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El hombre que te promete la luna, y luego te la vende

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¡Cuántos hombres le han prometido la luna a sus enamoradas a lo largo de la historia! Sin embargo, solo uno puede hacer, literalmente, esa promesa realidad. Ese hombre es Dennis M. Hope, un emprendedor de Nevada que vende la luna por parcelas, y a un precio excelente.

Pero ¿desde cuándo la luna tiene dueño? Concretamente, desde 1980, año en que Hope la reclamó como de su propiedad. Ese año nuestro hombre se acababa de divorciar y estaba corto de dinero. Pensó que sería bueno tener alguna propiedad que pudiera hipotecar o poner a la venta, pero no era dueño de nada en el mundo. En este mundo, al menos: fue entonces cuando alzó la vista y vio la luna. ¿Qué pasaba con ella? Allí había un montón de propiedades... Hope consultó la legislación vigente sobre el Derecho Público del Espacio y comprobó que, según la ley internacional, ningún cuerpo celeste puede ser reclamado para su propio beneficio por nación alguna. De manera que él la reclamó, no en nombre de ninguna nación, sino a título estrictamente personal. Registró su petición, aclarando que quería la luna para venderla por lotes a clientes particulares, y se lo comunicó a los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Soviética, y también a las Naciones Unidas. Puesto que nadie le contestó nunca, Dennis Hope dio por hecho, naturalmente, que no había objeción y que la luna era suya.

De ahí a dividir la luna en parcelas y montar un próspero negocio de bienes raíces hubo solo un paso. Hope se instaló en una oficina y colocó en la pared un gran mapa de la superficie lunar, que poco a poco se fue llenando de puntos rojos, a medida que los lotes se iban vendiendo. Al principio Dennis Hope iba casa por casa, y visitaba los centros comerciales; ofreciendo pacientemente sus terrenos (o quizás deberíamos decir sus lunenos) a los clientes potenciales. Y al parecer, era un excelente vendedor, porque consiguió colocar muchos lotes. Pero a mediados de los años noventa, con la popularización de internet, su negocio se disparó y le empezaron a llover compradores de todas partes del mundo. Tan bien le fue que en 1995 dejó sus otras actividades y pasó a dedicarse en exclusiva a vender la luna, hectárea a hectárea.

Para ello amplió la estructura del negocio y habilitó, trabajando a comisión, a más de treinta agentes inmobiliarios repartidos por todo el mundo. Su página web, "Lunar Embassy", tiene cientos de visitas diarias y se mantiene muy activa.

Por solo 25 dólares el acre (unos cuatro mil metros cuadrados), uno puede hacerse con una preciosa propiedad en nuestro satélite natural, con excelentes vistas a la Tierra. Entre los clientes hay gente de todas las nacionalidades y de diversa condición: desde estrellas de Hollywood que quieren invertir con perspectivas de futuro, hasta políticos (entre ellos, afirma Hope, tres expresidentes: Ronald Reagan, Jimmy Carter y George W. Bush). Algunos compraron una pequeña parcela, otros se han hecho con verdaderos latifundios. El precio incluye el título de propiedad y un mapa del lugar exacto de tu parcelita lunar correspondiente. El próspero negocio de Hope lleva ya colocados unos tres millones de metros cuadrados de luna, que le han reportado ya al menos unos nueve millones de dólares de beneficios.

Pero no todo han sido parabienes para Dennis M. Hope: en 2001 recibió una demanda millonaria de un abogado especializado en derecho espacial por la universidad de Glasgow que afirmaba ser el propietario del sol, y pretendía cobrar a Hope una factura de treinta millones de dólares por la energía suministrada a la luna hasta la fecha. Hope contestó que, luego de consultarlo con todos los propietarios de las parcelas, no quería contar con el servicio de la energía del sol, y le solicitaba que lo apagara. La demanda finalmente no prosperó.

Cualquier otra persona ya se habría dado por satisfecha con el gran resultado obtenido con el negocio inmobiliario, pero Dennis M. Hope no es uno de esos hombres. Él ya se plantea edificar una ciudad en la luna, y de hecho tiene un plan muy definido. Será un proyecto faraónico, literalmente faraónico: una gigantesca pirámide cerrada, de tres kilómetros de base y dos kilómetros y medio de altura. En la ciudad-pirámide se podrán alojar unos setenta mil habitantes. La construcción tendrá diferentes niveles: los inferiores estarán destinados a la agricultura y la ganadería. las plantas, además de para la alimentación de personas y ganado, contribuirán al reaprovisionamiento de oxígeno de la ciudad. En los niveles superiores habrá centros comerciales, cines, teatros... Hace una década, Dennis Hope calculaba que todo esto podría estar listo para el año 2020... Suponemos que la pandemia que nos acosa ha retrasado sus planes, porque que sepamos, aún no hay ningún ladrillo colocado.

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04/10/2020 17:31 wilbur mercer #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Austenasia, el microimperio en donde nunca se pone el sol

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Hace años, inauguramos este modesto blog con una nota sobre las micronaciones. Desde entonces, este fenómeno no ha parado de crecer, hasta llegar a convencernos de que en el futuro cada persona tendrá su propia nación, la república (o reino) independiente de su casa.

De las más de cuatrocientas micronaciones contabilizadas al día de hoy, podemos mencionar, a manera de botón de muestra, algunos casos: 

En alguna parte de Oceanía está Atlantium, el imperio levantado en 1981 en el jardín trasero de la casa de la madre de Su Majestad Imperial George II, en los años noventa se independizó definitivamente (tanto territorialmente como de su madre) con la adquisición de un terreno de setenta y seis hectáreas en donde se erigió una pirámide blanca de cuatro metros de altura (¡la única pirámide del continente! según Su Majestad), y una cabaña detrás. Ambas estructuras configuran Concordia, la capital del imperio. Atlantium es la primer nación que se ofrece para alquiler en la plataforma AirBnb. Después de todo, no será el primer estado que sobrevive gracias al turismo.

También en Oceanía se materializó el Reino Gay y Lesbiano de las Islas del Mar de Coral, nacido como consecuencia del rechazo a la aprobación de la ley del matrimonio homosexual en el parlamento australiano, en el año 2004. En un acto de protesta, sus fundadores, un grupo de activistas por los derechos sexuales, inauguraron esta micronación, de nombre más extenso que su territorio, con la intención de poner en marcha y por decreto una legislación que avalase el matrimonio entre personas del mismo sexo. Uno de los integrantes del grupo, Dale Parker, se declaró emperador, bajo el nombre de Dave I, y declaró I am what I am, de Gloria Gaynor, como Himno Nacional. Australia, de más está decirlo, no reconoce al Reino Gay y Lesbiano de las Islas del Mar de Coral como estado independiente. Ni Australia ni nadie, en realidad. Pero el Reino obtiene su exigua recaudación de la venta de sellos postales con su enseña oficial, la bandera del arco iris.

También llamativo es el caso del primer reino espacial, Asgardia, que orbita a unos 400 km de distancia de la Tierra, y que, a pesar de contar con unos 300.000 ciudadanos, mide apenas unos 10 x 10 x 20 centímetros, y pesa menos de tres kilos. Sucede que el territorio del reino de Asgardia en un minisatélite modelo CubeSat, lanzado al espacio en 2016 aprovechando un vuelo de suministros hacia la estación espacial internacional. El impulsor de Asgardia, y el jefe de su gobierno, es el aserbayano Igor Ashurbeyli que, de momento, vive en la Tierra, al igual que el resto de los ciudadanos de su reino.

Pero si hay un caso impresionante de micronación imperial, por su extensión a lo largo de todo el globo, al punto que sus gobernantes presumen de que en su territorio nunca se pone el sol, es Austenasia. Fundado en la Gran Bretaña, Austenasia declaró su independencia del Reino Unido en septiembre de 2008 cuando Terry Austen, un guardia de seguridad, y su hijo Jonathan, que por entonces iba al colegio, enviaron al representante parlamentario de su distrito, en el suroeste de Londres, la declaración unilateral de independencia sobre los territorios que ocupaba su vivienda, una casa adosada, ubicada en el 312 de Green Wrythe Lane, en Carshalton.

Ante la falta de respuesta, Terry y Jonathan enviaron más cartas, en este caso al por entonces primer ministro británico Gordon Brown, y a la Secretaría de Estado de Interior.

Considerando el silencio administrativo que siguió a este acto solemne, los Austen consideraron validada su independencia. Terry se acabó autoproclamando emperador, y nombró a su hijo Jonathan primer ministro, repartiéndose así la jefatura del estado y la jefatura del gobierno, respectivamente. Enarbolaron la bandera de Austenasia en la ventana de la primera planta de la casa (una enseña amarilla con cinco líneas rojas que nacen desde el centro), adoptaron un himno nacional, e incluso un animal nacional (el espinosaurio, lo que la convierte en la primera nación en adoptar una especie extinta como animal nacional).

En febrero de 2010 Terry I abdicó, sucediéndole en el trono Esmond III, hecho que acabó por hacer estallar una guerra civil, la primera registrada en el seno de una micronación.

Los rebeldes legitimistas, partidarios del reclamo al trono de la princesa Caroline, hija menor de Terry, acabaron claudicando después de un enfrentamiento que se extendió entre marzo y mayo de 2010, y que culminó con el Tratado de Carshalton y la convocatoria de un referendum que aseguró la victoria del bando gubernamental. Pero el emperador Esmond III se vio a su vez obligado a abdicar en favor de Declan I, para acabar de aplacar un conflicto que llegó a concitar la atención de todo Carshalton, el vecindario en donde se enclava Austenasia.

Declan I, finalmente, abdicó en 2013 "por motivos personales", y el hasta entonces primer ministro ocupó el trono bajo el nombre de Jonathan I.

Austenasia se considera a sí misma la sucesora natural del Imperio Romano. Con el tiempo, fue creciendo de manera imparable, hasta ocupar actualmente un territorio que consta de treinta y ocho terrenos no contiguos: doce en Gran Bretaña, cinco en el resto de Europa, cuatro en Asia, quince en América del Norte, uno en América del Sur, uno en Oceanía y uno en África. Un total de ochenta y dos habitantes, en los cinco continentes.
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País se busca urgente para embajada extraterrestre

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¿Acaso es mucho pedir un terreno de cuatro kilómetros cuadrados, dotados de extraterritorialidad, espacio aéreo desmilitarizado, y libre de impuestos, en donde edificar una embajada para recibir adecuadamente a nuestros Padres Creadores del Espacio Exterior? 

Parece que sí, puesto que ningún país al día de hoy ha respondido a la petición del movimiento Raeliano, que solo necesita un predio adornado con tales características, físicas y jurídicas, para hacer realidad un edificio cuya construcción sería costeada enteramente por los miembros de la organización. ¡Ah! las miserias de la geopolítica...

Porque el caso es que si no hay embajada, para el 2035 a más tardar, nuestros padres, los Elohim, no vendrán. Y la Tierra sufrirá las consecuencias.

Pero, ¿por qué quieren venir los Elohim? Y, lo más importante: ¿quiénes son los Elohim?

Los Elohim forman parte de una avanzadísima civilización extraterrestre, tecnológicamente superdesarrollada, que 25.000 años atrás y como parte de un sofisticado experimento en sus laboratorios, allá en su mundo, diseñaron a la humanidad a su imagen y semejanza, a través de la síntesis y manipulación del ADN. Luego trasladaron sus creaciones a este planeta. Pero no solo a los hombres: también fueron los artífices de todas las plantas y animales de la Tierra, incluyendo al pangolín. Un alarde creativo que se describe en la Biblia, en el libro del Génesis. Un libro que, por un lamentable error de traducción (resulta que "Elohim" no significa "Dios", sino "los que vienen del cielo") acabó originando por equivocación una insólita religión: el cristianismo.

Los Elohim, entonces, no son dioses, precisamente. Pero tampoco unos extraterrestres verdes, cabezones y malvados. Son gente como usted o como yo, solo que más inteligentes, más altos, más guapos y, en general, mejores personas que usted o yo.

Así las cosas, al parecer, una vez instalados en este planeta, nuestros Padres Galácticos no tardaron en sentir una mezcla de asco y pena por sus criaturas, al comprobar el estado de brutalidad, primitivismo e ignorancia en el que nos revolcábamos, como cerdos en el chiquero. Consecuentemente, un buen día los Elohim se fueron a por tabaco para nunca regresar. Hasta ahora, pues desde entonces no han dejado de monitorizar nuestros progresos, esperando pacientemente nuestra redención como especie, nuestra evolución.

Al parecer, las bombas atómicas que se arrojaron en 1945 convencieron a los Elohim de que ya estábamos lo suficientemente evolucionados. Habíamos llegado por fin a la edad adulta. Es en ese punto cuando decidieron, pues, empezar a organizar una visita para revelarnos su paternidad y nuestro verdadero origen. Visita que no debía demorarse en exceso, porque es evidente que corremos el riesgo de autodestruirnos de un momento a otro.

Y aquí entra en escena Rael, antes conocido como Claude Vorilhon, un periodista deportivo y cantante en sus ratos libres. El 13 de diciembre de 1973, durante un paseo nocturno, Vorilhon fue contactado por Yahvé, un ser que venía en representación de esa bíblica civilización extraterrestre: los Elohim, creadores de la vida humana. Vorilhon se transformó así en Rael, el profeta en la Tierra número cuarenta de los Elohim (los treinta y nueve anteriores, Jesús, Mahoma, Buda, Joseph Smith, etc, fracasaron a la hora de explicar este espinoso tema a los hombres). Rael fundó un grupo, el Movimiento Raeliano, para difundir la buena nueva de la inminente visita protocolaria de nuestros padres. Pero esto se producirá solo a condición de que exista en la Tierra una embajada Elohim, una legación diplomática oficial que sea territorio neutral, en donde puedan instalarse tranquilamente y gozando de la debida inmunidad (se ve que desde lo de las bombas atómicas no se fían de sus hijos).

