En definitiva, úteros mecánicos para una sociedad mejor. La liberación femenina, dice Shulamith, se logrará a través de la tecnología o no se logrará.

La maravillosa sociedad que nos propone Firestone puede parecer sacada de una novela de ciencia ficción. Y, en efecto, el caso es que en más de una ficción especulativa se describen similares procedimientos: desde el clásico Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, con sus personajes criados en placentas artificiales, hasta la archipopular película Matrix, de 1999, que muestra a toda la humanidad metida en una pavorosa serie de cápsulas-útero salidas de un mal sueño de Giger. Por alguna razón que se nos escapa, la idea de la gestación artificial parece estar en la base de todas las sociedades de pesadilla que el hombre ha sido capaz de imaginar. Si la ciencia ficción en general siempre ha mirado con desconfianza el avance de la tecnología, ese recelo parece aumentar hasta el delirio ante la idea de la gestación artificial. Autores como el ya mencionado Huxley, Philip K. Dick, Robert Heinlein, Oskar Panizza y un largo etcétera de célebres paranoicos imaginaron la gestación artificial como la causa detrás de todo mundo deshumanizado. Aunque hay alguna excepción: La escritora Joanna Russ en su novela El Hombre Hembra describe un mundo ideal, llamado Whileaway, existente en un lejano futuro y habitado solo por féminas (allí la guerra de los sexos se desarrolló de manera literal y como resultado todos los hombres fueron exterminados...) que se reproducen recurriendo a máquinas-útero. Pero la excepción tiene truco: Joanna Russ era una escritora feminista y fuertemente influenciada por las teorías de nuestra Shulamith Firestone.

Pero la revolución de Firestone no acaba ahí: además de liberar a las mujeres de la maldición del parto, también las quiere emancipar de la crianza. Shulamith propone acabar con la familia, esa odiosa institución, y también con la aún más odiosa educación escolar. De los niños pasarán a ocuparse unos “grupos de convivencia” formados por un elenco variable de unas diez personas. La liberación de la mujer traerá también aparejada la liberación sexual, puesto que el sexo perderá definitivamente su función de reproducción de la especie, y pasará a tener un sentido exclusivamente festivo. Las máquinas no solo se ocuparán de la gestación de los bebés, sino que poco a poco irán asumiendo todas las tareas pesadas, y hombres y mujeres (aunque esta distinción ya será irrelevante), podrán dedicarse exclusivamente al ocio creativo y a la actividad sexual desenfrenada. El mundo del socialismo cibernético y pansexual de la orgía igualitaria se pondrá entonces en marcha: todas las formas imaginables de sexualidad serán permitidas y consentidas en la nueva sociedad del desmadre (nunca mejor dicho). 

Firestone propone además que a la liberación de la mujer deberá seguirle la liberación del niño, ese otro gran colectivo oprimido: Los niños pasarán a tener los mismos derechos que los adultos, incluyendo la plena independencia económica y la total libertad en el terreno sexual. Es más, no solo las relaciones sexuales entre niños serán aceptables, sino que incluso lo serán, por ejemplo, entre un niño y su madre “genética”, puesto que la intermediación de un útero mecánico habrá desactivado y vuelto obsoleto el viejo tabú del incesto. Si esto no es la revolución, que baje Marx y lo vea.

La sociedad perfecta, libre y feliz que propuso Shulamith Firestone no hizo gracia a todo el mundo, al parecer, y la pensadora y revolucionaria acabó siendo ingresada en una institución mental. Para cuando consiguió salir el mundo había casi olvidado sus teorías. Incluso el movimiento feminista, sobre el que tanta influencia llegó a tener, había vuelto a centrarse en reivindicaciones más convencionales, como la conveniencia o no de dejar de depilarse las axilas. Una auténtica pena, porque aunque tal vez Firestone se pasara un poco con lo de la abolición del incesto, creemos que el prodigioso mundo de máquinas gestantes que llegó a perfilar hubiera sido como mínimo digno de verse.

