Blogia

lacajanegra

Quien ríe el último... El fin del Mundo a todo color

Quien ríe el último... El fin del Mundo a todo color

Este año 2012 el fin del mundo es trending topic. No hay fiesta o reunión social en que no se hable del tema. La tendencia viene dada por el famoso calendario maya, pero lo cierto es que en nuestras propias tradiciones la cuestión surge cada cierto tiempo, generando no solo tema de conversación en los ascensores sino también una interesantísima obra artística apocalíptica como la de las sugerentes pinturas del reverendo McKendree Robbins Long.

Pero hagamos antes un apocalíptico repaso sobre el Fin del Mundo y su esquiva hoja de ruta: Ya en 1806 existían profecías y señales tan claras como la de la célebre gallina de Leeds, que aterrorizó a todo el condado cuando empezó a poner huevos que traían en la cáscara la inscripción “Cristo viene”, en alusión directa a la segunda venida del hijo de Dios a la tierra para juzgar a la humanidad y acabar con el mundo tal y como lo conocemos. La profecía, evidentemente, no se cumplió, dando origen al dilema de ver quién se equivocó primero, si el huevo o la gallina.

Quizás el más famoso profeta del Fin de los Tiempos fue William Miller, quien aseguró ante sus miles de seguidores que el mundo se acabaría el 22 de octubre de 1844. Cuando al día siguiente Miller se despertó y comprobó que sus conciudadanos no habían sido achicharrados en un mar de lava candente, lejos de alegrarse, se llevó un disgusto monumental: "Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas... lloramos y lloramos hasta el atardecer", dicen que dijo. De hecho, ese día es conocido por los evangélicos como el día de la Gran Decepción, así como suena. La clave de este extraño comportamiento está en una cláusula, en la letra pequeña de las escrituras, en donde Dios asegura que “abducirá” a los suyos justo antes del comienzo del exterminio. En una palabra, que el Fin del Mundo no será igual para todos, y quien ríe el último...

Miller murió amargado por no haber podido asistir en persona al magnicidio, pero sus seguidores acabaron fundando nuevas iglesias basadas en la esperanza en la aniquilación del resto del mundo, como los Adventistas del Séptimo Día o los Testigos de Jehová. Estos últimos quizás ostenten el record de predicciones fallidas del Fin del Mundo: al menos diez (1876, 1881, 1910, 1914, 1918, 1925, 1975, 1984 y 1994). A este ritmo acabarán acertando, aunque más no sea por pura probabilidad estadística.

Como decíamos, estas iglesias hacen sus cuentas, sacan sus cálculos y esperan con mal disimulada impaciencia a que a usted y a mí se nos abra la tierra bajo nuestros pies y caigamos en un abismo de azufre, cal viva y fuego eterno. La promesa del “arrebatamiento”, que así se llama al procedimiento por el cual Dios pondrá a los suyos a salvo, les garantiza no solo la integridad sino también un palco preferente en alguna confortable nube con excelentes vistas al Fin de los Tiempos, que sufrirá el 99% de la humanidad restante. 

Una vez a salvo los verdaderos creyentes, el bondadoso Jesús procederá al achicharramiento en masa: El cielo se teñirá de rojo y la tierra se empapará con nuestra sangre, mientras sonará la última trompeta, acompañada de los horribles estertores de agonía de los que seremos fumigados por la flamígera cólera divina. Un espectáculo irrepetible en un marco incomparable, sin duda.

Y, previsiblemente, tan atractivo show también es tema de inspiración para los artistas. La gama va desde el modesto profeta callejero que pinta una pancarta con lemas como EL FINAL SE ACERCA!, una forma apocalíptica de street art, hasta los pintores que ilustran de forma vívida el exterminio final. De entre estos, sin duda la más interesante es la obra del reverendo McKendree Robbins Long, pintor apocalíptico, visionario y genial. McKendree Long comenzó su andadura como retratista de estilo académico. Luego de estudiar bellas artes en su Carolina del Norte natal, viaja a Europa, entonces centro artístico y cultural en ebullición. Pero su estilo convencional y recatado no llegó a conectar con los artistas que, como Picasso, hacían por entonces cosas raras con los pinceles. Regresó por tanto a los Estados Unidos en 1913 y abandonó la pintura para hacerse predicador. Durante las siguientes décadas se dedicó a dar sermones por toda América. No fue hasta su retiro como pastor que se decidió a retomar la pintura, pero esta vez con un espectacular y sorprendente cambio de registro: el reverendo comenzó a pintar visiones del apocalipsis, inspiradas a su manera en el Libro de las Revelaciones (o Apocalipsis de Juan) con un colorido y llamativo estilo cercano a la estética de comic de superhéroes: en sus cuadros, vemos a un Jesucristo tremendamente musculado encabezando comandos de ángeles exterminadores armados hasta las cejas, y acompañados de leones que escupen fuego sobre la población civil desarmada. Cuando no es el Hijo es el propio Dios, un Dios que primero dispara y después pregunta, quien encabeza el ataque, rociando con fuego purificador a una humanidad que se retuerce entre estertores de dolorosa agonía. McKendree gusta a veces de representar entre la muchedumbre a algunas figuras históricas, como Marx, Freud, Darwin, Fidel Castro o Marlene Dietrich, ardiendo entre las llamas. Pero todas estas panorámicas gore están siempre representadas con alegres y luminosos colores de inconfundible aire psicodélico. Después de todo, desde su punto de vista, el achicharramiento y el Fin del Mundo serán un acontecimiento feliz.

