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Salvación Eterna... o te devuelven el triple de tu dinero!!

Salvación Eterna... o te devuelven el triple de tu dinero!!

¿Te sientes vacío, a veces? ¿Sientes que tu vida no tiene sentido? ¿Sospechas que las cosas son peores de lo que realmente creíste? ¿Necesitas respuestas? ¿La gente cree que eres raro? ¿Lo eres realmente?

¡¡Despierta!! ¡¡Entérate!! ¡¡Arrepiéntete!! ¡¡Deja tu trabajo!! ¡¡Serás salvado... aunque te cueste la vida!!

Estas exhortaciones, y más, muchas más, te caerán si te pones en manos de la Iglesia del SubGenio, una de las tantas nuevas (des)organizaciones religiosas que nos llegan de América, el país de los devoradores de credos.

En esta tierra de las oportunidades, en donde cada hombre puede fundar su propia Iglesia, escribir su propia Biblia, y hacerse rico por ello, la variedad de la experiencia religiosa va de los cultos personalistas, como la Iglesia Presleyteriana del Divino Elvis, hasta las parodias como la Iglesia del Monstruoso Spaghetti Volador (integrada por los autodenominados “pastafaris”). Pero sin duda la más radical, combativa, trascendente y, sobre todo, divertida, es la Iglesia del SubGenio (”Respuestas Instantáneas a TODO”), formada hace décadas a partir de una escinción del Discordianismo (el culto a Eris, diosa pagana del caos y la confusión, surgido en los años cincuenta por impulso del escritor Robert Anton Wilson).

Centrémonos, pues, en el Ministerio del SubGenio. La Figura central y su principal icono es la cara sonriente de un hombre fumando en pipa: es J. R. “Bob” Dobbs, su gurú y mesías.

“Bob”, un vendedor, o mejor dicho, el más grande vendedor de todos los tiempos, según las escrituras, el “supervendedor místico”, fundó la Iglesia a partir de una revelación que le sobrevino mientras miraba la televisión. Viendo un programa de teletienda recibió la visión de “Jehova I, Dios del Espacio”, dios extraterrestre proveniente de una galaxia pecadora y corporativa, quien lo conminó a iniciar una cruzada en contra de la conspiración mundial de los “normales”, los mediocretinos conformistas y adaptados que pululan por el mundo, llenándolo de aburrimiento.

“Si actúas como un imbécil, te tratarán como a un igual”, sostiene “Bob” en el Libro del Subgenio, enseñanzas sagradas de J. R. “Bob” Dobbs, la biblia del Ministerio. Por ello insiste en la importancia de emanciparse del mundo de los “normales”, a partir de sus inspiradoras enseñanzas: “Tú puedes aprender a pensar por tí mismo!! ...Pero sólo “Bob” puede decirte cómo!!”

¿Y cómo escapar a la conspiración de los “normales”? Según “Bob”, manteniendo la “Feb” (Fe en “Bob”), y teniendo “slack”. El tener “slack” es lo que distingue a los subgenios de la gente normal, y lo que salvará a los miembros de la iglesia (que se consideran, dicho sea de paso, descendientes del Yeti), el día del apocalipsis, de la destrucción total. De más está decir que sólo “Bob” puede decirte cómo conseguir “slack”.

Éste acontecimiento, el Día Final, conocido por los miembros de la Iglesia como el Día X, sobrevendrá cuando el mundo sea destruído por invasores extraterrestres, y sólo los subgenios serán rescatados por un comando de Diosas Sexuales del Espacio, que descenderán con su nave en mitad de la devastación para rescatar a los acólitos.

Ahora bien: el Día X había sido anunciado para el 5 de julio de 1998, fecha que pasó sin pena ni gloria y sin que, evidentemente, se consumara el apocalipsis. La jerarquía de la Iglesia del SubGenio solventó el contratiempo explicando que J. R. “Bob” Dobbs, al leer la fecha tenía accidentalmente las sagradas escrituras al revés, por lo que debe entenderse que el Día X sucederá entonces en el año 8661, en lugar de en 1998.

