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Cuatro dimensiones al precio de tres

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Instrucciones para obtener la cuarta dimensión:

Primero haga un punto. Arrástrelo hasta conseguir una línea: obtendrá una dimensión. Tome ahora la línea y desplácela paralelamente hasta formar un cuadrado. Una vez logradas estas dos dimensiones, deje reposar unos minutos y luego mueva lentamente ese plano cuadrado en dirección perpendicular a sus dos dimensiones, para lograr el volumen. Tendrá entonces un cubo. Ahora viene la parte más delicada: tome el cubo y, con mucho cuidado, desplácelo en dirección perpendicular a sus tres dimensiones: habrá obtenido un “hipercubo”, una entidad de cuatro dimensiones. Deje enfriar.

Lo curioso de esta receta es que podemos visualizar el proceso en los tres primeros pasos, pero no en el cuarto. Aunque formalmente aceptable, no lo “vemos”. Pero esto es más una limitación de nuestra biología, al parecer, que una imposibilidad de la física. 

La cuarta dimensión ha sido tradicionalmente tema de artistas, ocultistas, escritores de ciencia ficción y amantes de lo extraordinario. Gente rara. Pero los físicos, los geómetras y los matemáticos se han ocupado poco del tema. Einstein trató de zanjar la cuestión afirmando que la cuarta dimensión es el Tiempo. Algo que por supuesto no nos convence: aquí en la Caja Negra nos gusta tomar el toro por los cuernos. Enfocar el problema en todas sus dimensiones (je). No aceptamos un tal vez por respuesta. Vamos allá:

Imaginemos un mundo de dos dimensiones, desplegado sobre nuestra mesa. En realidad, no hace falta imaginarlo, porque ya lo hizo Edwin Abbott en su novela Planilandia, publicada por primera vez en 1884. Bien, pensemos en los habitantes de este mundo, Viven, tienen sus casas, se desplazan por su planicie, hasta que un día uno de nosotros, individuos tridimensionales, se asoma a su superficie y les habla. Ellos oirán una voz pero no sabrán de dónde viene, algunos huirán despavoridos, otros se hincarán de rodillas, a su manera. El visitante curioso apoyará un dedo sobre el plano para hacerse notar, y los aterrados planiciudadanos verán una sección circular que aparece de la nada y vuelve a desaparecer o cambia de forma. Alguno se encerrará en su casa lineal, y trancará la puerta con una línea bien firme, pero el intruso tridimensional lo verá todo desde arriba, y le volverá a dirigir la palabra, y apoyará otra vez su dedo dentro de la casa. Y el planihombre verá que el extraño círculo ha atravesado las paredes de un recinto, para él, herméticamente cerrado, y se desmayará, y al despertar pensará que ha sido un sueño, o que le han puesto droga en la cocacola, o se hará monje y saldrá a predicar la buena nueva.

Siguiendo una simple analogía, encontramos estos mismos casos desplegados a lo largo de todas las sagradas escrituras: en la Biblia, hay personajes que oyen una voz, apariciones que surgen de la nada, y constantes indicios y referencias a algún ser omnisciente y omnipotente, que parece estar en todas partes y verlo y saberlo todo. Esto es el Misterio en el que se basa la religión, lo insondable, lo que debe ser aceptado sólo a través de la fe, lo que no se puede comprender. ¿Y por qué se ha mantenido durante milenios semejante ficción, cuando hay una explicación perfectamente racional tan al alcance de la mano? Imagino que por poderosas razones de mercadotecnia. El negocio fabuloso que constituye el catolicismo solo es vendible si se rodea de un halo de misterio, de cosa inaprehensible, de aceptación fanática e irracional. Porque lo cierto es que queda meridianamente claro que el responsable de todos y cada uno de los milagros y portentos que se mencionan en las sagradas escrituras no es más que un vecino gracioso de cuatro dimensiones, inconcebible para nuestra imaginación pero perfectamente explicable desde un punto de vista teórico.

Si llegara el día en que me eligieran Papa (hoy  por hoy, todo es posible), en la mañana de mi coronación, frente a los miles que se congregarían en la piazza de San Pedro, tomaría yo inmediatamente dos iniciativas: 1) Exigiría reemplazar el papamóvil por un Alfa Romeo color púrpura vaticanista con llantas de aleación, y 2) les explicaría claramente a los fieles allí reunidos que lo que llamamos Dios en realidad es una entidad de la cuarta dimensión, y que en ello no hay ningún misterio y que todo es explicable desde un punto de vista perfectamente lógico y racional, que en lugar de perder el tiempo con tanto rezo estéril vayan a los libros de matemáticas y se dejen de tantas fantasías alienantes, que todo es una simple cuestión de geometría y que se vuelvan a sus casas, circulando, circulando, que aquí ya no hay nada más que ver. Y ego te absolvo y Amén que les vaya bien.

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