Blogia

lacajanegra

Llevando las ciudades al campo: Archigram

Llevando las ciudades al campo: Archigram

Estamos en la década del sesenta. El mundo está dominado por una arquitectura racionalista, monocroma e hiperfuncional, conocida en su conjunto como estilo internacional. ¿Todo el mundo? No. Un pequeño e irreductible grupo de arquitectos de Londres conocido como Archigram resiste valerosamente a la pesadilla de Le Corbusier.

Utopistas, futuristas, imaginativos desbordantes, esta alegre muchachada londinense que en los años sesenta se agrupó en torno a una revista de arquitectura (Archigram Magazine, producida y distribuida en mano por ellos mismos), generó una serie de proyectos que estarían destinados a cambiar la faz de la Tierra. En el mundo real, el grupo solo llegó a construir una piscina para el cantante Rod Stewart. Pero en el papel... en el papel han llegado a realizar, con diferencia, la mejor arquitectura jamás imaginada.

Puede que fuera por la influencia del ácido, que se empezaba a consumir en Londres en cantidades industriales, pero en los proyectos de Archigram todo estaba vivo y en movimiento. En lugar de aburridos planos trazados con tiralíneas en negro sobre blanco, hicieron sus proyectos con collages, mezclando gráficos y alzadas con fotografías de moda e ilustraciones de tira cómica. Las ciudades de Archigram eran futuristas visiones de colores intensamente contrastados, habitadas por chicas ye-yé en minifalda y ojos de caleidoscopio, y extraños mecanismos como el impresionante “Tomate electrónico” (1969), un asistente personal con forma de tomate dirigido por radiocontrol, que podría ir a hacer la compra al supermercado por nosotros. 

Los geniales Archigram se atrevieron a representar en sus obras una potente combinación de cambio social y avances tecnológicos: buscaban hacer libres a las personas a través de una arquitectura móvil y maleable inspirada en los principios del módulo, el ensamblaje y la conectividad. Inspirados a partes iguales por el arte Pop y la ciencia-ficción, y reivindicando la obra del genio multidisciplinar Buckminster Fuller, el padre de la cúpula geodésica, los seis miembros de Archigram, los beatles de la arquitectura, tomaron como punto de partida los avances tecnológicos de la efervescente carrera espacial para imaginar una obra basada en el nomadismo, el movimiento y la autosuficiencia. 

Así, por ejemplo, surgen proyectos como la Ciudad Instantánea, que pretendía “llevar las ciudades al campo”, transportando todos los recursos de entretenimiento y diversión propios de una gran ciudad (cines, teatros, discotecas...), directamente por el aire, con la ayuda de grandes globos aerostáticos, a pequeñas poblaciones de manera rotativa. Así, cualquier poblacho de mala muerte podría transformarse en Las Vegas durante un inolvidable fin de semana.

Pero sin duda la idea más espectacular en este sentido fue la Ciudad Andante, un proyecto del año 1963 que contemplaba la construcción de toda una ciudad que se podría desplazar de un sitio a otro sobre largas y flexibles patas de metal. 

Imagínense: ¿el ruido y la contaminación se vuelven insoportables en la ciudad? ¡¡transportamos la ciudad al campo, en donde el aire es puro y reina la tranquilidad!! ¿Que nos gusta la playa? llevamos la ciudad a la costa ¿Preferimos la montaña? nos vamos a la montaña ¿Nos encanta París? llevamos nuestra ciudad hasta París, aunque tal vez al llegar allí París ya esté por Berlín, y Berlín camino a Moscú... 

Lamentablemente, hacia el comienzo de la década siguiente las utopías se fueron evaporando y el sueño tecnológico convirtiéndose en pesadilla. Los seis miembros de Archigram tomaron diferentes rumbos y, como dijo alguien una vez, “the dream is over”. La Ciudad Andante se quedó en los planos. Pero algunos no perdemos las esperanzas de hacer realidad algún día el sueño de dar la vuelta al mundo sin tener que salir de casa...