Y es que, como sostiene “Bob”, nunca es demasiado pronto para comenzar a ser pesimistas.

Mientras tanto, la lucha para vencer a la conspiración mundial de los “normales” continúa. Por la módica suma de 30 dolares, y siguiendo otro de los preceptos de la Iglesia, “deberás pagar para llegar a saber lo que realmente piensas”, cualquiera que esté dispuesto puede convertirse en miembro de por vida del ministerio del SubGenio. Incluye, además un Certificado Oficial Multipropósito de absolución y condonación de TODOS los pecados, transgreciones, vicios, errores, faltas, lapsus, indiscreciones o crímenes; para siempre, y libre de impuestos. Ya lo proclaman sus escrituras: “Vive con tus pecados!! “Bob” Dobbs puede mostrarte cómo!!” y también: “Él ha venido para racionalizar tus pecados!!”.

Por el ministerio del SubGenio han pasado celebridades del calibre de Frank Zappa o Robert Crumb, y en los últimos años su actividad ha florecido gracias a la milagrosa amplificación que ofrece internet. Porque, para citar una vez más a “Bob” Dobbs, “demasiado siempre es mejor que insuficiente (pero casi igual de malo)”.

The Book of the SubGenius, the Sacred Teachings of J. R. “Bob” Dobbs está editado por The SubGenius Foundation y Fireside Book, Simon & Shuster.

A veces la ficción supera a la realidad

A veces la ficción supera  a la realidad

Hablando de la sinestesia, estaba intentando yo recordar qué novelas, cuentos o qué obras de ficción se han llegado a hacer utilizando el tema de la conexión de los sentidos, o, más en general, de las diferentes maneras de percibir la realidad. Y sólo me vino a la memoria una novela, una bastante poco conocida de un escritor célebre: Adolfo Bioy Casares.
La obra en cuestión es Plan de Evasión, un librito de escasas 160 páginas (ah, las novelas cortas siempre son las mejores...)

Plan de Evasión, publicada en 1945, es una tardía segunda parte (aunque no en el sentido estricto) de La Invención de Morel, la novela más famosa de Bioy y, quizás, la mejor obra de ciencia ficción escrita en castellano. Plan de Evasión tuvo la poca fortuna de aparecer a la sombra de aquella, y no llegó a tener tanto suceso.
Como el Morel del anterior libro, que a su vez recuerda al Moreau de la isla de H. G. Wells, utiliza también el esquema de un científico genial y enloquecido, y una isla perdida como campo de experimentación. Lo que sucede exactamente allí con sus habitantes (presidiarios usados como conejillos de indias), no se puede, lamentablemente, desvelar sin desmantelar la trama y su sorprendente conclusión.

Baste decir que se adelanta en al menos 20 años a esos temas tan relacionados con la mente y la percepción, la realidad y la ilusión, y el juego de los sentidos, tan afines a los delirantes años de la psicodelia.

Plan de Evasión está editada por Edhasa.

No hay peor ciego que el que no quiere oír

No hay peor ciego que el que no quiere oír

Cuando le pedían que explicara el significado de sus enigmáticos dibujos, Adolf Wölfli enrollaba una hoja de papel y tocaba con ella un largo solo de trompeta a ritmo de polka o de mazurka.

Para Wölfli, sus pinturas podían sonar, o al revés, la música que había en su cabeza coloreaba el papel en el que dibujaba.
Más de uno podrá pensar que Wölfli estaba loco. Bueno, el caso es que sí, estaba como una cabra. De hecho, era un loco peligroso, una mala bestia que vivió en riguroso encierro sus últimos 35 años de vida, pero la capacidad de hacer sonar los colores, ver los sonidos, saborear las formas o tocar los olores no es una habilidad privativa de los dementes. Se trata de una extraña mezcla de los sentidos conocida como sinestesia.

