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El artista olvidado más famoso del mundo

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Entre los despistes más llamativos que nos ha dado la Posteridad, quizá ninguno como el que le ha sido deparado a John Banvard. Su nombre hoy no le dirá nada a nadie, y sin embargo hace siglo y medio llegó a ser el artista más célebre y de mayor éxito y fortuna del mundo.

La peripecia vital de Banvard es única (para quien quiera conocerla en detalle,que lea el excelente Gloriosos Fracasos, de Paul Collins editado por Mondadori): Joven y con talento para el dibujo, Banvard recorría los pueblos de Kentucky, entonces zona de frontera, ganándose malamente la vida como pintor de carteles y durmiendo al aire libre en los puertos del Mississippi.
Al poco consiguió trabajo haciendo telones de escenografía para un teatro ambulante, y allí aprendió a pintar rápido y a gran tamaño lienzos hechos para ser vistos a la distancia. Pero su vida cambió cuando vio en una feria de atracciones un “panorama”: eran éstos unos rollos continuos de lienzo pintado que se iban desplegando horizontalmente al girar una manivela, mostrando escenas de paisajes en forma sucesiva a la vista del público.

Banvard decidió que él haría un “panorama”, pero no uno cualquiera: haría la pintura más grande jamás realizada. Puesto que se había criado a orillas del río, no tuvo que pensar su tema dos veces: compró una pequeña barca y un baúl, que llenó de lápices y cuadernos de dibujo…

Porque John Banvard se propuso pintar, en todos sus detalles, desde su nacimiento hasta su desembocadura y en un solo rollo de lienzo continuo, el río Mississippi.

El río Mississippi tenía y tiene unos 5.000 kilómetros de costa, lo que nos puede dar una idea de la magnitud de su empresa. Se embarcó hacia 1842 y recorrió, solo y durante dos años, la inmensa distancia de lo que entonces era una casi despoblada y peligrosa frontera, desde Missouri hasta Nueva Orleans, tomando apuntes. Luego compró enormes bobinas de lienzo que unió, y en un viejo galpón de madera pintó lo que sería su obra maestra: el “Gran Panorama móvil del Mississippi de Banvard”, que decidió mostrar al público por primera vez el 29 de junio de 1846, en un teatro de la ciudad y a 50 céntimos la entrada.

La obra, más que una pintura, era lo que hoy llamaríamos un espectáculo multimedia: mientras se iba desenrollando a lo largo del escenario (las bobinas quedaban ocultas detrás del telón a ambos lados), Banvardiba contando las numerosas aventuras que le había deparado cada tramo del río, con el acompañamiento musical de un piano tocado por su mujer. El efecto era sencillamente impresionante (recordemos que aún no existía el cine…).
La pintura se acababa de desenrollar en poco más de dos horas (Banvard le daba a la manivela más rápido o más despacio según el interés de cada tramo de la historia, y las reacciones del público). Se anunciaba como“la pintura de tres mil millas de largo”, aunque esto era claramente una exageración: se ha calculado que la obra tenía en total unos 1472 metros cuadrados.
El éxito fue tan aplastante que la pintura se trasladó a las capitales culturales del momento en norteamérica: Boston y Nueva York. La recaudación obtenida cada noche era tal que el banco la calculaba al peso. Con suceso creciente, dio el salto a Londres, llenando el teatro cada noche durante años. Hasta llegó a ser requerido para una exhibición privada para la reina Victoria en el castillo de Windsor, y cosechó elogios de las más respetadas celebridades de la época, como Charles Dickens. A Londres le siguió un periplo triunfal por París, en donde se exhibió durante dos años más.

A estas alturas, John Banvard era el artista más famoso del mundo, e inmensamente rico. Tal era su cute;xito, que comenzó a sufrir lo que podríamos llamar “espionaje artístico”: otros pintores, celosos de su triunfo, pagaban a estudiantes de arte para que, mezclados entre el público, tomaran bosquejos de la obra y así poder imitarla. En poco tiempo decenas de “panoramas” inspirados en el de Banvard comenzaron a hacerle la competencia. El asunto llegó a tal punto que, después de años, Banvard empezó a notar una merma en la taquilla. Decidido a tomar el toro por los cuernos, el artista se encerró otra vez en su estudio con la tarea de pintar un nuevo “panorama”: si antes había pintado la rivera oriental del Mississippi, ¡¡ahora iba a pintar la occidental!!

La innovación le permitió mantener el espectáculo unos años más. A su vuelta a América, ya mayor y asquerosamente millonario, se instala en Long Island, en donde se hace construír un castillo escocés para él y su esposa. Sin embargo, su espíritu aventurero comienza a jugarle malas pasadas: se embarca en la construcción de un gigantesco museo egipcio en pleno centro de Manhattan que lo llevará a la ruina en poco tiempo. En bancarrota y con el castillo embargado, acabará volviendo a la frontera. Con sus últimas posesiones, entre las que se encuentra su viejo “panorama”, se instala en una habitación prestada en casa de su hijo. Para entonces ya había llegado el cinematógrafo y el arte del “panorama” hacía tiempo que había desaparecido como género.

John Banvard murió en Watertown, Dakota, el 16 de mayo de 1891 en la más absoluta pobreza. Su familia, incapaz de pagar su funeral se verá obligada a afrontar una subasta pública de sus escasas pertenencias. Entre ellas, el deteriorado rollo de lienzo del “panorama del Mississippi”.
La que fuera la mayor obra de arte del mundo fue troceada y utilizada como material aislante de relleno para las paredes de las casas del pueblo.

 

 





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