La embajada sigue los planos sugeridos por los Elohim, que dibujaron lo que querían para su edificio en los célebres "crop circles", unos misteriosos diseños circulares de tierra quemada que aparecieron de la noche a la mañana en los campos de cultivo de medio mundo en las últimas décadas. Así, pues, será un edificio totalmente blanco y puro de formas concéntricas. Las dimensiones de la construcción serán de 132 por 49 metros, acorde con las medidas del tercer templo de Jerusalén, según la profecía de Ezequiel, en el Antiguo Testamento. El edificio, de diseño futurista, contará con diversas estancias repartidas en dos niveles (sala de conferencias, área de descontaminación, zonas de descanso, restaurante...) y, lo más importante, una piscina en el exterior.

Tendrá también, por descontado, un ovnipuerto, ubicado en la terraza del círculo principal del edificio, preparado para el aterrizaje de un platillo volante de unos 12 metros de diámetro.

En principio los Elohim querían su embajada en Jerusalén, y que estuviera terminada para el año 2025. Por lo que los Raelianos elevaron la solicitud correspondiente al gobierno de Israel, pero este increíblemente desoyó la petición. Si no era posible en la Ciudad Santa, la opción B era buscar un emplazamiento en sus cercanías. Pero lo cierto es que parece difícil imaginar una embajada extraterrestre en plena franja de Gaza, por ejemplo, así que los Raelianos empezaron a buscar en otras partes. En cualquier parte, de hecho. Solicitudes similares fueron enviadas a los gobiernos de distintos países de América y Europa, como Francia, Italia, España, Portugal, Colombia, México o Argentina, entre otros. El movimiento Raeliano espera culminar las obras en 2030, puesto que la fecha límite de la venida de los Elohim es el 2035.

Pero al día de hoy, lamentablemente, no hay respuesta. ¿No es increíble?

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Cleve Backster, el hombre que le quita el sueño a los veganos

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¿Es posible que estemos cometiendo un brutal genocidio de brócolis, sin siquiera imaginarlo?

Es posible. Al menos así parece haberlo demostrado Cleve Backster, el hombre que ha descubierto que las plantas tienen sentimientos, pensamientos, emociones y, en definitiva, conciencia. Y además, son telépatas.

Cleve Backster no era un científico, en realidad. Era un agente de la CIA, un empleado de la inteligencia estadounidense cuyo trabajo era interrogar a espías y disidentes. ¿Cómo llegó, entonces, a sus sorprendentes conclusiones respecto a las intimidades del mundo vegetal? Para conocer esta historia nos debemos remontar a los primeros meses de 1966. Cleve Backster probaba entonces, en su lugar de trabajo, una de esas máquinas popularmente conocidas como “detector de mentiras” que se utilizan para interrogar sospechosos, un polígrafo. Acababa de regar las macetas de su oficina, y se le ocurrió conectar los sensores de su máquina a las hojas carnosas de una de sus plantas. Puesto que el polígrafo detecta los sutiles cambios de humedad en la piel (la sudoración, en el caso de los humanos) Backster pensó que podría medir el tiempo que tardaba el agua en llegar de las raíces a la hoja. Sin embargo, durante un buen rato nada sucedió. Pero entonces Backster encendió una cerilla, demasiado cerca de las hojas de la planta, y de pronto la aguja del detector se volvió loca. Cleve Backster reconoció inmediatamente como un claro marcador de excitación emocional la respuesta obtenida. La planta estaba asustada. Backster encendió otra cerilla, pero ya no obtuvo la misma respuesta. ¿Había adivinado la planta que ahora él no tenía intención de quemarla?

Era cuestión de averiguarlo. Cleve Backster era un hombre duro y metódico, acostumbrado a los interrogatorios, a sacar de cada sujeto todo lo que tenga en su interior hasta llegar a la verdad, y esta no iba a ser una excepción. Si había podido doblegar a los más duros agentes del espionaje ruso, un simple filodendro no se le iba a resistir. Iba a obtener de él una confesión completa, iba a llegar al fondo de sus pensamientos. Porque de una cosa estaba seguro: esa planta algo estaba pensando.

En los siguientes experimentos Backster aplicó toda su experiencia en interrogatorios con refinada crueldad: así, por ejemplo, sumergió en agua hirviendo un langostino en presencia de una anonadada buganvilla, que aunque mantuvo en todo momento una apariencia de neutral inmovilidad, se desmayaba por dentro, según los datos que arrojaba el polígrafo. Luego, hizo que uno de sus ayudantes pisoteara y destrozara sin piedad un arbusto arrancado de su maceta, todo en presencia de otra planta como mudo testigo de los hechos. Posteriormente, hizo entrar, uno a uno, a todos sus colaboradores a la sala en donde estaba la dicha planta, a manera de ronda de reconocimiento. Las líneas del polígrafo saltaron enloquecidas cuando el culpable del planticidio entró en la habitación…

Backster, que dejó por completo de perseguir comunistas para dedicarse en cuerpo y alma a investigar petunias, glicinas, tomateras y plataneros, publicó el resultado de sus sorprendentes experimentos en una revista científica, la National Wildlife, bajo el título de “Pruebas de percepción primaria en la vida vegetal”. Tuvo la precaución de llamar “percepción primaria” a lo que a todas luces llamaríamos “conciencia”, calculando que el siempre quisquilloso mundo científico se le echaría encima en cuanto insinuara que los vegetales eran seres inteligentes, empáticos y telépatas.

En su artículo Backster explica cómo sus plantas se alegran cuando son regadas, se preocupan cuando se acerca un perro, se asustan cuando hay unas tijeras cerca, y sienten lástima ante el sufrimiento ajeno, incluso si el que sufre es el perro que se acercaba. También detectan las intenciones de los humanos que están a su alrededor, saben lo que estos piensan, y lo transmites al resto de las plantas de la vecindad, a través de alguna forma de transmisión del pensamiento.

Pero, a pesar del considerable revuelo que las revelaciones de Cleve Backster levantó, la comunidad científica se mostró renuente a aceptar o continuar la fabulosa línea de investigación abierta por él. Investigación que podría derivar, qué duda cabe, en un Nuevo Orden Mundial… Un nuevo orden en el que los vegetales tengan los mismos derechos que el resto de los seres pensantes. ¿Hay, tal vez, la mano negra de un poderoso lobby vegano detrás de este silenciamiento? ¿Maniobra este lobby vegano para que los hallazgos de Cleve Backster no sean asumidos por la sociedad? ¿Para que se sigan asesinando lechugas impunemente mientras ellos mantienen intacta su afectada superioridad moral sobre el resto de los comensales?

Preguntas que, de momento, quedarán sin respuesta. Cleve Backster, por su parte, nunca dejó de insistir en sus hallazgos, hasta su muerte, en 2013. Incluso amplió sus experimentos para intentar demostrar la inteligencia de los huevos.

Así las cosas, puede que nuestras plantas de interior sean los seres que mejor nos conocen. Mejor que nuestras propias madres, de hecho. No solo porque nos observan en nuestro día a día (tal vez hasta nos hayan puesto algún apodo cariñoso), sino porque entran en nuestras mentes con sus poderes telepáticos, y conocen nuestros pensamientos y anhelos más profundos. ¡Ah… si ese ficus hablara!

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Octobriana, la bomba politicosexual contra el poder del Kremlin

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Cuando, hacia 1970 y en plena guerra fría, un joven ruso consiguió llegar a Londres después de haber cruzado el telón de acero con una maleta repleta de impactantes dibujos, el Mundo Libre al completo arqueó las cejas. No era para menos: aquellas páginas revelaban la existencia de la primera y única superheroína soviética, la curvilínea Octobriana. Algo insólito viniendo de un régimen que reprobaba explícitamente este tipo de material “decadente”. Pero mayor fue el impacto cuando el joven dio a conocer a los verdaderos autores de tan llamativo personaje: una organización soviética clandestina autodenominada Pornografía Política Progresista, cuyo objetivo era difundir por toda Rusia los cómics, el sexo, las drogas y la acción política. ¿Era todo esto posible al otro lado del telón de acero?

El joven en cuestión se llamaba Petr Sadecký, y contó su historia al mundo en un libro, publicado por una editorial británica en 1971, llamado Octobriana y el Underground Ruso, que nada más salir se convirtió en el boom editorial del año.

El libro contaba la historia de cómo su autor había contactado con una célula de esta organización. Incluía varias oscuras fotos de algunos de los miembros de Pornografía Política Progresista, en su sede clandestina, y unas cuantas páginas del polémico y sorprendente cómic de Octobriana, la superheroína bolchevique, llamada así por la revolución de Octubre que cambió la historia de Rusia.

Octobriana es una rubia voluptuosa, de inconfundibles rasgos eslavos, vestida con ajustadísimas mallas y ceñido top minimalista, y armada con un cuchillo y una pistola automática. En su frente luce la clásica estrella roja de la revolución. Sus aventuras están plagadas de espectaculares encuentros sexuales (incluso con animales) y llenas de encendidas soflamas políticas.

La cuestión es que en la Unión Soviética los cómics, y muy especialmente si son erótcos y de superhéroes, siempre se consideraron una manifestación de la imparable decadencia cultural del satánico occidente. Nada que ver con las muestras del puro y aleccionador arte socialista autorizado por el Kremlin. De ahí el tremendo poder disolvente y contrarrevolucionario de la sola existencia de Octobriana.

En el libro, Sadecký cuenta cómo, diez años atrás y durante unas conferencias sobre cómics en Kiev, una persona se le acercó y le confió que pertenecía a una organización secreta que se proponía difundir por toda la Unión Soviética el cómic de una heroína llamada Octobriana, con altas dosis de sexo y explosivo contenido político. Sadecký, naturalmente, se unió a ellos de inmediato, traicionando, según sus propias palabras, la hasta entonces inquebrantable pureza de su fe revolucionaria.

Nada más llegar al cuartel general de la célula de Kiev de Pornografía Política Progresista, un sótano lleno de retratos de Lenin en las paredes, pilas de revistas porno por todos lados, y con los ventanucos pintados de negro para que no entre la luz exterior, Sadecký se topó con la mujer que lo lideraba, la increíble Lydia Borisovna Gal, que siempre iba completamente desnuda, a excepción de un par de botas de cuero. Gal había estado ingresada en un psiquiátrico, por lo que en el libro es la única integrante de la organización que aparece con su nombre real, puesto que Sadecký consideraba que era inimputable, incluso por un sistema judicial tan dudoso como el soviético. La describe como “delgada pero con un busto hiperdesarrollado”, siempre bronceada y dispuesta al sexo en cualquiera de sus formas, porque aunque Gal era lesbiana, también tenía relaciones con hombres y con lo que se le pusiera por delante. Gal parecía ser la evidente inspiración para Octobriana. Los otros integrantes del grupo no le iban a la zaga, e incluían a un judío loco, un nihilista radical, una viuda sexópata o un camionero anarquista. Todos compartían orgías y consumían drogas y alcohol en abundancia.

El caso es que al poco tiempo de publicado el libro y pasado el impacto inicial, algunas afirmaciones de Petr Sadecký empezaron a sembrar la duda. Resulta que las páginas de Octobriana que se reproducen en el libro (un par de aventuras, incompletas, con nombres llamativos como “Octobriana y los hijos atómicos del dirigente Mao”) muestran a nuestra heroína montada en un pajarraco prehistórico o enfrentándose a una morsa gigante. Secuencias de acción y aventuras, pero ni rastro de escenas sexuales, ni mucho menos de proclamas políticas. Estos ingredientes solo aparecen mencionados por Sadecký. La historia empieza a hacer aguas…

Pero el golpe de gracia lo propina un par de dibujantes checoslovacos que llegaron a Londres buscando a Petr Sadecký para reclamarle un montón de trabajos que les había birlado, con la excusa de que podría venderlos a buen precio al otro lado del telón de acero. Sadecký había partido de Praga con su maleta llena de dibujos, y los artistas checos no habían vuelto a tener noticias. El caso es que, entre todas estas páginas, estaban las aventuras de una chica despampanante llamada Amazona, que vivía sus aventuras de fantasía en una jungla plagada de animales gigantes (nada de sexo, y mucho menos de política). Se supo entonces que Sadecký tomó estas páginas, y transformó a Amazona en Octobriana, por el simple trámite de dibujarle en la frente una estrella roja.

Todo lo demás fue, sencillamente, un invento. Un fraude que consiguió engañar a su editor y al respetable público lector al completo. Pero, como dice el refrán, “se non è vero, è ben trovato”, es decir que, aunque no fuera cierta, la historia era tan buena que el libro de Sadecký, Octobriana y el Underground Ruso, pasó de ser un best seller sobre el comunismo, a libro de culto para degustadores de rarezas creativas y brillantes imposturas.

Y en cuanto a Octobriana, puesto que Sadecký nunca reclamó su autoría, inició una vida propia en manos de los más variados autores de cómics de todo el mundo, que la incluyeron cada tanto como invitada especial en las aventuras de sus propios personajes. Hasta el mismísimo David Bowie, admirador confeso del libro de Sadecký, llegó a acariciar el proyecto de producir una película con ella. Hubiera sido maravilloso.

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El parque jurásico de Noé

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Muchas son las dudas que siempre ha generado la historia bíblica de Noé y su Arca del Diluvio. ¿Cómo este anciano, con la sola ayuda de sus hijos, pudo construir esa prodigiosa estructura de madera? ¿Cómo se las arregló la heroica pareja de pingüinos para atravesar medio planeta, desde la Antártida hasta donde estaba el Arca? ¿Hizo bien Noé en sacar del agua a la pareja de peces para salvarla del agua? Pero la pregunta más inquietante, sin lugar a dudas, es: Si, según la Biblia, el mundo fue creado hace diez mil años, ¿cómo puede ser que los dinosaurios se extinguieran mucho antes, es decir, hace sesenta y cinco millones?