El reino de la basura de Homer y Langley

El reino de la basura de Homer y Langley

Hace unos meses se editó en castellano Homer y Langley, la historia novelada de los hermanos Collyer y su fabulosa mansión de desperdicios. Dos personajes sobre los que se habló muchísimo en la Nueva York de mediados del siglo XX, pero sobre los que poco se conoce en el resto del mundo.

Homer y Langley Collyer, hermanos solterones que provenían de una acomodada familia tradicional americana, pasaron casi toda su vida encerrados monásticamente en su mansión victoriana de la Quinta avenida, un caserón de cuatro plantas y dieciséis habitaciones, llena hasta los topes de toneladas de periódicos y cientos de objetos variopintos que recogieron de la calle durante años. Abogado uno e ingeniero el otro, una vez muertos sus padres tomaron la decisión de recluírse, y llegaron a tapiar puertas y ventanas, deambulando como minotauros en su laberinto entre los “túneles” que formaban los interminables muros de periódicos que, apilados en bloques macizos los aislaban eficazmente del mundo exterior.

Sin luz ni agua corriente, usaban el motor de un Ford T aparcado en el salón principal a manera de generador, y al parecer cavaron en el sótano un pozo para llegar a las napas de agua de la ciudad.

A principios de 1947, el desplome de parte de las montañas de periódico acabó con la vida de uno de los hermanos. El otro, aislado a pocos metros, murió de inanición. Los bomberos, ante la imposibilidad de acceder a la impenetrable mansión, tuvieron que levantar parte del tejado, y sacar, por medio de grúas, las más de trescientas toneladas de basura acumulada para poder llegar a los cuerpos, tarea que les llevó semanas.

Doctorow, el autor del libro, ha escrito una biografía novelada, o más bien, una novela a partir de los Collyer, e intentando mostrar su punto de vista. Por eso, no hay rastros de sordidez en el relato que nos presenta. Es más bien la narración del largo camino hacia la autoexclusión del mundo y de los usos sociales llevada a cabo por dos personajes inevitablemente entrañables.

El autor cambia deliberadamente datos de la biografía (los Collyer mueren en 1947, mientras que en la novela llegan hasta 1970; la verdadera mansión Collyer estaba en la Quinta avenida a la altura del Harlem,  en una época en la que Harlem era un rico barrio residencial para familias blancas, pero en el libro el caserón se levanta justo enfrente del Central Park...), cambios con los que Doctorow nos quiere dejar claro que no es su intención levantar acta precisa de la vida de los hermanos sino descubrirnos la esencia de la leyenda que comenzó a tejerse tras su muerte. Así, hace pasar a los Collyer por la década del sesenta, para emparejarlos a los nuevos estilos de vida alternativos y presentarnos su guarida como una especie de Templo de la Disidencia frente al mundo de la sociedad burguesa y bienpensante (en el tramo de la novela más flojo, todo hay que decirlo...), y a su colección de diarios como un intento de llegar a elaborar un “periódico total”, una summa de todos los acontecimientos que pudiera llegar a contener el mundo. Como un gigantesco internet hecho de papel, y alojado en una casa.

Tras ser vaciada (aparte de las toneladas de periódico aparecieron catorce pianos, veinticinco mil libros, instrumental quirúrgico, cientos de metros de telas de todo tipo, maniquíes, una enorme colección de armas, varias bicicletas, frascos con visceras humanas, decenas de trenes de juguete, cuadros al óleo, una piragua... y, por supuesto, el Ford T), la estructura de la mansión estaba tan podrida y deteriorada que fue necesario derribarla. En su lugar se abrió un pequeño y melancólico parque, llamado hoy Collyer Brothers Park, en memoria de Homer y Langley.

 

Homer y Langley, de E. L. Doctorow, está editado por Miscelánea.      

Problemas técnicos

Quiero comunicar a los improbables lectores de La Caja Negra que el blog se volverá a actualizar en cuanto solucione algunos problemillas técnicos. ¡¡Hasta entonces!! (y espero que sea en breve, un saludo)

Fantasmas, kabuki y cintas de video

Fantasmas, kabuki y cintas de video

Ahora que la más grande banda de kabuki-rock de todos los tiempos pasea sus venerables papadas por Europa presentando nuevo disco, es imprescindible que rescatemos esa joya del séptimo arte que protagonizaron nuestros héroes allá por 1978.

