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La inteligencia se puede comer

La inteligencia se puede comer

El hombre era el centro de la creación, estaba en la cima del mundo, era el rey del mambo. Pero entonces llegó Charles Darwin, y el hombre bajó de la cima para ser un animal más, aunque con una ventaja evolutiva: su inteligencia. Así fue hasta que llegó Oscar Kiss Maerth, con su teoría y sus descubrimientos, y colocó al hombre en el sitio que realmente le corresponde, muy por debajo del resto de los seres vivos en la escala de la evolución: un mono trastornado, caníbal, antinatural y degenerado, camino de su autodestrucción.

Era evidente que la teoría de la evolución de Darwin dejaba muchos huecos, demasiadas preguntas sin respuesta satisfactoria: el salto evolutivo del mono al homo sapiens era demasiado grande. Kiss Maerth elaboró a cambio una teoría del origen del hombre mucho más consistente: la evolución no se dio en el ser humano de manera natural, sino mediante un procedimiento claramente contranatura: la manipulación del propio cerebro a través del canibalismo.

En tiempos prehistóricos, algunos simios se dieron cuenta de que comiendo el cerebro de otros simios, conseguían un aumento en su vigor sexual. Cegados por la lascivia, dicha práctica se extendió. Más tarde, se dieron cuenta de que la ingesta de cerebros de sus congéneres les proporcionaba además un aumento duradero de su inteligencia. Como consecuencia, su masa encefálica creció exponencialmente, empujando la bóveda craneal. Pero el hueso no dio lo suficiente de sí, y el enorme cerebro se comprimió, generando episodios de agresividad extrema y locura. El deseo sexual se extendió más allá del período natural del celo, y una inteligencia retorcida se engendró dando a este mono asesino y caníbal la pronta supremacía entre los seres vivos. El exceso de inteligencia, biológicamente infundada, nos demuestra a las claras que el ser humano no fue el resultado de una evolución natural, ni de una evolución sana. El hombre se ha hecho a sí mismo contradiciendo a la naturaleza, mediante la manipulación de su propio cerebro.

De todo esto dejó constancia el húngaro Kiss Maerth en 1970, en su célebre libro "En el principio era el fin", un auténtico bombazo que dinamitó el frágil edificio de la teoría de la evolución de Darwin. 

Kiss Maerth describe en su libro cómo el cerebro tiene que estar fresco para mantener intactas todas sus propiedades alimenticias, por lo que los simios caníbales debían comerlo directamente del cráneo de su víctima agonizante. No tardaron mucho en descubrir que era más nutritivo el cerebro de los propios monos caníbales, que los procedentes de simios normales, por lo que los futuros humanos empezaron a comerse entre sí. Las pobres hembras recibían una alimentación a base de cerebros menos abundante que la de los machos, lo que para Kiss Maerth explicaría perfectamente el, a su juicio, menor desarrollo intelectual de la mujer. 

Pero los simios no son carnívoros por naturaleza. Y como ocurrió hace poco tiempo con las llamadas "vacas locas", que por comer piensos de origen animal acabaron perdiendo el norte, aquellos monos caníbales se trastornaron irremediablemente. Entre su dieta antinatural y la tremenda presión de sus cerebros aumentados atrapados en un cráneo demasiado estrecho para contenerlos, la degeneración de la especie, hasta llegar a lo que somos hoy en día, fue inevitable. Entonces, la auto-trepanación de sus cabezas ayudó a disminuir la dolorosa presión intracraneal que sufrían constantemente. Otra práctica habitual fue la deformación de las cabezas mediante el uso de tablillas de madera que se ataban fuertemente al cráneo desde la infancia, para que este se fuera abombando poco a poco hacia arriba. Cráneos así se han encontrado en excavaciones arqueológicas de América, Europa y África, al igual que cientos de miles de calaveras trepanadas.

Pero el libro de Kiss Maerth no solo acabó con la teoría darwiniana de la evolución, tampoco dejó muy bien parada a la cosmovisión cristiana, que parte de la ahora insostenible idea de que Dios hizo al hombre "a su imagen y semejanza". Sin embargo, Kiss Maerth opinaba que, al menos a un nivel simbólico, la Biblia presenta un cuadro bastante acertado de la creación: tal como se describe en el Génesis, el hombre comió del "fruto prohibido", del fruto del conocimiento, y por esta acción se condenó. Evidentemente, el fruto del conocimiento no es otro que el propio cerebro, un fruto "prohibido" puesto que comerlo implicaba caer en el canibalismo. Pero el hombre, incitado por "la serpiente", símbolo del impulso sexual, cedió a la tentación gastronómica, y por ello sufrió la caída. En el paraíso el hombre vivía en armonía con todos los animales (señal irrefutable de que entonces era vegetariano). Y por comer del fruto prohibido, Kiss Maerth sostiene que el hombre se condenó al trabajo, su castigo eterno (puesto que las nuevas “inquietudes” y la tremenda ambición de su nuevo cerebro lo obligaron a tener que trabajar a perpetuidad).

“En el principio era el fin” se convirtió rápidamente en un best seller, pero tal fue el impacto de su teoría que pronto pasó a ser un libro maldito y raramente se volvió a editar. Como curiosidad, el grupo de pop vanguardista Devo, cuyos miembros eran admiradores de la teoría de Maerth, reprodujo en la cubierta de su disco de 1988 "Ahora se puede decir" la portada de la primera edición en inglés de “En el principio era el fin”, en la que se veía, recortada sobre un fondo rojo, una de esas cabezas con el cráneo deformado hacia arriba y con un agujero de trepanación en la frente. Se llegaron a vender muchas camisetas con esta imagen.

