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El planeta redentor

El planeta redentor

Días atrás iba yo por la calle cuando una chica se me acerca y me da un folleto con la imagen de un gran globo rojo y, en letras tamaño catástrofe: “PLANETA GIGANTE SE ACERCA A LA TIERRA”. En un recuadro destacaba “NO ES FICCIÓN”. Comprenderán que me sintiera alarmado. El panfleto promocionaba un libro, “Hercólubus, o Planeta Rojo”. Su autor, V. M. Rabolú. El texto me advertía de que un gran planeta, Hercólubus, se acerca a gran velocidad hacia la Tierra. Se decía, sin embargo, que en el libro uno encontraría la fórmula para salir con buen pie de la colisión interplanetaria.
Confieso que esa noche no pegué ojo. ¿Qué clase de sabiduría encerraba el dichoso librito? ¿Cómo sería posible salir bien parado de lo que a todas luces parecía una muerte segura, la aniquilación total de nuestro mundo? ¿Quién era V. M. Rabolú?
Al día siguiente corrí a echarle un vistazo al libro, y recorrí internet de cabo a rabo en busca de información.

V. M. Rabolú (la V. y la M. son las iniciales de Venerable Maestro) es originario de Colombia, de profesión gnóstico, y discípulo aventajado de Samael Aun Weor, fundador de la Gnosis Samaeliana. El Venerable Rabolú escribió su mundialmente famoso libro a partir del uso de “sus facultades cognoscitivas positivamente despiertas”. En él nos describe con inusual franqueza lo que ocurrirá con la Tierra a raíz de la llegada de Hercólubus (¡todo indicaría que ya se encuentra en las proximidades de Plutón!) y, lo más importante, cómo debemos proceder para salvarnos del cataclismo.

Hercólubus es un planeta seis o siete veces mayor que Júpiter. Está al parecer compuesto por un material que absorbe la luz y apenas la refleja, manteniéndolo fuera del espectro visible. Describe una órbita elíptica y pasa cada 6.666 años cerca de la Tierra. La vez anterior habría causado el hundimiento de la Atlántida y el Diluvio Universal. En su próxima e inminente visita provocará terremotos, maremotos, erupciones volcánicas, epidemias y desequilibrios mentales masivos.
Esto al principio.
Al acercarse más, se producirá el vuelco de los ejes de rotación de la Tierra, haciendo que los polos se trasladen al ecuador y el ecuador a los polos. Por su descomunal tamaño, la órbita del planeta será imposible de detener o desviar.

Pero volvamos al libro del Venerable Maestro Rabolú: lejos de estar preocupados, debemos felicitarnos por nuestra buena suerte, puesto que Hercólubus es un planeta purificador, que viene hacia la Tierra para limpiarla del mal y la suciedad con que los seres humanos la hemos afeado.
Hercólubus vendría a ser como una gran bayeta apocalíptica que cada cierto tiempo limpia y adecenta nuestro planeta azul, nuestro hogar cósmico. De hecho, advierte Rabolú que si el paso del planeta y su cataclismo desinfectante demorara mucho, los hombres con su maldad intrínseca se destruirían entre sí de una forma horripilante. Incluso parece ser que ya estamos a un paso de presenciar “revoluciones sangrientas, ateísmo, materialismo, bolchevismo y anarquismo, intelectualismo, pérdida de la vergüenza orgánica, drogas, alcohol, prostitución total de la mujer, explotación, etc, etc”. Frente a este panorama, se comprende que Hercólubus sea nuestra única esperanza. La gran catástrofe que nos espera se convierte en “una necesidad impostergable”.

Ahora bien, se preguntarán ustedes, como hice yo, cuál es el procedimiento por el cual los que hayan comprado el libro de Rabolú consigan escapar al cataclismo. En sus notas finales, nos explica el Venerable Maestro que debemos comenzar por desintegrar el Ego, y subsanar así nuestros defectos psicológicos. Evitar el desastre está en nosotros mismos, en abrir los ojos y generar un cambio de Amor y de Luz que modifique la mala forma en que hemos conducido nuestra vida en la Tierra. Una vez llegado el choque, los que hayan trabajado por la Luz y purificado su Ego habrán alcanzado los niveles energéticos vibratorios necesarios para ingresar a la cuarta dimensión a la que pasará la Tierra como consecuencia de los ajustes orbitales y los cambios físicos producidos, y en donde iniciarán “un nuevo período evolutivo” en el flamante paraíso, “vibrando a una frecuencia de 13 ciclos por segundo”, en consonancia con la luz del sol. Borrón y cuenta nueva.

