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Cuando los dinosaurios dominaban Guanajuato

Cuando los dinosaurios dominaban Guanajuato

Hubo un tiempo en que hombres y dinosaurios vivían en paz y armonía. Incluso más que armonía: en lujuriosa concupiscencia.

Hoy rendiremos homenaje a los tesoros de una antigua y extraña civilización, la incomparable cultura deAcámbaro, y al hombre que la descubrió para el mundo: Waldemar Ludwig Julsrud.

Waldemar Julsrud era un joven alemán, culto e inquieto, que llegó a México huyendo del horror de la primera guerra mundial. Se dedica allí a los negocios y llega a hacer fortuna. Hacia los años cuarenta, durante un paseo a caballo, tropieza con unas pequeñas figuras de arcilla, desenterradas por las lluvias cerca del poblado de Acámbaro, al sudeste del estado de Guanajuato y a menos de trescientos kilómetros de ciudad de México.

Entusiamado por lo que parecían ser los restos de una cultura prehispánica hasta entonces desconocida, hace un trato con uno de los peones de su finca: le dará un peso por cada figurita que el hombre consiga desenterrar del yacimiento.

Día tras día, el incansable peón se presenta ante su patrón con una nueva pieza. Al principio, máscaras, vasijas o figuras de hombrecillos en posturas rituales. Poco a poco, sin embargo, van apareciendo figurillas de lo que son, inequívocamente, dinosaurios.

Dinosaurios de todas las especies conocidas, y de algunas más: tiranosaurios, brontosaurios, diplodocos, mastodontes y demás fauna supuestamente extinguida hace sesenta y cinco millones de años. Sorprendentemente, hay escenas que los muestran compartiendo espacio con los hombres. Más sorprendentemente aún, en algunas de ellas se los ve manteniendo relaciones íntimas.
Sexo entre hombres y dinosaurios. Imaginemos el calibre del descubrimiento que se presentaba ante los ojos deJulsrud.
Su esforzado peón, para entonces, había conseguido desenterrar unas 37.000 piezas, todas originales. Ninguna se repetía.

Cuando se difundió la nueva, surgieron opiniones reticentes en la comunidad científica internacional. Aquellas estatuillas, que más parecías salidas del interior de un huevo Kinder que de las entrañas de la tierra cambiaban por completo la historia universal. Inmediatamente se realizaron pruebas de carbono 14, y más tarde de termoluminiscencia, para datar las piezas. El resultado fue contundente: entre 2000 y 3000 años antes de cristo.

No faltaron las voces escépticas. Se decía que la datación podía determinar la antigüedad del material, pero otra cosa era el modelado. La arcilla podría provenir de un yacimiento antiguo, y las figurillas ser obra de un ingenioso alfarero contemporáneo. El buen Waldemar Julsrud estaba fuera de toda sospecha, él jamás se lucró de su descubrimiento, y siempre cuidó de la inmensa colección, que llegó a ocupar doce cuartos de su finca, con desinteresado cariño.
Otra cosa era el peón, cuyo sueldo de jornalero se había visto incrementado notablemente a peso por pieza. Se sugirió incluso que este buen hombre se podría haber inspirado en las películas que se proyectaban en el cine local, así como en los tebeos y demás literatura popular de la época.

A nosotros esta polémica nos parece irrelevante. 37.000 piezas de cerámica son, por sí solas, constitutivas de toda una cultura. ¿Qué más da si las hicieron los antiguos acambarenses o un peón de finca de imaginación enfebrecida? Supongamos que mañana descubrimos que el acueducto de Segovia no es obra de ingenieros de la antigua Roma sino de una familia de vascos que pasaba por allí de vacaciones. ¿Cambiaría eso en algo su valor? en absoluto.

Os animamos, pues, a todos los que paséis por Guanajuato, a visitar el maravilloso Museo Waldemar Julsrud (www.waldemar.julsrud.us.tt), solemnemente inaugurado en 2002 en el municipio de Acámbaro, y contempléis la extraordinaria colección que representa, a todas luces, una historia alternativa del mundo. 

