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Seguir siendo o no seguir siendo, esa es la cuestión

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Alcanzar la inmortalidad o diluirse en la nada de una vez y para siempre. Dos tendencias contrapuestas, dos aspiraciones, dos soluciones finales que, predecimos, triunfarán en el mercado de la Fe en la próxima temporada.

Superadas o caídas en el descrédito las viejas religiones y sus dogmas apaciguadores, surgirán sin duda nuevos cultos capaces de dar respuesta a la angustia de los hombres. Pero... ¿cómo serán estas religiones del futuro? Vamos a tomar como ejemplo dos novelas que describen el acontecimiento creativo más fascinante de que se pueda ser testigo: el nacimiento de una nueva religión destinada a cambiar el mundo.

La primera de estas religiones es la Elohimita, cuyo surgimiento se nos describe en la novela La posibilidad de una isla, del escritor y polemista francés Michel Houellebecq. La segunda, el culto Cavita, de cuya imparable expansión trata Mesías, del escritor americano, y también polemista, Gore Vidal.

La primera nos ofrece la vida eterna aquí en la Tierra, por medio de la clonación del cuerpo. La segunda, la desaparición total, la disolución en la nada a través del culto a la muerte y su conclusión obligada, el suicidio. ¿Con cual nos quedamos? inmortalidad o liberación, ese es el dilema.

En ambos casos, el profeta o mesías que da comienzo al culto debe morir (a manos de sus propios seguidores) para que la doctrina se dispare y alcance proporciones de epidemia universal. Ambas son religiones sin Dios, centradas en este mundo y no en el más allá. En la novela de Houellebecq, los Elohimitas buscan la vida eterna a través de la anulación de la muerte. Para ello recurrirán a la ciencia de la clonación, para replicar el cuerpo, siempre joven y sano, y transplantarle la memoria y la personalidad del original.

El principal interés del profeta Elohimita, sin embargo, será el sexo. Él predica el amor libre, y se rodea de un sumiso y joven harén. Seguir disfrutando de los placeres de la carne es un motivo más que suficiente para buscar y desear la inmortalidad... aunque la solución que proponen los elohimitas, contradictoriamente, acabará haciendo innecesario y hasta inconveniente el sexo como forma de reproducción (dado que con la clonación se perpetuarán los individuos ya existentes, no será buena idea agregar nuevos. Abolir la muerte implicará necesariamente abolir también los nacimientos).

En la novela de Gore Vidal, la religión Cavita nace cuando el empleado de una empresa de pompas fúnebres llamado John Cave recibe un conocimiento súbito, una iluminación: la muerte nos libera, nos disuelve en la nada, y esto es bueno, incluso maravilloso: “son los vivos los que padecen”, dice Cave. Los muertos forman parte de ese inconcebible todo que es la Nada. El mensaje de Cave, simple, directo y poderoso, es retransmitido por televisión desde la capilla de la funeraria en donde trabaja, y el efecto es inmediato: John Cave libera al mundo del Miedo, que es el miedo a la muerte. Sus adeptos se multiplican por millones. La prematura muerte del mesías tanático disparará aún más su credo hacia el éxito: pronto, los seguidores de Cave no querrán esperar la muerte natural, y optarán por la “vía cavita”, el suicidio.

Ambas ficciones encuentran eco en el mundo real: Houellebecq se inspiró abiertamente en el movimiento Raeliano para crear su religión. Este culto nació en 1973 a partir de las doctrinas de Raël, un profeta autoproclamado nacido en Canadá. Los Raelianos, que afirman que el propio ser humano es en su origen un clon, un experimento de otra raza venida del espacio, anunciaron en 2002 que habían conseguido clonar una mujer a la que llamaron Eva. Sus rituales también giran en torno al sexo y la libertad sexual: Las mujeres raelianas organizan marchas públicas a pecho descubierto (las llamadas Boob March) bajo el lema “libera tus pechos, libera tu mente”. Personalmente no le encuentro ninguna objeción a estas aspiraciones de inmortalidad y abundancia carnal. Que estas ideas le fueran reveladas a Raël mientras estuvo abducido por un platillo volante no les quita mérito. 

Por el otro lado, existe un movimiento (aunque no está organizado como religión) llamado Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT), que promueve la desaparición del género humano como la solución idónea a los problemas medioambientales. Hay que reconocer que esta también es una buena idea. Eso si, a diferencia de los Cavitas de la ficción, los “vehements” (nombre surgido a partir de las siglas en inglés del movimiento) no son partidarios del suicidio, del asesinato o del genocidio. Simplemente promueven la abolición voluntaria de la reproducción: si nadie tiene más hijos, en un breve lapso de tiempo la molesta humanidad desaparecerá, y con ella los problemas. Una actitud altruísta llevada hasta sus últimas consecuencias.

Ambas posturas, aunque afirmativa una y negativa la otra, comparten algunos puntos esenciales. No solo prescinden de Dios, como ya dijimos, sino que también prescinden de un “mas allá”, de la idea de una segunda oportunidad ultraterrena. Tanto en la línea Cavita como en la Elohimita, la cuestión es seguir siendo o no seguir siendo aquí, en este valle de lágrimas. Ambas, en definitiva, son formas contrapuestas del sentido común. Creo que ambas acabarán siendo modelos para las sectas triunfantes de este nuevo siglo, para las nuevas verdaderas religiones, y desde ya las apoyo calurosamente (eso sí, no les pienso donar ningún porcentaje de mis ingresos).

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