Oscar Kiss Maerth, que pasó sus últimos años retirado en una casa al borde del lago Como, al norte de Italia, predijo que la propia dinámica del accionar humano, su hiperactividad, afán de competencia y conquista, su locura y violencia innatas, lo llevarían a volver al canibalismo del que alguna vez surgió, empujado por las hambrunas que nos esperan debido a la creciente superpoblación. Su consejo: el hombre debe volver a ser vegetariano (él lo era de manera estricta), y deberá alterar su cráneo para lograr una cabeza en forma de cono que libere la presión a que está sometido nuestro cerebro. Quizás así, como una renovada raza de caraconos veganos, recuperemos la cordura y nos salvemos.

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El Integratrón: la cúpula de la eterna juventud

El Integratrón: la cúpula de la eterna juventud

Si por algo se caracteriza nuestro tiempo es por haber convertido la juventud y la salud en una nueva religión. De ahí que no nos sorprenda la existencia de un templo en donde el paso del tiempo se clausura, una cúpula que funciona como máquina del tiempo, y en donde podríamos permanecer eternamente jóvenes siempre y cuando no nos moviéramos de allí.

Sueño de alquimistas, la búsqueda de esta Fuente de la Eterna Juventud viene de lejos. Ya el gran Alejandro viajó incansablemente buscando sus esquivas huellas. También los conquistadores españoles de la Florida recorrieron leguas interminables para dar con ella. Pero fue a un hombre inspirado y genial llamado George Van Tassel, al que se le ocurrió la idea única y sorprendente de construirla.  

Van Tassel era un ingeniero aeronáutico que un buen día de 1947 decidió instalarse en una cabaña en pleno desierto de Mojave, en California, en mitad de la nada, y a los pies de una extraña roca gigantesca que se conoce con el imaginativo nombre de Giant Rock, venerada por las tribus locales desde tiempo inmemorial. Para cuando George Van Tassel se instala allí, la roca tenía fama de ser un faro para el aterrizaje de nuestros hermanos del espacio exterior y sus platillos volantes. A principios de la década del cincuenta, una larga fila de buscadores de ovnis acudían hacia aquel solitario e interminable desierto, incluyendo a una larga lista de abducidos y contactados por visitantes del espacio. Van Tassel decidió entonces montar la primera Convención Interplanetaria de Naves del Espacio de Giant Rock, una especie de Fitur pero a nivel galáctico, preparada para recibir a visitantes terrestres y extraterrestres por igual, para lo cual habilitó cerca de la roca gigante un aeropuerto y cafetería, además de una zona para tiendas de campaña.

La Convención se realizó con éxito creciente cada año durante el siguiente par de décadas. Por ella desfilaron todos los más famosos abducidos, que iban allí a dar conferencias, firmar autógrafos y presentar sus libros. De hecho, el propio Van Tassel, al poco tiempo de vivir en Giant Rock, entró en contacto con visitantes del planeta Venus, con los que intercambió valiosísima información tecnológica. Los venusinos, al parecer, son seres como nosotros, pero mucho más pacíficos y espiritualmente avanzados. Son rubios y algo tímidos, y han declarado estar muy preocupados por el destino de la humanidad. 

El propio Van Tassel hacía en cada una de aquellas convenciones una demostración de sus conversaciones con los venusinos, a través de un sistema de su invención, llamado adáfono, con el que tenía línea directa con los extraterrestres. Algunos escépticos llegaron a denunciar que, durante aquellas comunicaciones, Van Tassel se limitaba a hablar consigo mismo poniendo diferentes voces.

Pero volvamos a lo nuestro: a instancias de lo aprendido con los venusinos, Van Tassel decide iniciar entonces la construcción de un edificio que, concentrando las energías electromagnéticas de la tierra, funcionara como una fuente de la eterna juventud. El principio era simple: el edificio, en forma de cúpula, concentraría en grandes cantidades un tipo de energía que "recargaría" las células, recomponiendo los tejidos y manteniendo a la persona joven para siempre. una máquina del tiempo en toda regla. O más precisamente, una "máquina de rejuvenecimiento". como la llamó su creador.

Van Tassel dedicó los próximos veinticinco años a la construcción del Integratrón, como denominó a su cúpula de la eterna juventud.

El Integratrón acabó siendo un ejemplo de arquitectura único en el mundo. Al menos en este mundo. Es una construcción en forma de cúpula de unos 12 metros de altura por 15 de circunferencia, construído íntegramente en madera y fibra de vidrio. Su ubicación geográfica es fundamental para su correcto funcionamiento, pues depende de los campos magnéticos que envuelven la Tierra. En el interior de la cúpula, la concentración de energía electromagnética es tal que hace que las células del cuerpo humano se realimenten  y se recompongan, invirtiendo la flecha del tiempo y devolviendo la juventud al afortunado visitante.

El dinero para financiar la construcción del Integratrón salió en parte de lo recaudado en la Convención Anual Interplanetaria, y en parte de donaciones privadas, entre las cuales destacan las aportaciones realizadas por el célebre aviador, productor de cine y archimagnate Howard Hughes (quien, al parecer, de vez en cuando se dejaba caer por el modesto aeropuerto de Giant Rock en su avión particular, para probar las exquisitas tartas que la señora Van Tassel preparaba en la cafetería).