Volvamos a Wölfli. Este salvaje campesino suizo representaba un verdadero problema para el personal del hospital psiquiátrico de Waldau: aporreaba a médicos e internos con el mismo democrático entusiasmo. Hasta que a un doctor se le ocurrió darle un lápiz: santo remedio. El montañés peludo comenzó a rellenar papeles con complejísimos y sofisticados diseños que parecía salir de la nada, y no paró hasta acabar con el grafito. Así, con una estricta dieta de dos lápices a la semana, y bajo amenaza de no volver a darle otro si sacudía a algún interno, Adolf Wölfli produjo una monumental obra de dibujos y pinturas para trompeta de papel y voz solista, única en el mundo.

Su psiquiatra de cabecera, Walter Morgenthaler, le regalaba cada navidad una caja completa de lápices de colores (óleos no, que eran caros), que le llegaban a durar a Wölfli hasta un par de meses. A cambio, se convirtió en su primer coleccionista, y en el impulsor de un museo con su obra en Berna, Suiza.

Adolf Wölfli, que murió en el loquero en 1930, es tenido hoy por el más grande artista psicótico de la historia, con una obra que abarca unos 25.000 papeles, dibujos y diseños de increíble densidad, que son a la vez música y literatura. Junto a sus dibujos, dejó instrucciones precisas sobre cómo debían interpretarse musicalmente. Naturalmente, al día de hoy, nadie consiguió tocar una obra de Wölfli, el que ha sido llamado alguna vez “el Leonardo da Vinci de la inteligencia disociada”.

Pero si la locura es sufrimiento y no provoca ninguna envidia, por el contrario esa magia simpática, esa especie de fusión de los sentidos que los neurólogos llaman sinestesia es un don maravilloso. Aparentemente, todos nacemos sinestésicos, pero en los primeros meses de vida, las respuestas a los estímulos externos (luz, ruido...) empiezan a diferenciarse, creando islas sensoriales en el cerebro. Y así, sólo podemos ver colores, u oír sonidos... ¿Todos? no: un conjunto de irreductibles gal... digo, personas, resiste, conservando una “conectividad anatómica no habitual” entre los distintos módulos sensoriales del cerebro. En otras palabras, en estos individuos, por alguna razón desconocida, los sentidos se mantienen enlazados, generando “un nuevo mundo de sensaciones”, como dicen los anuncios de yogures.

La sinestesia está en el origen del arte abstracto: Kandinsky y Mondrian, entre otros, eran sinestésicos. También lo eran grandes músicos como Schoenberg o Scriabin, o poetas como Baudelaire. Se dice que una cierta dosis de LSD provoca temporalmente sinestesia en la persona que lo consume. De hecho, el arte psicodélico es considerado un arte claramente sinestésico.
Una cosa es segura: vaya uno a saber cómo es el mundo, pero no todos lo percibimos igual.

A mí, de hecho, mi contrato laboral me huele a podrido. ¿será la sinestesia?

Dos pequeños grandes libros

Dos pequeños grandes libros

En la prestigiosa sección de recomendaciones literarias de La Caja Negra tenemos hoy el placer de presentar dos pequeñas obras maestras: un par de novelitas cortas, distantes en el tiempo (una es de 1922, la otra de 1996), pero que podemos agrupar bajo el rótulo de “novela de género metafísico-festivo”, rótulo que me acabo de inventar, para mayor gloria de esta sección.

Empecemos por los mayores: Karel Capek escribió La Fábrica de Absoluto como un folletín por entregas para un periódico de Praga, a lo largo de 1922. En una factoría se pone en funcionamiento un motor atómico (sí, ¡en 1922!) capaz de generar energía ilimitada. Esta especie de carburador consume materia, pero en el proceso libera... Absoluto. Puesto que Dios está en todas las cosas, y su presencia se encuentra en cada átomo, al disgregar el motor la materia hasta suprimir los átomos que la componen, se libera una cantidad de Dios en estado puro, como un gas tóxico que pronto va invadiendo los alrededores de la fábrica y se va expandiendo por la ciudad entera. El resultado: una pandemia de misticismo, santidad, milagros, iluminaciones y levitaciones repentinas, una auténtica plaga de beatitud que acaba contagiando a toda la población y desencadenando el surgimiento de cientos y miles de nuevas religiones, credos, gurúes, santones, dogmas, conversiones y doctrinas, con el catastrófico desenlace que ya nos podemos imaginar.

