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En misa y repicando: el don de la bilocación

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Cuentan que cuando decidieron expulsar de Francia al gran mago y alquimista Cagliostro, después de un juicio y una temporada de encierro en La Bastilla, éste abandonó por su propio pie la ciudad de París. Por aquel entonces, la capital de Francia era un recinto amurallado con cinco puertas de acceso: Cagliostro fue visto por varios testigos, la mañana de su destierro, atravesar caminando las cinco puertas, situadas a cada extremo de la ciudad, exactamente a la misma hora.

Siempre me impresionó esta escena. Cuando uno no es bien recibido en un sitio, no hay nada como marcharse con estilo.
Pero no es este el tema que quería comentar. El caso es que a Cagliostro se le reconocía, entre otras habilidades, el don de la ubicuidad. La capacidad de estar en varios sitios a la vez, literalmente hablando. Podría sonar a truco de charlatán de feria, si no fuera por un detalle que hace que esta cuestión no sea equiparable a doblar cucharillas de café con la mente y talentos similares: el don de la ubicuidad, o bilocación, está reconocido por la santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Estamos, por lo tanto, hablando de algo serio.

Tan serio como que es una de las pruebas más sólidas a la hora de elevar un santo a los altares. En los procesos de beatificación y canonización, procesos rigurosamente jurídicos, la iglesia exige como requisito la realización, documentada y demostrada, de unos cuantos milagros por parte del postulado. Concretamente, el aspirante a beato debe contar en su haber con dos (2) milagros, y debe sumar otros dos (2) para llegar a santo. En el Vaticano existe un pequeño ministerio llamado “Congregación para la Causa de los Santos”, que es el que se ocupa de investigar y comprobar la existencia de estas señales divinas. Vendría a ser como ese departamento del FBI que se ocupa de los expedientes X. Mulders y Scullys con sotana.

Tomemos como ejemplo la reciente beatificación del popular “Padre Pío” de Pietrelcina. Para su candidatura, se le comprobaron un par de milagros: uno, la súbita curación de un moribundo, un milagro relativamente corriente. El otro, en cambio, ya era una proeza más llamativa: el Padre Pío había bautizado a una recién nacida en un punto de Italia mientras oficiaba misa en un convento en otra zona del país, a la misma hora.
Ésto es lo que se conoce técnicamente como “bilocación”, la presencia simultánea de una misma persona en dos lugares diferentes. Un raro talento, evidentemente, pero del que gozaron unos cuantos personajes a lo largo de la historia: el Papa San Clemente, San Antonio de Padua, San Martín de Porres o San Francisco de Asís, por citar sólo a los más famosos.
O el llamativo caso de Sor María de Ágreda, una monja que en el 1600 evangelizó a todo un pueblo de aborígenes de Nuevo México sin haber salido nunca de su convento en España: cuando los misioneros llegaron a América, y tomaron por primera vez contacto con los indios Jumanos, descubrieron que éstos conocían el catolicismo gracias a Sor María, quien les había hecho ya más de quinientas visitas.

Pero vayamos al fenómeno en sí: Según el libro “Principios de la Teología Mística” del padre Serafín, partimos de que, lógicamente, el cuerpo físico está hecho de materia que, como tal, ocupa unas dimensiones específicas. Cuando se produce la bilocación, es evidente entonces que una de las dos presencias es el cuerpo propiamente dicho, y la otra es una “representación”, una figura aparente del mismo.
Ahora bien, según dicho tratado, la bilocación se puede dar de dos formas: “en espíritu” o “en cuerpo y alma”. En la primera, la persona física permanece en el punto de partida, y la que “viaja” es la representación. En la segunda, la persona bilocada se manifiesta físicamente en el lugar en donde hace su aparición, mientras que se representa sólo visualmente en el sitio que abandona.
La distinción entre una y otra forma puede sonar irrelevante. A mí, sin embargo, siempre me ha parecido más meritoria la segunda, cuando lo que se teletransporta es el cuerpo entero y no sólo la imagen. Me resulta... no sé... más difícil.
El caso es que el don de la bilocación es un poder que siempre he envidiado. ¿Cómo no envidiar a quien puede estar en dos sitios a la vez, yo que, a veces, no consigo estar del todo en uno solo? ¿No soñamos todos con tener un gemelo al que enviar a la oficina mientras permanecemos en la cama? ¿un mellizo adiestrado que vaya a clases en días de exámenes? ¿un sosías que cene los domingos con los suegros?

No es tan fácil. Como todo en esta vida, el don de la bilocación tiene su truco. No basta con cerrar los ojos, apretar las mandíbulas y los puños y contener el aliento, deseando intensamente estar en otro sitio (sé lo que digo, lo intenté varias veces). Según los expertos, es un don que Dios concede no para beneficio de quien lo experimenta, sino sólo para beneficio de los demás. Estrictamente para auxiliar a las personas que lo necesitan.
Y es que, como dijo Spiderman, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

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