 

Supervillanos en el recuerdo: Egg Fu

Supervillanos en el recuerdo: Egg Fu

Ahora que, Hollywood mediante, los superhéroes vuelven a la carga, es buen momento para recuperar algunos de los intrigantes supervillanos que más nos han hecho emocionar a lo largo de la historia, y que hoy duermen en el limbo de los olvidados.
De entre toda la larga galería de malignos que han querido dominar el mundo, rescatamos en esta ocasión a un grande entre los grandes de los años sesenta: ¡¡¡Egg Fu!!!
Egg Fu era… un huevo. Bueno, más precisamente un huevo gigante.
En realidad no era un huevo gigante cualquiera: era un huevo oriental y comunista. Como ven, sólo le faltaba ser marica para completar el cuadro de iniquidades.
Muchos se preguntarán cómo Egg Fu, siendo un huevo, se las ingeniaba para sembrar el caos y el mal allí donde estuviera, considerando que no tenía brazos ni piernas y ni siquiera se podía mover. Pues bien, Egg Fu tenía… bigotes.
Unos largos y afilados bigotes móviles que manejaba con una destreza que ya hubiera querido para sí el propio Dalí. Egg Fu sacudía y machacaba sin piedad al oponente con sus peligrosísimos bigotes.

Hasta que se enfrentó a Wonder Woman.
La popular superheroína dominatrix, que ante todo era mujer, y como tal, sabía perfectamente como tratar a un huevo, descubrió el punto débil, el talón de aquiles de Egg Fu: ¡¡el maligno huevo podía cascarse!!

Bastó un hábil golpe del lazo de Wonder Woman para resquebrajar al gran Egg Fu y dejarlo con la yema al aire.

Triste final para nuestro huevo oriental, comunista y pendenciero.
Desde aquí alentamos a los productores hollywoodianos a rescatar la figura de este inquietante supervillano. Egg Fu merece encarnarse en la gran pantalla, para deleite de las nuevas generaciones.

Es más, se nos ocurre que lo podría llegar a interpretar Elijah Wood maravillosamente, claro que sí. 

 

Un Meme de libros...

El amigo Nadie, de Futuro Perfecto, me invita a que transcriba un fragmento de libro que me haya impresionado especialmente. 

La verdad es que hay tantos libros fundamentales en la historia de la literatura, que no sé con cual quedarme...

Finalmente, he seleccionado éste de Yo soy el Diego, por Diego Armando Maradona: 


"Nunca me voy a olvidar de aquella tarde del 25 de junio de 1994. Nunca. Sentía que había jugado un partidazo, estaba feliz. Vino esa enfermera a buscarme hasta el costado de la cancha, porque yo estaba festejando con la tribuna, y no sospeché nada. ¿Qué iba a sospechar si yo estaba limpio, limpio? Lo único que hice, me acuerdo, fue mirarla a la Claudia, que estaba en la tribuna, y le hice un gesto como diciéndole: "¿Y ésta quién es?". Pero era más un gesto entre nosotros, porque era una mina, y no porque fuera algo raro. Yo estaba tranquilo porque me había hecho controles antidoping antes y durante el Mundial, y todos daban bien. ¡No tomé nada, nada de nada! ¡Abstinencia total hasta de lo otro, de lo que te tira para atrás! Por eso me fui con la gordita y festejando, ¿de qué me iba a reír, si no?

Cualquiera de los periodistas que me haya visto después del control puede decirlo: yo estaba feliz, feliz de la vida... Tan feliz como no podía estar alguien consciente de haberse mandado una macana. Me acuerdo, en serio, que un periodista me preguntó:

Diego, contra Grecia te calificaste con un 6,50. Hoy anduviste mejor, ¿cuánto te das?

—Y... Seis cincuenta... y cinco, fiera.

Tres días después, el martes 28 de junio, estaba tomando mate en el parking de la concentración, ahí en el Babson College, disfrutando de un par de esas horas libres que nos daba el Coco, cada tanto. Hacía calor, como todos los días. Pero a nosotros no nos importaba nada. Estábamos felices como chicos. Charlábamos de cualquier boludez con la Claudia, con Goycochea y con su mujer, Ana Laura. Estaba mi viejo, también. En eso apareció Marcos, con una cara terrible, desencajado. "¿Quién se murió?", pensé yo.

