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Sin pelos en la lengua: los perros parlantes de Hitler

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A raíz de la publicación de un libro de curiosidades caninas escrito por un historiador de la universidad de Cardiff, hemos llegado a conocer la historia de una de las divisiones especiales más fieles y disciplinadas del Tercer Reich: la Wooffan SS, la división de perros parlantes de Hitler.

A diferencia de los perros charlatanes del malvado Charles Muntz, de la película “Up”, los canes nazis no utilizaban ningún tipo de artilugio amplificador o ingenio mecánico. Simplemente aprendieron a hablar.

Los científicos del Reich sostenían que los perros eran lo suficientemente inteligentes como para mantener una conversación. Sólo había que enseñarles a comunicar, puesto que su única limitación era fisiológica. De hecho, decían, con su lógica eugenésica, los canes eran probablemente más inteligentes que la mayoría de las razas humanas no-arias. Y si los judíos hablaban... ¿por qué no los perros?

De manera que en los años treinta del siglo pasado se puso en marcha, cerca de Hanover, la Tier-Sprechschule ASRA, la célebre Escuela del Habla para Perros, dirigida por la entusiasta frau Margarethe Schmitt, a quien vemos posar orgullosa junto a sus alumnos de cuatro patas en alguna fotografía de la época. Primero se intentó comunicar con los canes por telepatía, pero pronto se reorientó el experimeto hacia la enseñanza del habla.

¿Simple amor a la pedagogía? de ningún modo: Los proyectos científicos de los nazis tenían todos una finalidad: el desarrollo de un arma de guerra a la mayor gloria del Reich de los mil años. El objetivo final de la Escuela del Habla era la creación de un cuerpo de elite, la Wooffan SS, formado por canes capaces de infiltrarse en las filas enemigas sin levantar sospechas, enterarse de sus movimientos, y volver para contarlo.

Un gran plan que tal vez hubiera cambiado los destinos del mundo de no haberse precipitado el final de la contienda.

La iniciativa no carecía de lógica: así como el francés es el idioma ideal para los lances de amor, siempre se ha dicho que el alemán es la lengua más indicada para hablar con el perro.

De manera que frau Margarethe comenzó reclutando a los perros más inteligentes del Reich, que empezaron por contestar preguntas simples utilizando sus patas sobre fichas de colores. Poco a poco, se les enseñó a hablar formando palabras, a través de un diferente tipo de ladrido para cada letra del alfabeto.

Los resultados, siempre según los testimonios recogidos por el doctor Jan Bondeson en su libro Amazing Dogs: A Cabinet of Canine Curiosities (Cornell University Press), eran espectaculares. Al principio, las proclamas de los perros arrancaron con una relativa simplicidad, como mostrar “hambre” o pedir insistentemente “pasteles”. Se dio luego el caso de alguno que llegó a solicitar “permiso para mover la cola”, y de ahí hasta el extremo de un terrier que llegó a expresar su deseo de unirse al ejército alemán porque “odiaba a los franceses”.

Boldeson destaca los casos específicos de Rolf, un terrier que, al parecer, mantenía apasionados diálogos sobre filosofía y religión. O el pequeño dachshund Kurwenal, que acostumbraba a contar chistes con especial salero (curiosamente, y suponemos que para consternación de los oficiales nazis, los pastores alemanes no destacaban por su conversación).

Tal vez haya en estos testimonios algo de exageración. Ya se sabe que los hombres tienden a sobrevalorar las virtudes de sus mascotas. Tal vez el reporte más creíble de todos los consignados en el libro del profesor de Cardiff sea el del perro Don, un pointier que era capaz de contestar con un rotundo y sonoro “¡mein führer!” cuando se le preguntaba “¿quién es Adolf Hitler?”. Un resultado un tanto melancólico, pero ni mucho menos desdeñable.

El abrupto final de la guerra acabó dispersando al deslenguado contingente de las Wooffan SS. Pero quién puede asegurar que no hayan continuado haciendo progresos en la clandestinidad. A lo mejor nuestro propio perro está ahora mismo leyendo por encima de nuestro hombro mientras pone cara de distraído. Tal vez acumula información, esperando la hora de reportar a sus nuevos amos cuando éstos se decidan a abandonar sus bases secretas de la Antártida, en donde ahora mismo acechan y esperan.

Nunca te fíes del todo de tu mejor amigo.    

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