Hablamos, por supuesto, de los “fab four”: Paul, Gene, y los otros dos. Es decir: KISS. 

La película: KISS meets the Phantom of the Park, obra maestra del cine sonoro estrenada directamente en la tele, dirigida por el alemán Gordon Hessler a la mayor gloria de la banda, y que marcó un antes y un después. Al menos, para su director, que después de esto no consiguió remontar su carrera.

El título ha sido traducido al castellano indistintamente como “KISS y el ataque de los fantasmas” o como “...contra el fantasma del parque”, señal de que no queda muy claro a qué se refiere con lo de los fantasmas, porque en la película lo que hay son robots, y también un maligno genio del mal, el inquietante Abner Deveraux (Anthony Zerbe), un virtuoso de la ingeniería que construyó el parque de atracciones que da título a la película, y que opera desde un sofisticado laboratorio subterráneo construido bajo el propio parque. Si amigos, Abner Deveraux está resentido porque no consigue más fondos para sus extravagantes investigaciones (a la manera de un moderno Doctor Moreau, construye autómatas para las atracciones del parque) y aprovecha un concierto de los KISS en las inmediaciones de la montaña rusa para planear su venganza contra el mundo.

La película nos presenta al que quizás sea el científico loco más inofensivo de la historia del cine, con el Plan para Dominar el Mundo más peregrino que pueda imaginarse (y por eso mismo, el más inquietante: porque dominar el mundo tirando bombas atómicas está al alcance de cualquiera). Abner Deveraux planea construir dobles-robotizados de los mismísimos KISS, para que, en reemplazo de los originales, den un concierto en donde las letras de las canciones, modificadas con mala intención, lancen a los jóvenes espectadores como auténticos zombies posesos a una orgía de destrucción. A mí como plan me parece muy ingenioso y hasta sublime. Otra cosa es que funcione.

Es cierto que la película, después de la potente introducción musical con los KISS en croma sobrevolando el parque, cae un poco en el tedio en los primeros minutos, digamos en los primeros sesenta minutos. Pero luego remonta el interés en cuanto empieza la acción. Concretamente, cuando los KISS se enfrentan a un grupo de monos albinos robot. Antes de eso, sin embargo, cabe reseñar una escena curiosa: la policía acude a casa de KISS (los KISS viven juntos, en un chalet, compartiendo piso como los cuatro solterones que son) y allí los vemos, sentados al borde de la piscina, en unas sillas altas de socorrista, pero sin bañarse. Porque como dice sabiamente uno de los policías: “los rockeros no se bañan”. Ni se sacan las botas de plataforma, debemos agregar. En la casa también nos enteramos del origen de los poderes de KISS: unos talismanes, provenientes de alguna innominada antigua cultura del espacio exterior, suponemos (en la película no nos lo aclaran), sin los cuales el Demonio no podría echar fuego por la boca, el Chico de la Estrella no lanzaría rayos por los ojos, el Hombre del Espacio no volaría y el Hombre Gato no sobreviviría a la cirrosis (hay que decir que al baterista hubo que doblarlo porque debido a su borrachera permanente no se le entendían los diálogos).

Y así llegamos al momento culminante de la película: el archimalvado Abner Deveraux secuestra a los KISS, y en su lugar envía a sus dobles robots al concierto. Estos tocan de manera convincente pero en el estribillo cantan “¡¡romper y destruir, romper y destruir!!”, y la masa de jóvenes fans comienza a verse afectada por el sutil condicionamiento subliminal del intrigante científico. Pero entonces los auténticos KISS escapan y se enfrentan a sus simulacros. Una vez descabezados, recuperan el control del concierto y restablecen el auténtico mensaje del rock. Es la apoteosis, amigos.

Y para terminar, nos encontramos con uno de los finales más extraños que nos haya dado el cine desde el 2001 de Kubrick: cuando la policía entra en el laboratorio subterráneo de Abner Deveraux, se lo encuentran sentado frente a los mandos de su moderna consola de controles giratoria, virtualmente momificado: al ver sus planes malogrados, del disgusto el pobre Deveraux envejeció de golpe literalmente unos doscientos años. El estrés y una dieta pobre en antioxidantes pudo con él. Como dice uno de los perplejos policías, “creó a KISS para destruir a KISS, pero perdió”.