Hay que considerar que el reverendo no pintó sus cuadros pensando en las ventas. De hecho, ni siquiera intentó nunca exponerlos en público. Los hacía porque eran sus visiones, su manera de retratar de antemano lo que iba a suceder en un futuro muy próximo. A su muerte sus hjios heredaron un cobertizo lleno de lienzos apocalípticos que, poco a poco, empezaron a despertar el interés de los museos locales. Hoy McKendree Robbins Long es una de las firmas reconocidas del arte americano. Y lo será cada vez más, al menos, hasta el próximo Fin del Mundo.    

Cómo hacer que el destino nos alcance

Cómo hacer que el destino nos alcance

Si hay una historia que prueba que el destino está escrito de antemano, y que hagas lo que hagas acabará por alcanzarte irremediablemente, esa es la historia de las Shaggs, la sensación pop formada por tres hermanas hacia el final de los maravillosos sesentas.

Dorothy, Helen y Betty Wiggin no tenían un especial interés en el mundo de la música, pero acabaron cumpliendo obedientemente con su sitial en la Posteridad, porque aquello estaba escrito con tinta indeleble en el libro del destino. O al menos en las líneas de la mano: todo empieza cuando la abuela Wiggin consulta a una vidente en la feria de atracciones de su pueblo, Fremont, en el nordeste de los Estados Unidos. La hechicera le pronostica que sus nietas triunfarán apoteósicamente en el mundo de la música, convirtiéndose en grandes estrellas del firmamento pop, como los Jacksons pero en chicas, como las Supremes pero en blancas, como Elvis pero en trío. Y a partir de ese momento, Austin, el padre de las muchachas, se obsesiona con la cuestión. Ante una profecía tan rotunda uno puede adoptar dos actitudes: relajarse (o resignarse), puesto que hagas lo que hagas el destino se cumplirá inexorablemente, o considerar que a los demiurgos hay que echarles una mano, es decir, que hay que empujar al destino para que este se acabe cumpliendo. A Austin, hombre acostumbrado a las estrecheces de la vida, le pareció más razonable no correr riesgos y empujar a los hados, incluso a patadas si fuera necesario. El señor Wiggin pasó a dedicar con fervor maníaco todas sus energías a hacer de sus hijas lo que estaba escrito: rutilantes estrellas del firmamento musical.

Así que Dorothy, Helen y Betty Wiggin, a partir de ahora las Shaggs, comenzaron, a instancias de su padre, un estricto programa: abandonaron el colegio y, aisladas en su casa de Fremont se vieron tocando de la mañana a la noche sus instrumentos (dos guitarras y batería, formación clásica de power trío), ensayando cada día en jornadas agotadoras bajo la estricta mirada de su padre y componiendo canciones que estarían llamadas a convertirse en himnos de toda una generación. O de varias.

¿Cómo definir el especial sonido de las Shaggs? Una vez el gran Yehudi Menuhin dijo que la música "ordena el caos, pues el ritmo impone unanimidad en la divergencia, la melodía impone continuidad en la fragmentación, y la armonía impone compatibilidad en la incongruencia". Pues bien, las hermanas Wiggin consiguieron hacer exactamente lo contrario.

Las cosas no fueron fáciles al principio: cuando al fin las Shaggs pudieron acceder a un estudio de grabación (previo pago de todo lo recaudado por su padre en actuaciones estelares en ferias locales), el ingeniero de sonido, que no acababa muy bien de comprender cómo sonaba todo aquello, intentó marcar afinaciones y hacer entrar en compás a la aparentemente caótica sonoridad de la banda. Sin embargo las chicas no se dejaron amedrentar: a estas alturas casi tan seguras de su destino como su propio padre, insistieron en que la grabación debía captar fielmente aquel sonido único, aquella indescriptible amalgama de notas deslizándose por composiciones cantadas de manera extrañamente distante y monocorde, con letras como: "Hay muchas cosas que me pregunto. Hay muchas otras cosas que no me pregunto. Parece como si las cosas que más me pregunto son las cosas que nunca averiguaré." 

Y así vio la luz a comienzos de 1969 y bajo el impresionante título de Filosofía del Mundo, el primer, único y último álbum de las Shaggs, con doce temas repletos de amables discordancias (años después y por las vueltas de la fiebre Shaggs saldrían a la venta algunas canciones inéditas).

Curiosamente, Filosofía del Mundo no tuvo ni la más mínima repercusión. No sonó en las radios, no ganó un disco de platino, nadie tarareó sus canciones y ni siquiera les dio para hacer una gira de presentación. El mundo parecía haber tomado un camino paralelo para burlar el destino y hurtarle a las Shaggs su triunfo. Tuvieron que ver, quizás con amargura, como los Doors y otros cantamañanas acababan ocupando el sitio que genuinamente les pertenecía.

¿Se equivocó el destino? la respuesta es no. Cuando parecía que un miserable manto de olvido caía sobre las muchachas, nuevas generaciones de estrellas de la música empezaron poco a poco a hablar de su influencia. Quizás el primero en mencionarlas fue Frank Zappa, quien, poniendo el listón muy alto, las comparó con los Beatles. Luego siguieron Kurt Cobain, Jonathan Richman o los NRBQ, rindiéndose de admiración ante Filosofía... A partir de ahí, la apoteosis. Ya se sabe como es el periodismo de tendencias, especialmente el de la crítica musical: se comporta como una bola de nieve rodando colina abajo. Más de dos décadas después de grabado el disco y de la noche a la mañana se desató la shaggmanía: la prensa especializada competía por arrogarse el descubrimiento de aquel tesoro musical. Se escribieron sesudos análisis tratando de desentrañar si la música de las Shaggs era proto-punk, avant garde, naif-noise, arty-pop, o simplemente el producto de unas mentes perturbadas. El disco llenaba páginas y páginas y hacía correr ríos de tinta, incluso cuando era prácticamente inencontrable (Filosofía había salido con apenas unas cien copias, y no fue hasta que Dorothy Wiggin consiguió encontrar las cintas originales que el disco se reeditó, veinte años después). No hay más que comprobar la cantidad de resultados que arroja google, o las cientos de miles de visitas en youtube... Se llegó a estrenar un musical en el off-Broadway con su música, ¡¡hasta el mismísimo Tom Cruise se interesó en rodar su historia para la Warner!! la prueba definitiva de que se ha alcanzado la inmortalidad.