En cuanto al resto, las “fuerzas involucionistas” (los que no hayan comprado el libro), desencarnarán y serán abducidos por la propia atmósfera de Hercólubus, que vibra en una frecuencia tan baja que es capaz de succionar a todos los espíritus acordes con esta sintonía.
Avisados estáis.


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Elemental, mi querido Conan Doyle

Elemental, mi querido Conan Doyle

Damas y caballeros, examinen atentamente la fotografía que reproduzco más arriba: una imagen de 1917 de una niña rodeada por un corro de alegres hadas. ¿Dirian que es una falsificación, un montaje? Según un largo listado de reputados expertos, encabezados por el “padre” de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle, esta imagen es auténtica.

El asunto de las “hadas de Cottingley”, el pequeño pueblo inglés en donde se tomaron las fotos, despertó una gigantesca polémica en la prensa de la época. Dos niñas, Frances y Elsie, contaron a sus padres que en el bosquecillo a donde iban a jugar habían visto hadas. Como no les creían, una tarde llevaron la cámara fotográfica de su padre. El resultado, una serie de instantáneas que mostraban a las niñas rodeadas de elegantes y saltarines personajes diminutos, ataviados a la última moda y con alas de mariposa a sus espaldas. El asunto no tuvo mayor trascendencia hasta que un par de años después las placas caen en manos de Arthur Conan Doyle, escritor y creador del célebre detective Sherlock Holmes. Sir Arthur, muy impresionado, recurre al peritaje de expertos en fotografía de la casa Kodak, quienes certifican que ni los negativos ni las copias están trucados. Técnicamente hablando, las fotos son auténticas.
Siguiendo con la pesquisa, resuelve visitar el lugar de los hechos y entrevistarse con las niñas y su familia, unos humildes obreros de Yorkshire.
En 1920, tres años después de tomadas las fotografías, y luego de muchas investigaciones, peritajes, entrevistas, consultas a expertos, idas y venidas, publica un largo y concienzudo estudio en la prestigiosa revista Strand Magazine, revelando al mundo el hallazgo de lo que llamó con toda justicia “un hito en la historia de la humanidad”: la prueba de que “en la superficie de nuestro planeta existe una población tan numerosa como la de la especie humana”. Se trata de los popularmente denominados “hadas y duendes”, los primeros, “un compuesto de humano y mariposa”, mientras que los segundos “se acercan más a los lepidópteros”.

El extenso artículo, que dio la vuelta al mundo y que luego se publicaría, ampliado, en forma de libro, desarrolla por medio de un formidable despliegue de lógica deductiva las características de esta nueva raza. Así, leemos que [esta especie] “se distingue de nosotros por la simple diferencia de la frecuencia de sus vibraciones”. Puesto que “tan sólo podemos ver aquello que se encuentra dentro de los límites del espectro luminoso (...), a un lado y a otro de ese espectro hay infinitas vibraciones que no pueden captar nuestros ojos. Si fuésemos capaces de imaginar una variedad de seres hechos de una sustancia que emite vibraciones más largas o más cortas que las nuestras, éstos seres resultarían invisibles en la medida en que no ‘sintonizaríamos’ con su frecuencia”.

Ahora bien, al agudo y perspicaz padre de Sherlock Holmes no se le escapaba que para que algo pueda ser fotografiado tiene que tener sustancia física. Con impecable lógica dedujo que, aunque de un orden más sutil que el que normalmente pueden registrar nuestros sentidos, estos seres son materiales: están compuestos de una especie de “envoltura fluídica” que a veces puede hacerse visible y tangible. Una sustancia que se encontraría “justo más allá del nivel de percepción de los sentidos normales del hombre”. Ésta sustancia fluídica, por lo que vemos en la foto, también alcanzaría a la indumentaria, porque las hadas lucen vestiditos plisados, leotardos, cinturones y diademas para sujetar sus peinados “a la francesa”.

Finalmente, el libro (hay una edición en español: “El misterio de las hadas”, Arthur Conan Doyle, ediciones Olañeta, 1998) se completa con un exhaustivo catálogo razonado de los especímenes (forma, peso, color, alimentación...) según su especie o su nacionalidad (las hadas inglesas son mayormente verde esmeralda, las holandesas violeta oscuro...). Y un epílogo interesante por parte de los editores: setenta años después, en 1982, la Kodak reabrió la investigación, y su mayor experto se declaró incapaz de afirmar que las fotos eran falsas.

