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El reino de la basura de Homer y Langley

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Hace unos meses se editó en castellano Homer y Langley, la historia novelada de los hermanos Collyer y su fabulosa mansión de desperdicios. Dos personajes sobre los que se habló muchísimo en la Nueva York de mediados del siglo XX, pero sobre los que poco se conoce en el resto del mundo.

Homer y Langley Collyer, hermanos solterones que provenían de una acomodada familia tradicional americana, pasaron casi toda su vida encerrados monásticamente en su mansión victoriana de la Quinta avenida, un caserón de cuatro plantas y dieciséis habitaciones, llena hasta los topes de toneladas de periódicos y cientos de objetos variopintos que recogieron de la calle durante años. Abogado uno e ingeniero el otro, una vez muertos sus padres tomaron la decisión de recluírse, y llegaron a tapiar puertas y ventanas, deambulando como minotauros en su laberinto entre los “túneles” que formaban los interminables muros de periódicos que, apilados en bloques macizos los aislaban eficazmente del mundo exterior.

Sin luz ni agua corriente, usaban el motor de un Ford T aparcado en el salón principal a manera de generador, y al parecer cavaron en el sótano un pozo para llegar a las napas de agua de la ciudad.

A principios de 1947, el desplome de parte de las montañas de periódico acabó con la vida de uno de los hermanos. El otro, aislado a pocos metros, murió de inanición. Los bomberos, ante la imposibilidad de acceder a la impenetrable mansión, tuvieron que levantar parte del tejado, y sacar, por medio de grúas, las más de trescientas toneladas de basura acumulada para poder llegar a los cuerpos, tarea que les llevó semanas.

Doctorow, el autor del libro, ha escrito una biografía novelada, o más bien, una novela a partir de los Collyer, e intentando mostrar su punto de vista. Por eso, no hay rastros de sordidez en el relato que nos presenta. Es más bien la narración del largo camino hacia la autoexclusión del mundo y de los usos sociales llevada a cabo por dos personajes inevitablemente entrañables.

El autor cambia deliberadamente datos de la biografía (los Collyer mueren en 1947, mientras que en la novela llegan hasta 1970; la verdadera mansión Collyer estaba en la Quinta avenida a la altura del Harlem,  en una época en la que Harlem era un rico barrio residencial para familias blancas, pero en el libro el caserón se levanta justo enfrente del Central Park...), cambios con los que Doctorow nos quiere dejar claro que no es su intención levantar acta precisa de la vida de los hermanos sino descubrirnos la esencia de la leyenda que comenzó a tejerse tras su muerte. Así, hace pasar a los Collyer por la década del sesenta, para emparejarlos a los nuevos estilos de vida alternativos y presentarnos su guarida como una especie de Templo de la Disidencia frente al mundo de la sociedad burguesa y bienpensante (en el tramo de la novela más flojo, todo hay que decirlo...), y a su colección de diarios como un intento de llegar a elaborar un “periódico total”, una summa de todos los acontecimientos que pudiera llegar a contener el mundo. Como un gigantesco internet hecho de papel, y alojado en una casa.

Tras ser vaciada (aparte de las toneladas de periódico aparecieron catorce pianos, veinticinco mil libros, instrumental quirúrgico, cientos de metros de telas de todo tipo, maniquíes, una enorme colección de armas, varias bicicletas, frascos con visceras humanas, decenas de trenes de juguete, cuadros al óleo, una piragua... y, por supuesto, el Ford T), la estructura de la mansión estaba tan podrida y deteriorada que fue necesario derribarla. En su lugar se abrió un pequeño y melancólico parque, llamado hoy Collyer Brothers Park, en memoria de Homer y Langley.

 

Homer y Langley, de E. L. Doctorow, está editado por Miscelánea.      

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