Así, artículo tras artículo, mención sobre mención, y sin necesidad de que casi nadie las escuchara realmente, las Shaggs finalmente alcanzaron su destino, convirtiéndose en referencia ineludible y grupo de culto por excelencia. Incluso desde este modesto blog ahora mismo estamos contribuyendo a su celebridad. Es la magia del Destino.

Por eso hoy podemos decir sin casi temor a exagerar, que las Shaggs son ya más famosas que Jesucristo. Y casi tanto como Ed Wood.

 

Escucha Filosofía del Mundo

.

Sarah Winchester y la eterna reforma

Sarah Winchester y la eterna reforma

Dicen que no es posible bañarse dos veces en un mismo río (aunque yo creo que contando con una bicicleta y pedaleando rápido sí se podría...). De la misma forma, para Sarah Winchester, joven viuda del siglo XIX, no era posible vivir dos veces en la misma casa, y no porque se mudara de barrio, sino porque su casa nunca era igual de un día para otro.

La residencia Winchester estuvo siempre en reformas, reformas que se prolongaron, ininterrumpidamente, durante treinta y ocho años. De hecho, las obras constantes fueron la misma razón de ser de la Mansión Winchester. Alguno pensará que soportar albañiles martilleando día y noche durante cuatro décadas podría enloquecer a cualquiera... pero el imparable trajín constructivo, lejos de incomodar a la propietaria, más bien ayudaba a tranquilizarla. El ir y venir de carpinteros y fontaneros, las puertas y tabiques que se ponían hoy y se quitaban mañana, las ventanas que cambiaban constantemente de lugar, mantenían viva a la dueña de casa y a la vez entretenidos a los miles de habitantes de la mansión Winchester. Porque Sarah, viuda de William Winchester, no vivía sola. La acompañaban a toda hora las almas en pena de los que habían muerto a consecuencia del uso de los populares rifles fabricados por la empresa familiar de la que procedía.

La joven viuda era heredera de la fabulosa fortuna amasada por su suegro gracias a su célebre rifle Winchester de repetición, un revolucionario invento que prácticamente acabó por decidir el resultado de la guerra de secesión norteamericana, y enriqueció a la familia. No fue hasta quedarse viuda que Sarah se vió acosada por un flujo interminable de fantasmas que volvían desde el más allá para atormentarla con reclamaciones y quejas.

Sarah inició una desesperada huida hacia ninguna parte, intentando dar esquinazo a los espectros, hasta que en 1884 acabó recalando en San José, un pueblo del oeste de California, en donde adquirió una finca con una casa a medio construir. Sarah no tenía ni idea de arquitectura, pero inmediatamente decidió desechar los planos y ponerse a improvisar. Con una cuadrilla estable de casi treinta trabajadores que se instalaron el la finca de manera permanente, se pasó las siguientes cuatro décadas construyendo y reformando el caserón día y noche, sin parar ni siquiera los fines de semana. Sarah se dió cuenta de que las obras mantenían desorientados a los espectros, que vagaban estupefactos por pasillos y estancias que constantemente cambiaban de lugar o de dirección. Por esa misma razón, y para no perder la ventaja del efecto sorpresa, Sarah no seguía planos estrictos en la construcción: cada mañana bien temprano, con el desayuno, decidía con sus capataces y sobre la marcha las reformas del día. Reformas que no necesariamente seguían el sentido común. Así, en las cerca de ciento sesenta estancias que tenía el caserón (el número, evidentemente, fluctuaba), los fantasmas se podían encontrar con ventanas empotradas en el suelo, puertas que daban a una pared, una habitación construída dentro de otra, pasillos que acababan en el punto de inicio o escaleras que volvían sobre sí mismas. Incluso había una impresionante escalera de caracol de 42 escalones que sólo subía tres metros del suelo, puesto que cada escalón medía cinco centímetros de alto.

No solo los fantasmas se confundían: el servicio doméstico debía usar planos (que variaban casi cada día) para las tareas más elementales, como encontrar el camino de regreso a la cocina luego de servir el desayuno.

Se puede decir sin temor a exagerar que Sarah Winchester elevó el bricolage a la categoría de arte, y su propio hogar fue su obra maestra: una única obra, pero siempre diferente.

La casona siguió su rutina de cambios constantes (llegó a alcanzar una altura de siete plantas), hasta el año 1922, año en el que Sarah, ya octogenaria, acabó uniéndose a la tropa de almas que durante tantos años le habían hecho compañía. 

Sus herederos vieron en la vieja mansión una extraordinaria oportunidad de negocio: puesto que ya arrastraba una reputación de casa encantada, la acabaron explotando como atracción turística bajo el nombre de Winchester Mistery House. De hecho, aún hoy se puede visitar. Tienen una página web, una tienda de souvenirs, y ofrecen una visita guiada en donde los esforzados guías se empeñan en convencer al turista de que aún se escuchan extraños ruidos de almas en pena por los pasillos. Todo en vano: con la muerte de Sarah el trasiego de las obras cesó definitivamente, y también cesó el deambular de los fantasmas. ¿Por qué se fueron? Tal vez sin Sarah Winchester ellos ya nada tenían que hacer allí. Tal vez a los fantasmas, como a los jubilados, lo que realmente les gustaba era mirar las obras.   