Shulamith Firestone murió en el año 2012. No tuvo hijos.

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Elvises de terciopelo negro, un arte nacido del turismo de borrachera

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Que la década del setenta del siglo pasado fue un período de desaforado buen gusto y sublimidad sin límite, lo demuestra la que quizás fue su expresión artística más característica y grandiosa: las pinturas sobre terciopelo negro, o black velvet art.

Así es: hubo una época no muy lejana en que los retratos de Elvis sobre terciopelo dominaban la tierra. Al menos, la tierra al norte del Río Grande. Y junto a los Elvis, todo un mundo de unicornios rosas, jesucristos, tahitianas desnudas, retratos de Nixon, perritos jugando al póquer, panteras amenazantes, vírgenes y toreros perfilados sobre lujurioso, fino y elegante terciopelo.

No se sabe a ciencia cierta el origen de esta disciplina, aunque se mencionan las pinturas sobre seda de Persia o de la antigua China. Incluso se dice que Marco Polo o los mismísimos cruzados ya habrían traído pinturas sobre terciopelo en su regreso a occidente. Pero lo cierto es que el auge de esta forma artística lo ubicamos en una época y lugar muy específicos: los Estados Unidos de América, que viven durante los años setenta una auténtica fiebre de terciopelo negro sin precedentes conocidos.

Pero ¿qué es exactamente el black velvet art? Son cuadros pintados usando como soporte el terciopelo en lugar del lienzo. El terciopelo que se utiliza habitualmente es negro, y queda expuesto en buena parte del cuadro. Las partes cubiertas con pintura, siempre en colores brillantes, destacan con especial intensidad, y permiten una inquietante utilización del claroscuro y un uso creativo del espacio negativo. Pero lo que mejor define a estas pinturas son sus temas, siempre muy característicos: figuras realistas de animales como tigres, panteras o unicornios; paisajes, habitualmente a la luz de la luna (el terciopelo negro da mucho juego en las escenas nocturnas), con  exóticas cascadas, lagos y colorida vegetación que recuerda vagamente a la Polinesia; retratos de celebridades de la televisión; toreros mexicanos en plena faena; payasos tristes; cristos y vírgenes... y Elvis, el motivo por antonomasia de las pinturas sobre terciopelo negro. Elvis cantando micrófono en mano, derramando una lágrima, agitando su capa de pedrería, sacudiendo la pelvis... todas las poses imaginables, llegando a crear un subgénero propio conocido como Velvis (contracción de "velvet Elvis").

Tengo en mis manos uno de los libros de referencia sobre el tema: Black Velvet Art, de la University Press of Mississippi, en donde se nos explica el sinuoso avance de la moda de estas pinturas desde Honolulu y Jalisco hasta el mismo corazón de la cultura americana. Según parece, el "padre de la pintura de terciopelo negro" fue el pintor Edgar Leeteg, un americano que en los años 30, siguiendo los pasos de Gauguin, se instaló en Tahití y comenzó a pintar sensuales mujeres semidesnudas sobre terciopelo negro. Los cuadros causaron sensación entre los marineros borrachos destinados en las bases de Hawai quienes, de vuelta a los Estados Unidos, llevaron a sus casas las novedosas pinturas. Luego los turistas acabaron arrasando con las obras de Leeteg. Más cerca de la frontera estadounidense, en Jalisco, nuevas multitudes de marines borrachos y turistas gringos empezaron a demandar aquellos "cuadros sobre terciopelo" que tanto les gustaban, de manera que los artistas locales comenzaron a producirlos en masa. Jalisco se acabó convirtiendo en la Meca del terciopelo negro. De modo que marines y turistas alcoholizados acabaron generando un nuevo y poderoso arte que, en poco tiempo, se extendería por todos los Estados Unidos, en una gran borrachera de terciopelo.

