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Mi novia es un ectoplasma

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Bien dicen que el amor no sabe de fronteras, y esto es especialmente cierto cuando hablamos del espiritismo, aquel culto que hizo furor entre las elites ilustradas del siglo XIX. Estamos pensando especialmente en la hermosa e inquietante relación que unió fugazmente a todo un premio Nobel de ciencias con el espíritu materializado de una muchacha muerta doscientos años antes.

Anunciado por sir Arthur Conan Doyle como “el acontecimiento espiritual más importante desde el nacimiento de Jesús”, el movimiento espiritista no paró de crecer desde que a mediados del siglo XIX unas adolescentes norteamericanas, las hermanas Fox, se comunicaran por vez primera con el espíritu de un difunto. A partir de ahí, los más célebres mediums  (nombre con el que se conoce a los oficiantes de las sesiones de espiritismo) se pasearon por medio mundo, dando sesiones privadas ante la reina de Inglaterra o el mismísimo zar de Rusia, y fascinando a buena parte de la intelectualidad europea. Los mediums de entonces llegaron a tener categoría de estrellas, generando episodios a cual más sorprendente. Cuentan que cuando una de las hermanas Fox contrajo matrimonio, la tarta de bodas levitó. El célebre medium D. D. Home también levitó en medio de una sesión hasta quedar en horizontal contra el techo, y en esa posición salió por una de las ventanas de la sala para entrar por otra inmediatamente después. Los hermanos Davenport llenaban los teatros de las grandes capitales europeas, haciendo sonar instrumentos musicales mientras permanecían atados de pies y manos a una silla.

Pero sin duda, todos estos prodigios se quedaban pequeños ante el fenómeno más impresionante producido por los mediums más dotados de la época: la materialización de personas venidas del Mas Allá, a través de la exudación de ectoplasma.

Para quien nunca se haya encontrado con la palabra, el ectoplasma es una sorprendente substancia que segregan los propios mediums a través de los orificios corporales, generalmente la boca, la nariz o las orejas. Es una materia viscosa y blanquecina, ligeramente fosforescente. Se desprende del cuerpo del medium como una emanación, como un denso humo, y luego va adoptando formas y tomando consistencia, hasta materializarse en manos, rostros, y en casos excepcionales, en personas enteras, tomando la perfecta apariencia de vida orgánica real. Tal era la habilidad de una poderosa medium llamada Florence Cook, una de las protagonistas del extraño affaire que hoy queremos recordar aquí.

Florence Cook contaba tan solo quince años cuando sus extraordinarios poderes mediumicos llamaron la atención de la prensa y de la sociedad londinense. Tanto, que sir William Crookes, el eminente científico y Nobel de química, descubridor del talio –uno de los elementos de la tabla periódica– y uno de los más destacados investigadores de su época, decidió participar en una de las sesiones de la joven medium, con la higiénica intención de someter el acto a pruebas científicas estrictas y desenmascarar el previsible fraude.

Y así comenzó la primera sesión, una tarde de 1872: con las luces tenues, como es habitual, la medium se mete en un gabinete oculto tras un cortinado, fuera de la vista de los presentes. Minutos después sale una joven vestida totalmente de blanco, que se pasea entre los atónitos concurrentes. Ante las preguntas que se le hacen, la emanación ectoplásmica dice llamarse Katie King, de 23 años, y afirma llevar muerta unos doscientos años. Luego desaparece otra vez tras las cortinas, de donde al tiempo vuelve a emerger Florence Cook, ya de vuelta de su trance. La sesión se vuelve a repetir tarde tras tarde, con el mismo resultado. Sir William pregunta a la joven espectral si puede tocarla, y comprueba así la extraordinaria carnalidad de la aparición: su piel es firme y cálida, diríase que sin ninguna diferencia aparente con la de cualquier muchacha viva. Katie King charla con los concurrentes, contesta a todas las preguntas, y se pasea alegremente por la sala durante un buen tiempo, antes de regresar al gabinete en donde es reabsorbida por la medium.

Algunos asistentes se muestran escépticos. Afirman que Katie King y Florence Cook son tan parecidas que se diría que son la misma persona con distintas ropas. Pero sir William Crookes no comparte esa opinión. Él sostiene que, mientras la medium es una muchacha sin especial interés, el ectoplasma es una joven fascinante. Florence, dice, es más bajita. Su pelo es castaño y su piel morena. Katie, en cambio, tiene preciosos cabellos de un tono claro, y es más alta y grácil. “El cuello de Katie era anoche limpio; la piel perfectamente lisa tanto a la vista como al tacto, mientras que el de la srta. Cook es más ancho y más áspero”, escribe. Tan encantado está el científico con el espectro materializado, que la visita regularmente durante los siguientes tres años, casi cada día, en sesiones nocturnas. Sus conversaciones son largas y animadas, mientras se pasean del brazo por la sala en penumbra. Un buen día, sir William le pide a Katie que le permita fotografiarla, y así llega a obtener unas cuarenta y cuatro placas de la joven ectoplásmica.“Pero la fotografía es tan inadecuada para resaltar la perfecta belleza de la cara de Katie, como las palabras son impotentes para describir de alguna manera sus encantos. La fotografía puede dar de hecho un mapa de su cara; pero ¿cómo puede ella reproducir la pureza de su tez brillante, o la expresión de sus gestos ahora eclipsada por la tristeza de recordar alguna de sus amargas experiencias en su última vida?” apunta emocionado Crookes en sus escritos sobre el caso. Tanto lo fascina Katie que hasta llega a dedicarle apasionados poemas.

Pero la relación de sir William Crookes con la jovencísima Katie es imposible, debido a la diferencia de edad: ella tiene casi doscientos años más que él. Finalmente, la dama espectral toma una difícil decisión: no volverá a materializarse nunca más. Crookes lo acepta con resignada entereza. En la última sesión le lleva un gran ramo de lirios, a manera de despedida.

Con el correr de los años, los ectoplasmas prácticamente dejaron de manifestarse. Las malas lenguas dicen que la popularización de la luz eléctrica en todos los hogares modernos acabó matando al espiritismo, cuyas sesiones se hacían a la tenue luz de las lámparas de aceite. Quién sabe. Lo que sí es seguro es que la luz eléctrica mató, definitivamente, al romanticismo.       

 

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27/10/2013 22:01 wilbur mercer #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La inteligencia se puede comer

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El hombre era el centro de la creación, estaba en la cima del mundo, era el rey del mambo. Pero entonces llegó Charles Darwin, y el hombre bajó de la cima para ser un animal más, aunque con una ventaja evolutiva: su inteligencia. Así fue hasta que llegó Oscar Kiss Maerth, con su teoría y sus descubrimientos, y colocó al hombre en el sitio que realmente le corresponde, muy por debajo del resto de los seres vivos en la escala de la evolución: un mono trastornado, caníbal, antinatural y degenerado, camino de su autodestrucción.

Era evidente que la teoría de la evolución de Darwin dejaba muchos huecos, demasiadas preguntas sin respuesta satisfactoria: el salto evolutivo del mono al homo sapiens era demasiado grande. Kiss Maerth elaboró a cambio una teoría del origen del hombre mucho más consistente: la evolución no se dio en el ser humano de manera natural, sino mediante un procedimiento claramente contranatura: la manipulación del propio cerebro a través del canibalismo.

En tiempos prehistóricos, algunos simios se dieron cuenta de que comiendo el cerebro de otros simios, conseguían un aumento en su vigor sexual. Cegados por la lascivia, dicha práctica se extendió. Más tarde, se dieron cuenta de que la ingesta de cerebros de sus congéneres les proporcionaba además un aumento duradero de su inteligencia. Como consecuencia, su masa encefálica creció exponencialmente, empujando la bóveda craneal. Pero el hueso no dio lo suficiente de sí, y el enorme cerebro se comprimió, generando episodios de agresividad extrema y locura. El deseo sexual se extendió más allá del período natural del celo, y una inteligencia retorcida se engendró dando a este mono asesino y caníbal la pronta supremacía entre los seres vivos. El exceso de inteligencia, biológicamente infundada, nos demuestra a las claras que el ser humano no fue el resultado de una evolución natural, ni de una evolución sana. El hombre se ha hecho a sí mismo contradiciendo a la naturaleza, mediante la manipulación de su propio cerebro.

De todo esto dejó constancia el húngaro Kiss Maerth en 1970, en su célebre libro "En el principio era el fin", un auténtico bombazo que dinamitó el frágil edificio de la teoría de la evolución de Darwin. 

Kiss Maerth describe en su libro cómo el cerebro tiene que estar fresco para mantener intactas todas sus propiedades alimenticias, por lo que los simios caníbales debían comerlo directamente del cráneo de su víctima agonizante. No tardaron mucho en descubrir que era más nutritivo el cerebro de los propios monos caníbales, que los procedentes de simios normales, por lo que los futuros humanos empezaron a comerse entre sí. Las pobres hembras recibían una alimentación a base de cerebros menos abundante que la de los machos, lo que para Kiss Maerth explicaría perfectamente el, a su juicio, menor desarrollo intelectual de la mujer. 

Pero los simios no son carnívoros por naturaleza. Y como ocurrió hace poco tiempo con las llamadas "vacas locas", que por comer piensos de origen animal acabaron perdiendo el norte, aquellos monos caníbales se trastornaron irremediablemente. Entre su dieta antinatural y la tremenda presión de sus cerebros aumentados atrapados en un cráneo demasiado estrecho para contenerlos, la degeneración de la especie, hasta llegar a lo que somos hoy en día, fue inevitable. Entonces, la auto-trepanación de sus cabezas ayudó a disminuir la dolorosa presión intracraneal que sufrían constantemente. Otra práctica habitual fue la deformación de las cabezas mediante el uso de tablillas de madera que se ataban fuertemente al cráneo desde la infancia, para que este se fuera abombando poco a poco hacia arriba. Cráneos así se han encontrado en excavaciones arqueológicas de América, Europa y África, al igual que cientos de miles de calaveras trepanadas.

Pero el libro de Kiss Maerth no solo acabó con la teoría darwiniana de la evolución, tampoco dejó muy bien parada a la cosmovisión cristiana, que parte de la ahora insostenible idea de que Dios hizo al hombre "a su imagen y semejanza". Sin embargo, Kiss Maerth opinaba que, al menos a un nivel simbólico, la Biblia presenta un cuadro bastante acertado de la creación: tal como se describe en el Génesis, el hombre comió del "fruto prohibido", del fruto del conocimiento, y por esta acción se condenó. Evidentemente, el fruto del conocimiento no es otro que el propio cerebro, un fruto "prohibido" puesto que comerlo implicaba caer en el canibalismo. Pero el hombre, incitado por "la serpiente", símbolo del impulso sexual, cedió a la tentación gastronómica, y por ello sufrió la caída. En el paraíso el hombre vivía en armonía con todos los animales (señal irrefutable de que entonces era vegetariano). Y por comer del fruto prohibido, Kiss Maerth sostiene que el hombre se condenó al trabajo, su castigo eterno (puesto que las nuevas “inquietudes” y la tremenda ambición de su nuevo cerebro lo obligaron a tener que trabajar a perpetuidad).

“En el principio era el fin” se convirtió rápidamente en un best seller, pero tal fue el impacto de su teoría que pronto pasó a ser un libro maldito y raramente se volvió a editar. Como curiosidad, el grupo de pop vanguardista Devo, cuyos miembros eran admiradores de la teoría de Maerth, reprodujo en la cubierta de su disco de 1988 "Ahora se puede decir" la portada de la primera edición en inglés de “En el principio era el fin”, en la que se veía, recortada sobre un fondo rojo, una de esas cabezas con el cráneo deformado hacia arriba y con un agujero de trepanación en la frente. Se llegaron a vender muchas camisetas con esta imagen.

Oscar Kiss Maerth, que pasó sus últimos años retirado en una casa al borde del lago Como, al norte de Italia, predijo que la propia dinámica del accionar humano, su hiperactividad, afán de competencia y conquista, su locura y violencia innatas, lo llevarían a volver al canibalismo del que alguna vez surgió, empujado por las hambrunas que nos esperan debido a la creciente superpoblación. Su consejo: el hombre debe volver a ser vegetariano (él lo era de manera estricta), y deberá alterar su cráneo para lograr una cabeza en forma de cono que libere la presión a que está sometido nuestro cerebro. Quizás así, como una renovada raza de caraconos veganos, recuperemos la cordura y nos salvemos.

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El Integratrón: la cúpula de la eterna juventud

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Si por algo se caracteriza nuestro tiempo es por haber convertido la juventud y la salud en una nueva religión. De ahí que no nos sorprenda la existencia de un templo en donde el paso del tiempo se clausura, una cúpula que funciona como máquina del tiempo, y en donde podríamos permanecer eternamente jóvenes siempre y cuando no nos moviéramos de allí.

Sueño de alquimistas, la búsqueda de esta Fuente de la Eterna Juventud viene de lejos. Ya el gran Alejandro viajó incansablemente buscando sus esquivas huellas. También los conquistadores españoles de la Florida recorrieron leguas interminables para dar con ella. Pero fue a un hombre inspirado y genial llamado George Van Tassel, al que se le ocurrió la idea única y sorprendente de construirla.  

Van Tassel era un ingeniero aeronáutico que un buen día de 1947 decidió instalarse en una cabaña en pleno desierto de Mojave, en California, en mitad de la nada, y a los pies de una extraña roca gigantesca que se conoce con el imaginativo nombre de Giant Rock, venerada por las tribus locales desde tiempo inmemorial. Para cuando George Van Tassel se instala allí, la roca tenía fama de ser un faro para el aterrizaje de nuestros hermanos del espacio exterior y sus platillos volantes. A principios de la década del cincuenta, una larga fila de buscadores de ovnis acudían hacia aquel solitario e interminable desierto, incluyendo a una larga lista de abducidos y contactados por visitantes del espacio. Van Tassel decidió entonces montar la primera Convención Interplanetaria de Naves del Espacio de Giant Rock, una especie de Fitur pero a nivel galáctico, preparada para recibir a visitantes terrestres y extraterrestres por igual, para lo cual habilitó cerca de la roca gigante un aeropuerto y cafetería, además de una zona para tiendas de campaña.