El mundo del Otro Yo

El mundo del Otro Yo

Del otro lado del Sol, tan precisamente del otro lado que nunca podemos verlo, existe un planeta exactamente igual a la Tierra. Los mismos mares, los mismos continentes, la misma vida: personas que son iguales a nosotros, tan iguales que son nuestros dobles. Aunque, quizás, con alguna que otra diferencia...

Esta inquietante idea es la base de una vieja pelicula de ciencia ficción británica llamada Más allá del Sol (1969), en ella, después de un largo viaje
unos astronautas descienden en la que parece ser nuestra Tierra. Creen que han regresado, pero pronto se dan cuenta de que las cosas no son exactamente como debieran ser. Hay que decir que la película resulta un tanto fallida, pues no acaba de desarrollar la interesante idea de partida hasta sus últimas consecuencias. Producida por los hermanos Anderson, los mismos que habían sido responsables de series con marionetas como los Thunderbirds, destinan la mayor parte del metraje a recrearse con las bonitas maquetas. Aún así, la idea de un planeta gemelo girando en la misma órbita que la Tierra pero en el extremo opuesto, siempre oculto detrás del Sol, es verdaderamente sugerente. 

Pero, sin embargo, no es del todo nueva: unos cuantos siglos antes un hombre llamado Filolao, discípulo de Pitágoras, construyó un modelo del cielo que incluía la existencia de un planeta al que llamó Antichton (Contratierra). La Contratierra seguía una órbita tal (y Filolao fue el primero en imaginar que los cuerpos celestes, incluyendo nuestra Tierra, se movían en el espacio), una órbita tal que hacía imposible que nosotros la pudiéramos ver desde nuestra posición.

Volviendo a nuestra película, en su versión original se titulaba Doppelgänger. Palabra que literalmente significa “el que camina al lado” y que se usa para describir a un doble fantasmal, a un Otro Yo que posee características opuestas a las nuestras, un “reverso” que, de alguna manera, nos complementa o nos completa, como Hyde al bueno de Jeckyll.

Recordamos incluso una serie de comics de la DC, llamada Tierra 3, que desarrolló una idea similar. La Tierra 3 era un mundo paralelo al nuestro en donde en lugar de la Liga de la Justicia, el famoso grupo de superhéroes de la DC, había una contrapartida malvada de supervillanos, el Sindicato del Crimen. El Superman y el Batman y los demás héroes de nuestra Tierra son allí criminales. Para combatirlos, se alza un heroico y noble Lex Luthor... 

Hubo también un escritor de literatura fantástica que usó la idea de la Contratierra para desarrollar una interminable saga (veintiseis libros) llamada Las Crónicas de Gor o Crónicas de la Contratierra. John Norman, que así se llama el escritor, ubicó también su Contratierra justamente al otro lado del Sol, de manera que su presencia quedara convenientemente oculta a nuestro mundo. Pero Norman no hizo de aquel mundo un duplicado del nuestro: prefirió poblarlo con sus fantasías más o menos sadomasoquistas. En el planeta Gor, los hombres son musculosos guerreros al estilo Conan y las mujeres esclavas que viven solo para satisfacer a sus amos. Contra lo que pueda parecer Norman la describe, sin embargo, como una sociedad feliz. Cada tanto los goreanos se montan en sus naves espaciales (pues son un pueblo tecnológicamente avanzado, el estilo Conan es la manera en que han elegido vivir) y se pasan por nuestra Tierra para hacer acopio de más mujeres. Nuestras pobres coterráneas al principio sufren un poco bajo el látigo, las marcas con hierro candente y las violaciones constantes, pero pronto se acostumbran porque, segun Norman (que además de escritor es profesor de filosofía en una universidad americana), la verdadera naturaleza de la mujer es el sometimiento, y solo en la esclavitud puede alcanzar la plena realización de su femineidad y la completa satisfacción de su sexualidad. No se puede decir que Norman no haya puesto su Otro Yo en su imaginada Contratierra.    

El caso es que quizas hoy en día la comunidad científica no esté muy dispuesta a aceptar literalmente la hipótesis de inquietante simetría de un planeta gemelo al nuestro girando en la misma órbita que la Tierra. Sin embargo, las últimas y más avanzadas teorías de la física y la cosmología hablan ya de la probabilidad de la existencia de universos paralelos. Más concretamente, de lo que han dado en llamar Multiverso: según esta hipótesis, nuestro universo sería solo una de las infinitas posibilidades de universos. Y todos esos universos posibles coexistirían en realidades paralelas, de modo tal que en alguna parte de ese inimaginable ramillete de posibilidades podríamos encontrar una Tierra como la nuestra, habitada por personas como nosotros, pero cuyas vidas hayan seguido caminos ligeramente distintos. Es decir, un mundo casi igual al nuestro pero con ligeras diferencias, originadas por aquellas elecciones vitales que en algún momento nosotros hemos descartado y nuestros dobles del mundo paralelo, sin embargo, han decidido seguir.

Es decir que en esa otra Tierra habrá quizás un Mark Zuckerberg que se ocupará de escribir un blog llamado la Caja Negra, mientras que un Wilbur Mercer habrá inventado Facebook y estará ahora disfrutando de una vida espléndida gracias a las bondades de una cuenta bancaria milmillonaria. 

Si es así, una cosa me queda clara: he nacido en la Tierra equivocada. 

.

El doctor Bataille y el arte del Panfleto Pop

El doctor Bataille y el arte del Panfleto Pop

Masones satánicos, sacerdotisas del diablo, sectas espiritistas, templarios dementes, rituales sangrientos, misteriosos cabalistas, misas negras, viajes astrales, la bisabuela del anticristo... y sexo, mucho sexo. Este era el cóctel irresistible que mantenía en vilo a la buena sociedad parisina de la segunda mitad del siglo diecinueve, un cóctel por entregas que un enloquecido y genial equipo de difamadores profesionales distribuía en fascículos. para disfrute y escándalo del público lector.