Los creacionistas tienen la respuesta: los dinosaurios, sin lugar a dudas, estaban vivitos y coleando en tiempos bíblicos. Ocurre que la datación de su supuesta antigüedad, como casi todo en este mundo, está mal hecha.

Lo que nos lleva a la siguiente cuestión: ¿por qué entonces el buen Noé no los subió a su Arca? Hasta ahora, la respuesta facilona a esta cuestión crucial había sido unánime: porque eran muy grandes y no cabían.

Hasta ahora. Porque en Williamstown, Kentucky, un hombre llamado Ken Ham, creacionista de profesión, se decidió a hacer la prueba empírica. Para ello, se lanzó a la tarea de construir un arca de madera a tamaño real, siguiendo escrupulosamente los planos (bueno, las medidas) que se mencionan en la Biblia. Y ya se vería si los dinosaurios cabrían o no.

El resultado fue impresionante. Tanto que debería reescribir la Historia entera.

Pero vayamos por partes: ¿quiénes son los creacionistas? ¿a qué dedican el tiempo libre? Los partidarios de la “ciencia de la Creación” surgieron en paralelo a las teorías de Darwin, negando la evolución y sosteniendo, con mayor sensatez, que el mundo y todo cuanto contiene se creó, literalmente, tal y como se explica en el Génesis, el primer libro de la Biblia. Pero los creacionistas, gente sensata, como dijimos, tampoco niegan la evidencia: hay esqueletos de dinosaurios, por lo tanto, los dinosaurios sí existieron. Solo que, sencillamente, no eran tan antiguos. Convivieron con nosotros, por lo menos, hasta el Diluvio universal. Y en este punto, llegamos a opiniones encontradas: hay quien dice que, justamente, el Diluvio fue la causa de su extinción. Otros afirman que sería incomprensible que Noé los hubiera vetado. Y a estos les responden que los dinosaurios, tan grandes ellos, sencillamente no cabían en el Arca. 

Hasta que llegó Ken Ham, para deshacer el entuerto. Consiguió unos 100 millones de dólares de donaciones privadas, algo ya de por sí más milagroso que todos los milagros de la Biblia, y en solo seis años volvió a construir el Arca. Eso sí, no con sus propias manos, como lo hizo Noé, sino con los servicios de una empresa constructora. La mole de madera ostenta unos 155 metros de largo, 26 de ancho y 15 de altura, que coinciden exactamente con las medidas en codos (300 codos de largo, 50 de ancho y 20 de altura) que le dictó Dios a Noé, según el libro del Génesis.

Este colosal Titanic bíblico es la principal atracción de un recinto llamado Ark Encounter (el Arca del Encuentro), en Williamstown, Kentucky. Está en medio de un páramo, porque la intención de Ken Ham era demostrar que los animales cabían, y no si aquel trasto era capaz de flotar. En su interior hay tres cubiertas, con 100 modelos de animales, alojados en celdas adaptadas al tamaño de cada pareja. También hay ascensores, aunque esto quizá sea una licencia creativa, en aras de la comodidad de los visitantes (la Biblia no dice nada sobre ascensores).

Los animales, eso sí, no están vivos. Son muñecos de factura realista, todos ellos, incluyendo los dinosaurios. Porque hay que decir que, efectivamente, hay dinosaurios. El viejo dilema de si estas bestias entraron o no en el Arca, de si cabían o no cabían, quedó maravillosamente resuelto en el modelo a tamaño real del Arca construido por Ken Ham, de forma tan simple como revolucionaria: Noé, astutamente, debió de subir cachorros de dinosaurios. ¡Cachorros! que por lo tanto no serían más grandes que un pony o un venado adulto. De esta forma, debieron caber perfectamente en el Arca. Por otra parte, es fácil imaginar que un tiranosaurio con dientes de leche causaría muchos menos inconvenientes dentro de la nave que un ejemplar adulto. De manera que Noé lo tenía todo perfectamente calculado, lo mismo que Ken Ham.

El Arca del Encuentro también explica, en sus numerosos paneles informativos, la cantidad aproximada de especies que subieron al Arca original: entre un mínimo de 1.500 y un máximo de 7.000. Evidentemente, hay muchas más especies. Millones, de hecho. Pero en el Arca de Ken Ham lo explican así: Noé subió a la nave a la parejita más representativa de todo un extenso grupo. Por ejemplo, un par de perritos en representación de toda la serie de los cánidos, incluyendo lobos, coyotes, chacales, y los cientos de razas de perros domésticos existentes. Una vez pasado el diluvio, ese único par de chuchos se empezaría a reproducir a lo loco y se volvería a generar otra vez todo el amplio abanico de la gran familia canina, en un enloquecido proceso evolutivo en cámara rápida que superaría con mucho los sueños húmedos del mismísimo Darwin. Nada mal, para una gente que desconfía de la evolución.

¿Y los dinosaurios? Una vez descendidos del Arca, los dinosaurios evolucionaron a combustibles fósiles.

En resumen, que usted puede vivir una experiencia mística impagable en el Arca del Encuentro, o casi impagable: 50 dólares la entrada, mas otros 10 dólares por el aparcamiento (mas las consumiciones, en el restaurante anexo, que no están incluidas en el precio de la entrada).

El Arca de Kentucky logra así el milagro de contestar a todas las preguntas. O a casi todas, porque aún nos queda una sin respuesta: ¿Cómo consiguió sobrevivir el Arca -que era de madera- a la voracidad de la pareja de termitas?

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21/12/2019 23:15 wilbur mercer #. El parque jurásico de Noé No hay comentarios. Comentar.

De Zambia a Wakanda, las capitales del afrofuturismo

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Cuando, en 1964, Edward Makuka Nkoloso lanzó a la recién independizada República de Zambia a la carrera espacial y a la conquista de Marte, el mundo tuvo noticia de otra África bien distinta a la que nos ofrecen los tópicos. Un África de la era espacial, varios años por delante de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, las potencias más avanzadas de entonces.

Con el programa espacial africano de Makuka podemos decir que comenzó a gestarse aquello que, años después, acabaría conociéndose con el nombre de afrofuturismo, un movimiento que implicó a pensadores y artistas de las más diversas ramas de la cultura, pero todos enfocados en conectar África y vanguardia, África y el espacio, África y el futuro. Artistas fundamentalmente afroamericanos, desde el jazzman cósmico Sun Ra hasta los ritmos tecnocongoleños de Mbongwana Star, pasando por el funk espacial de Funkadelic. O escritores como Octavia Butler y otros autores de ciencia ficción, que mezclaron en sus libros tribus africanas y razas alienígenas.

Pero volvamos a Edward Makuka y su programa espacial. Nuestro hombre era un maestro de escuela zambiano que, a principios de la década del sesenta, aprovechó la inminente declaración de independencia de la futura república para lanzar su candidatura a la alcaldía de la capital, Lusaka, y, lo que es más importante, dar a conocer al mundo sus fantásticos planes de colonizar el planeta rojo. Para ello fundó y se puso al frente de la Academia Nacional de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía de Zambia.

El plan de Makuka era perfecto: sumarse a los fastos ceremoniales de la declaración de la independencia de la flamante República de Zambia con el lanzamiento, ese mismo día y desde el Estadio nacional de fútbol, de una astronave que pondría en Marte a un grupo de también flamantes zambianos. Para ello, la Academia Nacional de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía estuvo entrenando a un avezado equipo de afronautas, como se los denominó en la prensa. Un equipo formado por doce varones especialmente entrenados, mas una “chica espacial”, como la llamó Makuka (una joven de dieciséis años llamada Mata Mwambwa), una pareja de gatos (también, al parecer, especialmente entrenados) y un misionero cristiano. Al religioso, eso sí, se le dieron instrucciones estrictas de no imponer por la fuerza el dogma cristiano a los nativos que pudieran encontrarse en aquel planeta.

Al parecer, todo estaba preparado en la sede secreta que la Academia de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía había construido en un valle a unas siete millas de la capital, Lusaka. Allí, los afronautas recibían un riguroso entrenamiento, dando vueltas a un árbol con un gran bidón de aceite, o caminando sobre las manos, para emular las condiciones de falta de atmósfera que se encontrarían en el planeta rojo, según declaró Makuka al Lusaka Times. En el reportaje, Makuka insistía en el secretismo de la base espacial zambiana porque, decía, el país estaba infestado de espías soviéticos y americanos, que querían secuestrar a Mata Mwambwa, la chica espacial, y a los dos gatos, para apropiarse de todos los secretos de la tecnología espacial zambiana.

Zambia, en pleno corazón de África, pudo haber servido perfectamente de inspiración para Wakanda, el reino que imaginaron los guionistas de la Marvel Comics allá por 1966. Wakanda era un reino africano altamente tecnificado, y cuya máxima autoridad era el superhéroe Pantera Negra, que ejercía de monarca en sus horas libres. Pantera Negra mantenía la existencia de Wakanda, la nación tecnológicamente más avanzada del mundo, en el más estricto secreto, incluso para sus vecinos africanos. La explicación de tan tremendo desarrollo tecnológico se encuentra en un hecho acaecido en el pasado: la caída de un meteorito regaló a los nativos del lugar grandes cantidades de vibranium, un metal con fabulosas propiedades, que acabó dando a los wakandianos la supremacía tecnológica mundial. Wakanda, extrañamente, mantuvo una existencia secreta y aislada, en medio de un continente tercermundista, subdesarrollado y diezmado por el hambre. La neutralidad de Wakanda la asemeja a una Suiza africana (aunque en algún episodio entró en conflicto con el mundo exterior, y hasta llegó a anexionarse Canadá). Algo incomprensible para un superhéroe, Pantera Negra, que nació con la aparición del partido de los Black Panthers y la lucha por los derechos civiles de las minorías raciales en los Estados Unidos.

Pero, volviendo a 1964, ¿qué pasó con los afronautas zambianos? porque es evidente que no llegaron a pisar suelo marciano. Zambia, a diferencia de Wakanda, no contaba con una gran reserva de vibranium. Y, lo que es peor, tampoco tenía dinero, el vibranium del mundo real. La solicitud de siete millones de libras que la Academia de Ciencia, Investigación Espacial y Filosofía le hiciera a la UNESCO para financiar el programa espacial, finalmente no fue atendida. Y sin el dinero, Zambia no pudo lanzar sus cohetes y liderar la ciencia mundial. Además, el comité para la celebración de la independencia se opuso a incluir el lanzamiento de cohetes como parte de los festejos. Según Makuka, “estaban preocupados porque el polvo y el ruido aterrorizaran a los invitados”, y probablemente a toda la población. Y, para completar el cuadro de adversidades, Mata Mwambwa, la afronauta adolescente que lideraba el equipo, quedó embarazada en medio de los entrenamientos, y tuvo que regresar a su aldea junto a su familia.

El tiempo acabó sepultando en el olvido a Edward Makuka Nkoloso y sus intrépidos afronautas. Otros se acabarían llevando la gloria de viajar al espacio. Una reciente y hermosa exposición fotográfica de la artista y fotorreportera española Cristina de Middel nos ha vuelto a recordar aquella gran gesta que no pudo ser.

A fin de cuentas, siempre nos quedará Wakanda.

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La Familia de los niños psicodélicos de la Tía Anne

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Cualquiera que haya visto ese clasicazo del cine que es Village of the Damned (el pueblo de los malditos), conservará en la retina la imagen de aquel pequeño ejército de niños de cabellos platinados, vestidos de manera uniforme, caminando todos juntos, como un único individuo. Niños que no se comportaban como niños normales, que parecían estar unidos por una especie de conexión mental, y que iban generando una creciente aprensión entre las gentes del pueblo.

Algo parecido a aquel cuento de pesadilla existió en la realidad, solo que el batallón de inquietantes niñitos rubio platino no eran los villanos, sino las víctimas, involuntarios miembros de una extraña secta de Melbourne, Australia, conocida como La Familia.

A la cabeza de La Familia estaba la Tía Anne, es decir, Anne Hamilton-Byrne, una mujer rubia, elegante y sofisticada que, además, era la reencarnación de Jesucristo. Al menos, si creemos en sus propias palabras.

La glamourosa Tía Anne, un dios viviente, residía en una enorme y hermosa finca ubicada en el lago Eildon, en Victoria (Australia). Vivía allí rodeada de sus veintiocho hijos, unos conseguidos mediante adopciones fraudulentas (algunos acólitos de la Tía Anne trabajaban en el hospital de la localidad, y de vez en cuando “distraían” algún recién nacido, que acababa en La Familia), otros directamente donados por algunas de sus fervientes seguidoras.

Todo comenzó en los sesenta, unos años en los que, al parecer, comenzó casi todo. Tía Anne, madre y mesías, aseguraba que el mundo se iba a acabar pronto a causa de un holocausto nuclear masivo y que sus niños se acabarían convirtiendo en los salvadores del mundo. Esa era la razón de ser de aquellos niños, a los que se les blanqueaba el pelo y se les vestía con las mismas ropas para que parecieran y se sintieran hermanos, ignorantes todos ellos de sus distintas procedencias.

También se les sometía a una estricta disciplina, que no excluía los castigos corporales (Tía Anne gustaba de propinar contundentes lecciones de disciplina con el tacón de aguja de sus zapatos de marca) o prolongadas jornadas de ayuno. Para mantener aquella rigurosa disciplina, Tía Anne contaba además con la inestimable ayuda de las Tías, otras mujeres que, entregadas también ellas a la causa de salvar el mundo, vivían con los niños en la mansión del lago Elldon y fiscalizaban todas sus actividades. A veces los castigos no eran suficientes para mantener a raya a la tropa, y entonces Tía Anne recurría al LSD. Una buena dosis de ácido lisérgico por las mañanas contribuía inmejorablemente a reforzar la educación de los infantes en la idea de que su mamá, la querida Tía Anne, era Dios reencarnado y destinado a prepararlos para la misión definitiva: repoblar el mundo una vez que la Gran Hecatombe se hubiera producido. Y es que no hay nada como el LSD para que tu madre, tu perro o el carnicero de la esquina se presenten ante tus ojos como Dios en todo su esplendor.