La Convención se realizó con éxito creciente cada año durante el siguiente par de décadas. Por ella desfilaron todos los más famosos abducidos, que iban allí a dar conferencias, firmar autógrafos y presentar sus libros. De hecho, el propio Van Tassel, al poco tiempo de vivir en Giant Rock, entró en contacto con visitantes del planeta Venus, con los que intercambió valiosísima información tecnológica. Los venusinos, al parecer, son seres como nosotros, pero mucho más pacíficos y espiritualmente avanzados. Son rubios y algo tímidos, y han declarado estar muy preocupados por el destino de la humanidad. 

El propio Van Tassel hacía en cada una de aquellas convenciones una demostración de sus conversaciones con los venusinos, a través de un sistema de su invención, llamado adáfono, con el que tenía línea directa con los extraterrestres. Algunos escépticos llegaron a denunciar que, durante aquellas comunicaciones, Van Tassel se limitaba a hablar consigo mismo poniendo diferentes voces.

Pero volvamos a lo nuestro: a instancias de lo aprendido con los venusinos, Van Tassel decide iniciar entonces la construcción de un edificio que, concentrando las energías electromagnéticas de la tierra, funcionara como una fuente de la eterna juventud. El principio era simple: el edificio, en forma de cúpula, concentraría en grandes cantidades un tipo de energía que "recargaría" las células, recomponiendo los tejidos y manteniendo a la persona joven para siempre. una máquina del tiempo en toda regla. O más precisamente, una "máquina de rejuvenecimiento". como la llamó su creador.

Van Tassel dedicó los próximos veinticinco años a la construcción del Integratrón, como denominó a su cúpula de la eterna juventud.

El Integratrón acabó siendo un ejemplo de arquitectura único en el mundo. Al menos en este mundo. Es una construcción en forma de cúpula de unos 12 metros de altura por 15 de circunferencia, construído íntegramente en madera y fibra de vidrio. Su ubicación geográfica es fundamental para su correcto funcionamiento, pues depende de los campos magnéticos que envuelven la Tierra. En el interior de la cúpula, la concentración de energía electromagnética es tal que hace que las células del cuerpo humano se realimenten  y se recompongan, invirtiendo la flecha del tiempo y devolviendo la juventud al afortunado visitante.

El dinero para financiar la construcción del Integratrón salió en parte de lo recaudado en la Convención Anual Interplanetaria, y en parte de donaciones privadas, entre las cuales destacan las aportaciones realizadas por el célebre aviador, productor de cine y archimagnate Howard Hughes (quien, al parecer, de vez en cuando se dejaba caer por el modesto aeropuerto de Giant Rock en su avión particular, para probar las exquisitas tartas que la señora Van Tassel preparaba en la cafetería).

Pero lamentablemente George Van Tassel fallece en 1978, sin que el Integratrón estuviera todavía a pleno rendimiento (lo cual es evidente, porque si hubiera sido así, tendríamos entre nosotros a un jovencísimo Van Tassel, hablándonos aún de sus charlas con los venusinos). 

Hoy, sin embargo, y a pesar de la desaparición de su creador, esta auténtica joya de la arquitectura de vanguardia refulge blanquísima en medio del desierto. Si pasan por el Mojave, no dejen de visitarla (la cúpula hoy en día se alquila para eventos y como sala de ensayos, pues al parecer también goza de una excelente acústica).

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El incomparable arte que surgió de la piedra

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No existe en el mundo una obra artística tan sorprendente a la vez que involuntaria como la realizada por un hombre llamado Richard Sharpe Shaver, a partir de unas extrañas imágenes impresas en roca que él mismo descubrió para el mundo y a las que dio el nombre de Libros de piedra.

Las pinturas de Shaver, como decíamos, no tuvieron la intención de ser "arte". Muy por el contrario, surgieron con la intención didáctica de explicar unos sorprendentes hallazgos hechos por su autor más de un par de décadas atrás. Su historia comienza en los años cuarenta. Shaver descubre una extraña raza que habita en las entrañas de la tierra, una especie de robots biológicos mutantes llamados Deros, supervivientes de una antigua civilización que habitó el planeta antes de la aparición del hombre. Comoquiera que sea, estos seres acabaron abandonando nuestro mundo, dejando atrás a algunos de sus miembros y buena parte de sus maquinarias de avanzada tecnología. Con el paso de los milenios estos especímenes acabaron degenerando en una raza perversa, y permanecen hasta hoy ocultos en ciudades decadentes construidas bajo nuestros pies.

Como se pueden imaginar, Shaver corría el riesgo de que algunos no acabaran de creer su historia, por lo que decidió escribirla en forma de reporte y enviarla a la redacción de una revista de ciencia ficción. La revista en cuestión era Amazing Stories, una publicación de modesta tirada. Cuando llegó el voluminoso sobre con la historia, su director, Ray Palmer, en contra de la opinión del resto de la redacción, decidió publicarla.

En su crónica, Shaver describía minuciosamente la forma en que los Deros intervenían en la vida de los hombres: a través de una máquina de rayos, los Deros inoculaban en la mente de algunas personas ideas tremendamente perversas, obligándolos a ejecutar acciones infames en contra de su voluntad. Asimismo, con sus rayos los Deros eran también responsables de algunos fenómenos sorprendentes como la combustión espontánea: docenas de personas en todo el mundo  ardían repentinamente y sin ninguna explicación aparente, a causa de la acción de los rayos invisibles.

Periódicamente, los Deros hacían también excursiones a la superficie, para secuestrar mujeres a las que, luego de torturar y violar, transformaban en comida, pues los Deros al parecer se alimentan de carne humana.

Las primeras informaciones de esta perversa raza degenerada de intraterrestres le vinieron a Shaver en forma de transmisiones dentro de su cabeza, mientras trabajaba con su máquina de soldar en una fábrica de Detroit. Con estas interferencias en su mente descubre la punta de la historia, y más tarde acaba encontrando una entrada a los túneles que llevan hasta las fabulosas cuevas subterráneas en donde habitan los Deros. Durante años Shaver se dedica a recoger información sobre la existencia y los sádicos métodos de aquella raza degradada.

La extensa crónica, aparecida en el número de marzo de 1945 de Amazing Stories, tuvo un éxito arrollador. Miles de cartas de lectores inundaron la redacción, para dar fe de que a ellos en algún momento también les había pasado lo mismo: oían voces dentro de sus cabezas incitándolos a hacer cosas horribles.

El enorme interés despertado por la historia de Shaver animó a la revista a publicar más información. Los torrenciales escritos de Shaver debían ser corregidos y aligerados por el editor, Palmer (pues por lo visto, además del caótico estilo, las descripciones de las maldades de los Deros eran demasiado explícitas para ser publicadas). La revista multiplicó sus ventas durante el tiempo en que publicó los reportes de Shaver. El asunto, que empezó a conocerse como "el Misterio Shaver", adquirió una considerable notoriedad.

Tal interés creciente generó además clubes o sociedades Shaveritas, gente que se reunía para leer y comentar las revelaciones sobre los Deros y sus rayos corruptores.

Pero al tiempo hubo un contraataque desde un bando inesperado: los aficionados a la ciencia ficción, que afirmaban que toda la historia de Shaver era falsa, y que además socavaba el prestigio del género. Ante la presión, la editora de Amazing Stories despidió al director y canceló las entregas sobre los Deros. Hacia finales de la década el asunto comenzó a caer en el olvido, y Shaver se retiró a una vida de aislamiento en el campo, en Arkansas.

Pero no se mantuvo ocioso. Durante sus paseos por el campo, Shaver descubrió que algunas imágenes de escenas de la vida de aquella antigua civilización habían quedado registradas en las piedras, como si de un holograma prehistórico se tratase. Casi veinte años después, Richard Shaver tenía pruebas irrefutables de la existencia de los Deros. Presentó sus piedras al mundo, haciendo cortes transversales para obtener secciones de roca en donde se podían ver imágenes congeladas de los antiguos intraterrestres. Los denominó Libros de piedra. Las imágenes mostraban cuerpos, rostros y escenas completas de estos extraños seres, entrevistas a través de la textura de la piedra.

Pero la gente no acababa de identificar las figuras que Shaver veía claramente. Los Libros de piedra parecían aquellas imágenes en 3D tan populares hace algunos años, en donde a través de una trama de líneas había que adivinar figuras ocultas.

Como recurso desesperado, Shaver decidió entonces transcribir esas imágenes con pintura. Empleando un proyector de juguete para ampliar los patrones de piedra sobre una tabla, las recreó con tintas, pasteles, cera, jabón y otros colorantes. No tenía formación artística, pero poco a poco fue elaborando una serie sorprendente de tablas coloreadas en las que se veía un extraño conjunto de caras y cuerpos entreverados, sin paralelo en el mundo de las bellas artes. Aunque para él aquello no era arte, sino una especie de ayuda visual que permitiera a la gente identificar los rastros de los Deros.

Pero a pesar de esta contundente evidencia el mundo siguió ignorando sus revelaciones. Sumido en la pobreza y el desprecio incesante, Shaver continuó con su labor durante más de una década, hasta su muerte en 1975.

Su editor y amigo Ray Palmer recopiló y editó sus escritos en forma de libro. Este libro, llamado Recuerdos de Lemuria, lo publicó en castellano La Biblioteca del Laberinto. Y también, poco a poco, diversas galerías y museos norteamericanos se van interesando por la involuntaria y maravillosa obra artística de Richard Sharpe Shaver.

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Electrodomísticos sorprendentes: El Acumulador de oraciones

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En una antigua entrada de este santo blog, hablábamos de un sorprendente artefacto, el electropsicómetro, una auténtica máquina religiosa inventada a principios de los años 50 por los inspirados líderes de la Cienciología. Hoy recordaremos otra maquinaria igualmente inquietante, un artefacto cuyo poder divino no le va a la zaga y que podría inaugurar, junto con aquel, una nueva categoría tecnológica a la que llamaremos electrodomísticos (ji ji). Hablamos de la Batería de Energía de Oración, una especie de acumulador desarrollado por una peculiar confesión religiosa que responde al nombre de Sociedad Aetherius. 

Este culto nace en Inglaterra, hacia los años cincuenta. Es una religión peculiar, pero con un rasgo en común con el resto de las confesiones: como todas, esta es también la única religión verdadera. Su creador y principal gurú fue el doctor George King, un atildado británico experto en yoga que en 1954 entró en contacto con entidades extraterrestres y, siguiendo sus consejos, fundó la que quizás sea la primera iglesia erigida en torno a los OVNIs.

El dr. King tomó contacto con los alienígenas en forma de transmisión mental: el día 8 de mayo de 1954 estaba en su casa, solo y al parecer sobrio, cuando oyó una voz que le ordenaba: “¡Prepárate! Vas a ser la voz del Parlamento Interplanetario.” Eran nada menos que los Maestros Espaciales del Sistema Solar, que le hacían una oferta que no podría rechazar. A partir de ese momento el dr. George King comenzó a difundir la Buena Nueva, rodeándose de muchos discípulos y seguidores incondicionales. Nació así la Sociedad Aetherius, que combinaba disciplinas como el yoga (imprescindible para conseguir un estado mental que permitiera sintonizar con los Maestros Espaciales), mas elementos del cristianismo, hinduismo, budismo y otros cultos. Esos Maestros Espaciales eran, según explicó King, unos extraterrestres espiritualmente evolucionados, procedentes de varios puntos del sistema solar, que querían transmitirnos un mensaje de advertencia sobre los peligros que acechan a la humanidad, principalmente en forma de cataclismos, terremotos y otras grandes catástrofes naturales. El doctor King llegó a recibir durante su vida unas 600 transmisiones de los muy locuaces Maestros Espaciales. Estos Maestros (el cabecilla de los cuales era un tal Aetherius), se ofrecían a poner a nuestra disposición su tecnología de avanzada para poder evitar esa serie de catastróficas desgracias.

Y la más importante de estas tecnologías es, con diferencia, un método de invocación y manipulación de energía espiritual por medio de oraciones y rezos, a través de una batería radiónica que acumula y redirige esas energías hacia las causas de aquellos cataclismos, evitando así que se produzcan. Esta sofisticadísima máquina es una caja metálica rectangular, colocada sobre un trípode de madera para que quede a la altura del oficiante. Este, apoyando la mano sobre el artefacto y con la otra mano en alto, formando un mudra, se dedicará a repetir oraciones durante una hora (generalmente mantras, como el clásico ommm...), rezos que van recargando el acumulador. De esta manera, cada semana se llena cada batería con la energía espiritual (un tipo de energía ciertamente difícil de medir) de miles de horas de oración de todos los seguidores de la Sociedad. Esta energía luego se redirige (con ayuda de los Maestros Espaciales, claro) a solucionar todos los problemas del mundo. Dondequiera que haya una crisis, como un huracán, un terremoto o incluso una guerra, este almacén de energía edificante puede ser liberado de inmediato. De hecho, miembros de la Sociedad han dejado claro que el 11S nunca hubiera tenido lugar si hubiera habido más Baterías de Oraciones en funcionamiento, por lo que queda claro, señora, que este electrodomístico no debería faltar en ningún hogar moderno.

El aparato, huelga decirlo, está fabricado siguiendo estrictas normas de calidad extraterrestre, pues los Maestros pusieron su tecnología punta en manos del dr. King. quien nunca llegó a desvelar detalles de su funcionamiento exacto.

