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Galería de genios olvidados: Franz Antón Mesmer

mesmer.jpgEstamos en el interior de un lujoso hotel de la plaza Vendome, en el París de 1780. Un grupo de señoras y caballeros elegantes están sentados alrededor de una gran artesa metálica llena de agua sulfurosa hasta los bordes. Una cuerda los mantiene atados entre sí, y a su vez a la artesa. Suena una música exótica, y entre el humo de los inciensos Mesmer, ataviado con una túnica morada, va tocándolos uno a uno con una varita de metal. Algunos gimen y sacuden la cabeza. Otros caen hacia atrás, los ojos en blanco.

Más allá, en el gran salón de tapices orientales, una hermosa señorita aguarda sentada en un canapé. Mesmer se acerca lentamente, los ojos negros fijos en sus ojos. La joven se agita. Mesmer mueve las manos frente a ella, hacia arriba y hacia abajo, sin dejar de mirarla intensamente, sin pestañear. Ella se retuerce entre alaridos. Los espasmos están a punto de tirarla al suelo, pero Mesmer rápidamente la sujeta y con mano firme la conduce hasta un pequeño cuarto acolchado al fondo del salón. Es el “gabinete de las crisis”.

Mientras tanto, los convulsos personajes atados a la artesa, la “cubeta de la salud” de aguas imantadas, empiezan a volver del trance. Un ayudante los va desatando. Están curados.

Media hora más tarde, se abre la puerta del cuartito del fondo y emerge la hermosa muchacha, las mejillas rojas y el peinado alborotado. Sonríe, está curada. Detrás sale Mesmer, abrochándose la túnica.

Los caballeros y las señoras se van yendo. Antes, pagan generosamente. Paga incluso la muchacha. Porque todos han sido curados.

Pero, ¿quién es Mesmer?
Es el padre del Mesmerismo, ni más ni menos.
Mesmer estudió medicina en Viena, y sus investigaciones lo llevaron a descubrir lo que él llamó “magnetismo animal”, un fluído vital que impregna todo el universo: los animales, las personas y las cosas.
Descubrió que por medio de unas varas imantadas podía hacer fluir esa energía a través de su cuerpo, y traspasarla a sus pacientes, para curarlos. Más tarde prescindió de varas, le bastaban sus manos.

Llegó a París en un clima de revolución y se convirtió en el médico de moda. La alta sociedad hacía colas frente a su consulta.
Él no se olvidó de los pobres: imantó uno de los árboles de la vecina calle de Bondy, para que los que no pudieran pagar sus honorarios se ataran a él y se beneficiaran de las bondades salutíferas de su magnetismo.

Pero llegaron malos tiempos para Mesmer. Un comité de científicos, bajo órdenes del rey y espoleados por la envidia de su éxito, dictaminó que el “magnetismo animal” sencillamente no existía. Así sin más.

Mesmer murió pobre y en el exilio, y hoy nadie habla del Mesmerismo.
Sin embargo, un discípulo suyo, partiendo de sus teorías desarrolló una técnica para poner en trance a sus pacientes y curarlos de ciertas enfermedades psicosomáticas. Lo llamó “hipnosis”.
En Viena, un grupo de doctores seguidores de Charcot, que había leído con atención los escritos de Mesmer, desarrollaron una forma de tratar los síntomas histéricos que se empezó a conocer como “psicoterapia”, y más tarde “psicoanálisis”.
Hoy en día los homeopatas no desconocen los efectos de la curación por autosugestión, y las llamadas terapias de grupo son ampliamente utilizadas.

Pero Mesmer sigue sin tener, que yo sepa, ni una triste estatua en Viena, en Praga o en París, ciudades atestadas de monumentos a cabrones con caballo.
Una injusticia como tantas.




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