A mí la verdad es que no me parece importante si las fotos son reales o falseadas, ni si existen los duendes o no. Lo que me llega a maravillar es la capacidad de la lógica para justificar razonablemente prácticamente cualquier cosa a través de una argumentación bien construída. Dentro de la lógica todo es posible, hasta la Santísima Trinidad. Sólo hacen falta un grupo de expertos y un informe.

La venganza tiene un nombre: Dr. Phibes

La venganza tiene un nombre: Dr. Phibes

“Nueve la mataron, nueve morirán, nueve malditos para la eternidad”.
Si Shakespeare hubiera aguantado quinientos años más habría acabado escribiendo la historia del abominable Dr. Phibes, la encarnación misma de la Venganza y la máxima creación del genial Vincent Price.

“El Abominable Dr. Phibes” se rodó en 1971 a las órdenes de Robert Fuest, director inglés que contaba en su haber con unos cuantos episodios de la serie Los Vengadores. Con un impresionante elenco encabezado por Vincent Price y Joseph Cotten, la película lo tiene todo: asesinatos, música, suspense y decorados art deco.

Hagamos una breve sinopsis: El Dr. Phibes, un culto cirujano experto en música y teología culpará de la muerte de su amada esposa a los nueve médicos que la atendieron tras un aparatoso accidente de coche (él ha quedado horriblemente desfigurado y es dado por muerto). Phibes prepara la venganza: asesinará a los médicos inspirándose en cada una de las plagas bíblicas, en un alarde de imaginativa crueldad y sofisticado sadismo.
Nuestro moderno y descontrolado Orestes se refugia en una especie de bunker art deco. Cubre su rostro desfigurado con una máscara que es la impasible cara de Price. Entre crimen y crimen, toca un llamativo órgano de tubos de metacrilato, acompañado por una orquesta de autómatas. Para poder hablar, se conecta a un gramófono por medio de un cable a un orificio en el costado del cuello. Y se alimenta introduciendo una cuchara en el mismo orificio (ésta es una escena especialmente encantadora). Siempre está acompañado por su fiel Vulnavia, la misteriosa ayudante muda, y por el cadáver de su amada Victoria.

En este género que, si no existe, debería ser definido como “cine de venganza”, el desarrollo habitual de la historia suele ser el siguiente: durante las primeras tres cuartas partes del metraje el protagonista sufre un rosario de humillaciones, hasta que se produce su reacción final, una catarsis de violencia desatada. En “El Abominable Dr. Phibes” se nos ahorra la parte del melodrama. Desde el principio de la película el buen doctor es ya un asesino demente, un siniestro genio del mal. Y nos queda toda la extensión del filme para disfrutar junto a él del sabor de la venganza. Porque Phibes es ante todo un esteta. Un esteta de los años 70 pero aún así, a su manera, un refinado en esto del crimen.

Al año siguiente se estrena una segunda parte, “El regreso del Dr. Phibes” (Dr. Phibes Rises Again, 1972) en el que nuestro héroe, que ha estado hibernando durante diez años, nos lleva hasta Egipto con su criogenizada esposa. Allí intentará revivirla utilizando los secretos de los faraones, y de paso nos brindará otro extravagante catálogo de asesinatos concebidos a la manera de las bellas artes.
Aquí también encontramos originalidad. Normalmente, en este tipo de películas algo acaba fallando y el malvado no se sale con la suya,. Pero esta vez el sádico doctor conseguirá la tan ansiada vida más allá de la muerte para su hermosa Victoria, y encima nos habrá dejado dos de las mejores películas de la historia del cine.

Y nos recuerda de paso que la venganza es un manjar condimentado en el infierno.

El verdadero Aspecto de Dios

El verdadero Aspecto de Dios

Es éste un asunto que ha generado tantos quebraderos de cabeza y tantas estériles discusiones filosóficas que me veo ya casi en la obligación de dar una respuesta contundente, explicar el punto bien clarito y dejar zanjada la cuestión.

