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El sueño de la nación propia

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¿Tendrá el Vaticano una bomba atómica?
Nadie parece haberse hecho la pregunta siquiera. Sin embargo, si consideramos que este estado de tan solo 500 m2, habitado por venerables ancianitos y con el índice de natalidad mas bajo del mundo (oficialmente, al menos) está entre los estados más ricos y prósperos, la pregunta viene sola: ¿cuál es su argumento disuasorio frente a la rapiña de las grandes potencias, de las naciones hegemónicas?

En el fundamental ensayo “How to start your own country”, Erwin Strauss establece una clasificación de las llamadas Micronaciones (también llamados contrapaíses, naciones ficticias, o “nationettes”), desde las de territorio físico muy pequeño, como una isla, hasta los que llegan a tener por propio territorio la vivienda de su fundador.
El caso es que Strauss viene a concluir que el procedimiento más eficaz para establecer un estado soberano reconocido y respetado por la comunidad internacional es poseer una bomba atómica. Creo que es un consejo razonable, viendo como se manejan los hilos de la alta política. Si yo quisiera, pongamos por caso, fundar Wilburlandia, libre y soberana, debería empezar por comprar plutonio en las subastas de e-bay.

Exceptuando el Vaticano, quizas el caso más conocido de micronación sea el del Principado de Sealand. Fundado en 1967 por Paddy Roy Bates, el dueño de una radio pirata inglesa en una antigua plataforma militar abandonada en medio del mar del norte, a siete millas de la costa de Essex. Paddy Roy Bates, al final de la década de los sesenta, se mudó a una de las tantas torres olvidadas de la segunda guerra mundial en la costa británica. El 2 de septiembre de 1967, proclamó su independencia, adoptando el nombre de Príncipe Roy, y emitió pasaportes, monedas y sellos de su nuevo país. Una década después ya se habían vendido 200 pasaportes del Principado de Sealand.

Al poco tiempo de ocupar la plataforma, y para forzar una prueba de independencia de Sealand, Roy realizó disparos de advertencia a un barco de operarios que reparaban una boya cerca de la torre. Estos disparos obligaron a los británicos a acusarlo de posesión ilegal de un arma de fuego. Tras un largo proceso, la Corte de Justicia Penal de Essex sentenció finalmente que la torre estaba fuera de su jurisdicción.

El Príncipe Roy se centró luego en la tarea de conseguir inversores que pongan dinero en Sealand, sin demasiado éxito. Un grupo encabezado por un empresario alemán visitó la torre durante las negociaciones, y rápidamente se apoderó de ella. Roy, con un helicóptero, contraatacó por sorpresa antes del amanecer, y detuvo a los invasores, que fueron tratados como prisioneros de guerra bajo la Convención de Ginebra, y posteriormente repatriados.

Sealand volvió a saltar a la prensa hace un par de años debido a las estafas cometidas por algunos de sus ilustres ciudadanos, amparandose en el pasaporte o el título de nobleza obtenidos en el Principado. Porque hay que decir que la fuente de divisas y única industria de muchas micronaciones es la venta por internet de pasaportes, sellos postales, titulos nobiliarios o actas de matrimonio. Y es que la posibilidad, siquiera remota, de llegar a convertirse en paraísos fiscales las hace especialmente atractivas.

Otro caso reseñable es el de la República de Kalakuta, en África, fundada por el músico y político Fela Kuti en el espacio físico de un nigth-club de su propiedad, en Lagos. Este autodenominado estado independiente fue demolido tiempo después por la junta militar que gobernaba Nigeria, causando un considerable número de heridos.
Hay también interesantes “naciones virtuales”, que parten de la base de que no es necesario el accidente de nacer en un punto concreto de la geografía para sentirse compatriota de una comunidad de individuos con ideas o creencias afines. En la República de Baja Arizona, cuyo lema es “si estás armado y eres peligroso, te queremos con nosotros”, el visitante ocasional tiene el derecho a elegir bandera, himno y autoridades.
Y hay más, muchas más. El Estado Mental de Evrugo, creado por el artista plástico Zush, que nombró a su marchante embajador plenipotenciario, el Reino de Talossa, el Imperio Imperial de Jahn, la República de Laputa, el Dominio de Asphinxia... hasta tienen sus organizaciones intermicronacionales que las nuclean: la “Espléndida Microunión de Microstasia” (S.P.U.M.), o la más radical “Liga de los Estados Secesionistas” (L.O.S.S.), que afirma sin despeinarse que sólo habrá paz en el mundo cuando TODOS los habitantes se independicen de sus países de origen para dar lugar a “un mundo de diez mil millones de naciones”.
¿Cada uno con una bomba?
Lo que nos lleva a la pregunta del principio: ¿esconden los sótanos del Vaticano una bomba atómica? ¿Eh?





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