La Sociedad Aetherius, implantada en varios países, ha conocido en décadas pasadas momentos de mayor esplendor. Hoy en día, hay que decirlo, solo cuenta con poco más de unos 600 miembros en activo, si hemos de creerle a la wikipedia. Aún así, estos hombres heroicos siguen incansablemente con su tarea de recargar baterías para evitar males mayores. Desde aquí tenemos el convencimiento de que si hemos podido sortear el Fin del Mundo anunciado por los mayas ha sido gracias a la acción de sus Baterías de Oraciones. Son pocos, pero buenos.

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El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru

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Pocos supervillanos con vocación de dominar el mundo pueden comparársele a Sumuru, la Reina del Mal, que con su ejército de chicas sexys planea una y otra vez acabar con el dominio de la testosterona e implantar un mundo utópico regido por mujeres de buen ver.

El personaje nace en un serial radiofónico para la BBC en los años cuarenta. Su creador, Sax Rohmer, lo transformó luego en una serie de folletines de aventura e intriga. Pero es en el cine, donde Sumuru se transforma en carne, concretamente en la carne de la actriz británica Shirley Eaton, en donde alcanza su máxima dimensión. Hay dos películas sobre Sumuru y su ejército: Los mil ojos de Sumuru (Lindsay Shonteff) de 1967, y Los siete secretos de Sumuru, estrenada en 1969 y dirigida por Jess Franco (después de esta experiencia, Shirley Eaton, que había alcanzado la fama como la chica pintada de oro en Goldfinger, se retiró del cine...) Bueno, hay una tercera película, ya con otra protagonista, rodada en el 2003, pero de esta mejor ni hablar.

 La maquiavélica Sumuru cuenta con armas dignas de Fu Manchú: una pistola que convierte a los hombres en estatuas de piedra, por ejemplo, o un rimmel que quema a la pobre víctima que recibe un beso. También cuenta en cada caso con un cuartel general a la altura de un genio del mal: en Los mil ojos de Sumuru es una isla tecnológica frente a las costas de Hong Kong. En Los siete secretos, una ciudadela llamada Fémina en el corazón de la selva amazónica, que parece proyectada por Oscar Niemeyer después de un corte de digestión.

 El héroe y varón que se enfrenta a la Reina del Mal es un espía-detective, un caracter construido a imitación del célebre James Bond, una especie de 007 de Todo a 100 encarnado en la priméra película por George Nader (acompañado por Frankie Avalon) y en la segunda por Richard Wyler. Ninguno de los cuales le llega a la altura del tacón de aguja de la bota a nuestra diabólica y carismática Maestra del Mal.

Eso sí, Frankie Avalon tiene el acierto de lograr que los espectadores nos pongamos de parte de Sumuru, y que deseemos fervientemente su total aniquilación.

 Hay que decir que la línea argumental de las dos películas no da demasiado de sí: todos van y vienen en persecuciones sin ton ni son, hasta que al final vencen los buenos, derrotan al ejército de chicas y Sumuru consigue escapar hasta la siguiente guerra. Lo mejor, lo maravilloso, está en ese mundo de amazonas con trajes de plástico y cuero negro, con largas botas y cortas faldas, armadas hasta los dientes y listas para derrotar al Hombre, así en general, e instaurar su utopía feminista radical, un reino de chicas bajo el implacable látigo de Sumuru, que dirige las operaciones sin despeinarse desde su cama redonda y fumando un cigarrillo (mentolado, suponemos) con una larga boquilla de nácar.

El ejército de Sumuru, a su imagen y semejanza, es también un ejército hermoso, sofisticado y chic. Claro que eran los años sesenta, y el estereotipo de mujer fuerte aún no había hecho acto de presencia. Las chicas-soldado de Sumuru parecen reclutadas de un desfile de David Delfín en la Pasarela Cibeles: lucen atractivos modelitos, con mucho cuero, minifaldas y tacones; cuidan su maquillaje y son increíblemente torpes en el combate (van armadas con ametralladoras, pero da la impresión de que desconocen dónde está el gatillo, tal es la desconcertante facilidad con que acaban desarmadas y reducidas en cada encuentro con los hombres) y, sobre todo, pierden la cabeza a la velocidad de la luz ante el atractivo varonil de sus oponentes masculinos. En una palabra, parecen mejor preparadas para el amor que para la guerra. 

Y aquí está la clave: la kriptonita que desactiva una y otra vez los planes de dominación mundial de Sumuru y sus chicas guerrilleras es, justamente, la tentación de los hombres a los que tanto quieren combatir. Nunca falta la soldado que, rendida de amor o de deseo, se pasa a las filas del enemigo y traiciona a su reina y a la causa. Hasta la propia Sumuru parece a veces al borde de traicionarse a sí misma.

Al final, la utopía feminista de Sumuru se nos acaba antojando enternecedoramente quijotesca, pues descubrimos que la verdadera utopía está más bien en pretender construir una sociedad sin hombres con mujeres tan enamoradizas. Para su próximo ejército, Sumuru, Genia del Mal, debería plantearse seriamente el reclutar lesbianas.

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Buda, redentor de Marte

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¿Cómo demonios pudo el mismísimo Buda ir a parar al planeta rojo, se preguntarán ustedes? La apasionante respuesta nos la legó ese maestro visionario, filósofo, místico, pintor, arquitecto, agrónomo, pedagogo y tantas otras cosas más llamado Rudolf Steiner, a principios del pasado siglo, cuando elaboró la más osada doctrina religiosa que ha dado Europa en toda su historia: el sacrificio de Buda para redimir los pecados de la marcianidad.

Pero hagamos una breve introducción a ese sabio universal y auténtico hombre del renacimiento que fue Steiner. Nacido en el imperio austrohúngaro, comenzó su carrera como filósofo, experto en la obra científica de Goethe, archivero de Nietzsche, profesor, editor y conferenciante. Creó también un sistema pedagógico hoy famoso en todo el mundo, el método de las escuelas Waldorf. Fue también uno de los padres de lo que hoy llamamos agricultura ecológica. Impulsó la medicina holística. Desarrolló un sistema pictórico basado en las teorías del color de Goethe, y una forma de danza terapéutica a la que llamó euritmia (nombre que adoptaría la cantante pop Annie Lennox para su grupo de los ochenta...). También proyectó y construyó, a las afueras de la ciudad suiza de Dornach, un impresionante edificio de aspecto expresionista basado en cálculos esotéricos, que prescindía de líneas y ángulos rectos. El Goetheanum, que así se llamó la construcción, se inauguró en plena primera guerra mundial. Tenía un par de cúpulas más grandes que la de San Pedro, adornadas con frescos del propio Maestro, y estaba destinado a ser una especie de templo para las actividades esotérico-culturales de su creador. Porque Rudolf Steiner era, además, un renombrado ocultista y creador de religiones.

Y aquí llegamos al punto: Steiner llamó antroposofía a su doctrina, una “ciencia del espíritu” que comenzó como corriente filosófico-mística y poco a poco fue tomando las formas de un culto visionario. Este culto unía elementos de las religiones orientales (hinduísmo, budismo) con la religión cristiana, todo reinterpretado a su manera.

Por ejemplo, incorporó la creencia oriental en la reencarnación a su novedosa concepción del cristianismo. Llevó la teoría de la evolución de Darwin hacia el mundo espiritual, afirmando que la especie evolucionaba espiritualmente a través del mecanismo de la reencarnación. Un ejemplo: sostenía que Carlos Marx, en una vida anterior, fue un gran terrateniente, que había sido despojado de sus propiedades por un hombre que luego acabaría reencarnándose en Federico Engels. Por eso, en sus reencarnaciones posteriores, los antiguos expropiador y expropiado, ahora como Marx y Engels, habían escrito juntos El Manifiesto Comunista (era una cuestión de karma).

Ahora bien, entre encarnación y encarnación terrestre, el alma hacía un recorrido espacial, reencarnando en otras formas de vida en planetas de nuestro sistema solar. Marte, el planeta más próximo a la Tierra, era el paso habitual de las almas antes de reencarnarse una vez más entre nosotros, pero el problema de las sociedades marcianas era que llevaban siglos sumidas en un materialismo cada vez más atroz, con guerras frecuentes entre naciones y una preocupante pérdida de valores. Un mundo corrompido, en una palabra. El problema para nosotros era que los nacimientos terrestres venían cada vez más contaminados por las reminiscencias de ese materialismo salvaje proveniente de Marte, lo que explicaba la progresiva degradación de nuestra propia sociedad. (Antes de continuar, se estarán preguntando ustedes cómo llegó a saber Steiner todas estas cosas. Las sabía por ciencia espiritual: el Maestro tenía la capacidad de viajar por los mundos etéreos de la misma manera que usted y yo podemos ir a Cuenca a pasar el fin de semana). Pues bien, el caso es que la decadente cultura de Marte necesitaba la salvación no solamente por su propio bien sino también por el bien de nuestro mundo. ¡¡Y aquí es donde entra en acción Buda!! 

El Buda Gautama había vivido en el norte de la India hacia el 500 antes de Cristo. Fue un gran maestro espiritual, pero, según Steiner, no llegó a alcanzar la importancia y la trascendencia de Jesucristo, pues este último, con su martirio, realizó un acto único, permitiendo la evolución de la especie humana. Pero hacia el siglo XVII de nuestro calendario terrenal, concretamente en 1604,  Buda reencarnó en el planeta Marte, justo en el momento de máxima degradación espiritual de la civilización marciana, y allí finalmente cumplió el mismo papel que había cumplido Jesucristo en la Tierra. Predicó y fue martirizado. Con su sacrificio, en alguna colina del rojo desierto marciano, salvó a los alienígenas y permitió la redención de su especie. En otras palabras, para Steiner, Buda fue el Cristo de los marcianos.

En este punto lo deja Steiner, pero yo me atrevería a mencionar otra consecuencia importantísima de las andanzas de Buda en el planeta rojo: puesto que una invasión de Marte ha sido desde siempre uno de los temores más arraigados en la humanidad (ahora mismo, después de la crisis económica, es nuestra segunda preocupación), la doctrina de Steiner nos viene a decir que no debemos temer que dicha invasión, de producirse, sea un ataque cruento y despiadado, como siempre hemos tendido a imaginar, una ocupación destinada a acabar por medio de la violencia con toda la raza humana. Podemos esperar tranquilos la invasión de los marcianos budistas, pues la violencia no formará parte de sus principios. Su visita será indudablemente pacífica y relajante. Como mucho, nos acabarán vendiendo barritas de incienso caducadas, pero no debemos temer consecuencias más terribles.

El gran Rudolf Steiner nos dejó en 1925. Quién sabe en que mundos habrá reencarnado. Hagamos un baile eurítmico en su recuerdo.     

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El advenimiento del Cristo clon y otras historias apocalípticas

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Incesto, necrofilia, canibalismo, correspondencia satánica, arte nazi, conspìraciones religiosas, ovnis, asesinos seriales... Todo lo que usted quería saber y no se atrevió a preguntar (o quizás, en el fondo, nunca hubiera querido saber...) está en esta formidable bolsa de gatos en edición rústica llamada Nueva cultura del apocalipsis, que acaba de aparecer en castellano en vuestra librería amiga. 

El voluminoso libro es la segunda parte de Cultura del apocalipsis, publicada ya hace unos años por la editorial Valdemar. Su autor es Adam Parfrey, un periodista americano que se dedicó a recopilar durante años artículos sobre temas que el resto de sus colegas preferían pasar por alto. Una selección de textos, algunos inéditos, otros aparecidos en publicaciones marginales, pero en todo caso todos ellos rigurosamente reales, y auténticos ejemplos de las tendencias apocalípticas de fines del siglo XX. 

Y puesto que como muestra vale un botón, veamos una de las entradas recopiladas por Parfrey sobre uno de los temas apocalípticos por excelencia: la segunda venida de Cristo a la Tierra.

Se trata del conocido como Proyecto Segundo Advenimiento, una iniciativa pionera puesta en marcha en la década de los noventa por un grupo de cristianos de Berkeley, California. Un proyecto revolucionario que consistía en acelerar la segunda venida de Cristo a través de la técnica de la clonación.

Mientras muchas iglesias y sectas cristianas esperan con infinita paciencia la tan anunciada como postergada segunda venida del hijo de Dios, los decididos integrantes del Proyecto Segundo Advenimiento planearon pasar a la acción. ¿Por qué esperar –se preguntaron– a que a Cristo se le ocurra volver a la Tierra? ¿Por qué no decidirnos a traerlo nosotros, ahora mismo? ¡Poseemos la tecnología necesaria para ello!

La idea es simple: se trata de utilizar el abundante material genético contenido en los cientos de reliquias de Jesucristo que conserva la iglesia católica. El ADN contenido en la Sábana Santa, por ejemplo, o el de las docenas de clavos de la crucifixión de Cristo repartidos por iglesias de toda Europa.

Una vez obtenidas las muestras genéticas, se utilizarían las técnicas de clonación desarrolladas en el Instituto Roslin de Escocia (el centro en donde se consiguió clonar a la célebre oveja Dolly). El proceso en sí no tiene ningún secreto: una vez extraída la muestra de ADN de alguna de las reliquias, se inserta en un ovocito (un óvulo humano no fertilizado) mediante la técnica conocida como transferencia nuclear. Los miembros del Proyecto tenían controlados todos los detalles: el cigoto obtenido sería implantado en una voluntaria convenientemente virgen, para asegurar una Inmaculada Concepción, esta vez estrictamente homologada mediante rigurosos controles científicos.

A partir de ahí, al Mesías clonado debía asegurársele una niñez normal, libre de adoctrinamiento religioso. La herencia genética sería por sí sola suficientemente fuerte como para hacer surgir al nuevo salvador de la humanidad.