Pero lamentablemente George Van Tassel fallece en 1978, sin que el Integratrón estuviera todavía a pleno rendimiento (lo cual es evidente, porque si hubiera sido así, tendríamos entre nosotros a un jovencísimo Van Tassel, hablándonos aún de sus charlas con los venusinos). 

Hoy, sin embargo, y a pesar de la desaparición de su creador, esta auténtica joya de la arquitectura de vanguardia refulge blanquísima en medio del desierto. Si pasan por el Mojave, no dejen de visitarla (la cúpula hoy en día se alquila para eventos y como sala de ensayos, pues al parecer también goza de una excelente acústica).

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El incomparable arte que surgió de la piedra

El incomparable arte que surgió de la piedra

No existe en el mundo una obra artística tan sorprendente a la vez que involuntaria como la realizada por un hombre llamado Richard Sharpe Shaver, a partir de unas extrañas imágenes impresas en roca que él mismo descubrió para el mundo y a las que dio el nombre de Libros de piedra.

Las pinturas de Shaver, como decíamos, no tuvieron la intención de ser "arte". Muy por el contrario, surgieron con la intención didáctica de explicar unos sorprendentes hallazgos hechos por su autor más de un par de décadas atrás. Su historia comienza en los años cuarenta. Shaver descubre una extraña raza que habita en las entrañas de la tierra, una especie de robots biológicos mutantes llamados Deros, supervivientes de una antigua civilización que habitó el planeta antes de la aparición del hombre. Comoquiera que sea, estos seres acabaron abandonando nuestro mundo, dejando atrás a algunos de sus miembros y buena parte de sus maquinarias de avanzada tecnología. Con el paso de los milenios estos especímenes acabaron degenerando en una raza perversa, y permanecen hasta hoy ocultos en ciudades decadentes construidas bajo nuestros pies.

Como se pueden imaginar, Shaver corría el riesgo de que algunos no acabaran de creer su historia, por lo que decidió escribirla en forma de reporte y enviarla a la redacción de una revista de ciencia ficción. La revista en cuestión era Amazing Stories, una publicación de modesta tirada. Cuando llegó el voluminoso sobre con la historia, su director, Ray Palmer, en contra de la opinión del resto de la redacción, decidió publicarla.

En su crónica, Shaver describía minuciosamente la forma en que los Deros intervenían en la vida de los hombres: a través de una máquina de rayos, los Deros inoculaban en la mente de algunas personas ideas tremendamente perversas, obligándolos a ejecutar acciones infames en contra de su voluntad. Asimismo, con sus rayos los Deros eran también responsables de algunos fenómenos sorprendentes como la combustión espontánea: docenas de personas en todo el mundo  ardían repentinamente y sin ninguna explicación aparente, a causa de la acción de los rayos invisibles.

Periódicamente, los Deros hacían también excursiones a la superficie, para secuestrar mujeres a las que, luego de torturar y violar, transformaban en comida, pues los Deros al parecer se alimentan de carne humana.

Las primeras informaciones de esta perversa raza degenerada de intraterrestres le vinieron a Shaver en forma de transmisiones dentro de su cabeza, mientras trabajaba con su máquina de soldar en una fábrica de Detroit. Con estas interferencias en su mente descubre la punta de la historia, y más tarde acaba encontrando una entrada a los túneles que llevan hasta las fabulosas cuevas subterráneas en donde habitan los Deros. Durante años Shaver se dedica a recoger información sobre la existencia y los sádicos métodos de aquella raza degradada.

La extensa crónica, aparecida en el número de marzo de 1945 de Amazing Stories, tuvo un éxito arrollador. Miles de cartas de lectores inundaron la redacción, para dar fe de que a ellos en algún momento también les había pasado lo mismo: oían voces dentro de sus cabezas incitándolos a hacer cosas horribles.

El enorme interés despertado por la historia de Shaver animó a la revista a publicar más información. Los torrenciales escritos de Shaver debían ser corregidos y aligerados por el editor, Palmer (pues por lo visto, además del caótico estilo, las descripciones de las maldades de los Deros eran demasiado explícitas para ser publicadas). La revista multiplicó sus ventas durante el tiempo en que publicó los reportes de Shaver. El asunto, que empezó a conocerse como "el Misterio Shaver", adquirió una considerable notoriedad.

Tal interés creciente generó además clubes o sociedades Shaveritas, gente que se reunía para leer y comentar las revelaciones sobre los Deros y sus rayos corruptores.

Pero al tiempo hubo un contraataque desde un bando inesperado: los aficionados a la ciencia ficción, que afirmaban que toda la historia de Shaver era falsa, y que además socavaba el prestigio del género. Ante la presión, la editora de Amazing Stories despidió al director y canceló las entregas sobre los Deros. Hacia finales de la década el asunto comenzó a caer en el olvido, y Shaver se retiró a una vida de aislamiento en el campo, en Arkansas.

Pero no se mantuvo ocioso. Durante sus paseos por el campo, Shaver descubrió que algunas imágenes de escenas de la vida de aquella antigua civilización habían quedado registradas en las piedras, como si de un holograma prehistórico se tratase. Casi veinte años después, Richard Shaver tenía pruebas irrefutables de la existencia de los Deros. Presentó sus piedras al mundo, haciendo cortes transversales para obtener secciones de roca en donde se podían ver imágenes congeladas de los antiguos intraterrestres. Los denominó Libros de piedra. Las imágenes mostraban cuerpos, rostros y escenas completas de estos extraños seres, entrevistas a través de la textura de la piedra.