Del suministro de la droga se encargaba el doctor Raynor Johnson, prominente psicólogo del Queens College de Melbourne. Por su parte Marion Villimek, dueña de la prestigiosa clínica psiquiátrica Newhaven, proveía generosamente a la Tía Anne de toda la logística necesaria. Es de destacar que La Familia estaba relacionada con la flor y nata de la sociedad australiana, en donde Tía Anne se movía como pez en el agua, y hay que decir que muchos de los miembros más destacados de la alta sociedad de Melbourne, entre los que había empresarios, médicos, políticos y abogados, estaban muy comprometidos con su noble causa, y aportaban fondos en forma de cuantiosas donaciones que permitían a Anne Hamilton-Byrne mantener a la mansión, a sus trabajadores y a sus veintiocho niños con holgura.

El aislamiento de los niños era casi total, recluidos como estaban en los límites de la finca. Pero en alguna ocasión las Tías les permitían dar un breve paseo. Así, escoltados y bajo su atenta mirada, los niños rubio platino deambulaban en rigurosa formación por las calles del pueblo más cercano, preguntándose cómo vivirían aquellas extrañas personas que no eran rubias, y que atisbaban con recelo el paso de la pintoresca comitiva. Acabado el paseo por el mundo exterior, la Familia volvía a su mansión a seguir esperando el Holocausto.

El problema es que el mundo, obstinadamente, seguía existiendo. Un problema este al que se suelen enfrentar, tarde o temprano, todas las sectas de corte apocalíptico. Los años fueron pasando, los niños se hicieron muchachos, y el deseado fin del mundo se resistía a llegar. Hasta que el 14 de agosto de 1987 y después de muchas denuncias de los vecinos del lugar, unos 100 agentes de la policía del estado irrumpieron en la finca de La Familia y acabaron liberando a los chicos de pelo platino.

Muchos de ellos, hoy adultos, han logrado recomponer sus vidas e integrarse, no sin ciertas secuelas, en el seno de la sociedad. Todo un logro, después de haberse criado en una casa en donde tu madre es Jesucristo con tacones, y con una buena ración de LSD para el desayuno. No cumplieron con su misión de salvar al mundo, pero al menos se salvaron ellos. En cuanto a la Tía Anne, consiguió zafarse de casi todos los cargos en su contra (las ventajas de ser un Dios viviente, y de tener muy buenas relaciones en las altas esferas). Acabó sus días en un hospicio, aquejada de demencia senil, y a punto de cumplir los 100 años.

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De luchadoras y exóticos: dos documentales imprescindibles sobre el deporte rey

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En nuestras recomendaciones de hoy, traemos un par de documentales que harán las delicias de toda la familia, siempre y cuando a la familia le guste la lucha libre.

El primero de ellos es Luchando con mi familia (The Wrestlers: Fighting with my family), un documental para la televisión británica del año 2012, producido por Channel 4, que cuenta la historia de los Knights, una irreductible familia de luchadores de Norwich, condado de Norfolk. Fundadores de una casi imaginaria “Asociación Mundial de Lucha Libre” en su ciudad del este de Inglaterra, la familia recorre los pueblos del condado en su furgoneta, organizando espectáculos luchísticos en míseros clubes de barrio. 

Los Knights son papá “Rowdy Ricky Knight”, mamá Julia “Sweet Saraya” Knight, los hermanos “Zak Zodiac” y Roy “The Zebra Kid”, y la hermana pequeña Saraya Jade “Britani Knight”. Forman una familia muy bien avenida, aunque cuando se suben al cuadrilátero se dan mutuamente unas buenas palizas. La vida familiar de los Knights, enormemente unida por la lucha libre, sufre un cataclismo cuando la mayor empresa mundial de lucha, la norteamericana WWE, en su paso por Inglaterra para reclutar nuevos talentos, acaba seleccionando a la pequeña de la familia, que deberá trasladarse a América para convertirse en una superestrella de la lucha. Seguimos entonces los pasos de Saraya Jade, desde su casita en los suburbios de Norwich, hasta un centro de alto rendimiento en California, en donde acabará convirtiéndose en “Paige”, una de las más carismáticas estrellas internacionales de la lucha libre femenina.

Tan carismática que la propia empresa que la contrató acabó produciendo, unos pocos años mas tarde, una película “de ficción basada en hechos reales” sobre la peripecia de la luchadora y su peculiar familia. Coproducida por la estrella de Hollywood y de la lucha libre Dwayne “La Roca” Johnson, la película, llamada también Fighting with my family y estrenada en 2019, consigue arruinar todos los atractivos que presentaba el documental original, empaquetando una típica “comedia dramática” hollywoodense al uso, con todos los tópicos que imaginarse pueda.

De manera que, atención, no se pierdan Fighting with my family, el documental, y huyan como de la peste de Fighting with my family, la película.


El otro documental que recomendamos enfáticamente es Cassandro The exótico!, dirigido en 2018 por la documentalista francesa Marie Losier, y estrenado en cines y en varios festivales, entre ellos, Cannes, en su sección Acid.

Hacemos un pequeño paréntesis introductorio: dentro del universo de la lucha libre mexicana, los “exóticos” son luchadores que han desarrollado un personaje abiertamente gay. Una modalidad, el “estilo exótico”, aunque muchas veces relegado a posiciones marginales, tiene ya larga tradición en la lucha libre mexicana. Y muchas estrellas, como Pimpinela Escarlata, Pasion Kristal, Pekador Eros, Estrella Divina, Diva Salvaje, Black Mamba o Polvo de Estrellas.

Aunque existe otro documental anterior que trata el tema (Los Exóticos, 2013), este que nos ocupa se centra en la figura de uno de los más carismáticos luchadores del estilo: Cassandro, también conocido como “el Liberace de la lucha libre”, por su personaje inspirado en el extravagante pianista y showman norteamericano. Cassandro, cuyo nombre verdadero es Saúl Armendáriz, nos va contando su ya larga carrera por los cuadriláteros —más de 25 años— su pasado de adicciones, su intento de suicidio, sus muchas heridas y lesiones, mientras lo acompañamos a sus entrenamientos, a sus giras por México, por Estados Unidos, por Europa… Asistimos a sus maratonianas sesiones de maquillaje, un proceso riguroso de acicalado de cejas, pestañas y labios, aplicación de purpurina, laca y oxigenado de cabello. Riguroso y sorprendente, si tenemos en cuenta que inmediatamente después se subirá a un cuadrilátero, con su larga bata de cola y sus boas de pluma, a darse mamporros con otro luchador. “Mi máscara es mi maquillaje”, explica Cassandro, cuando se le pregunta por qué no utiliza las típicas máscaras de la lucha libre mexicana.

Armendáriz, nacido en El Paso, Texas, decidió, a los dieciséis años, abandonar la escuela y dedicarse a la lucha libre, para lo cual cruzó el puente que sirve de frontera con Ciudad Juárez, en el lado mexicano. Aprendió los secretos de la lucha con Rey Misterio senior, quien también le sugirió el nombre que acabaría adoptando, inspirado en una famosa madama de Tijuana llamada Cassandra, que regentaba una célebre casa de putas y, a la vez, reinvertía el dinero ganado en hogares para madres solteras y niños de la calle. Cassandro fue el primer exótico en conseguir un título mundial de lucha libre, en 1992, un pequeño paso para Cassandro, pero un gran paso para traspasar fronteras de género, en un país tradicionalmente machista como México. La trayectoria de Cassandro ayudó a dignificar el papel de los “exóticos” en el mundo de la lucha libre. La directora Marie Losier lo siguió durante seis años, desde su apogeo en el mundo de la lucha hasta el inevitable comienzo del ocaso, para acabar de dar a luz este excelente documental que mezcla entrevistas con increíbles imágenes de archivo. No se lo pierdan.

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Moldeadoras de grandeza: las Plaster Casters de Chicago

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Cuentan que Miguel Angel, al acabar el David, golpeó la escultura con un martillo y le gritó “¡parla!”, tan perfecta era la obra que, parecía, solo le faltaba hablar. Algo así deben haber sentido las Plaster Casters al ver finalizada la que sin duda es su escultórica obra maestra: el pene erecto de Jimi Hendrix.

La que probablemente sea la artista más relevante en el panorama de la escultura del siglo XX, Cynthia Albritton (que luego pasaría a la inmortalidad bajo el nombre artístico de Cynthia Plaster Caster), creció como una tímida chica en el seno de una familia católica de Chicago, Illinois. Al terminar el instituto, decidió apuntarse a la carrera de arte en la universidad de su estado. Corría el año 1968, y en su clase, un buen día, el profesor encargó a sus alumnos una tarea para el examen de modelado, una tarea sencilla: “Hagan un molde en yeso de algo duro”. Cynthia, que por entonces tenía 19 años y aún era virgen, supo al instante sobre qué objeto duro realizaría el molde.

Lo primero que hizo fue crear un equipo, con una compañera llamada Dianne, llamado The Plaster Casters of Chicago (las Moldeadoras en Yeso de Chicago). Se pusieron a probar diferentes materiales y procedimientos, con la inestimable ayuda de sus amigos varones, y descubrieron que la mejor forma de sacar un molde de un pene en erección era llenando un vaso de coctelera con alginato, un material muy maleable que usaban los odontólogos para hacer los moldes dentales. Luego se procedía a sumergir el miembro en la mezcla y, una vez solidificado, el vaciado resultante se rellenaba con yeso, dando paso a la correspondiente estatuilla. 

Una vez afinado el proceso, las chicas imprimieron tarjetas de visita y, maletín en mano con sus herramientas de trabajo, salieron en busca del modelo vivo ideal. Esa misma semana llegaba a Chicago la Jimi Hendrix Experience, para participar en un show junto a otras bandas. Cynthia era una gran fan, así que sin pensárselo dos veces, abordó a los artistas en la puerta del hotel en donde paraban para contarles su idea. Hendrix, por supuesto, aceptó inmediatamente.

Una vez en la habitación, Dianne se ocupó de estimular al modelo hasta conseguir que se alzara en toda su majestad, y luego Cynthia procedió a sumergirlo en la coctelera. El resultado fue imponente. La primer obra de las Plaster Casters se convirtió a su vez en su indiscutible masterpiece. De hecho, un periódico independiente, describiendo el molde de Hendrix, llegó a llamarlo “el Penis de Milo”, por comparación con la célebre Venus de Milo, debido a su impronta clásica, que nada tiene que envidiarle a las antiguas obras maestras del arte griego.

El nombre y la reputación de las Plaster Casters corrió como la pólvora, de manera que a esta le siguieron muchas otras estatuillas, todas tomadas de los miembros de distintos miembros de afamadas bandas de rock (con una llamativa excepción: Kiss, que hasta llegaron a componer un tema llamado Plaster Caster, para dar a entender que ellos también habían pasado por la mágica coctelera de Cynthia, cosa que nunca ocurrió), hasta completar en la actualidad una espectacular colección conformada por setenta y siete obras, cada una de ellas con su personalidad, con su presencia única. Los escorzos, los elegantes contrappostos y la lograda expresividad de cada una de estas obras irrepetibles colocan, sin duda alguna, a las Plaster Casters en la cúspide de la escultura contemporánea, un enhiesto documento artístico para posteriores generaciones, y patrimonio cultural de la humanidad. 

Una obra no exenta de vicisitudes, sin embargo: en los años setenta unos amigos de lo ajeno entraron a la vivienda de Cynthia. Milagrosamente, entre todo lo que se llevaron no se contaban las estatuillas: a partir de entonces, la colección permaneció a buen recaudo en la caja fuerte del mánager de Frank Zappa, quien se ofreció amablemente a custodiarla. Pero pasado el tiempo este se negó a devolver las obras, tan enamorado estaba de ellas, y Cynthia Plaster Caster tuvo que recurrir a un juez para recuperarlas. 

Desde entonces, nuestra artista no se estuvo quieta: En el año 2010, Cynthia formó una plataforma política, The Hard Party (el partido duro), con la que se presentó como candidata a la alcaldía de Chicago. No logró, sin embargo, ganar las elecciones. Pero su actividad artística no se detuvo, y en el 2017, sus obras llegaron, por fin, a las salas del célebre MoMA PS1, en Queens, en lo que supuso su consagración definitiva en los altares del arte.

Pero volvamos al comienzo de nuestra nota: aunque las comparaciones son odiosas, debemos afirmar, a manera de conclusión, que la obra maestra de las Plaster Casters, el pene de Hendrix, es tan grande como El David de Miguel Angel. De hecho, es más grande, si lo comparamos con la parte correspondiente de El David.
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Los caballeros las prefieren rubias, y con aguijón

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En la novela La Colmena de Hellstrom (Hellstrom’s Hive, editada en español como Proyecto 40), su autor, Frank Herbert, nos describe la vida en una tranquila granja en el medio oeste americano que oculta en el subsuelo una pavorosa ciudad-colmena habitada por miles de seres humanos genéticamente modificados y organizados en una sociedad inspirada en la estructura social de las abejas. Los habitantes de este enjambre humano no poseen individualidad, son piezas intercambiables al servicio de un gran mecanismo que es la colmena. También están al servicio de la Reina Madre, Trova Hellstrom, la responsable de la fundación de la colmena, aunque en el tiempo en que transcurre la historia, esta Madre ha muerto y solo la conocemos por las reflexiones que ha dejado por escrito, y que se van intercalando en la historia como si de textos sagrados se tratasen.