Desde los tiempos de las cruzadas, el arte sobre terciopelo negro ha ido prosperando allá donde las tropas en el extranjero van de compras. A través de la historia, los marines borrachos han ido por delante de los turistas, allanando el camino para que el black velvet art conquiste nuevos mercados. Así llegamos a la norteamérica de los años setenta, en donde casi con seguridad en cada hogar americano había un Elvis en terciopelo colgando de la pared del salón o sobre la chimenea. Hasta en la casa del propio Elvis es muy probable que hubiera uno.

En el Velveteria Museum de Oregon, el único museo del mundo íntegramente dedicado a las pinturas sobre terciopelo negro, explican las ventajas de esta técnica para los artistas: como gran parte del cuadro era la propia superficie  virgen del terciopelo, el ahorro en pintura era considerable (a diferencia de la pintura tradicional, que debía cubrir todo el lienzo). Además, era un procedimiento habitual el que, una vez acabado un cuadro y con la pintura aún fresca, se extendiera encima otro trozo de terciopelo para que, con una ligera presión, el cuadro se duplicara automáticamente, aunque en una imagen invertida. Muchos de estas parejas de cuadros "en espejo" se conservan en el museo. Si a Van Gogh se le hubiera ocurrido la idea, se hubiera ahorrado muchas penurias económicas.

En el propio Velveteria tienen una sala con lo que fue el no va más del género: cuadros sobre terciopelo negro hechos con pintura fluorescente. En la sala, acondicionada con "luz negra", los Elvises, los toreros y los unicornios parecen saltar de las paredes directamente a tu yugular.

Con los años, la moda de estas pinturas remitió hasta casi desaparecer. Una verdadera pena, pues nos podemos imaginar qué magníficos logros hubiera alcanzado esta técnica si hubiera avanzado hacia retos más grandes. Pensemos en la Capilla Sixtina vaticana enteramente forrada de terciopelo negro y pintada con tintes fluorescentes... Sencillamente glorioso.

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Mi novia es un ectoplasma

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Bien dicen que el amor no sabe de fronteras, y esto es especialmente cierto cuando hablamos del espiritismo, aquel culto que hizo furor entre las elites ilustradas del siglo XIX. Estamos pensando especialmente en la hermosa e inquietante relación que unió fugazmente a todo un premio Nobel de ciencias con el espíritu materializado de una muchacha muerta doscientos años antes.

Anunciado por sir Arthur Conan Doyle como “el acontecimiento espiritual más importante desde el nacimiento de Jesús”, el movimiento espiritista no paró de crecer desde que a mediados del siglo XIX unas adolescentes norteamericanas, las hermanas Fox, se comunicaran por vez primera con el espíritu de un difunto. A partir de ahí, los más célebres mediums  (nombre con el que se conoce a los oficiantes de las sesiones de espiritismo) se pasearon por medio mundo, dando sesiones privadas ante la reina de Inglaterra o el mismísimo zar de Rusia, y fascinando a buena parte de la intelectualidad europea. Los mediums de entonces llegaron a tener categoría de estrellas, generando episodios a cual más sorprendente. Cuentan que cuando una de las hermanas Fox contrajo matrimonio, la tarta de bodas levitó. El célebre medium D. D. Home también levitó en medio de una sesión hasta quedar en horizontal contra el techo, y en esa posición salió por una de las ventanas de la sala para entrar por otra inmediatamente después. Los hermanos Davenport llenaban los teatros de las grandes capitales europeas, haciendo sonar instrumentos musicales mientras permanecían atados de pies y manos a una silla.

Pero sin duda, todos estos prodigios se quedaban pequeños ante el fenómeno más impresionante producido por los mediums más dotados de la época: la materialización de personas venidas del Mas Allá, a través de la exudación de ectoplasma.