¿Qué Aspecto tiene Dios?
Tanta confusión sobre el tema se lo debemos, cómo no, a los nórdicos. Tanto metafisico alemán y tanto escolástico flamenco no han hecho más que enredar y han ido orientando la discusión sobre una base absurda: que Dios no tiene forma, que es un concepto, una entelequia, una abstracción... O cosas como “una esfera cuyo radio es infinito y cuyo centro está en todas partes”. Tonterías así.

El dedo en la tecla parece ser que lo dio, finalmente, no un teólogo ni un místico iluminado sino, curiosamente, Salvador Dalí, a quien se le atribuye el feliz enunciado: “Dios tiene la forma de un hombre de un metro de estatura”.
Ya la frase misma lo deja todo expresado con bastante claridad y no podemos dejar de estar de acuerdo con su sencillez y exactitud, pero por ser escrupulosos desarrollaremos la idea:
Lo razonable es pensar que el creador tendrá más entidad que la creación. Dios tiene que ser, por fuerza, más consistente que nosotros. En este punto aciertan los budistas al afirmar que el mundo es Ilusión. El mundo es, lógicamente, una imagen generada, una proyección del creador. Si tomamos cualquier imagen reproducida en un periódico, y la vemos a través de la lente de una lupa, veremos que está formada por infinidad de puntitos microscópicos, aislados entre sí y flotando en el vacío. Desde una cierta distancia, este grupo de puntitos generan una ilusión de realidad: una imagen.

Nuestro mundo también está construído por puntitos microscópicos flotando en el vacío. No lo digo yo, lo dice la Física. Formamos algo parecido a uno de esos cuadros “puntillistas”, prueba evidente de que somos una imagen, una reproducción.

Siguiendo escrupulosamente a la ciencia, tenemos que un hombre, entonces, es una serie de microscópicas partículas aisladas separadas entre sí por vacío, por Nada.
Si eliminamos estos espacios de Nada tendríamos un hombre pero, por así decirlo, reconcentrado en materia pura, un Hombre Absoluto, de materia verdaderamente material, rechoncho, compacto y auténticamente real, de una densidad inimaginable, que contendría la totalidad de las energías universales. Y mediría, por tanto, un metro de altura (por lo que dé de ancho).

Ya luego Dalí agregaba que Dios, siendo Dios, no podía tener esa barba radical-socialista con la que se lo representa habitualmente, pero creo que dicha afirmación es un poco arbitraria y no tiene mayor justificación. Yo al menos nunca me he tomado demasiado en serio esta última observación.

Orgasmos en el cielo: Wilhelm Reich y el “cañón rompenubes”

Orgasmos en el cielo: Wilhelm Reich y el “cañón rompenubes”

La historia de cómo este prestigioso psicólogo vienés, discípulo y protegido de Sigmund Freud llegó a dominar el clima y a desencadenar a voluntad las tormentas y las lluvias es uno de los hitos más fascinantes del desaforado siglo XX. Merece que le dediquemos unas líneas a esta gesta y a su genial autor: Wilhelm Reich.

Reich llegó a la cima de su reconocimiento como psicólogo en 1926 con la publicación de un libro revolucionario: “La función del orgasmo”. En él venía a concluir que la energía desplegada durante un buen polvo equilibraba las funciones del organismo, dando paso a un individuo sano.
Pronto comprendió que esta energía, muy evidente durante la descarga orgásmica, se encontraba en realidad diseminada en todo el espectro de la creación, como una especie de halo vital, una energía que “precede a la materia y la genera”, justamente lo contrario que la energía atómica (que parte de la destrucción de la materia). Consiguió aislarla y definirla en su mínima unidad: el Orgón, y a partir de ella creó una nueva ciencia, la orgonomía. Aquí comienza su historia de genio incomprendido: sus teorías sexuales le valieron la expulsión de varios países de Europa por inmoral y agitador, de la Asociación Psicoanalítica por comunista y del partido comunista por freudiano.

Así las cosas, recala en los Estados Unidos y acaba desarrollando su creación más celebrada, que lo colocaría a la altura de un Einstein: el “acumulador de orgón” y su aplicación más espectacular: el Cloud-Buster o cañón rompenubes, con el que demostraría que los cielos tienen sexo.