Pasemos a la otra, Las Curas Milagrosas del Doctor Aira, una novela de casi cien páginas de ritmo frenético, escrita por el argentino César Aira en 1996 y publicada dos años después por una pequeña editorial independiente. Su protagonista, el doctor Aira, ha desarrollado un método infalible para curar cualquier tipo de enfermedades: sus famosas “curas milagrosas” de las que ya se habla en toda la ciudad. Sólo hay un pero: en doctor Aira todavía no ha aplicado su método a ningún paciente. Un médico rival convertido en su archienemigo, el doctor Actyn, intentará acabar con su prestigio demostrando que las "curas milagrosas" son un fraude y, para ello, le pondrá al protagonista mil y una trampas (repentinos enfermos terminales que se cruzan en su camino...) para intentar desenmascararlo. En las últimas páginas, el doctor Aira accederá a realizar una “cura milagrosa” a un paciente. El desenlace, que no voy a desvelar, es uno de los finales más redondos que se pueden encontrar en la literatura reciente.

La Fábrica de Absoluto, de Karel Capek, está editado por Minotauro, en un volumen que también incluye la obra de teatro RUR.
Las Curaciones Milagrosas del Doctor Aira es de Ediciones Simurg.

El bluesman que cayó del cielo

El <em>bluesman</em> que cayó del cielo

Si la Caja Negra pudiera tener banda sonora, tan dudoso honor correspondería a Sun Ra, pianista y arreglista de jazz, nacido en Saturno y emigrado a Alabama.
Lo recordaremos, a él y a una película mítica: The Space is the Place, probablemente la primera, y única, blaxploitation de ciencia ficción de la historia del cine.

Sun Ra, que se consideraba a sí mismo un científico más que un músico (componía en base a una mezcla de matemáticas, teorías cabalísticas y astrología, y se autodenominaba “sabio de los sonidos”), llegó a la Tierra con una misión clara y concreta: salvar a la humanidad a través de la música de jazz. Sus comienzos fueron relativamente convencionales, influído por la música tradicional de Nueva Orleans, pero poco a poco, como un Clark Kent del Mississipi va dejando fluir su inspirado talento extraterrestre (como dijimos, siempre declaró haber nacido en Saturno, y ser hijo de un dios egipcio). Como los anillos de su planeta natal, su música va evolucionando en círculos concéntricos hasta alcanzar su original sonido cósmico de estructuras disonantes e inusuales. La música de las esferas.
Para ello creó, en los años cincuenta, su “arkesta”, mezcla de orquesta y arca, que llegó a reunir a más de cien músicos en escena, con la que recorrió el mundo, dando conciertos que mezclaban música, teatro, mitología egipcia y letras que hablaban de viajes espaciales, otras dimensiones o ecuaciones solares. Creador también de su particular vestuario, que podríamos calificar de afroespacial, o quizás etnocósmico. Trajes de faraón marciano o de dios egipcio extraplanetario, más cercanos al Keops Hotel Casino de Las Vegas que a las pirámides del valle del Nilo.

En 1974 se estrenó una película, The Space is the Place, dirigida por John Conley, protagonizada por Sun Ra y basada en su sistema músico-cosmológico. Formalmente, es una película de ciencia ficción, pero atendiendo a su argumento, podemos considerarla prácticamente una cinta autobiográfica. Veamos:
Luego de atravesar el espacio en una nave amarilla propulsada por música de jazz, Sun Ra se aproxima a la Tierra. Busca un nuevo planeta en donde la raza negra pueda prosperar, y con esa misión aterriza en California. Allí se encuentra con un supervillano, Overseer, interpretado por Ray Johnson, que explota a la población negra, en alianza con la NASA y el FBI.
Luego de cruentas batallas por la liberación de sus hermanos raciales, Sun Ra consigue escapar con su nave justo antes de la destrucción del planeta.
Esta auténtica joya cinéfila, que cuenta por si fuera poco con una banda sonora de otro planeta a cargo de la mismísima Intergalactic Solar Arkestra de Sun Ra, inexplicablemente no se ha vuelto a proyectar en salas y es hoy prácticamente inencontrable.