Para quien nunca se haya encontrado con la palabra, el ectoplasma es una sorprendente substancia que segregan los propios mediums a través de los orificios corporales, generalmente la boca, la nariz o las orejas. Es una materia viscosa y blanquecina, ligeramente fosforescente. Se desprende del cuerpo del medium como una emanación, como un denso humo, y luego va adoptando formas y tomando consistencia, hasta materializarse en manos, rostros, y en casos excepcionales, en personas enteras, tomando la perfecta apariencia de vida orgánica real. Tal era la habilidad de una poderosa medium llamada Florence Cook, una de las protagonistas del extraño affaire que hoy queremos recordar aquí.

Florence Cook contaba tan solo quince años cuando sus extraordinarios poderes mediumicos llamaron la atención de la prensa y de la sociedad londinense. Tanto, que sir William Crookes, el eminente científico y Nobel de química, descubridor del talio –uno de los elementos de la tabla periódica– y uno de los más destacados investigadores de su época, decidió participar en una de las sesiones de la joven medium, con la higiénica intención de someter el acto a pruebas científicas estrictas y desenmascarar el previsible fraude.

Y así comenzó la primera sesión, una tarde de 1872: con las luces tenues, como es habitual, la medium se mete en un gabinete oculto tras un cortinado, fuera de la vista de los presentes. Minutos después sale una joven vestida totalmente de blanco, que se pasea entre los atónitos concurrentes. Ante las preguntas que se le hacen, la emanación ectoplásmica dice llamarse Katie King, de 23 años, y afirma llevar muerta unos doscientos años. Luego desaparece otra vez tras las cortinas, de donde al tiempo vuelve a emerger Florence Cook, ya de vuelta de su trance. La sesión se vuelve a repetir tarde tras tarde, con el mismo resultado. Sir William pregunta a la joven espectral si puede tocarla, y comprueba así la extraordinaria carnalidad de la aparición: su piel es firme y cálida, diríase que sin ninguna diferencia aparente con la de cualquier muchacha viva. Katie King charla con los concurrentes, contesta a todas las preguntas, y se pasea alegremente por la sala durante un buen tiempo, antes de regresar al gabinete en donde es reabsorbida por la medium.

Algunos asistentes se muestran escépticos. Afirman que Katie King y Florence Cook son tan parecidas que se diría que son la misma persona con distintas ropas. Pero sir William Crookes no comparte esa opinión. Él sostiene que, mientras la medium es una muchacha sin especial interés, el ectoplasma es una joven fascinante. Florence, dice, es más bajita. Su pelo es castaño y su piel morena. Katie, en cambio, tiene preciosos cabellos de un tono claro, y es más alta y grácil. “El cuello de Katie era anoche limpio; la piel perfectamente lisa tanto a la vista como al tacto, mientras que el de la srta. Cook es más ancho y más áspero”, escribe. Tan encantado está el científico con el espectro materializado, que la visita regularmente durante los siguientes tres años, casi cada día, en sesiones nocturnas. Sus conversaciones son largas y animadas, mientras se pasean del brazo por la sala en penumbra. Un buen día, sir William le pide a Katie que le permita fotografiarla, y así llega a obtener unas cuarenta y cuatro placas de la joven ectoplásmica.“Pero la fotografía es tan inadecuada para resaltar la perfecta belleza de la cara de Katie, como las palabras son impotentes para describir de alguna manera sus encantos. La fotografía puede dar de hecho un mapa de su cara; pero ¿cómo puede ella reproducir la pureza de su tez brillante, o la expresión de sus gestos ahora eclipsada por la tristeza de recordar alguna de sus amargas experiencias en su última vida?” apunta emocionado Crookes en sus escritos sobre el caso. Tanto lo fascina Katie que hasta llega a dedicarle apasionados poemas.

Pero la relación de sir William Crookes con la jovencísima Katie es imposible, debido a la diferencia de edad: ella tiene casi doscientos años más que él. Finalmente, la dama espectral toma una difícil decisión: no volverá a materializarse nunca más. Crookes lo acepta con resignada entereza. En la última sesión le lleva un gran ramo de lirios, a manera de despedida.