Partiendo de su idea de que la energía sexual y la energía cósmica son dos manifestaciones de una misma cosa, llegó a la conclusión de que si un buen orgasmo era capaz de regular el buen funcionamiento del cuerpo humano, la potencia orgiástica de la capa atmosférica que recubre la tierra podía ser redistribuida para modificar el clima allí donde fuese necesario. El instrumento diseñado para tal empresa fue el Cloud-Buster, un cañón compuesto por un haz de tubos de un mínimo de cuatro metros de longitud que, apuntados convenientemente hacia un sector del firmamento no disparaba nada. Porque el cañón de Reich no disparaba. Absorbía. Con sus tubos huecos dirigidos hacia el centro de una nube de vapor de agua, Reich calculaba que el exceso de “energía orgónica” concentrada sería aspirado y reconducido a través del artefacto hacia el fondo de algún lago cercano.

Así, en 1953, en unos terrenos de su propiedad, Reich apuntó con su cañón al centro de una nube y esperó. Al tiempo la nube comenzó a disgregarse: ¡¡el experimento había sido un éxito!!. Reich pensó, con buena lógica, que si el Cloud-Buster tenía el poder de disolver una nube, también podría llegar a formarla. Todo consistía en apuntar esta vez a la periferia de la nube, a una zona donde el cielo estuviera despejado. Así lo hizo y esperó. Esperó, y entonces... ¡¡una pequeña nube comenzó a formarse ante sus ojos!! Reich habrá sonreído bajo la lluvia desatada: había triunfado.
Intentó entonces el “más difícil todavía”. ¿Qué pasaría si el cielo estuviera totalmente limpio, sin rastro de tormenta? ¿sería capaz el Cloud-Buster de formar una nube en esas condiciones? Dirigió otra vez los tubos al cielo un soleadísimo día de primavera y esperó, otra vez esperó, y esperó más tiempo. Y en un determinado momento, una nubecilla algodonosa apareció en el firmamento, despejando toda duda: el Cloud-Buster funcionaba, sólo le requería más tiempo reagrupar los excedentes de “energía orgónica” traídos desde tan lejos.

Las autoridades americanas, puestas en aviso sobre las actividades del genio, lo llevaron ante los tribunales. La excusa: lo acusaron de vender acumuladores de orgón, “simples cajas vacías”, según los jueces. Siguiendo órdenes estatales, sus publicaciones fueron quemadas en acto público, y Wilhelm Reich murió en la cárcel en 1957.

Un inexplicable manto de olvido recae hoy sobre la obra de Reich, el padre del orgasmo cósmico. Él llevó la idea de la libertad sexual hasta sus últimas consecuencias, y eso le valió persecuciones y desprestigio. Él fue el primer hombre de ciencia en reivindicar el sexo como fuente de salud y de placer, y de paso provocar la lluvia en zonas de sequía. ¿Por qué el mundo desprecia a sus prohombres?

Una reparación histórica: la AUTÉNTICA Octava Maravilla

Una reparación histórica: la AUTÉNTICA Octava Maravilla

Con el estreno encima de la nueva versión de King Kong, de Peter Jackson, no está de más revisar una injusticia sostenida a través de los años, y que a fuerza de ser repetida se ha convertido en tópico: “King Kong, la Octava Maravilla”.
Repasemos, por si hace falta, el listado de las otras siete: la gran pirámide, los jardines de Babilonia, el templo de Artemisa, la estatua de Zeus, el mausoleo de Halicarnaso, el coloso de Rodas y el faro de Alejandría.
Todas ellas, se observará, son o han sido cumbres de la creación o del ingenio del hombre.
¿Qué pinta entonces un mono en esta lista, por más que sea un mono enorme? ¿Por qué es el dicho mono “la Octava Maravilla” y no lo son el tiranosaurio, el pterodactilo o la serpiente gigante de la misma isla de Kong, si son bichos igualmente impresionantes? ¿A cuento de qué, en definitiva, un animal en esta lista de ingenios humanos? El simio es innegablemente grande, pero ahí se acaba su mérito, en el que no ha intervenido para nada la mano del hombre.

Ya es hora de decir, alto y claro, que la verdadera, la incontestable Octava Maravilla es, sin duda alguna, MECHANI-KONG.
Mechani-Kong, el gorila cibernético, que hizo su aparición en el hoy semiolvidado film “King Kong escapes!” (Ishiro Honda, 1967), es un complejísimo mecanismo de 65 pies de altura y 15.000 toneladas de imponente metal cromado, activado a base de una ingeniosa combinación de cables, poleas, engranajes, bujías, temporizadores, manómetros, circuitos, baterías, propulsores y toveras, que rematan en una lucesita intermitente alojada en la pequeña cabeza de gorila mecánico, producto del genio del malévolo Doctor Who (no, no ÉSE doctor Who...) y de su secuaz, la intrigante Madame Piranha.
Mechani-Kong es una auténtica maravilla, a la que le ha tocado la mala suerte de vivir a la sombra del célebre King Kong, un bonobo tan estúpido como para enamorarse de una rubia. Tan estúpido como para no considerar siquiera la diferencia de tamaños. Y no hablemos ya de la diferencia de edad.
Mechani-Kong es más inteligente, más vistoso y más moderno. Y ningún Peter Jackson nos convencerá de lo contrario, por más oscars que se lleve en el intento.