Diego, tengo que hablar un minuto con vos —me dijo y me apartó un poco del grupo. Me pasó la mano por el hombro y me largó la noticia, así nomás—: Mira, Diego, tu control antidoping contra Nigeria dió positivo. Pero no te preocupes, los dirigentes lo están manejando bi... —Lo último casi no lo escuché, ya había pegado media vuelta, buscándola a Clau... Casi no la distinguía, ya tenía los ojos nublados, llenos de lágrimas. Se me quebró la voz cuando le dije:

—Má, nos vamos del Mundial. —Y me largué a llorar como un chico.

Nos fuimos juntos, abrazados, hasta la habitación mía, la 127 y ahí sí estallé... Le pegaba piñas a las paredes y gritaba, gritaba, ¡gritaba! "¡Me rompí el culo, ¿me entendés?, me rompí el culo! ¡Me rompí el culo como nunca y ahora me viene a pasar esto!"

Un breve texto sobre magia

Un breve texto sobre magia

“Oz está en cualquier parte y en todas partes, excepto en el sitio de donde partimos”.
Con esta inmejorable definición ilustra Salman Rushdie la naturaleza del mágico mundo reflejado en esta clásica película infantil de 1930, en un breve (78 páginas) y entretenido ensayo publicado por Gedisa.
El bueno de Salman ha confesado más de una vez, y lo repite aquí, que se hizo escritor gracias a El Mago de Oz. La película, no el libro. Rushdie la vió en un cine de Bombay con diez años, y aunque para él, acostumbrado a las delirantes y coloristas producciones de Bollywood, no le resultara tan extraña, sí le causó el suficiente impacto como para determinar su carrera y, de alguna manera, su vida (la película es, según Rushdie, un himno a la peripecia de los inmigrantes).

Lo bueno de este libro es que ni aburre con escrupulosos datos cinéfilos, ni se marca el previsible análisis freudiano sobre el simbolismo del Hombre de Hojalata o la búsqueda de la Figura Paterna por parte de Dorothy, o la interpretación en clave gay de la canción “más allá del arcoiris”. En vez de eso, abunda en anécdotas jugosas o lúcidas reflexiones sobre lo que verdaderamente importa. Un ejemplo: se pregunta Rushdie, y con razón, por qué se alegran tanto los habitantes del mundo de Oz cuando la casa de Dorothy aplasta a la Bruja del Este, la gobernanta de esta parte del mundo, si vemos que Oz es un sitio tan limpio y colorido, sin rastro de ejércitos ni policías. Es evidente que la Bruja del Este era, pues, una administradora liberal y eficaz. ¿Por qué, entonces, la odiaban sus conciudadanos y súbditos?

Recoge también las anécdotas sobre el ruidoso paso de los “munchkins” por Hollywood. Para interpretar a los pequeños habitantes del reino del Este, los estudios contrataron a un contingente de trescientos cincuenta enanos, que ni siquiera hablaban inglés. Hasta el día de hoy se recuerdan y se comentan las hazañas sexuales que estos entrañables hombrecitos protagonizaron en la capital del cine.

Describe también, por último, la subasta en la que un anónimo fetichista desembolsó la extraordinaria suma de 15.000 dólares por los zapatos de rubí de Dorothy. En la misma subasta se vendió la gabardina de Clark Gable por sólo 1.200...

Nosotros, en fin, compartimos con Rushdie el entusiasmo por esta conmovedora película, y como él también nos preguntamos cómo es posible que los estudios pretendieran hacernos creer, con aquella famosa frase final, “no hay lugar como el hogar”, que Dorothy pudiera preferir el monocromático y deprimente Kansas al lisérgico mundo psicodélico de Oz. Una decisión políticamente correcta que nunca se pudo llegar a tragar ningún espectador, por más niño que fuera.

Salman Rushdie, “El mago de Oz”, Ed. Gedisa, 2005.

