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Cómo acabar de una vez por todas con la música Disco

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El acontecimiento musical más importante después de Woodstock tuvo lugar en Chicago hace 32 años. Y curiosamente, fue un evento sin música. Se llamó The Disco Demolition Night, una descontrolada ceremonia pagana en donde se quemaron miles de elepés de los Bee Gees y Gloria Gaynor, con la intención de acabar de una vez y para siempre con la música Disco.

Altamont, Monterey Pop, Isla de Wight, Wattstax... muchos son los festivales musicales que lograron ir más allá de la música, y convertirse en indiscutibles hitos de la cultura de masas, y símbolos de una época. Pero lo que sucedió aquella noche del 12 de julio de 1979 cambió el rumbo de la música para siempre y clausuró toda una década.

El organizador del evento, un locutor de una radio local, jamás imaginó que lo que nació como una simple acción promocional para su emisora acabaría convirtiéndose en Historia. Y es que parece ser que todo lo relacionado con la música Disco es el resultado de un gigantesco equívoco, de una broma que acaba convirtiéndose en realidad. Hagamos un poco de historia: En 1976, un reportero de la New York Magazine debía rellenar unas cuantas páginas antes de la fecha de cierre. Nik Cohn, que así se llamaba el periodista, acabó presentando un largo reportaje sobre una nueva tribu urbana que poblaba las noches de los barrios de la periferia de Nueva York. Puso por título a su nota “Ritos tribales de la nueva noche del sábado”. En ella describía las inquietantes evoluciones nocturnas de una nueva especie de jóvenes suburbanos que recorría las calles entre discoteca y discoteca, haciendo de la pista de baile el altar de un ritual cuasi-pagano en donde cada noche se inmolaban a la mayor gloria de una adictiva nueva música sincopada. El reportaje contaba que “En la pista eran como soldados en un desfile, un pequeño batallón, uniformados con camisas de flores y ajustados pantalones de campana. Nadie sonreía ni mostraba la menor expresión. (...) Tema tras tema, hora tras hora, desplegaban sus rutinas, su ejercicio. Disciplina absoluta, el equilibrio más impecable”. Todo muy impresionante, si no fuera porque semejante “tribu urbana” existía solo en la imaginación de Nik Cohn. Tiempo después, el periodista reconocía que se lo había inventado todo, porque necesitaba colocar el reportaje, y que aquello era “lo peor que había escito en toda su carrera”. Pero para entonces era demasiado tarde. La bola (de espejos) ya se había echado a rodar, y se convirtió en un fenómeno imparable: Unos  avispados guionistas de Hollywood tomaron la historia y la transformaron en película, basándose en los chicos que describía Cohn para crear al inmortal Tony Manero, el protagonista de Fiebre de Sábado Noche, la película que disparó la moda Disco hasta el último rincón del universo conocido.

Como consecuencia del tsunami planetario que provocó la película, las discográficas se avalanzaron a producir como chorizos discos con el “nuevo sonido”, y se abrieron en cada ciudad infinidad de discotecas con sus bolas de espejos y sus luces audiorítmicas, que se poblaban cada noche de creyentes celebrando los “ritos de la nueva noche del sábado”. En poco tiempo, todo fue música Disco. Hasta los mismísimos Rolling Stones acabaron arrimándose al ascua con canciones como Miss You.

Demasiado para Steve Dahl, locutor de una radio de Chicago, que veía como se clausuraban programas de rock para pasar a emitir aquella omnipresente música de voces platinadas y sedosos arreglos de metales. Decidió organizar una protesta, que de paso serviría para promocionar su alicaída emisora. El evento estaba programado para animar el entretiempo de un partido de ese incomprensible deporte americano llamado beisbol. Steve Dahl había animado a los oyentes a que fueran al partido llevando sus álbumes de música Disco, para prenderles fuego en el centro del campo. Dahl se hubiera dado por satisfecho si conseguía que un par de miles de personas acudieran con sus discos, pero se encontró con unos 75.000 entusiastas dispuestos a contribuir al aquelarre. Durante el primer tiempo del partido, el clima era amenazante: la gente había desplegado grandes pancartas con la inscripción “la Disco apesta”. En el intermedio, los organizadores del evento colocaron una plataforma en el medio del campo, con una gran caja repleta de discos sobre unas “bombas” que eran más bien fuegos de artificio. Luego de un enfático discurso, se hicieron explotar las cargas, y los discos volaron por los aires. Todo resultó un tanto decepcionante, y así lo entendieron las miles de personas que se habían congregado para acabar con la música Disco. De manera que la multitud comenzó a forzar y derribar las vallas de seguridad que separaban al público del césped. Miles de enfervorizados melómanos ocuparon el campo, y al grito de “la Disco apesta” empezaron a prender fuego a los discos, generando columnas de humo por todas partes. La seguridad del estadio se vio completamente desbordada. Las pilas de discos en llamas se convertían en plástico derretido y humo negro, quemando de paso el césped del estadio. Pronto llegaron refuerzos de la policía antidisturbios, intentando contener a los melómanos pirómanos. Desde las gradas altas del estadio, los que no habían conseguido bajar arrojaban sus elepés de Village People, KC & the Sunshine Band y Donna Summer hacia el centro del campo, como una mortífera lluvia de estrellas ninja.

El acontecimiento se saldó con cientos de detenidos y el estadio inutilizado. La prensa de todo el mundo habló de la Disco Demolition como “la noche en que murió la música Disco”. El estilo entró en rápido declive y las emisoras de radio comenzaron poco a poco a cambiar su programación. Pero lo que aquellos amantes de la música no pudieron llegar a imaginar es que lo que se les venía encima era algo infinitamente peor: Comenzaban los ochenta...

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