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29/03/2005

El superhéroe de las alcobas

collageK.jpgDe todos los héroes de acción en calzones largos que han poblado nuestro imaginario, me gustaría rescatar al inigualable Kiling, con su traje de esqueleto y su inseparable magnum con silenciador.
Nuestro hombre es originario de Italia, tierra de héroes, aunque sus hazañas en castellano se las debemos a las publicaciones argentinas de la editorial Record, en los años 70. En Italia aparece en 1965, publicado por Ponzoni & Granelli, al mismo tiempo que una edición en Francia, con el nombre de Satanik, que dura unos pocos números (la censura acaba con él).

Uno de los mayores atractivos de Kiling era su formato: un comic fotográfico, una fotonovela. La fotonovela existía exclusivamente para las historias de amor o de sexo (light). Es decir que era un formato exclusivo de los comics “para adultos”. Las historias de Kiling lucían un sórdido y bonito blanco y negro que ya le daban un aire triste incluso en los propios años 70.

Kiling formaba parte de una galería de personajes de fotonovela con perfil “erótico” salidos, supongo, de la misma factoría: Goldrake, que gastaba una especie de traje de ninja y una horca a modo de corbata; Yorga, el hombre lagarto, con su disfraz que recordaba lejanamente a un reptil; y Grisex, tal vez el mas triste de todos, con su máscara gris que parecía un calcetín de ejecutivo, con un aditamento de gomaespuma roja formando nariz y cejas, y su chaqueta de simil cuero estilo sindicalista.

Kiling era, que duda cabe, el mejor de la escudería. Un ex-matón de la mafia que, traicionado por la propia organización, decide ir por libre y, enfundado en su disfraz de esqueleto, enfrentarse por igual a policías y mafiosos.

Pero, a diferencia de los superheroes americanos, Kiling no buscaba medir sus fuerzas ante peligrosos supervillanos. Su modus operandi consistía en colarse por la noche en chalés de elegantes (es un decir: estamos en los 70...) urbanizaciones cuando el dueño de casa (generalmente algún capo de la mafia) está ausente. Su misión se veía ineludiblemente interrumpida por la aparición de una señorita en camisón quien, presa del pánico, se rendía a sus pies, dispuesta a hacer “cualquier cosa” por salvar su vida.

Este “cualquier cosa” nunca quedaba a la vista, y en las imágenes se sustituía por una cierta violencia salvaje a la par que elegante, un “maltrato de género”, que se diría ahora, que parecía subyugar y enamorar a la fémina hasta hacerla caer, otra vez, rendida a los pies del héroe.
Pero, consumado el encuentro, Kiling no se detenía. Otros chalés, otras ventanas, otras alcobas y otras rubias en camisón lo esperaban en las siguientes entregas.

¿Por qué las buenas publicaciones no se reeditan?




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