La colmena, mientras tanto, está temporalmente a cargo de un hombre, Nils Hellstrom, uno de los descendientes de la gran Madre fundadora. y decimos temporalmente porque la colmena es un modelo de sociedad estrictamente matriarcal. Una sociedad que se diferencia de la nuestra por su carácter colectivo, regido por lo que Maurice Maeterlinck (en su maravilloso ensayo La vida de las abejas) llamó “el espíritu de la colmena”: “En la colmena, el individuo no es nada, no tiene más que una existencia condicional, no es más que un momento indiferente. Toda su vida es un sacrificio total al ser innumerable y perpetuo de que forma parte”.

Pero hay otra hembra en la colmena llamada Fancy, que se postula como una nueva Reina Madre. Se encuentra en el apogeo de su fertilidad y dispuesta a enjambrar. Es justamente entonces cuando entra en escena un hombre llamado Peruge, agente de una agencia secreta del gobierno, que investiga la granja en la sospecha de que hay allí una secta, sin imaginar la gigantesca ciudad-colmena que se oculta debajo. No tarda en ser seducido por Fancy, y luego de una extenuante sesión de sexo desenfrenado (¡sin preservativo!) muere fulminado, literalmente, de agotamiento.

Pero Hellstrom’s Hive no es el único ejemplo de historia fantástica o de ciencia ficción (el único género literario que realmente nos deberíamos tomar en serio, en nuestra humilde opinión) que trata el tema de una sociedad regida por los patrones de comportamiento de los insectos, un matriarcado, que acaba sacrificando al macho por el porvenir de la colectividad, de la colmena.

En la utopía victoriana La edad de cristal (el término ciencia ficción todavía no se había inventado), su autor, William Henry Hudson nos cuenta la historia de un hombre que se ha quedado dormido en el bosque y despierta en un extraño futuro habitado por un grupo de gente extravagante. Nuestro hombre es conducido a la Casa, una enorme mansión en donde vive toda la colectividad, una especie de comuna regida por una Madre de temperamento absolutista. El protagonista se enamora perdidamente de Yoleta, una de las bellas muchachas de la casa, pero descubre que es un amor literalmente imposible, porque ella no está destinada a la tarea de la procreación. Un frustrante orden de cosas contra el que intenta revelarse, para acabar encontrándose con la inevitable sorpresa final.

En el remake cinematográfico de The wicker man, que Nicolas Cage interpretó en el año 2006, hay una pequeña isla cerca de las costas británicas habitada por un pueblo peculiar. Cage es un policía que llega a la isla buscando a una niña desaparecida, y acaba descubriendo que sus extraños residentes forman parte de un antiguo culto y, a la vez, un experimento social: el pueblo está regido por mujeres, cuya líder es una dama mezcla de gobernanta y sacerdotisa. El policía pronto descubre que ha caído en una trampa, como tantos otros hombres antes (y después) que él, atraídos a la isla por unas seductoras mujeres rubias en actitud sugerentemente reproductiva. Al protagonista le esperará el mismo terrible final que a los demás hombres de esta historia.

Vemos una tendencia clara en estos experimentos sociales: la utilización del sexo como estrategia principal de desarrollo, y a la vez, el papel del hombre como simple proveedor de genes, un “zángano” del que, una vez cumplido su papel, es necesario prescindir. Hay que decir también que, en los ejemplos citados, el hombre colabora gustoso en la tarea, ignorante, eso si, del destino que le espera al final de la actuación.

“Después de la fecundación de las reinas, (…) comienza a circular por la colmena la consigna esperada, y las apacibles obreras se transforman en jueces y verdugos. No se sabe quién da la consigna; emana de repente de la indignación fría y razonada de las trabajadoras (…) Los gordos holgazanes dormidos en descuidados racimos sobre las paredes melíferas, son arrancados bruscamente de su sueño por un ejército de vírgenes irritadas. Se despiertan beatíficos y sorprendidos, no pueden dar crédito a sus ojos, y su asombro logra apenas asomar a través de su pereza (…) Se imaginan víctimas de un error, miran en torno suyo estupefactos, (…) cada uno de los azorados parásitos se ve asaltado por tres o cuatro ajusticiadoras que se esfuerzan por cortarles las alas, aserrarles el peciolo que une el abdomen al tórax, amputarles las febriles antenas, dislocarles las patas, dar con una juntura de los anillos de la coraza para hundir en ella su dardo. (…) las obreras barren el umbral en que se amontonan los cadáveres de los gigantes inútiles, y el recuerdo de la raza ociosa se extingue en la ciudad hasta la siguiente primavera.” (Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, 1901)

Pero hagamos un llamado a la tranquilidad, querido lector varón: Una sociedad-colmena matriarcal dedicada a aserrar peciolos como la que se nos describe aquí se encuentra perfilada en un futuro extremadamente, extremadamente improbable.

¿O no?

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Grandes clásicos menores del cine para disfrutar con el turrón

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Con las fiestas ya encima, siempre se complica elegir los regalos. Un obsequio ideal para hacer a los suegros es este combo de cuatro grandes clásicos menores del cine, todos ellos adornados con un tono picantuelo de comedia ligera, ideal para despedir el año entre efluvios de champán. ¡Quedarás como un duque ante tu parentela!


QUEEN KONG

(1976, Frank Agrama)

Esta película parte de una premisa presuntamente brillante: replicar la clásica King Kong pero cambiando el género de todo el elenco, mono incluido. Así, los aventureros sin escrúpulos que van a una isla recóndita a filmar una película, pasan a ser aventureras empoderadas; la chica rubia de la que se encapricha el original Kong es aquí un rubio con pintas de cantante de banda de glam rock, y el mismísimo Rey Kong es ahora Reina. Por si todo esto no nos pareciera lo suficientemente genial, el director nos regala además con una tribu de salvajes amazonas que bailan al estilo Broadway al son de primitivos tambores, entonando rimas picarescas sobre la importancia del tamaño, los monos y el sexo. La aventura se completa con una singular batalla entre Queen Kong y un tiranosaurio de papel maché, y el traslado final de la monstrua a Londres (la película es copodrucción británica) púdicamente tapada por un sujetador hecho con cadenas. Allí asistiremos a una apoteósica escena de Queen Kong encaramada al Big Ben, pero al final aparece una furibunda manifestación feminista que consigue salvar a la mona gigante. ¡Las chicas son guerreras!


THE ACID EATERS

(1968, Byron Mabe)

Cuando llega el fin de semana y termina la jornada laboral, un grupo de cuatro convencionales parejas se despendolan y abandonan la ciudad en sus motocicletas, en vertiginosa carrera hacia la libertad por las salvajes autopistas de América. Recorren el desierto hasta llegar a una extraña construcción que domina el paisaje: una gigantesca pirámide hecha con cubos de azúcar impregnados de ácido lisérgico (bueno, se nota bastante que la pirámide en realidad está hecha de corchopán, pero en esa época los efectos especiales eran bastante pobres). No ocurre mucho más digno de reseñar, porque llegados a este punto los guionistas parecen haber sido los más afectados por la substancia en cuestión. Así, en la pirámide se van sucediendo sin orden ni concierto extraños números musicales, performances de strip tease alucinadas, chistes incomprensibles y un negro tocando los bongós. Tampoco se puede pedir más, después de todo.


PLEASE DON’T EAT MY MOTHER!

(1973, Carl Monson)

Un hombre tímido y solitario que vive con su madre se compra una plantita de adorno. La planta resulta ser carnívora y habla con voz de chica sexy. Acaba por convertirse en la única amiga de nuestro hombre. Pero la planta crece mucho y necesita comer y, tras acabar con todas las mascotas del vecindario, prueba la carne humana al devorar a la madre del protagonista. A partir de aquí, la planta solo se alimentará de bellas mujeres, de preferencia desnudas, que nuestro protagonista se encargará de proveerle. Evidentemente, estamos ante una sexploitation barata (que ya es decir) de la clásica The Little Shop of Horrors, la obra maestra de bajo presupuesto de Roger Corman de 1960.


ABDUCTED BY THE DALEKS

(2005, Roman Nowicki)

Y para terminar, un clásico de la ciencia ficción: los Daleks, aquellos malignos extraterrestres con forma de lavavajillas, que hicieron su aparición como antagonistas en la clásica serie británica Doctor Who, llevan aquí todo el peso protagónico: los Daleks secuestran en su nave a cuatro voluptuosas señoritas de la Tierra y protagonizan con ellas varias escenas de alto voltaje erótico-festivo, en un alarde de intercambio sexual intergaláctico. No queda claro si se puede calificar de comedia a esta cinta (cuesta incluso calificarla de película, dado lo exiguo de su trama argumental). Sus puntos graciosos son más bien involuntarios, pero después de todo salen los Daleks, que es lo importante. El punto álgido para cerrar la sesión cinéfila que hoy te hemos propuesto, y que conseguirá arreglar una noche en familia que, de otra manera, se hubiera acabado torciendo. ¡Felices fiestas!
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El otro Vaticano: la Santa Sede de El Palmar de Troya

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Cuando Gregorio XVIII huyó de la Santa Sede en su Papamóvil para vivir la vida loca con una de sus monjas, parecía que la historia de la Iglesia Palmariana llegaba a su cénit. Esto ocurría en 2016, marcando un antes y un después en la historia de la venerable institución. Nos referimos, claro está, a la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz, sita en El Palmar de Troya, una pedanía andaluza de la España rural.

La historia comienza hace ahora cincuenta años, de la manera en que siempre comienzan estas historias: cuatro niñas que habían ido a recoger florecillas al campo tienen un inesperado encuentro con la Virgen. Pronto miles de lugareños comienzan a congregarse en el lugar, y no tardan en florecer los videntes lanzando profecías apocalípticas. El más dotado para el espectáculo es un contable sevillano llamado Clemente Domínguez, que había concurrido al lugar como un curioso más junto a su “amigo especial”, un abogado llamado Manuel. Clemente sangra, se retuerce, muestra los estigmas en sus manos y su frente, y proclama a grito pelado que Jesucristo en persona le ha comunicado que el Vaticano ha caído en manos de los comunistas. Denuncia que al por entonces ocupante del trono de San Pedro, Pablo VI, lo mantienen drogado en los sótanos del Vaticano, y que su lugar es usurpado por un doble. Como es natural, Clemente se gana inmediatamente el favor de las multitudes allí congregadas.

Al tiempo, Clemente pierde los ojos en un accidente de tráfico, hecho que sorprendentemente lo reafirma en su misión apostólica.Y es así que, luego de la muerte de Pablo VI, nuestro vidente invidente se autoproclama Papa, por “intervención divina directa”, con el nombre de Gregorio XVII. Su primer actuación como sumo pontífice será excomulgar —con buen criterio, diría yo— a Juan Pablo II.

La Iglesia Palmariana, así constituida, va ganando miles de adeptos en la aldea y alrededores. No tardan en lloverle los generosos donativos llegados de la cuenta bancaria de ricas y arrugadas damas de todas partes del mundo. El nuevo Papa necesita entonces urgentemente una Santa Sede, que se erigirá allí mismo, en El Palmar de Troya. Así comienza la construcción de una gigantesca catedral que hará palidecer a la de San Pedro (para que después no digan que los masones son los únicos que saben hacer catedrales). Iniciada en 1976 y finalizada hace apenas unos años. La Basílica catedralicia de Nuestra Señora del Palmar Coronado, tal su nombre completo, ocupa una superficie de 3.500 metros cuadrados, y está protegida por un muro de setecientos metros de longitud y seis de altura. En su fachada se levantan orgullosas las estatuas de algunos de los particulares santos que el Papa Clemente beatificó, como San Cristóbal Colón, o los líderes del fascismo español San Francisco Franco y San Primo de Rivera. La ordenación de nuevos santos (miles, en pocos años) no fue la única innovación doctrinal de la iglesia Palmariana: también cuentan con la existencia del planeta de María, un cuerpo celeste de órbita incierta regentado por la mismísima virgen, y desde el que serán abducidas las almas de los palmarianos una vez completado su paso por esta vida. Allí gozarán de la eterna contemplación de la virgen, y de la inquietante compañía de San Francisco Franco y el resto del santoral del fascismo místico palmariano.

Anunciaron también la inminencia de una Tercera Guerra Mundial provocada por la masonería, que arrasará el mundo con bombas nucleares, pero a la que sobrevivirán los palmarianos, convertidos en la luz del nuevo mundo.

Por lo demás, hay que decir que los palmarianos fueron acusados repetidas veces de perpetrar terribles abusos sexuales tras los muros de su basílica. Podemos comprobar que no se diferencian tanto, después de todo, de la iglesia católica romana.

Sin embargo, los feligreses palmarianos, al dictado de Clemente, han debido llevar una vida de austeridad absoluta y riguroso decoro en hábitos y vestimenta. El Papa, en cambio, tenía sus prerrogativas: era habitual de las corridas de toros y de las alocadas fiestas de la noche sevillana, ambientes en donde era conocido como “la voltio”, en referencia a su anterior trabajo en la compañía eléctrica local. También era muy dado a utilizar el vino, y no precisamente para consagrar: llevó el “tomad y bebed…” hasta sus últimas consecuencias. Debido a ello, la iglesia Palmariana acabó adaptando la celebración de su misa —habitualmente de dos horas, y en latín— a una duración de solo cinco minutos, tiempo máximo que el santo padre podía mantenerse en pie en tales trances.

