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Buda, redentor de Marte

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¿Cómo demonios pudo el mismísimo Buda ir a parar al planeta rojo, se preguntarán ustedes? La apasionante respuesta nos la legó ese maestro visionario, filósofo, místico, pintor, arquitecto, agrónomo, pedagogo y tantas otras cosas más llamado Rudolf Steiner, a principios del pasado siglo, cuando elaboró la más osada doctrina religiosa que ha dado Europa en toda su historia: el sacrificio de Buda para redimir los pecados de la marcianidad.

Pero hagamos una breve introducción a ese sabio universal y auténtico hombre del renacimiento que fue Steiner. Nacido en el imperio austrohúngaro, comenzó su carrera como filósofo, experto en la obra científica de Goethe, archivero de Nietzsche, profesor, editor y conferenciante. Creó también un sistema pedagógico hoy famoso en todo el mundo, el método de las escuelas Waldorf. Fue también uno de los padres de lo que hoy llamamos agricultura ecológica. Impulsó la medicina holística. Desarrolló un sistema pictórico basado en las teorías del color de Goethe, y una forma de danza terapéutica a la que llamó euritmia (nombre que adoptaría la cantante pop Annie Lennox para su grupo de los ochenta...). También proyectó y construyó, a las afueras de la ciudad suiza de Dornach, un impresionante edificio de aspecto expresionista basado en cálculos esotéricos, que prescindía de líneas y ángulos rectos. El Goetheanum, que así se llamó la construcción, se inauguró en plena primera guerra mundial. Tenía un par de cúpulas más grandes que la de San Pedro, adornadas con frescos del propio Maestro, y estaba destinado a ser una especie de templo para las actividades esotérico-culturales de su creador. Porque Rudolf Steiner era, además, un renombrado ocultista y creador de religiones.

Y aquí llegamos al punto: Steiner llamó antroposofía a su doctrina, una “ciencia del espíritu” que comenzó como corriente filosófico-mística y poco a poco fue tomando las formas de un culto visionario. Este culto unía elementos de las religiones orientales (hinduísmo, budismo) con la religión cristiana, todo reinterpretado a su manera.

Por ejemplo, incorporó la creencia oriental en la reencarnación a su novedosa concepción del cristianismo. Llevó la teoría de la evolución de Darwin hacia el mundo espiritual, afirmando que la especie evolucionaba espiritualmente a través del mecanismo de la reencarnación. Un ejemplo: sostenía que Carlos Marx, en una vida anterior, fue un gran terrateniente, que había sido despojado de sus propiedades por un hombre que luego acabaría reencarnándose en Federico Engels. Por eso, en sus reencarnaciones posteriores, los antiguos expropiador y expropiado, ahora como Marx y Engels, habían escrito juntos El Manifiesto Comunista (era una cuestión de karma).

Ahora bien, entre encarnación y encarnación terrestre, el alma hacía un recorrido espacial, reencarnando en otras formas de vida en planetas de nuestro sistema solar. Marte, el planeta más próximo a la Tierra, era el paso habitual de las almas antes de reencarnarse una vez más entre nosotros, pero el problema de las sociedades marcianas era que llevaban siglos sumidas en un materialismo cada vez más atroz, con guerras frecuentes entre naciones y una preocupante pérdida de valores. Un mundo corrompido, en una palabra. El problema para nosotros era que los nacimientos terrestres venían cada vez más contaminados por las reminiscencias de ese materialismo salvaje proveniente de Marte, lo que explicaba la progresiva degradación de nuestra propia sociedad. (Antes de continuar, se estarán preguntando ustedes cómo llegó a saber Steiner todas estas cosas. Las sabía por ciencia espiritual: el Maestro tenía la capacidad de viajar por los mundos etéreos de la misma manera que usted y yo podemos ir a Cuenca a pasar el fin de semana). Pues bien, el caso es que la decadente cultura de Marte necesitaba la salvación no solamente por su propio bien sino también por el bien de nuestro mundo. ¡¡Y aquí es donde entra en acción Buda!! 

El Buda Gautama había vivido en el norte de la India hacia el 500 antes de Cristo. Fue un gran maestro espiritual, pero, según Steiner, no llegó a alcanzar la importancia y la trascendencia de Jesucristo, pues este último, con su martirio, realizó un acto único, permitiendo la evolución de la especie humana. Pero hacia el siglo XVII de nuestro calendario terrenal, concretamente en 1604,  Buda reencarnó en el planeta Marte, justo en el momento de máxima degradación espiritual de la civilización marciana, y allí finalmente cumplió el mismo papel que había cumplido Jesucristo en la Tierra. Predicó y fue martirizado. Con su sacrificio, en alguna colina del rojo desierto marciano, salvó a los alienígenas y permitió la redención de su especie. En otras palabras, para Steiner, Buda fue el Cristo de los marcianos.

En este punto lo deja Steiner, pero yo me atrevería a mencionar otra consecuencia importantísima de las andanzas de Buda en el planeta rojo: puesto que una invasión de Marte ha sido desde siempre uno de los temores más arraigados en la humanidad (ahora mismo, después de la crisis económica, es nuestra segunda preocupación), la doctrina de Steiner nos viene a decir que no debemos temer que dicha invasión, de producirse, sea un ataque cruento y despiadado, como siempre hemos tendido a imaginar, una ocupación destinada a acabar por medio de la violencia con toda la raza humana. Podemos esperar tranquilos la invasión de los marcianos budistas, pues la violencia no formará parte de sus principios. Su visita será indudablemente pacífica y relajante. Como mucho, nos acabarán vendiendo barritas de incienso caducadas, pero no debemos temer consecuencias más terribles.

El gran Rudolf Steiner nos dejó en 1925. Quién sabe en que mundos habrá reencarnado. Hagamos un baile eurítmico en su recuerdo.     

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