La increíble secta de los decoradores dementes

La increíble secta de los decoradores dementes

 

A unos pocos kilómetros de Turín, en un valle de los Alpes, hay un fastuoso y gigantesco complejo de templos paganos excavados en el interior de la montaña que se ha mantenido oculto durante décadas. Y todo gracias al impulso de un visionario constructor autodidacta. 

Este monumento setentero, el sueño húmedo de un Liberace, responde al nombre de Damanhur y ya es considerado la Octava Maravilla del Mundo (con el permiso de King Kong).

Su creador, el gran Oberto Airaudi, vendedor de seguros y visionario, hubiera podido hacer fortuna como interiorista en Las Vegas, pero prefirió legar a la humanidad los fabulosos e incomparables Templos de Damanhur.

La construcción de los templos comenzó hacia 1978, como respuesta a las visiones místicas de vidas pasadas que desde niño se le revelaban a este piamontés. Una voz pareció indicarle “cava y decora”, y una vez hubo conseguido los suficientes medios económicos, se lanzó a ello. Durante más de veinte años, las excavaciones y las obras se mantuvieron en el más absoluto secreto. Oberto, junto con un grupo de seguidores, trabajó de manera totalmente autodidacta, tanto en la perforación de la montaña como en la profusa decoración de las estancias, que incluye inacabables murales al fresco, vidrieras, altas columnas esculpidas, mosaicos y cúpulas colosales, multitud de esculturas y bajorelieves y mucho, mucho oropel.

Los templos parecen haber sido elaborados por el decorador de Tim Burton después de haberse comido una paella hecha con una partida caducada de LSD. Sus minuciosas ornamentaciones dejan al bueno de Gaudí como un minimalista melindroso. Todo el complejo ocupa unos 91.000 metros cuadrados, y según su creador son al día de hoy apenas un diez por ciento del total del proyecto. 

Hace unos años, un disidente del grupo reveló a las autoridades italianas la existencia de las construcciones. Las fuerzas públicas hicieron acto de presencia en el valle, amenazando a los damanhurianos con, literalmente, dinamitar la montaña si no se les permitía una inspección de los templos. Oberto accedió y, después de ver aquello con sus propios ojos, el comisario inexplicablemente no echó mano de la dinamita. Antes bien, acabó concediendo los permisos necesarios para continuar las obras, y así los increíbles Templos de Damanhur se abrieron al mundo exterior. 

Hay unos nueve templos, cuyas diferentes estancias se encuentran a distintos niveles de profundidad, unidas por un laberinto de túneles. La entrada se hace por el templo más antiguo, llamado “Templo azul”, el primero construído, un espacio completamente cubierto de mosaicos cerámicos y pinturas formando alegorías. En el suelo de esta estancia se abre, mediante un mecanismo, una escalera oculta, que nos lleva sucesivamente por los otros templos:  “del Agua”, “de la Tierra”, “de los Metales”, “de los Espejos”, “de las Esferas”... La finalidad de todo el recorrido es ilustrar ni más ni menos que la Historia del Mundo, de la Naturaleza y de la Humanidad.

Los damanhurianos son al día de hoy una comunidad de unos mil miembros aparentemente inofensiva. Viven en “ecoviviendas” en el valle, alrededor de los templos, y se dedican a la huerta, los trabajos en el propio templo y al desarrollo personal; una especie de “experimento comunal” new age. Sus miembros han adoptado nombres tan sonoros como “Espéride Ananá” o “Macaco Tamarindo”, sonríen todo el tiempo y, en general, parecen felices. Pero el verdadero potencial de peligrosidad del grupo se encuentra en su incontinencia decorativa: algún día sus caleidoscópicas desmesuras esmaltadas y bañadas en pan de oro acabarán rebasando los límites de sus templos y se extenderán por el mundo, convirtiendo nuestro querido planeta en un gigantesco huevo de Fabergé. Hay que estar alerta.