“El segundo Advenimiento va a llegar porque lo haremos llegar”, afirmaban, rotundos, los promotores del proyecto.

El emprendimiento debía concretarse en 2001. La idea era que el Mesías clon naciera en diciembre de ese año, para coincidir con el nuevo milenio y recomenzar el calendario como “año 1” de una nueva era para la humanidad. Lamentablemente, desde entonces no hemos vuelto a tener noticias de los avances del Proyecto Segundo Advenimiento. La página web (clonejesus.com) está caída, y el dinero recaudado a través de ella no sabemos a ciencia cierta a dónde ha podido ir a parar.

Pero no es este el único tema relacionado con el segundo advenimiento que reseña el libro de Parfrey. También se recogen noticias del conocido como Proyecto Rayo Azul, una extraña conspiración de alcance mundial cuyos responsables intelectuales serían ni más ni menos que la NASA y el Club Bilderberg. El Proyecto Rayo Azul, no menos inquietante que el del Mesías clon pero de signo opuesto y de consecuencias inimaginables, nos plantea la existencia de un grupo que tendría la capacidad de proyectar en los cielos, sirviéndose de la tecnología láser, un gigantesco holograma de Cristo, con el fin de confundir a la población simulando la segunda venida del hijo de Dios a la Tierra. Las ventajas del colosal engaño son evidentes: una población mundial entre fascinada y aterrorizada, que quedaría a merced de cualquier orden que, mediante ingeniosos medios electrónicos de amplificación de voz, se le impartiera. La obediencia ciega estaría garantizada y los responsables del Proyecto Rayo Azul tendrían en sus manos el dominio de la humanidad y la instauración de un Nuevo Orden Mundial. Incluso tendrían previsto personalizar la aparición holográfica para cada región del planeta (un Cristo en occidente, un Mahoma en los cielos del mundo islámico, un Buda para los orientales...)

Así es que, si algún día se les aparece la Virgen, desconfíen. Puede ser un holograma.

En todo caso, no puedo más que recomendar calurosamente Nueva cultura del apocalipsis. Es la sugerencia ideal para la cartita a los reyes en estas próximas navidades.

 

Nueva cultura del apocalipsis. Adam Parfrey. Edit. Valdemar, colección Intempestivas.

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¡¡Houston, Houston... parece que ya no estamos en Kansas!!

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Cuatro astronautas en una misión espacial acaban descendiendo sobre la superficie de Marte después de un confuso accidente. Entre ellos va una mujer llamada Dorothy. Después de vagar perdidos en el desierto marciano, encuentran un camino de baldosas amarillas, que los llevará hasta la ciudad donde está el Mago de Marte.

Si, es lo que parece. Se han hecho muchas curiosas versiones sobre la historia de L. Frank Baum, El Mago de Oz, desde que Judy Garland la interpretara en la gran pantalla allá por 1939, pero probablemente esta que nos ocupa sea la más extraña de todas con diferencia. No sabemos que le pasaría por la cabeza a su autor, David Hewitt. pero sí probablemente lo que le pasaba por otros conductos, puesto que la película se escribió y rodó en los años sesenta, década en la que ciertas sustancias elevaron hasta el paroxismo el interés por historias que hablaban de un viaje mágico y misterioso, historias como las de Alicia en el País de las Maravillas o, por supuesto, El Mago de Oz.

Y aprovechando el reciente anuncio del estreno, en 2013, de la nueva versión de Oz, dirigida por Sam Raimi, una espectacular superproducción sobre el Mundo más allá del Arco Iris, no viene mal recordar aquella modesta pero sorprendente película de 1965, toda una Obra Maestra Involuntaria del cine.

La imprescindible El Mago de Marte no es una película pensada para un público infantil (y, viendo el resultado, no parece pensada para ningún tipo de público). Se inicia como una convencional película de ciencia ficción: una nave surca el espacio. Sus ocupantes son tres hombres y una mujer, llamada Dorothy. Su rumbo se ve alterado por una extraña fuerza que los lleva a un descenso de emergencia en el planeta rojo. Allí, los cuatro astronautas deambulan sin rumbo por la superficie marciana. Atraviesan sus canales, son atacados por unas serpientes muy parecidas a mangueras de goma pintadas de blanco, escapan a la erupción de un volcán y caminan por el interminable desierto de Marte, hasta que sus botellas de oxígeno empiezan a acabarse. En ese momento, los astronautas se topan con un camino que, evidentemente, no ha sido formado por la naturaleza, ya que está hecho de baldosas. Es un camino de baldosas amarillas... 

La película, a pesar de un casi inexistente presupuesto, se esfuerza por ser visualmente atractiva, principalmente en su visión del paisaje marciano, un vasto desierto de arenas blancas bajo un cielo rojo. Su productor, guionista  y director, David Hewitt, llegó a convencer a una empresa que se dedicaba a fabricar máquinas de venta automática en centros comerciales, para que ingrese en el negocio del cine, financiando el film. Hewitt les contó que lo ideal sería hacer una película de ciencia ficción, y los flamantes productores acabaron soltando 33.000 dólares para el emprendimiento. En qué momento o por qué razón la aventura espacial se fue convirtiendo en una versión libre (muy libre) de El Mago de Oz es un misterio.

Pero volvamos al camino de baldosas amarillas. Dorothy y sus amigos (hay que aclarar que, evidentemente, aquí Dorothy no es una niña, sino una mujer astronauta hecha y derecha) recorren el camino hasta llegar a una antigua ciudad marciana. Allí se encuentran con una especie de proyección de la cabeza del último sabio marciano, interpretado por el infaltable John Carradine. La cabeza les suelta un largo monólogo (¡unos diez minutos!) sobre cómo el otrora pujante mundo marciano, abusando de la ciencia, llegó a detener el flujo temporal, quedando atrapados en la ciudad en un instante fuera del Tiempo. Hay que decir que este mundo marciano, a diferencia del colorido y alegre Oz, es totalmente decrépito y deprimente. Eso sí, el “mago” de Marte, tanto como su equivalente en la tierra de más allá del arco iris, se nos presenta como una especie de Dios chapucero, incapaz de solucionar por si mismo los problemas en los que se encuentra sumido su mundo. Aquí también, por lo tanto, será necesario que los cuatro visitantes acaben resolviendo las cosas y vuelvan a poner en marcha el Tiempo (no era tan difícil: había que volver a hacer funcionar un gigantesco reloj de péndulo...).

Puesto que ya todo el mundo conoce el desenlace de la historia del Mago de Oz, no estropearemos nada diciendo que, una vez restauradas las coordenadas del Tiempo, Dorothy y sus acompañantes vuelven instantáneamente a despertarse en su nave espacial. Sólo han transcurrido un par de minutos...

Inexplicablemente, la película fue un fracaso total en su estreno en cines. El director, durante las dos décadas siguientes, retituló y volvió a montar varias veces la película, que se re-estrenó en el mercado del video bajo los sucesivos nombres de Masacre alienígena, Terror en el planeta rojo o Viaje hacia lo desconocido. Pero de todas las versiones de la historia del Mago (incluyendo aquel extraño musical blacksploitation con Diana Ross y Michael Jackson llamado The Wiz), esta es la que sin duda elegiríamos para llevarnos a una isla desierta. Total, allí no habrá manera de reproducirla... 

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Quien ríe el último... El fin del Mundo a todo color

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Este año 2012 el fin del mundo es trending topic. No hay fiesta o reunión social en que no se hable del tema. La tendencia viene dada por el famoso calendario maya, pero lo cierto es que en nuestras propias tradiciones la cuestión surge cada cierto tiempo, generando no solo tema de conversación en los ascensores sino también una interesantísima obra artística apocalíptica como la de las sugerentes pinturas del reverendo McKendree Robbins Long.

Pero hagamos antes un apocalíptico repaso sobre el Fin del Mundo y su esquiva hoja de ruta: Ya en 1806 existían profecías y señales tan claras como la de la célebre gallina de Leeds, que aterrorizó a todo el condado cuando empezó a poner huevos que traían en la cáscara la inscripción “Cristo viene”, en alusión directa a la segunda venida del hijo de Dios a la tierra para juzgar a la humanidad y acabar con el mundo tal y como lo conocemos. La profecía, evidentemente, no se cumplió, dando origen al dilema de ver quién se equivocó primero, si el huevo o la gallina.

Quizás el más famoso profeta del Fin de los Tiempos fue William Miller, quien aseguró ante sus miles de seguidores que el mundo se acabaría el 22 de octubre de 1844. Cuando al día siguiente Miller se despertó y comprobó que sus conciudadanos no habían sido achicharrados en un mar de lava candente, lejos de alegrarse, se llevó un disgusto monumental: "Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas... lloramos y lloramos hasta el atardecer", dicen que dijo. De hecho, ese día es conocido por los evangélicos como el día de la Gran Decepción, así como suena. La clave de este extraño comportamiento está en una cláusula, en la letra pequeña de las escrituras, en donde Dios asegura que “abducirá” a los suyos justo antes del comienzo del exterminio. En una palabra, que el Fin del Mundo no será igual para todos, y quien ríe el último...

Miller murió amargado por no haber podido asistir en persona al magnicidio, pero sus seguidores acabaron fundando nuevas iglesias basadas en la esperanza en la aniquilación del resto del mundo, como los Adventistas del Séptimo Día o los Testigos de Jehová. Estos últimos quizás ostenten el record de predicciones fallidas del Fin del Mundo: al menos diez (1876, 1881, 1910, 1914, 1918, 1925, 1975, 1984 y 1994). A este ritmo acabarán acertando, aunque más no sea por pura probabilidad estadística.

Como decíamos, estas iglesias hacen sus cuentas, sacan sus cálculos y esperan con mal disimulada impaciencia a que a usted y a mí se nos abra la tierra bajo nuestros pies y caigamos en un abismo de azufre, cal viva y fuego eterno. La promesa del “arrebatamiento”, que así se llama al procedimiento por el cual Dios pondrá a los suyos a salvo, les garantiza no solo la integridad sino también un palco preferente en alguna confortable nube con excelentes vistas al Fin de los Tiempos, que sufrirá el 99% de la humanidad restante. 

Una vez a salvo los verdaderos creyentes, el bondadoso Jesús procederá al achicharramiento en masa: El cielo se teñirá de rojo y la tierra se empapará con nuestra sangre, mientras sonará la última trompeta, acompañada de los horribles estertores de agonía de los que seremos fumigados por la flamígera cólera divina. Un espectáculo irrepetible en un marco incomparable, sin duda.

Y, previsiblemente, tan atractivo show también es tema de inspiración para los artistas. La gama va desde el modesto profeta callejero que pinta una pancarta con lemas como EL FINAL SE ACERCA!, una forma apocalíptica de street art, hasta los pintores que ilustran de forma vívida el exterminio final. De entre estos, sin duda la más interesante es la obra del reverendo McKendree Robbins Long, pintor apocalíptico, visionario y genial. McKendree Long comenzó su andadura como retratista de estilo académico. Luego de estudiar bellas artes en su Carolina del Norte natal, viaja a Europa, entonces centro artístico y cultural en ebullición. Pero su estilo convencional y recatado no llegó a conectar con los artistas que, como Picasso, hacían por entonces cosas raras con los pinceles. Regresó por tanto a los Estados Unidos en 1913 y abandonó la pintura para hacerse predicador. Durante las siguientes décadas se dedicó a dar sermones por toda América. No fue hasta su retiro como pastor que se decidió a retomar la pintura, pero esta vez con un espectacular y sorprendente cambio de registro: el reverendo comenzó a pintar visiones del apocalipsis, inspiradas a su manera en el Libro de las Revelaciones (o Apocalipsis de Juan) con un colorido y llamativo estilo cercano a la estética de comic de superhéroes: en sus cuadros, vemos a un Jesucristo tremendamente musculado encabezando comandos de ángeles exterminadores armados hasta las cejas, y acompañados de leones que escupen fuego sobre la población civil desarmada. Cuando no es el Hijo es el propio Dios, un Dios que primero dispara y después pregunta, quien encabeza el ataque, rociando con fuego purificador a una humanidad que se retuerce entre estertores de dolorosa agonía. McKendree gusta a veces de representar entre la muchedumbre a algunas figuras históricas, como Marx, Freud, Darwin, Fidel Castro o Marlene Dietrich, ardiendo entre las llamas. Pero todas estas panorámicas gore están siempre representadas con alegres y luminosos colores de inconfundible aire psicodélico. Después de todo, desde su punto de vista, el achicharramiento y el Fin del Mundo serán un acontecimiento feliz.

Hay que considerar que el reverendo no pintó sus cuadros pensando en las ventas. De hecho, ni siquiera intentó nunca exponerlos en público. Los hacía porque eran sus visiones, su manera de retratar de antemano lo que iba a suceder en un futuro muy próximo. A su muerte sus hjios heredaron un cobertizo lleno de lienzos apocalípticos que, poco a poco, empezaron a despertar el interés de los museos locales. Hoy McKendree Robbins Long es una de las firmas reconocidas del arte americano. Y lo será cada vez más, al menos, hasta el próximo Fin del Mundo.    

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Cómo hacer que el destino nos alcance

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Si hay una historia que prueba que el destino está escrito de antemano, y que hagas lo que hagas acabará por alcanzarte irremediablemente, esa es la historia de las Shaggs, la sensación pop formada por tres hermanas hacia el final de los maravillosos sesentas.