Con el correr de los años, los ectoplasmas prácticamente dejaron de manifestarse. Las malas lenguas dicen que la popularización de la luz eléctrica en todos los hogares modernos acabó matando al espiritismo, cuyas sesiones se hacían a la tenue luz de las lámparas de aceite. Quién sabe. Lo que sí es seguro es que la luz eléctrica mató, definitivamente, al romanticismo.       

 

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La inteligencia se puede comer

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El hombre era el centro de la creación, estaba en la cima del mundo, era el rey del mambo. Pero entonces llegó Charles Darwin, y el hombre bajó de la cima para ser un animal más, aunque con una ventaja evolutiva: su inteligencia. Así fue hasta que llegó Oscar Kiss Maerth, con su teoría y sus descubrimientos, y colocó al hombre en el sitio que realmente le corresponde, muy por debajo del resto de los seres vivos en la escala de la evolución: un mono trastornado, caníbal, antinatural y degenerado, camino de su autodestrucción.

Era evidente que la teoría de la evolución de Darwin dejaba muchos huecos, demasiadas preguntas sin respuesta satisfactoria: el salto evolutivo del mono al homo sapiens era demasiado grande. Kiss Maerth elaboró a cambio una teoría del origen del hombre mucho más consistente: la evolución no se dio en el ser humano de manera natural, sino mediante un procedimiento claramente contranatura: la manipulación del propio cerebro a través del canibalismo.

En tiempos prehistóricos, algunos simios se dieron cuenta de que comiendo el cerebro de otros simios, conseguían un aumento en su vigor sexual. Cegados por la lascivia, dicha práctica se extendió. Más tarde, se dieron cuenta de que la ingesta de cerebros de sus congéneres les proporcionaba además un aumento duradero de su inteligencia. Como consecuencia, su masa encefálica creció exponencialmente, empujando la bóveda craneal. Pero el hueso no dio lo suficiente de sí, y el enorme cerebro se comprimió, generando episodios de agresividad extrema y locura. El deseo sexual se extendió más allá del período natural del celo, y una inteligencia retorcida se engendró dando a este mono asesino y caníbal la pronta supremacía entre los seres vivos. El exceso de inteligencia, biológicamente infundada, nos demuestra a las claras que el ser humano no fue el resultado de una evolución natural, ni de una evolución sana. El hombre se ha hecho a sí mismo contradiciendo a la naturaleza, mediante la manipulación de su propio cerebro.

De todo esto dejó constancia el húngaro Kiss Maerth en 1970, en su célebre libro "En el principio era el fin", un auténtico bombazo que dinamitó el frágil edificio de la teoría de la evolución de Darwin. 

Kiss Maerth describe en su libro cómo el cerebro tiene que estar fresco para mantener intactas todas sus propiedades alimenticias, por lo que los simios caníbales debían comerlo directamente del cráneo de su víctima agonizante. No tardaron mucho en descubrir que era más nutritivo el cerebro de los propios monos caníbales, que los procedentes de simios normales, por lo que los futuros humanos empezaron a comerse entre sí. Las pobres hembras recibían una alimentación a base de cerebros menos abundante que la de los machos, lo que para Kiss Maerth explicaría perfectamente el, a su juicio, menor desarrollo intelectual de la mujer. 

Pero los simios no son carnívoros por naturaleza. Y como ocurrió hace poco tiempo con las llamadas "vacas locas", que por comer piensos de origen animal acabaron perdiendo el norte, aquellos monos caníbales se trastornaron irremediablemente. Entre su dieta antinatural y la tremenda presión de sus cerebros aumentados atrapados en un cráneo demasiado estrecho para contenerlos, la degeneración de la especie, hasta llegar a lo que somos hoy en día, fue inevitable. Entonces, la auto-trepanación de sus cabezas ayudó a disminuir la dolorosa presión intracraneal que sufrían constantemente. Otra práctica habitual fue la deformación de las cabezas mediante el uso de tablillas de madera que se ataban fuertemente al cráneo desde la infancia, para que este se fuera abombando poco a poco hacia arriba. Cráneos así se han encontrado en excavaciones arqueológicas de América, Europa y África, al igual que cientos de miles de calaveras trepanadas.

