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Sangre, sudor y patadas voladoras

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A la hora de desarrollar un Arte Total, el Gran Espectáculo del Exceso, la vieja Europa se acabó decantando por la ópera o el circo. América, con mejor criterio, eligió la lucha libre.

Comenzó llamándose Cachacascán, nombre derivado  de la expresión inglesa “catch as can” (agarrarse de donde se pueda), para acabar llamándose catch, wrestling, o simplemente lucha libre. Ha crecido en países como Argentina, Chile o Perú, y también en los Estados Unidos, pero sin lugar a dudas es en México, en donde la puesta en escena de la lucha libre se prolonga más allá del cuadrilátero, el lugar en el que ha encontrado su centro. Allí, luchadores como Santo el enmascarado de plata, Blue Demon, Mil Máscaras, Tinieblas, Octagon, el Doctor Wagner, Máscara Sagrada y tantos otros han sedimentado con el paso de los años en un culto pagano que ha saltado del ring al cine, el comic, la fotonovela e incluso a la política.

En la lucha libre se escenifica la violencia. Hay golpes ensayados que parecen reales, y golpes reales que no parecen tener consecuencias. También hay “buenos” y “malos”. Y luego está el público, que con su indispensable participación, con sus gritos y sus abucheos, sus estímulos a la acción (¡¡mátalo, mátalo!!...), hacen de la lucha libre el primer arte interactivo de la historia desde los tiempos de Nerón y el circo romano.

En el combate, las reglas son simples: gana quien pone de espaldas en la lona a su rival hasta la cuenta de tres. Pero en la lucha libre las reglas son lo de menos. O más bien, las reglas son importantes en un sentido: están hechas para ser transgredidas. Uno de los aspectos de la lucha libre que siempre me ha fascinado y que me produce una intensa emoción es el papel del árbitro durante el combate: el árbitro o referee, máxima autoridad sobre el ring, se expone en cualquier momento a recibir una soberana paliza. Pongamos un ejemplo: un luchador pone de espaldas a su contrincante, el árbitro demora en la cuenta, y el rival se zafa resultando clara e injustamente favorecido. El público (¡nosotros!) se indigna, se siente estafado, abuchea. El luchador perjudicado toma entonces al árbitro de un brazo, lo hace rebotar contra las cuerdas, lo levanta sobre su cabeza y después de girarlo tres veces en lo alto lo arroja sobre la platea. El luchador será probablemente descalificado pero se lleva el aplauso y la enorme satisfacción del respetable.

Las llaves o tomas y los golpes son otro de los atractivos de este noble arte: clásicos como la Quebradora (golpe de rodilla a la espalda), la Doble Nelson (trabar los antebrazos del oponente por la espalda presionando a la vez sobre la nuca), la Patada Voladora (golpear con ambos pies en el torax del rival), el Piquete de Ojos (¡totalmente ilegal! pero muy utilizado...), la Maroma, la Silla o el Cortito, se combinan con otras llaves o golpes de creación personal o simplemente improvisados.

Pero tal vez el elemento más característico de la lucha libre lo constituyan las máscaras. No todos los luchadores llevan máscaras, pero desde luego los que sí las llevan son los más interesantes. No lo digo yo, lo dice Nietzsche: “Todo ser profundo necesita una máscara”. Y es que la máscara representa una nueva personalidad que es la que adopta un luchador cuando se la pone, y que en México acompaña al gladiador siempre que se muestre en público, al punto de que nunca se llega a conocer su verdadera identidad. Cada máscara reviste unas cualidades, unos poderes, que pasa a encarnar el hombre que se pone detrás de ella. Por eso la pérdida de la máscara en un combate representa la pérdida del honor, la máxima humillación a la que se tiene que enfrentar el luchador.

Hay, en fin, fenómenos menos difundidos fuera de México en el apasionante universo de la lucha libre, como los combates de Luchadores Minis (enanos), algunos muy populares como Octagoncito o Mascarita Sagrada. O los combates de lucha libre femenina que se realizan en la popular Arena Femenil de México.  

Para acabar, una anécdota. En su autobiografía, Karadagián, un luchador que en su país, Argentina, representa un mito a la altura del de Maradona, cuenta que cuando en su juventud recorrió Europa realizando su aprendizaje, apuntándose a cuantos campeonatos y combates de lucha se encontrara a su paso, tuvo la oportunidad de enfrentarse una vez en un cuadrilátero a un joven y atlético sacerdote muy aficionado a la lucha libre. El cura, un polaco, se llamaba Karol Wojtyla. No aclara si llevaba máscara, ni tampoco consigna el resultado del combate. Lástima. No he podido comprobar la veracidad de la anécdota, pero dado que merece ser cierta, la doy por buena.

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