Detrás de este equipo se encontraba un hombre llamado Léo Taxil, de profesión charlatán, nacido en Marsella e iniciado en el mundo editorial escribiendo libros furiosamente anticlericales, que publicaba y distribuía él mismo. Pero hacia 1885 el filón parecía estar agotándose, los libelos contra la iglesia y el poder del Papa ya no resultaban novedosos, y Taxil, dándose cuenta de que la credulidad da más dividendos que el escepticismo, decidió dar un genial golpe de timón a su carrera: el antiguo azote de los curas anunciaba ahora a bombo y platillo su conversión al catolicismo, en una solemne ceremonia en la que declara que ahora se dedicará en cuerpo y alma a combatir a los enemigos de la fe. 

Esos enemigos eran por entonces las logias masónicas, a las que la iglesia veía como una peligrosa competencia que escapaba a su control. Si hay algo que caracterizaba a la masonería era el secretismo, por lo que Taxil anunció que en sus sucesivos libros se dedicaría a sacar a la luz sus más oscuros secretos. Pero el caso es que él no sabía mucho de masonería: había pertenecido fugazmente a una logia en grado de aprendiz, de la que había sido expulsado después de asistir a tres reuniones. Por lo tanto, pocos eran los “secretos” que podría revelar. Además, había por entonces en Francia un gran número de periodistas y escritores antimasones, que se dedicaban a combatir la actividad de las logias en el plano político. Taxil, por lo tanto, decidió explorar otro terreno, un terreno que, de hecho, se inventó él a la medida de su conveniencia: el de los Masones Adoradores del Diablo.

Así apareeió en 1893 El Diablo en el siglo XIX, un libelo por entregas (anunciado como “revista mensual religiosa, política y científica”) que llegó a sumar más de 2.000 páginas, firmado por el "Doctor Bataille", un seudónimo colectivo tras el que trabajaban a destajo al menos dos personas, el propio Léo Taxil, el escritor Charles Hacks, y probablemente más colaboradores ocasionales. La irresistible fórmula de la publicación estaba en juntar conspiración, satanismo y pornografía.

En el voluminoso libro del Dr. Bataille se iban sucediendo sangrientos rituales, orgías desenfrenadas con macizas masonas, fantásticas sesiones espiritistas, invocaciones a Baphomet (un ídolo con cabeza de cabra, alas de murciélago y pechos de mujer), misas negras, siniestros judíos cabalistas, caballeros templarios y hasta mormones satánicos.... todo mezclado como en un serial de aventuras que cada vez se enredaba más y más, y sazonado con jugosas descripciones de erotismo sadomasoquista de alto voltaje.

Para empezar, se inventó una logia femenina de masonas (por entonces la verdadera masonería sólo admitía a hombres en sus filas) dirigida por el Diablo en persona. Una especie de harén de Lucifer, que celebraba orgías blasfemas en oscuros salones de París. Esta logia satánica extendía sus tentáculos por las principales capitales, y planeaba dominar el mundo. Las sacerdotisas y los maestres de la logia reportaban cada viernes ante el mismísimo Satanás, que presidía las reuniones en un cuartel general secreto.

Los escenarios que describía Bataille también eran impresionantes: sirva como ejemplo el laberinto de túneles y cuevas que, según él, oradaba la roca del peñón de Gibraltar, y que constituía la factoría secreta en donde los masones fabricaban sin parar estatuas y figuras de su amo Satanás, así como toda clase de venenos para utilizar en sus planes de dominación mundial.

También abundaban los gadgets. Así, por ejemplo, los masones luciferinos se comunicaban entre sí a través del planeta por una “red telefónica satánica” inalámbrica (el teléfono era aún un invento reciente y poco difundido).

Al Dr. Bataille le llovieron las cartas de felicitaciones y las emocionadas adhesiones de obispos y cardenales, que lo animaban a continuar con sus importantes revelaciones. El propio Taxil llegó a ser recibido en audiencia personal por el Papa León XIII, y no se descarta que haya contado con generoso apoyo económico para continuar su lucha contra el mal.

Espoleada por la buena recepción de sus escritos en el Vaticano, la osadía de las descripciones del Dr. Bataille fue en aumento: masones que atravesaban paredes adoptando un estado fluido; cráneos de jesuitas decapitados quemados frente a la esfigie del diablo en oscuras ceremonias; las nupcias de una masona y un demonio, designados para ser los bisabuelos del anticristo; una sesión de espiritismo en la que la propia mesa cobra vida y se incorpora sobre dos de sus patas para atacar a los oficiantes; un cocodrilo que se materializa en un salón y se pone a tocar el piano... nada parecía demasiado inverosímil para los miles de fascinados seguidores de El Diablo en el Siglo XIX, y la imaginación de Taxil y Hacks no conocía límites. Y menos mal que en el siglo XIX no se había popularizado el kung fu, porque poco habrían tardado en agregar masones ninjas al conjunto...

Después de casi cinco años de desenfrenada actividad, sin embargo, habían llegado demasiado lejos. En 1897 anunciaron una conferencia sobre el tema en la Sociedad Geográfica de París, y ante una sala abarrotada se presentó Léo Taxil para decir que, en fin, todo había sido un invento. Afortunadamente había tenido la precaución de exigir que el público dejara a las puertas bastones y paraguas, porque la batahola que se montó a continuación fue fenomenal. Ante el peligro de linchamiento, Taxil escapó por la puerta trasera.

