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No hay peor ciego que el que no quiere oír

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Cuando le pedían que explicara el significado de sus enigmáticos dibujos, Adolf Wölfli enrollaba una hoja de papel y tocaba con ella un largo solo de trompeta a ritmo de polka o de mazurka.

Para Wölfli, sus pinturas podían sonar, o al revés, la música que había en su cabeza coloreaba el papel en el que dibujaba.
Más de uno podrá pensar que Wölfli estaba loco. Bueno, el caso es que sí, estaba como una cabra. De hecho, era un loco peligroso, una mala bestia que vivió en riguroso encierro sus últimos 35 años de vida, pero la capacidad de hacer sonar los colores, ver los sonidos, saborear las formas o tocar los olores no es una habilidad privativa de los dementes. Se trata de una extraña mezcla de los sentidos conocida como sinestesia.

Volvamos a Wölfli. Este salvaje campesino suizo representaba un verdadero problema para el personal del hospital psiquiátrico de Waldau: aporreaba a médicos e internos con el mismo democrático entusiasmo. Hasta que a un doctor se le ocurrió darle un lápiz: santo remedio. El montañés peludo comenzó a rellenar papeles con complejísimos y sofisticados diseños que parecía salir de la nada, y no paró hasta acabar con el grafito. Así, con una estricta dieta de dos lápices a la semana, y bajo amenaza de no volver a darle otro si sacudía a algún interno, Adolf Wölfli produjo una monumental obra de dibujos y pinturas para trompeta de papel y voz solista, única en el mundo.

Su psiquiatra de cabecera, Walter Morgenthaler, le regalaba cada navidad una caja completa de lápices de colores (óleos no, que eran caros), que le llegaban a durar a Wölfli hasta un par de meses. A cambio, se convirtió en su primer coleccionista, y en el impulsor de un museo con su obra en Berna, Suiza.

Adolf Wölfli, que murió en el loquero en 1930, es tenido hoy por el más grande artista psicótico de la historia, con una obra que abarca unos 25.000 papeles, dibujos y diseños de increíble densidad, que son a la vez música y literatura. Junto a sus dibujos, dejó instrucciones precisas sobre cómo debían interpretarse musicalmente. Naturalmente, al día de hoy, nadie consiguió tocar una obra de Wölfli, el que ha sido llamado alguna vez “el Leonardo da Vinci de la inteligencia disociada”.

Pero si la locura es sufrimiento y no provoca ninguna envidia, por el contrario esa magia simpática, esa especie de fusión de los sentidos que los neurólogos llaman sinestesia es un don maravilloso. Aparentemente, todos nacemos sinestésicos, pero en los primeros meses de vida, las respuestas a los estímulos externos (luz, ruido...) empiezan a diferenciarse, creando islas sensoriales en el cerebro. Y así, sólo podemos ver colores, u oír sonidos... ¿Todos? no: un conjunto de irreductibles gal... digo, personas, resiste, conservando una “conectividad anatómica no habitual” entre los distintos módulos sensoriales del cerebro. En otras palabras, en estos individuos, por alguna razón desconocida, los sentidos se mantienen enlazados, generando “un nuevo mundo de sensaciones”, como dicen los anuncios de yogures.

La sinestesia está en el origen del arte abstracto: Kandinsky y Mondrian, entre otros, eran sinestésicos. También lo eran grandes músicos como Schoenberg o Scriabin, o poetas como Baudelaire. Se dice que una cierta dosis de LSD provoca temporalmente sinestesia en la persona que lo consume. De hecho, el arte psicodélico es considerado un arte claramente sinestésico.
Una cosa es segura: vaya uno a saber cómo es el mundo, pero no todos lo percibimos igual.

A mí, de hecho, mi contrato laboral me huele a podrido. ¿será la sinestesia?

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