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Peregrinación a la ciudad sagrada (segunda parte)

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Siempre el hombre ha tenido la intuición de que hay un orden detras del aparente caos del universo. Tras la virtual improvisación en la que se desenvuelven los sucesos, podría haber un sentido, o lo que es lo mismo, un Diseño. Si es así, este Diseño sería expresable en guarismos matemáticos, y también, matemáticamente, se podría predecir el resto del desarrollo, o lo que es lo mismo, lo que va a pasar en el futuro. El destino no sería casual, respondería a un esquema y por lo tanto podríamos anticiparlo perfectamente. Todo esto, desde la oscura religión creada por Pitágoras en adelante, no pasaba del terreno de la especulación hasta que, a mediados de los 50 un matemático, Ed Thorp, desarrolló mediante el cálculo de probabilidades aritméticas un sistema para ganar al Black Jack (y no, no le dieron el Nobel. Otra injusticia...). El método, que consistía básicamente en llevar una cuenta mental de los valores de todas las cartas que van saliendo a la mesa hizo saltar la banca de los casinos de Las Vegas (Thorp lo publicó en un libro “Beat the Dealer”). Los casinos se vieron obligados a prohibir el juego a los llamados “contadores de cartas”: en cuanto detectaban a uno en alguna mesa -la cara de intensa concentración necesaria para el conteo los delataba- amablemente eran sacados a patadas de la sala.

Los “contadores de cartas” son la avanzadilla de los verdaderos Sumos Sacerdotes del culto: los que se enfrentan a la Gran Diosa del Azar: la ruleta.

Se trata de demostrar taxativamente que el azar no existe, y la mejor manera de demostrarlo es hacer saltar la banca de un casino de Nevada. Los métodos utilizados son sistemas de juego basados en progresiones matemáticas, un “cálculo estocástico” si nos ponemos estupendos, La fórmula más clásica es la Martingala, que, grosso modo, consiste en partir de una apuesta base e ir duplicando la apuesta cada vez que se pierde. Es decir, usted apuesta diez: si pierde, apuesta veinte; si vuelve a perder, apuesta cuarenta, y así hasta que acierta, en cuyo caso el monto ganado cubre las pérdidas anteriores. Matemáticamente impecable, o casi.

Otras progresiones célebres son la Progresión D’Alembert, la progresión inversa de Labouchere o la serie natural de Fibonacci. La D’Alembert es un sistema piramidal: usted aumenta una unidad su apuesta después de perder, y disminuye una unidad la apuesta después de ganar. La D’Alembert es más traicionera que una paraguaya despechada, me susurra José Martingala mientras me apunta con el dedo. Yo no alcanzo a ver la relación.

En cuanto a la fórmula de Labouchere, lo único que me quedó claro es que sería perfecta en una situación en la que el casino no tuviera límites de apuesta y nuestro capital a arriesgar fuera infinito. Me parece que queda lejos de una situación real.

Más simpática me resultó la serie de Fibonacci: el hombre, un matemático del medioevo,  vino a descubrir una serie de números que existe en la naturaleza (determinando, por ejemplo, la estructura de la caparazón de un molusco o la distribución de las semillas de un girasol). La serie es: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144... cada número se determina por la suma de los dos anteriores. Siguiendo esta fantástica serie, el valor de cada apuesta se establece sumando el monto de las dos anteriores que se hayan perdido.

Bien éstos son, simplificados, los sistemas clásicos. Hay más, muchos más: La “Molienda de Oscar”, la Progresión Holandesa, la “Marcha de Wrangler”, el Sistema Reika, la Progresión Campanas... las fórmulas y los conjuros no paran de crecer. Llegará un día en que algún iluminado, algún mesías, descubra el sistema perfecto para abolir el Azar, y entonces el futuro quedará definitivamente cerrado.

Me despedí emocionado de mi gran amigo José Martingala, y regresé a la patria a escribir estas notas, sintiéndome un poco más sabio. Y de hecho ya me están entrando ganas de probar yo también alguna de éstas fabulosas doctrinas... la martingala, la serie de Fibonacci... no tengo ahora mismo a mano una ruleta de casino convencional, así que lo intentaré, provisionalmente, con la ruleta rusa. Ahora vuelvo.





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