Pero los pilares de un nuevo género ya estaban sólidamente instalados en el imaginario popular. El collage sin complejos de sexo, violencia y misterio que inauguró el Dr. Bataille nos ha seguido acompañando desde entonces, desde la literatura pulp hasta el cine de serie B de explotación, con toques de gótico, giallo o gore; desde Jess Franco a Dan Brown o hasta Umberto Eco (que en su novela El Cementerio de Praga describe las peripecias de Taxil y compañía...), desde J.J. Benítez hasta Cuarto Milenio o la revista Más Allá, la cuestión nos sigue fascinando. 

Larga vida al Dr. Bataille y su fórmula maravillosa.       

El triunfo de la voluntad: Superhéroes en el mundo real

El triunfo de la voluntad: Superhéroes en el mundo real

Llegar del trabajo a casa, saludar al perro, dejar el maletín, ir a hacer pis, tomarse un yogur, entrar en la habitación, abrir el armario, ponerse las ajustadas mallas de colores, la capa, la máscara, calzarse las botas, salir por la ventana trasera a combatir el crimen y la injusticia en tu ciudad.

Aunque parezca un tanto inusual, esto es lo que hace mucha gente en su tiempo libre. Se trata de los llamados superhéroes de la vida real. En sus historias se han basado películas como Defendor (2009) protagonizada por un impagable Woody Harrelson, o Super (2010) en la que Rainn Wilson, después de tener una revelación divina, encarna al superhéroe Crimson Bolt. Demás está decir que estos superhéroes carecen por completo de verdaderos superpoderes. Es su sola voluntad, y el auxilio de algún arma de fabricación casera, lo que los lanza a cumplir su misión autoimpuesta por las calles de su ciudad. Una sutil e inestable mezcla de sentido de la justicia y atisbos de psicopatía que también podemos encontrar en Batman, el personaje que más cerca está de ser el modelo de estos justicieros solitarios. 

El fenómeno es casi exclusivamente americano, ya que allí la iniciativa personal se aplaude incluso en la administración de justicia. El modelo del “hombre-hecho-a-sí-mismo” forma parte de la idiosincracia nacional, incluso si esa hechura incluye unos calzones de lycra, una capa y un antifaz. En la burocratizada Europa, en cambio, en donde hasta para portar una pistolita de nada hay que tener un DNI y un permiso, los justicieros enmascarados no abundan. 

Los superhéroes de la vida real cuentan incluso con un foro público en internet, el Registro Mundial de Superhéroes (worldsuperheroregistry.com), en donde se detallan los requisitos que cualquier aspirante a justiciero enmascarado debe cumplir: 1) Un traje de superhéroe (prohibido hablar de “disfraz”...), que no solo cumplirá la función de protejer la identidad de la persona detrás de la máscara, sino que involucra a quien lo use con un “propósito”, una misión: la de luchar contra el crimen y la injusticia. 2) Hechos heroicos comprobables. O sea, no basta con disfrazarse... perdón, ponerse el traje. Además, hay que actuar. Y 3) Motivación estrictamente personal, es decir, el superhéroe debe serlo por su cuenta y riesgo. No debe pertenecer a ninguna institución, ni tener esponsores, ni retribución económica por su actividad superheroica.

En cuanto a la personalidad e indumentaria del superhéroe, hay que decir que los hay más y menos logrados. Así por ejemplo, Citizen Prime, de Arizona; el californiano Phoenix Jones; Master Legend, de Florida o Shadow Hare, de Cincinnati, se acercan un  poco al aspecto que imaginamos debe tener un superhéroe. Otros están algo más lejos. El justiciero hongkonés Red Arrow, por ejemplo, luce una máscara que parece impedirle casi por completo la visión, incluso para caminar sin tropezarse (no digamos ya hacer cosas superheroicas), máscara sobre la que luce una gran flecha roja volumétrica en equilibrio sobre su cabeza, que le da más bien un aspecto de señal de tráfico andante. Los gadgets con que cuentas estos hombres para su lucha contra el crimen (hay que destacar que no suelen recurrir a las convencionales armas de fuego) también son, a veces, discutibles: el canadiense Polar Man, por ejemplo, lleva una pala a manera de arma, como si fuera el martillo de Thor. Angle-Grinder Man patrulla las calles provisto de una amoladora, pues su misión autoimpuesta es liberar a los coches que han sido inmovilizados con un cepo por mal estacionamiento. Este enmascarado está especializado en combatir las arbitrariedades cometidas por la policía de tráfico. Eso sí, no te libra de las multas, por lo que el alcance de su accionar justiciero es limitado, por no decir inútil.

En otros casos, el aspecto del superhéroe tiene el efecto de intimidar más al ciudadano de a pie que al malhechor ocasional. Es el caso de personajes como Tothian, de New Jersey; Geist, de Minessota; Scavenger, de Connecticut o Motor Mouth, de San Francisco; cuyas pintas de paramilitares pasados de sobredosis de gas mostaza no ayudan a generar confianza.

Hace poco saltaba la noticia de la detención de Phoenix Jones. Este enmascarado californiano trató de intervenir en una discusión entre un grupo de jóvenes a la salida de un local nocturno rociándolos con un spray de pimienta. Una de las chicas del grupo acabó aporreando a nuestro héroe con un zapato de tacón, mientras el resto llamaba a la policía. Phoenix Jones fue detenido y, lo peor, le fue requisado el traje, un muy convincente uniforme negro y amarillo. No siempre la policía está dispuesta a aceptar el intrusismo profesional en la lucha contra el crimen.