 

Los Templos de Damanhur se encuentran en Valchiusella, a unos 50 kms. de la ciudad de Turín.

Minorías étnicas sin voz ni voto: Los niños verdes

Minorías étnicas sin voz ni voto: Los niños verdes

 

La crónica social registra en Woolpit, en el muy inglés condado de Suffolk, la aparición de los niños verdes. 

Esto sucedió en el siglo XII. Varios siglos después, el célebre escritor, crítico de arte y anarquista Herbert Read describirá el acontecimiento en su primer y única novela, La niña verde (1935), en la que, además del pormenorizado relato de los hechos, se anima a especular con el improbable mundo del que seguramente habrán salido tales criaturas.

El libro de Read es una obra de ficción, pero se basa en el acontecimiento que brevemente describiremos a continuación: la historia de los niños verdes.

Una mañana los sorprendidos vecinos de Woolpit se desayunaron con la aparición, en los campos anexos al pueblo, de un niño y una niña, aparentemente hermanos, de no más de cuatro o cinco años. Están visiblemente desorientados, hambrientos y fatigados. Evidentemente, se han perdido. Nadie sabe de donde proceden. Los niños hablan, pero nadie es capaz de entenderles. Sus ropas son coloridas y raras. Se diría que son extranjeros, dicen los vecinos. Además, son verdes.

Les ofrecen comida, pero la rehusan. Hasta que un vecino espabilado trae guisantes, y los niños verdes comen con apetito. En un intento de explicarse, señalan hacia el río, y señalan hacia abajo, como si hubieran venido de la tierra. Los más sensatos del lugar acaban concluyendo que los niños serán holandeses.

Una mujer del pueblo decide adoptarlos, pero a los pocos meses el varón muere. Pasan los años, y la niña verde madura (ji ji...). Aprende el idioma y las costumbres de su nuevo ambiente, aunque sin mostrar gran interés por lo que la rodea. El único rasgo peculiar, aparte del color de su piel, es una cierta inclinación lasciva. Bueno, más bien una libido desatada impropia de una señorita de su época, que llegó a escandalizar a sus vecinos. Al poco, la niña verde acabó contrayendo matrimonio con un granjero de piel rosa, que cambiaba al morado cuando bebía de más. El resto se ha perdido en el tiempo.

Basándose en el acontecimiento (aunque sin mencionarlo de forma explícita, pues su historia se desarrolla varios siglos después), Herbert Read compuso un extraño cuento dividido en dos partes: Oliverio, su protagonista, abandona su pueblo inglés en busca de aventuras el mismo día en que hacen su aparición los niños verdes. Su periplo le lleva a fundar en sudamérica un Estado utópico en donde los autóctonos viven en paz y armonía bajo su presidencia ilustrada. El secreto del éxito de esta sociedad está en mantener al país aislado e iletrado. Pero pasados treinta años Oliverio se aburre y regresa a su pueblo, justo para encontrarse por azar con la niña verde, que es ya una mujer. De manera fortuita ambos caen en una hondonada en el río, y llegan a un país subterráneo en donde habita el pueblo verde del que procedía la niña. Oliverio se queda a vivir allí, y ejercerá para nosotros de cronista de la vida y costumbres de esta segunda sociedad utópica. Pues la gente verde vive feliz, en un mundo de grandes cavernas subterráneas tenuemente iluminadas y en donde la temperatura se mantiene constante, no existe el día y la noche ni se suceden las estaciones. No existe, en definitiva, la noción del paso del tiempo. Este pueblo concibe el mundo de manera inversa a la nuestra: viven en un vacío finito, rodeados por la infinitud sólida de las rocas. Consideran, por lo tanto, su cuerpo material como la parte más elevada de sí mismos, temporalmente contaminada por el alma, un accidente intangible que desaparece con la muerte. Solo entonces su cuerpo alcanza la inmortalidad, pues se cristaliza y permanece sólido para siempre.