Pero la gente no acababa de identificar las figuras que Shaver veía claramente. Los Libros de piedra parecían aquellas imágenes en 3D tan populares hace algunos años, en donde a través de una trama de líneas había que adivinar figuras ocultas.

Como recurso desesperado, Shaver decidió entonces transcribir esas imágenes con pintura. Empleando un proyector de juguete para ampliar los patrones de piedra sobre una tabla, las recreó con tintas, pasteles, cera, jabón y otros colorantes. No tenía formación artística, pero poco a poco fue elaborando una serie sorprendente de tablas coloreadas en las que se veía un extraño conjunto de caras y cuerpos entreverados, sin paralelo en el mundo de las bellas artes. Aunque para él aquello no era arte, sino una especie de ayuda visual que permitiera a la gente identificar los rastros de los Deros.

Pero a pesar de esta contundente evidencia el mundo siguió ignorando sus revelaciones. Sumido en la pobreza y el desprecio incesante, Shaver continuó con su labor durante más de una década, hasta su muerte en 1975.

Su editor y amigo Ray Palmer recopiló y editó sus escritos en forma de libro. Este libro, llamado Recuerdos de Lemuria, lo publicó en castellano La Biblioteca del Laberinto. Y también, poco a poco, diversas galerías y museos norteamericanos se van interesando por la involuntaria y maravillosa obra artística de Richard Sharpe Shaver.

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Electrodomísticos sorprendentes: El Acumulador de oraciones

Electrodomísticos sorprendentes: El Acumulador de oraciones

En una antigua entrada de este santo blog, hablábamos de un sorprendente artefacto, el electropsicómetro, una auténtica máquina religiosa inventada a principios de los años 50 por los inspirados líderes de la Cienciología. Hoy recordaremos otra maquinaria igualmente inquietante, un artefacto cuyo poder divino no le va a la zaga y que podría inaugurar, junto con aquel, una nueva categoría tecnológica a la que llamaremos electrodomísticos (ji ji). Hablamos de la Batería de Energía de Oración, una especie de acumulador desarrollado por una peculiar confesión religiosa que responde al nombre de Sociedad Aetherius. 

Este culto nace en Inglaterra, hacia los años cincuenta. Es una religión peculiar, pero con un rasgo en común con el resto de las confesiones: como todas, esta es también la única religión verdadera. Su creador y principal gurú fue el doctor George King, un atildado británico experto en yoga que en 1954 entró en contacto con entidades extraterrestres y, siguiendo sus consejos, fundó la que quizás sea la primera iglesia erigida en torno a los OVNIs.

El dr. King tomó contacto con los alienígenas en forma de transmisión mental: el día 8 de mayo de 1954 estaba en su casa, solo y al parecer sobrio, cuando oyó una voz que le ordenaba: “¡Prepárate! Vas a ser la voz del Parlamento Interplanetario.” Eran nada menos que los Maestros Espaciales del Sistema Solar, que le hacían una oferta que no podría rechazar. A partir de ese momento el dr. George King comenzó a difundir la Buena Nueva, rodeándose de muchos discípulos y seguidores incondicionales. Nació así la Sociedad Aetherius, que combinaba disciplinas como el yoga (imprescindible para conseguir un estado mental que permitiera sintonizar con los Maestros Espaciales), mas elementos del cristianismo, hinduismo, budismo y otros cultos. Esos Maestros Espaciales eran, según explicó King, unos extraterrestres espiritualmente evolucionados, procedentes de varios puntos del sistema solar, que querían transmitirnos un mensaje de advertencia sobre los peligros que acechan a la humanidad, principalmente en forma de cataclismos, terremotos y otras grandes catástrofes naturales. El doctor King llegó a recibir durante su vida unas 600 transmisiones de los muy locuaces Maestros Espaciales. Estos Maestros (el cabecilla de los cuales era un tal Aetherius), se ofrecían a poner a nuestra disposición su tecnología de avanzada para poder evitar esa serie de catastróficas desgracias.

Y la más importante de estas tecnologías es, con diferencia, un método de invocación y manipulación de energía espiritual por medio de oraciones y rezos, a través de una batería radiónica que acumula y redirige esas energías hacia las causas de aquellos cataclismos, evitando así que se produzcan. Esta sofisticadísima máquina es una caja metálica rectangular, colocada sobre un trípode de madera para que quede a la altura del oficiante. Este, apoyando la mano sobre el artefacto y con la otra mano en alto, formando un mudra, se dedicará a repetir oraciones durante una hora (generalmente mantras, como el clásico ommm...), rezos que van recargando el acumulador. De esta manera, cada semana se llena cada batería con la energía espiritual (un tipo de energía ciertamente difícil de medir) de miles de horas de oración de todos los seguidores de la Sociedad. Esta energía luego se redirige (con ayuda de los Maestros Espaciales, claro) a solucionar todos los problemas del mundo. Dondequiera que haya una crisis, como un huracán, un terremoto o incluso una guerra, este almacén de energía edificante puede ser liberado de inmediato. De hecho, miembros de la Sociedad han dejado claro que el 11S nunca hubiera tenido lugar si hubiera habido más Baterías de Oraciones en funcionamiento, por lo que queda claro, señora, que este electrodomístico no debería faltar en ningún hogar moderno.