Pero el libro de Kiss Maerth no solo acabó con la teoría darwiniana de la evolución, tampoco dejó muy bien parada a la cosmovisión cristiana, que parte de la ahora insostenible idea de que Dios hizo al hombre "a su imagen y semejanza". Sin embargo, Kiss Maerth opinaba que, al menos a un nivel simbólico, la Biblia presenta un cuadro bastante acertado de la creación: tal como se describe en el Génesis, el hombre comió del "fruto prohibido", del fruto del conocimiento, y por esta acción se condenó. Evidentemente, el fruto del conocimiento no es otro que el propio cerebro, un fruto "prohibido" puesto que comerlo implicaba caer en el canibalismo. Pero el hombre, incitado por "la serpiente", símbolo del impulso sexual, cedió a la tentación gastronómica, y por ello sufrió la caída. En el paraíso el hombre vivía en armonía con todos los animales (señal irrefutable de que entonces era vegetariano). Y por comer del fruto prohibido, Kiss Maerth sostiene que el hombre se condenó al trabajo, su castigo eterno (puesto que las nuevas “inquietudes” y la tremenda ambición de su nuevo cerebro lo obligaron a tener que trabajar a perpetuidad).

“En el principio era el fin” se convirtió rápidamente en un best seller, pero tal fue el impacto de su teoría que pronto pasó a ser un libro maldito y raramente se volvió a editar. Como curiosidad, el grupo de pop vanguardista Devo, cuyos miembros eran admiradores de la teoría de Maerth, reprodujo en la cubierta de su disco de 1988 "Ahora se puede decir" la portada de la primera edición en inglés de “En el principio era el fin”, en la que se veía, recortada sobre un fondo rojo, una de esas cabezas con el cráneo deformado hacia arriba y con un agujero de trepanación en la frente. Se llegaron a vender muchas camisetas con esta imagen.

Oscar Kiss Maerth, que pasó sus últimos años retirado en una casa al borde del lago Como, al norte de Italia, predijo que la propia dinámica del accionar humano, su hiperactividad, afán de competencia y conquista, su locura y violencia innatas, lo llevarían a volver al canibalismo del que alguna vez surgió, empujado por las hambrunas que nos esperan debido a la creciente superpoblación. Su consejo: el hombre debe volver a ser vegetariano (él lo era de manera estricta), y deberá alterar su cráneo para lograr una cabeza en forma de cono que libere la presión a que está sometido nuestro cerebro. Quizás así, como una renovada raza de caraconos veganos, recuperemos la cordura y nos salvemos.

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El Integratrón: la cúpula de la eterna juventud

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Si por algo se caracteriza nuestro tiempo es por haber convertido la juventud y la salud en una nueva religión. De ahí que no nos sorprenda la existencia de un templo en donde el paso del tiempo se clausura, una cúpula que funciona como máquina del tiempo, y en donde podríamos permanecer eternamente jóvenes siempre y cuando no nos moviéramos de allí.

Sueño de alquimistas, la búsqueda de esta Fuente de la Eterna Juventud viene de lejos. Ya el gran Alejandro viajó incansablemente buscando sus esquivas huellas. También los conquistadores españoles de la Florida recorrieron leguas interminables para dar con ella. Pero fue a un hombre inspirado y genial llamado George Van Tassel, al que se le ocurrió la idea única y sorprendente de construirla.  