Las dos sociedades utópicas que nos describe Read no parecen tener ninguna relación entre sí, pero las une una idea: son dos sociedades cerradas a cal y canto, alejadas del resto del mundo. Sólo así pueden permanecer perfectas a través del tiempo. Tiempo cuya noción (y con ella la de cambio) ni siquiera se concibe en el mundo de los hombres verdes. Una idea extraña para un libertario radical como Herbert Read, desde luego.

Hoy, que el cine ha puesto de moda a los hombres azules, quería rescatar la historia de aquellos olvidados niños verdes que un buen día aparecieron por Woolpit y se quedaron a vivir entre nosotros.

 

La niña verde, de Herbert Read, acaba de ser reeditada por Duomo Ediciones

Obras Maestras Involuntarias del cine

Obras Maestras Involuntarias del cine

 

Toda lista es incompleta y todo ranking es injusto. Y en el cine, quizás la mayor injusticia es la cometida contra Edward D. Wood jr. por su Plan 9 from Outer Space (1959), que encabeza la lista de la peor película de todos los tiempos. Cualquier lector de este humilde blog coincidirá conmigo en que Titanic, La vida es bella o El Paciente Inglés son, con diferencia, mucho peores. No todo el mundo entiende que estamos ante una Obra Maestra Involuntaria del cine, una de esas escasas muestras de genialidad colateral de las que nos ocuparemos hoy.

Eso si, que nadie espere un listado de títulos con los que echarse unas risas a costa de su infra-calidad cinematográfica: antes bien, declaramos sin ánimo de ironía que las películas que reseñaremos nos parecen genuinamente maravillosas. Y nos lo parecen porque en ellas se produce la confluencia fortuita de una serie de condiciones harto difícil de reunir en un mismo producto, a saber: un argumento a prueba de lógica, una dirección distraída, un montaje epiléptico, una producción miserable y unas interpretaciones embarazosas. Si todo ello se junta, el resultado puede ser (y solo a veces) espléndido.

Ya hemos hablado en un post anterior, de la estupenda Voyage to the Planet of Prehistoric Women (Peter Bogdanovich, 1968). En ella encontramos una característica central en todas las Obras Maestras Involuntarias del Cine: la reutilización, cuando no el saqueo, de imágenes de archivo o directamente de otras películas. El resultado de estos insertos, obligados por la escasez de medios, puede llegar a ser sorprendente y de una imprevista originalidad. Así por ejemplo, en la magnífica Frankenstein meets the Space Monster (Robert Gaffney, 1965), que narra una invasión alienígena a la Tierra, encontramos una feliz paradoja: la superevolucionada raza invasora, poseedora de una tecnología superior, está compuesta por un ejército de cinco (5) miembros, vestidos como en una pesadilla de Paco Rabanne y armados con sendas pistolitas de plástico blanco. En el bando de los atrasados terrícolas, por contra, hay un despliegue de aterradores misiles, bombarderos, acorazados y tanques, mas cientos de bien pertrechados marines. Por supuesto, se trata de imágenes de archivo. La película comienza en la Nasa, en donde se prepara el lanzamiento de un astronauta-androide llamado Frank. Una explosión en la cápsula acaba transformando a Frank en Frank...enstein. Mientras tanto, una nave extraterrestre llega con la misión de secuestrar mujeres  humanas  para reactivar su raza amenazada con la extinción. El combate final se decidirá entre nuestro Frankenstein y el arma secreta de los marcianos: un monstruo peludo con cara de grillo. El ejército, claro, no llega a tiempo sencillamente porque está en otra película.

Aunque quizás la cinta que logró sacar mejor partido  a las escenas robadas a otros filmes ha sido Horror of the Blood Monsters (Al Adamson, 1970), que trata de una misión espacial terrestre que llega a un planeta hostil y prehistórico. Como las abundantes secuencias anexadas pertenecían a varias películas de diferentes épocas (algunas en color, otras en blanco y negro), al director se le ocurrió, para igualarlas, virar todo el metraje a un solo color, que va rotando cada cierto tiempo: primero todo es azul, luego verde, luego naranja, después rojo... El guión, por lo tanto, hubo de adaptarse: la atmósfera del extraño planeta provoca esos cambios de color, y cuando llega el turno del rojo, los prehistóricos habitantes de este mundo se transforman en vampiros. En vampiros cavernícolas. Aquí nos encontramos con otra tendencia de las Obras Maestras Involuntarias del cine:La mezcla sin complejos. Vampiros, cavernícolas, extraterrestres, robots, zombies, se fusionarán en una sola historia caleidoscópica y mutante. Y a veces, hasta en un solo personaje: un estraterrestre-cavernícola-vampiro, por ejemplo.