El aparato, huelga decirlo, está fabricado siguiendo estrictas normas de calidad extraterrestre, pues los Maestros pusieron su tecnología punta en manos del dr. King. quien nunca llegó a desvelar detalles de su funcionamiento exacto.

La Sociedad Aetherius, implantada en varios países, ha conocido en décadas pasadas momentos de mayor esplendor. Hoy en día, hay que decirlo, solo cuenta con poco más de unos 600 miembros en activo, si hemos de creerle a la wikipedia. Aún así, estos hombres heroicos siguen incansablemente con su tarea de recargar baterías para evitar males mayores. Desde aquí tenemos el convencimiento de que si hemos podido sortear el Fin del Mundo anunciado por los mayas ha sido gracias a la acción de sus Baterías de Oraciones. Son pocos, pero buenos.

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El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru

El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru

Pocos supervillanos con vocación de dominar el mundo pueden comparársele a Sumuru, la Reina del Mal, que con su ejército de chicas sexys planea una y otra vez acabar con el dominio de la testosterona e implantar un mundo utópico regido por mujeres de buen ver.

El personaje nace en un serial radiofónico para la BBC en los años cuarenta. Su creador, Sax Rohmer, lo transformó luego en una serie de folletines de aventura e intriga. Pero es en el cine, donde Sumuru se transforma en carne, concretamente en la carne de la actriz británica Shirley Eaton, en donde alcanza su máxima dimensión. Hay dos películas sobre Sumuru y su ejército: Los mil ojos de Sumuru (Lindsay Shonteff) de 1967, y Los siete secretos de Sumuru, estrenada en 1969 y dirigida por Jess Franco (después de esta experiencia, Shirley Eaton, que había alcanzado la fama como la chica pintada de oro en Goldfinger, se retiró del cine...) Bueno, hay una tercera película, ya con otra protagonista, rodada en el 2003, pero de esta mejor ni hablar.

 La maquiavélica Sumuru cuenta con armas dignas de Fu Manchú: una pistola que convierte a los hombres en estatuas de piedra, por ejemplo, o un rimmel que quema a la pobre víctima que recibe un beso. También cuenta en cada caso con un cuartel general a la altura de un genio del mal: en Los mil ojos de Sumuru es una isla tecnológica frente a las costas de Hong Kong. En Los siete secretos, una ciudadela llamada Fémina en el corazón de la selva amazónica, que parece proyectada por Oscar Niemeyer después de un corte de digestión.

 El héroe y varón que se enfrenta a la Reina del Mal es un espía-detective, un caracter construido a imitación del célebre James Bond, una especie de 007 de Todo a 100 encarnado en la priméra película por George Nader (acompañado por Frankie Avalon) y en la segunda por Richard Wyler. Ninguno de los cuales le llega a la altura del tacón de aguja de la bota a nuestra diabólica y carismática Maestra del Mal.

Eso sí, Frankie Avalon tiene el acierto de lograr que los espectadores nos pongamos de parte de Sumuru, y que deseemos fervientemente su total aniquilación.

 Hay que decir que la línea argumental de las dos películas no da demasiado de sí: todos van y vienen en persecuciones sin ton ni son, hasta que al final vencen los buenos, derrotan al ejército de chicas y Sumuru consigue escapar hasta la siguiente guerra. Lo mejor, lo maravilloso, está en ese mundo de amazonas con trajes de plástico y cuero negro, con largas botas y cortas faldas, armadas hasta los dientes y listas para derrotar al Hombre, así en general, e instaurar su utopía feminista radical, un reino de chicas bajo el implacable látigo de Sumuru, que dirige las operaciones sin despeinarse desde su cama redonda y fumando un cigarrillo (mentolado, suponemos) con una larga boquilla de nácar.

El ejército de Sumuru, a su imagen y semejanza, es también un ejército hermoso, sofisticado y chic. Claro que eran los años sesenta, y el estereotipo de mujer fuerte aún no había hecho acto de presencia. Las chicas-soldado de Sumuru parecen reclutadas de un desfile de David Delfín en la Pasarela Cibeles: lucen atractivos modelitos, con mucho cuero, minifaldas y tacones; cuidan su maquillaje y son increíblemente torpes en el combate (van armadas con ametralladoras, pero da la impresión de que desconocen dónde está el gatillo, tal es la desconcertante facilidad con que acaban desarmadas y reducidas en cada encuentro con los hombres) y, sobre todo, pierden la cabeza a la velocidad de la luz ante el atractivo varonil de sus oponentes masculinos. En una palabra, parecen mejor preparadas para el amor que para la guerra. 

Y aquí está la clave: la kriptonita que desactiva una y otra vez los planes de dominación mundial de Sumuru y sus chicas guerrilleras es, justamente, la tentación de los hombres a los que tanto quieren combatir. Nunca falta la soldado que, rendida de amor o de deseo, se pasa a las filas del enemigo y traiciona a su reina y a la causa. Hasta la propia Sumuru parece a veces al borde de traicionarse a sí misma.

Al final, la utopía feminista de Sumuru se nos acaba antojando enternecedoramente quijotesca, pues descubrimos que la verdadera utopía está más bien en pretender construir una sociedad sin hombres con mujeres tan enamoradizas. Para su próximo ejército, Sumuru, Genia del Mal, debería plantearse seriamente el reclutar lesbianas.