Su big-big band, con el tiempo, va cambiando de integrantes y de nombre (Cosmic Arkestra, Sun Ra Myth Science Arkestra, Astroinfinite Arkestra...), siempre avanzando en el camino de las sonoridades supersónicas del futuro, aunque intercalándolas con otras grabaciones más convencionales, como un disco con los hits de las películas Disney o una banda sonora para la serie Batman. En total entre 150 y 200 discos.

Sun Ra regresó definitivamente a su planeta en 1993, y hoy puede parecer a muchos un simple músico rarito, pero su influencia es abrumadora: John Coltrane o Miles Davies lo señalan como un antecedente, fue de los primeros músicos en experimentar con la electrónica (además del piano, utilizaba la celesta, el minimoog, el clavioline, el sintetizador polifónico...), y fue uno de los padres del free-jazz.

Y sobre todo, fue sin lugar a dudas el músico más cool de todo Saturno y sus alrededores.

El E-Metro: la primera Máquina Religiosa.

El E-Metro: la primera Máquina Religiosa.

¿Acaso nadie imaginó alguna vez que en el futuro las iglesias podrían acabar instalando confesionarios automáticos computarizados? Nos acercaríamos, con gesto contrito, a una máquina con lucesitas de colores, depositaríamos una moneda y, después de contarle nuestros pecadillos el sonido eléctrico de una voz grabada, como la de las expendedoras de tabaco, nos penalizaría con dos padrenuestros y tres avemarías. ¿Por qué no? si ahora mismo en casi todas las catedrales de Europa podemos encender, previo pago, un seudo-cirio a un santo, una bombillita eléctrica con forma de vela, con la total garantía de que el santo en cuestión no notará la diferencia...

Resulta que el futuro ya está aquí, como dicen en los anuncios: la Iglesia de la Cienciología, siempre a la vanguardia y haciendo honor a su nombre, ha diseñado la que sin lugar a dudas es la primera máquina religiosa de la historia: el Electropsicómetro, “e-metro”, para los amigos, capaz de medir, con precisión científica, el estado espiritual de una persona.

Ya os preguntaréis como funciona esta maravilla, este sagrado electrodoméstico cienciológico. Empecemos por el principio: Ron Hubbard desarrolló allá por los años cincuenta una serie de técnicas de control mental a las que dio el nombre de Dianética, o “ciencia moderna de la salud mental”. Estas primeras publicaciones se convertirían en los Textos Sagrados de la iglesia que fundará, a partir de la aplicación de dichas técnicas.
Paralelamente desarrolla el Electropsicómetro, un artilugio con el que los modernos sacerdotes de Cienciología (llamados “auditores”) pueden “monitorizar” a sus feligreses. El fiel devoto toma asiento frente al Auditor apretando entre las manos un par de electrodos, conectados mediante un cable al cuerpo del aparato. Mientras va contestando a las preguntas que le hace el Auditor, un flujo de energía eléctrica de bajo voltaje pasa a través de su cuerpo y hace oscilar la aguja del panel de control del e-metro.

Y es que aquí llegamos al gran descubrimiento de Hubbard: partiendo de la base de que los pensamientos son impulsos eléctricos, el Padre de la Cienciología postula que hay un tipo de pensamientos, los pensamientos “turbios”, que tienen una masa asociada a la energía eléctrica. Es decir, por un lado tendríamos pensamientos “puros”, limpios, positivos, que estarían formados sólo por energía, y por otro pensamientos “enturbiados”, que formarían áreas de angustia o aflicción espiritual, constituídos por energía mas masa. ¿Qué sucede entonces cuando el flujo de electricidad descargado por el e-metro recorre el cuerpo del feligrés? Sucede que choca contra esa masa, encuentra una resistencia, una alteración en el voltaje, que se refleja en la oscilación de la aguja lectora del aparato.
Sorprendente ¿verdad?. Y es que la ciencia avanza que es una barbaridad.