Dorothy, Helen y Betty Wiggin no tenían un especial interés en el mundo de la música, pero acabaron cumpliendo obedientemente con su sitial en la Posteridad, porque aquello estaba escrito con tinta indeleble en el libro del destino. O al menos en las líneas de la mano: todo empieza cuando la abuela Wiggin consulta a una vidente en la feria de atracciones de su pueblo, Fremont, en el nordeste de los Estados Unidos. La hechicera le pronostica que sus nietas triunfarán apoteósicamente en el mundo de la música, convirtiéndose en grandes estrellas del firmamento pop, como los Jacksons pero en chicas, como las Supremes pero en blancas, como Elvis pero en trío. Y a partir de ese momento, Austin, el padre de las muchachas, se obsesiona con la cuestión. Ante una profecía tan rotunda uno puede adoptar dos actitudes: relajarse (o resignarse), puesto que hagas lo que hagas el destino se cumplirá inexorablemente, o considerar que a los demiurgos hay que echarles una mano, es decir, que hay que empujar al destino para que este se acabe cumpliendo. A Austin, hombre acostumbrado a las estrecheces de la vida, le pareció más razonable no correr riesgos y empujar a los hados, incluso a patadas si fuera necesario. El señor Wiggin pasó a dedicar con fervor maníaco todas sus energías a hacer de sus hijas lo que estaba escrito: rutilantes estrellas del firmamento musical.

Así que Dorothy, Helen y Betty Wiggin, a partir de ahora las Shaggs, comenzaron, a instancias de su padre, un estricto programa: abandonaron el colegio y, aisladas en su casa de Fremont se vieron tocando de la mañana a la noche sus instrumentos (dos guitarras y batería, formación clásica de power trío), ensayando cada día en jornadas agotadoras bajo la estricta mirada de su padre y componiendo canciones que estarían llamadas a convertirse en himnos de toda una generación. O de varias.

¿Cómo definir el especial sonido de las Shaggs? Una vez el gran Yehudi Menuhin dijo que la música "ordena el caos, pues el ritmo impone unanimidad en la divergencia, la melodía impone continuidad en la fragmentación, y la armonía impone compatibilidad en la incongruencia". Pues bien, las hermanas Wiggin consiguieron hacer exactamente lo contrario.

Las cosas no fueron fáciles al principio: cuando al fin las Shaggs pudieron acceder a un estudio de grabación (previo pago de todo lo recaudado por su padre en actuaciones estelares en ferias locales), el ingeniero de sonido, que no acababa muy bien de comprender cómo sonaba todo aquello, intentó marcar afinaciones y hacer entrar en compás a la aparentemente caótica sonoridad de la banda. Sin embargo las chicas no se dejaron amedrentar: a estas alturas casi tan seguras de su destino como su propio padre, insistieron en que la grabación debía captar fielmente aquel sonido único, aquella indescriptible amalgama de notas deslizándose por composiciones cantadas de manera extrañamente distante y monocorde, con letras como: "Hay muchas cosas que me pregunto. Hay muchas otras cosas que no me pregunto. Parece como si las cosas que más me pregunto son las cosas que nunca averiguaré." 

Y así vio la luz a comienzos de 1969 y bajo el impresionante título de Filosofía del Mundo, el primer, único y último álbum de las Shaggs, con doce temas repletos de amables discordancias (años después y por las vueltas de la fiebre Shaggs saldrían a la venta algunas canciones inéditas).

Curiosamente, Filosofía del Mundo no tuvo ni la más mínima repercusión. No sonó en las radios, no ganó un disco de platino, nadie tarareó sus canciones y ni siquiera les dio para hacer una gira de presentación. El mundo parecía haber tomado un camino paralelo para burlar el destino y hurtarle a las Shaggs su triunfo. Tuvieron que ver, quizás con amargura, como los Doors y otros cantamañanas acababan ocupando el sitio que genuinamente les pertenecía.

¿Se equivocó el destino? la respuesta es no. Cuando parecía que un miserable manto de olvido caía sobre las muchachas, nuevas generaciones de estrellas de la música empezaron poco a poco a hablar de su influencia. Quizás el primero en mencionarlas fue Frank Zappa, quien, poniendo el listón muy alto, las comparó con los Beatles. Luego siguieron Kurt Cobain, Jonathan Richman o los NRBQ, rindiéndose de admiración ante Filosofía... A partir de ahí, la apoteosis. Ya se sabe como es el periodismo de tendencias, especialmente el de la crítica musical: se comporta como una bola de nieve rodando colina abajo. Más de dos décadas después de grabado el disco y de la noche a la mañana se desató la shaggmanía: la prensa especializada competía por arrogarse el descubrimiento de aquel tesoro musical. Se escribieron sesudos análisis tratando de desentrañar si la música de las Shaggs era proto-punk, avant garde, naif-noise, arty-pop, o simplemente el producto de unas mentes perturbadas. El disco llenaba páginas y páginas y hacía correr ríos de tinta, incluso cuando era prácticamente inencontrable (Filosofía había salido con apenas unas cien copias, y no fue hasta que Dorothy Wiggin consiguió encontrar las cintas originales que el disco se reeditó, veinte años después). No hay más que comprobar la cantidad de resultados que arroja google, o las cientos de miles de visitas en youtube... Se llegó a estrenar un musical en el off-Broadway con su música, ¡¡hasta el mismísimo Tom Cruise se interesó en rodar su historia para la Warner!! la prueba definitiva de que se ha alcanzado la inmortalidad.

Así, artículo tras artículo, mención sobre mención, y sin necesidad de que casi nadie las escuchara realmente, las Shaggs finalmente alcanzaron su destino, convirtiéndose en referencia ineludible y grupo de culto por excelencia. Incluso desde este modesto blog ahora mismo estamos contribuyendo a su celebridad. Es la magia del Destino.

Por eso hoy podemos decir sin casi temor a exagerar, que las Shaggs son ya más famosas que Jesucristo. Y casi tanto como Ed Wood.

 

Escucha Filosofía del Mundo

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Sarah Winchester y la eterna reforma

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Dicen que no es posible bañarse dos veces en un mismo río (aunque yo creo que contando con una bicicleta y pedaleando rápido sí se podría...). De la misma forma, para Sarah Winchester, joven viuda del siglo XIX, no era posible vivir dos veces en la misma casa, y no porque se mudara de barrio, sino porque su casa nunca era igual de un día para otro.

La residencia Winchester estuvo siempre en reformas, reformas que se prolongaron, ininterrumpidamente, durante treinta y ocho años. De hecho, las obras constantes fueron la misma razón de ser de la Mansión Winchester. Alguno pensará que soportar albañiles martilleando día y noche durante cuatro décadas podría enloquecer a cualquiera... pero el imparable trajín constructivo, lejos de incomodar a la propietaria, más bien ayudaba a tranquilizarla. El ir y venir de carpinteros y fontaneros, las puertas y tabiques que se ponían hoy y se quitaban mañana, las ventanas que cambiaban constantemente de lugar, mantenían viva a la dueña de casa y a la vez entretenidos a los miles de habitantes de la mansión Winchester. Porque Sarah, viuda de William Winchester, no vivía sola. La acompañaban a toda hora las almas en pena de los que habían muerto a consecuencia del uso de los populares rifles fabricados por la empresa familiar de la que procedía.

La joven viuda era heredera de la fabulosa fortuna amasada por su suegro gracias a su célebre rifle Winchester de repetición, un revolucionario invento que prácticamente acabó por decidir el resultado de la guerra de secesión norteamericana, y enriqueció a la familia. No fue hasta quedarse viuda que Sarah se vió acosada por un flujo interminable de fantasmas que volvían desde el más allá para atormentarla con reclamaciones y quejas.

Sarah inició una desesperada huida hacia ninguna parte, intentando dar esquinazo a los espectros, hasta que en 1884 acabó recalando en San José, un pueblo del oeste de California, en donde adquirió una finca con una casa a medio construir. Sarah no tenía ni idea de arquitectura, pero inmediatamente decidió desechar los planos y ponerse a improvisar. Con una cuadrilla estable de casi treinta trabajadores que se instalaron el la finca de manera permanente, se pasó las siguientes cuatro décadas construyendo y reformando el caserón día y noche, sin parar ni siquiera los fines de semana. Sarah se dió cuenta de que las obras mantenían desorientados a los espectros, que vagaban estupefactos por pasillos y estancias que constantemente cambiaban de lugar o de dirección. Por esa misma razón, y para no perder la ventaja del efecto sorpresa, Sarah no seguía planos estrictos en la construcción: cada mañana bien temprano, con el desayuno, decidía con sus capataces y sobre la marcha las reformas del día. Reformas que no necesariamente seguían el sentido común. Así, en las cerca de ciento sesenta estancias que tenía el caserón (el número, evidentemente, fluctuaba), los fantasmas se podían encontrar con ventanas empotradas en el suelo, puertas que daban a una pared, una habitación construída dentro de otra, pasillos que acababan en el punto de inicio o escaleras que volvían sobre sí mismas. Incluso había una impresionante escalera de caracol de 42 escalones que sólo subía tres metros del suelo, puesto que cada escalón medía cinco centímetros de alto.

No solo los fantasmas se confundían: el servicio doméstico debía usar planos (que variaban casi cada día) para las tareas más elementales, como encontrar el camino de regreso a la cocina luego de servir el desayuno.

Se puede decir sin temor a exagerar que Sarah Winchester elevó el bricolage a la categoría de arte, y su propio hogar fue su obra maestra: una única obra, pero siempre diferente.

La casona siguió su rutina de cambios constantes (llegó a alcanzar una altura de siete plantas), hasta el año 1922, año en el que Sarah, ya octogenaria, acabó uniéndose a la tropa de almas que durante tantos años le habían hecho compañía. 

Sus herederos vieron en la vieja mansión una extraordinaria oportunidad de negocio: puesto que ya arrastraba una reputación de casa encantada, la acabaron explotando como atracción turística bajo el nombre de Winchester Mistery House. De hecho, aún hoy se puede visitar. Tienen una página web, una tienda de souvenirs, y ofrecen una visita guiada en donde los esforzados guías se empeñan en convencer al turista de que aún se escuchan extraños ruidos de almas en pena por los pasillos. Todo en vano: con la muerte de Sarah el trasiego de las obras cesó definitivamente, y también cesó el deambular de los fantasmas. ¿Por qué se fueron? Tal vez sin Sarah Winchester ellos ya nada tenían que hacer allí. Tal vez a los fantasmas, como a los jubilados, lo que realmente les gustaba era mirar las obras.   

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El mundo del Otro Yo

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Del otro lado del Sol, tan precisamente del otro lado que nunca podemos verlo, existe un planeta exactamente igual a la Tierra. Los mismos mares, los mismos continentes, la misma vida: personas que son iguales a nosotros, tan iguales que son nuestros dobles. Aunque, quizás, con alguna que otra diferencia...

Esta inquietante idea es la base de una vieja pelicula de ciencia ficción británica llamada Más allá del Sol (1969), en ella, después de un largo viaje
unos astronautas descienden en la que parece ser nuestra Tierra. Creen que han regresado, pero pronto se dan cuenta de que las cosas no son exactamente como debieran ser. Hay que decir que la película resulta un tanto fallida, pues no acaba de desarrollar la interesante idea de partida hasta sus últimas consecuencias. Producida por los hermanos Anderson, los mismos que habían sido responsables de series con marionetas como los Thunderbirds, destinan la mayor parte del metraje a recrearse con las bonitas maquetas. Aún así, la idea de un planeta gemelo girando en la misma órbita que la Tierra pero en el extremo opuesto, siempre oculto detrás del Sol, es verdaderamente sugerente. 

Pero, sin embargo, no es del todo nueva: unos cuantos siglos antes un hombre llamado Filolao, discípulo de Pitágoras, construyó un modelo del cielo que incluía la existencia de un planeta al que llamó Antichton (Contratierra). La Contratierra seguía una órbita tal (y Filolao fue el primero en imaginar que los cuerpos celestes, incluyendo nuestra Tierra, se movían en el espacio), una órbita tal que hacía imposible que nosotros la pudiéramos ver desde nuestra posición.

Volviendo a nuestra película, en su versión original se titulaba Doppelgänger. Palabra que literalmente significa “el que camina al lado” y que se usa para describir a un doble fantasmal, a un Otro Yo que posee características opuestas a las nuestras, un “reverso” que, de alguna manera, nos complementa o nos completa, como Hyde al bueno de Jeckyll.

Recordamos incluso una serie de comics de la DC, llamada Tierra 3, que desarrolló una idea similar. La Tierra 3 era un mundo paralelo al nuestro en donde en lugar de la Liga de la Justicia, el famoso grupo de superhéroes de la DC, había una contrapartida malvada de supervillanos, el Sindicato del Crimen. El Superman y el Batman y los demás héroes de nuestra Tierra son allí criminales. Para combatirlos, se alza un heroico y noble Lex Luthor... 

Hubo también un escritor de literatura fantástica que usó la idea de la Contratierra para desarrollar una interminable saga (veintiseis libros) llamada Las Crónicas de Gor o Crónicas de la Contratierra. John Norman, que así se llama el escritor, ubicó también su Contratierra justamente al otro lado del Sol, de manera que su presencia quedara convenientemente oculta a nuestro mundo. Pero Norman no hizo de aquel mundo un duplicado del nuestro: prefirió poblarlo con sus fantasías más o menos sadomasoquistas. En el planeta Gor, los hombres son musculosos guerreros al estilo Conan y las mujeres esclavas que viven solo para satisfacer a sus amos. Contra lo que pueda parecer Norman la describe, sin embargo, como una sociedad feliz. Cada tanto los goreanos se montan en sus naves espaciales (pues son un pueblo tecnológicamente avanzado, el estilo Conan es la manera en que han elegido vivir) y se pasan por nuestra Tierra para hacer acopio de más mujeres. Nuestras pobres coterráneas al principio sufren un poco bajo el látigo, las marcas con hierro candente y las violaciones constantes, pero pronto se acostumbran porque, segun Norman (que además de escritor es profesor de filosofía en una universidad americana), la verdadera naturaleza de la mujer es el sometimiento, y solo en la esclavitud puede alcanzar la plena realización de su femineidad y la completa satisfacción de su sexualidad. No se puede decir que Norman no haya puesto su Otro Yo en su imaginada Contratierra.    

