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Cine de Ensayo y Error: El planeta de las rubias prehistóricas

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Estamos en un planeta primitivo y salvaje. Por un lado, tenemos a unos circunspectos cosmonautas terrestres enfrentándose a toda clase de calamidades. Por el otro, a un clan de macizas rubias prehistóricas, con pantalones sesenteros y sujetadores de caparazón de almeja, capitaneadas por Mamie Van Doren. Unos y otras nunca llegan a encontrarse.

Esta es la obra maestra involuntaria dirigida por un debutante Peter Bogdanovich, “Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas”, estrenada en 1968.

Peter Bogdanovich es lo que se conoce como un “cineasta intelectual”. Crítico y teórico de cine además de director, siempre a la saga de vacas sagradas del séptimo arte como Truffaut, Hitchcock o Welles. Sus películas (“Máscara”, “The last picture show”, “Luna de papel”) suelen ser profundas, complejas, esforzadas y aburridas. El tipo de cine conocido como “de arte y ensayo”. Pero fue con su primer film, que podríamos definir como “de ensayo y error”, cuando alcanzó verdaderamente la genialidad.

¿Cómo llegó este hombre con gruesas gafas de pasta a dirigir aquello? El milagro se lo debemos al productor Roger Corman. Bogdanovich comenzó trabajando como asistente suyo en los años sesenta. En la autobiografía del productor, “Como hice 100 films en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo”, el propio Bogdanovich nos cuenta la historia: Corman había adquirido los derechos de una película soviética de ciencia ficción, “Planeta Burg”. La cinta tenía unos muy esmerados efectos especiales, con vistosas maquetas, vestuario elaborado y un muy sofisticado robot. Todo realmente espectacular para la época. Pero tenía un  gran defecto: faltaban mujeres.

Así que Corman decidió trocear la cinta y aprovechar sus mejores escenas, agregando nuevas tomas para completar el metraje. De allí sacaría tres películas, la tercera de las cuales es la que nos ocupa: la llamó “Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas”, y el encargado de rodar las nuevas secuencias y unir los trozos fue Bogdanovich. “Contraté a un puñado de chicas drogadictas que paseaban por la playa de Leo Carrillo –que debe parecer que es Venus-. Las disfrazamos de sirenas con conchas marinas tapándoles los pechos. Eran los trajes más chabacanos que había visto jamás”, cuenta el director en el citado libro.

Una vez rodadas estas escenas en la playa, las intercaló con las de la película rusa y, utilizando el recurso de la voz en off (él mismo ejerce de narrador) teje una historia que, resumida, es la siguiente:

Una nave de la Tierra desciende al planeta Venus. Los cosmonautas se encuentran con un brumoso paisaje arcaico, plagado de bestias prehistóricas. Comienzan a oír un extraño canto, como un canto de sirenas. En otra parte, sobre una playa de rocas, vemos a unas impresionantes rubias ataviadas con blancos y ajustados pantalones muy a la moda de los sesenta, y con grandes conchas marinas cubriendo sus pechos: son las prehistóricas habitantes de Venus. Los cosmonautas, mientras tanto, abaten a un saurio volador, una especie de pterodáctilo. El bicho resulta ser el dios de las rubias prehistóricas. Éstas encuentran su cadáver en la playa y lo arrojan al mar. Deciden vengarse de los “malvados hombres” y, utilizando el poder de la mente, provocan la explosión de un volcán y un maremoto que obligará a los cosmonautas a abandonar precipitadamente el planeta. Fin de la historia.

Las escenas filmadas por Bogdanovich consisten, pues, en varias tomas de las chicas deambulando por la playa, acarreando un pterodáctilo de goma y mirando inexpresivamente al mar. A excepción de Mamie Van Doren (una sttarlette de grandes pechos surgida al rebufo de Marilyn Monroe), ninguna de las chicas era capaz de actuar, de manera que el director lo solucionó haciendo que ellas se comunicaran “por telepatía”. Así se limitaba a encuadrar sus caras mientras una voz en off femenina recitaba los diálogos.

Naturalmente, las rubias prehistóricas y los cosmonautas nunca llegan a cruzarse en toda la película. Algo que surge de una imposibilidad evidente: las secuencias de los cosmonautas pertenecen a otro film. Pero esto es lo que justamente hace de la cinta una Obra Maestra, al encarnar la quintaesencia de un coitus interruptus de proporciones siderales: pensemos en unos hombres que viajan miles de años luz para llegar a un planeta habitado por Mamie Van Doren y un montón de chicas semidesnudas y... ¡¡nunca se encuentran!!

Brillante. Sencillamente genial. Ya lo dice el narrador, en la voz del propio Bogdanovich: “Venus... Venus... el planeta llamado como la Diosa del amor. Allí es... donde la perdí... a 26 millones de millas de aquí. Porque yo sé que ella existe. ¡¡Lo sé!! Todo el tiempo que estuvimos allí yo la podía oír. A ella y a su dulce e inquietante canto. Como el de las sirenas que tentaron a Ulises... Vais a pensar que he vuelto a la tierra completamente loco. Loco y todavía intoxicado por la atmósfera de allí. Pero, esperad, me estoy adelantando. Dejadme contaros toda la historia. ¡¡Y luego podéis pensar lo que queráis!!”

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