Peregrinación a la ciudad sagrada (segunda parte)

Peregrinación a la ciudad sagrada (segunda parte)

Siempre el hombre ha tenido la intuición de que hay un orden detras del aparente caos del universo. Tras la virtual improvisación en la que se desenvuelven los sucesos, podría haber un sentido, o lo que es lo mismo, un Diseño. Si es así, este Diseño sería expresable en guarismos matemáticos, y también, matemáticamente, se podría predecir el resto del desarrollo, o lo que es lo mismo, lo que va a pasar en el futuro. El destino no sería casual, respondería a un esquema y por lo tanto podríamos anticiparlo perfectamente. Todo esto, desde la oscura religión creada por Pitágoras en adelante, no pasaba del terreno de la especulación hasta que, a mediados de los 50 un matemático, Ed Thorp, desarrolló mediante el cálculo de probabilidades aritméticas un sistema para ganar al Black Jack (y no, no le dieron el Nobel. Otra injusticia...). El método, que consistía básicamente en llevar una cuenta mental de los valores de todas las cartas que van saliendo a la mesa hizo saltar la banca de los casinos de Las Vegas (Thorp lo publicó en un libro “Beat the Dealer”). Los casinos se vieron obligados a prohibir el juego a los llamados “contadores de cartas”: en cuanto detectaban a uno en alguna mesa -la cara de intensa concentración necesaria para el conteo los delataba- amablemente eran sacados a patadas de la sala.

Los “contadores de cartas” son la avanzadilla de los verdaderos Sumos Sacerdotes del culto: los que se enfrentan a la Gran Diosa del Azar: la ruleta.

Se trata de demostrar taxativamente que el azar no existe, y la mejor manera de demostrarlo es hacer saltar la banca de un casino de Nevada. Los métodos utilizados son sistemas de juego basados en progresiones matemáticas, un “cálculo estocástico” si nos ponemos estupendos, La fórmula más clásica es la Martingala, que, grosso modo, consiste en partir de una apuesta base e ir duplicando la apuesta cada vez que se pierde. Es decir, usted apuesta diez: si pierde, apuesta veinte; si vuelve a perder, apuesta cuarenta, y así hasta que acierta, en cuyo caso el monto ganado cubre las pérdidas anteriores. Matemáticamente impecable, o casi.

Otras progresiones célebres son la Progresión D’Alembert, la progresión inversa de Labouchere o la serie natural de Fibonacci. La D’Alembert es un sistema piramidal: usted aumenta una unidad su apuesta después de perder, y disminuye una unidad la apuesta después de ganar. La D’Alembert es más traicionera que una paraguaya despechada, me susurra José Martingala mientras me apunta con el dedo. Yo no alcanzo a ver la relación.

En cuanto a la fórmula de Labouchere, lo único que me quedó claro es que sería perfecta en una situación en la que el casino no tuviera límites de apuesta y nuestro capital a arriesgar fuera infinito. Me parece que queda lejos de una situación real.

Más simpática me resultó la serie de Fibonacci: el hombre, un matemático del medioevo,  vino a descubrir una serie de números que existe en la naturaleza (determinando, por ejemplo, la estructura de la caparazón de un molusco o la distribución de las semillas de un girasol). La serie es: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144... cada número se determina por la suma de los dos anteriores. Siguiendo esta fantástica serie, el valor de cada apuesta se establece sumando el monto de las dos anteriores que se hayan perdido.

Bien éstos son, simplificados, los sistemas clásicos. Hay más, muchos más: La “Molienda de Oscar”, la Progresión Holandesa, la “Marcha de Wrangler”, el Sistema Reika, la Progresión Campanas... las fórmulas y los conjuros no paran de crecer. Llegará un día en que algún iluminado, algún mesías, descubra el sistema perfecto para abolir el Azar, y entonces el futuro quedará definitivamente cerrado.

Me despedí emocionado de mi gran amigo José Martingala, y regresé a la patria a escribir estas notas, sintiéndome un poco más sabio. Y de hecho ya me están entrando ganas de probar yo también alguna de éstas fabulosas doctrinas... la martingala, la serie de Fibonacci... no tengo ahora mismo a mano una ruleta de casino convencional, así que lo intentaré, provisionalmente, con la ruleta rusa. Ahora vuelvo.

Peregrinación a la ciudad sagrada (primera parte)

Peregrinación a la ciudad sagrada (primera parte)

 De niño pensaba que las matemáticas eran una especie de tortura gratuita que nos infrigían en el colegio por pura maldad, Estaba convencido de que aquellas filigranas abstractas no servían para nada. Me llevó mucho tiempo comprender su valor fundamental en dos aspectos: con las matemáticas se puede desentrañar la estructura oculta del universo, y además se puede ganar en el casino.