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Buda, redentor de Marte

Buda, redentor de Marte

¿Cómo demonios pudo el mismísimo Buda ir a parar al planeta rojo, se preguntarán ustedes? La apasionante respuesta nos la legó ese maestro visionario, filósofo, místico, pintor, arquitecto, agrónomo, pedagogo y tantas otras cosas más llamado Rudolf Steiner, a principios del pasado siglo, cuando elaboró la más osada doctrina religiosa que ha dado Europa en toda su historia: el sacrificio de Buda para redimir los pecados de la marcianidad.

Pero hagamos una breve introducción a ese sabio universal y auténtico hombre del renacimiento que fue Steiner. Nacido en el imperio austrohúngaro, comenzó su carrera como filósofo, experto en la obra científica de Goethe, archivero de Nietzsche, profesor, editor y conferenciante. Creó también un sistema pedagógico hoy famoso en todo el mundo, el método de las escuelas Waldorf. Fue también uno de los padres de lo que hoy llamamos agricultura ecológica. Impulsó la medicina holística. Desarrolló un sistema pictórico basado en las teorías del color de Goethe, y una forma de danza terapéutica a la que llamó euritmia (nombre que adoptaría la cantante pop Annie Lennox para su grupo de los ochenta...). También proyectó y construyó, a las afueras de la ciudad suiza de Dornach, un impresionante edificio de aspecto expresionista basado en cálculos esotéricos, que prescindía de líneas y ángulos rectos. El Goetheanum, que así se llamó la construcción, se inauguró en plena primera guerra mundial. Tenía un par de cúpulas más grandes que la de San Pedro, adornadas con frescos del propio Maestro, y estaba destinado a ser una especie de templo para las actividades esotérico-culturales de su creador. Porque Rudolf Steiner era, además, un renombrado ocultista y creador de religiones.

Y aquí llegamos al punto: Steiner llamó antroposofía a su doctrina, una “ciencia del espíritu” que comenzó como corriente filosófico-mística y poco a poco fue tomando las formas de un culto visionario. Este culto unía elementos de las religiones orientales (hinduísmo, budismo) con la religión cristiana, todo reinterpretado a su manera.

Por ejemplo, incorporó la creencia oriental en la reencarnación a su novedosa concepción del cristianismo. Llevó la teoría de la evolución de Darwin hacia el mundo espiritual, afirmando que la especie evolucionaba espiritualmente a través del mecanismo de la reencarnación. Un ejemplo: sostenía que Carlos Marx, en una vida anterior, fue un gran terrateniente, que había sido despojado de sus propiedades por un hombre que luego acabaría reencarnándose en Federico Engels. Por eso, en sus reencarnaciones posteriores, los antiguos expropiador y expropiado, ahora como Marx y Engels, habían escrito juntos El Manifiesto Comunista (era una cuestión de karma).

Ahora bien, entre encarnación y encarnación terrestre, el alma hacía un recorrido espacial, reencarnando en otras formas de vida en planetas de nuestro sistema solar. Marte, el planeta más próximo a la Tierra, era el paso habitual de las almas antes de reencarnarse una vez más entre nosotros, pero el problema de las sociedades marcianas era que llevaban siglos sumidas en un materialismo cada vez más atroz, con guerras frecuentes entre naciones y una preocupante pérdida de valores. Un mundo corrompido, en una palabra. El problema para nosotros era que los nacimientos terrestres venían cada vez más contaminados por las reminiscencias de ese materialismo salvaje proveniente de Marte, lo que explicaba la progresiva degradación de nuestra propia sociedad. (Antes de continuar, se estarán preguntando ustedes cómo llegó a saber Steiner todas estas cosas. Las sabía por ciencia espiritual: el Maestro tenía la capacidad de viajar por los mundos etéreos de la misma manera que usted y yo podemos ir a Cuenca a pasar el fin de semana). Pues bien, el caso es que la decadente cultura de Marte necesitaba la salvación no solamente por su propio bien sino también por el bien de nuestro mundo. ¡¡Y aquí es donde entra en acción Buda!! 

El Buda Gautama había vivido en el norte de la India hacia el 500 antes de Cristo. Fue un gran maestro espiritual, pero, según Steiner, no llegó a alcanzar la importancia y la trascendencia de Jesucristo, pues este último, con su martirio, realizó un acto único, permitiendo la evolución de la especie humana. Pero hacia el siglo XVII de nuestro calendario terrenal, concretamente en 1604,  Buda reencarnó en el planeta Marte, justo en el momento de máxima degradación espiritual de la civilización marciana, y allí finalmente cumplió el mismo papel que había cumplido Jesucristo en la Tierra. Predicó y fue martirizado. Con su sacrificio, en alguna colina del rojo desierto marciano, salvó a los alienígenas y permitió la redención de su especie. En otras palabras, para Steiner, Buda fue el Cristo de los marcianos.

En este punto lo deja Steiner, pero yo me atrevería a mencionar otra consecuencia importantísima de las andanzas de Buda en el planeta rojo: puesto que una invasión de Marte ha sido desde siempre uno de los temores más arraigados en la humanidad (ahora mismo, después de la crisis económica, es nuestra segunda preocupación), la doctrina de Steiner nos viene a decir que no debemos temer que dicha invasión, de producirse, sea un ataque cruento y despiadado, como siempre hemos tendido a imaginar, una ocupación destinada a acabar por medio de la violencia con toda la raza humana. Podemos esperar tranquilos la invasión de los marcianos budistas, pues la violencia no formará parte de sus principios. Su visita será indudablemente pacífica y relajante. Como mucho, nos acabarán vendiendo barritas de incienso caducadas, pero no debemos temer consecuencias más terribles.

