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Mi novia es un ectoplasma

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Bien dicen que el amor no sabe de fronteras, y esto es especialmente cierto cuando hablamos del espiritismo, aquel culto que hizo furor entre las elites ilustradas del siglo XIX. Estamos pensando especialmente en la hermosa e inquietante relación que unió fugazmente a todo un premio Nobel de ciencias con el espíritu materializado de una muchacha muerta doscientos años antes.

Anunciado por sir Arthur Conan Doyle como “el acontecimiento espiritual más importante desde el nacimiento de Jesús”, el movimiento espiritista no paró de crecer desde que a mediados del siglo XIX unas adolescentes norteamericanas, las hermanas Fox, se comunicaran por vez primera con el espíritu de un difunto. A partir de ahí, los más célebres mediums  (nombre con el que se conoce a los oficiantes de las sesiones de espiritismo) se pasearon por medio mundo, dando sesiones privadas ante la reina de Inglaterra o el mismísimo zar de Rusia, y fascinando a buena parte de la intelectualidad europea. Los mediums de entonces llegaron a tener categoría de estrellas, generando episodios a cual más sorprendente. Cuentan que cuando una de las hermanas Fox contrajo matrimonio, la tarta de bodas levitó. El célebre medium D. D. Home también levitó en medio de una sesión hasta quedar en horizontal contra el techo, y en esa posición salió por una de las ventanas de la sala para entrar por otra inmediatamente después. Los hermanos Davenport llenaban los teatros de las grandes capitales europeas, haciendo sonar instrumentos musicales mientras permanecían atados de pies y manos a una silla.

Pero sin duda, todos estos prodigios se quedaban pequeños ante el fenómeno más impresionante producido por los mediums más dotados de la época: la materialización de personas venidas del Mas Allá, a través de la exudación de ectoplasma.

Para quien nunca se haya encontrado con la palabra, el ectoplasma es una sorprendente substancia que segregan los propios mediums a través de los orificios corporales, generalmente la boca, la nariz o las orejas. Es una materia viscosa y blanquecina, ligeramente fosforescente. Se desprende del cuerpo del medium como una emanación, como un denso humo, y luego va adoptando formas y tomando consistencia, hasta materializarse en manos, rostros, y en casos excepcionales, en personas enteras, tomando la perfecta apariencia de vida orgánica real. Tal era la habilidad de una poderosa medium llamada Florence Cook, una de las protagonistas del extraño affaire que hoy queremos recordar aquí.

Florence Cook contaba tan solo quince años cuando sus extraordinarios poderes mediumicos llamaron la atención de la prensa y de la sociedad londinense. Tanto, que sir William Crookes, el eminente científico y Nobel de química, descubridor del talio –uno de los elementos de la tabla periódica– y uno de los más destacados investigadores de su época, decidió participar en una de las sesiones de la joven medium, con la higiénica intención de someter el acto a pruebas científicas estrictas y desenmascarar el previsible fraude.

Y así comenzó la primera sesión, una tarde de 1872: con las luces tenues, como es habitual, la medium se mete en un gabinete oculto tras un cortinado, fuera de la vista de los presentes. Minutos después sale una joven vestida totalmente de blanco, que se pasea entre los atónitos concurrentes. Ante las preguntas que se le hacen, la emanación ectoplásmica dice llamarse Katie King, de 23 años, y afirma llevar muerta unos doscientos años. Luego desaparece otra vez tras las cortinas, de donde al tiempo vuelve a emerger Florence Cook, ya de vuelta de su trance. La sesión se vuelve a repetir tarde tras tarde, con el mismo resultado. Sir William pregunta a la joven espectral si puede tocarla, y comprueba así la extraordinaria carnalidad de la aparición: su piel es firme y cálida, diríase que sin ninguna diferencia aparente con la de cualquier muchacha viva. Katie King charla con los concurrentes, contesta a todas las preguntas, y se pasea alegremente por la sala durante un buen tiempo, antes de regresar al gabinete en donde es reabsorbida por la medium.

Algunos asistentes se muestran escépticos. Afirman que Katie King y Florence Cook son tan parecidas que se diría que son la misma persona con distintas ropas. Pero sir William Crookes no comparte esa opinión. Él sostiene que, mientras la medium es una muchacha sin especial interés, el ectoplasma es una joven fascinante. Florence, dice, es más bajita. Su pelo es castaño y su piel morena. Katie, en cambio, tiene preciosos cabellos de un tono claro, y es más alta y grácil. “El cuello de Katie era anoche limpio; la piel perfectamente lisa tanto a la vista como al tacto, mientras que el de la srta. Cook es más ancho y más áspero”, escribe. Tan encantado está el científico con el espectro materializado, que la visita regularmente durante los siguientes tres años, casi cada día, en sesiones nocturnas. Sus conversaciones son largas y animadas, mientras se pasean del brazo por la sala en penumbra. Un buen día, sir William le pide a Katie que le permita fotografiarla, y así llega a obtener unas cuarenta y cuatro placas de la joven ectoplásmica.“Pero la fotografía es tan inadecuada para resaltar la perfecta belleza de la cara de Katie, como las palabras son impotentes para describir de alguna manera sus encantos. La fotografía puede dar de hecho un mapa de su cara; pero ¿cómo puede ella reproducir la pureza de su tez brillante, o la expresión de sus gestos ahora eclipsada por la tristeza de recordar alguna de sus amargas experiencias en su última vida?” apunta emocionado Crookes en sus escritos sobre el caso. Tanto lo fascina Katie que hasta llega a dedicarle apasionados poemas.

Pero la relación de sir William Crookes con la jovencísima Katie es imposible, debido a la diferencia de edad: ella tiene casi doscientos años más que él. Finalmente, la dama espectral toma una difícil decisión: no volverá a materializarse nunca más. Crookes lo acepta con resignada entereza. En la última sesión le lleva un gran ramo de lirios, a manera de despedida.

Con el correr de los años, los ectoplasmas prácticamente dejaron de manifestarse. Las malas lenguas dicen que la popularización de la luz eléctrica en todos los hogares modernos acabó matando al espiritismo, cuyas sesiones se hacían a la tenue luz de las lámparas de aceite. Quién sabe. Lo que sí es seguro es que la luz eléctrica mató, definitivamente, al romanticismo.       

 

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