 

W. Mercer - Corresponsal en Nevada

Hay ciudades que tienen el poder de concentrar en su perímetro una luz mística, un intenso reverbero de espiritualidad. Así se produce un constante flujo de peregrinos que, en su incansable búsqueda, parecen acudir a una llamada, como las polillas al resplandor de la luz.

En el Mundo Árabe los hombres dicen que al menos una vez en la vida deben ir a la Meca. En Medio Oriente, las masas se agolpan a las puertas de Jerusalén. En Occidente, los nuevos místicos responden al influjo de los neones de Las Vegas.

Si al día de hoy queda algún impulso metafísico en el materialista occidente, lo podemos encontrar, sin duda, en Las Vegas. Allí se concentra la gente que sostiene que no existe el Azar. Que hay una arquitectura oculta en el universo, y que si llegamos a descubrirla, podremos dominar el destino. Son los profetas de la Esperanza Matemática.

Me preparo para entrevistarme con uno de estos modernos cabalistas, un auténtico representante de este neopitagorismo: mi contacto en Las Vegas, José Martingala (el nombre es ficticio) está dispuesto a revelarme parte de los secretos del Culto. 

Mientras hago tiempo, recorro la ciudad santa: En los últimos años ha cambiado mucho. Las tradicionales mafias que gobernaban la ciudad con tacto exquisito están siendo progresivamente reemplazadas por organizaciones mucho más peligrosas: la Disney, la MGM o la Warner son algunas de las grandes corporaciones de la industria del entretenimiento que controlan ahora los casinos, y la ciudad está adquiriendo ese inconfundible tufo a parque temático para toda la familia. De lo que alguna vez Tom Wolfe definió como “la única escuela arquitectónica genuinamente 100% americana”, a base de gigantescas electrografías de neones, acaso sólo quede el mítico Flamingo, con su inconfundible fachada rosa. Otro de los grandes templos que aún conserva casi todo su auténtico sabor es el Luxor, con su gigantesca esfinge de Gizeh de cartón-piedra a la entrada, oteando el desierto, como su prima del Nilo.

En el interior de estas sagradas catedrales también se nota la influencia de los nuevos amos: cientos y cientos de máquinas tragaperras (slot machines) han desplazado a un rincón del fondo a las mesas de ruleta, los auténticos altares sobre los que se celebran los Misterios de la Abolición del Azar, que vamos a intentar describir con la mayor precisión posible para los atentos lectores de La Caja Negra.

Asisto a una ceremonia de otro de los cultos que perviven en la ciudad sagrada: las Apariciones de Elvis. cada noche desde hace treinta años, el Rey regresa de entre los muertos para presentarse ante sus fieles y cantar My Way dentro de su blanquísimo traje de lentejuelas. Posee también el don de la bilocación porque mientras encandila a un público entregado de señoras de la tercera edad en una sala del Montecarlo Resort, hace también su aparición en el auditorio del Mandalay Bay y en el teatro del Stratosphere, ante otros tantos devotos.

Finalmente, me encuentro con José Martingala ante la distinguida barra del Burger King del casino, y hablamos sobre el gran tema en cuestión: la abolición del azar, el culto de la Fe Matemática.

(mañana la segunda parte) 

¡¡El Nobel para Albert Hofmann!!

¡¡El Nobel para Albert Hofmann!!

Seguro que  este año el Nobel de ciencias le iba a caer a ese coreano que clonó a un perro, o ese perro que clonó a un coreano, no recuerdo bien.

El caso es que hoy Albert Hofmann acaba de cumplir 100 años. 

Y como lo del perro y el coreano resultó ser un fraude, creo que sería un bonito gesto otorgarle la distinción al padre del LSD.

Hofmann realizó el primer viaje lisérgico de la historia en 1943, durante el trayecto en bicicleta desde el laboratorio a su casa. Un pequeño viaje para Hofmann, pero un gran viaje para la humanidad.

Lo dicho: ¡¡El Nobel para Albert Hofmann YA!!

Y si no, al menos, que le den el Oscar.

Grandes genios de la arquitectura: Nerón

Grandes genios de la arquitectura: Nerón

“¡Por fin voy a poder vivir como un ser humano!”, dicen que dijo Nerón mientras se mudaba a su nueva casa, la Domus Aurea, un laberinto de más de 300 habitaciones todo revestido en nácar, perlas y oro. La frase pasó a la historia y con ella un auténtico renovador de la arquitectura y el urbanismo: Nerón.