Así, en su fantástica Plan 9 from Outer Space, Ed Wood hacía que sus singulares extraterrestres vinieran con un plan (el “plan 9” del título) para la conquista de la Tierra, cuanto menos llamativo: resucitar a los muertos de los cementerios para que, transformados en zombies, arrasaran a la humanidad bajo sus órdenes. Fiel a la economía de medios propia de las Obras Maestras Involuntarias del cine, el ejército de zombies se componía de tres (3) individuos (el doble de Bela Lugosi, Tor Johnson y Vampira). Una fuerza de ataque tan magra como la de los invasores de Frankenstein meets the Space Monster.

Pero en este punto el filme que se lleva la palma es Robot-Monster (Phil Tucker, 1953), otra invasión a nuestro planeta por parte de una avanzadísima civilización alienígena compuesta por un (1) solo representante, el llamativo Ro-Man, interpretado por un actor embutido en un traje de gorila y con una escafandra de buzo en la cabeza. Su arma de destrucción masiva: una caja que emite pompas de jabón.

También mezcla géneros sin complejos la imprescindible The Astro-zombies (Ted Mikels, 1968), en la que un científico de la agencia espacial americana decide fabricar zombies indestructibles a partir de cadáveres, alimentados por energía solar y manejados por control remoto, para que ejerzan de astronautas en un proyecto espacial. Volvemos a encontrar la feliz idea del astronauta-frankenstein. A esto le agregamos un comando de los servicios secretos de una potencia extranjera capitaneados por la neumática bailarina karateca Tura Satana, que pugna por hacerse con la fórmula para construir astro-zombies, mas algunos números de strip-tease con banda sonora psicodélica, y el interés está garantizado. Como en todas las otras películas de su categoría, hay un montón de subtramas absurdas que nunca se cierran, largas secuencias en las que no sucede nada y que parecen filmadas en tiempo real, y personajes que desaparecen a mitad de la trama sin razón aparente.

Las Obras Maestras Involuntarias del cine han estado casi siempre en manos de directores heterodoxos: ya es bien conocida la vida y rarezas de Ed Wood, pero también es de remarcar la azarosa carrera de hombres como Ted Mikels, que vivía en un castillo en compañía de docenas de bellas mujeres, o Al Adamson, cuya extraña muerte, emparedado en el suelo de su propio jacuzzi, está aún sin resolver.

Gracias a internet, hoy podemos recuperar muchas de estas Obras Maestras Involuntarias del cine. Sólo hay que escarbar un poco...

Cine de Ensayo y Error: El planeta de las rubias prehistóricas

Cine de Ensayo y Error: El planeta de las rubias prehistóricas

 

Estamos en un planeta primitivo y salvaje. Por un lado, tenemos a unos circunspectos cosmonautas terrestres enfrentándose a toda clase de calamidades. Por el otro, a un clan de macizas rubias prehistóricas, con pantalones sesenteros y sujetadores de caparazón de almeja, capitaneadas por Mamie Van Doren. Unos y otras nunca llegan a encontrarse.

Esta es la obra maestra involuntaria dirigida por un debutante Peter Bogdanovich, “Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas”, estrenada en 1968.

Peter Bogdanovich es lo que se conoce como un “cineasta intelectual”. Crítico y teórico de cine además de director, siempre a la saga de vacas sagradas del séptimo arte como Truffaut, Hitchcock o Welles. Sus películas (“Máscara”, “The last picture show”, “Luna de papel”) suelen ser profundas, complejas, esforzadas y aburridas. El tipo de cine conocido como “de arte y ensayo”. Pero fue con su primer film, que podríamos definir como “de ensayo y error”, cuando alcanzó verdaderamente la genialidad.