El gran Rudolf Steiner nos dejó en 1925. Quién sabe en que mundos habrá reencarnado. Hagamos un baile eurítmico en su recuerdo.     

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El advenimiento del Cristo clon y otras historias apocalípticas

El advenimiento del Cristo clon y otras historias apocalípticas

Incesto, necrofilia, canibalismo, correspondencia satánica, arte nazi, conspìraciones religiosas, ovnis, asesinos seriales... Todo lo que usted quería saber y no se atrevió a preguntar (o quizás, en el fondo, nunca hubiera querido saber...) está en esta formidable bolsa de gatos en edición rústica llamada Nueva cultura del apocalipsis, que acaba de aparecer en castellano en vuestra librería amiga. 

El voluminoso libro es la segunda parte de Cultura del apocalipsis, publicada ya hace unos años por la editorial Valdemar. Su autor es Adam Parfrey, un periodista americano que se dedicó a recopilar durante años artículos sobre temas que el resto de sus colegas preferían pasar por alto. Una selección de textos, algunos inéditos, otros aparecidos en publicaciones marginales, pero en todo caso todos ellos rigurosamente reales, y auténticos ejemplos de las tendencias apocalípticas de fines del siglo XX. 

Y puesto que como muestra vale un botón, veamos una de las entradas recopiladas por Parfrey sobre uno de los temas apocalípticos por excelencia: la segunda venida de Cristo a la Tierra.

Se trata del conocido como Proyecto Segundo Advenimiento, una iniciativa pionera puesta en marcha en la década de los noventa por un grupo de cristianos de Berkeley, California. Un proyecto revolucionario que consistía en acelerar la segunda venida de Cristo a través de la técnica de la clonación.

Mientras muchas iglesias y sectas cristianas esperan con infinita paciencia la tan anunciada como postergada segunda venida del hijo de Dios, los decididos integrantes del Proyecto Segundo Advenimiento planearon pasar a la acción. ¿Por qué esperar –se preguntaron– a que a Cristo se le ocurra volver a la Tierra? ¿Por qué no decidirnos a traerlo nosotros, ahora mismo? ¡Poseemos la tecnología necesaria para ello!

La idea es simple: se trata de utilizar el abundante material genético contenido en los cientos de reliquias de Jesucristo que conserva la iglesia católica. El ADN contenido en la Sábana Santa, por ejemplo, o el de las docenas de clavos de la crucifixión de Cristo repartidos por iglesias de toda Europa.

Una vez obtenidas las muestras genéticas, se utilizarían las técnicas de clonación desarrolladas en el Instituto Roslin de Escocia (el centro en donde se consiguió clonar a la célebre oveja Dolly). El proceso en sí no tiene ningún secreto: una vez extraída la muestra de ADN de alguna de las reliquias, se inserta en un ovocito (un óvulo humano no fertilizado) mediante la técnica conocida como transferencia nuclear. Los miembros del Proyecto tenían controlados todos los detalles: el cigoto obtenido sería implantado en una voluntaria convenientemente virgen, para asegurar una Inmaculada Concepción, esta vez estrictamente homologada mediante rigurosos controles científicos.

A partir de ahí, al Mesías clonado debía asegurársele una niñez normal, libre de adoctrinamiento religioso. La herencia genética sería por sí sola suficientemente fuerte como para hacer surgir al nuevo salvador de la humanidad.

“El segundo Advenimiento va a llegar porque lo haremos llegar”, afirmaban, rotundos, los promotores del proyecto.

El emprendimiento debía concretarse en 2001. La idea era que el Mesías clon naciera en diciembre de ese año, para coincidir con el nuevo milenio y recomenzar el calendario como “año 1” de una nueva era para la humanidad. Lamentablemente, desde entonces no hemos vuelto a tener noticias de los avances del Proyecto Segundo Advenimiento. La página web (clonejesus.com) está caída, y el dinero recaudado a través de ella no sabemos a ciencia cierta a dónde ha podido ir a parar.

Pero no es este el único tema relacionado con el segundo advenimiento que reseña el libro de Parfrey. También se recogen noticias del conocido como Proyecto Rayo Azul, una extraña conspiración de alcance mundial cuyos responsables intelectuales serían ni más ni menos que la NASA y el Club Bilderberg. El Proyecto Rayo Azul, no menos inquietante que el del Mesías clon pero de signo opuesto y de consecuencias inimaginables, nos plantea la existencia de un grupo que tendría la capacidad de proyectar en los cielos, sirviéndose de la tecnología láser, un gigantesco holograma de Cristo, con el fin de confundir a la población simulando la segunda venida del hijo de Dios a la Tierra. Las ventajas del colosal engaño son evidentes: una población mundial entre fascinada y aterrorizada, que quedaría a merced de cualquier orden que, mediante ingeniosos medios electrónicos de amplificación de voz, se le impartiera. La obediencia ciega estaría garantizada y los responsables del Proyecto Rayo Azul tendrían en sus manos el dominio de la humanidad y la instauración de un Nuevo Orden Mundial. Incluso tendrían previsto personalizar la aparición holográfica para cada región del planeta (un Cristo en occidente, un Mahoma en los cielos del mundo islámico, un Buda para los orientales...)

Así es que, si algún día se les aparece la Virgen, desconfíen. Puede ser un holograma.