El Papa Clemente,  aka Gregorio XVII, murió en 2005, sucediéndole en el trono su antiguo amante Manuel Alonso, que tomó el nombre de Pedro II. A este le sucedió a su vez Ginés Jesús Hernández, el Gregorio XVIII con el que comenzamos esta historia, y tercer Papa de la Iglesia Palmariana. Gregorio XVIII endureció más, si cabe, las reglas de comportamiento de sus súbditos, agregando, por ejemplo, la prohibición de ver la tele o ir a la playa. Pero al parecer ni él mismo aguantó la severidad de sus propias normas, y acabó huyendo con una de sus monjas, la hermana Nieves. Meses después, la pareja compareció posando desnuda, al estilo de Adán y Eva, en la portada de la popular revista Interviú. Su sucesor en el trono Papal, Pedro III, se quejó amargamente del robo del Papamóvil perpetrado por Gregorio XVIII en su alocada huída.

Pero Gregorio XVIII, al parecer, no tuvo suficiente con el vehículo sustraído. La noche del 10 de junio de 2018 volvió al Palmar de Troya. Vestido como un ninja, un Papa ninja, escaló los muros de la basílica e intentó llegar al recinto en donde se encontraba la caja fuerte. La mala suerte (o la intervención divina) hizo que un joven sacerdote que en ese momento daba un paseo nocturno se topara con el exPapa. Gregorio, sorprendido in fraganti, esgrimió un cuchillo de proporciones bíblicas con el que atacó al cura. sus gritos alertaron al personal, que consiguió reducir al invasor. Hoy Gregorio XVIII cumple su penitencia en un módulo de la cárcel de Sevilla-I.
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Acción política de vanguardia: ¡Exorciza el Pentágono!

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Los políticos, a veces, llegan tan lejos en su toma de decisiones que la única manera sensata de devolverles el sentido común es practicando un exorcismo.

Esto sucedió hace cincuenta años, en octubre de 1967, en uno de los momentos más convulsos de la historia de los Estados Unidos, cuando unas 80.000 personas decidieron congregarse frente al Pentágono para practicar la que sin duda llegó a ser la ceremonia de exorcismo más grande del mundo, en plena época de protestas por la guerra de Vietnam.

La acción, que se llamó “Levita el Pentágono”, fue convocada por un grupo de jóvenes activistas, bregados por igual en la acción política y en la lisergia, entre los que se encontraban Jerry Rubin, Abbie Hoffman, y el músico y poeta Ed Sanders, y tenía un ambicioso propósito: acabar con la guerra de Vietnam. Para ello, los celebrantes debían rodear el Pentágono tomados de la mano, formando un círculo mágico, y mediante la meditación y el recitado de una serie de encantamientos hacer que el edificio levitara unos cien metros y girara sobre si mismo, expulsando de su interior los demonios y las malas energías que estaban infectando al mundo y provocando una guerra atroz.

La iniciativa surgió en una de las habituales reuniones de los agitadores, cuando alguien cayó en la cuenta de que el célebre edificio gubernamental era una figura de cinco lados,  es decir, un pentáculo, un símbolo de poder que representa a las fuerzas del mal. A partir de ahí, la línea de acción estuvo clara: había que practicarle urgentemente un exorcismo.

La organización del evento no dejó ningún cabo suelto: previamente, una avanzadilla de dos expedicionarios se acercó al edificio para calcular cuántas personas se necesitarían, como mínimo, para llegar a rodearlo. Ambos se fueron alternando tomados de la mano, contando las longitudes del cuerpo mientras circundaban el edificio, hasta concluir que se necesitarían unas 1.200 personas para poder cerrar el círculo.

Incluso pidieron autorización formal ante las propias autoridades para elevar el Pentágono unos cien metros mediante un ritual. Los funcionarios, un tanto perplejos por la petición, autorizaron que el edificio levitara, pero no mas de tres metros.

Se corrió la voz entre la prensa de que los manifestantes contaban con grandes cantidades de una nueva y revolucionaria droga, llamada LACE, que contenía potentes efectos afrodisíacos y que, convenientemente rociada con pistolas de agua sobre las fuerzas del orden, haría que los policías se desnudaran y comenzaran a hacerce compulsivamente el amor (incluso salieron artículos sobre el misterioso LACE en el New York Post y en la revista Time). Preventivamente, las fuerzas de seguridad se equiparon con grandes cantidades de gas lacrimógeno para el contraataque.

Los manifestantes también compraron a un granjero local grandes cantidades de harina de maíz, que unos chamanes mexicanos especialmente convocados para la ocasión debían esparcir en el perímetro del Pentágono para facilitar la levitación del edificio.

Así las cosas, el 21 de octubre de 1967, y como parte del programa de acciones de la multitudinaria Marcha sobre Washington, convocada para protestar contra la guerra, se llevó a cabo el megaexorcismo: los celebrantes intentaron rodear el Pentágono (fuertemente protegido por la policía militar, que esgrimía sus armas de fuego), repitiendo a grito pelado el mantra “Out, demons, out! Out, demons, out!” (¡fuera, demonios, fuera!), mientras Ed Sanders, vestido con ropa de camouflage (aunque de colorines tan psicodélicos que más que camuflarse conseguía el efecto contrario) invocaba, con gritos y cánticos tanto en inglés como en arameo (la lengua que, al parecer, mejor entienden los demonios), a las fuerzas del cosmos y los poderes del inframundo, y clamaba por el comienzo de la Era de la Suprapolítica, basada en el amor universal.

El Santo Ritual de Exorcismo continuó con un llamamiento a Dios, Ra, Jehová, Zeus, Anubis, Osiris, Quetzalcóatl, Alá, Krishna, Changó, Kali, Shiva, el Gran Espíritu, Dionisio, Yahvé, Thor, Baco, Isis, Jesucristo, Maitreya, Buda, Rama y un largo etcétera de divinidades, reales o inventadas. El grupo de rock de Ed Sanders, The Fugs, por su parte, tocaba distorsionadas melodías cósmicas desde la plataforma de un camión aparcado en las inmediaciones del endemoniado edificio, a manera de banda sonora del ritual.

Los organizadores habían adquirido también una vaca, a la que habían pintado para que represente a la diosa egipcia del amor, pero la policía consiguió impedir que el animal acceda a las proximidades del recinto.

Hacia el atardecer, y a medida que oscurecía, la policía cargó contra los manifestantes, rociándolos con abundante gas lacrimógeno y una generosa ración de bastonazos, con la que se dio por concluido el acto.

En definitiva, el evento fue un éxito rotundo. Aunque no quedó claro si el edificio levitó propiamente o no: hubo opiniones encontradas al respecto entre los asistentes. Algunos afirmaron haber visto claramente cómo el Pentágono se elevaba unos centímetros, pero la mayoría de las crónicas de la época niegan la mayor. El caso es que, en palabras de Allen Ginsberg, que también asistió al ritual, al menos “se consiguió elevar la moral” de los americanos. Que ya es bastante.


(El asombroso conjuro de Ed Sanders fue grabado, y luego incluido en el cuarto álbum de The Fugs, Tenderness Junction)
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Nunca aceptes bebidas de un extraño de otro planeta. El caso de Orfeo Angelucci

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Nunca aceptes bebidas de un extraño. Es el sensato consejo que toda madre nos ha dado alguna vez en la vida. Consejo que Orfeo Angelucci, italiano residente en los Estados Unidos, tuvo la ocurrencia de saltarse allá por los años cincuenta, cuando se encontró casualmente con un habitante del espacio exterior.

Angelucci, un trabajador de una planta de ensamblaje de aviones de Burbank, California, escribió un libro en 1955, en el que relataba sus experiencias personales con extraterrestres. El libro, titulado “El secreto de los platillos volantes”, hubiera pasado desapercibido de no ser porque el eminente psicoanalista Carl Gustav Jung se fijó en él cuando, a su vez, escribió su propio libro sobre el fenómeno de los avistamientos ovni.

En su libro, Angelucci cuenta su primer encuentro con una entidad venida del espacio. El encuentro se puede resumir así: Mientras regresaba a su casa por un camino solitario un día de verano de 1952, una bola de luz de un suave color verde fluorescente desciende frente a su coche. De la bola surge una voz varonil que, luego de presentarse, le pregunta a Angelucci si tiene sed, y lo invita a beber de una copa de cristal que se materializa sobre el salpicadero del coche. Angelucci, olvidando el legendario precepto materno, bebe el extraño líquido, al que describe como “la bebida más deliciosa que he probado en mi vida”. Inmediatamente la bola de luz se abre como un holograma, mostrando a una pareja de seres “extraordinariamente bellos”. Angelucci los describe como “perfectos”, muy altos y rubios, de piel muy blanca y ojos azules, prácticamente como dioses surgidos de una grandiosa alfombra roja de Hollywood. Los magníficos seres, que responden al nombre de Neptuno y Lyra, le dicen a Orfeo que no debe tener miedo, porque además de bellos son buenos, justos y compasivos.

A continuación se abre ante Angelucci un portal a una grandiosa estancia de unos seis metros de diámetro con el techo en forma de cúpula. Todo el espacio es blanco, brillante y pulido, como si estuviera hecho de nácar, con paredes hechas de una “sustancia etérea, iridiscente”. En el centro de la resplandeciente habitación hay una silla, igualmente blanca y de la misma sustancia etérea. Cuando Orfeo se sienta, la silla, que parece hecha de aire puro, se ajusta perfectamente a su cuerpo. De pronto, toda la estancia se llena de música envolvente, que transporta a Angelucci a una especie de trance. Una ventana circular se abre en la nacarada pared, y Angelucci ve la Tierra desde una enorme distancia. Comprende que están en el espacio, y llora de emoción. Se siente transportado a un “mar intemporal de beatitud”. 

Se diría que Angelucci ha muerto, que se ha quedado seco de un síncope en el medio de la carretera y ahora está flotando hacia el cielo, pero no. Lo que sucede es que está siendo transportado, vivito y coleando, en una nave espacial. Continúan alejándose por los espacios interestelares, y se cruzan con otras naves que parecen hechas de pulido cristal resplandeciente. Todo es plácido, cristalino y musical. Mientras tanto, el alienígena Neptuno le habla a Angelucci de Jesucristo, de los pecados de los hombres de la Tierra, de la moralidad intergaláctica y, sobretodo, de los peligros del comunismo, la punta de lanza de las fuerzas del mal de toda la galaxia. Una vez acabado el sermón, el ovni regresa a Angelucci a la Tierra, viajando “a la velocidad de la verdad”, que es el equivalente alienígena a lo que nosotros conocemos como la velocidad de la luz. Orfeo comienza su predicación a todo el que quisiera escucharlo. Predica sobre los nuevos Mesías espaciales y sobre el comunismo, el auténtico mal encarnado, que nos llevará a todos a una inminente Nueva Guerra Mundial. Sin embargo, dice Angelucci, de las ruinas del mundo surgirá una "Nueva Era de la Tierra” ante la atenta mirada de los Dioses Rubios del espacio.

El caso es que no fue ese el único despiste con una bebida de Angelucci: a finales de 1954 nuestro hombre visitaba una base de entrenamiento de la Marina en el desierto de Mojave, en California. En el restaurante de la base se encuentra con un tal Adán, que resulta ser otro alienígena humanoide al que describe como "sorprendentemente hermoso". El hombre del espacio invita a Angelucci a comer un solomillo, y para acompañarlo le ofrece un vaso con agua al que echa una pastilla efervescente. El agua se convierte al instante en una especie de espumoso en el que Angelucci reconoce inmediatamente aquella bebida deliciosa de años atrás. Después del primer trago, y según cuenta en su siguiente libro “Hijo del sol”, Angelucci oye sorprendido cómo una hermosa música mesmerizante surge del vaso. La música va ganando en belleza e intensidad, envolviéndolo como en un encantamiento. Pero la sorpresa es mayor cuando, al mirar otra vez el vaso, ve una minúscula mujercita, rubia y hermosa como una minidiosa, bailando sensualmente en el espumoso champán alienígena. Al tiempo, la danzarina va haciéndose más y más pequeña a cada vuelta de su danza, hasta desaparecer entre las rosadas burbujas del vaso. Cuando Angelucci levanta la vista, comprueba que todos los rudos marineros que se encontraban a su alrededor lo observan con miradas amorosas, transfigurados por el poder empático que ha inundado la estancia. De pronto, todo es pureza, luz y amor, mucho amor.

En fin, no es necesario seguir con los ejemplos para poder llegar a una incontestable conclusión: Angelucci nunca viajó al espacio. Es obvio que estos inescrupulosos extraterrestres echaron droga en la bebida del pobre ingenuo. Los alienígenas no son tan bondadosos como dicen ser, después de todo. El peligro de que un desconocido nos de una bebida de origen dudoso se multiplica por mil si además ese desconocido proviene de otro planeta. Esto es un argumento que cualquier madre puede suscribir.

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El Plesiosauro (tango)

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El inmensamente célebre monstruo del Lago Ness fue objeto de todo tipo de atenciones, pero nunca nadie le dedicó un tango. Ese homenaje sin precedentes lo recibió en cambio su primo de la patagonia argentina, el plesiosaurio de la Laguna Negra del valle de Epuyén, hacia 1922, una década antes de que Nessie saltara a la fama mundial.

A principios de aquel año, el eminente naturalista Clemente Onelli, que por entonces ocupaba el puesto de director del Zoológico de la ciudad de Buenos Aires, recibió una carta firmada por Martin Sheffield, un aventurero norteamericano que recorría la patagonia en busca de fortuna. En la carta, Sheffield contaba que, acampando a la orilla de la Laguna Negra, en la provincia patagónica de Chubut, vio un gigantesco animal con cuerpo como de tortuga y un largo cuello flexible rematado en una diminuta cabeza. La misiva iba acompañada por un importante trozo de excremento de la bestia. Sheffield le pedía a Onelli que le remitiera algún dinero para organizar una batida y dar caza al coloso.

Ante la incontestable evidencia, el gran científico no tuvo dudas: lo que el norteamericano había encontrado era ni más ni menos que un plesiosaurio vivito y coleando. El descubrimiento, dijo, “llegará a conmover a todos los sabios de la Tierra”.

