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El palacio sin paredes de Edward James (y una novela)

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“Un excéntrico no es más que un loco con suficiente dinero para ser tomado en cuenta”. leemos en referencia al escocés sir Edward James en Londres después de medianoche, primera novela del mexicano Augusto Cruz. La sentencia, puesta en boca del protagonista, un detective privado en busca de una célebre película perdida de la época del cine mudo, condensa lo que mucha gente pensaba del muy adinerado y extravagante coleccionista de arte británico sir James, que dedicó varias décadas de su vida y toneladas de dinero a construir un peculiar complejo monumental en plena selva mexicana.

Pero vayamos por partes. La novela que nos vino a traer el recuerdo de sir James y su obra es una intriga construida sobre la pista de la más mítica de las películas perdidas: Londres después de medianoche, dirigida por Tod Browning en 1927 y protagonizada por el metamórfico Lon Chaney. Una cinta de terror y vampirismo (la primera rodada en Hollywood) cuya última copia se destruyó durante un incendio en los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer en los años sesenta. El filme se considera desde entonces oficial y definitivamente perdido, aunque la búsqueda afanosa de alguna copia no catalogada no ha cesado desde entonces por parte de coleccionistas y fanáticos. En el libro que nos ocupa, una ficción adornada con todo tipo de personajes de la vida real, es el mismísimo Forrest J. Ackerman, mítico coleccionista de objetos relacionados con el terror cinematográfico y la ciencia ficción, el que encarga a un antiguo agente del FBI jubilado la tarea de seguir el rastro de una hipotética última copia del filme.

Y es así como las pistas van llevando al detective hasta México, y finalmente hasta las Pozas de Xilitla, el edénico enclave donde sir Edward James, en lo más recóndito de la selva huasteca, en San Luis Potosí, edificó su fantástico monumento a la mayor gloria de sus obsesiones. No es gratuito que el autor, que es mexicano, acabe orientando las peripecias de la trama laberíntica hacia las Pozas, pues son, desde luego, el más perfecto “marco incomparable” que podamos imaginar para situar el desenlace de la extravagante historia que nos cuenta.

Sir Edward James (1907-1984) nació siendo ya rico. A la temprana muerte de su padre, un próspero industrial americano, heredó otra fortuna que lo hizo aún más rico. Su padrino (y según las malas lenguas, su verdadero padre biológico) fue el rey de Inglaterra, Eduardo VII. El joven James se dedicó a la vida bohemia y pronto se convirtió en mecenas de los más importantes pintores surrealistas. Sin casi proponérselo, acabó reuniendo una enorme colección de arte que con el tiempo lo ascendió a la categoría de asquerosamente rico. En su relación con el dinero, sin embargo, nunca fue de escatimar: durante a guerra de España no dudó en sugerirle a su amigo Buñuel que le compraría un bombardero para que el cineasta participe personalmente en el conflicto. Buñuel, al parecer, declinó el ofrecimiento.

Así las cosas, en los años cincuenta el inquieto sir Edward James acabó encaminando sus pasos hacia México. En una excursión por la sierra descubrió unas piscinas naturales, en medio de un paisaje exuberante, y decidió que allí mismo construiría su sueño. James adquirió una extensa superficie de terreno que incluía las pozas y sus cascadas de agua, con la intención de plantar allí orquídeas. Lo que al principio iba a ser un jardín, acabó transformándose después de treinta años en un complejo de extrañas construcciones de concreto, unas treinta y seis, distribuidas entre el enmarañado follaje tropical, y que incluyen plataformas, escaleras, columnas, grandes flores de cemento y otras formas vagamente vegetales, terrazas, arcos ojivales, puertas hacia ninguna parte y todo tipo de estructuras sin más propósito aparente que el de materializar el capricho de su creador. Lo más parecido a una edificación convencional es el llamado “castillo”, en donde residía el propio sir James. El mayor encanto de estas construcciones reside en que dan la impresión de estar a punto de ser devoradas por la naturaleza incontenible de la selva. Son como los restos de una extraña civilización perdida que de pronto se nos muestra por última vez entre el follaje.

Hay que decir que Edward James nunca llegó a poner personalmente una sola cucharada de cemento. Él, como buen sir, se dedicaba a garabatear sus ideas en un bloc de notas, mientras que un indio yaqui llamado Plutarco, que se convirtió en su amigo inseparable, hizo las veces de improvisado constructor. Ejerciendo de capataz, llegó a reclutar a más de cien lugareños para dar forma a las ensoñaciones de sir James. Éste luego se paseaba por las construcciones vistiendo una larga túnica blanca, como un viejo druida teletransportado a los trópicos y rodeado de papagayos y otras coloridas especies autóctonas con las que pobló el lugar (era un gran amante de la fauna, incluyendo las boas constrictor). Sir James no dudó en vender buena parte de su colección de arte para financiar la costosa empresa. El ardor constructivo de las Pozas solo se detuvo en 1984, con la muerte de Edward James. Hoy el conjunto es propiedad compartida por el estado y los descendientes de Plutarco, y se puede (y se debe) visitar.

Y volviendo a la novela de Augusto Cruz con la que empezábamos el post, hay que decir que si algo no le falta es documentación: la historia está plagada de referencias mitómanas y de cameos de todo tipo, un verdadero tour de force con forma de folletín por todos los hitos de la cultura popular que incluye vampiros y otros monstruos de cine, viejas estrellas del cine mudo, héroes de radionovelas mexicanas, cine de karatecas, enanos, gigantes, luchadores enmascarados, el asesino de Kennedy, agentes del FBI, un villano de opereta…. Como en muchas primeras novelas, el autor parece haber decidido poner en Londres después de medianoche toda la carne en el asador. Quizás tantas digresiones hacen que el resultado no sea redondo, pero desde luego es muy entretenido.


Londres después de medianoche, de Augusto Cruz, está editada en Seix Barral.

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