Detrás de un gran incendio siempre hay un gran hombre. Se ha dicho que detrás del incendio que destruyó Roma en el año 64 estaba la mano de Nerón, quien tenía en mente rediseñar la ciudad con nuevos proyectos urbanísticos. Bien, eso no es del todo exacto: La intención de Nerón fue arrasar la ciudad para edificar... su casa, la Casa Aurea, la más grande jamás construída en la historia. Ya vemos que no sólo fue un renovador del urbanismo, también fue pionero en esa práctica tan de moda en nuestros actuales ayuntamientos: la recalificación de terrenos.

Esta auténtica maravilla, la Casa Aurea, el sueño de lujo y confort al que aspira cualquier recién casado, se redescubrió por casualidad: Cuando en el 1500 se realizaban unas obras en lo que hasta ese momento era la ladera izquierda del monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma, se abrió lo que parecía una gigantesca caverna. El flanco del monte resultó ser el techo abovedado del salón comedor de la casa de Nerón. Para hacernos una idea de sus dimensiones, en el terreno que ocupaba un estanque artificial que decoraba el jardín de entrada, años más tarde se construyó... el Coliseo.

Las planchas de mármol de los techos de los comedores se entreabrían levemente durante las cenas para dejar caer una delicada lluvia de pétalos de rosa. Las bañeras de plata y oro se llenaban cada día con salutífera agua de mar. A los pisos superiores se ascendía por medio de ascensores de maderas nobles dotados de un mecanismo de poleas accionados por esclavos (aquí vemos que Nerón no sólo introdujo el uso del ascensor en las viviendas, también creó la figura del ascensorista). Un ingenioso sistema hidráulico hacía que el comedor girara constantemente según la rotación de la tierra. Siglos después, otro gran interiorista, Hugh Hefner, aplicó una idea similar en su Mansión PlayBoy: la famosa cama redonda giratoria es, que duda cabe, de clara inspiración neroniana.

Junto al jardín principal, hizo construír unas casetas decoradas como prostíbulos, allí debían pasar a ofrecerse las esposas de los senadores o embajadores que venían de visita. Sí amigos, así da gusto recibir visitas. Hoy en día cuando pasa a vernos una pareja de conocidos, junto a la cerveza y las aceitunas sacamos el Monopoly para amenizar. Realmente no hay color.

Capítulo aparte merece la decoración: además de las mil quinientas estatuas sacadas directamente de antiguos templos griegos, Nerón hizo pintar las paredes y los techos con una ornamentación absolutamente novedosa: insólitos híbridos medio humanos, medio animales o vegetales, figuras burlescas y gesticulantes asomándose por entre una maraña de lianas que cubrían toda la superficie. Arte distorsionado que tenía la facultad de aterrorizar a los visitantes. Cuando se descubrieron las ruinas de la Casa Aurea, los pintores del momento, con Rafael a la cabeza, se meten en las tenebrosas estancias sepultadas, antorcha en mano, para buscar inspiración. Se pone de moda entonces, con varios siglos de retraso, una novedosa e imaginativa ornamentación que, a falta de otro nombre y puesto que había salido de las “grutas” (las habitaciones sepultadas de la Casa Aurea), se la denomina “grutescos”, palabra de la que deriva este adjetivo, “grotesco”, que es hoy el que mejor describe la obra de muchas de nuestras grandes estrellas de la arquitectura.   

El sueño de Nerón fue despreciado. A su muerte su escandalizado sucesor prefirió alojarse en el anterior palacio de Augusto, más del gusto “clasico”. Se decidió enterrar, literalmente, la Casa Aurea y sobre ella se edificaron termas, foros y otros edificios administrativos. Pero hoy en día, cuando ha triunfado la visión racionalista de arquitectos y urbanistas como Le Corbusier, con sus grises pajareras de las que derivan nuestras actuales infraviviendas (”monoambientes”, “soluciones habitacionales”...) volvemos la vista a la Casa Aurea con nostalgia. Imagina una casa sin fronteras, habitaciones y más habitaciones, y baños para todos los invitados. Imagina todas estas posesiones, es fácil si lo intentas. Podrás decir que soy un soñador... Pero no soy el único. Espero que algun día te unas al sueño, y el mundo vivirá como Nerón...