¿Cómo llegó este hombre con gruesas gafas de pasta a dirigir aquello? El milagro se lo debemos al productor Roger Corman. Bogdanovich comenzó trabajando como asistente suyo en los años sesenta. En la autobiografía del productor, “Como hice 100 films en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo”, el propio Bogdanovich nos cuenta la historia: Corman había adquirido los derechos de una película soviética de ciencia ficción, “Planeta Burg”. La cinta tenía unos muy esmerados efectos especiales, con vistosas maquetas, vestuario elaborado y un muy sofisticado robot. Todo realmente espectacular para la época. Pero tenía un  gran defecto: faltaban mujeres.

Así que Corman decidió trocear la cinta y aprovechar sus mejores escenas, agregando nuevas tomas para completar el metraje. De allí sacaría tres películas, la tercera de las cuales es la que nos ocupa: la llamó “Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas”, y el encargado de rodar las nuevas secuencias y unir los trozos fue Bogdanovich. “Contraté a un puñado de chicas drogadictas que paseaban por la playa de Leo Carrillo –que debe parecer que es Venus-. Las disfrazamos de sirenas con conchas marinas tapándoles los pechos. Eran los trajes más chabacanos que había visto jamás”, cuenta el director en el citado libro.

Una vez rodadas estas escenas en la playa, las intercaló con las de la película rusa y, utilizando el recurso de la voz en off (él mismo ejerce de narrador) teje una historia que, resumida, es la siguiente:

Una nave de la Tierra desciende al planeta Venus. Los cosmonautas se encuentran con un brumoso paisaje arcaico, plagado de bestias prehistóricas. Comienzan a oír un extraño canto, como un canto de sirenas. En otra parte, sobre una playa de rocas, vemos a unas impresionantes rubias ataviadas con blancos y ajustados pantalones muy a la moda de los sesenta, y con grandes conchas marinas cubriendo sus pechos: son las prehistóricas habitantes de Venus. Los cosmonautas, mientras tanto, abaten a un saurio volador, una especie de pterodáctilo. El bicho resulta ser el dios de las rubias prehistóricas. Éstas encuentran su cadáver en la playa y lo arrojan al mar. Deciden vengarse de los “malvados hombres” y, utilizando el poder de la mente, provocan la explosión de un volcán y un maremoto que obligará a los cosmonautas a abandonar precipitadamente el planeta. Fin de la historia.

Las escenas filmadas por Bogdanovich consisten, pues, en varias tomas de las chicas deambulando por la playa, acarreando un pterodáctilo de goma y mirando inexpresivamente al mar. A excepción de Mamie Van Doren (una sttarlette de grandes pechos surgida al rebufo de Marilyn Monroe), ninguna de las chicas era capaz de actuar, de manera que el director lo solucionó haciendo que ellas se comunicaran “por telepatía”. Así se limitaba a encuadrar sus caras mientras una voz en off femenina recitaba los diálogos.

Naturalmente, las rubias prehistóricas y los cosmonautas nunca llegan a cruzarse en toda la película. Algo que surge de una imposibilidad evidente: las secuencias de los cosmonautas pertenecen a otro film. Pero esto es lo que justamente hace de la cinta una Obra Maestra, al encarnar la quintaesencia de un coitus interruptus de proporciones siderales: pensemos en unos hombres que viajan miles de años luz para llegar a un planeta habitado por Mamie Van Doren y un montón de chicas semidesnudas y... ¡¡nunca se encuentran!!

Brillante. Sencillamente genial. Ya lo dice el narrador, en la voz del propio Bogdanovich: “Venus... Venus... el planeta llamado como la Diosa del amor. Allí es... donde la perdí... a 26 millones de millas de aquí. Porque yo sé que ella existe. ¡¡Lo sé!! Todo el tiempo que estuvimos allí yo la podía oír. A ella y a su dulce e inquietante canto. Como el de las sirenas que tentaron a Ulises... Vais a pensar que he vuelto a la tierra completamente loco. Loco y todavía intoxicado por la atmósfera de allí. Pero, esperad, me estoy adelantando. Dejadme contaros toda la historia. ¡¡Y luego podéis pensar lo que queráis!!”