Sin pérdida de tiempo, Onelli movilizó los recursos necesarios para una importante expedición (se dice que una dama de la alta sociedad porteña donó una cifra astronómica) y, con hombres y pertrechos, puso rumbo a la patagonia el 22 de marzo de 1922, en medio de un gran despliegue mediático. La impactante noticia del hallazgo y la partida de la expedición (armada con una descomunal jeringa hipodérmica fabricada para la ocasión, y rellena con litros de narcótico) movilizó a todo el país e, incluso, importantes medios extranjeros como The New York Times cubrieron el acontecimiento. La partida estaba formada, además de por Onelli, por un geógrafo, dos expertos tiradores, algunos guías, un par de periodistas y hasta un taxidermista, por si el monstruo no salía vivo de la refriega.

Al llegar a la laguna, sin embargo, la expedición de Onelli no encontró rastros ni del gringo ni de la bestia antediluviana. El gran naturalista comprobó, además, que la laguna en cuestión, apenas más grande que un estanque, no tenía más que un metro de profundidad. Pero para entonces el bicho ya era trending topic en todo el mundo y, en la capital argentina, el recién estrenado tango “El Plesiosauro” hacía furor y se bailaba con garbo en todos los salones de postín. La composición, con música del maestro Rafael D’Agostino y letra de Amílcar Morbidelli, se compuso en el mismo año de 1922, y dice así:  

“Yo soy un pobre animal buscado

por los ingratos y sin conciencia.

Porque soy raro y también lo soy curioso

(según dice la gente allí).

Dejemén solo aquí, gozando

en la soledad de este lago

¿Qué es lo que haréis con sacarme si es en vano

llevarme vivo de este lugar?

¿No saben los señores

que esto no es coger flores?

Pretenden aquí cazarme y llevar

como si nada fuera.

¡Maldito! No me nombres.

Nada te debo Onelli.

Deja que yo viva con igual prerrogativas

como tú vives allí.”*


Si bien el tango de D’Agostino fue el más celebrado, no fue ni mucho menos el único dedicado a la bestia jurásica: Otra composición, aunque solo instrumental –para violín y orquesta– llamada igualmente “El Plesiosaurio” y compuesta por Arturo Terri, hizo fortuna en las milongas de la noche porteña. Y un tercer tango (del que no constan registros fonográficos) titulado “Ya lo traen al Plesiosauro” vio la luz en la vecina república del Uruguay.

Clemente Onelli y sus expedicionarios acabaron regresando a la capital argentina, con la frente marchita y con las manos vacías, en abril de 1923, y la historia del plesiosaurio de Epuyén poco a poco se fue olvidando.

Pero dicen los más viejos del lugar que aún, en las noches de luna, a la orilla fangosa de la laguna se puede ver la silueta de un coloso de largo cuello erguido que, con mirada melancólica, se marca unos sinuosos pasos al ritmo sincopado del dos por cuatro.

* letra extraída de Todotango.com

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El revolucionario feminismo de ataduras de William Moulton Marston

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William Moulton Marston fue un hombre feminista (ya de por si una rara especie), pero de una rama particular del feminismo de la cual, probablemente, él haya sido el único miembro. Su sorprendente idea era que las mujeres podían ser fuertes y libres gracias a la sumisión. Y para propagar su buena nueva creó a la primera superheroína feminista-masoquista de la historia: Wonder Woman.

Moulton no era un artista de cómics ni mucho menos: era doctor en derecho, profesor universitario, investigador social y psicólogo de Harvard, apasionado por el pacifismo, el cambio social y, sobre todo, por la causa feminista, nada menos que en los años treinta, es decir, mucho antes que el movimiento alcanzara su apogeo.

Una de las primeras iniciativas de nuestro inquieto hombre fue inventar una “máquina de la verdad” que, aunque nunca llegó a funcionar del todo bien, sirvió de base para el posterior desarrollo del polígrafo o detector de mentiras (recordemos que el arma favorita de Wonder Woman es el “lazo de la verdad”, una cuerda mágica con la que obliga a confesar a sus enemigos…)

Y ya que hablamos de cuerdas, vamos al quid de la cuestión: Moulton era un entusiasta aficionado al bondage, una práctica de dominación-sumisión que consiste en inmovilizar el cuerpo con múltiples vueltas de cuerda muy apretada, con gran variedad de nudos, lazos y ataduras. Esta práctica le dio pie a elaborar una inquietante teoría feminista a partir de las ataduras: A través de los roles de dominación y sumisión la mujer podrá alcanzar un mayor grado de liberación de la mente. Moulton estaba radicalmente en contra del arquetipo de femineidad que se veía en su época. La mujer, decía, debía ser fuerte y poderosa. Como un varón. De hecho, Moulton vaticinaba que las mujeres acabarían dirigiendo el país.

Como psicólogo experimental, Moulton sostenía que los roles de sumisión física adoptados en la práctica del bondage hacían que la persona traspasara toda la responsabilidad sobre su cuerpo en el compañero, con el consiguiente efecto liberador. Esta cesión del control, junto a la aceptación de la propia vulnerabilidad, eran como un ritual de iniciación que acabaría convirtiendo a la mujer en un ser fuerte y libre.

En su vida personal, Moulton formó una amplia y poco convencional familia basada en el poliamor: convivía con su esposa legal, Elizabeth Sadie Holloway, una brillante intelectual comprometida con la causa feminista, y con Olive Byrne, ex-alumna suya de la universidad. Moulton tuvo hijos con ambas mujeres, quienes a su vez tenían relaciones entre sí (Moulton opinaba que las relaciones lésbicas fortalecían el carácter de la mujer y la hacía mejor madre y mejor persona). El triángulo poliamoroso, al parecer, funcionaba a la perfección: Sadie trabajaba fuera y ganaba el dinero necesario para mantener a toda la familia, mientras Olive se ocupaba de la casa y los niños, y Moulton, ya liberado de la enseñanza, se dedicaba a sus ideas (pues, según su teoría, las mujeres trabajaban mejor que los hombres). Olive vestía con ropas de hombre y usaba unos brazaletes metálicos que sirvieron de inspiración para el traje de Wonder Woman. El hogar de los Moulton debía de ser un lugar digno de visitarse.

Así las cosas, “en otra parte de la ciudad”, como se dice en los cómics, el editor M. C. Gaines necesitaba el respaldo de algún prestigioso psicólogo para certificar las bondades de las historias de superhéroes que publicaba, y le encargó un informe psicopedagógico a William Moulton. Éste le hizo notar la falta de una mujer superheroína, para que las niñas pudieran identificarse con un modelo de mujer fuerte, y le propuso crear una. Así nació, en 1941 y con intenciones didácticas y de propaganda feminista, la Mujer Maravilla.

Inspirada en Superman, la heroína de Moulton era una princesa de una isla de mujeres guerreras. Emigrada a los Estados Unidos, adopta una identidad secreta por el simple método de ponerse o quitarse unas gafas (si le funcionó a Clark Kent, ¿por qué no a ella?). Cuando se trasforma en Wonder Woman, ayuda a los americanos a combatir a los nazis.

La utopía feminista de Moulton tenía sus antecedentes: Herland, novela de Charlotte Perkins Gilman (1916), contaba la historia de una fantástica isla habitada exclusivamente por poderosas mujeres guerreras, que se reproducían, como las plantas, por partenogénesis, y se burlaban de los hombres por blandengues. Estas visiones se basaban en el mito clásico de las amazonas, del que también se inspiró Moulton.

Claro que, la Mujer Maravilla, era un modelo de mujer fuerte e independiente según la idea de mujer fuerte e independiente que tenía Moulton: la superheroína se pasaba atada como una salchicha buena parte de los episodios que protagonizaba. Pero no solo ella: en la isla de las amazonas de donde provenía, las ataduras formaban parte de la diversión de cada día. Las guerreras se ataban y se azotaban unas a otras todo el tiempo. Ni que decir que los jueguecitos con cuerdas también eran del gusto de las archienemigas de la Mujer Maravilla, unas supervillanas con mucha afición a los látigos, las cadenas y el cordaje en general. Hagamos un repaso de algunas de las más representativas:

Eviless, una carcelera de prisiones proveniente de Saturno, enfundada en un traje de cuero rojo con taconazos y armada con un látigo, al mando de un ejército de dominatrix vestidas con ceñidísimos trajes de cuero; Pepita, matadora de toros mexicana y espía nazi; Giganta, una gorila transformada en mujer forzuda gracias a la energía atómica; Cheetah, guerrera embutida en un traje de piel de leopardo… Como podemos ver, todas mujeres de pelo en pecho y de armas tomar.

Tal era el despliegue de cuerpos encordados que el pobre Gaines, el editor, se vio en la obligación de exigirle a Moulton, por carta, que disminuyera al menos en un 75% la presencia de escenas de sumisión con cadenas y cuerdas en los episodios de la Mujer Maravilla.

La superheroína de Moulton tuvo un éxito arrollador, desde el mismo momento en que se publicó su primer aventura. Aunque hay que decir que el éxito lo tuvo sobre todo entre los lectores varones.

Sin embargo, apenas cinco años después de su creación, William Moulton Marston murió, dejando a su superheroína en manos de una industria del cómic cada vez más pacata y conservadora, que la fue relegando al nivel de secundaria, de chica guapa acompañante de los superhéroes masculinos. La era de las mujeres libres y poderosas había acabado. De momento.

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Genios incomprendidos de la música: Muzak

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Bach, Mozart, Beethoven, Muzak. Esa es la línea ascendente que marca la evolución de la música en la cultura occidental. Pero resulta que Muzak no es una sola persona, sino toda una empresa. Una empresa que, con riguroso método científico, se dedicó a fabricar música especialmente concebida para hacernos trabajar hasta morir pero sin perder la sonrisa.

Todo comenzó con un general del ejército de los Estados Unidos llamado George Owen Squier, que inventó un sistema –el Multiplex– capaz de enviar información analógica a través del cableado eléctrico. De esta manera, se podía enviar música directamente a cualquier punto de la ciudad que dispusiera de instalación eléctrica, por ejemplo, una fábrica. Entonces alguien pensó que esa música podría, ya de paso, servir para algo: algo como que la gente trabajara más mientras la escuchaba.

Para esto era necesario utilizar una música hipnótica, que impulsara al obrero a generar, como en estado de trance, un flujo de trabajo constante y eficiente durante todo el día. Pero, claro, una música capaz de hacer tal cosa todavía no estaba inventada.

Así nace, en 1922, Muzak, una grandiosa empresa formada por técnicos, científicos y psicólogos encargada de generar el milagro y proveer de música mesmerizante a medida y por encargo para sus clientes (fábricas y grandes empresas, básicamente), dando nacimiento a lo que se conocería mundialmente como “hilo musical”. 

Puesto que esta música debía cumplir una función muy concreta –incrementar la productividad– los genios de Muzak hicieron un trabajo científico pionero en la comprensión de la manera en que la música se relaciona con el estado de ánimo y la conducta. Contaban, además, con un plantel de músicos estable que grababa las composiciones, siguiendo sus estrictas pautas. Luego, la música se transmitía –a través de la red eléctrica– por unas cajas provistas de altavoces, similares a un equipo de radio, que la compañía distribuía, y que, colocadas en cada despacho, sala, oficina o taller, no dejaban nunca de sonar, para beneficio del progreso material.

Muzak se dedicó a facturar tanto composiciones propias como versiones de temas ya populares. Y es aquí donde debemos reconocerles la más alta cota de genialidad: hacia los años 40 los ingenieros de Muzak habían perfeccionado su técnica: Lo primero era quitar la letra y la voz, paso fundamental para despersonalizar la canción elegida. La música de Muzak era, por este motivo, siempre instrumental. Después venían los arreglos: se procedía a simplificar el rango tonal, llevando todo a los tonos medios, saltándose tanto los molestos agudos como los graves, “aplanando” el sonido lo más posible, para evitarle al oyente el más mínimo sobresalto. El principio rector de la música de Muzak era pasar totalmente desapercibida. Se limaba el sonido con sedosos y acariciantes arreglos de cuerdas, y se reducían al máximo percusiones y demás instrumentos chirriantes . Aplicaban además un procedimiento al que llamaron “Stimulus-Progression”, que consistía en ciclos que aumentaban levemente, cada quince minutos exactos, la intensidad y el ritmo de la música, para generar en el oyente un “subidón” que lo mantuviera embobado pero despierto y lo hiciera aumentar el ritmo de trabajo a lo largo del día. La empresa floreció especialmente durante los años de la segunda guerra mundial, cuando se hizo necesario estimular locamente la producción en todas las fábricas del país. Era sonar Muzak, y no parar de fabricar zapatos, misiles o lo que fuera.

En poco tiempo la música de Muzak acabó dominando el mundo, consiguiendo unos cien millones de oyentes. La compañía estableció estudios de grabación (y orquestas estables) por toda norteamérica. Sus interpretaciones sonaban en todas partes, como omnipresente banda sonora de nuestra vida (laboral). Hasta el presidente Eisenhower mandó instalar, en los años cincuenta, aparatos de Muzak por toda la Casa Blanca.

No les faltaron detractores, sin embargo: hubo quien calificó los métodos de Musak de “pura pseudociencia”, aduciendo que solo se trataba de musiquilla intrascendente, y que no estaba probado que consiguiera aumentar el ritmo de trabajo o la productividad de los empleados. Muzak siempre se defendió jurando una y mil veces que su sistema de composición, arreglos e interpretación era infalible en la tarea de lavar el cerebro y producir zombis que trabajaran sin descanso. Otros llamaron a sus producciones “música de ascensor” o “música para aeropuertos” de forma despectiva, sin llegar a entender nunca que el sonido intrascendente era justamente el gran objetivo de Musak. Objetivo alcanzado generosamente, hay que decir, puesto que, aunque la hayamos oído mil veces, es completamente imposible recordar nada de su música.