El caso es que quizas hoy en día la comunidad científica no esté muy dispuesta a aceptar literalmente la hipótesis de inquietante simetría de un planeta gemelo al nuestro girando en la misma órbita que la Tierra. Sin embargo, las últimas y más avanzadas teorías de la física y la cosmología hablan ya de la probabilidad de la existencia de universos paralelos. Más concretamente, de lo que han dado en llamar Multiverso: según esta hipótesis, nuestro universo sería solo una de las infinitas posibilidades de universos. Y todos esos universos posibles coexistirían en realidades paralelas, de modo tal que en alguna parte de ese inimaginable ramillete de posibilidades podríamos encontrar una Tierra como la nuestra, habitada por personas como nosotros, pero cuyas vidas hayan seguido caminos ligeramente distintos. Es decir, un mundo casi igual al nuestro pero con ligeras diferencias, originadas por aquellas elecciones vitales que en algún momento nosotros hemos descartado y nuestros dobles del mundo paralelo, sin embargo, han decidido seguir.

Es decir que en esa otra Tierra habrá quizás un Mark Zuckerberg que se ocupará de escribir un blog llamado la Caja Negra, mientras que un Wilbur Mercer habrá inventado Facebook y estará ahora disfrutando de una vida espléndida gracias a las bondades de una cuenta bancaria milmillonaria. 

Si es así, una cosa me queda clara: he nacido en la Tierra equivocada. 

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El doctor Bataille y el arte del Panfleto Pop

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Masones satánicos, sacerdotisas del diablo, sectas espiritistas, templarios dementes, rituales sangrientos, misteriosos cabalistas, misas negras, viajes astrales, la bisabuela del anticristo... y sexo, mucho sexo. Este era el cóctel irresistible que mantenía en vilo a la buena sociedad parisina de la segunda mitad del siglo diecinueve, un cóctel por entregas que un enloquecido y genial equipo de difamadores profesionales distribuía en fascículos. para disfrute y escándalo del público lector.

Detrás de este equipo se encontraba un hombre llamado Léo Taxil, de profesión charlatán, nacido en Marsella e iniciado en el mundo editorial escribiendo libros furiosamente anticlericales, que publicaba y distribuía él mismo. Pero hacia 1885 el filón parecía estar agotándose, los libelos contra la iglesia y el poder del Papa ya no resultaban novedosos, y Taxil, dándose cuenta de que la credulidad da más dividendos que el escepticismo, decidió dar un genial golpe de timón a su carrera: el antiguo azote de los curas anunciaba ahora a bombo y platillo su conversión al catolicismo, en una solemne ceremonia en la que declara que ahora se dedicará en cuerpo y alma a combatir a los enemigos de la fe. 

Esos enemigos eran por entonces las logias masónicas, a las que la iglesia veía como una peligrosa competencia que escapaba a su control. Si hay algo que caracterizaba a la masonería era el secretismo, por lo que Taxil anunció que en sus sucesivos libros se dedicaría a sacar a la luz sus más oscuros secretos. Pero el caso es que él no sabía mucho de masonería: había pertenecido fugazmente a una logia en grado de aprendiz, de la que había sido expulsado después de asistir a tres reuniones. Por lo tanto, pocos eran los “secretos” que podría revelar. Además, había por entonces en Francia un gran número de periodistas y escritores antimasones, que se dedicaban a combatir la actividad de las logias en el plano político. Taxil, por lo tanto, decidió explorar otro terreno, un terreno que, de hecho, se inventó él a la medida de su conveniencia: el de los Masones Adoradores del Diablo.

Así apareeió en 1893 El Diablo en el siglo XIX, un libelo por entregas (anunciado como “revista mensual religiosa, política y científica”) que llegó a sumar más de 2.000 páginas, firmado por el "Doctor Bataille", un seudónimo colectivo tras el que trabajaban a destajo al menos dos personas, el propio Léo Taxil, el escritor Charles Hacks, y probablemente más colaboradores ocasionales. La irresistible fórmula de la publicación estaba en juntar conspiración, satanismo y pornografía.

En el voluminoso libro del Dr. Bataille se iban sucediendo sangrientos rituales, orgías desenfrenadas con macizas masonas, fantásticas sesiones espiritistas, invocaciones a Baphomet (un ídolo con cabeza de cabra, alas de murciélago y pechos de mujer), misas negras, siniestros judíos cabalistas, caballeros templarios y hasta mormones satánicos.... todo mezclado como en un serial de aventuras que cada vez se enredaba más y más, y sazonado con jugosas descripciones de erotismo sadomasoquista de alto voltaje.

Para empezar, se inventó una logia femenina de masonas (por entonces la verdadera masonería sólo admitía a hombres en sus filas) dirigida por el Diablo en persona. Una especie de harén de Lucifer, que celebraba orgías blasfemas en oscuros salones de París. Esta logia satánica extendía sus tentáculos por las principales capitales, y planeaba dominar el mundo. Las sacerdotisas y los maestres de la logia reportaban cada viernes ante el mismísimo Satanás, que presidía las reuniones en un cuartel general secreto.

Los escenarios que describía Bataille también eran impresionantes: sirva como ejemplo el laberinto de túneles y cuevas que, según él, oradaba la roca del peñón de Gibraltar, y que constituía la factoría secreta en donde los masones fabricaban sin parar estatuas y figuras de su amo Satanás, así como toda clase de venenos para utilizar en sus planes de dominación mundial.

También abundaban los gadgets. Así, por ejemplo, los masones luciferinos se comunicaban entre sí a través del planeta por una “red telefónica satánica” inalámbrica (el teléfono era aún un invento reciente y poco difundido).

Al Dr. Bataille le llovieron las cartas de felicitaciones y las emocionadas adhesiones de obispos y cardenales, que lo animaban a continuar con sus importantes revelaciones. El propio Taxil llegó a ser recibido en audiencia personal por el Papa León XIII, y no se descarta que haya contado con generoso apoyo económico para continuar su lucha contra el mal.

Espoleada por la buena recepción de sus escritos en el Vaticano, la osadía de las descripciones del Dr. Bataille fue en aumento: masones que atravesaban paredes adoptando un estado fluido; cráneos de jesuitas decapitados quemados frente a la esfigie del diablo en oscuras ceremonias; las nupcias de una masona y un demonio, designados para ser los bisabuelos del anticristo; una sesión de espiritismo en la que la propia mesa cobra vida y se incorpora sobre dos de sus patas para atacar a los oficiantes; un cocodrilo que se materializa en un salón y se pone a tocar el piano... nada parecía demasiado inverosímil para los miles de fascinados seguidores de El Diablo en el Siglo XIX, y la imaginación de Taxil y Hacks no conocía límites. Y menos mal que en el siglo XIX no se había popularizado el kung fu, porque poco habrían tardado en agregar masones ninjas al conjunto...

Después de casi cinco años de desenfrenada actividad, sin embargo, habían llegado demasiado lejos. En 1897 anunciaron una conferencia sobre el tema en la Sociedad Geográfica de París, y ante una sala abarrotada se presentó Léo Taxil para decir que, en fin, todo había sido un invento. Afortunadamente había tenido la precaución de exigir que el público dejara a las puertas bastones y paraguas, porque la batahola que se montó a continuación fue fenomenal. Ante el peligro de linchamiento, Taxil escapó por la puerta trasera.

Pero los pilares de un nuevo género ya estaban sólidamente instalados en el imaginario popular. El collage sin complejos de sexo, violencia y misterio que inauguró el Dr. Bataille nos ha seguido acompañando desde entonces, desde la literatura pulp hasta el cine de serie B de explotación, con toques de gótico, giallo o gore; desde Jess Franco a Dan Brown o hasta Umberto Eco (que en su novela El Cementerio de Praga describe las peripecias de Taxil y compañía...), desde J.J. Benítez hasta Cuarto Milenio o la revista Más Allá, la cuestión nos sigue fascinando. 

Larga vida al Dr. Bataille y su fórmula maravillosa.       

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El triunfo de la voluntad: Superhéroes en el mundo real

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Llegar del trabajo a casa, saludar al perro, dejar el maletín, ir a hacer pis, tomarse un yogur, entrar en la habitación, abrir el armario, ponerse las ajustadas mallas de colores, la capa, la máscara, calzarse las botas, salir por la ventana trasera a combatir el crimen y la injusticia en tu ciudad.

Aunque parezca un tanto inusual, esto es lo que hace mucha gente en su tiempo libre. Se trata de los llamados superhéroes de la vida real. En sus historias se han basado películas como Defendor (2009) protagonizada por un impagable Woody Harrelson, o Super (2010) en la que Rainn Wilson, después de tener una revelación divina, encarna al superhéroe Crimson Bolt. Demás está decir que estos superhéroes carecen por completo de verdaderos superpoderes. Es su sola voluntad, y el auxilio de algún arma de fabricación casera, lo que los lanza a cumplir su misión autoimpuesta por las calles de su ciudad. Una sutil e inestable mezcla de sentido de la justicia y atisbos de psicopatía que también podemos encontrar en Batman, el personaje que más cerca está de ser el modelo de estos justicieros solitarios. 

El fenómeno es casi exclusivamente americano, ya que allí la iniciativa personal se aplaude incluso en la administración de justicia. El modelo del “hombre-hecho-a-sí-mismo” forma parte de la idiosincracia nacional, incluso si esa hechura incluye unos calzones de lycra, una capa y un antifaz. En la burocratizada Europa, en cambio, en donde hasta para portar una pistolita de nada hay que tener un DNI y un permiso, los justicieros enmascarados no abundan. 

Los superhéroes de la vida real cuentan incluso con un foro público en internet, el Registro Mundial de Superhéroes (worldsuperheroregistry.com), en donde se detallan los requisitos que cualquier aspirante a justiciero enmascarado debe cumplir: 1) Un traje de superhéroe (prohibido hablar de “disfraz”...), que no solo cumplirá la función de protejer la identidad de la persona detrás de la máscara, sino que involucra a quien lo use con un “propósito”, una misión: la de luchar contra el crimen y la injusticia. 2) Hechos heroicos comprobables. O sea, no basta con disfrazarse... perdón, ponerse el traje. Además, hay que actuar. Y 3) Motivación estrictamente personal, es decir, el superhéroe debe serlo por su cuenta y riesgo. No debe pertenecer a ninguna institución, ni tener esponsores, ni retribución económica por su actividad superheroica.

En cuanto a la personalidad e indumentaria del superhéroe, hay que decir que los hay más y menos logrados. Así por ejemplo, Citizen Prime, de Arizona; el californiano Phoenix Jones; Master Legend, de Florida o Shadow Hare, de Cincinnati, se acercan un  poco al aspecto que imaginamos debe tener un superhéroe. Otros están algo más lejos. El justiciero hongkonés Red Arrow, por ejemplo, luce una máscara que parece impedirle casi por completo la visión, incluso para caminar sin tropezarse (no digamos ya hacer cosas superheroicas), máscara sobre la que luce una gran flecha roja volumétrica en equilibrio sobre su cabeza, que le da más bien un aspecto de señal de tráfico andante. Los gadgets con que cuentas estos hombres para su lucha contra el crimen (hay que destacar que no suelen recurrir a las convencionales armas de fuego) también son, a veces, discutibles: el canadiense Polar Man, por ejemplo, lleva una pala a manera de arma, como si fuera el martillo de Thor. Angle-Grinder Man patrulla las calles provisto de una amoladora, pues su misión autoimpuesta es liberar a los coches que han sido inmovilizados con un cepo por mal estacionamiento. Este enmascarado está especializado en combatir las arbitrariedades cometidas por la policía de tráfico. Eso sí, no te libra de las multas, por lo que el alcance de su accionar justiciero es limitado, por no decir inútil.

En otros casos, el aspecto del superhéroe tiene el efecto de intimidar más al ciudadano de a pie que al malhechor ocasional. Es el caso de personajes como Tothian, de New Jersey; Geist, de Minessota; Scavenger, de Connecticut o Motor Mouth, de San Francisco; cuyas pintas de paramilitares pasados de sobredosis de gas mostaza no ayudan a generar confianza.

Hace poco saltaba la noticia de la detención de Phoenix Jones. Este enmascarado californiano trató de intervenir en una discusión entre un grupo de jóvenes a la salida de un local nocturno rociándolos con un spray de pimienta. Una de las chicas del grupo acabó aporreando a nuestro héroe con un zapato de tacón, mientras el resto llamaba a la policía. Phoenix Jones fue detenido y, lo peor, le fue requisado el traje, un muy convincente uniforme negro y amarillo. No siempre la policía está dispuesta a aceptar el intrusismo profesional en la lucha contra el crimen.

Pero sin duda uno de los casos más impresionantes es el de los Batman y Robin de Whitley, un dúo de justicieros enmascarados de una apacible localidad inglesa que parece haber decidido que para qué crearse un personaje habiendo tantos tan buenos ya inventados. Así, como si de una franquicia de MacDonalds se tratara, comenzaron a utilizar los nombres y los trajes del popular dúo de Ciudad Gótica. Su modus operandi está inmejorablemente retratado en este relato de primera mano aparecido en el periódico inglés The Evening Post, en donde una mujer nos cuenta cómo recibió auxilio de los Batman y Robin de Whitley. Michelle Kirby, una vecina de esta pequeña y tranquila villa, quedó varada en medio de la vía cuando su peugeot 206 se quedó sin gasolina un domingo de Pascua. Entonces “aparecieron de repente. Venían corriendo por la carretera vestidos de Batman y Robin (...) me dijeron ‘–hola, somos Batman y Robin’... ‘–no, no lo son’, les contesté... Les pregunté si iban a una fiesta de disfraces, pero ellos se mantuvieron firmes en sus personajes.” Luego de empujar el coche de la señorita Kirby hasta la gasolinera más cercana, el Dúo Dudoso (el Batman tiene sobrepeso, el Robin es calvo, ambos parecen pasar los cuarenta...) desapareció corriendo por una calle lateral.