Van Tassel era un ingeniero aeronáutico que un buen día de 1947 decidió instalarse en una cabaña en pleno desierto de Mojave, en California, en mitad de la nada, y a los pies de una extraña roca gigantesca que se conoce con el imaginativo nombre de Giant Rock, venerada por las tribus locales desde tiempo inmemorial. Para cuando George Van Tassel se instala allí, la roca tenía fama de ser un faro para el aterrizaje de nuestros hermanos del espacio exterior y sus platillos volantes. A principios de la década del cincuenta, una larga fila de buscadores de ovnis acudían hacia aquel solitario e interminable desierto, incluyendo a una larga lista de abducidos y contactados por visitantes del espacio. Van Tassel decidió entonces montar la primera Convención Interplanetaria de Naves del Espacio de Giant Rock, una especie de Fitur pero a nivel galáctico, preparada para recibir a visitantes terrestres y extraterrestres por igual, para lo cual habilitó cerca de la roca gigante un aeropuerto y cafetería, además de una zona para tiendas de campaña.

La Convención se realizó con éxito creciente cada año durante el siguiente par de décadas. Por ella desfilaron todos los más famosos abducidos, que iban allí a dar conferencias, firmar autógrafos y presentar sus libros. De hecho, el propio Van Tassel, al poco tiempo de vivir en Giant Rock, entró en contacto con visitantes del planeta Venus, con los que intercambió valiosísima información tecnológica. Los venusinos, al parecer, son seres como nosotros, pero mucho más pacíficos y espiritualmente avanzados. Son rubios y algo tímidos, y han declarado estar muy preocupados por el destino de la humanidad. 

El propio Van Tassel hacía en cada una de aquellas convenciones una demostración de sus conversaciones con los venusinos, a través de un sistema de su invención, llamado adáfono, con el que tenía línea directa con los extraterrestres. Algunos escépticos llegaron a denunciar que, durante aquellas comunicaciones, Van Tassel se limitaba a hablar consigo mismo poniendo diferentes voces.

Pero volvamos a lo nuestro: a instancias de lo aprendido con los venusinos, Van Tassel decide iniciar entonces la construcción de un edificio que, concentrando las energías electromagnéticas de la tierra, funcionara como una fuente de la eterna juventud. El principio era simple: el edificio, en forma de cúpula, concentraría en grandes cantidades un tipo de energía que "recargaría" las células, recomponiendo los tejidos y manteniendo a la persona joven para siempre. una máquina del tiempo en toda regla. O más precisamente, una "máquina de rejuvenecimiento". como la llamó su creador.

Van Tassel dedicó los próximos veinticinco años a la construcción del Integratrón, como denominó a su cúpula de la eterna juventud.

El Integratrón acabó siendo un ejemplo de arquitectura único en el mundo. Al menos en este mundo. Es una construcción en forma de cúpula de unos 12 metros de altura por 15 de circunferencia, construído íntegramente en madera y fibra de vidrio. Su ubicación geográfica es fundamental para su correcto funcionamiento, pues depende de los campos magnéticos que envuelven la Tierra. En el interior de la cúpula, la concentración de energía electromagnética es tal que hace que las células del cuerpo humano se realimenten  y se recompongan, invirtiendo la flecha del tiempo y devolviendo la juventud al afortunado visitante.

El dinero para financiar la construcción del Integratrón salió en parte de lo recaudado en la Convención Anual Interplanetaria, y en parte de donaciones privadas, entre las cuales destacan las aportaciones realizadas por el célebre aviador, productor de cine y archimagnate Howard Hughes (quien, al parecer, de vez en cuando se dejaba caer por el modesto aeropuerto de Giant Rock en su avión particular, para probar las exquisitas tartas que la señora Van Tassel preparaba en la cafetería).

Pero lamentablemente George Van Tassel fallece en 1978, sin que el Integratrón estuviera todavía a pleno rendimiento (lo cual es evidente, porque si hubiera sido así, tendríamos entre nosotros a un jovencísimo Van Tassel, hablándonos aún de sus charlas con los venusinos). 

Hoy, sin embargo, y a pesar de la desaparición de su creador, esta auténtica joya de la arquitectura de vanguardia refulge blanquísima en medio del desierto. Si pasan por el Mojave, no dejen de visitarla (la cúpula hoy en día se alquila para eventos y como sala de ensayos, pues al parecer también goza de una excelente acústica).

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