Galería de genios olvidados: Franz Antón Mesmer

Galería de genios olvidados: Franz Antón Mesmer

Estamos en el interior de un lujoso hotel de la plaza Vendome, en el París de 1780. Un grupo de señoras y caballeros elegantes están sentados alrededor de una gran artesa metálica llena de agua sulfurosa hasta los bordes. Una cuerda los mantiene atados entre sí, y a su vez a la artesa. Suena una música exótica, y entre el humo de los inciensos Mesmer, ataviado con una túnica morada, va tocándolos uno a uno con una varita de metal. Algunos gimen y sacuden la cabeza. Otros caen hacia atrás, los ojos en blanco.

Más allá, en el gran salón de tapices orientales, una hermosa señorita aguarda sentada en un canapé. Mesmer se acerca lentamente, los ojos negros fijos en sus ojos. La joven se agita. Mesmer mueve las manos frente a ella, hacia arriba y hacia abajo, sin dejar de mirarla intensamente, sin pestañear. Ella se retuerce entre alaridos. Los espasmos están a punto de tirarla al suelo, pero Mesmer rápidamente la sujeta y con mano firme la conduce hasta un pequeño cuarto acolchado al fondo del salón. Es el “gabinete de las crisis”.

Mientras tanto, los convulsos personajes atados a la artesa, la “cubeta de la salud” de aguas imantadas, empiezan a volver del trance. Un ayudante los va desatando. Están curados.

Media hora más tarde, se abre la puerta del cuartito del fondo y emerge la hermosa muchacha, las mejillas rojas y el peinado alborotado. Sonríe, está curada. Detrás sale Mesmer, abrochándose la túnica.

Los caballeros y las señoras se van yendo. Antes, pagan generosamente. Paga incluso la muchacha. Porque todos han sido curados.

Pero, ¿quién es Mesmer?
Es el padre del Mesmerismo, ni más ni menos.
Mesmer estudió medicina en Viena, y sus investigaciones lo llevaron a descubrir lo que él llamó “magnetismo animal”, un fluído vital que impregna todo el universo: los animales, las personas y las cosas.
Descubrió que por medio de unas varas imantadas podía hacer fluir esa energía a través de su cuerpo, y traspasarla a sus pacientes, para curarlos. Más tarde prescindió de varas, le bastaban sus manos.

Llegó a París en un clima de revolución y se convirtió en el médico de moda. La alta sociedad hacía colas frente a su consulta.
Él no se olvidó de los pobres: imantó uno de los árboles de la vecina calle de Bondy, para que los que no pudieran pagar sus honorarios se ataran a él y se beneficiaran de las bondades salutíferas de su magnetismo.

Pero llegaron malos tiempos para Mesmer. Un comité de científicos, bajo órdenes del rey y espoleados por la envidia de su éxito, dictaminó que el “magnetismo animal” sencillamente no existía. Así sin más.

Mesmer murió pobre y en el exilio, y hoy nadie habla del Mesmerismo.
Sin embargo, un discípulo suyo, partiendo de sus teorías desarrolló una técnica para poner en trance a sus pacientes y curarlos de ciertas enfermedades psicosomáticas. Lo llamó “hipnosis”.
En Viena, un grupo de doctores seguidores de Charcot, que había leído con atención los escritos de Mesmer, desarrollaron una forma de tratar los síntomas histéricos que se empezó a conocer como “psicoterapia”, y más tarde “psicoanálisis”.
Hoy en día los homeopatas no desconocen los efectos de la curación por autosugestión, y las llamadas terapias de grupo son ampliamente utilizadas.

Pero Mesmer sigue sin tener, que yo sepa, ni una triste estatua en Viena, en Praga o en París, ciudades atestadas de monumentos a cabrones con caballo.
Una injusticia como tantas.