El mundo de los héroes enmascarados inaugura la idea del “psicópata amigo”. Incluso la idea del psicópata que todos quisiéramos ser alguna vez. Cómo no alegrarnos entonces de que existan en la vida real, de que se paseen por las calles de tu ciudad con sus trajes de colores. Hasta puede que tu propio vecino sea uno de ellos, quién sabe...

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Dos potencias de saludan. Elvis y Nixon, la película

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¡Estamos de enhorabuena! Aunque aún sin fecha definitiva, Hollywood ha anunciado para este nuevo año el estreno de un largometraje sobre el explosivo encuentro en la cumbre entre el Rey del Rock y el más problemático de los presidentes de los Estados Unidos de América. Un vis-à-vis supersecreto que pudo haber tenido consecuencias inimaginables, y que se conoció muchos años después, cuando se desclasificaron los documentos correspondientes, para asombro del mundo entero.

La película, que se llamará Elvis & Nixon, será protagonizada por Eric Bana, interpretando al Rey, y Danny Huston en el papel de Nixon. Dirigirá el debutante Cary Elwes. Probablemente el guión se centrará en los acontecimientos previos al encuentro, el viaje de Elvis hasta Washington y los tensos preparativos que rodearon a la reunión.

Hay que decir que ya se había llegado a rodar otra película sobre el histórico momento. Fue un largometraje dirigido en 1997 por Allan Arkush, una producción televisiva que se llamó Elvis meets Nixon, un gran título con resonancias a otros encuentros de similar enjundia como Godzilla meets King Kong o Jesse James meets Frankenstein’s daughter. 

Aunque los hechos son conocidos, no está de más resumirlos para refrescar la memoria: el magno acontecimiento tuvo lugar el 21 de diciembre de 1970. La tarde anterior a aquella mañana histórica Elvis abandona Graceland, su Camelot particular, y se embarca en un avión de American Airlines rumbo a Washington. Durante el vuelo, escribe una larga carta de presentación, unas cinco páginas en papel con membrete de la aerolínea, en donde expone al presidente del Mundo Libre sus preocupaciones sobre la juventud americana y las drogas sin receta, sobre el inquietante avance del comunismo y de la lucha de los Panteras Negras por los derechos de los afroamericanos, sobre el Peligro Hippie y, sin mencionarlos explícitamente, sobre la perniciosa influencia de los Beatles en América, asuntos todos de la mayor importancia y sobre los que el Rey tíene un plan de acción que proponer a Nixon. Esas cinco páginas escritas de puño y letra representan las Tablas de la Ley del Rey del Rock. La solución definitiva para combatir la decadencia del Imperio. 

A primera hora de la mañana del día 21, Elvis se presenta a las puertas de la Casa Blanca, atiborrado de drogas recetadas por sus médicos y rodeado de sus guardaespaldas. Lo recibe el encargado de la seguridad, ante quien entrega la carta dirigida al presidente y solicita formalmente una audiencia. El desconcertado empleado hace volver a Elvis a su hotel, con la promesa de darle una respuesta a lo largo de la mañana. Acto seguido, le anuncia a Nixon que "el Rey a venido a verlo", para sorpresa del presidente, que no esperaba ninguna visita internacional esa mañana. Le aclaran que se trata del Rey del Rock, y Nixon rápidamente decide improvisar un encuentro. Un par de horas después Elvis entra en el Despacho Oval. Luce un impresionante traje de terciopelo morado con abrigo del mismo color puesto a modo de capa, camisa de anchísimo cuello blanco, cinturón de imponente hebilla dorada, gafas de cristales ahumados con marco de metal plateado, con las iniciales "EP" perfiladas en brillante pedrería en la patilla, y su cetro-bastón de empuñadura esférica de marfil. Nixon lleva un traje gris. 

Luego del protocolario intercambio de saludos entre ambos titanes y las fotografías de rigor, en las que se ve a Nixon con cara de estar buscando la cámara oculta, Elvis le expone sus intenciones de lanzarse al rescate de América, para lo cual solicita formalmente "una placa de agente federal", que le otorgue plenos poderes a la hora de entrar en acción. Está dispuesto a echarse sobre sus espaldas la titánica tarea de limpiar el país. Nadie mejor que él, ciertamente, pues ya por entonces se estaba convirtiendo en una especie de superhéroe, con capa y todo. Experto karateca, con su indumentaria de corte especial (es justamente en 1970 y a propósito de la práctica de las artes marciales que comienza a utilizar sus famosos trajes de una sola pieza, que le permitían una gran libertad de movimientos) en la que destacaría bien visible su placa de policía, podría entrar en acción a patada limpia contra los comunistas, los hippies y los emporios del mal. Hay que decir que se adelantó a otro visionario, Steven Seagal, en varias décadas. 

Nixon se mostró moderadamente de acuerdo. En pocas horas los funcionarios de la Casa Blanca improvisaron una placa de policía con su nombre, y el Rey, luego de obsequiar al Presidente con un Colt 45 como el que él mismo portaba, cargado con siete balas de plata, se retiró satisfecho. Misión cumplida.

Al parecer, en los siete años que le restaban de vida, Elvis nunca llegó a hacer uso de la placa.

La carrera de Elvis se ha dividido tradicionalmente en tres etapas características: La del “Elvis la Pelvis", la del “Elvis gordo” y la del “Elvis muerto”. En la primera se coronó en los cincuenta como indiscutido Rey del rock. Luego de un impasse durante los sesenta, en los que se dedica sobre todo a hacer películas, llega la segunda fase, que coincidió fundamentalmente con su periplo por los casinos de Las Vegas, y en donde incorporó sus vistosos trajes de pedrería, con capa corta y cuello-gorguera y sus cinturones de fantasía, que lo convertirían en un género en sí mismo. Y por último, la tercera fase, después del año 1977. con las constantes apariciones y avistamientos de Elvis muerto-pero-vivo en algún supermercado o gasolinera de Texas, México o Buenos Aires, siempre fugaz y con gafas oscuras, a veces en una silla de ruedas, pruebas de vida puntualmente recogidas en la prensa sensacionalista durante las tres últimas décadas. El acontecimiento que registramos sucedió hacia los comienzos de su segunda etapa, su período más glorioso y estéticamente más ambicioso, en el que se transformó en una obra de arte viviente, en un superhéroe con patillas.

La película, ciertamente, promete ser épica a más no poder. Y ya nos imaginamos una segunda parte que entre de lleno en el terreno de la especulación, con un Elvis con sobrepeso trepado al Empire State, intentando derribar a manotazos los submarinos amarillos de la imparable invasión británica. Sería precioso.

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El Dolar mormón y el Antibanco de Dios

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“Más falso que un billete de tres dólares”, dice una sabia expresión popular americana. Bueno, no tan sabia, porque no siempre fue así: hubo un tiempo en que el billete de tres dólares existió realmente. Lo puso en circulación el profeta Joseph Smith, fundador del mormonismo, y para ello creó, por mandato divino, un Antibanco.

Algún descreído habrá que todavía piense que Dios y en dinero son conceptos que no pueden ir juntos. Que “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Nada más equivocado. No hay más que seguir el desarrollo de la actual crisis económica para ver que Dios siempre está de parte de la banca. Y con mucha más razón si del que hablamos es del Dios de los mormones, la religión americana por antonomasia. Pues, como dijo Warhol, “hacer dinero” es, con diferencia, la idea más americana que existe. Es lógico, pues, que eso mismo, “hacer dinero”, sea lo que el Dios americano haya ordenado a su profeta.

Joseph Smith fue un genio religioso que concibió enteramente su particular biblia dictándola con la cara metida en la copa de su sombrero. Llegó a tener treinta y cuatro esposas. Nos convenció de que los nativos americanos eran en realidad perversos judíos, emigrados desde Tierra Santa y reconvertidos en aztecas. Inició el éxodo de su pueblo hacia la nueva tierra prometida, Salt Lake City, la futura capital de Utah, el hoy todopoderoso estado mormón. Su iglesia lleva ahora a cabo la más extraña y ambiciosa operación religiosa jamás concebida por el hombre: bautizar en el mormonismo, con carácter retroactivo y uno por uno, a todos los muertos. Para lo cual han creado el mayor archivo genealógico del mundo, con más de mil millones de registros, custodiado en una fabulosa fortaleza excavada en el centro de una montaña de Utah (un lugar considerado el cuarto mejor protegido de todos los Estados Unidos, después del Pentágono, la Casa Blanca y Fort Knox). Una montaña con gigantescas puertas blindadas de metal dorado, y que recuerda poderosamente a la “fortaleza de la soledad” de Superman. 

Pero volvamos al billete de tres dólares. Hacia 1837 la comunidad de Joseph Smith atravesaba dificultades económicas, y el profeta le pidió consejo a Dios, quien, en su infinita sabiduría, díjole: “Imprime dinero”. Un consejo inmejorable, que Smith declaró haber recibido "de forma audible", es decir, de viva voz, y no sólo como una revelación espiritual. Así que el líder mormón se decidió a fundar un banco allí mismo donde se encontraban, en Kirkland, Ohio. Hay que recordar que por ese entonces el estado no imprimía los dólares, sino que  concedía licencias a entidades bancarias locales para que lo hicieran, previa acreditación de la debida solvencia. Ni que decir que no había mucha “solvencia” en las arcas del profeta, y la licencia fue rechazada cuando ya estaban hechas las placas para imprimir los billetes. Pero un mandato divino es un mandato divino. El profeta decidió, en un golpe de genio, agregar en las placas, en pequeño y delante de la palabra “Banco”, la preposición “anti”. De modo que los billetes ya no eran emitidos por un banco que no había sido autorizado, sino por un anti-banco que no necesitaba tal autorización. Así comenzaron a circular los espléndidos billetes de tres dólares del Antibanco de Kirkland. ¿Por qué billetes de tres y no de dos o de cuatro? Los caminos del Señor son inescrutables.

Pero las cosas no acabaron bien para este genio de la religión y las finanzas. El dólar mormón fue declarado sin respaldo y el Antibanco de Kirkland quebró por insolvente. Los billetes de dolar volvieron a la ortodoxia de las cifras pares. Los mormones, eso sí, acabaron demostrando una gran tolerancia hacia ellos, acumulando con el tiempo ingentes cantidades de billetes, sin importar su denominación u origen.

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Afrociencia sorprendente: Blackenstein

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De la avalancha de películas de bajo presupuesto hechas por actores negros y para un público negro que inundó las pantallas en los setentas, la gran mayoría era cine de acción, películas de hampones y policías en los barrios bajos de L.A. o Nueva York. Pero hubo producciones que escaparon a ese modelo y generaron curiosos subgéneros, como el cine de monstruos negros. La pionera fue Blácula, de 1972, peripecias vampíricas de un conde afrotransilvano cuyo éxito de taquilla propició una secuela un par de años después. No fue el único monstruo clásico revisitado: hubo también un Dr. Jeckyll y Mr. Black, por ejemplo. Y desde luego no podía tardar en llegar una versión negra del rey de los monstruos, este Blackenstein que hoy recordamos con devoción.

En un principo, AIP, los estudios que produjeron Blácula, eran los encargados de sacar adelante Blackenstein, y además con un presupuesto bastante generoso para este tipo de cine. Pero por alguna razón el proyecto acabó en manos de una modesta productora, Frisco, y con un presupuesto exiguo. Finalmente, en 1973 vio la luz esta obra maestra involuntaria del cine, Blackenstein, para mi y por muchas razones –ninguna de ellas buena– la mejor película de afromonstruos de la historia. Veamos: 

La primera novedad es que el padre de la criatura, el doctor Stein (Frank Stein, no me digan que no es ingenioso...) no es un excéntrico “científico loco”, sino todo un premio Nobel. Además, es blanco, el único en un elenco de personajes negros (tal vez, en una década en la que Obama era aún inimaginable, el director juzgó inconcebible un premio Nobel negro). El buen Dr. Stein es un científico serio y bienintencionado que, sin embargo, vive en un decrépito caserón castigado permanentemente por tormentas eléctricas, cena a la luz de las velas en su tenebroso salón, y tiene un laboratorio con artilugios de los años treinta aunque la película está ambientada en los setenta (sin duda ayudó que reutilizaran los decorados del Frankenstein de la Universal, de 1931...).

En el principio, tenemos a Eddie, un marine herido en combate. Por culpa de las minas antipersonas, perdió los brazos y las piernas, quedando convertido en un canelón humano (suponemos que andaría a cuatro patas sobre el campo minado, de otra forma no se explica). Su novia Winifred, que es médica, consigue que el afamado Dr. Stein se ocupe de él. Eddie tendrá una oportunidad gracias a la revolucionaria “solución de ADN” del doctor. La fórmula ya ha dado resultados en una mujer centenaria conservada como una treintañera, y en un hombre que recuperó una pierna aunque a cambio su piel adquirió rayas como de cebra. Como vemos, la “solución de ADN” es de amplio espectro.

Técnicamente hablando, la película es, digamos, peculiar: la música de suspense salta en los momentos en donde no pasa nada, mientras que en las escenas de tensión suena música de ascensor. La iluminación es tan escasa que resulta difícil ver a los actores (negros) en las escenas nocturnas, que ocupan casi todo el metraje. Al musicalizador sordo y al iluminador ciego se le suma un elenco de actores irrepetibles (afortunadamente). Joe deSue, el actor que interpreta al futuro monstruo es un prodigio de inexpresividad. En los escasos diálogos que tiene da la impresión de estar al borde del coma. Tal vez, pensamos, lo metieron al set drogado, única manera de hacerlo participar en la película. En todo caso, que sepamos, no volvió a interpretar ningún papel en el cine después de Blackenstein. Lástima, hubiera estado genial haciendo de la Momia.

