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Elvises de terciopelo negro, un arte nacido del turismo de borrachera

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Que la década del setenta del siglo pasado fue un período de desaforado buen gusto y sublimidad sin límite, lo demuestra la que quizás fue su expresión artística más característica y grandiosa: las pinturas sobre terciopelo negro, o black velvet art.

Así es: hubo una época no muy lejana en que los retratos de Elvis sobre terciopelo dominaban la tierra. Al menos, la tierra al norte del Río Grande. Y junto a los Elvis, todo un mundo de unicornios rosas, jesucristos, tahitianas desnudas, retratos de Nixon, perritos jugando al póquer, panteras amenazantes, vírgenes y toreros perfilados sobre lujurioso, fino y elegante terciopelo.

No se sabe a ciencia cierta el origen de esta disciplina, aunque se mencionan las pinturas sobre seda de Persia o de la antigua China. Incluso se dice que Marco Polo o los mismísimos cruzados ya habrían traído pinturas sobre terciopelo en su regreso a occidente. Pero lo cierto es que el auge de esta forma artística lo ubicamos en una época y lugar muy específicos: los Estados Unidos de América, que viven durante los años setenta una auténtica fiebre de terciopelo negro sin precedentes conocidos.

Pero ¿qué es exactamente el black velvet art? Son cuadros pintados usando como soporte el terciopelo en lugar del lienzo. El terciopelo que se utiliza habitualmente es negro, y queda expuesto en buena parte del cuadro. Las partes cubiertas con pintura, siempre en colores brillantes, destacan con especial intensidad, y permiten una inquietante utilización del claroscuro y un uso creativo del espacio negativo. Pero lo que mejor define a estas pinturas son sus temas, siempre muy característicos: figuras realistas de animales como tigres, panteras o unicornios; paisajes, habitualmente a la luz de la luna (el terciopelo negro da mucho juego en las escenas nocturnas), con  exóticas cascadas, lagos y colorida vegetación que recuerda vagamente a la Polinesia; retratos de celebridades de la televisión; toreros mexicanos en plena faena; payasos tristes; cristos y vírgenes... y Elvis, el motivo por antonomasia de las pinturas sobre terciopelo negro. Elvis cantando micrófono en mano, derramando una lágrima, agitando su capa de pedrería, sacudiendo la pelvis... todas las poses imaginables, llegando a crear un subgénero propio conocido como Velvis (contracción de "velvet Elvis").

Tengo en mis manos uno de los libros de referencia sobre el tema: Black Velvet Art, de la University Press of Mississippi, en donde se nos explica el sinuoso avance de la moda de estas pinturas desde Honolulu y Jalisco hasta el mismo corazón de la cultura americana. Según parece, el "padre de la pintura de terciopelo negro" fue el pintor Edgar Leeteg, un americano que en los años 30, siguiendo los pasos de Gauguin, se instaló en Tahití y comenzó a pintar sensuales mujeres semidesnudas sobre terciopelo negro. Los cuadros causaron sensación entre los marineros borrachos destinados en las bases de Hawai quienes, de vuelta a los Estados Unidos, llevaron a sus casas las novedosas pinturas. Luego los turistas acabaron arrasando con las obras de Leeteg. Más cerca de la frontera estadounidense, en Jalisco, nuevas multitudes de marines borrachos y turistas gringos empezaron a demandar aquellos "cuadros sobre terciopelo" que tanto les gustaban, de manera que los artistas locales comenzaron a producirlos en masa. Jalisco se acabó convirtiendo en la Meca del terciopelo negro. De modo que marines y turistas alcoholizados acabaron generando un nuevo y poderoso arte que, en poco tiempo, se extendería por todos los Estados Unidos, en una gran borrachera de terciopelo.

Desde los tiempos de las cruzadas, el arte sobre terciopelo negro ha ido prosperando allá donde las tropas en el extranjero van de compras. A través de la historia, los marines borrachos han ido por delante de los turistas, allanando el camino para que el black velvet art conquiste nuevos mercados. Así llegamos a la norteamérica de los años setenta, en donde casi con seguridad en cada hogar americano había un Elvis en terciopelo colgando de la pared del salón o sobre la chimenea. Hasta en la casa del propio Elvis es muy probable que hubiera uno.

En el Velveteria Museum de Oregon, el único museo del mundo íntegramente dedicado a las pinturas sobre terciopelo negro, explican las ventajas de esta técnica para los artistas: como gran parte del cuadro era la propia superficie  virgen del terciopelo, el ahorro en pintura era considerable (a diferencia de la pintura tradicional, que debía cubrir todo el lienzo). Además, era un procedimiento habitual el que, una vez acabado un cuadro y con la pintura aún fresca, se extendiera encima otro trozo de terciopelo para que, con una ligera presión, el cuadro se duplicara automáticamente, aunque en una imagen invertida. Muchos de estas parejas de cuadros "en espejo" se conservan en el museo. Si a Van Gogh se le hubiera ocurrido la idea, se hubiera ahorrado muchas penurias económicas.

En el propio Velveteria tienen una sala con lo que fue el no va más del género: cuadros sobre terciopelo negro hechos con pintura fluorescente. En la sala, acondicionada con "luz negra", los Elvises, los toreros y los unicornios parecen saltar de las paredes directamente a tu yugular.

Con los años, la moda de estas pinturas remitió hasta casi desaparecer. Una verdadera pena, pues nos podemos imaginar qué magníficos logros hubiera alcanzado esta técnica si hubiera avanzado hacia retos más grandes. Pensemos en la Capilla Sixtina vaticana enteramente forrada de terciopelo negro y pintada con tintes fluorescentes... Sencillamente glorioso.

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