En todo caso, no puedo más que recomendar calurosamente Nueva cultura del apocalipsis. Es la sugerencia ideal para la cartita a los reyes en estas próximas navidades.

 

Nueva cultura del apocalipsis. Adam Parfrey. Edit. Valdemar, colección Intempestivas.

¡¡Houston, Houston... parece que ya no estamos en Kansas!!

¡¡Houston, Houston... parece que ya no estamos en Kansas!!

Cuatro astronautas en una misión espacial acaban descendiendo sobre la superficie de Marte después de un confuso accidente. Entre ellos va una mujer llamada Dorothy. Después de vagar perdidos en el desierto marciano, encuentran un camino de baldosas amarillas, que los llevará hasta la ciudad donde está el Mago de Marte.

Si, es lo que parece. Se han hecho muchas curiosas versiones sobre la historia de L. Frank Baum, El Mago de Oz, desde que Judy Garland la interpretara en la gran pantalla allá por 1939, pero probablemente esta que nos ocupa sea la más extraña de todas con diferencia. No sabemos que le pasaría por la cabeza a su autor, David Hewitt. pero sí probablemente lo que le pasaba por otros conductos, puesto que la película se escribió y rodó en los años sesenta, década en la que ciertas sustancias elevaron hasta el paroxismo el interés por historias que hablaban de un viaje mágico y misterioso, historias como las de Alicia en el País de las Maravillas o, por supuesto, El Mago de Oz.

Y aprovechando el reciente anuncio del estreno, en 2013, de la nueva versión de Oz, dirigida por Sam Raimi, una espectacular superproducción sobre el Mundo más allá del Arco Iris, no viene mal recordar aquella modesta pero sorprendente película de 1965, toda una Obra Maestra Involuntaria del cine.

La imprescindible El Mago de Marte no es una película pensada para un público infantil (y, viendo el resultado, no parece pensada para ningún tipo de público). Se inicia como una convencional película de ciencia ficción: una nave surca el espacio. Sus ocupantes son tres hombres y una mujer, llamada Dorothy. Su rumbo se ve alterado por una extraña fuerza que los lleva a un descenso de emergencia en el planeta rojo. Allí, los cuatro astronautas deambulan sin rumbo por la superficie marciana. Atraviesan sus canales, son atacados por unas serpientes muy parecidas a mangueras de goma pintadas de blanco, escapan a la erupción de un volcán y caminan por el interminable desierto de Marte, hasta que sus botellas de oxígeno empiezan a acabarse. En ese momento, los astronautas se topan con un camino que, evidentemente, no ha sido formado por la naturaleza, ya que está hecho de baldosas. Es un camino de baldosas amarillas... 

La película, a pesar de un casi inexistente presupuesto, se esfuerza por ser visualmente atractiva, principalmente en su visión del paisaje marciano, un vasto desierto de arenas blancas bajo un cielo rojo. Su productor, guionista  y director, David Hewitt, llegó a convencer a una empresa que se dedicaba a fabricar máquinas de venta automática en centros comerciales, para que ingrese en el negocio del cine, financiando el film. Hewitt les contó que lo ideal sería hacer una película de ciencia ficción, y los flamantes productores acabaron soltando 33.000 dólares para el emprendimiento. En qué momento o por qué razón la aventura espacial se fue convirtiendo en una versión libre (muy libre) de El Mago de Oz es un misterio.

Pero volvamos al camino de baldosas amarillas. Dorothy y sus amigos (hay que aclarar que, evidentemente, aquí Dorothy no es una niña, sino una mujer astronauta hecha y derecha) recorren el camino hasta llegar a una antigua ciudad marciana. Allí se encuentran con una especie de proyección de la cabeza del último sabio marciano, interpretado por el infaltable John Carradine. La cabeza les suelta un largo monólogo (¡unos diez minutos!) sobre cómo el otrora pujante mundo marciano, abusando de la ciencia, llegó a detener el flujo temporal, quedando atrapados en la ciudad en un instante fuera del Tiempo. Hay que decir que este mundo marciano, a diferencia del colorido y alegre Oz, es totalmente decrépito y deprimente. Eso sí, el “mago” de Marte, tanto como su equivalente en la tierra de más allá del arco iris, se nos presenta como una especie de Dios chapucero, incapaz de solucionar por si mismo los problemas en los que se encuentra sumido su mundo. Aquí también, por lo tanto, será necesario que los cuatro visitantes acaben resolviendo las cosas y vuelvan a poner en marcha el Tiempo (no era tan difícil: había que volver a hacer funcionar un gigantesco reloj de péndulo...).

Puesto que ya todo el mundo conoce el desenlace de la historia del Mago de Oz, no estropearemos nada diciendo que, una vez restauradas las coordenadas del Tiempo, Dorothy y sus acompañantes vuelven instantáneamente a despertarse en su nave espacial. Sólo han transcurrido un par de minutos...

Inexplicablemente, la película fue un fracaso total en su estreno en cines. El director, durante las dos décadas siguientes, retituló y volvió a montar varias veces la película, que se re-estrenó en el mercado del video bajo los sucesivos nombres de Masacre alienígena, Terror en el planeta rojo o Viaje hacia lo desconocido. Pero de todas las versiones de la historia del Mago (incluyendo aquel extraño musical blacksploitation con Diana Ross y Michael Jackson llamado The Wiz), esta es la que sin duda elegiríamos para llevarnos a una isla desierta. Total, allí no habrá manera de reproducirla...