Una sesión con el e-metro les recordará a muchos aquella escena de Blade Runner en la que Harrison Ford utilizaba un sistema, el “test de Voight-Kampf”, para determinar si la persona entrevistada era un ser humano o un replicante. No por casualidad Hubbard (que llegó a utilizar el e-metro para auditar tomates) era escritor de ciencia ficción antes de fundar la iglesia más lucrativa que el mundo haya visto jamás.
Los más suspicaces dirán que el e-metro se parece sospechosamente a un detector de mentiras simplificado y ligeramente “tuneado”, que la máquina ya estaba inventada y se llama polígrafo. Bueno, ¿y qué? ¿acaso no es la Cienciología un curso de autoayuda ligeramente “tuneado” también? Todo ya estaba inventado, de acuerdo. La originalidad está en haberle dado un sentido religioso al asunto.
Porque el Cielo que promete la Cienciología es el cielo del Éxito: elimina la energía enturbiada de tu mente y desarrollarás una mayor capacidad para triunfar, para tener éxito, para ser un tomcruise y tocar el Cielo con las manos. No lo hagas y seguirás toda tu vida siendo un wilburmercer, un pringado, un infeliz en el Infierno de los perdedores, un triste, un looser.
Y en el centro de esta Operación Triunfo de proporciones bíblicas destaca, moderna y eficaz, una herramienta: el e-metro, la primera Máquina Religiosa de la historia.
¿A qué esperas? Dile a tu papá que te lo compre!!

El Depósito de Dinero del Tío Gilito

El Depósito de Dinero del Tío Gilito

Una de las ilusiones de mi infancia era llegar algún día a vivir en un Depósito de Dinero como el del Tío Gilito. Un edificio así, imponente aunque de líneas sencillas, sólido sin perder elegancia, confortable y perfectamente adaptado a su función de contener toneladas de lustroso dinero, que diríase pensado por alguno de los genios de la Bauhaus, ésa era entonces mi idea del hogar perfecto. Ahora si me preguntan digo que un chalé a la orilla del mar, por no parecer infantil, pero lo cierto es que odio el mar, y el Depósito de Dinero sigue siendo mi ideal de vivienda.

En un artículo que leí hace tiempo sobre las utopías, el autor se preguntaba, con razón, por qué nunca nadie había planteado un mundo utópico en el que todos los hombres fueran ricos. Es así: de los cientos de libros escritos sobre el tema se ha especulado con sociedades ideales de todo tipo y color. En donde todo el mundo es bueno, o todo el mundo es feliz; todos son esclavos, o todos son sabios; o todos locos, o todos justos, o libres, o bisexuales o amargados o héroes o parias. Pero nunca nadie se planteó un mundo en donde todos fuéramos ricos. Todos inmensamente ricos.Y es raro porque bien mirado debiera ser lo primero que se le tendría que pasar por la cabeza a un utopista, digo yo. La sociedad más evidentemente idílica sería justamente esa.

Veamos si no al Tío Gilito, el personaje más feliz de la extraña fauna de Disneylandia: Creado por Carl Barks, como la mayoría de los personajes de la Disney, Scrooge McDuck, uncle Scrooge (en español se llamó, según las traducciones, Tío Rico, Rico McPato, Tío Patilludo o Tío Gilito), nació inspirado en el avaro del Cuento de Navidad de Dickens, pero rápidamente adquiriría rasgos inequívocamente propios.
El Tío Gilito es un personaje feliz. Quizás el más netamente feliz de toda la recua de patos neuróticos y alienados que pueblan la improbable geografía de Patolandia. Yo al menos cada vez que pienso en estas viejas historietas me viene a la cabeza la imagen gozosa del Tío Gilito nadando eufórico entre las inabarcables montañas áureas de su maravilloso Depósito de Dinero. Creo que ninguna imagen me hizo soñar con tanta intensidad en mi niñez: el tío Gilito se levantaba todas las mañanas y abría la puerta blindada de su Depósito de Dinero. La puerta daba a un trampolín de piscina olímpica, debajo del cual se amontonaba el dorado oleaje de monedas de oro (ni Hugh Hefner lo hubiera diseñado mejor), y una vez allí, con una exaltación del espíritu que se diría más bien inspirada por Walt Withman que por Walt Disney, se zambullía literalmente entre las miles de millones de doradas moneditas con vivificante placer, y allí parecía rejuvenecer con cada brazada.