Pero sin duda uno de los casos más impresionantes es el de los Batman y Robin de Whitley, un dúo de justicieros enmascarados de una apacible localidad inglesa que parece haber decidido que para qué crearse un personaje habiendo tantos tan buenos ya inventados. Así, como si de una franquicia de MacDonalds se tratara, comenzaron a utilizar los nombres y los trajes del popular dúo de Ciudad Gótica. Su modus operandi está inmejorablemente retratado en este relato de primera mano aparecido en el periódico inglés The Evening Post, en donde una mujer nos cuenta cómo recibió auxilio de los Batman y Robin de Whitley. Michelle Kirby, una vecina de esta pequeña y tranquila villa, quedó varada en medio de la vía cuando su peugeot 206 se quedó sin gasolina un domingo de Pascua. Entonces “aparecieron de repente. Venían corriendo por la carretera vestidos de Batman y Robin (...) me dijeron ‘–hola, somos Batman y Robin’... ‘–no, no lo son’, les contesté... Les pregunté si iban a una fiesta de disfraces, pero ellos se mantuvieron firmes en sus personajes.” Luego de empujar el coche de la señorita Kirby hasta la gasolinera más cercana, el Dúo Dudoso (el Batman tiene sobrepeso, el Robin es calvo, ambos parecen pasar los cuarenta...) desapareció corriendo por una calle lateral.

El mundo de los héroes enmascarados inaugura la idea del “psicópata amigo”. Incluso la idea del psicópata que todos quisiéramos ser alguna vez. Cómo no alegrarnos entonces de que existan en la vida real, de que se paseen por las calles de tu ciudad con sus trajes de colores. Hasta puede que tu propio vecino sea uno de ellos, quién sabe...

Dos potencias de saludan. Elvis y Nixon, la película

Dos potencias de saludan. Elvis y Nixon, la película

¡Estamos de enhorabuena! Aunque aún sin fecha definitiva, Hollywood ha anunciado para este nuevo año el estreno de un largometraje sobre el explosivo encuentro en la cumbre entre el Rey del Rock y el más problemático de los presidentes de los Estados Unidos de América. Un vis-à-vis supersecreto que pudo haber tenido consecuencias inimaginables, y que se conoció muchos años después, cuando se desclasificaron los documentos correspondientes, para asombro del mundo entero.

La película, que se llamará Elvis & Nixon, será protagonizada por Eric Bana, interpretando al Rey, y Danny Huston en el papel de Nixon. Dirigirá el debutante Cary Elwes. Probablemente el guión se centrará en los acontecimientos previos al encuentro, el viaje de Elvis hasta Washington y los tensos preparativos que rodearon a la reunión.

Hay que decir que ya se había llegado a rodar otra película sobre el histórico momento. Fue un largometraje dirigido en 1997 por Allan Arkush, una producción televisiva que se llamó Elvis meets Nixon, un gran título con resonancias a otros encuentros de similar enjundia como Godzilla meets King Kong o Jesse James meets Frankenstein’s daughter. 

Aunque los hechos son conocidos, no está de más resumirlos para refrescar la memoria: el magno acontecimiento tuvo lugar el 21 de diciembre de 1970. La tarde anterior a aquella mañana histórica Elvis abandona Graceland, su Camelot particular, y se embarca en un avión de American Airlines rumbo a Washington. Durante el vuelo, escribe una larga carta de presentación, unas cinco páginas en papel con membrete de la aerolínea, en donde expone al presidente del Mundo Libre sus preocupaciones sobre la juventud americana y las drogas sin receta, sobre el inquietante avance del comunismo y de la lucha de los Panteras Negras por los derechos de los afroamericanos, sobre el Peligro Hippie y, sin mencionarlos explícitamente, sobre la perniciosa influencia de los Beatles en América, asuntos todos de la mayor importancia y sobre los que el Rey tíene un plan de acción que proponer a Nixon. Esas cinco páginas escritas de puño y letra representan las Tablas de la Ley del Rey del Rock. La solución definitiva para combatir la decadencia del Imperio. 

A primera hora de la mañana del día 21, Elvis se presenta a las puertas de la Casa Blanca, atiborrado de drogas recetadas por sus médicos y rodeado de sus guardaespaldas. Lo recibe el encargado de la seguridad, ante quien entrega la carta dirigida al presidente y solicita formalmente una audiencia. El desconcertado empleado hace volver a Elvis a su hotel, con la promesa de darle una respuesta a lo largo de la mañana. Acto seguido, le anuncia a Nixon que "el Rey a venido a verlo", para sorpresa del presidente, que no esperaba ninguna visita internacional esa mañana. Le aclaran que se trata del Rey del Rock, y Nixon rápidamente decide improvisar un encuentro. Un par de horas después Elvis entra en el Despacho Oval. Luce un impresionante traje de terciopelo morado con abrigo del mismo color puesto a modo de capa, camisa de anchísimo cuello blanco, cinturón de imponente hebilla dorada, gafas de cristales ahumados con marco de metal plateado, con las iniciales "EP" perfiladas en brillante pedrería en la patilla, y su cetro-bastón de empuñadura esférica de marfil. Nixon lleva un traje gris. 

Luego del protocolario intercambio de saludos entre ambos titanes y las fotografías de rigor, en las que se ve a Nixon con cara de estar buscando la cámara oculta, Elvis le expone sus intenciones de lanzarse al rescate de América, para lo cual solicita formalmente "una placa de agente federal", que le otorgue plenos poderes a la hora de entrar en acción. Está dispuesto a echarse sobre sus espaldas la titánica tarea de limpiar el país. Nadie mejor que él, ciertamente, pues ya por entonces se estaba convirtiendo en una especie de superhéroe, con capa y todo. Experto karateca, con su indumentaria de corte especial (es justamente en 1970 y a propósito de la práctica de las artes marciales que comienza a utilizar sus famosos trajes de una sola pieza, que le permitían una gran libertad de movimientos) en la que destacaría bien visible su placa de policía, podría entrar en acción a patada limpia contra los comunistas, los hippies y los emporios del mal. Hay que decir que se adelantó a otro visionario, Steven Seagal, en varias décadas. 