Pero eso fue la gran tragedia de Muzak: haber conseguido crear una música que pase completamente desapercibida, que nadie recuerde, que a nadie distraiga ni llame la atención fue sin duda el principal motivo por el que hoy no se coloque a Muzak en lo más alto del podio de la creación musical. Porque mientras año a año se celebran grandiosos festivales en honor de un juntanotas como Wagner, la música de Muzak no goza hoy del reconocimiento que se merece. ¿Qué otra cosa sino sopor produce El Anillo del Nibelungo, comparado con la versión Muzak de Amapola, que ha puesto a trabajar de 8 a 17 hs a generaciones enteras?

Hacia mediados de la década de los sesenta, y según crecía la tendencia que asociaba la música a la rebeldía, la influencia de Muzak fue declinando, y ya con el cambio de siglo acabó absorbida por la compañía Mood Music, un proveedor de música enlatada de todo tipo, que sin embargo aún conserva un pequeño apartado de “la vieja y tradicional música de ascensor”. Un melancólico final para la música intrascendente más trascendente de la historia.

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Más fiable que el WhatsApp: la precipitación postal de los Mahatmas

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Vamos a hablar hoy aquí del sistema de mensajería más revolucionario de los últimos siglos. Más barato que el correo electrónico, más eficaz que el Messenger, más rápido que el WhatsApp. Vamos a hablar de los Mahatmas y su exclusivo método de precipitar cartas directamente, como quien dice, sobre la cabeza del destinatario. Nunca se ha visto nada igual.

Aclaremos que con lo de “cartas precipitadas” no nos estamos refiriendo a mensajes escritos con prisas, sino, literalmente, a misivas caídas desde el cielo, materializadas a partir de la nada: cartas que se solidifican como en el precipitado de un experimento de química, un procedimiento tan eficaz como sorprendente.

Empecemos por el principio: ¿quienes son estos Mahatmas? También conocidos como “maestros ascendidos”, los Mahatmas son unos misteriosos sabios que viven en lo más alto del Himalaya, en el Tíbet. Aunque a juzgar por los únicos retratos que existen de ellos, muy tibetanos no parecen.

¿Y a qué dedican el tiempo libre? Pues a mantener una lucha secreta sin cuartel por el destino del cosmos, contra las fuerzas oscuras, nada menos. Como unos caballeros jedi que en lugar de espadas láser utilizan la correspondencia como arma definitiva.

Estos señores de mirada intensa casi nunca se dejan ver por el común de los mortales. Casi. La excepción se llama Helena Petrovna Blavatsky, más conocida como Madame Blavatsky, quien tuvo el privilegio de ser discípula de dos Mahatmas: el maestro Morya y el maestro Kuthumi, y de haber intercambiado con ellos un montón de cartas precipitadas, directamente desde las alturas del Himalaya hasta la sede de la Sociedad Teosófica, una sociedad para el perfeccionamiento espiritual que Blavatsky fundó y dirigió con mano de hierro allá por finales del siglo XIX. El movimiento teosófico llegó a tener una enorme influencia entre las más variadas personalidades de occidente, entre las cuales había artistas, intelectuales y políticos. Las cartas precipitadas de los Mahatmas contribuyeron grandemente a definir el clima espiritual de la época, pero lo que nos interesa aquí no es el contenido, sino la forma en que las cartas se enviaban: la precipitación.

El procedimiento era el siguiente: durante las reuniones, a alguno de los ilustres miembros de la Sociedad Teosófica le caía sobre la cabeza un sobre dirigido a su nombre. El sobre contenía una carta, que podía ser un breve mensaje o una extensa misiva de varias páginas, y que acababa siempre con la firma de algún Mahatma. Los miembros de la sociedad las denominaban “cartas precipitadas” por la curiosa costumbre de caer, literalmente, sobre la teosófica cabeza del destinatario. Aunque no siempre se recibía el mensaje de forma tan directa: puesto que era posible que la persona a la que se le remitía no estuviera presente en ese momento en la sala, la carta se materializaba entonces dentro de un gabinete ubicado justo al lado de las estancias personales que Madame Blavatsky ocupaba en la amplia casona que servía de sede a la Sociedad.

Las cartas de los Mahatmas hablaban de todo un poco, sobre esto y aquello, de las cosas divinas y humanas. A veces daban profundos consejos espirituales, y otras hablaban del tiempo o de bueyes perdidos. Pero nunca faltaba una recomendación para que el remitente atendiera las necesidades materiales de Madame Blavatsky, la intermediaria. Lo más importante para los Mahatmas era el bienestar de Blavatsky. Esto dio pie a más de un malpensado a sugerir que las cartas las escribía la propia Madame Blavatsky, claro. Ya sabemos que la gente es mala y comenta.

El caso es que Blavatsky era muy austera: conque dispusiera de ropa, comida, una casa amplia situada en un buen barrio y dinero en efectivo para sus múltiples viajes, pues casi que no necesitaba más. Afortunadamente, los teósofos que recibían las cartas de los Mahatmas eran lo suficientemente asquerosamente ricos como para atender esas pequeñas necesidades sin demasiados problemas. Mientras vivió, y gracias a las cartas de los Mahatmas, Madame Blavatsky dispuso siempre de una muy sencilla mansión y una cuenta muy corriente en el banco.

Hay que decir que los suspicaces acusadores contaron con la inestimable confesión de los caseros de la sede de la Sociedad Teosófica, un matrimonio que se encargaba de las tareas de mantenimiento en la finca, y que acabaron declarando que había un sistema de pasadizos, paneles corredizos y trampillas entre las habitaciones de Blavatsky y los techos de los salones, a través de los cuales se dejaban caer las cartas. Pero tan absurda acusación pronto fue desactivada, al comprobarse que los calumniadores habían sido despedidos recientemente de sus puestos por la propia Blavatsky, y seguramente buscaban vengarse de la buena mujer desacreditando a los Mahatmas. Y sí, era cierto que los pasadizos existían, pero se comprobó que estaban sólidamente sellados. Caso cerrado.

Los Mahatmas, por otra parte, escribían de manera muy diferente: mientras el maestro Kuthumi utilizaba siempre tinta azul, y tenía una caligrafía aplicada, el maestro Morya, en cambio, escribía a lo loco, con tinta roja y letra ágil, garabateada en renglones torcidos.

Las perlas de sabiduría que destilaban los Mahatmas en sus comunicados fueron muy importantes para la difusión de la teosofía, aunque surgieron acusaciones de que párrafos enteros de estas cartas repetían palabra por palabra páginas del libro de un conocido oculista y espiritista americano. A primera vista pudiera parecer un claro caso de plagio, pero Madame Blavatsky explicó que, seguramente, los Mahatmas, allí en lo alto del Himalaya, pudieron haber leído una copia del mencionado libro en el plano astral, y ciertos párrafos pudieron luego surgir en las cartas de manera subconsciente.

Después de la muerte de Helena Blavatsky, en 1891, toda esta febril actividad mahatmática postal prácticamente se esfuma, lo que evidencia lo mucho que les debió haber afectado a los Mahatmas la desaparición de su principal discípula. Con el nuevo siglo, la influencia de la teosofía fue declinando hasta casi desaparecer. Y en cuanto a los Mahatmas, solo podemos suponer que seguirán precipitando cartas sobre quién sabe qué cabezas, sin obtener respuesta. 

En la British Library de Londres se conservan muchas de las cartas de los Mahatmas, un auténtico tesoro que, de hecho, se puede consultar, previa solicitud de un permiso especial.

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¡¡Y mis colegas decían que estaba loco!!… ¡¡Loco!!

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Un actor que comienza haciendo Shakespeare y acaba de profesor chiflado en una producción mexicana junto al luchador Mil Máscaras puede tomarse a simple vista como un declive profesional, pero para este modesto blog la trayectoria de John Carradine, que es de quien estamos hablando, es la de un Dios de la interpretación. 

Y es que hay cientos, miles de actores de talento capaces de encarnar a Hamlet, pero muy pocos podrían salir airosos interpretando el papel de científico demente que acaba de dar vida a una teta gigante. John Carradine hizo eso (en el mejor y más memorable sketch de Todo lo que usted siempre quizo saber sobre el sexo, pero temía preguntar, de Woody Allen) y mucho más.

John Carradine (1906-1988) comenzó su carrera de actor en producciones teatrales shakespereanas, y a su llegada a Hollywood trabajó en varios westerns a las órdenes de John Ford, pero poco a poco se concentró en las películas de horror y ciencia ficción por las que acabaría pasando a la historia. 

Sin embargo, mientras otros maestros del terror —Lugosi, Karloff— alcanzaron el pleno reconocimiento, Carradine cayó un tanto en el olvido. De todos los que encarnó a lo largo de su prolífica carrera, su gran personaje fue, sin duda, el de científico demente (¡demente a los ojos de la sociedad, John, no para nosotros, desde luego!).

Es característica su figura delgada y su porte aristocrático, siempre enfundado en una bata blanca de científico, delante de un montón de probetas, retortas, cables e interruptores, en un laboratorio repleto de lucesillas parpadeantes e incierta tecnología.

Esta figura, la del Mad Doctor, es la del hombre de genio que se salta las normas para desafiar a la naturaleza, para trascenderla. Y lo hará sin detenerse ante nada, porque como dijo Cantoná: “el fin justifica los medios”. Es un antihéroe de la estirpe de Adán, aquél que mordió la fruta prohibida del árbol del conocimiento y se ganó la expulsión. Por contra, el héroe que se le opone es siempre un personaje timorato y reaccionario, un pusilánime que acabará destruyendo la obra del genio en nombre del sentido común. La humanidad, según los principios de este aguafiestas, no debe traspasar nunca ciertas fronteras.

Pero vayamos a la obra del gran Carradine, o, al menos, a la parte de ella que nos interesa especialmente. Nuestro hombre ya destaca en La salvaje cautiva (Captive wild woman), una película de los años cuarenta, como un científico que, por medio de un “tratamiento glandular”, transforma a un tremendo gorila en una hermosa muchacha que, eso si, no dice ni una palabra en toda la película (el papel de la sensual chica-gorila lo interpreta la espléndida modelo Acquanetta, que a pesar de haber nacido en Wyoming los estudios la presentaban como “el volcán venezolano” para acentuar su exotismo). Después de esto, la carrera de Carradine solo puede ir a mejor.

Otro “experimento glandular” lo encontramos en De otro mundo (The Unearthly), película en la que Carradine interpreta a un psiquiatra demente, valga la redundancia, que, junto a su ayudante Lobo (el luchador Tor Johnson) realiza intervenciones quirúrgicas para hacer más longevos a sus pacientes depresivos, pero acaba transformándolos en zombis (efectos secundarios, se le llama a eso en medicina). La película está basada en un guión de Ed Wood, no hace falta decir más.

En Billy the Kid versus Drácula nuestro hombre vuelve al territorio del western, pero esta vez para interpretar nada más ni nada menos que al mítico conde transilvano, que viaja al lejano oeste para sorber la sangre de una bella joven y apropiarse de su rancho, todo con la ayuda de una tribu de comanches. Pero sucede que el prometido de la bella es el célebre bandido Billy el Niño, que se ha reformado y a sentado la cabeza, y que será el encargado de enfrentar al vampiro y salvar a la dama.

Parece difícil superar esta cota, pero el gran Carradine lo consigue en Los Astro-zombis, en donde vuelve a calzarse la bata blanca para encarnar a un científico que, asistido por su ayudante jorobado, se dedica a crear una raza de superhumanos alimentados por energía solar, a partir de cadáveres de criminales. Tura Satana, la bailarina exótica y experta en artes marciales interpreta el papel de la agente de una red de espías interesada por los experimentos del doctor. 

En Monstruos hambrientos (Horror of the blood monsters), una cinta de ciencia ficción y terror con vampiros espaciales, cavernícolas, hombres-cangrejo y dinosaurios, hecha en su mayor parte con trozos y restos de rodaje de otras producciones anteriores, se nota que el maestro interpreta sus escenas sin probablemente tener ni idea de sobre qué va la película. Muchos años después, nosotros mismos seguimos sin saberlo. Pero Carradine, ajeno a todo, suelta sus frases con su habitual convicción (y una cierta perplejidad) y nos regala otro de sus científicos locos y geniales, esta vez dirigiendo una expedición al planeta de los cavernícolas-vampiros.

El mismo procedimiento de cortar y pegar metraje de películas anteriores (un involuntario homenaje a Frankenstein) se utiliza en El hombre con el cerebro sintético (Blood of ghastly horror), con Carradine haciendo del consabido doctor que, esta vez, implanta un dispositivo electrónico en el cráneo de un veterano de vietnam convirtiéndolo en un psicópata asesino. La policía consigue acabar con él, pero el padre del psicópata, que casualmente es un antropólogo especializado en vudú, lo resucita y lo convierte en un zombi vengativo.

Y podríamos seguir, pues la producción del maestro (unas doscientos cincuenta películas) parece no tener fin. Agotado el filón de Hollywood, participó también en producciones mexicanas (Las vampiras) o filipinas (Beast of the Yellow Night).

En muchas de ellas supo también autoparodiarse, como Raphael. (desde luego en la ya mencionada cinta de Woody Allen).

¡¡Y por si todo esto fuera poco, además John Carradine fue el papá de Kung Fu!! Sencillamente. insuperable. ¡Larga vida al doctor demente!



Listado de películas recomendadas: 

Captive Wild Woman (1943)

The Unearthly (1957)

The Wizard of Mars (1965)

Billy the Kid versus Dracula (1966)

Las vampiras (1968)

The Astro-Zombies (1969)

Horror of the blood monsters (Vampire Men of the Lost Planet) (1970)

Blood of ghastly horror (The Man with a Synthetic Brain) (1972)

Everything you always wanted to know about Sex, but were afraid to ask (1972)

Evils of the night (1985)

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