Porque el Tío Gilito es ante todo un esteta. Él no tiene su dinero en billetes ni talones bancarios, ni valores bursátiles ni letras del Tesoro, y no hablemos de tarjetas de crédito. No. Él tiene monedas. Monedas doradas. Montañas y montañas de monedas doradas, en las que puede zambullirse cada mañana. Y de hecho que yo recuerde su única propiedad es justamente el contenedor de esas montañas de monedas: el Depósito de Dinero.

El Tío Gilito no tiene el dinero para gastarlo. El dinero es para él motivo de disfrute puramente estético. Es un fin en sí mismo. Él no se compra coches de lujo, ni va a restaurantes caros. Él nunca se iría de putas cada noche como haríais vosotros si tuvierais su fortuna. No. A él no lo tientan los cantos de sirena de la vulgaridad materialista en la que el mundo chapotea. Él es un asceta y un idealista. Frugal, vive con lo justo. A él le alcanza con revolcarse cada mañana en sus montañas de dinero. No necesita otra cosa para ser feliz. Él es como un rey Midas pero en versión positiva: mientras que el rey, que todo lo que tocaba se convertía en oro, era tremendamente desgraciado, el Tío Gilito, transformándolo todo en oro es, en cambio, feliz. Porque él no aspira a lo que el oro pueda comprar, él disfruta del oro en sí, no ambiciona más que la contemplación de esta noble materia.

Por eso el niño medio pobre que fuí siempre se identificó con el Tío Gilito: porque a los pobres lo que les gusta es el lujo. No los vulgares bienes materiales, el lujo en sí mismo, el lujo como goce estético. Esa es la verdadera grandeza. Miremos, por contra, al pato Donald: con su vivienda unifamiliar, conduciendo un utilitario, con su novia hortera (ese lazo en la cabeza, esa blusa de mangas abuchonadas...), y haciéndose cargo de tres patitos que ni siquiera son hijos suyos, ¿a qué clase de niño puede hacer soñar semejante personaje? No, el Tío Gilito siempre fue el modelo y la inspiración. Ni Transformers, ni Supermanes, ni PowerRangers. El Tío Gilito y su maravilloso Depósito de Dinero: el auténtico Master of the Universe.

FEA (canción)

FEA (canción)

Fue grabada en dos oportunidades, en 1925, por la incomparable voz de Carlos Gardel, con acompañamiento de violines. Esta canción, un tango compuesto por Alfredo Navarrine y Horacio Pettorossi, representa la cumbre de la moderna tragedia personal. Todo un himno de insuperable dramatismo que yo tengo la costumbre de cantar a voz en cuello cada mañana en el autobús. Transcribo la letra. A disfrutarla:

FEA
Procurando que el mundo no la vea
ahí va la pobre fea
camino del taller;
y a su paso, cual todas la mañanas,
las burlas inhumanas
la hieren por doquier.
Cuando alguno le dice una torpeza
inclina la cabeza
transida de dolor,
y piensa con amargo desencanto:
¡Por qué se reirán tanto
de mi fealdad, Señor!...

Una noche su viejita
en el cuarto llorando la encontró
y la fea, pobrecita,
la tragedia de su alma le confió:
aquel hombre que debía
conducirla muy pronto ante el altar,
con su amiga Rosalía,
la que ella más quería,
se acaba de escapar...

Cada vez que la llevan a una fiesta,
en procura de olvido y distracción,
con el último acorde de la orquesta
en su alma agoniza otra ilusión.
sus amigas ya todas se han casado;
sólo ella está huérfana de amor,
¡pobre fea!; y ayer le han encargado
el ajuar de su hermanita la menor.

En plena juventud ya estaba vieja,
nunca exhaló una queja,
al ver tanta maldad,
soportando en su alma sola y mustia
como una flor de angustia,
la cruz de su fealdad.
Para todos tenía una sonrisa;
fue noble, fue sumisa;
su drama nadie vio.
Pero fue tan pesada su cadena,
tan grande fue su pena,
que anoche... se mató.