Nixon se mostró moderadamente de acuerdo. En pocas horas los funcionarios de la Casa Blanca improvisaron una placa de policía con su nombre, y el Rey, luego de obsequiar al Presidente con un Colt 45 como el que él mismo portaba, cargado con siete balas de plata, se retiró satisfecho. Misión cumplida.

Al parecer, en los siete años que le restaban de vida, Elvis nunca llegó a hacer uso de la placa.

La carrera de Elvis se ha dividido tradicionalmente en tres etapas características: La del “Elvis la Pelvis", la del “Elvis gordo” y la del “Elvis muerto”. En la primera se coronó en los cincuenta como indiscutido Rey del rock. Luego de un impasse durante los sesenta, en los que se dedica sobre todo a hacer películas, llega la segunda fase, que coincidió fundamentalmente con su periplo por los casinos de Las Vegas, y en donde incorporó sus vistosos trajes de pedrería, con capa corta y cuello-gorguera y sus cinturones de fantasía, que lo convertirían en un género en sí mismo. Y por último, la tercera fase, después del año 1977. con las constantes apariciones y avistamientos de Elvis muerto-pero-vivo en algún supermercado o gasolinera de Texas, México o Buenos Aires, siempre fugaz y con gafas oscuras, a veces en una silla de ruedas, pruebas de vida puntualmente recogidas en la prensa sensacionalista durante las tres últimas décadas. El acontecimiento que registramos sucedió hacia los comienzos de su segunda etapa, su período más glorioso y estéticamente más ambicioso, en el que se transformó en una obra de arte viviente, en un superhéroe con patillas.

La película, ciertamente, promete ser épica a más no poder. Y ya nos imaginamos una segunda parte que entre de lleno en el terreno de la especulación, con un Elvis con sobrepeso trepado al Empire State, intentando derribar a manotazos los submarinos amarillos de la imparable invasión británica. Sería precioso.

El Dolar mormón y el Antibanco de Dios

El Dolar mormón y el Antibanco de Dios

“Más falso que un billete de tres dólares”, dice una sabia expresión popular americana. Bueno, no tan sabia, porque no siempre fue así: hubo un tiempo en que el billete de tres dólares existió realmente. Lo puso en circulación el profeta Joseph Smith, fundador del mormonismo, y para ello creó, por mandato divino, un Antibanco.

Algún descreído habrá que todavía piense que Dios y en dinero son conceptos que no pueden ir juntos. Que “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Nada más equivocado. No hay más que seguir el desarrollo de la actual crisis económica para ver que Dios siempre está de parte de la banca. Y con mucha más razón si del que hablamos es del Dios de los mormones, la religión americana por antonomasia. Pues, como dijo Warhol, “hacer dinero” es, con diferencia, la idea más americana que existe. Es lógico, pues, que eso mismo, “hacer dinero”, sea lo que el Dios americano haya ordenado a su profeta.

Joseph Smith fue un genio religioso que concibió enteramente su particular biblia dictándola con la cara metida en la copa de su sombrero. Llegó a tener treinta y cuatro esposas. Nos convenció de que los nativos americanos eran en realidad perversos judíos, emigrados desde Tierra Santa y reconvertidos en aztecas. Inició el éxodo de su pueblo hacia la nueva tierra prometida, Salt Lake City, la futura capital de Utah, el hoy todopoderoso estado mormón. Su iglesia lleva ahora a cabo la más extraña y ambiciosa operación religiosa jamás concebida por el hombre: bautizar en el mormonismo, con carácter retroactivo y uno por uno, a todos los muertos. Para lo cual han creado el mayor archivo genealógico del mundo, con más de mil millones de registros, custodiado en una fabulosa fortaleza excavada en el centro de una montaña de Utah (un lugar considerado el cuarto mejor protegido de todos los Estados Unidos, después del Pentágono, la Casa Blanca y Fort Knox). Una montaña con gigantescas puertas blindadas de metal dorado, y que recuerda poderosamente a la “fortaleza de la soledad” de Superman. 

Pero volvamos al billete de tres dólares. Hacia 1837 la comunidad de Joseph Smith atravesaba dificultades económicas, y el profeta le pidió consejo a Dios, quien, en su infinita sabiduría, díjole: “Imprime dinero”. Un consejo inmejorable, que Smith declaró haber recibido "de forma audible", es decir, de viva voz, y no sólo como una revelación espiritual. Así que el líder mormón se decidió a fundar un banco allí mismo donde se encontraban, en Kirkland, Ohio. Hay que recordar que por ese entonces el estado no imprimía los dólares, sino que  concedía licencias a entidades bancarias locales para que lo hicieran, previa acreditación de la debida solvencia. Ni que decir que no había mucha “solvencia” en las arcas del profeta, y la licencia fue rechazada cuando ya estaban hechas las placas para imprimir los billetes. Pero un mandato divino es un mandato divino. El profeta decidió, en un golpe de genio, agregar en las placas, en pequeño y delante de la palabra “Banco”, la preposición “anti”. De modo que los billetes ya no eran emitidos por un banco que no había sido autorizado, sino por un anti-banco que no necesitaba tal autorización. Así comenzaron a circular los espléndidos billetes de tres dólares del Antibanco de Kirkland. ¿Por qué billetes de tres y no de dos o de cuatro? Los caminos del Señor son inescrutables.

Pero las cosas no acabaron bien para este genio de la religión y las finanzas. El dólar mormón fue declarado sin respaldo y el Antibanco de Kirkland quebró por insolvente. Los billetes de dolar volvieron a la ortodoxia de las cifras pares. Los mormones, eso sí, acabaron demostrando una gran tolerancia hacia ellos, acumulando con el tiempo ingentes cantidades de billetes, sin importar su denominación u origen.