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Un breve texto sobre magia

20060206150142-oz.jpg“Oz está en cualquier parte y en todas partes, excepto en el sitio de donde partimos”.
Con esta inmejorable definición ilustra Salman Rushdie la naturaleza del mágico mundo reflejado en esta clásica película infantil de 1930, en un breve (78 páginas) y entretenido ensayo publicado por Gedisa.
El bueno de Salman ha confesado más de una vez, y lo repite aquí, que se hizo escritor gracias a El Mago de Oz. La película, no el libro. Rushdie la vió en un cine de Bombay con diez años, y aunque para él, acostumbrado a las delirantes y coloristas producciones de Bollywood, no le resultara tan extraña, sí le causó el suficiente impacto como para determinar su carrera y, de alguna manera, su vida (la película es, según Rushdie, un himno a la peripecia de los inmigrantes).

Lo bueno de este libro es que ni aburre con escrupulosos datos cinéfilos, ni se marca el previsible análisis freudiano sobre el simbolismo del Hombre de Hojalata o la búsqueda de la Figura Paterna por parte de Dorothy, o la interpretación en clave gay de la canción “más allá del arcoiris”. En vez de eso, abunda en anécdotas jugosas o lúcidas reflexiones sobre lo que verdaderamente importa. Un ejemplo: se pregunta Rushdie, y con razón, por qué se alegran tanto los habitantes del mundo de Oz cuando la casa de Dorothy aplasta a la Bruja del Este, la gobernanta de esta parte del mundo, si vemos que Oz es un sitio tan limpio y colorido, sin rastro de ejércitos ni policías. Es evidente que la Bruja del Este era, pues, una administradora liberal y eficaz. ¿Por qué, entonces, la odiaban sus conciudadanos y súbditos?

Recoge también las anécdotas sobre el ruidoso paso de los “munchkins” por Hollywood. Para interpretar a los pequeños habitantes del reino del Este, los estudios contrataron a un contingente de trescientos cincuenta enanos, que ni siquiera hablaban inglés. Hasta el día de hoy se recuerdan y se comentan las hazañas sexuales que estos entrañables hombrecitos protagonizaron en la capital del cine.

Describe también, por último, la subasta en la que un anónimo fetichista desembolsó la extraordinaria suma de 15.000 dólares por los zapatos de rubí de Dorothy. En la misma subasta se vendió la gabardina de Clark Gable por sólo 1.200...

Nosotros, en fin, compartimos con Rushdie el entusiasmo por esta conmovedora película, y como él también nos preguntamos cómo es posible que los estudios pretendieran hacernos creer, con aquella famosa frase final, “no hay lugar como el hogar”, que Dorothy pudiera preferir el monocromático y deprimente Kansas al lisérgico mundo psicodélico de Oz. Una decisión políticamente correcta que nunca se pudo llegar a tragar ningún espectador, por más niño que fuera.

Salman Rushdie, “El mago de Oz”, Ed. Gedisa, 2005.



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