La caracterización del monstruo es otra de las cúspides estéticas de la cinta. No tiene nada que envidiarle a los hallazgos de un Jack Pierce, el creador de la imagen del Frankenstein de Karloff. La nota más característica de nuestro Blackenstein es, naturalmente, su peinado afro con forma de cubo. Pero a eso hay que sumarle un impecable conjunto supercool de traje y sweater de cuello alto negros, al mejor estilo soulman, y unas botitas de media caña acharoladas que, suponemos, vendrían ya con el juego de piernas nuevas, puesto que el monstruo sale con ese look directamente de la mesa de operaciones. Tornillos en el cuello no lleva, porque Blackenstein, como buen hijo de su tiempo, no es producto de la electrolisis sino de los enredos con el ADN.

El elemento clave del filme es el ayudante del Dr. Stein. Un ayudante que ni es jorobado ni se llama Igor sino Malcolm, y al que a pesar de su titulación universitaria vemos servir los platos a la hora de la cena y realizar, en general, todas las tareas domésticas. Una curiosa mezcla de médico residente y mucama a tiempo completo. Malcolm, fatalmente, se enamora de la bella Winifred, pero ella está comprometida con el marine demediado. El asistente, entonces, manipulará la fórmula de ADN que le administran a Eddie, con la intención de frustrar su recuperación. Como consecuencia, a Eddie le crece un peinado afro cuadrangular y por las noches sale a destripar viandantes para regresar luego a su habitación. El Dr. Stein y Winifred sospechan que algo pasa con Eddie: ahora ya solo gruñe y camina rígido y con los brazos hacia adelante, como si fuera Frankenstein...

Malcolm, el asistente, mientras tanto, pierde la paciencia y el romanticismo e intenta violar a Winifred, pero se cruzará con Blackenstein y morirá destrozado. El monstruo, descontrolado, se lanza entonces a una orgía de destrucción y... 

Aquí viene uno de los finales más auténticamente apoteósicos de toda la historia del cine. No me puedo resistir a contarlo, de manera que quien quiera esperar a ver la película mejor no siga leyendo. También creo necesario advertir que si hay personas impresionables, abandonen este post ahora mismo... 

Pues bien, el Monstruo finalmente es atacado por unos perros..., que se lo comen. Han leído bien, se lo comen. En la escena final, los perros devoran con buen apetito una ristra de salchichas que, suponemos, el director ha querido hacer pasar por los intestinos del monstruo. Un inesperado final gastronómico que no dejará indiferente a nadie, no lo duden.

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Seguir siendo o no seguir siendo, esa es la cuestión

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Alcanzar la inmortalidad o diluirse en la nada de una vez y para siempre. Dos tendencias contrapuestas, dos aspiraciones, dos soluciones finales que, predecimos, triunfarán en el mercado de la Fe en la próxima temporada.

Superadas o caídas en el descrédito las viejas religiones y sus dogmas apaciguadores, surgirán sin duda nuevos cultos capaces de dar respuesta a la angustia de los hombres. Pero... ¿cómo serán estas religiones del futuro? Vamos a tomar como ejemplo dos novelas que describen el acontecimiento creativo más fascinante de que se pueda ser testigo: el nacimiento de una nueva religión destinada a cambiar el mundo.

La primera de estas religiones es la Elohimita, cuyo surgimiento se nos describe en la novela La posibilidad de una isla, del escritor y polemista francés Michel Houellebecq. La segunda, el culto Cavita, de cuya imparable expansión trata Mesías, del escritor americano, y también polemista, Gore Vidal.

La primera nos ofrece la vida eterna aquí en la Tierra, por medio de la clonación del cuerpo. La segunda, la desaparición total, la disolución en la nada a través del culto a la muerte y su conclusión obligada, el suicidio. ¿Con cual nos quedamos? inmortalidad o liberación, ese es el dilema.

En ambos casos, el profeta o mesías que da comienzo al culto debe morir (a manos de sus propios seguidores) para que la doctrina se dispare y alcance proporciones de epidemia universal. Ambas son religiones sin Dios, centradas en este mundo y no en el más allá. En la novela de Houellebecq, los Elohimitas buscan la vida eterna a través de la anulación de la muerte. Para ello recurrirán a la ciencia de la clonación, para replicar el cuerpo, siempre joven y sano, y transplantarle la memoria y la personalidad del original.

El principal interés del profeta Elohimita, sin embargo, será el sexo. Él predica el amor libre, y se rodea de un sumiso y joven harén. Seguir disfrutando de los placeres de la carne es un motivo más que suficiente para buscar y desear la inmortalidad... aunque la solución que proponen los elohimitas, contradictoriamente, acabará haciendo innecesario y hasta inconveniente el sexo como forma de reproducción (dado que con la clonación se perpetuarán los individuos ya existentes, no será buena idea agregar nuevos. Abolir la muerte implicará necesariamente abolir también los nacimientos).

En la novela de Gore Vidal, la religión Cavita nace cuando el empleado de una empresa de pompas fúnebres llamado John Cave recibe un conocimiento súbito, una iluminación: la muerte nos libera, nos disuelve en la nada, y esto es bueno, incluso maravilloso: “son los vivos los que padecen”, dice Cave. Los muertos forman parte de ese inconcebible todo que es la Nada. El mensaje de Cave, simple, directo y poderoso, es retransmitido por televisión desde la capilla de la funeraria en donde trabaja, y el efecto es inmediato: John Cave libera al mundo del Miedo, que es el miedo a la muerte. Sus adeptos se multiplican por millones. La prematura muerte del mesías tanático disparará aún más su credo hacia el éxito: pronto, los seguidores de Cave no querrán esperar la muerte natural, y optarán por la “vía cavita”, el suicidio.

Ambas ficciones encuentran eco en el mundo real: Houellebecq se inspiró abiertamente en el movimiento Raeliano para crear su religión. Este culto nació en 1973 a partir de las doctrinas de Raël, un profeta autoproclamado nacido en Canadá. Los Raelianos, que afirman que el propio ser humano es en su origen un clon, un experimento de otra raza venida del espacio, anunciaron en 2002 que habían conseguido clonar una mujer a la que llamaron Eva. Sus rituales también giran en torno al sexo y la libertad sexual: Las mujeres raelianas organizan marchas públicas a pecho descubierto (las llamadas Boob March) bajo el lema “libera tus pechos, libera tu mente”. Personalmente no le encuentro ninguna objeción a estas aspiraciones de inmortalidad y abundancia carnal. Que estas ideas le fueran reveladas a Raël mientras estuvo abducido por un platillo volante no les quita mérito. 

Por el otro lado, existe un movimiento (aunque no está organizado como religión) llamado Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT), que promueve la desaparición del género humano como la solución idónea a los problemas medioambientales. Hay que reconocer que esta también es una buena idea. Eso si, a diferencia de los Cavitas de la ficción, los “vehements” (nombre surgido a partir de las siglas en inglés del movimiento) no son partidarios del suicidio, del asesinato o del genocidio. Simplemente promueven la abolición voluntaria de la reproducción: si nadie tiene más hijos, en un breve lapso de tiempo la molesta humanidad desaparecerá, y con ella los problemas. Una actitud altruísta llevada hasta sus últimas consecuencias.

Ambas posturas, aunque afirmativa una y negativa la otra, comparten algunos puntos esenciales. No solo prescinden de Dios, como ya dijimos, sino que también prescinden de un “mas allá”, de la idea de una segunda oportunidad ultraterrena. Tanto en la línea Cavita como en la Elohimita, la cuestión es seguir siendo o no seguir siendo aquí, en este valle de lágrimas. Ambas, en definitiva, son formas contrapuestas del sentido común. Creo que ambas acabarán siendo modelos para las sectas triunfantes de este nuevo siglo, para las nuevas verdaderas religiones, y desde ya las apoyo calurosamente (eso sí, no les pienso donar ningún porcentaje de mis ingresos).

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Cómo acabar de una vez por todas con la música Disco

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El acontecimiento musical más importante después de Woodstock tuvo lugar en Chicago hace 32 años. Y curiosamente, fue un evento sin música. Se llamó The Disco Demolition Night, una descontrolada ceremonia pagana en donde se quemaron miles de elepés de los Bee Gees y Gloria Gaynor, con la intención de acabar de una vez y para siempre con la música Disco.

Altamont, Monterey Pop, Isla de Wight, Wattstax... muchos son los festivales musicales que lograron ir más allá de la música, y convertirse en indiscutibles hitos de la cultura de masas, y símbolos de una época. Pero lo que sucedió aquella noche del 12 de julio de 1979 cambió el rumbo de la música para siempre y clausuró toda una década.

El organizador del evento, un locutor de una radio local, jamás imaginó que lo que nació como una simple acción promocional para su emisora acabaría convirtiéndose en Historia. Y es que parece ser que todo lo relacionado con la música Disco es el resultado de un gigantesco equívoco, de una broma que acaba convirtiéndose en realidad. Hagamos un poco de historia: En 1976, un reportero de la New York Magazine debía rellenar unas cuantas páginas antes de la fecha de cierre. Nik Cohn, que así se llamaba el periodista, acabó presentando un largo reportaje sobre una nueva tribu urbana que poblaba las noches de los barrios de la periferia de Nueva York. Puso por título a su nota “Ritos tribales de la nueva noche del sábado”. En ella describía las inquietantes evoluciones nocturnas de una nueva especie de jóvenes suburbanos que recorría las calles entre discoteca y discoteca, haciendo de la pista de baile el altar de un ritual cuasi-pagano en donde cada noche se inmolaban a la mayor gloria de una adictiva nueva música sincopada. El reportaje contaba que “En la pista eran como soldados en un desfile, un pequeño batallón, uniformados con camisas de flores y ajustados pantalones de campana. Nadie sonreía ni mostraba la menor expresión. (...) Tema tras tema, hora tras hora, desplegaban sus rutinas, su ejercicio. Disciplina absoluta, el equilibrio más impecable”. Todo muy impresionante, si no fuera porque semejante “tribu urbana” existía solo en la imaginación de Nik Cohn. Tiempo después, el periodista reconocía que se lo había inventado todo, porque necesitaba colocar el reportaje, y que aquello era “lo peor que había escito en toda su carrera”. Pero para entonces era demasiado tarde. La bola (de espejos) ya se había echado a rodar, y se convirtió en un fenómeno imparable: Unos  avispados guionistas de Hollywood tomaron la historia y la transformaron en película, basándose en los chicos que describía Cohn para crear al inmortal Tony Manero, el protagonista de Fiebre de Sábado Noche, la película que disparó la moda Disco hasta el último rincón del universo conocido.

Como consecuencia del tsunami planetario que provocó la película, las discográficas se avalanzaron a producir como chorizos discos con el “nuevo sonido”, y se abrieron en cada ciudad infinidad de discotecas con sus bolas de espejos y sus luces audiorítmicas, que se poblaban cada noche de creyentes celebrando los “ritos de la nueva noche del sábado”. En poco tiempo, todo fue música Disco. Hasta los mismísimos Rolling Stones acabaron arrimándose al ascua con canciones como Miss You.

Demasiado para Steve Dahl, locutor de una radio de Chicago, que veía como se clausuraban programas de rock para pasar a emitir aquella omnipresente música de voces platinadas y sedosos arreglos de metales. Decidió organizar una protesta, que de paso serviría para promocionar su alicaída emisora. El evento estaba programado para animar el entretiempo de un partido de ese incomprensible deporte americano llamado beisbol. Steve Dahl había animado a los oyentes a que fueran al partido llevando sus álbumes de música Disco, para prenderles fuego en el centro del campo. Dahl se hubiera dado por satisfecho si conseguía que un par de miles de personas acudieran con sus discos, pero se encontró con unos 75.000 entusiastas dispuestos a contribuir al aquelarre. Durante el primer tiempo del partido, el clima era amenazante: la gente había desplegado grandes pancartas con la inscripción “la Disco apesta”. En el intermedio, los organizadores del evento colocaron una plataforma en el medio del campo, con una gran caja repleta de discos sobre unas “bombas” que eran más bien fuegos de artificio. Luego de un enfático discurso, se hicieron explotar las cargas, y los discos volaron por los aires. Todo resultó un tanto decepcionante, y así lo entendieron las miles de personas que se habían congregado para acabar con la música Disco. De manera que la multitud comenzó a forzar y derribar las vallas de seguridad que separaban al público del césped. Miles de enfervorizados melómanos ocuparon el campo, y al grito de “la Disco apesta” empezaron a prender fuego a los discos, generando columnas de humo por todas partes. La seguridad del estadio se vio completamente desbordada. Las pilas de discos en llamas se convertían en plástico derretido y humo negro, quemando de paso el césped del estadio. Pronto llegaron refuerzos de la policía antidisturbios, intentando contener a los melómanos pirómanos. Desde las gradas altas del estadio, los que no habían conseguido bajar arrojaban sus elepés de Village People, KC & the Sunshine Band y Donna Summer hacia el centro del campo, como una mortífera lluvia de estrellas ninja.

El acontecimiento se saldó con cientos de detenidos y el estadio inutilizado. La prensa de todo el mundo habló de la Disco Demolition como “la noche en que murió la música Disco”. El estilo entró en rápido declive y las emisoras de radio comenzaron poco a poco a cambiar su programación. Pero lo que aquellos amantes de la música no pudieron llegar a imaginar es que lo que se les venía encima era algo infinitamente peor: Comenzaban los ochenta...

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