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¡¡Grita cuanto quieras, que NADIE te OIRÁ!!

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El vampiro de ojos penetrantes aparta su negra capa. Adelanta los brazos, las manos en movimiento, extendidas en el aire, formando figuras con sus dedos en rápida sucesión… ¿Bela Lugosi en otra de sus sobreactuaciones? No, se trata de Deafula, el Vampiro Sordo, hablando en lenguaje de signos.

De las muchas versiones del mito del conde transilvano esta es, sin ninguna duda, la más extraña. Hemos visto a un Drácula negro, a uno gay, viejo, joven, guapo, feo, bueno, hispano, oriental… hasta al Drácula paradójicamente bronceado que interpretaba George Hamilton. Pero este Drácula sordo sin duda nos deja mudos.
Deafula (de deaf, sordo en inglés) se rodó en 1975, en riguroso blanco y negro y en “Sistema Singscope” , que ya se imaginarán en qué consiste. Contra lo que pueda suponerse, no es una película muda: voces en off, suponemos que por deferencia al público que no domine el lenguaje de signos, recitan los diálogos con monótona cadencia, mientras los actores ejecutan las pertinentes operaciones dactilares.
Su artífice y responsable es el actor/director sordo Peter Wechsberg, del que podemos decir que nunca llegará a tener una estrella en el paseo de la fama de Hollywood.
Si alguien imaginaba que el genio de Wechsberg se limitó a volver a contar la historia convencional del mítico vampiro se equivoca de medio a medio. Porque el guión de Deafula tiene sus bemoles: Steve, el hijo de un predicador, es un joven y rubito estudiante universitario que siente desde su más tierna infancia un irrefrenable gusto por la sangre. El muchacho descubre durante una pelea que cuando se disgusta es capaz de transformarse en… ¿un gigante verde?, nop… se transforma en un señor moreno y narigón peinado a la gomina y con smoking y capa negra y todo. O sea, se transforma en… Deafula, el vampiro. Así, como suena.

El atribulado Steve descubre luego que es en realidad hijo del auténtico Drácula de Transilvania, pero a esas alturas ya nada importa: ni por qué Deafula puede aparecer y pasearse tan campante a plena luz del sol (después de todo es sordo, no ciego) ni de donde sale ese universo paralelo en donde todo el mundo es sordo, ni para qué una película para sordos tiene largos pasajes musicales, entre otros detalles desconcertantes.
La carrera comercial de Deafula no fue muy boyante, la verdad. Llegó a exhibirse con resultados dispares en centros especiales para niños con problemas auditivos, para acabar su carrera en las estanterías de oscuros videoclubes.

A nosotros, sin embargo, Deafula nos cae bien, y nada nos gustaría más que Hollywood lo rescatara para una segunda parte en donde el vampiro recupera la audición sólo para descubrir que tiene voz de pito.





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