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La inteligencia se puede comer

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El hombre era el centro de la creación, estaba en la cima del mundo, era el rey del mambo. Pero entonces llegó Charles Darwin, y el hombre bajó de la cima para ser un animal más, aunque con una ventaja evolutiva: su inteligencia. Así fue hasta que llegó Oscar Kiss Maerth, con su teoría y sus descubrimientos, y colocó al hombre en el sitio que realmente le corresponde, muy por debajo del resto de los seres vivos en la escala de la evolución: un mono trastornado, caníbal, antinatural y degenerado, camino de su autodestrucción.

Era evidente que la teoría de la evolución de Darwin dejaba muchos huecos, demasiadas preguntas sin respuesta satisfactoria: el salto evolutivo del mono al homo sapiens era demasiado grande. Kiss Maerth elaboró a cambio una teoría del origen del hombre mucho más consistente: la evolución no se dio en el ser humano de manera natural, sino mediante un procedimiento claramente contranatura: la manipulación del propio cerebro a través del canibalismo.

En tiempos prehistóricos, algunos simios se dieron cuenta de que comiendo el cerebro de otros simios, conseguían un aumento en su vigor sexual. Cegados por la lascivia, dicha práctica se extendió. Más tarde, se dieron cuenta de que la ingesta de cerebros de sus congéneres les proporcionaba además un aumento duradero de su inteligencia. Como consecuencia, su masa encefálica creció exponencialmente, empujando la bóveda craneal. Pero el hueso no dio lo suficiente de sí, y el enorme cerebro se comprimió, generando episodios de agresividad extrema y locura. El deseo sexual se extendió más allá del período natural del celo, y una inteligencia retorcida se engendró dando a este mono asesino y caníbal la pronta supremacía entre los seres vivos. El exceso de inteligencia, biológicamente infundada, nos demuestra a las claras que el ser humano no fue el resultado de una evolución natural, ni de una evolución sana. El hombre se ha hecho a sí mismo contradiciendo a la naturaleza, mediante la manipulación de su propio cerebro.

De todo esto dejó constancia el húngaro Kiss Maerth en 1970, en su célebre libro "En el principio era el fin", un auténtico bombazo que dinamitó el frágil edificio de la teoría de la evolución de Darwin. 

Kiss Maerth describe en su libro cómo el cerebro tiene que estar fresco para mantener intactas todas sus propiedades alimenticias, por lo que los simios caníbales debían comerlo directamente del cráneo de su víctima agonizante. No tardaron mucho en descubrir que era más nutritivo el cerebro de los propios monos caníbales, que los procedentes de simios normales, por lo que los futuros humanos empezaron a comerse entre sí. Las pobres hembras recibían una alimentación a base de cerebros menos abundante que la de los machos, lo que para Kiss Maerth explicaría perfectamente el, a su juicio, menor desarrollo intelectual de la mujer. 

Pero los simios no son carnívoros por naturaleza. Y como ocurrió hace poco tiempo con las llamadas "vacas locas", que por comer piensos de origen animal acabaron perdiendo el norte, aquellos monos caníbales se trastornaron irremediablemente. Entre su dieta antinatural y la tremenda presión de sus cerebros aumentados atrapados en un cráneo demasiado estrecho para contenerlos, la degeneración de la especie, hasta llegar a lo que somos hoy en día, fue inevitable. Entonces, la auto-trepanación de sus cabezas ayudó a disminuir la dolorosa presión intracraneal que sufrían constantemente. Otra práctica habitual fue la deformación de las cabezas mediante el uso de tablillas de madera que se ataban fuertemente al cráneo desde la infancia, para que este se fuera abombando poco a poco hacia arriba. Cráneos así se han encontrado en excavaciones arqueológicas de América, Europa y África, al igual que cientos de miles de calaveras trepanadas.

Pero el libro de Kiss Maerth no solo acabó con la teoría darwiniana de la evolución, tampoco dejó muy bien parada a la cosmovisión cristiana, que parte de la ahora insostenible idea de que Dios hizo al hombre "a su imagen y semejanza". Sin embargo, Kiss Maerth opinaba que, al menos a un nivel simbólico, la Biblia presenta un cuadro bastante acertado de la creación: tal como se describe en el Génesis, el hombre comió del "fruto prohibido", del fruto del conocimiento, y por esta acción se condenó. Evidentemente, el fruto del conocimiento no es otro que el propio cerebro, un fruto "prohibido" puesto que comerlo implicaba caer en el canibalismo. Pero el hombre, incitado por "la serpiente", símbolo del impulso sexual, cedió a la tentación gastronómica, y por ello sufrió la caída. En el paraíso el hombre vivía en armonía con todos los animales (señal irrefutable de que entonces era vegetariano). Y por comer del fruto prohibido, Kiss Maerth sostiene que el hombre se condenó al trabajo, su castigo eterno (puesto que las nuevas “inquietudes” y la tremenda ambición de su nuevo cerebro lo obligaron a tener que trabajar a perpetuidad).

“En el principio era el fin” se convirtió rápidamente en un best seller, pero tal fue el impacto de su teoría que pronto pasó a ser un libro maldito y raramente se volvió a editar. Como curiosidad, el grupo de pop vanguardista Devo, cuyos miembros eran admiradores de la teoría de Maerth, reprodujo en la cubierta de su disco de 1988 "Ahora se puede decir" la portada de la primera edición en inglés de “En el principio era el fin”, en la que se veía, recortada sobre un fondo rojo, una de esas cabezas con el cráneo deformado hacia arriba y con un agujero de trepanación en la frente. Se llegaron a vender muchas camisetas con esta imagen.

Oscar Kiss Maerth, que pasó sus últimos años retirado en una casa al borde del lago Como, al norte de Italia, predijo que la propia dinámica del accionar humano, su hiperactividad, afán de competencia y conquista, su locura y violencia innatas, lo llevarían a volver al canibalismo del que alguna vez surgió, empujado por las hambrunas que nos esperan debido a la creciente superpoblación. Su consejo: el hombre debe volver a ser vegetariano (él lo era de manera estricta), y deberá alterar su cráneo para lograr una cabeza en forma de cono que libere la presión a que está sometido nuestro cerebro. Quizás así, como una renovada raza de caraconos veganos, recuperemos la cordura y nos salvemos.

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